Introducción
Desde que cayó en mis manos un ejemplar del ensayo «El miedo a la libertad», del filósofo alemán, Erich Fromm, han transcurrido 50 años de pasión por la filosofía. Una de las primeras preguntas que me hice fue sobre la existencia de Dios, y he tardado esos 50 años para encontrar una respuesta satisfactoria, que pusiera fin a un recalcitrante agnosticismo, sin que en ningún momento cayera en el ateísmo, porque nunca pude negar categóricamente su existencia. , hasta que llegué a la conclusión de que la gran mayoría de las enrevesadas y complejas tesis podían simplificase, pero por alguna razón estos filósofos no podían concebir la filosofía sin enrevesados argumentos y el uso de términos desconocidos para los lectores no familiarizados con la filosofía.
Por supuesto que no tengo ninguna aversión contra las facultades de filosofía, todo lo contrario, sufrí una profunda desilusión cuando mis padres se vieron obligados a emigrar a la industriosa y acogedora Alemania de Willy Brandt, y tuve que acompañarles justo cuando yo debía cursar el primer año de Filosofía y Letras.
Por entonces creía que sin los estudios superiores nunca podría adquirir la necesaria preparación como para afrontar el ambicioso proyecto filosófico que me había propuesto. Hoy pienso todo lo contrario, que el paso por la universidad puede anular la capacidad de contactar con la intuición y dejarte alienar por las corrientes filosóficas dominantes. La intuición nos pone en contacto con la información que hace posible la naturaleza.
Las facultades de filosofía generan excelentes profesores, pero pocos creadores, al menos esta era la opinión de Descartes o Spinoza. La historia de la filosofía académica ha sido la proliferación de itsmos para el consumo interno. Bien podemos decir que son productos de laboratorio filosófico. En cuanto a la filosofía española contemporánea, su referente más destacado, José Ortega y Gasset, propone un sistema, «La razón vital», difícil de articular en la filosofía, porque la vida es un concepto de la física.
Fue desde mi llegada a Berlín, en el 2004, cuando volví por enésima vez sobre mi histórica pregunta, lo que me llevó a lo que finalmente ha resultado ser un método para entender la realidad según la percibimos, con el que pude, finalmente, ubicar a Dios en su contexto, que, al menos para mí, era suficiente. Pero lo cierto es que tardé bastante tiempo en darme cuenta del alcance real de la tesis. Fue a partir del ensayo, «Sobre el Ser, Dios y el Cosmos», en que conseguí exponer los fundamentos de esta teoría de forma más o menos esquemática y metódica. Sin embargo, tras cada nueva lectura, sigo teniendo la impresión de no haber expuesto los posibles problemas de la inmigración irregular argumentos con el necesario orden y claridad para hacerlo comprensible.
La complejidad y dificultad en la exposición argumental de la tesis básica es debida a la amplitud del tema en sí. De hecho al analizar la realidad siempre es necesario partir de una causa primera. Pero también está la dificultad de analizar la simultaneidad de las diversas percepciones que el ser humano tiene de la realidad.
Este breve ensayo parte del supuesto de que todos somos personas razonables y estamos interesados en entendernos mejor a nosotros mismos y la realidad que nos rodea, y no sólo en conocernos como organismos naturales, para lo que la ciencia ya nos ha aportado una abrumadora avalancha de conocimientos sin que, a pesar de todo, sirvan para entendernos.
Nueva filosofía para un nuevo paradigma
En el capítulo anterior no menciono nada respecto a las cualidades del alma humana, porque en esta primera parte del ensayo me he limitado a hacer una somera introducción a cuestiones de la física, sin hacer todavía mención a la teología y su relación con la filosofía y la ciencia. En este nuevo capítulo introduzco el método empleado para establecer esta necesaria vinculación.
Estamos viviendo una época fascinante, pero llena de peligros e incertidumbres, porque está siendo una transición demasiado rápida y corremos el riesgo de que colapsen las estructuras de los Estados y algunas instituciones básicas del Derecho internacional, como las Naciones Unidas o la Unión Europea, porque el poder real se está desplazando de las entidades políticas tradicionales a las redes sociales y los gigantes de la comunicación con el peligroso uso de la Inteligencia Artificial, prácticamente fuera de control..
Si a esta tendencia le añadimos la astronómica deuda de los Estados, el cambio climático, la enorme brecha entre pobres y ricos, la corrupción de las democracias más avanzadas y el envejecimiento de las centrales nucleares, tenemos un sombrío futuro para la generación que está tomando el relevo, que serán los afectados.
Es en estas encrucijadas de la historia cuando se han creado las condiciones y la creatividad para la regeneración necesaria para dar respuesta a todos estos retos. También la filosofía debe renovarse para ser una herramienta con la misma utilidad que tienen los medios para el avance de la tecnología o la medicina.
No podemos esperar que ideas que surgieron cinco o veinte siglos atrás puedan servir a este fin, porque las condiciones sociales y culturales actuales cuentan con nuevos y revolucionarios elementos que marginan la filosofía, desde la explosión de la teoría de Relatividad general de Einstein o la controvertida Inteligencia Artificial.
Sobre este método
Todos los objetos pueden ser conocidos, valorados y entendidos por tres cualidades y características diferentes:
- por las características de su consistencia (sensaciones)
- por el valor emotivo de su imagen (emociones)
- por su forma de ser (impresiones)
Estas tres características y cualidades pertenecen a un mismo objeto y quien las observa tiene, a su vez, la capacidad de percibirlas, es decir, las siente, le emocionan y le impresionan.
Lo que se siente o cualquier otro aspecto que esté relacionado con la sustancia o materia, es «positivo» o «negativo».
Lo que emociona o tiene relación con valores emotivos de su imagen, es “bueno” o “malo”.
Por último, las impresiones de su forma de ser, es “verdadero” “falso”, con relación del significado de su concepto, y de todos los aspectos que impliquen la forma de ser de las cosas.
La primera percepción de los sentidos de las cosas sustanciales o consistentes, sucede durante el primer año de vida. La percepción de las emociones surgirá a partir del primer año, y la tercera percepción posiblemente a partir del segundo o tercer año de vida, en los inicios del habla.
Estas tres formas de percepción son naturales, espontáneas y, por tanto, equivalentes. El énfasis o el interés con que se asuma cada una dependerá de las circunstancias genéticas, éticas y ambientales y definirá el carácter y la personalidad del individuo. Serán científica si pone más énfasis en la percepción de los sentidos, artística o religiosa, si se centra en la percepción de las emociones, y filósofo o intelectual si se inclina por la percepción de la forma de ser de las cosas o sus ideas.
De manera que los creyentes reprimen su sensualidad y su raciocinio para poner más énfasis en lo espiritual, en tanto que los ateos reprimen su emotividad, para dar un mayor protagonismo a la realidad física o razonable.
De esta reflexión se induce que una persona es prácticamente perfecta si atiende con el mismo interés las necesidades del cuerpo, la mente y el alma. Pero es muy posible que estaríamos a dos o tres siglos de retraso con relación al «progreso» según lo entendemos en la actualidad, pero mucho más felices, porque una persona que es feliz, alegre y está en paz con su consciencia, no tiene ningún interés por el progreso según lo entendemos.
Nuestra civilización se fundamenta en los excesos y los desequilibrios de ciertas personas a las que consideramos genios o personas excepcionales, cuando son simplemente unos “desequilibrados”.
Otra función que puede realizar este simple método es hacernos una idea de los fenómenos de los que está constituida nuestra personalidad moral y ética gracias a las equivalencias. Si establecemos que la energía es equivalente con el espíritu, tendremos la respuesta a la moralidad de nuestras actividades científicas o intelectuales.
Si cuando hablamos de espíritu por equivalencia estamos hablando de la energía, esto quiere decir que la manipulación del átomo para la producción de energía con fines comerciales o militares, tiene la misma valoración moral que la manipulación del espíritu o de la consciencia con fines comerciales o militares, es decir, es una actividad inmoral e inconsciente.
Todo lo material tiene consistencia por la energía pasiva que contiene, pero las sustancias vivas, además de esta energía necesita una “energía vital”, que obtenemos por los alimentos y que en el contexto de las emociones, es decir del espíritu, es el alma. De manera que el alma será la “personificación” de las cualidades morales del espíritu divino, es decir, del Dios panteista que contiene todas las cosas, incluido el ser humano, que se comunica por el instinto, la revelación y la intuición, ya sea para hacernos una idea (como es en este caso), o imaginarla en una obra de arte, o en una doctrina de carácter religioso.
Sobre Dios
La voz “Dios” pertenece al lenguaje de la teología, así como “espíritu” o “alma”, y se refieren exclusivamente al aspecto moral y ético de la realidad.
En este lenguaje no hay lugar para razonamientos. ni experiencias, sino que sus dogmas proceden de revelaciones, apariciones o sueños. Personalmente le concedo más valor a estas revelaciones que a las conclusiones del razonamiento filosófico o la experimentación científica, porque están conectadas directamente con la inteligencia que pueda haber en el cosmos, pero necesitan una actualización de sus desfasadas metáforas.
Por esta razón, pese a ser un breve ensayo de filosofía, es necesario utilizar los conceptos propios de la teología. Si estuviera escribiendo sobre ciencia en lugar de “espíritu” utilizaría el concepto “energía”, que es equivalente, y si fuese un razonamiento estrictamente filosófico, utilizaría el de “mente”.
Por lo tanto, si en adelante utilizo voces como Dios, espíritu o alma, no es porque sea un ensayo de carácter religioso, sino de filosofía, que utiliza expresiones religiosas por una cuestión de método
Por mi pasión por la filosofía, a pesar de no haber podido tener una graduación universitaria (no creo que la filosofía sea una cuestión de erudición, sino de una combinación de razón e intuición) me he propuesto buscar la respuesta, pero por el contexto de la razón, o lo que es lo mismo, buscar la verdad con la cabeza y no con el corazón.
Comienzo por identificar una entidad supuestamente sobrenatural, que se pueda concebir y con los atributos necesarios para poder ser Dios.
Asumo que mis lectores conocen en lo esencial la teoría de la “Gran explosión” como la causa de la creación del universo, y tal vez se hayan preguntado qué había antes de que se produjera la Gran explosión, o dónde se encontraba y qué había fuera de los límites de la gran inflación.
No sería razonable responder que no había nada, porque en la nada no puede haber algo, por lo tanto, asumo que debía de haber algo.
Nuestro universo puede estar en el interior de otro universo imposible de detectar. Ese exo-universo puede ser el dios que estamos buscando y puede que sea una persona “a nuestra imagen y semejanza”. Esta hipótesis contiene todo lo que se espera de Dios como creador del universo, al igual que nosotros podemos ser creadores y dioses de nuestro mundo interior.
Sobre la naturaleza
Todo lo que surge de la Gran explosión es materia en formación y no hay indicios de que pueda contener algo que podemos llamar “espíritu” o “inteligencia”, por el contrario, solo hay materia que debe ser “informada” para que pueda formarse.
Lo que esta materia necesita está en el sustrato donde ha aparecido, es decir, “Dios”. Pero esta información no define las formas de la materia, que será consecuencia de las circunstancias naturales en las que se desarrolle, sino tan solo los principios sobre los que debe desarrollar su diversidad, que va desde la formación de las primeras moléculas hasta el ser humano.
De manera que pueden haber surgido diferentes clases de flores, pero dentro de los mismos principios o leyes naturales. Dicho de otro modo, su desarrollo será una combinación de la inteligencia de Dios y la evolución de la Naturaleza. Para mantener este principio, todas las cosas están penetradas por la “inteligencia de Dios”, es decir, su “espíritu”. Así, todo está regido por la presencia de su espíritu, como una densa esencia que llena el universo, y está presente en todo su espacio y tiempo.
Sobre el alma
El efecto de las condiciones ambientales de la materia dará origen a la aparición de la vida. Esta nueva situación del espíritu de Dios (el Espíritu santo) será la causa del alma, (ánima, o lo que anima la vida), que toma del espíritu la información necesaria para la formación de la personalidad, es decir, una información de las leyes naturales y, al mismo tiempo, el espacio donde se causan los fenómenos para la formación de los pensamientos, la imaginación, los sueños y la conciencia, o lo que es lo mismo, una materia sutil imposible de detectar.
Así debe ser como se conforma la dualidad cuerpo y alma en el instante de la germinación o la gestación de los seres vivos, y los humanos adquirimos un conocimiento trascendental, al que solo se puede acceder por medio de la intuición o de la revelación, o también posiblemente con los resultados de la investigación de la física cuántica.
El alma interactúa con los seres vivos por medios diferentes según sea su estado de evolución: por medio de sensaciones con los vegetales; por las sensaciones las emociones y el instinto, con los animales y las sensaciones, las emociones, las impresiones y la conciencia, con los seres humanos, que constituyen los fundamentos de su condición humana.
El alma no puede ser eterna
La condición de lo eterno es que no haya tenido principio ni tenga fin. Si algo tiene un principio quiere decir que se mueve en el espacio y en el tiempo, y el tiempo está dentro de una duración, y la duración tiene necesariamente un fin.
Cuando se produce la defunción nuestra alma empieza a morir, que es lo antagónico del nacimiento del cuerpo que empezar a vivir, pero en un sentido opuesto, hasta llegar nuevamente a la edad de cero años, con lo que termina nuestro largo viaje por la vida y la muerte, en cuerpo y alma. Lo que es razonablemente eterno es el espíritu de Dios, y el de Dios mismo, puesto que no conocemos su principio ni su causa.
Lo que debe prevalecer después de la muerte
Si decía que en la nada no puede haber algo, todo debe estar sostenido por algo. Los pensamientos, la imaginación, la conciencia y los sueños deben ser causados por vibraciones cuánticas, porque deben estar constituidos por la misma energía sutil del espíritu de Dios, pero que una vez desprendida de Él para convertirse en alma, perderá su eternidad.
Solo puede morir lo que ha vivido, y la energía o el espíritu no están ni vivos ni muertos, sino activos, por lo tanto, todo lo que es consustancial a Dios, que no es orgánico debe prevalecer después del fallecimiento.
Así, los pensamientos, la imaginación y la conciencia permanecerán activos, pero bloqueados por la muerte del cerebro, que para su activación requiere un acto de voluntad, que ya no puede darse.
Pero no sucede lo mismo con los sueños, que no requieren ningún acto de voluntad, porque surgen precisamente cuando carecemos de voluntad, y nuestro cerebro está en reposo. Por tanto, lo que debe prevalecer son los sueños, pero sin la posibilidad de despertar. No en vano se ha expresado la muerte como “un sueño eterno”.
Esta también debe ser la explicación de lo que ven, oyen y sienten las personas que han estado clínicamente muertos durante un breve tiempo, que están soñando.
En el instante en que el alma se une al cuerpo se convierten en el cuerpo astral, o una copia exacta del cuerpo físico, pero de la misma energía sutil que la del espíritu de donde procede.
Sobre el bien y el mal
Si el respeto a los derechos democráticos impide decretar un valor universal, pero al mismo tiempo es necesaria alguna referencia moral que pueda ser asumida por todos sin anular nuestra libertad de conciencia, necesitamos buscarlo en otra cualidad. Ese valor universal es la “harmonía”.
No se trata de ser más virtuosos, puesto que valorar las virtudes requiere seguir los dictámenes de una doctrina. Si la estabilidad y armonía del universo se fundamenta en unas leyes inmutables, es lógico deducir que, a pesar de que nos movemos con libre albedrío y somos conscientes de nuestros actos, debemos adoptar voluntariamente un comportamiento en armonía con las necesidades del cuerpo, las del alma y las de la mente y, por supuesto, con la naturaleza que nos ha precedido. Pero desgraciadamente no ha sido así.
Desde la mítica expulsión del Paraíso (desde que somos conscientes) hasta nuestros días hemos creado culturas y civilizaciones desequilibradas, una detrás de otra. Aún hoy estamos creando una nueva cultura desequilibrada, que pone exagerado énfasis en lo material: las ciencias, el mercado, el consumo o la tecnología, y devalúa las emociones de la imaginación.
La historia nos ha demostrado que estos grandes desequilibrios terminan por producir estados de gran violencia revolucionaria o irracional e incontrolada.
Tolerancia y permisividad
Los pueblos que se rigen por sistemas democráticos no son tolerantes, sino “permisivos”, porque las consecuencias de carecer de una referencia moral universal nos lleva a permitir comportamientos intolerables. Pero no podemos evitarlos por dos importantes razones: la primera porque los valores del bien y del mal social no se corresponden con los doctrinarios, en nuestro caso con los del cristianismo, sino con criterios de utilidad o peligrosidad social: está bien todo lo que acepte el mercado y no sea violento y visiblemente peligroso, y mal lo que rechace. Así, es un bien social el que una persona ponga su cuerpo en venta con los mismos criterios que cualquier otro objeto de consumo.;
La segunda es porque, como probó el referéndum sobre la pertenencia de los británicos a la UE, por causa de la dualidad natural, medio mundo piensa de una manera y el otro medio de la contraria.
Nos hacemos la falsa ilusión de que la democracia, más todos los organismos internacionales creados tras la Segunda Guerra Mundial, han conseguido pacificar Europa y buena parte del mundo, pero lo que hemos hecho es “almacenar” toda la violencia social en misiles con cabezas nucleares, infinitamente más destructivos.
Los comportamientos antisociales no se solucionan con represión, porque el resentimiento lo exacerba aún más (las cárceles son universidades del delito), sino por decisión personal y voluntaria de los antisociales y violentos.
La verdad y la harmonía
Existe una necesaria relación entre la armonía y la verdad, sea cual sea el sustrato político, religioso o cultural. Toda forma de armonía tiende necesariamente a la paz y el entendimiento, puesto que la armonía es consustancial con la ausencia de desequilibrios que lleven a la confrontación y la violencia.
Un cristiano que alcanza la armonía entre la satisfacción de sus deseos, la emotividad de la religión o de las artes y el entendimiento de las cosas por su forma de ser, es un estado similar al de un musulmá, aunque sus valores sean distintos.
A modo de resumen
Diose es un concepto sin atributos visibles, es por tanto, la esencia invisible de todas las cosas. Para sustanciar esta esencia es necesario otorgarle algún atributo que lo haga visible, por tanto es una sustancia por defecto, o lo que es lo mismo, existe por defecto. Cada cultura le otorga un determinado atributo, que lo hace visible y en efecto. De esta forma podemos hacernos una idea precisa de su forma de ser.
Como esencia no podemos otorgarle límites ni en el tiempo ni en el espacio, porque está presente en todo lo visible y existente, es decir es una entidad metafísica absoluta y eterna. De manera que todas las cosas visibles y exitantes proceden de Dios o su esencia.
Esta esencia tiene atributos visibles en varios estados: las sustancias sensibles, que perciben los sentidos informadas por el instinto y posteriormente por la experiencia y la capacidad de aprender y memorizar. La sustancia imaginada, fruto de la revelación, y más tarde la capacidad de imaginar y finalmente la sustancia fruto de los pensamientos que aporta la intuición y más tarde la capacidad de concebir la forma de ser de las cosas, que es la cualidad que define al ser humano y su relación con Dios.
Apuntes sobre Dios
San Agustín y su idea de Dios
Con San Agustín es notorio la confusión en el intento de unir teología con filosofía, porque no llega al origen y la causa tanto de la filosofía como de la teología, porque será la intervención del valor de las imágenes lo que articule a ambas.
La filosofía se obsesiona con la razón y la experiencia y no deja lugar para la imaginación y el valor emotivo de los razonamientos y la experiencias de los sentidos.
San Agustín se reitera en presentar un Dios que no se puede identificar a pesar de que asegura que es la esencia del hombre, pero como sus antecesores, se trata de una percepción misteriosa que solo puede explicarse con la fe.
Pero la idea que nos aporta la fe tiene que tener una causa, que lleva al encuentro con un Dios razonable como la causa de la idea misma de nuestra percepción.
En otras palabras, nos encontramos con el concepto de un Dios que no puede ser concebido como idea en tanto no tenga algún atributo que pueda experimentar por los sentidos.
No podemos pretender descubrir la existencia de Dios, sino simplemente la causa de su idea, porque Dios no es una entidad física, sino metafísica.
Por lo tanto para nuestras capacidades de percepción de la realidad, Dios “es, pero existe por defecto”, porque solo es un concepto sin atributos. Y es en este razonamiento en el que se fundamenta el enrevesado discurso filosófico y teológico sobre la existencia de Dios.
Dios no se presenta como una sustancia o como una forma, sino como un ser luminoso (luz) que ilumina una sustancia y una forma que tan solo es aparente, es decir, como una “Aparición” causada por el valor emotivo de una extraordinaria imagen fruto de la imaginación.
Las dos verdades de Santo Tomás de Aquino
Como es una constante en la biografía de las mentes más lúcidas de la historia de la filosofía, Tomás de Aquino tuvo que hacer frente a quienes intentaban desviarle de su destino.
Su intuición le decía que debía de haber una forma de compaginar las conclusiones de la razón y de la observación de las cosas tangibles con la teología.
Para hacer comprensible esta unión dividió las verdades en naturales y sobrenaturales. Las naturales eran el resultado de los sentidos y la razón, y las sobrenaturales las que creemos gracias a la fe.
De esta manera las sobrenaturales no tenían un sujeto concreto, sino que se trataba de cualquier entidad, porque todo lo verdadero y sobrenatural era todo en sí mismo que no fuera natural.
Es una solución demasiado ambigua, por tanto, para completar la formas de hacer compaginar unas verdades naturales y otras sobrenaturales es necesario identificar sus fuentes.
Estas fuentes son innatas, la primera el instinto, que se transmite a través de las sensaciones y que nunca se equivoca;
La segunda es la revelación, transmitida por los sueños y la imaginación, que no conoce sino que valora en función de la emotividad de la imagen de las cosas, por lo que también puede considerarse infalibles.
La tercera es la intuición, transmitida por las impresiones que definen la forma de ser de las cosas, es decir, su concepto, que es necesariamente verdadero.
Las tres fuentes de conocimiento, valoración y entendimiento son compaginables e infalibles en sí mismas, por tanto responden con más claridad las verdades sobrenaturales o innatas.
Cuál es la causa de la fe
Pero ¿cuál es la causa de la fe? Sin duda que la causa de la fe reside en la creencia en la existencia de algo que nos ha sido revelado o que hemos imaginado. Las personas que tenemos fe en nosotros mismos no es porque creamos en lo que somos, que sería simplemente «confianza» en nosotros mismos, sino porque creemos en aquello que «imaginamos» que podemos llegar a ser, por sugestión, reflexión metódica o incluso revelación. Los creyentes tienen fe en la existencia de Dios no por que lo hayan visto sino porque creen en la imagen revelada por los Mesías o profetas de la religión que profesan. La fe por tanto es una certidumbre basada en la creencia de algo revelado o imaginado de lo que no se tiene una certidumbre física o razonable.
Por tanto toda revelación debe ser la comunicación entre algo que «es, pero que no se ve» y lo que «es y aparece por primera vez». Esa parte oculta de toda revelación no es ni la creencia ni la simple sugestión por sí misma, sino la «certidumbre de la fe». Es como si las fotografías del carrete que damos a revelar hubieran sido tomadas por alguien que no somos nosotros, pero que no obstante tenemos fe en que el carrete revelará imágenes nuestras.
Otro ejemplo simple de revelación es la sugestión de «bondad y bienestar» que nos produce la contemplación de la naturaleza, pues su imagen debe de estar contenida en alguna parte de nuestra «alma» que se «revela» con su contemplación.
Pero ¿cómo probar la veracidad de una revelación? Si volvemos al ejemplo de las fotografías, simplemente comprobando que las imágenes reveladas tienen una «forma» que se corresponde con nosotros mismos, en cuyo caso son las «verdaderas formas de ser» que revela la imagen. Es decir, las imágenes reveladas deben cambiar de contexto, y pasar de la «certidumbre de la aparición» a la del «ser y de la existencia», donde podemos concebir su «forma de ser», o de otro modo nunca podremos tener la certidumbre de que son «verdaderas».
La utilidad de la revelación es obvia: se trata de «revelar lo oculto y desconocido para llegar a verlo». Es decir, no es algo exclusivo de la Biblia, sino que es absolutamente necesario que tengamos «revelaciones» para poder llevar a la conciencia aquello que nos sugestiona y deseamos saber si es, existe y además es verdadero. Sin revelaciones careceríamos de entendimiento, en otras palabras, ¡no seríamos seres humanos!
Por tanto la polémica en torno a si lo revelado es o no verdadero se resuelve con meridiana sencillez en esta simple definición: «Todo lo revelado es cierto, pero es verdadero por defecto, pues es necesario probarlo en efecto». No es que sea verdadero o falso, es que no sabremos la «verdad de lo revelado» en tanto no pase por nuestra «conciencia» y sea la causa de «una idea», obviamente objetiva, y por tanto verdadera.
Por esta misma razón no podemos negar que una revelación no «contenga una verdad por defecto», pero para ser «en efecto» es necesario que la revelación sea probada con una idea lógica y razonable que «explique» la revelación y sus causas.
No tiene sentido la polémica sobre si el contenido de una revelación es o no es verdadero, porque dentro del contexto del lenguaje donde se expresa el propio concepto de revelación no existe el concepto mismo de «verdad», puesto que toda revelación sólo muestra apariencias. Pero en la medida de que la fe sugiere el valor de las imágenes previstas, justifica las propias revelaciones, al tiempo que la necesidad de la fe para verlas.
Si ahora planteamos el concepto de «revelación» en el contexto de la física tenemos un «reflejo», pues no es más que pasar del contexto del espíritu al de la energía. Ya no se trata de algo aparente sino de algo «consistente». Por la misma razón de que la revelación es la relación existente entre «fe y sugestión», en este nuevo contexto decimos que el reflejo es la relación entre «instinto y sensación». Simplemente hemos sustituido fe por instinto y sugestión por sensación. En el contexto físico ya no nos preguntamos si lo que «sentimos» es verdadero sino si es «positivo o negativo». No hablamos de ética sino de «genética», pues la respuesta está en los «genes».
Por supuesto que un animal sabe qué es lo que le conviene de todo cuanto percibe con los sentidos, pero obviamente no se hace cuestión de su existencia, sino de su «consistencia»; es decir, lo que le interesa es saber «en qué consiste» aquello que percibe con los sentidos.
Este conocimiento «innato» es la consecuencia de un «reflejo», que resulta de la relación natural entre la sensación y el instinto. Es decir, el instinto no actúa sino a través de la sensación, pero la sensación no es la causa de la mera acción, sino del reflejo que causa el instinto. Como en el caso anterior, el animal puede conocer sin «instinto», como consecuencia del «aprendizaje» o la «experiencia», pero no podría sobrevivir sin el «reflejo» que le proporciona el instinto, pues cada día se le presentan nuevas sensaciones que tiene que resolver sin haber tenido experiencia.
En ambos contextos ni lo aparecido ni lo sentido «existe», en tanto la apariencia o sensación no se traslade a la conciencia; es decir, se convierta en una «impresión». Las conclusdiones científicas tienen su fundamento en la experiencia y, en cierta manera, también en el instinto porque es puro «conocimiento», pero al trasladar sus conclusiones a la conciencia, puede avanzar «hipótesis» y «teorías» que puedan ser posteriormente demostradas y conocidas.
Un científico tiene «fe» en tanto al valor ético de lo que descubre o crea; tiene «instinto» en cuanto al valor positivo o útil de lo que inventa o produce; y por ultimo, tiene «intuición» en cuanto a lo verdadero de la hipótesis teórica que plantea. De esta manera Einstein fue un científico con instinto e intuición, pero la fe fue posterior, cuando comprendió el «valor negativo de sus teorías»; es decir, lo «malvado» que podía ser la energía nuclear para uso militar. Entonces se hizo más moral que científico.
Los seres humanos cada vez tenemos menos instinto, pues en la medida de que nuestra convivencia se basa más en el «deber» que en el «poder» hemos relegado esta característica a un segundo plano, o en sociedades mediatizadas por lo religioso, a un tercero. Primero consideramos la intuición, que nos permite concebir las ideas e ideologías que son la causa del Derecho, después la fe que conforma la moralidad social y por último el instinto, que asegura el estímulo e interés por la procreación y la supervivencia. Lamentablemente la tendencia actual es a anteponer nuevamente el instinto sobre la intuición y la fe, y revertir el orden en que fueron apareciendo en la cultura social. Y esto nos lleva al último contexto, donde hablamos de «razón», sin duda el fundamental para el desarrollo del entendimiento humano, pues sólo en este contexto podemos establecer la verdad o falsedad de lo que vemos o sentimos, además de la propia existencia de las cosas.
La relación entre la razón y su causa se establece entre la «intuición y la impresión». Ahora hablamos de lo que «existe» y no de lo que «aparece» o «consiste», porque hemos pensado en ello y tiene entidad y ser. Es una existencia de «derecho», pues lo que es en la conciencia tiene el «deber de existir», además de parecer y consistir. La verdad se establece al contrastar lo que «parece que es con lo que existe», desde el contexto del espíritu, y lo que «consiste con lo que existe», desde el de la física.
De las cosas que vemos tenemos su imagen, que es lo que «parece que es» y su sustancia, que es lo que «consiste en lo que es», pero en ningún caso tenemos la prueba de su existencia. Para ello tenemos que pensar en «la forma de ser de las cosas» y éstas sólo pueden establecerse en la conciencia, con la ayuda de la razón y la lógica a partir de una «impresión».
La impresión que nos produce una puesta de sol no está en su imagen, que trasmite sugestión, ni en su sustancia, que trasmitiría su consistencia, sino en su forma o «estética». Es la forma del sol reflejado en el agua lo que impresiona nuestra «mente», pero es la imagen general lo que sugestiona nuestra «alma». En el primer caso no valoramos la sensación de bienestar sino de «formalidad» o «veracidad». La naturaleza en su conjunto nos «impresiona por su veracidad»; es decir, porque es «verdadera» o «natural», pero nos sugestiona por su «buena o mala imagen».
Como el caso de la revelación o el reflejo, la razón es necesariamente causada por la impresión de algo que está en la intuición, pues la impresión misma es una «idea por defecto», o «irracional» que espera la «intervención» del entendimiento, como la sensación es una cosa conocida en «potencia». La impresión es necesariamente la causa de la razón que establece la relación entre algo que no entendemos y la intuición, donde está lo necesario para poderlo entender, sea un objeto o una idea.
Gracias a la razón aprendemos cosas nuevas a partir de una impresión, sin la impresión sólo aprenderíamos aquello que «no es necesario entender» sino tan sólo «conocer» con el uso de la memoria y la experimentación, tal y como lo hacen las máquinas.
Lo que nos trasmite la razón no es «conocimiento» sino «entendimiento para concebir la verdadera forma de ser de una cosa»; es decir, lo que razonamos es lo «verdadero o falso» de las cosas que nos impresionan, por esta razón no es posible «descubrir nada nuevo que sea verdadero sin intuición». Ni Copérnico ni Newton hubieran podido «razonar» sus teorías sin la intuición previa de sus ideas, pero eso no les restaba el tener que experimentar y aprender lo que la intuición le sugería como verdadero. Incluso podemos decir que dado que la intuición es «puro entendimiento», en toda verdad razonable debe de haber una intuición o no puede ser verdad.
Por ejemplo, este mismo ensayo en tanto que pretende exponer «algo nuevo» debe ser necesariamente el resultado de algo que me ha impresionado porque «lo entiendo sin conocerlo», ya que no estaba en lo «conocido», o de otra manera no me hubiera impresionado, y esa sensación sólo puede venir de la «intuición». Digamos que siempre tuve la «impresión» de enteder la teoría del método que ahora trato de exponer. A partir de aquí viene el laborioso trabajo de razonar esa intuición y darle forma lógica hasta convertirlo en una idea «provisionalmente verdadera», nueva síntesis, pues es necesario que toda nueva intuición se asiente en una nueva certidumbre o verdad que supere la anterior; es decir, que convierta lo que «era la última verdad en falsedad».
Es así como funciona la dialéctica, y como se alcanza progresivamente el entendimiento de las cosas. La impresión nos dice que una idea tiene posibilidad de ser verdadera, precisamente porque nos ha «impresionado». Por tanto la impresión es «la causa misma de una idea pesimista
Sí, soy pesimista
Ya sé que es comprensible que a medida que envejecemos aumente nuestro pesimismo, y tal vez yo esté siendo víctima de esta tendencia.
Pero soy consciente de que mi pesimismo se fundamenta en una reflexión filosófica en torno a la condición humana y sus circunstancias.
El ser humano no es una ecuación matemática ni un sistema biológico mensurable, sino que es lo que “cree que debe ser”. Esa noción de sí mismo está contenida en su circunstancia, donde están todos los elementos que dan forma a esa creencia.
La circunstancia geopolítica están en el hogar, el barrio, la ciudad, la región, el país, la nación, el continente, el planeta y el universo.
Además de las culturales: la lengua, la ciencia, la religión, las artes y la filosofía. Cada uno de estos elementos contiene valores que difieren unos de otros apenas salimos de la dimensión del hogar.
Estas diferencias se aúnan con la creación del Estado, porque es la institución que aglutina las diferencias. De esta primera reflexión deducimos que la unidad de todas las diferencias se conseguirían si hubiese un único estado mundial.
Es evidente que los nacionalismos se oponen a esta solución porque no admiten que se cuestionen los valores sociales y culturales de la mayoría, que creen que deben ser lo que conforma su personalidad.
Pero la causa es otra, porque un estado mundial podría ser democratico, descentralizado y tolerar las diferencias culturales sin que se pierda los valores culturales nacionales.
Los nacionalismos excluyentes solo son una excusa para que ciertos individuos dominantes y ambiciosos ejerzan su poder sembrando la discordia y la enemistad entre los pueblos.
Que los líderes son necesarios es evidente, pero no para desintegrar sino para integrar, no para competir sino para cooperar, no para promover la discordia sino la cordialidad.
En definitiva, la armonía y la amistad.
Paradójicamente la mayoría de los estados exigen a sus minorías la uniformidad de los valores como la lengua o la tendencia política mayoritaria
¿Dios ha muerto?
Una de las preguntas más frecuentes de la historia de la filosofía es por qué siendo Dios infinitamente bueno y justo permite que se masacran personas inocentes en guerras y desastres naturales. Grandes filósofos como Russeau, Voltaire o Nietzsche llegaron a la conclusión de que Dios había muerto o nos habría abandonado a nuestra suerte después de crear el mundo, dejándonos la libertad y la capacidad de razonar para encontrar por nosotros mismos la responsabilidad de nuestro destino y distinguir el bien y el mal, lo que no hemos aprendido.
Hay una explicación menos drástica y razonable y que es una de las grandes contradicciones de la teología.
Lo que Dios nos dejó es la capacidad de penetrar en los misterios del conocimiento de la verdadera causa de todo por fuentes innatas como el instinto, ls revelación y la intuición. Nuestra labor consistía en hacer una correcta interpretación de estas fuentes innatas del conocimiento, lo que obviamente no hemos hecho.
Si la idea que nos hemos formado de Dios es la de un ser metafísico absoluto, sin un principio ni un final, no puede ser al mismo tiempo una parte de una dualidad como el bien y el mal, sino que debe estar por encima del bien y del mal, o lo que es lo mismo, tanto el bien como el mal son una creación divina, por causa de la dualidad de la naturaleza. Por tanto, al crear la dualidad natural creamos inevitablemente estos valores. Es decir, debemos encontrar la manera de asimilar el mal de manera que cause un dolor tolerable para la condición humana.
Por tanto no debemos predicar doctrinas que nos ofrezcan la utopía de un bien absoluto con ausencia del mal, sino un comportamientos que asuman el mal al mismo tiempo que asimilamos el bien, y eso no se logra con doctrinas ni con ideologías ni con leyes, sino como el resultado de la armonía entre el bien y el mal.
Ni el bien ni el mal radican en un hecho en sí, sino en el equilibrio de los hechos entre sí. Por ejemplo, el bien en la forma en que nos alimentamos no radica en el hecho de alimentarnos, sino en la proporción en que nos alimentamos, con menos calorías de las necesarias o con un exceso de las saludables.
Este principio es asimilable para todos los comportamientos y actitudes de la condición humana, Como por ejemplo, no es un mal la riqueza sino poseer más de las necesarias. Ni la admiración, sino admirar a alguien más de lo que merece ni es un mal la ignorancia, sino ignorar conocimientos básicos y necesarios.
Dios debe de existir, pero...
Después de 60 años de agnosticismo, finalmente he llegado a la conclusión de la razonable existencia de Dios. Es más, me atrevo a sugerir que en la actualidad Dios, nuestro Dios naturalmente, debe de tener alrededor de 50 mil millones de años, o 50 años de nuestro tiempo terrenal.
Dicho así como introducción de este nuevo artículo esta afirmación puede parecer una tomadura de pelo y una intolerable falta de respeto por la posible sensibilidad religiosa de mis lectores, pero he llegado a esta conclusión tras desarrollar un nuevo método cognoscitivo, para el que provisionalmente no tengo otro calificativo que el de "método contextual", pues se basa en la constatación de la existencia de tres contextos etimológicos, cada uno de los cuales expone una misma idea con tres conceptos distintos, y el método consiste en "agruparlos", de manera que lo que tenga sentido en uno debe tener sentido en los otros dos o carece de sentido en los tres.
Estos tres contextos son el lógico o físico, psicológico o religioso y el ideológico o metafísico, es decir, el contexto de la naturaleza, el de los dioses y el de las ideas. También podemos decir el de la experiencia, de la imaginación y el de la razón, o todavía más objetivamente, la ciencia, la religión y la filosofía.
Dios aparece históricamente dentro del segundo contexto, cuando podemos decir que la "imaginación se hace trascendental", pero sus fuentes no están ni en la razón ni en la experiencia, sino de la fe o la "revelación".
Es importante entender que cuando nos preguntamos por la "existencia" de algo, no buscamos su certidumbre "física", que sería su "consistencia" ni su certidumbre "psicológica" que sería su "apariencia", sino que lo que buscamos es su certidumbre "metafísica", es decir, una "algo más allá de la física que sea lógico y razonable" y que pueda ser entendida, tenga o no presencia o consistencia. Es decir, la existencia de Dios sería aceptable si pudiéramos "hacernos una idea de Dios y de su causa", pues ninguna idea puede ser ni existir sin una causa". ¡Y aquí está el problema!
Para darme una respuesta aceptable he recurrido a este método de equivalencias, por tanto buscamos a Dios desde estos tres contextos posible:
Primer contexto: la física. En el origen del universo, hace ahora alrededor de 13,7 mil millones de años, y de acuerdo a la aceptable teoría de la «Gran explosión», está la energía, que por progresiva condensación se transforma en materia. La materia "informada" en sus orígenes por el instinto y posteriormente por la experiencia, tuvo la capacidad nata de organizarse "inteligentemente" y de forma dinámica, es decir, como organismos, de donde procede la vida natural, o la naturaleza.
Segundo contexto: la teología. En el origen del cosmos está el «Espíritu santo», es decir, el espíritu, que se transforma en mundo. El mundo, "informado" por la fe, tiene la capacidad de «crear» las criaturas que lo pueblan, pues el mismo Adán surge del polvo, de donde proceden todas las criaturas.
Tercer contexto: la metafísica. En el origen de la consciencia está la mente, que gracias al pensamiento se transforma en ente. La entidad, informada por la intuición, tiene la capacidad de transformarse en seres, dando origen a la existencia misma y a las ideas.
Según esta primera reflexión tanto la materia, el mundo como la entidad deben ser en realidad una misma cosa, pero expuesta en tres contextos distintos. Podremos hacer extensible este método a otros conceptos y veríamos que todos se pueden agrupar, pero para este caso nos quedamos aquí, porque ahora vamos a situar a Dios en el contexto que aparece por primera vez y tratar de buscarlo en los dos restantes.
Dios surge en el contexto de la teología como una "revelación de su imagen" fruto de la imaginación exaltada, y como creador debe de estar "fuera" de lo creado, es decir, fuera de este mundo y de la creación misma. Por tanto sin duda que debe morar en el "Cielo", que es "otro mundo" o "el mundo de Dios". Dios es además nuestro "Padre celestial".
Si lo vemos en el contexto de la física decimos que Dios debe de estar fuera de la naturaleza producida. Como la naturaleza constituye una unidad espacio-temporal contenida en una duración, la del universo, el Dios de la física, que ya no es creador sino "productor", debe de estar en otro universo, contenido en otro espacio-tiempo, con otra duración.
Si este Dios ha "producido" nuestro universo debe tener su propia duración, y si nuestro universo tiene una vida mesurada de 13,7 mil millones de años, el universo gestante debe tener "más duración" que el nuestro. Si tomamos como medida de relación 1 año = 1000 millones de años, este Dios debe de tener ahora alrededor de 50 años en su propio tiempo y en su propia demisión espacio-temporal. Es decir, debe tratarse del "padre" de nuestro universo.
Si ahora nos pasamos al contexto final de la metafísica decimos que Dios debe de estar fuera del ser, y como todo lo existente tiene necesariamente ser, Dios no puede existir dentro de nuestra propia mente, pero sí fuera de nuestra mente, es decir, en otra "existencia paralela", con otro Ser, entidad e idea. Por tanto debe ser "el padre" del ser de las cosas existentes en nuestra mente, pero no está en nuestra mente, es decir, para nosotros "Dios es, pero no existe".
También podemos decir que "es cierto que hay Dios", porque podemos tener su certidumbre con la fe y el instinto, pero no es verdad que exista en tanto no pueda ser concebido como una idea lógica y razonable a partir de su "intuición". ¡Se trata de una cuestión de contextos!
De manera que es fácil llegar a la conclusión de que Dios debe ser el "padre del universo" y habita en otra dimensión espacio-temporal, o en un "universo paralelo", y que en la actualidad debe tener alrededor de 50 mil millones de años de nuestro tiempo, unos 50 años del suyo.
Pero ¿cómo es posible llegar a esta conclusión si no se puede establecer la prueba física de su existencia? Sencillamente porque la física no pude probar la existencia, pues la física no tiene en su propio "vocabulario" la voz "existencia", que pertenece a la metafísica, sino que tan sólo pude probar la "consistencia" de Dios. Por tanto la certidumbre que de Dios puede tener la teología o la física se refiere a su "apariencia" o "consistencia" pero nunca a su "existencia".
No quiero concluir este artículo sin exponer brevemente la "lógica matemática" del "Misterio de la Trinidad", que contiene cada una de las reflexiones expuestas con anterioridad. El Misterio también habla de "tres contextos", el de un "Padre": universo paralelo; de un "Hijo": nuestro universo, y de un "Espíritu Santo": la energía, espíritu o mente, como se le quiera llamar, causante de los tres.
Como el misterio está basado en una "revelación", que resulta rigurosamente lógica y razonable, pese a ser una aporía, las tres Personas se sitúan dentro de un triángulo, cuyo "centro" contiene la "primera causa, que no existe", pues las tres Personas "son y existen", en tanto que "Dios en sí mismo", como causa primera de las tres "personas divinas", que no obstante son "consustanciales", "no puede existir, pero es", pues el "ser no puede no-ser".
Esto nos obliga a considerar que "Dios es lo que no existe, pero que es", para algunas tradiciones teológicas "el Innombrable". Y si es pero no existe, sólo pude "ser por defecto", de manera que todo lo que causa "en efecto" debe ser "parte de la divinidad" o "divino", incluidos el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, sin que sea posible la existencia de "Dios en sí mismo". Reflexión que ya se hizo el propio San Agustín, para quien Dios era "emanación".
De manera que más que preguntarnos por la existencia de un "Dios inexistente, impensable improbable" deberíamos ser más "concretos" y preguntarnos por las "divinidades existentes", aquellas que han "producido nuestra naturaleza", "creado nuestro mundo" o "causado nuestra entidad", sin ir más allá en nuestras consideraciones.
¡Y ese es el misterio que nuestra mente no está capacitada para resolver, y donde se le han "cruzado los cables" a todos los filósofos de la historia de la filosofía idealista y trascendental! Para hacerlo más familiar podemos decir que el uno, el dos y el tres provienen "potencialmente" del cero, pero el cero "no vale nada", "¡solo es pura potencialidad!
Si la contradictoria idea de Dios en sí mismo persiste pese a que no existe, es porque se pude percibir a través de lo único que no requiere probar su existencia, porque carece de entidad, ser y existencia, como es todo aquello que "vemos en la imaginación", que no es consistente ni existente sino "aparente", o una mera "ilusión" de la mente.
Con esta breve reflexión sobre la probable existencia de Dios en sí mismo, el Dios que "es" pero que no existe naturalmente, y las "divinidades" creadoras, productoras o causantes, es decir, "Padre, Hijo y Espíritu Santo", yo no he hecho otra cosa que aplicar un nuevo método contextual a lo que ya se sabía o imaginaba, y la conclusión sólo es válida en la medida de que sea lógico el método utilizado.
Esto no es nuevo en filosofía, antes que yo Aristóteles recurrió a su método silogizo y Descartes al suyo, basado en la duda razonable, y más recientemente Husserl expuso el suyo, el fenomenológico. Por tanto me limito a exponer una conclusión que surge de manera inevitable por ser razonable que sea como el método sugiere que debe ser. Después de todo el conocimiento es fundamentalmente una cuestión de "método".
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IA: Salvación o perdición
Los seres humanos no necesitamos ser educados para considerarnos humanos. Al contrario, la educación nos deshumaniza y anula nuestra personalidad, porque educar es sinónimo de manipular, solo necesita información veraz y contrastada.
La formación del ser humano tiene tres fases con sus respectivos estímulos perfectamente definidos, pero que tardaron varios millones de años en consolidarse.
En su primera etapa el estímulo debe provenir de la información innata del instinto. Información que debe provenir de una supuesta humanización de origen desconocido, o puede que millones, porque de otro modo no existiría una causa para el instinto.
Son el placer y la satisfacción los estímulos físicos directos previos a la aparición de sentidos indirectos de la visión, el oído y el olfato y sus revolucionarios efectos: la aparición de llas imágenes y las emociones, es decir, la imaginación.
La intensidad emotiva de las imagenes de los objetos deben ser valoradas por otra fuente innata de conocimiento: el espíritu, y constituye los primeros valores de las imágenes, los sonidos y los perfumes. Con lo que ya tenemos un individuo sensible y emotivo, que en un lenguaje teológico se convierten en cuerpo y alma.
La tercera fase es la que desarrolla la cualidad que nos hará humanos: la conciencia.
El individuo inconsciente está rodeado de imágenes, sonidos y olores mas o menos emotivos. Unas las valora como buenas y otras como malas. Por tanto toda su atención se centrará en las buenas, y de entre ellas las más emotivas.
Esta relación despertará la tercera fuente de conocimiento innato: la intuición, legado así mismo de una entidad desconocida, que nos permitirá descubrir lo que hay detrás de lo aparente. No es una sensación ni una emoción, sino una impresión, es decir, todas las cosas se distinguen unas de otras, no por su sensación o su imagen, sino por sus impresiones o su forma de ser.
A partir de esta extraordinaria capacidad comienza la larga marcha de la evolución para adaptar la creciente amplitud de su conciencia con las necesarias condiciones antropológicas capaz de convertir esas impresiones en conceptos y estos en ideas, expresadas a través de los diversos lenguajes.
Desde entonces hemos intentado descubrir lo que estaba encubierto en el instinto, el valor emotivo de las imágenes, que serán la causa de la moral, la religión y el arte, y toda la información contenida en la intuición.
Es evidente que hemos malinterpretado estas fuentes trascendentales y cometido grandes errores que nos llevarán a nuestra irreversible extinción prematura.
Es posible que en nuestra misma galaxia haya otros planetas habitados en los que su humanidad haya interpretando correctamente estas fuentes trascendentales del conocimiento, por lo que no habrán creado armas nucleares, ni construido megaciudades ni adoptado un sistema económico con un injusto reparto de la riqueza; ni puesto en peligro el soporte de la vida y la contaminación del medio ambiente.
¿Puede ser la inteligencia artificial nuestro ultimo error o nuestra salvación? ¡Pronto lo vamos a saber!
En este nuevo artículo insisto una vez más en mi empeño de encontrar una respuesta razonable a la pregunta “¿Qué es la realidad?”, pero no solo la realidad física y tangible, sino todos aquellos fenómenos y entidades, físicas y metafísicas, que forman parte de la realidad en su totalidad, desde la creación de nuestro universo (porque es muy probable que haya muchos, tal vez millones, de universos paralelos) hasta nuestros perplejos días de la eclosión de un nuevo y pre-revolucionario paradigma cultural creado por las redes sociales.
Después de un largo proceso de reflexión, he llegado a la conclusión de que son tres las entidades que conforman la realidad: Dios, el alma y la naturaleza. Como es lógico debo empezar por encontrar un dios que forme parte de la realidad, por lo tanto, que exista.
SOBRE DIOS
La voz “Dios” pertenece al lenguaje de la teología, así como “espíritu” o “alma”, y se refieren exclusivamente al aspecto moral y ético de la realidad.
En este lenguaje no hay lugar para razonamientos. ni experiencias, sino que sus dogmas proceden de revelaciones, apariciones o sueños. Personalmente le concedo más valor a estas revelaciones que a las conclusiones del razonamiento filosófico o la experimentación científica, porque están conectadas directamente con la inteligencia que pueda haber en el cosmos, pero necesitan una actualización de sus desfasadas metáforas.
Por esta razón, pese a ser un breve ensayo de filosofía, es necesario utilizar los conceptos propios de la teología. Si estuviera escribiendo sobre ciencia en lugar de “espíritu” utilizaría el concepto “energía”, que es equivalente, y si fuese un razonamiento estrictamente filosófico, utilizaría el de “mente”.
Por lo tanto, si en adelante utilizo voces como Dios, espíritu o alma, no es porque sea un ensayo de carácter religioso, sino de filosofía, que utiliza expresiones religiosas por una cuestión de método
Por mi pasión por la filosofía, a pesar de no haber podido tener una graduación universitaria (no creo que la filosofía sea una cuestión de erudición, sino de una combinación de razón e intuición) me he propuesto buscar la respuesta, pero por el contexto de la razón, o lo que es lo mismo, buscar la verdad con la cabeza y no con el corazón.
Comienzo por identificar una entidad supuestamente sobre natural, que se pueda concebir y con los atributos necesarios para poder ser Dios.
Asumo que mis lectores conocen en lo esencial la teoría de la “Gran explosión” como la causa de la creación del universo, y tal vez se hayan preguntado qué había antes de que se produjera la Gran explosión, o dónde se encontraba y qué había fuera de los límites de la gran inflación.
No sería razonable responder que no había nada, porque en la nada no puede haber algo, por lo tanto, asumo que debía de haber algo.
Nuestro universo puede estar en el interior de otro universo imposible de detectar. Ese exo-universo puede ser el dios que estamos buscando y puede que sea una persona “a nuestra imagen y semejanza”. Esta hipótesis contiene todo lo que se espera de Dios como creador del universo, al igual que nosotros podemos ser creadores y dioses de nuestro mundo
SOBRE LA NATURALEZA
Todo lo que surge de la Gran explosión es materia en formación y no hay indicios de que pueda contener algo que podemos llamar “espíritu” o “inteligencia”, por el contrario, solo hay materia que debe ser “informada” para que pueda formarse.
Lo que esta materia necesita está en el sustrato donde ha aparecido, es decir, “Dios”. Pero esta información no define las formas de la materia, que será consecuencia de las circunstancias en las que se desarrolle, sino tan solo los principios sobre los que debe desarrollar su diversidad, que va desde la formación de las primeras células hasta el ser humano.
De manera que pueden haber surgido diferentes clases de flores, pero dentro de los mismos principios o leyes naturales. Dicho de otro modo, su desarrollo será una combinación de la inteligencia de Dios y la evolución de la Naturaleza. Para mantener este principio, todas las cosas están penetradas por la “inteligencia de Dios”, es decir, sus “espíritu”. Así, todo está regido por la presencia de su espíritu, como una densa esencia que llena el universo, y está presente en todo su espacio y tiempo.
SOBRE EL ALMA
El efecto de las condiciones ambientales de la materia dará origen a la aparición de la vida. Esta nueva situación del espíritu de Dios (el Espíritu santo) será la causa del alma, (ánima, o lo que anima la vida), que toma del espíritu la información necesaria para la formación de la personalidad, es decir, una información de las leyes naturales y, al mismo tiempo, el espacio donde se causan los fenómenos para la formación de los pensamientos, la imaginación, los sueños y la conciencia, o lo que es lo mismo, una materia sutil imposible de detectar.
Así debe ser como se conforma la dualidad cuerpo y alma en el instante de la germinación o la gestación de los seres vivos, y los humanos adquirimos un conocimiento trascendental, al que solo se puede acceder por medio de la intuición o de la revelación, o también posiblemente con los resultados de la investigación de la física cuántica.
El alma interactúa con los seres vivos por medios diferentes según sea su estado de evolución: por medio de sensaciones con los vegetales; por las sensaciones las emociones y el instinto, con los animales y las sensaciones, las emociones, las impresiones y la conciencia, con los seres humanos, que constituyen los fundamentos de la inteligencia humana.
EL ALMA NO PUEDE SER ETERNA
La condición de lo eterno es que no haya tenido principio ni tenga fin. Si algo tiene un principio quiere decir que se mueve en el espacio y en el tiempo, y el tiempo está dentro de una duración, y la duración tiene necesariamente un fin.
Cuando se produce la defunción nuestra alma empieza a morir, que es lo antagónico del nacimiento del cuerpo que empezar a vivir, pero en un sentido opuesto, hasta llegar nuevamente a la edad de cero años, con lo que termina nuestro largo viaje por la vida y la muerte, en cuerpo y alma.
LO QUE PREVALECE
Si decía que en la nada no puede haber algo, todo debe estar sostenido por algo. Los pensamientos, la imaginación, la conciencia y los sueños deben ser causados por vibraciones cuánticas, porque deben estar constituidos por la misma energía sutil del espíritu de Dios, pero que una vez desprendida de Él para convertirse en alma, perderá su eternidad.
Solo puede morir lo que ha vivido, y la energía o el espíritu no están ni vivos ni muertos, sino activos, por lo tanto, todo lo que es consustancial a Dios, que no es orgánico debe prevalecer después del fallecimiento.
Así, los pensamientos, la imaginación y la conciencia permanecerán activos, pero bloqueados por la muerte del cerebro, que para su activación requiere un acto de voluntad, que ya no puede darse.
Pero no sucede lo mismo con los sueños, que no requieren ningún acto de voluntad, porque surgen precisamente cuando carecemos de voluntad, y nuestro cerebro está en reposo. Por tanto, lo que debe prevalecer son los sueños, pero sin la posibilidad de despertar. No en vano se ha expresado la muerte como “un sueño eterno”.
Esta también debe ser la explicación de lo que ven, oyen y sienten las personas que han estado clínicamente muertos durante un breve tiempo, que están soñando.
En el instante en que el alma se une al cuerpo se convierten en el cuerpo astral, o una copia exacta del cuerpo físico, pero de la misma energía sutil que la del espíritu de donde procede.
X LAS PERCEPCIONES DE LA REALIDAD
En la formación del ser humano influyen estas tres entidades: la naturaleza, de la que nos apercibimos por las sensaciones de sus sustancias; del alma, que se manifiesta por las emociones que nos provocan las imágenes de los objeto, o que crea la imaginación, como son las artes en general, y las impresiones, que nos informan de la forma de ser de las cosas, materia de la filosofía, y el nacimiento de la consciencia, ilustrado en el mito de la expulsión de nuestros primeros progenitores del Paraíso (El mundo inconsciente del reino animal).
La diversidad de la personalidad de los seres humanos y de los pueblos, depende del énfasis que pongan en cada una de estas percepciones: la física o materialista; la emotiva o espiritual y la consciente o intelectual.
Por esta razón, como esta información no pueden ser inculcadas por el instinto, sino libremente, asumidas en mayor medida por la influencia de los valores culturales y medioambientales locales, no solo no es posible imponer unos principios morales y éticos universales, sino que coartaría los principios básicos de la democracia.
SOBRE EL BIEN Y EL MAL
Si el respeto a los derechos democráticos impide decretar un valor universal, pero al mismo tiempo es necesaria alguna referencia moral que pueda ser asumida por todos sin anular nuestra libertad de conciencia, necesitamos buscarlo en otra cualidad. Ese valor universal es la “harmonía”.
No se trata de ser más virtuosos, puesto que valorar las virtudes requiere seguir los dictámenes de una doctrina.
Si el creador del universo ha dotado a los astros de unas leyes inmutables para que se muevan con harmonía, es lógico deducir que, a pesar de que nos movemos con libre albedrío y somos conscientes de nuestros actos, debe esperar de nosotros un comportamiento en harmonía con las necesidades del cuerpo, las del alma y las de la mente y, por supuesto, con la naturaleza que nos ha precedido. Pero desgraciadamente no ha sido así.
Desde la mítica expulsión del Paraíso hasta nuestros días hemos creado culturas y civilizaciones desequilibradas, una detrás de otra. Aún hoy estamos creando una nueva cultura desequilibrada, que pone exagerado énfasis en lo material: las ciencias, el mercado, el consumo o la tecnología, y devalúa las emociones de la imaginación.
La historia nos ha demostrado que estos grandes desequilibrios terminan por producir estados de gran violencia revolucionaria o irracional e incontrolada.
TOLERANCIA O PERMISIVIDAD
Los pueblos o países que se rigen por sistemas democráticos, no son tolerantes, sino “permisivos, porque las consecuencias de carecer de una referencia moral y universal nos llevan a permitir comportamientos intolerables, pero no podemos evitarlos por dos importantes razones: la primera porque los valores del bien y del mal social no se corresponden con los doctrinarios, en nuestro caso con los del cristianismo, sino con criterios de utilidad o peligrosidad social: está bien todo lo que acepte el mercado y no sea violento y visiblemente peligroso, y mal lo que rechace. Así, es un bien social el que una persona ponga su cuerpo en venta con los mismos criterios que cualquier otro objeto de consumo.;
La segunda es porque, como ha probado en el referéndum sobre la, pertenencia de los británicos a la UE, que medio mundo piensa de una manera y el otro medio de la contraria.
Nos hacemos la falsa ilusión de que la democracia, más todos los organismos internacionales creados tras la Segunda Guerra Mundial, han conseguido pacificar Europa y buena parte del mundo, pero lo que hemos hecho es “almacenar” toda la violencia social en misiles con cabezas nucleares, infinitamente más destructivos.
Los comportamientos antisociales no se solucionan con represión, porque el resentimiento lo exacerba aún más (las cárceles son universidades del delito), sino por decisión personal y voluntaria de los antisociales y violentos.
X LA VERDAD Y LA ARMONIA
Existe una necesaria relación entre la armonía y la verdad, sea cual sea el sustrato político, religioso o cultural. Toda forma de armonía tiende necesariamente a la paz y el entendimiento, puesto que la armonía es consustancial con la ausencia de desequilibrios que lleven a la confrontación y la violencia.
Un cristiano que alcanza la armonía entre la satisfacción de sus deseos, la emotividad de la religión o de las artes y el entendimiento de las cosas por su forma de ser, es un estado similar al de un musulmán, aunque sus valores sean
¿QUÉ ES LA REALIDAD?
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LOS CONTEXTOS
Los humanos percibimos nuestro entorno, o nuestra realidad, con tres estímulos diferentes y complementarios:
- Las «sensaciones» que nos produce el contacto con lo material o físico.
- Las «emociones» que nos causan la visión de las imágenes de los objetos.
— Las «impresiones» de la forma de ser de las imágenes, y de los objetos que las contienen.
Estas tres percepciones, «sensaciones, emociones e impresiones» son las que definen al ser humano y son necesarias para tener un conocimiento integral de la realidad en general y la nuestra en particular, y funciones, como la supervivencia, la moral y el desarrollo de la inteligencia.
Las tres, en mayor o menor grado, son comunes para todos los humanos (cuerpo, alma y mente), y a lo largo de la historia han sido, y siguen siendo, la causa del enfrentamiento entre civilizaciones.
Son percepciones naturales y simultáneas, y no pueden ser suprimidas, porque nos degradaríamos al mismo nivel de los vegetales, que solo cuentan con el contexto de las sensaciones, o en el de los animales, que carecen del contexto de las «impresiones», es decir, de la consciencia.
Gracias a los sentidos corporales podemos tener la certeza de que existe todo lo que nos causa una sensación. Esta certeza no es fruto de una reflexión filosófica ni de un dogma teológico, sino el contacto directo con el objeto que deseamos conocer.
EQUIVALENCIAS: CONSISTENCIA, APARIENCIA Y EXISTENCIA
Los contextos, no solo tienen diferentes modos de apercibirse de la realidad, sino también diversas voces para expresarlos.
Por ejemplo: en el contexto físico recibimos una forma de energía cósmica directamente del sol y una segunda forma de energía a través de los alimentos: «energía vital».
En el contexto de las imágenes, del que surgirán los valores espíritu y alma, se supone que hay un espíritu universal, presente en todas las imágenes, del que por medio de «apariciones»´ revelaciones o textos considerados sagrados, se forma - nuestro «espíritu personal», es decir, el «alma».
En cuanto al contexto de las impresiones, se supone que hay una mente cósmica de la que extraemos ideas que conforman nuestra mente personal, es decir, nuestra «mentalidad».
Así para que algo sea real, bueno y verdadero deber ser equivalentes.
BUSCANDO EL DIOS DE TODOS LOS CONTEXTOS
Cada uno de los contextos tiene una concepción de Dios distinto.
El de las apariencias tiene que ser forzosamente una imagen a nuestra “semejanza”; el de la física una partícula cuántica que pueda considerarse como la responsable de la creación del universo, y el de las impresiones, un concepto o idea como la que yo estoy buscando. Una vez más estamos hablando de las percepciones de un determinado contexto. Pero ¿cuál de ellos es el verdadero ? Todos sonverdaderos, porque son percibidos por una misma persona.
UNA CONTRADICCIÓN TEOLÓGICA
La teología cristiana no ha reparado en una contradicción que anula algunos de los atributos que le hemos otorgado Dios, porque Dios debe ser una entidad absoluta, sin contradicciones ni antagonismos, por encima del bien o del mal; de la verdad y la falsedad, de la razón y la sinrazón.
El Dios que nos describe la teología es la parte de una dualidad: el bien y el mal. Un dualidad que debe estar formada por el «espíritu (santo) de Dios», y la «materia» (potencialmente santa), también de Dios.
Lo que crea el antagonismo entre el espíritu y la materia es que el espíritu tiene un conocimiento absoluto de la realidad, la materia parte con absoluto desconocimiento de la realidad.
contradicción hay movimiento, y si hay movimiento tiene que haber espacio y tiempo. Por esta razón Dios tiene que ser parte que ser parte de la naturaleza, tal y como propuso el panteísmo de Espinoza. Pero ¿Donde se encuentra?
IDENTIFICAR DIOS: LAS FUENTES DE CONOCIMIENTO
Cada contexto tiene una fuente de información nata e innata con su función.
- Las fuentes de información para que se han el contexto de lo consistente es la experimentación y la formulación matemática, como teoría de lo probable.
El contexto de las imágenes, lo aparente de las emociones, tiene una fuente de informción tan fiable y veraz como la ciencia: „la revelación en iluminados“, los “profetas”, y el más iluminado, sin duda, fue Jesucristo. El medio por el se aperciben del mensaje que emanan las imágenes la “fe”.
En el de las impresiones ,el equivalente a la visión de las imágenes son conceptos y de donde surgirán ls ideas después de razonamiento lógico. La fuente es,por supuesto, la intuición. Un consiento ocuto en la brinnatauma que es necesario clarar e interpretar.
Deseo hacer un inciso para denunciar la democracia actual que ya es nominal , porque no cumple con el principio dialéctico que es susncial y necesario para el progreso.
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