Alicia
Galego
Euskera
Alicia
Galego
Euskera

EDICIÓN EN CASTELLANO
1. Mi barrio es un pequeño mundo, supongo que similar a otros barrios. Un lugar donde nos hemos acostumbrado a ver siempre las mismas caras, a hacernos los mismos saludos, a comprar en las mismas tiendas, a escuchar las mismas canciones que gustan en cada época, a asistir al mismo cine, a la misma iglesia y al mismo parque, donde juegan los niños. Para la salvación de nuestras almas contamos con una iglesia católica y otra protestante. Las dos compiten por cuál de ellas hace sonar las campanas con más intensidad, y atraen a más feligreses. La católica no es tan popular como la protestante. Por lo general la frecuentan ancianas beatas y jubilados que ya carecen de energía para pecar, pero siguen temerosos de morir en pecado mortal e ir al infierno, aunque ya no sepan qué es un pecado mortal ni cómo se comete, no obstante esperan que su iglesia les salve de sus pecados o de otras tentaciones. La protestante la frecuentan gente de todas las razas y nacionalidades, que convierten la casa de Dios en un club social, donde se canta y se interpretan canciones con una variopinta orquesta de aficionados. Nada está escrito sobre cómo le gusta a Dios que se organice una iglesia, pero puede que a Dios esta no le desagrade. Tiene las dos cosas que son esenciales y más apreciadas en una pequeña comunidad: un sencillo cementerio de barrio y una ruidosa escuela de primaria; aquí se juntan la muerte con la vida. El fúnebre silencio de sus tumbas es compensado por los gritos de entusiasmo del juego de los niños. Los muertos deben sentirse animados y bien acompañados. También tenemos un pequeño parque, donde crecen tres inmensas hayas milenarias, que resistieron los horrores de la guerra, y ahora dan cobijo a una variada clase de pájaros y dan su acogedora sombra a los ancianos, que consumen los últimos días contemplando con avidez estas imágenes de vida cuando están cercanos a la muerte. La mayoría de los vecinos que hemos superado los cuarenta años somos los mismos que éramos antes de la guerra, excepto los desgraciados que murieron bajo los escombros, y nos conocemos desde hace ya muchos años. Ninguno de nosotros quiere hablar del pasado, ni recordar los hechos que nos llevaron a esta devastadora guerra. Es como si se nos hubiera borrado de la memoria todo lo sucedido hace solo dos décadas. Desde el final de la guerra, todos empezamos una nueva vida después del cataclismo bélico, pero ninguno ha podido realizar sus sueños de antes del gran holocausto. Las guerras matan los sueños, pero despiertan las conciencias. Ahora somos más sabios, pero más desdichados. Aunque modestos, hay suficientes comercios como para que no nos falte lo esencial. Yo abrí una modesta tienda de bisutería y baratijas de regalo, porque mi padre era joyero, pero en la guerra lo perdimos todo, y yo carecía de medios para seguir con el negocio familiar. La mayoría tienen largas listas de deudores, porque los años de posguerra han sido muy duros y han escaseado los buenos empleos. Quien puede permitírselo y quiere algo especial, tiene que ir a los grandes almacenes del centro. El Café Berlín El barrio tiene una acogedora plaza con dos milenarios y robustos nogales, y media docena de tilos jóvenes, que plantamos después de la guerra. La plaza es un amplio espacio que tiene a cada uno de sus extremos las dos iglesias, pero el lugar más concurrido es sin duda el gran Café Central, donde casi a diario solemos acudir al finalizar la jornada de nuestros tediosos trabajos. El noble edificio donde está ubicado no sufrió milagrosamente daños de importancia durante la guerra y conserva su decoración original, al estilo de los grandes cafés del siglo pasado, para martirio de los camareros, que terminan agotados por las grandes distancias que tienen que recorrer. Es una gran sala, con innumerables mesas, y asientos corridos adosados a las paredes, tapizados de cuero descolorido y desgastado por tantos años de uso. Unos grandes espejos dan la sensación de ser todavía más grande, que combinan con frescos de un corrupto Art-déco, tan popular en los años en que fue decorado. A pesar del nombre, influenciado sin duda por los grandes cafés franceses de la época, la bebida más habitual no es el café, sino la cerveza. Este nostálgico café ha sido el testigo silencioso de todos los grandes sucesos del barrio que marcaron nuestras vidas. En ese acogedor espacio compartimos nuestros, deseos, ideas o fantasías con nuestros entrañables amigos. Si en algún momento tenemos nostalgia del pasado, solo necesitamos volver al café Central para retroceder en el tiempo y revivir los años de dorada juventud. PRESENTACIÓN DE LOS PERSONAJES La joven y bella María El personaje más admirado de esta historia es la encantadora y bellísima María. Yo solo espero a que pase por delante de mi bisutería para llenar de luz mi oscura vida. No tengo más aliciente en todo el tiempo que me ocupo de mi ruinoso negocio que su deseada presencia. Siempre que pasa por delante de mi modesta tienda de bisutería se detiene a contemplar las baratijas, que no pueden realzar más su belleza. Pero su coquetería natural le atrae hasta mi pequeño escaparate. Por alguna misteriosa razón, le seduce un collar de perlas de imitación y las gargantillas de fieltro negras. Pero ¿no es un sacrilegio ocultar ese precioso cuello? María es hija de un modesto peluquero del barrio, viudo desde hace un año, y solo tiene a su bella hija para que se haga cargo de la casa. El padre es ya un anciano que debería de jubilarse, pero no tienen otro medio de vida que la peluquería. Desde luego que yo no me afeitaría en su barbería, porque ya no puede sujetar la navaja de afeitar sin que le tiemblen las manos. No sé cómo sobreviven, porque su barbería esta normalmente vacía. No creo que sus escasos clientes asiduos les permitan vivir decentemente. Supongo que debe confiar en que su bella hija encuentre un buen partido que les saque a ambos de la miseria. ¡Cuánto daría por ser yo ese privilegiado! Pero mi negocio no es menos ruinoso que el suyo. —María —me atrevo a decirle mientras ella no aparta su mirada del falso collar de perlas—, siempre que pasas por delante de mi tienda te detienes a contemplar ese collar. ¿Te gusta? ¡Podría regalártelo! María es joven, pero no ingenua. Debe saber que nadie regala algo a cambio de nada, y yo no soy un ángel. Ella me sonríe, y no tiene en cuenta la inmoralidad de mi generosa oferta. —¿Para qué quiero un collar tan bonito si no tengo un vestido para lucirlo? —Si tú quisieras podrías vestirte como una reina... —¿Una reina sin un rey? —me interrumpe, sin perder su encantadora sonrisa. —¡Todavía hay príncipes solteros! —Pero no se pasean por este barrio. —¿Y no hay en el barrio ningún príncipe que te haga su reina? Me responde con una nueva sonrisa que me deja con la duda y prosigue su camino. Solo su juventud justifica su alegre carácter, porque su vida debe estar rodeada de una gran tristeza. María es la mujer más deseada del barrio y son muchos sus pretendientes, pero ella parece esperar algún príncipe azul que solo debe existir en su fantasía. Tal vez sea alguien de fuera de nuestro barrio quien sea el privilegiado de ganar su corazón. Adela, la panadera chismosa En todos los barrios siempre hay alguna chismosa encargada de informar al vecindario de los escándalos y los entresijos de la vida privada de los vecinos. Nuestra chismosa es Adela, una mujer entregada con verdadera pasión, e incluso diría que vocación, a chismosear sobre la vida privada de la comunidad. Si alguien está interesado en vender algo a plazos, no tiene más que consultar a Adela sobre su estado financiero. Como cada mañana pasa por delante de mi tienda de camino a su panadería. Cuando nos ha visto no ha podido evitar enterarse de lo que estábamos tratando. Sospecha que yo, a pesar de mis casi 50 años, también estoy interesado en ser uno de sus pretendientes. Ha estado observando la escena y, como es propio de su entrometido carácter, no puede evitar ponerme al corriente de su chismes: —¿Quién conseguirá cazar esta hermosa corza? ¿El hijo del carbonero? Es apuesto y está perdidamente enamorado de esta criatura, que le regala el carbón para ganar su afecto. Pero ella ni le quita ni le da esperanzas, porque los inviernos son largos y fríos, y necesita su carbón. Pero quien no le quita ojo, y desde luego, no con sanas intenciones, es Raulín, el hijo mal criado de ese usurero de Romano. La pobre criatura terminará por ceder a sus malvados deseos, porque necesita alguien que les libre de sus deudas, a pesar de que en muchas tiendas donde despachan jóvenes le rebajan e incluso le regalan lo que compra. Yo también le regalaría el pan si no temiera las protestas de mis otros clientes. Corre el rumor de que deben seis meses del alquiler de la peluquería, que como muchos otros inmuebles del barrio, es propiedad de Romano. Su perverso hijo no dudará en aprovecharse de su situación para tener sus favores... No estoy interesado en su chismosa información, pero en este barrio todos nos conocemos y dependemos unos de otros, por eso es necesario mantener una buena convivencia. Le hago ver que estoy interesado. —Ya veo Adela que estás bien informada. —No creas que yo busco las noticias, me las dan en la panadería. Si no las escuchase sería una falta de educación. No tengo más remedio que soportar sus chismes. En mi panadería no se habla de otra cosa que del futuro marido de María. Hasta se han hecho apuestas por acertar con quién de sus muchos pretendientes terminará casándose. —¿Y quién de todos ellos es el favorito? —¡Guido, el librero, por supuesto! —¡Pero debe rondar los cuarenta años! —¡La mejor edad para un hombre! A las jovencitas les atraen los hombres maduros y con experiencia de la vida, y no tiene mala posición, porque el negocio de libros parece que no le va mal, y no creo que le guste vivir sin una mujer que le cuide y atienda su casa. Yo creo que harían una buena pareja, porque Guido es un caballero. Pero está por medio su prometida, Julia, aunque dicen que no se entienden muy bien. Desde luego que no es oficial y no están comprometidos. No sé si, además de Guido, le gustan también los libros, porque debe tener llena su casa de libros sin leer, ¡no sale de su librería! También mi Lucio anda tras de ella, pero no le consentiríamos que se case con una mujer que está en boca de todo el barrio. ¡No digo que no sea honrada, pero corren tantos rumores! Afortunadamente ha entrado una clienta en mi tienda y tengo una buena excusa para despedirme y terminar esta conversación tan denigrante. Ella parece contrariada, como si yo hubiera llamado a mi clienta para encontrar la excusa para dejarla plantada, con la mitad de sus chismes sin contar, y prosigue su camino sin disimular su contrariedad, pero pronto encontrará una nueva víctima para su perversa afición. Jacinto, el policía del barrio Jacinto no es un nombre muy adecuado para un policía, pero teniendo en cuenta su carácter amigable y tolerante, tal vez sea después de todo el apropiado. Puntual como siempre, Jacinto, el policía municipal, entra en mi tienda para interesarse por mi seguridad. Pero la verdad es que, gracias a Dios y a su dedicación, en nuestro barrio la policía tiene poco trabajo, y tenemos suficiente con el tolerante y paciente Jacinto. —¿Todo en orden, Marcus? —me hace la misma rutinaria pregunta de cada día. —Por aquí todo en paz —yo también le doy la misma rutinaria respuesta—. ¿Y cómo están las cosas en el barrio? ¿Ningún raterillo que detener, un borracho que calmar o un vecino escandaloso que amonestar? —Por desgracia, ha pasado algo que lamentar. El gato de la anciana Rosita ha muerto atropellado por un auto a la puerta de su casa. El pobre animal seguía a la anciana cuando se dirigía a la iglesia a oír misa. Ha sido tan fuerte su impresión que la pobre mujer ha perdido la fe, y asegura que no pisará jamás un lugar sagrado. —Parece ser que Dios no solo se ha olvidado de nosotros, sino de nuestras inocentes mascotas. Puede que el iluminado de Nietzsche llevara razón, y Dios haya muerto. —Si Dios ha muerto será porque nosotros lo hemos matado. ¡Pero no hay cuerpo de policía que pueda encerrar a los asesinos, porque no podemos meter en la cárcel a toda la humanidad, ¡porque todos somos culpables! Con frecuencia mis distendidas conversaciones con Jacinto acaban en profundas reflexiones y conclusiones morales y filosóficas pesimistas, porque aunque él no esté de acuerdo, creo que los seres humanos somos malos por naturaleza, y solo el miedo al castigo nos mantiene en paz. Si no hubiera leyes represivas esto sería la selva, la ley del más fuerte y mejor adaptado. Jacinto suspira impotente, como si sintiese no poder hacer su trabajo con el resto de la humanidad como lo hace con nosotros, y se despide de mí con una inquietante pregunta, propia de un optimista: —¿Llegará un día en que los seres humanos no nos necesiten? Mi respuesta es clara y contundente: —Sucederá lo contrario, ¡tendrá que haber un policía por cada ser humano! Yo no pensaba así antes de la guerra, sino todo lo contrario. Creía en las cualidades morales innatas del ser humano. Pesaba que eran las circunstancias adversas, la ignorancia y una mala educación, lo que nos hacen ser perversos. Pero después de contemplar a seres humanos torturar y matar a otros semejantes solo porque no pertenecen a su raza ni a su cultura, perdí la fe en las buenas cualidades innatas del ser humano. Margarita y su hija Luisa Otro día perdido detrás de un mostrador, sin más alicientes que ver pasar la gente por delante de la puerta de mi tienda. Afortunadamente existe el tiempo, que transcurre inexorablemente y ya es hora de cerrar. Estoy a punto de cerrar, pero tengo una inesperada clienta, es Margarita, la florista del barrio, que no hay duda de que su nombre es el más adecuado para su negocio. Admiro a esta mujer luchadora y tenaz, que no ha sido bien tratada en la vecindad. Quiere comprar unos pendientes para la primera comunión de su hija, Luisa. —Hay que ver, Marcus, como pasa el tiempggo. Parece que Luisa nació ayer, y ya ha cumplido nueve años y está a punto de tomar su primera comunión. La pequeña Luisa nació por un frustrado amor de Margarita, y no tiene apellido paterno. Nadie sabe quién puede ser el padre, porque ella nunca lo ha revelado. Ni siquiera Adela lo sabe. Es una niña encantadora; una flor más en su floristería. En los primeros días después de que se supo las circunstancias de su embarazo, Margarita fue muy mal tratada en el barrio, porque en el fondo todos, menos Leonardo, el maestro de la escuela de primaria, que es un socialista radical, y Efraín, nuestro diputado socialdemócrata, éramos más o menos conservadores y poco tolerantes de estos comportamientos. Pero Margarita llevó con resignación nuestro rechazo, y supo criar a Luisa con el afecto y la protección del padre ignorado. Ahora todos sabemos que mantiene relaciones serias con Jacinto, que seguramente terminarán en boda, y reconocerá a Luisa dándole un apellido. ¡Un policía casado con una florista y madre soltera! Sin duda que la guerra cambió muchas cosas en nuestras anteriores mentalidades, y nos ha hecho más tolerantes. ¡Algún beneficio tenía que tener! —Y antes de que te des cuenta Luisa estará en edad de casarse —le comento, convencido de la frugalidad del tiempo. —¡No, por favor, que no pase el tiempo tan deprisa! ¡No quiero separarme de mi hija! —Tú tenías su edad cuando estalló la guerra, y te separaron para siempre de tus padres. —¡Eso no le ocurrirá a Luisa! —¡Que Dios te oiga, si es que no ha muerto! Elige los pendientes, pero no le cobro nada, quiero que sea mi regalo de comunión de Luisa. Ella me lo agradece con su tenue sonrisa, la de una mujer que ha sufrido la incomprensión de sus vecinos. La niña se ha acostumbrado a ver a Jacinto en compañía de su madre y si por fin llegan a contraer matrimonio, no le costará demasiado aceptarle como su padre. De todas formas ya tiene edad de comprender las cosas, y debe saber que Jacinto no es su verdadero padre. ¿Cómo puede una niña de 9 años comprender las razones y los argumentos de los adultos que justifiquen su abandono? ¡Confieso que soy incapaz de hacerme ni una somera idea! Rodolfo el carnicero, y su hijo prodigio, Rodolfito Recojo la escuálida caja del día y cierro el comercio. No es que pueda permitirme cada día el gasto de beber una cerveza y pasar un rato entretenido en el Café Central, pero me lo quitaría de comer antes de privarme de este relajante momento. Mi modesta tienda está situada en la calle principal del barrio, donde están la mayor parte de los comercios. La amplia calle desemboca en la plaza, y es fácil encontrarse con conocidos o colegas de otros comercios que cierran a la misma hora. Unos metros más allá de mi tienda me encuentro con el obeso Rodolfo, carnicero del barrio, capaz de despiezar una vaca en cinco minutos. Estoy convencido de que ama su trabajo, posiblemente sea el único del barrio. Su vida parece un cuento de ogros que se comen a los niños, pero en este caso se trata de cerdos, terneras, vacas y creo que también vende carne de caballo, tan frecuente durante la guerra. Es el único que parece ser feliz en su matrimonio. Su mujer, Ignacia, tan obesa como él, tiene el carácter bonachón y tranquilo de las personas gruesas, y parece incapaz de tener un solo pensamiento que vaya más allá de su carnicería, su marido y su hijo. Por eso creo que debe ser feliz. Por si no tuvieran bastante dicha con sus pancetas y sus solomillos, Dios parece haberles bendecido con un hijo prodigio. Dicen que tiene una asombrosa capacidad de cálculo y una prodigiosa memoria, pero destaca sobre todo por su virtuosismo con el piano. ¡No tiene una razonable explicación que semejante criatura haya sido el fruto de ese matrimonio! Hay quien asegura que es de ella quien ha heredado su precocidad, pero es demasiado tímida y sencilla para demostrarlo. Con ella, en su carnicería no son necesarias las calculadoras. Al parecer recuerda todos los nombres y apellidos de todos sus clientes. —Hola, Marcus. ¿A tomar tu cervecita? —me saluda con su voz ahogada propia de los obesos. —Hola Rodolfo y Rodolfito. Sí, los vicios definen la fuerza de voluntad, cuantos más tenemos menos fuerza de voluntad nos queda, y a mí me queda ya muy poca. ¿Dónde vas con el pequeño Rodolfito? —Voy a mis clases de piano —me responde su hijo sin esperar la respuesta del padre, a quien debe considerar incapaz de cualquier pensamiento inteligente. —¿Cuándo nos volverás a deleitar con un nuevo concierto de piano? —No lo sé —responde ufano, pero acostumbrado a los halagos—, pero me han invitado a un concurso para jóvenes talentos de la televisión el mes que viene, y tengo que prepararme. El desplazado padre permanece sonriente y no puede disimular su orgullo de ser el progenitor de semejante lumbrera, pero en el más absoluto silencio, como encantado e incapaz de intervenir cuando su prodigioso hijo habla con alguien. —¡Eso es fantástico! —le respondo mostrando entusiasmo, pero en el fondo siento lástima de este niño a quien su inteligencia superior le ha robado su infancia. Yo también fui un niño prodigio y tampoco tuve una infancia feliz. A los 10 años ya había leído La Odisea y la Ilíada de Homero, y la mayoría de las tragedias de Sófocles y de Esquilo. No encontraba divertidos los juegos de mis compañeros del colegio, solo la lectura me proporcionaba alguna alegría y siempre me acompañaba un buen libro. Mi padre no pudo enseñarme el oficio de joyero y se resignó a que siguiera alguna carrera de humanidades, aunque sabía perfectamente que con esos conocimientos nunca me podría ganar la vida, como así fue. Rodolfo e hijo se dirigen a la parada de un autobús que les dejará cerca del Conservatorio, donde al parecer, el pequeño Rodolfito asombra a sus profesores. Le están preparando para que sea un ganador, lo que sería un buen reclamo para el Conservatorio y su profesores. Laura, mi amor tardío El Café Central no está muy animado, todavía es temprano. Se suele animar a media noche. Es asombrosa la cantidad de gente que trasnocha en este barrio, y nunca cierra hasta bien entrada la madrugada. Es durante esas horas cuando surgen las más acaloradas tertulias espontáneas, sobre los temas más disparatados, para los que siempre hay contertulios. Pero lo cierto es que siempre degeneran en charlas de borrachos y no son muy interesantes. Por lo general los temas son monografías: política y sexo. Hemos coincidido en la entrada del café Laura y yo. Laura es mi amiga desde hace casi un año y lo hemos convertido en una costumbre vernos en este café cada día para intercambiar lo que ha dado de sí nuestros respectivos trabajos, lo que por lo general no es muy interesante. Nos conocimos durante un concierto de la Filarmónica Nacional, que recuerdo interpretaron los conciertos de Brandemburgo, del divino Bach. Laura es una viuda de guerra. Tenía tan solo 18 años y estaba prácticamente recién casada, cuando un obús acabó con la vida de su flamante marido. Ella se siente culpable de su muerte, porque durante una alarma de bombardeo, cuando ya estaban en la entrada del refugio, le hizo volver a su casa en busca de un pequeño cofre donde guardaba algunas joyas familiares de gran valor y que habían olvidado. Su marido nunca regresó, pero recuperó las joyas que el muerto sujetaba todavía entre sus ensangrentadas manos. Por esta razón se sintió responsable de su muerte y no intentó rehacer su vida y ha permanecido soltera y solitaria hasta que me conoció. Tal vez sea por sus remordimientos o por mi apatía, que nuestra relación no es muy creativa y mucho menos apasionada. Sé que ella espera que nuestra amistad suba de grado y sea menos formal y más romántica, pero yo he perdido la necesaria fantasía e imaginación para complacerla. No sé cómo me soporta y persiste en mantener una amistad con tan pocos alicientes. Ella es la responsable de la Biblioteca municipal de nuestro barrio. Por eso los temas más frecuentes de conversación son los libros y sus autores. Yo intento ser amable y hago ver que estoy interesado, pero la verdad es que probablemente habré leído no más de media docena de libros desde que finalizó la guerra. Ha sido tan profunda mi frustración que he llegado incluso a aborrecer los libros. Nos acomodamos en una pequeña mesa, junto a los grandes ventanales que dan a la plaza, y ella saca un grueso libro del bolso, que me enseña. —¡Mira, Marcus, la última edición de las obras completas de Goethe! ¿Te gusta Goethe? —me pregunta intentando meterme en el tema y vencer mi apatía. —Fue mi lectura de juventud —le comento sin mostrar interés—. Entonces me impresionó, pero ahora sería incapaz de leerlo. ¡Demasiado antiguo! —Confiésalo, Marcus, en realidad ya no lees nada. ¡Nunca me has pedido un libro en la Biblioteca! No me ha parecido oportuna su observación, pero la disculpo porque es cierto. Después de haber vivido los horrores de una guerra, no me queda nada que me sorprenda. A veces intento leer una novela y me parecen literatura para niños, o para personas que todavía tienen la capacidad de imaginar lo que están leyendo. Yo no puedo imaginar nada porque la realidad que he vivido ha superado lo imaginable. ¡Estoy condenado a ser realista, he perdido la capacidad de soñar! Sé que ella comprende la causa de mi falta de interés por cualquier romanticismo. Puedo ser un fiel amigo, pero un mal amante. No insiste y parece resignada, pero nuestra relación no es muy consistente. Después de un año de hacer las mismas cosas, encontrarnos en el mismo sitio, hablar siempre de los mismos temas, comentar nuestros achaques y pasear por los mismos lugares, creo que mejor sería terminar amistosamente esta anodina amistad y probar suerte con otras personas. Guido, el librero, y su extrovertida amiga Julia Acaba de entrar en el café Guido, una de las personas más interesantes del vecindario. Es dueño de la librería del barrio, y su tradición de librero le viene de su tatarabuelo, que abrió la primera y única librería de este barrio a mediados del siglo pasado, en plena efervescencia revolucionaria, cuando los libros eran tan eficaces y mortíferos como las pistolas y las granadas de los anarquistas. También tiene una compañera, Julia, con la que no comparte prácticamente nada, pero ella insiste en ganar su amistad, porque le apasionan los libros. También es su ferviente admiradora, porque Guido es autor de cuentos y relatos, que suele publicar en la sección cultural de una revista mensual editada en el barrio, con su colaboración financiera. En mi opinión, tiene imaginación, pero Dios no le ha otorgado el don de la inspiración, y no pasan de ser entretenidos, pero carecen de originalidad. Laura y ella son grandes amigas, porque comparten la misma pasión por los libros. Nos han visto, y Julia se abalanza literalmente sobre Laura y la abraza efusivamente. Les invitamos a que compartan nuestra mesa. Julia se sienta junto a Laura y la abruma con mil preguntas sobre libros. —¿Ya tenéis en la Biblioteca la última novela de Max Frisch? ¿Y el «Ulises», de Joyce? ¿Habéis recibido la inquietante novela «La naranja mecánica» del paranoico Anthony Burgess; o esa maravilla literaria, «Cien años de soledad» del genial colombiano García Márquez. ¡No me digas que todavía no está en la Biblioteca esa joya argentina, «Rayuela», del atractivo Julio Cortázar... Claro que, bien pensado, mejor es que tardéis algún tiempo en tenerlas, para que las podamos vender en la librería. Julia habla en plural cuando se refiere a la librería, pero Guido no parece estar de acuerdo. Hacen una extraña pareja y no creo que se consolide esta unión. Ella es demasiado extrovertida, incontinente; habla por los codos y siempre pretende ser el centro de atención. Cuando no le queda más remedio que guardar silencio, no presta la mínima atención a quien está hablando, y parece concentrarse en no perder el hilo de su tema de conversación, para seguir con lo mismo, como si nadie hubiera dicho nada mientras guardaba silencio. No comprendo por qué Guido la soporta. —¿Quién se llevará el Nobel este año, Guido? —le pregunto para llevar el tema de conversación a lo que le resultaba familiar. —Suenan varios nombres, pero el candidato más firme es un griego prácticamente desconocido en el mundo literario, Yorgos Seferis. Pero hay otros candidatos con muchas posibilidades, como Pablo Neruda o Samuel Beckett. Yo se lo daría sin duda a Neruda. —¿Y cuándo lo ganarás tú? Julia aprovecha mi jocosa pregunta para elogiar desmesuradamente a su amigo. —Guido tiene méritos suficientes como para ganar el premio Nobel, pero él es demasiado modesto como para reconocerlo. Guido parece molesto por este elogio, que él sabe que es infundado y trata de corregirlo. —Julia, no es por falsa modestia, pero ni por lo más remoto merecería yo este galardón. ¡Ni siquiera he escrito todavía una simple novela! —Perdona, Guido —insiste ella—, pero los autores nunca sabéis apreciar lo que escribís, somos los lectores los que tenemos la última palabra, y la mía es que tú eres un genio ignorado. —Julia —intervengo yo—, no puedo estar de acuerdo contigo. Son los autores y no los lectores los que deben saber el valor de lo que escriben, porque la de los lectores es una opinión muy subjetiva. Laura asiente con un enérgico gesto de cabeza. Guido quiere zanjar este tema de conversación y nos sorprende con un cambio de tema radical: —¿Ganarán este año los socialdemócratas las elecciones? Julia ha quedado desplazada. Ella no tiene opiniones sobre política. Creo que Guido lo sabe y por esa razón ha introducido el tema. En realidad somos pocos los que tenemos ideas políticas. También la guerra anuló nuestro interés por la política. Pudimos ver hasta que extremo de barbarie pueden llevar las ideas políticas. Pero, al mismo tiempo, somos conscientes de que al menos tenemos que cumplir con nuestro deber de ciudadanos responsables y votar en conciencia, ahora que hemos recuperado la democracia, y que por dejadez o falta de interés nos la vuelvan a secuestrar. Romano y su corte servicial Como he comentado al principio, en este café nos reunimos prácticamente todos los que tenemos algún negocio en la vecindad. He visto entrar a Romano, soberbio como siempre, consciente de su poder y su gran influencia sobre la comunidad, dueño de innumerables inmuebles del barrio. Solo sabemos de él que antes de la guerra era un simple ujier en la Oficina del Catastro , y que después de la guerra era ya un hombre rico, aunque la mayoría de las propiedades que posee están registradas a nombre de su joven esposa. Tiene una mesa reservada, que comparte con sus dos únicos amigos: el notario y un abogado y sirviente, que le lleva con mano de hierro sus negocios inmobiliarios. Apenas se ha sentado ha hecho un autoritario gesto para llamar al camarero, quien acude como si fuera su perro faldero. La razón son las generosas propinas que suele dar a quienes le sirven con docilidad. Su aspecto es el de un usurero de los cuentos de Charles Dickens. Siempre viste un impecable traje oscuro y un sombrero de fieltro negro, que deja colgado en un perchero solo para su uso personal y de sus dos amigos. Suele cenar aquí, en compañía de su corte de aduladores y servidores. Además de los negocios inmobiliarios, este tirano se dedicaba a prestar dinero con usura durante los primeros años de la postguerra, que invertía en la compra de más inmuebles en el barrio. Se divorció de su primera y sufrida esposa, con la que tuvo a Raulín, para casarse con Roxy, la joven hija de uno de sus clientes arruinados por su usura, y para burlar al fisco, puso a su nombre la mayoría de los inmuebles. Roxy, nunca la he visto en el café, puede estar incapacitada o castigada por este tirano usurero. Su hijo, Raulín, es de los trasnochadores, que ocioso, no tiene otra cosa que hacer que emborracharse cada noche y hablar mal del Gobierno o de sus proezas sexuales, como suele hacer todos los borrachos. Este siniestro personaje sabe que es literalmente odiado por todo el vecindario, pero lejos de sentirse incómodo parece que el que le odien prueba su gran poder e influencia en la vecindad. Cuanto más le odian más importante se cree. Entre sus muchos enemigos del barrio, cuenta con uno de auténtico lujo: Leonardo, el joven maestro de la escuela primaria. Y si lo he citado es porque acaba de incorporare a esta nave de locos, que es este café. Yo siento un especial afecto por este joven maestro, aunque no comparto su ideología, pero sí su valiente y decidido talante frente a la adversidad, ¡tal como era yo a su edad! Leonardo, maestro de la escuela de primaria Es un joven algo taciturno. No es la persona que te encanta al primer golpe vista y deseas que sea tu amigo. Antes al contrario, causa una cierta repulsión por su profunda y acusadora mirada, que consigue hacernos sentir culpables aun sin saber por qué causa. Por eso prácticamente no tiene amigos, y viene siempre solo al café. Suele acomodarse en uno de los asientos adosados a la pared, y bebe una cerveza, mientras ojea un periódico del partido en el que milita activamente. No es desde luego un buen candidato a posible marido para la bella María, aunque es también uno de los secretos pretendientes. Sospecho que debe ser una persona compleja de sentimientos profundos y de ideas radicales, lo que es una buena cualidad para asegurar la fidelidad, pero María no parece ser una mujer complicada y necesita algo más que fidelidad. Durante la guerra apenas era un adolescente, pero fue movilizado durante los últimos años de la contienda. Afortunadamente para él, apenas se incorporó, se firmó el armisticio que puso fin a esa locura. De aquella breve experiencia le viene su radicalismo socialista. Aunque milita activamente en le partido socialdemócrata, él está mucho más a la izquierda, pero su empleo de maestro de primaria le obliga a ser más moderado. A pesar de su huraño aspecto, tengo la impresión de que no le gusta la soledad, aunque su carácter pueda sugerir lo contrario. Sospecho que no acude al café a beber su cerveza y ponerse al día con las acciones del partido, porque regularmente alza la vista y contempla la gente del café, y sobre todo, quién entra, como si esperase a alguien en particular. Así no es posible concentrarse en la lectura. Es evidente que espera que aparezca alguien conocido y que le haga compañía. En uno de esos breves vistazos me ha reconocido y me saluda con un breve gesto con la mano, y una sonrisa que logra transfigurar la rigidez de su rostro, por lo que parece ser una pose, pero como todo el mundo, debe añorar una compañera. —Ahí está como siempre Leonardo, presumiendo de lobo solitario, cuando tengo la impresión de que en el fondo tiene la mentalidad de un perrito faldero —comento a mis amigos. Julia, siempre tan extrovertida y generosa en sus exuberantes afectos, sugiere que le invitemos a nuestra mesa. Es una canallada por mi parte, pero creo que harían una buena pareja, y de paso dejarían a Guido vía libre para intentar ganarse el corazón de María. Yo también creo, como la chismosa Adela, que, a pesar de la diferencia en la edad, no harían mala pareja. La belleza, como el caviar o las ostras, no son para paladares inexpertos. Solo un hombre maduro e inteligente es capaz de ver el alma en el cuerpo de una atractiva mujer. Los jóvenes solo ven el cuerpo. Es ella misma quien se levanta y convence a Leonardo para que se una a nosotros. Me temo que será inevitable hablar de política aunque tengo la impresión de que ¡preferiría que hablásemos de mujeres! Julia se ha sentado a su lado. Algo me dice que su interés por él va más allá de lo que aparenta. —Y bien, Leonardo, ¿ha llegado la hora de los socialdemócratas? ¿Pasaremos los conservadores a la oposición? —introduzco el tema para que no se sienta desplazado y le prestemos atención. —Ha llegado la hora de pasar otra página de nuestra historia —responde sin demasiado énfasis, porque ha debido comprender la intención de mi pregunta—. Pero no seremos los socialistas los que lideremos este cambió.. —Entonces —pregunta Julia, quien creo intuir que se siente atraída por el maestro de escuela—, ¿quiénes lo harán? —Será la generación de posguerra. Nosotros, seamos de izquierdas o de derechas, padecemos del mismo estigma, y no estamos capacitados para liderar el cambio. La respuesta nos ha dejado un sabor agridulce. —¿Entonces tú crees que está acabada la influencia cultural y social de nuestra generación y de las anteriores? ¡Adiós Thomas Mann, Herman Hesse, Joyce, Marcel Proust, Víctor Hugo, y tantos otros! —¡Creo que nadie tiene una mejor respuesta que quien acaba de entrar en el café! Leopoldo se refiere a nuestro diputado, Efraín, que siempre ha residido en nuestro barrio, y a excepción del periodo nazi, siempre se ha ganado su acta de diputado regional por nuestra ciudad. Leopoldo y él son correligionarios y buenos amigos. Sería una descortesía no invitarle a nuestra mesa. —Leopoldo, invítale a nuestra mesa, así tendremos tema para una tertulia. Efraín, un político de antes de la guerra Como buen y experimentado político, Efraín tiene la apariencia de un modesto servidor del pueblo, al que supone que atiende sus deseos y necesidades, pero lo cierto es que no deja de ser un político, y el leitmotiv de todo político es la permanencia en el poder. Su trabajo legislativo o parlamentario es una mera excusa, pero si quieren permanecer en el poder tienen que hacer algo que motive a su electorado a reelegirle una y otra vez. Cuando le ponemos al corriente de nuestra discusión nos ofrece su particular visión del mundo de postguerra. —Ni socialistas ni conservadores, quien gobierna nuestra nación, sean los resultados que sean, son los Estados Unidos. ¡Lo demás son sucursales! El premio de los vencedores es que son ellos los que imponen las reglas a los vencidos. —Querido Efraín —le replico porque no comparto su radical conclusión—, ustedes los socialistas ven leones donde solo hay gatos. Los gatos arañan, pero no matan. Ellos sacrificaron miles de vidas para librarnos de un perro rabioso, ¡alguna compensación tienen que tener! —Pero ustedes los conservadores ven gatos donde hay leones, y se dejan devorar por ellos, ¡y todavía están agradecidos! Sí, es verdad que nos han librado del imperialismo político nazi, ¡pero solo para caer en el imperialismo económico yanqui! Julia parece entusiasmada con la reflexión de nuestro diputado, por lo que me confirma que simpatiza con las ideas de la izquierda. Definitivamente es la compañera ideal para Leopoldo y creo que pronto se confirmará. Nuestro diputado parece haber encontrado su público y se siente obligado a pronunciar su discurso: —A pesar de sacrificar miles de vidas humanas, como usted dice, la guerra fue una excelente oportunidad para los negocios. ¿Creen ustedes que los cientos de empresas que habían estado fabricando armas durante la guerra, cerraron sus puertas y despidieron a todos sus trabajadores? —Se reconvirtieron en industrias para la paz —observo yo. —¡No sea usted tan ingenuo! —me replica sorprendido—. ¡Es más rentable fabricar pistolas que lavadoras! No nos liberaron, nos ocuparon. Se quedaron con las empresas más rentables, y las más estratégicas, intervinieron las finanzas y controlaron los medios de comunicación. ¿Y a eso le llama usted liberación? —Es posible que los conservadores seamos un poco ingenuos, pero no ayuda a la distensión la desconfianza y el recelo entre los países del mundo. Para acercar posturas y opiniones hay que ser flexible. Fue sobre todo la intolerancia hacia las ideas de los demás lo que nos costó una guerra. ¡Ustedes, los radicales, deberían tomar buena nota de esta realidad! El padre Serafín, un bondadoso párroco católico La tertulia sobre quién es el amo del mundo se ha prolongado todavía más de una hora sin que hayan cambiado nuestras posiciones: para mí los Estados Unidos son los salvadores de la Europa democrática, para Efraín y Lorenzo son sus opresores. No sirven de mucho los debates con gente mayor que no puede cambiar ya de opinión, porque se vuelve tan rígida como sus arterias. Lo cierto es que cada día que pasa entiendo menos lo que sucede en el mundo. Todo es confuso y contradictorio. Yo estoy empezando a considerar que para estar bien informado lo mejor es no leer las noticias que publican los periódicos, porque más vale vivir en la ignorancia ha engañado. La clientela del café está cambiando de aspecto. Llegan los primeros trasnochadores; es hora en que los madrugadores nos retiremos. Lorenzo se queda, porque no creo que sea ave madrugadora sino un animal nocturno. Para sorpresa de Guido, Julia decide quedarse y hacer compañía al maestro, sospecho que pronto habrá cambios en sus relaciones. Pero Guido no parece afectarle, creo que está buscando una excusa para romper con Julia, y Julia debe buscar una excusa para cambiar de estímulos para su activo carácter. ¡Lorenzo puede ser su hombre! La noche es fresca y apenas se ven vecinos por las calles. Mientras desentumecemos nuestros músculos atrofiados por casi dos horas de inmovilidad, veo salir de la iglesia católica al padre Serafín, un cura bondadoso, pero estricto en la ortodoxia católica, tan diferente del pastor protestante, más abierto a otras religiones y creencias. Nos ha visto y se acerca a nosotros. Con toda seguridad, nos censurará por pecadores incorregibles, porque sospecha que mantenemos relaciones íntimas con nuestras compañeras, sin estar bendecidos por el santo sacramento del matrimonio. —Buenas noches, padre Serafín —le saludo—. ¿No es un poco tarde para celebrar misas? —¡Calla, ateo! Mientras vosotros condenáis vuestra alma en esta Sodoma, yo salvo del infierno a otras almas. Vengo de dar la extremaunción a un moribundo, que en el cielo esté. —¿Puede saberse quién ha pasado a mejor vida? —El padre de Jesús, el tapicero. Dios le tenga en su seno, pero ya lo quería tener a su lado y liberar a esa modesta familia de semejante carga, porque hacía dos meses que era centenario. Quedar con Dios y no le hagáis enfadar con vuestros pecados, que mañana tengo que decir misa temprano. —Si Dios quiere que seamos pecadores por algo debe ser. Los senderos del Señor son inescrutables. —Hablas como un ateo... Buenas noches... Se aleja con paso decidido a su residencia. El padre Serafín debe ser casi octogenario, pero sigue tan activo como si tuviera treinta años. Lástima que la mayoría de sus fieles ya sean incapaces de pecar por falta de fuerzas y debilidad de su entendimiento, porque la gran mayoría son ancianos. Calixto, el mendigo extraterrestre El padre Serafín se ha encontrado con Calixto, nuestro mendigo oficial, que como es habitual en él, permanece agazapado en algún rincón de la plaza pendiente de los que salimos del café para recolectar nuestras limosnas. El padre Serafín ha intentado en varias ocasiones ingresarlo en una residencia de ancianos, pero él las ha rechazado una y otra vez, y prefiere sobrevivir en la calle con las limosnas que le damos, casi como un impuesto por contar en el barrio con semejante personaje. Él mismo nos ha revelado su extraño origen. Asegura venir de un planeta llamado Galikea, de una galaxia desaparecida, y que tiene poderes sobrenaturales como para destruir el mundo, pero nos perdona en agradecimiento a nuestra generosidad. También dice saber cuándo y cómo se acabará el mundo, pero ese es su secreto mejor guardado, y que no ha revelado a nadie. No obstante, siempre nos amenaza con destruir el mundo si intentamos hacerle algún daño. Aunque pueda parecer absurdo, muchos en el barrio creen que pueda ser cierto y le tratan con un prudente respeto. Esta noche parece haber recibido una revelación, y creo que está decidido a que todos sepamos de qué se trata, y empieza por poner al corriente de sus augurios al paciente padre Serafín: —El gran Maestre, Neira, que reina sobre el universo desde la Galaxia Central, se está revolviendo en su trono lleno de indignación, por los muchos pecados de vuestro mundo. Me ha comunicado que caerá un rayo celeste sobre el lugar más corrompido, y muchos inocentes morirán por causa de los malvados. —Calixto —le responde el paciente padre—, el gran Maestre, como dices tú, habla conmigo cada mañana cuando vengo a su iglesia, y no me ha comunicado ninguna de tus atroces profecías, así es que deja de ir por ahí contando tus disparates y atemorizando a la gente crédula del barrio. El padre Serafín le considera un loco endemoniado, pero siente lástima por él, y le lleva la corriente. Pero a mí no me parece que esté tan loco, muchas de sus disparatadas profecías encierran grandes verdades si lo vemos desde su perspectiva. No se ve igual el mundo en el palacio de un rey que en la choza de un carbonero. Para tener una idea de lo que somos y cómo nos comportamos hay que estar fuera de este mundo y Calixto lo está. No sé si es un extraterrestre, pero por desgracia en nuestro mundo hay muchos que no parecen pertenecer a este planeta, porque viven marginados de cualquiera de sus recursos. Solo los niños y los locos dicen lo que sienten, y no tienen ninguna razón para justificar una mentira. Calixto viene a pedirnos su regalía, pero como suele hacer siempre, nos dirá algo inquietante con el suficiente interés como para justificar nuestra limosna: —¡Salud, terrícolas! Es una noche templada, parecida a las de mi planeta, pero allí duraban el doble de tiempo que las vuestras. —Buenas noches, Calixto, ¿qué hay de nuevo? ¿No estarás pensando en destruir el mundo? —Haces mal en reírte de mis poderes sobrenaturales. Algún día os lo demostraré, pero tengo que esperar órdenes de la Galaxia Central. He recibido un mensaje del Gran Maestre: vendrá a visitarme el próximo año bisiesto, y debo prepararme para una difícil misión: me ha encargado que busque doce hombres y mujeres justos, para nombrarlos embajadores de la Galaxia Central, la que rige el universo. —¡Difícil tarea te han encomendado, Calixto, es posible que no queden hombres y mujeres justos, porque nadie puede obrar con justicia en un mundo injusto. —Terrícola, tú hablas como un galikeano. Puede que le dé tu nombre al gran Neira, para que seas su embajador extraordinario, y te premiará dotándote de poderes sobrenaturales. —¿Y cuál deberá ser mi trabajo? —No puedo revelarlo, pero tú serás uno de los elegidos que podrás abandonar este corrompido planeta antes de su destrucción. Y ya he dicho más de la cuenta. Guarda silencio porque espera nuestras limosnas. Hacemos una pequeña colecta y le entrego lo recaudado. Parece satisfecho. —Más difícil que encontrar un hombre justo, es un hombre generoso. Tendrás el privilegio de ser unos de los elegidos para ser evacuado antes de que produzca la gran destrucción. —¡Es un consuelo! Sus previsiones parecen absurdas, pero ya no podemos decir que el ser humano no sea capaz de destruir este mundo. ¡Ya tenemos suficientes armas para conseguirlo! Raulín, la vergüenza del barrio Me despido de Guido y de Laura, que viven en el lado opuesto de mi vivienda, un pequeño apartamento en la segunda planta de mi comercio. Esta es para mí la peor hora del día. Mis noches son eternas y dolorosas, porque se despiertan todos mis demonios del pasado, y tengo suficientes como para llenar el infierno. No es mi humor el más adecuado para encontrarme en la calle con el hijo de Romano. Le acompaña una mujer, que parece embriagada, porque va colgada literalmente de su cuello. Por sus gestos y atuendo supongo que debe ser una prostituta. Sin duda que se dirigen al Café Central para empezar su jornada habitual, porque debe de levantarse a estas horas. No me cae bien, pero no quiero parecer descortés y me veo obligado a saludarle: —Buenas noches, Raulín... y compañía... —Oye, Marcus —se dirige a mí sin el mínimo respeto por mi edad—, sabes si está todavía mi padre en el Café Central? —Allí sigue, con el notario y su abogado. —¡Mierda! ¡No puedo ir ahora, si me ve con esta puta es capaz de desheredarme! No solo es soberbio y maleducado, sino también mal hablado. —Bien... que tengáis una buena noche, adiós... —intento deshacerme de él pero me detiene, y me hace una asombrosa propuesta. —Por qué no te llevas a tu casa esta puta. Está borracha como una cuba, y no sé ni dónde vive ni ella es capaz de decírmelo. Mañana, cuando esté sobria, te podrá decir dónde vive y puedes ponerla en un taxi y que la lleve a su cubil. Te pagaré bien el favor... y si te apetece puedes acostarte con ella, ¡que no va a notar la diferencia! Este monstruo me plantea un difícil dilema. Si no me hago cargo de ella es capaz de abandonarla en cualquier sitio sin tener en cuenta el estado de embriaguez en que se encuentra, pero si me la llevo a mi apartamento no me cabe la menor duda de que acarreará algún problema. Noto en la turbia expresión de su cara que ha escuchado y comprendido cuál es su situación, porque se desprende con dificultad del cuello de Raulín y se abraza a mí. —¡Ahí la tienes, es toda tuya, se ve que le has caído bien! Introduce un billete en su bolso, y se marcha como si allí no hubiera pasado nada. —¡Gracias, Marcus, ya te devolveré algún día este favor! No me queda otra alternativa que llevarla a mi apartamento, hacer que beba medio litro de café bien cargado, y esperar que se despeje y pueda llevarla a su casa esta misma noche. Enrico, mi médico de cabecera Los problemas han empezado apenas he podido recostarla sobre mi cama, porque tengo la impresión de que no es sólo alcohol lo que ha bebido, sino que habrá ingerido alguna clase de droga, porque su pulso apenas puedo sentirlo. Me temo que se habrá pasado con la dosis. No puedo quedarme impasible, tengo que hacer algo y con urgencia. Lo único que se me ocurre es llamar a mi médico de cabecera y que la examine. Tal vez tengamos que ingresarla de urgencias en el hospital. Por suerte está en casa y me coge el teléfono. —¡Sí, Enrico, es urgente! Me temo que ha tomado una sobredosis de alguna droga. —Marcus, cómo has podido hacer algo así! ¡Yo te creía un hombre sensato...! —No es lo que piensas, pero ahora no hay tiempo para explicaciones. Ven lo más rápido posible, ¡no vaya a morirse en mi casa! —Estaré allí en veinte minutos. Prepara el baño, porque tendremos que hacerle un lavado de estómago. Ahora solo puedo esperar, yo no sé cómo debe tratarse a los pacientes en estos casos. ¡Solo soy un tend Aura, mi vecina adivina, para algunos una bruja Mi vecina, Aura, ha escuchado el estruendo que hemos hecho al subir por la escalera por la torpeza de la mujer, que es incapaz de subir un peldaño sin mi ayuda, y se ha alarmado. Viene a mi apartamento para saber si me ha sucedido algo y me puede ayudar. Aura es una mujer extraña, pero es una buena vecina y de absoluta confianza. Se gana la vida echando las cartas y adivinando el porvenir, y dicen de ella que suele acertar en sus previsiones. Tal vez deba pedirle que intente adivinar el mío en estos críticos momentos. Cuando ha visto el deplorable estado en que se encuentra la prostituta, le ha causado la misma alarma que a mí. Pero ella ha visto más allá de su estado físico. —Esa pobre mujer tiene el alma muy enferma y no tiene ni la energía ni la voluntad de vivir necesaria para superar su estado sin ayuda. ¡Creía conocerte, Marcus, pero veo que me he equivocado; no puedo creer que tengas una doble vida! —¿Tú también, Aura? Ya sé que es difícil de creer, pero el hijo de Romano me la pasó en la calle cuando volvía del Café Central, porque no quería que su padre le viese con una prostituta. —¿Y por qué no la acompañó él mismo a su casa? —¡No sabe dónde vive, ni ella puede decírnoslo! No me quedó otra opción que traerla aquí e intentar reanimarla... —Esta tarde he echado las cartas y he visto que algo grave sucedería a una persona cercana a mí, pero no he podido saber de qué se trataba. Ahora veo que las cartas nos se equivocaban. Marcus, tienes que hacer algo o esta mujer morirá en tu cama! —¡Mi médico de cabecera debe de estar al llegar, ya le he avisado! —Tu médico podrá curar su cuerpo, pero su alma seguirá enferma. Necesita algo más que cuidados médicos. —¡No querrás que llame también a un psiquiatra! —El mal que padece no lo cura un psiquiatra. Necesita alguien que no la trate como a una mujerzuela. Un amigo.. Llaman a la puerta. ¡Gracias a Dios que mi médico ya está aquí! Linda, la prostituta rebelde La llegada de mi médico interrumpe nuestra conversación. Su diagnóstico confirma mis sospechas: está intoxicada, pero no solo de alcohol, sino de alguna droga mucho más peligrosa. Posiblemente sea heroína. No espera a darme explicaciones, la desnudamos y la llevamos al baño donde le hace un lavado de estómago hasta no dejar ni rastro de lo que la estaba envenenando. —¡Ahora solo podemos esperar que hayamos llegado a tiempo —me comenta sin ocultar su preocupación—. Hubiera podido morir de una crisis cardiaca si no me hubieras llamado. —¡Ya presentí yo que esta mujer me traería muchos problemas! He pasado una de las peores noches desde el final de la guerra, porque la desconocida mujer que he traído a mi apartamento no parece reaccionar, y permanece en una preocupante inconsciencia. Mi médico me ha sugerido que le dé frecuentes masajes en los pies, y cuando esté más consciente, impedir que tome cualquier alimento sólido. He tenido que acomodarme en el pequeño sofá de la sala de estar, y es tal mi cansancio que me he quedado profundamente dormido a pesar de la incomodidad. Pero lo sorprendente es que ha sido ella la que me ha despertado cuando apenas está clareando el día. —¡Eh, señor, despierte, despierte! —¡Por el amor de Dios, qué pasa ahora! —me despierto sobresaltado, pero al ver a la mujer levantada y tratando de hablar conmigo, me tranquilizo. —¡Buenos días, me alegro de verla recuperada! —le digo, todavía somnoliento. —¿Dónde estoy? ¿Quién es usted? ¿Qué me ha pasado? ¿Por qué tengo dolor en el estómago? —pregunta excitada. —Tranquilícese, ya está a salvo.. —¿A salvo de qué? —Anoche un amigo suyo me rogó que la trajera a mi apartamento para intentar reanimarla, porque estaba severamente embriagada, y que nos dijera dónde vive para llevarla a su casa... —¿Un amigo mío? ¡Yo no tengo amigos, solo clientes! ¡No puedo recordar quién era el de anoche! —Si se siente con fuerzas, lo mejor es que vuelva a su casa. Su familia estará preocupada por usted... —¡Yo no tengo familia ni casa, y vivo en un hotel de mala muerte. Nadie me echaría de menos si no apareciera más por allí. Y no piense que soy tan tonta de creerme todo lo que me cuenta. Seguramente que usted también abusó de mí cuando estaba borracha! ¿Debería sentir compasión por esta mujer, o, por el contrario, echarla sin más miramientos de mi casa? Ahora comprendo por qué degenerados como Raulín tratan a estas mujeres sin la más mínima humanidad. Destilan odio contra los hombres por todos los poros de su cuerpo. Nosotros las humillamos y ellas se vengan con un odio infernal hacia nosotros. Si pudieran, harían como la mantis religiosa, nos devorarían después del coito. —No tengo en consideración su injusta acusación, porque comprendo su estado de ánimo, pero yo tengo mis obligaciones y no puedo ocuparme más de usted. Si se siente con fuerzas suficientes, en su bolso hay un billete de su cliente, con el que podrá pagar el taxi y volver a su hotel. —¡Ya lo entiendo! Las fulanas como yo solo podemos salir de noche, como las cucarachas. De día salen las esposas y nosotras tenemos que ocultarnos en nuestras sucias habitaciones de hoteles proscritos para la gente decente. ¿No es eso lo que quiere usted? —Lamentablemente es así, pero yo no he creado este mundo, ya estaba así cuando yo nací. —¡Usted es tan culpable como los demás! ¿Se atrevería a salir ahora mismo a la calle caminando a mi lado? ¡No sea hipócrita, usted tiene los mismos prejuicios contra las prostitutas! —Sí, puede que tenga razón... —¿Puede? ¿Es que por mi profesión no tengo derecho a pensar? ¿No ha registrado mi bolso? ¡Tenga, mire lo que hay dentro! Vacía el contenido de su bolso en el suelo y entre sus objetos personales está el libro de Aldous Huxley , «Un mundo feliz». —¿Le sorprende, verdad? ¿No es muy normal encontrar un libro en el bolso de una prostituta! Lo normal es encontrar condones, píldoras anticonceptivas o revistas pornográficas. ¿No le parece? —¡Por supuesto que me sorprende! Mire, yo solo he pretendido ayudarla. Anoche estuvo usted al borde de la muerte. Tuvimos que hacerle un lavado de estómago. Mi responsabilidad termina aquí. Ahora recoja sus cosas y márchese. Tengo que atender mi negocio que a duras penas me permite sobrevivir. Supongo que no querrá perjudicarme. —¿Y quién le ha dicho que yo quería seguir viviendo? —¿Pretendía suicidarse? —¡No, pero no me hubiera importado haber muerto! —¿En tan poco aprecia usted su vida? —¡Sabiendo quien soy, su pregunta es estúpida! Nosotras no vivimos, solo sobrevivimos, muchas de nosotras en contra de nuestra voluntad. —Siempre tienen la posibilidad de buscar un trabajo honrado que tenga para usted otros alicientes. —¿Es que mi trabajo no es honrado? ¿Para usted qué es ser honrado? ¿Serle fiel a una esposa frígida y pagar su neurosis con su familia? ¿Llevar a sus hijos a un colegio interno religioso? ¿Ver solo dibujos animados en la televisión? —Mire, no tengo humor ni ganas de responder. Apenas he dormido y tengo que prepararme para atender mi negocio. Para mí también es una cuestión de supervivencia. Hágame un gran favor: recoja sus cosas y váyase. La ayudo a recoger sus cosas y la acompaño hasta la puerta. —Adiós, ha sido un placer... —¡No me hable a mí de placer, porque soy yo la especialista! Consigo que salga de mi apartamento y cierro la puerta aliviado por librarme de ella. Después de una buena ducha espero que me sienta mejor. Pero llaman a la puerta. Debe ser ella. La abro y, ¡en efecto, es ella! —¿Qué quiere ahora? —No se altere, que ya me iba. Pero he pensado que ya que me salvó usted la vida, por poco aprecio que tenga por ella, debía darle las gracias... —¡Está bien, no hay de qué! ¡Buenos días! Cierro la puerta sin poder evitar mi enfado. Y ahora a la ducha de cabeza. ¡No, otra vez no! Vuelve a llamar a mi puerta! ¡No podré librarme de ella! —Esta es la última vez que le abro. Diga rápido lo que tenga que decir y no vuelva más, porque no le abriré! —Tranquilo, no se sulfure. Solo que he pensado que quién salva la vida a otro, le debe compensar con algo más que las gracias. Aquí le dejo un número de teléfono donde puede localizarme. No le consideraré a usted como un cliente, sino como mi salvador y, si quiere, mi amigo. ¡Seré su amiga prostituta! —Está bien, está bien, pero ahora váyase y no vuelva a llamar. ¿Me lo promete? —¡Se lo prometo! Pero no debería hacer mucho caso de las promesas de una prostituta! ¡Cierro la puerta y espero haberme librado de ella! Me he quedado sumido en una gran confusión, porque he echado de mi casa a una mujer atractiva que ha conseguido estimularme, cuando yo daba por inútil que sintiera deseos de acostarme con una mujer, como me sucede con Julia. Me temo que esta mujer alterará todas mis convicciones. Puede que haya estado engañándome a mí mismo los últimos 20 años. Todo es muy confuso. I. LOS PADRES 1. La inquietante duda (Narrador: Marcus) Hoy me he equivocado dos veces en los cambios de las compras de los clientes. Esa mujer ha conseguido alterar mis nervios. Nunca antes había tenido trato con esta clase de mujeres. ¡Quién podía imaginar que tuviera tan buen juicio! Sí, ella lleva razón, yo soy un rematado hipócrita. Presumo de moralidad porque nunca he tenido verdaderas provocaciones. Es fácil presumir de moralista cuando nunca has tenido oportunidad de ser inmoral. Es cierto que nos olvidamos de que estas mujeres son también personas. No obstante, sigo pensando que no es una profesión digna. No es digno de una persona normal comerciar con su cuerpo y aprovecharse de los que no pueden mantener unas relaciones sexuales como personas normales. ¡No, yo nunca la llamaré! Pero ¿qué diferencia hay entre Laura y esta mujer? Laura me habla de libros, me llena la cabeza de nuevas ediciones, autores premiados, lecturas interesantes, pero ni una palabra de sexo. Como si fuéramos dos espectros sin cuerpo, solo alma. La otra no habla de libros, solo de sexo, pero consigue despertar mi cuerpo, mientras que Julia intenta inútilmente despertar mi alma. Con Laura puedo ir al Café Central sin provocar comentarios o a un concierto de la Filarmónica, sin que llamemos la atención; con la otra solo puedo asistir a clubes de mala reputación o a hoteles burdeles, pero no podemos pasear por el parque, ni acercarnos a los niños para no corromper su inocencia. ¿Por qué una mujer no puede hablarte de libros por el día y de sexo por la noche? ¿Por qué tienen que ser tan excluyentes una cosa con la otra? ¿Es necesario ser una prostituta para hablar de sexo sin inhibiciones? ¿No puede hablarte de libros, ediciones, premiados, etc.? Hasta hoy creía ser un hombre de mundo, una persona de vuelta de todo, que se hace acompañar por una funcionaria bibliotecaria al Café Central, lo que prueba que soy digno de tener una compañera. Mientras otros no deben ser personas normales si no tienen quien les acompañe, como sucede con Leonardo. Si Julia se decidiera a ser su compañera, su estatus social pasaría de ser un solitario anormal a una persona acompañada y, por tanto, normal. Adela, la panadera, ha entrado en mi tienda y parece querer comprar algo, pero no sabe por qué decidirse. Tengo la impresión de que es una excusa para algo que debe estar ocultando. —¿Marcus, te has enterado de la noticia? —me dice sin disimular ya cuál es la verdadera razón de la inesperada visita. —¿Qué noticia? No he salido de mi tienda en toda la mañana; no estoy al corriente de lo que pasa en el barrio, pero Jacinto me informará cuando pase por aquí a hacer la ronda. —No es necesario, ya te lo cuento yo. ¡Han detenido a Raulín por un oscuro asunto de drogas! Todos sospechábamos que ese tarambana acabaría en la cárcel por una causa o por otra. Según he oído decir por ahí, están buscando a una mujer de la vida que está también metida en el mismo asunto. ¡Raulín jura y perjura que la droga que le encontraron encima se la había vendido esa perdida! Intento contenerme y no aparentar mi indignación y asombro. ¡Ese malvado de Raulín no dudará en enviar a esa mujer a la cárcel con tal de salvar su pellejo! Su padre seguro que contratará al mejor abogado de la ciudad y esa mujer no tendrá escapatoria posible. Pero la chismosa Adela no lo ha dicho todo, y continúa chismoseando. —Por la panadería corren rumores de que esa mujer que se escondió en la casa de algún posible compinche que vive en este barrio, porque vieron cómo entraba en una de las casas esta misma calle. ¡Mi intuición no me engañó, esa mujer me traería muchos problemas! Tengo que esperar a Jacinto y que me cuente lo que sepa y yo le contaré lo que sucedió realmente la pasada noche. Ese malvado no puede salirse con la suya. Algún rumor debe correr sobre mí, porque hoy he tenido más clientes que lo habitual, pero solo compran baratijas. ¡Tengo la impresión de que vienen para contemplar de cerca el compinche de una traficante de drogas! Mis problemas no han hecho más que comenzar. Acaba de llegar Jacinto, pero viene acompañado de dos hombres que no son de este barrio, y por la seriedad de su semblante, no creo que vengan a comprar alguna bisutería. —Marcus, nunca hubiera creído que después de todos estos años de amistad, llegaría un día en que tendría que hacer algo así. No sé en qué estás envuelto, pero traigo una orden de detención contra ti. Estos dos compañeros son inspectores de la sección de narcóticos, son ellos quienes han presentado la orden. Por lo visto el hijo de Romano ha declarado que la mujer a la que buscan pasó la noche en tu apartamento... —¡Jacinto, no creerás tú que yo puedo estar envuelto en algo así...! —Todas las evidencias están contra ti. Hay otro testigo, el hijo de Adela, que asegura haberte visto abrazado a esa mujer, y que subió contigo a tu apartamento. —¡Pero tiene una explicación, y el Raulín lo sabe muy bien! —Lo siento, Marcus, pero eso tendrás que explicárselo al juez. Tienes que cerrar la tienda y acompañarnos a la comisaría, donde puedes hacer por escrito tu declaración. —¿Puedo subir a mi apartamento para coger un abrigo? —Sí, pero acompañado por uno de estos inspectores. No puedes tocar nada hasta que no hagan un registro. Subimos a mi apartamento y me encuentro con Aura en el rellano de la escalera. —Lo siento Marcus. Todo este embrollo lo había leído en las cartas, pero no quise alarmarte. Al salir a la calle me encuentro ante una vergonzosa situación. La noticia ha corrido como la pólvora en todo el barrio y creo que no queda un solo vecino que no esté aquí. Encabeza esta espontánea manifestación Guido, pero también veo a Leonardo y Efraín, Laura y Julia, incluso ha venido la joven María con su padre, y el obeso carnicero, Rodolfo. ¿Cuál debe ser la razón de que se hayan reunido tantos vecinos? Los policías no habían previsto esta espontánea demostración y están desbordados. Guido ha podido acercarse a mí y me causa una enorme emoción lo que me dice: —Marcus, toda esta buena gente ha venido para darte ánimos y demostrarte que estamos contigo, porque sabemos que eres inocente. No creemos una palabra de ese sinvergüenza de Raulín, a quien esperamos que lo pongan entre rejas por una larga temporada. Nos quedaremos aquí hasta que te veamos salir en libertad y sin cargos. La buena gente de este barrio te aprecia y reconoce tu honestidad, ¡No consentiremos que se cometa este atropello! ¡No sé si lo merezco, pero nunca terminamos de conocer a nuestros vecinos! Hay veces que te sientes ignorado, porque todos tenemos nuestras preocupaciones, pero a la hora de la verdad veo que no es solo un barrio, sino una comunidad unida y que no tolera las injusticias. —Esta demostración de solidaridad espontánea tiene más valor que las leyes escritas —me comenta Guido. La comisaría del barrio está a pocos metros de allí, y la multitud nos sigue hasta la misma entrada. Parece que están decididos a no marchase hasta que me vean salir de la comisaría libre de cargos. Pero falta un testigo fundamental para demostrar mi inocencia, mi médico de cabecera. Su teléfono no contesta. Tal vez esté en el hospital de la ciudad, o atendiendo algún enfermo fuera del barrio. Conozco al comisario y sale a mi encuentro con una clara expresión de desolación. —Creeme, Marcus, que siento que te veas envuelto en este feo asunto, pero los de narcóticos son muy estrictos. No hemos podido anular tu orden de detención! Pero, ¿qué es toda esta gente? Guido se adelanta hasta donde está el confundido comisario. —Guido, ¿qué significa todo este alboroto? ¡No quiero tumultos enfrente de mi comisaría! —Inspector, estamos apoyando la inocencia de Marcus, y no nos iremos de aquí hasta que no le veamos salir libre de cargos. —Eso no depende de mí, sino del juez instructor. —Pues hable con él y trasmítale nuestra demanda. —Marcus, este es un feo asunto y deberían disolverse, pero hablaré con el juez y tal vez consiga que te tomen declaración sin que haya cargos. ¿Qué sabes de la fulana que estamos buscando? Sé que es un delito ocultar información en un caso como éste, pero yo creo que no mentía y ella fue víctima de Raulín. No; aunque me condeno, no les daré el número de teléfono. —No tengo ni la menor idea de quién era esa mujer. Solo sé que se apodaba Linda. Pero parece que es su nombre profesional. —Si diéramos con ella todo se podría aclarar, no podemos negar la declaración del chico de Romano sin tener pruebas de que miente. —Mi médico de cabecera podría testificar que la mujer había sido intoxicada. Ningún traficante de drogas se intoxicaría él mismo hasta ponerse al límite de la muerte. No llegaría a esos extremos. Francamente, yo creo que ella fue la víctima y no la culpable. Creo que el comisario sospecha que estoy tratando de encubrirla, porque todos los policías tienen un sexto sentido para leer el mínimo gesto delator del rostro. —Marcus, ¡no la estarás encubriendo! —¿Por qué razón debía hacerlo? No la conozco ni es amiga o familiar. ¡No tengo ninguna razón para encubrirla! —Está bien, hablaré con el juez. Afortunadamente mi médico de cabecera está en camino de la comisaría. Estaba en el hospital asistiendo a la autopsia de uno de sus pacientes fallecidos. Su testimonio ha sido fundamental para exculparme, y después de los trámites de rigor, salgo de la comisaría libre de cargos. Raulín tiene una nueva acusación por perjurio. Me temo que no se librará de la cárcel fácilmente. Cuando aparezco por la puerta de la comisaría y les informo que no hay cargos contra mí, mis vecinos responden con un largo y caluroso aplauso y todos quieren estrechar mi mano, como si yo fuese un héroe. Leopoldo me recita su eslogan favorito: —¡El pueblo unido, jamás será vencido! —Y creo que tiene razón. Es difícil ir en contra de la voluntad del pueblo, puesto que son ellos los protagonistas de la historia, o másbien diría, las víctimas de la historia . 2. La separación (Narradora: Julia) He pasado momentos muy angustiosos. ¡No podía creer que Marcus estuviera envuelto en un delito de drogas! Pero ¿qué hacía una prostituta en su apartamento? Nunca se ha mostrado un hombre tan fogoso como para recurrir a una mujer de la calle y, además, drogadicta, al menos conmigo no lo aparenta. Tal vez, como casi todos los hombres, tenga una doble vida que me ocultaba. Desde luego yo no tengo ningún derecho a juzgar su comportamiento, sólo somos amigos, ¡ni siquiera amantes! Pero nunca se ha insinuado... tal vez yo no tenga ningún atractivo para él. Esa fulana debe ser más atractiva que yo, y, sobre todo, más descarada. Después de este desagradable suceso creo que debemos aclarar las cosas y saber si nuestra relación de amistad prevalecerá sobre la sexual, que debía tener con esa mujer. Pero, ¿cómo saberlo? Él invitó a esa prostituta a su apartamento. ¡Nuestra relación tiene que terminar! No es por celos, es por sentido común. No puede tener una amiga por el día y una amante distinta por la noche. Yo también le he apoyado y creo que es inocente, por eso estoy aquí, pero es imposible mantener una relación de amistad con alguien que mientras te acompaña a beber una cerveza y pasea a tu lado, piensa cómo pasará la noche con su amante prostituta. ¡Sería el hazmerreír del barrio! Soy una funcionaria con una gran responsabilidad, y cuidar mi imagen es fundamental. ¿Cómo podría hacer bien mi trabajo escuchando los murmullos de mis lectores con las andanzas eróticas nocturnas de mi amigo? No, siento una gran tristeza y desconsuelo, ¡pero esta relación debe terminar! Se acerca a mí después de librarse de las muestras de afecto de los que le hemos apoyado. No sospecha mi decisión de poner fin a nuestra relación. —Gracias por venir tú también, Julia, todavía estoy conmocionado por esta impresionante muestra de afecto y solidaridad. Pero ahora necesito urgentemente una cerveza bien fría. Vamos al Café Central. Supongo que también tú estarás cansada, lo veo en tu expresión. Te noto como ausente... ¿Te sucede algo? Guido se ha unido a nosotros y no puedo responderle ahora. Esperaré a que volvamos a estar solos. Acepto acompañarle a tomar su cerveza, pero no siento que me acompaña la misma persona de hace solo 24 horas. No es el amigo con quién charlar y pasar un rato agradable, sino el amante de una prostituta. —Ha sido impresionante como ha reaccionado el barrio —comenta Guido rebosante de satisfacción, porque en cierta manera él ha sido el líder de esta rebelión. Adela se acerca a nosotros mostrándose arrepentida, y se dirige a Marcus: —Marcus, no pienses que yo quería perjudicarte. Nos conocemos desde que éramos niños, y sé que eres una persona honrada, pero mi hijo hizo lo que debía hacer. Él contó lo que había visto, nada más, y era su obligación decírselo a la policía. La verdad es que ni yo misma me lo creía. «¿El honrado Marcus metido en asuntos de drogas? ¡Imposible!» Eso les dije yo a los que trajeron la noticia a la panadería. —Olvídalo, Adela, y dile a tu hijo que no le guardo rencor... —¡Díselo tú mismo, que también ha venido a apoyarte! El hijo de Adela, Lucio, no le sienta bien el nombre, porque no es precisamente un superdotado. Sin duda que ha debido heredar la simpleza de la madre, porque el padre es un gran aficionado a la filosofía, aunque de Platón o Aristóteles solo sabe que eran griegos. Su filosofía la concibe horneando el pan, por eso es tan calurosa, pero nada razonable. Se acerca a nosotros con la cabeza baja y titubeando. Marcus le levanta el ánimo. —Lucio, no tienes por qué sentirte culpable, solo has hecho lo que debe hacer un ciudadano responsable. —Pero le he metido en un buen lío... —¡Bien está lo que bien acaba! Olvida lo que ha sucedido. Yo sigo siendo tu amigo. Marcus le da unas palmadas amistosas en el hombro que le reconforta y se reúne con la madre, que se ha unido con un grupo de sus clientas, y supongo que deben estar intercambiando nuevos chismes. En el Café Central el ambiente debe estar muy cargado, porque Raulín tiene también sus partidarios, y la noticia de la liberación de Marcus no habrá caído nada bien. Por supuesto que el padre debe estar indignado, pero nos dicen que no está en el café, porque está tratando el caso de su hijo con el bufete de los abogados más prestigiosos de la ciudad. Creo que no es prudente entrar hoy en el local, hay otros lugares donde podemos beber la cerveza con más tranquilidad. —¡Yo no entro aquí, Marcus, el ambiente está muy cargado; vámonos a otro sitio! —le sugiero porque estoy realmente asustada. —No estés preocupada, sus amigos no se atreverán a empeorar más las cosas de lo que ya están para Raulín. De todas formas unos meses entre rejas tal vez le hagan recapacitar sobre las consecuencias de su mal comportamiento. Creo que estaba necesitando algo así. El local está prácticamente vacío. Solo hay un pequeño grupo de jóvenes, que deben ser colegas de Raulín. Al vernos entrar, reaccionan y murmuran algo entre ellos. No nos miran muy amistosamente. Nos sentamos en nuestra mesa habitual, pero no acude ningún camarero a servirnos. —¡Vámonos de aquí, Marcus, nadie vendrá a servirnos! Uno de los jóvenes del grupo se acerca a nosotros, y nos dice con un tono desafiante: —El café va a cerrar, ya no se sirven bebidas. —Solo son la siete de la tarde, ¿por qué cierran hoy tan temprano? ¡Y no creo que seáis vosotros los que podéis decidir cuándo debe cerrar el café! —Será mejor que se vayan —insiste, cada vez más desafiante. —¿Por qué razón debemos de irnos? ¿Quién lo manda? —insiste Marcus sin atemorizarse, pero yo sí estoy intranquila. —¡Lo mando yo! —y da un fuerte puñetazo sobre la mesa. Los otros jóvenes están pendientes de lo que está pasando, supongo que esperando intervenir si fuera necesario. —¿Y quién eres tú? —contesta Marcus también en todo desafiante. —¡Yo soy quien manda aquí en estos momentos! ¿Necesita más explicaciones? —y vuelve su mirada hacia el grupo de jóvenes, que parecen entender el gesto. Afortunadamente en este momento entra Jacinto en el café, porque ha debido ser avisado por alguno de los que nos acompañaron. —¿Qué está pasando aquí? ¿Qué son esos golpes? —No pasa nada, Jacinto, solo que este joven se disponía a servirnos unas cervezas, porque el camarero se ha ausentado, pero antes ha querido limpiar nuestra mesa con algo más de energía de la necesaria. El agresivo joven hace un gesto de fastidio, pero no se atreve a desmentirle. El camarero se adelanta y pregunta asustado. —¡Disculpen señores! ¿Cervezas, como siempre? El pobre muchacho debía haber sido intimidado por los jóvenes para que no nos sirviera. —¡Ah, ya ha vuelto el camarero! —comenta Marcus en tono sarcástico. El joven violento se reúne con los otros y murmuran algo entre ellos. No nos dejarán beber tranquilos nuestras cervezas. No permanecemos mucho tiempo en el café. Cuando salimos nos cruzamos en la puerta con Romano. Al ver a Marcus su indignación le hace exclamar una amenaza sin preocuparse por las consecuencias. —¡Si mi hijo va la cárcel por culpa suya, usted lo pagará muy caro! —¿Me está amenazando? —le contesta Marcus sin perder la calma. —No he dicho tal cosa, pero se arrepentirá de haber metido a mi hijo en las drogas. A mí no me engaña. ¡Usted y esa fulana han perdido a mi hijo! —¡Su hijo miente y merece ser castigado. Las pruebas en su contra son abrumadoras. ¡No tiene una buena reputación, todo el barrio testificaría en su contra, porque a todos les ha hecho algún daño! —replica Marcus seguro de su censura. —El barrio también pagará por esto. He sido demasiado generoso. ¡Ahora van a comprobar cuál es el precio por defender un traficante de drogas y condenar a un joven inocente! Romano parece estar tramando su venganza, no solo contra Marcus sino también contra el barrio y, por desgracia, puede hacer mucho daño, porque es el propietario de numerosas viviendas y pequeños comercios. —Me temo que si este usurero planea vengarse, a partir de ahora la vida en el barrio será muy complicada —comento con Marcus, convencida de que se avecinan graves sucesos. Guido se ha despedido de nosotros y, por fin, estamos solos. Es el momento apropiado para hablar del estado de nuestras relaciones. —Marcus, hay algo que deseo comentarte, pero no sé por dónde empezar... —¿Tan grave es lo que tienes que decirme? —Es sobre nuestra relación. —¿Qué sucede con nuestra relación? —Que no es muy interesante y creo que tú piensas igual que yo. Si has tenido que recurrir a los servicios de una prostituta, es porque necesitas algo más que una amiga que te acompañe a tomar unas cervezas al Café Central. —¿También tú crees que yo invité a esa mujer a mi apartamento? —Es difícil de creer tu versión de lo que sucedió. —Entonces, ¿no crees en mi inocencia? —Creo que tú no eres un traficante de drogas, pero sí creo que conmigo tratas de aparentar un hombre que no necesita mantener relaciones sexuales con una mujer, lo que creo que no es cierto. —Julia, me sorprende que te hayas formado esa opinión sobre mí, pero tal vez lleves razón. Yo no invité a esa mujer, pero yo ayudé a mi médico a desnudarla y sentí deseos de poseerla, y tal vez lo hubiera hecho de no haber sido por el estado en que se encontraba. —Entonces ¡no me he equivocado! —No; no te has equivocado. ¿Era eso lo que querías saber? —Marcus, tenemos que terminar esta relación, ahora no podré estar segura de que no vayas en busca de esa mujer.. —Lo he pensado algunas veces. Sí, tal vez sea lo mejor. —¿Qué te atrae de ella, si lo puedo saber? —Su sinceridad y su sensualidad natural. —Sé que no debería hacerte esta pregunta, porque no serás sincero en tu respuesta, pero me gustaría saber por qué no me encuentras atractiva. Nunca me has insinuado que me deseabas. Hasta llegué a pensar que no te atraían las mujeres. ¡No soy tan fea, aunque ya no sea una jovencita! —Julia, eres una mujer inteligente, buena compañera y, desde luego, que no eres fea, pero para mí te falta algo esencial: ¡comportarte como una mujer! —¿Qué quieres decir con «comportarte como una mujer»? —Si la naturaleza ha creado dos sexos es para que cada uno tenga una diferente función. Los hombres no tenemos como naturaleza nada en común con las mujeres, y es precisamente de esas diferencias de donde surge la atracción. Nos atraen las diferencias, no las similitudes. Si un hombre y una mujer comparten las mismas ideas y los mismos gustos no hay razón para la atracción, solo para la amistad. Dos polos distintos se atraen. Hasta la física se puede aplicar este principio. —Y esa mujer no comparte nada contigo... —¡Así es, por eso me atrae! —Pero en ese caso, no es posible la amistad entre un hombre y una mujer. —Como hombre y mujer es imposible la amistad, pero sí pueden ser amigos como personas. Pero son los hombres y las mujeres los que hacen el amor, no las personas. —¡Comprendo... Me consideras una persona, pero no una mujer! —¡Puede que sea así! —Yo creía que los hombres buscabais un alma gemela. —Sí, pero del sexo opuesto —Te agradezco tu sinceridad, pero me duele tu opinión sobre mí. Yo creía que valorabas precisamente lo que tenemos en común. ¿Cómo se puede vivir con alguien con quién solo puedes hablar de sexualidad, y no puedes considerarla tu amiga? ¡No lo entiendo! —Míralo de esta otra forma: ¿Cómo vivir con una persona que solo habla de libros y no puedes considerarla una mujer? —¡Quieres decir que esa soy yo! —Me has preguntado y esta es mi respuesta. —¿Y por qué no me lo habías dicho antes? ¡Me siento engañada y humillada! —Tampoco tú me lo habías preguntado antes. —¿Ha sido esa mujer la que te ha hecho cambiar? —Me ha permitido verlo todo más claro. —Entonces, adiós, Marcus, no es necesario que me acompañes. Han sido unos meses gratos que te agradezco... No; no me verás llorar, pero todos los finales duelen. ¡Que seas muy feliz con tu prostituta! No lloro por el fin de nuestra relación, sino por la dureza de sus opiniones sobre mí. Pero nunca es tarde para aprender una dolorosa lección. Tal vez lleve razón en que entre un hombre y una mujer no sea posible la amistad si no hay también una relación sexual. Puede que sea cierto que es el sexo lo que une a los hombres y a las mujeres y no las charlas de café y los paseos por el parque en una tarde primaveral. He sido muy ingenua y creo que me está bien empleado este fracaso. ¡Nunca se acaba de aprender a vivir! 3. La venganza (Narrador: Romano, el usurero) Ese tendero pagará muy cara su impertinencia. No cesaré hasta no verlo entre rejas. Nadie de este barrio puede tratarme de esa manera. ¡Yo le enseñaré modales! He sido muy generoso con la gente desagradecida de este barrio. Si prefieren ese tendero impertinente a mí, empezaré por exigir todos los atrasos en los alquileres, y quien no pueda pagarlos irá a la calle. Tengo mucho trabajo para mi abogado, pero él conoce perfectamente su oficio y sabe manejar a estos desgraciados. Nos encontramos en el Café Central. —Se acabaron los atrasos, Rufo, los que no puedan pagar los desahuciamos. Prefiero tener los pisos vacíos a ocupados por morosos. Empieza por el barbero, ¡ya es hora de que se jubile! Y sobre esa engreída de María, mi hijo debe haber perdido la cabeza si se interesa por una muerta de hambre pudiendo tener todas las mujeres que quiera, y de buena familia. Pero por culpa del bisutero drogadicto mi hijo tendrá una mancha en su reputación si no consigo que retiren los cargos. Mi abogado parece tener las ideas muy claras. —Tendrás a Raulín en casa en una semana. Todas las leyes tienen una puerta trasera, por la que se puede entrar y salir sin ser vistos. —Pues ya puedes dar con esa puerta trasera que salve a mi hijo de la cárcel. —¡Lo haré! Pero tenemos que buscar una culpable y conseguir algún testigo que la inculpe. —Para testigo de cargo creo que tengo un buen candidato, ¡no podrá negarse! —¿En quién estás pensando? —¡En el peluquero! Me debe seis meses de alquiler y puedo perdonarle su deuda a cambio de este favor. ¡Si se niega lo desahucio! —No será difícil declarar que no solo le ofreció drogas a él, sino a muchos de sus clientes. Con su declaración podremos conseguir que el juez emita una orden de busca y captura de esa prostituta. —Pero no sabemos mucho sobre ella, tan solo la descripción que hizo el hijo de Adela... —Sabemos algo más por el mismo Raulín: las calles donde suele trabajar, y las putas no suelen cambiar sus lugares de trabajo. —¡Salva a mi hijo y te prometo que tendrás unas vacaciones de ensueño! —¡Descuida, lo salvaré! Hoy mismo hablaré con el peluquero. Pero necesitaré algún tiempo —Tómate el tiempo que necesites, pero traeme a mi hijo tan inocente como se lo llevaron. —Y por el mismo precio, sacaremos una prostituta de la calle y la pondremos entre rejas, ¡que es donde tiene que estar! No tiro el dinero que pago a este abogado. Sabe ejecutar mis deseos sin demasiadas explicaciones. Pero este caso es una cuestión de mi honor y tenemos que ganarlo aunque tengamos que quebrantar las leyes, Después de todo, y como él mismo dice, no hay leyes que no puedan interpretarse de varias formas, si el que las defiende es un experimentado abogado. 4. Linda (Narrador: Marcus) Creo que he sido demasiado severo con Julia, después de todo yo soy el culpable de que nuestra relación careciera de interés. Julia es una mujer, y vivimos dominados por una moral en la que los hombres seguimos teniendo la iniciativa en la conquista, y hemos de someter sus voluntades para que podamos hacer realidad todas muestras fantasías sexuales. Eso debe ser lo que me atrae de Linda, tener la convicción de que puedo satisfacer todas mis reprimidas pasiones. Ella misma se ofreció a ser «¡mi amiga prostituta!». No pudo ser más clara. ¿Acabaré llamándola? ¿Y qué será de mi reputación? Ella no oculta su profesión. Por su provocativa forma de vestir, todos sabrán que es una mujer de la calle, y además drogadicta. ¿Me atrevería a entrar con ella en el Café Central? ¿Sería capaz de asistir con ella a un Concierto de la Filarmónica, o a la Ópera? ¡Sí, ella puso el dedo en la llaga: yo soy tan culpable como los demás! Un soberano hipócrita, que se ha ganado su reputación por no tener relaciones con prostitutas y hacerse acompañar por la respetable bibliotecaria del barrio. No podemos conocernos si no tenemos tentaciones que vencer. Quien no vive las pasiones no sabe lo qué es la pasión. Después de todos estos extraordinarios sucesos, regreso a mi apartamento sumido en una gran confusión. A mis años todas mis convicciones morales se tambalean y necesito meditar sobre todo esto y encontrar una respuesta justa y razonable. Aura me ha dejado una nota en mi puerta; quiere verme porque ha tenido una visión sobre los sucesos de la noche anterior y quiere contármela. Me recibe en su lugar de trabajo. Una habitación con una decoración capaz de sugestionar sobre sus poderes de adivina al más escéptico. En el centro, sobre una mesita redonda cubierta con un cubre mesa de color púrpura, está la misteriosa bola de cristal, donde se supone que ve el futuro de sus clientes Ella también está conmocionada por los sucesos. —Ha sido conmovedora la manifestación de solidaridad del barrio contigo. ¿Cómo se encuentra la joven intoxicada? ¿Sigue en tu apartamento? —No, se recuperó y se ha marchado. Aura, tú eres adivina, tal vez deberías echarme las cartas y me sacarías de dudas sobre mi futuro. —No te inquietes. Marcus, tengo buenas noticias para ti sobre esa mujer, que he visto en mis cartas. —Aura debe leer mis pensamientos, por algo se gana la vida leyendo nuestro futuro en su mágica bola de cristal—. ¡Tu futuro está inevitablemente unido a esa mujer! —¿Pero sabes que es una prostituta? —¡Por supuesto! ¿Y eso te inquieta? ¡Te has enamorado de una prostituta, y no sabes qué hacer: si olvidarte de ella o ir en su busca... —¡Los que dicen que eres una bruja tienen razón! La deseo, pero a mi edad no puede ser amor; ya desconozco el significado de esa palabra. —No creo nada de lo que me dices —Aura también descubre mi hipocresía—. ¿Por qué te avergüenza reconocer que estás enamorado? Cuánto más viejos nos hacemos más necesitamos amar y ser amados, pero sólo unos pocos privilegiados lo encuentran, el resto nos iremos de este mundo sin dejar de añorarlo. ¿Qué otro significado tiene tu turbación? ¡No seas estúpido, corre en busca de tu amiga puta, porque ella te está esperando! —¿Lo has leído en tu bola de cristal? —Sí, lo he visto en mis cartas. Pero también lo leí en la forma en que la mirabas cuando yacía en tu cama. ¡Entonces te diste cuenta de que ya no volverías a conciliar tu sueño sin su compañía. Solo descubriste que la vida sin una mujer en tu cama es una forma de muerte en vida. ¡La mayoría vivimos como zombis! La providencia quiere salvarte de ese horrible estado, ¡no le des la espalda! Noto en su profunda y misteriosa mirada la sabiduría que no puede aprenderse en los libros. Su entendimiento le viene directamente de algún lugar del cosmos donde están escritos nuestros destinos. Sí, ella me ha convencido; iré en su búsqueda y soportaré el rechazo moral de esos vecinos que hoy me mostraban su afecto, pero que no será suficiente para justificar mi elección. Todos defenderán y compadecerán a la despreciada bibliotecaria. Yo me convertiré de la noche a la mañana de héroe en villano. No puedo evitar hacerle esta angustiosa pregunta: —¿Y qué será de mi reputación? Incluso perderé muchos de mis escasos clientes y puede que me vea obligado a cerrar la bisutería. ¿Y cómo me ganaré la vida? —Solo perderás unos pocos clientes, pero ganarás otros que aprobarán tu valentía si no te ocultas. —Y ella, ¿abandonará su profesión? Estoy seguro de que es mucho más rentable que la mía. —No conozco ninguna prostituta que ejerza su profesión por vocación. La mayoría la abandonarían si tuvieran oportunidad de ganarse la vida de otra forma y tuvieran alguien honesto a su lado que las ayudara. —Yo supe desde aquella noche en que apenas podía mantenerse en pie y se abrazó a mí, que mi vida sufriría un impredecible vuelco. ¡Hasta el olor de su piel era nuevo para mí! Aura permanece en un pensativo silencio. Tengo la impresión de que mis apasionadas declaraciones le afectan por alguna razón. —Marcus, sé como te sientes. Tú sabes que yo suelo hacer alardes de mi soltería, y debes creer que soy una bruja adivina sin sentimientos. Pero, aunque me cueste aceptarlo, no es toda la verdad. Me gustaría estar en tu lugar y reunirme con alguien a quien por mi honradez y sentido del deber, hubiera salvado la vida. Unirse a un hombre o a una mujer solo por amor no es suficiente, tiene que haber otras razones más poderosas y, sobre todo, generosas. Es necesario que el amor sea el fruto de algún sacrificio; algo que agradecer. Y yo no he tenido tu suerte ni la oportunidad de hacer algo por alguien para merecer su sincero amor. Esa desdichada mujer amiga tuya sabe que le has salvado la vida y, por muy poco que la aprecie, es una razón suficiente para entregarse a ti sin reservas... Aura me ha abierto su corazón, y me apena lo que escucho. Sí, esa es la verdad. Aprecio a esta mujer, pero siempre pensé que solo vivía para su negocio, y no estaba interesada por nada más. Nunca la he visto acompañada por alguien que pudiera ser su amante. Hoy debe ser el día señalado para las confidencias. Aura parece necesitar confiar en alguien los secretos de su pasado. Puede que no sean muy gratos y le pesen en la conciencia. Pero no podemos seguir hablando en la escalera. La invito a mi apartamento y preparo dos tazas de reconfortante té. Aura es mi vecina desde hace más de cinco años, y aunque siempre hemos mantenido relaciones cordiales, nunca antes nos habíamos hecho esta clase de confidencias. He visto entrar en su apartamento personas de todas las edades y posición social. Creo que entre sus clientes habituales hay importantes ejecutivos de renombradas empresas, quienes al parecer creen en sus predicciones sobre sus negocios. También he visto salir de su casa a Efraín, y creo que la visitan con regularidad otros políticos de cierto nivel. Pero nunca la he visto acompañada de alguien que pudiera ser su pareja habitual. Aura sale poco y desde luego no es asidua del Café Central. 5. La historia de Aura —Yo no soy soltera: ¡Estoy divorciada de dos maridos! No fui muy afortunada en su elección. —Bebe un sorbo de té y fija su melancólica mirada en la taza todavía humeante, como si fuera su prodigiosa bola de cristal, y viera a sus dos ex-maridos. Hay algo que nunca me he atrevido a preguntarle, y tal vez hoy sea el día adecuado. —Aura, ¿realmente tienes poderes de adivinación? ¿Puedes predecir el futuro? —me sonríe, porque hace tiempo que esperaba que le hiciera esa pregunta. —Lo tengo, pero solo en situaciones extremas. Normalmente mis clientes son muy ingenuos y les predigo lo que es más probable que pueda sucederles, después de hacerles responder a preguntas sobre su personalidad, gustos, fobias, ilusiones, proyectos, etc. Pero creo en los mensajes que me envían las cartas, y por lo general no suelo equivocarme. Otro de mis `poderes extrasensoriales es la visión de acontecimientos futuros. Desde que era una niña sufro de visiones premonitorias cuando estoy bajo gran presión emocional. La mayoría de las visiones son premoniciones de muertes, accidentes y graves sucesos de personas a las que conozco o tengo algún contacto con ellas. Anoche presentí la crisis de tu amiga, y de no haber venido tu médico a tiempo, ya estaría muerta. —¿Y que vistes? —Vi la horrible imagen de la muerte acercarse a su cama y forcejear con ella para arrancarle la vida, pero apareciste tú y conseguiste ahuyentarla. ¡Tú le salvaste la vida! Guarda un nuevo silencio. Parece estar sumida en turbios pensamientos, mientras apura su taza de té. Suspira como tratando de aliviarse de ellos y continúa: —¡Esas visiones han arruinado mi vida! Mi primer marido fue un jugador compulsivo y se casó conmigo porque esperaba tener en exclusiva a una adivina que le diera los números premiados de la lotería o los resultados de las carreras de caballos, el resultado de los partidos de fútbol o el número que saldría en la ruleta de los casinos que frecuentaba. Pronto comprobó que sus expectativas de hacerse millonario gracias a mis poderes de adivina eran erróneos, porque sucedió todo lo contrario, ¡nos arruinamos! Tuve más suerte con mi segundo marido, porque por entonces yo todavía era una mujer muy atractiva. Acepté su proposición de matrimonio porque no tenía otra opción. Estaba arruinada y no tenía ningún medio de ganarme la vida. Nunca pude imaginar que Aura tuviera un pasado tan activo. Tras un nuevo y breve silencio, continúa su historia: —A pesar de las diferencias de edad, nuestra relación era aceptable. Como te he dicho, yo no estaba enamorada de él, pero sí agradecida, y para mí ya era suficiente. Pero dos años después sobrevino la desgracia. Por entonces yo había dado a luz a Darío, mi único hijo... Se ha detenido y parece muy afectada. ¡No sabía que tenía un hijo! Suspira con enorme tristeza y prosigue: —Mi marido era un reputado arquitecto, y supervisaba varios de sus proyectos. Una mañana tuve una terrible visión: vi como cedía el andamio donde se encontraba y se precipitaba al vacío, muriendo en el acto al estrellarse contra el suelo. No quise alarmarle, porque él no sabía que tenía estas visiones, pero le rogué que no acudiera ese día al trabajo. No sabía como retenerlo, y solo se me ocurrió fingir una súbita dolencia. Pero él insistió en que era imprescindible su presencia en las obras o se paralizarían todos los trabajos y llamó a su anciana madre para que cuidara de mí en su ausencia. Yo tenía buenas relaciones con mi suegra y le confié la causa de mis temores y cómo había tenido la premonición de su accidente, para que insistiera en disuadirle de acudir a su trabajo. Pero él insistió... ¡y sufrió el fatal accidente que yo había predicho! Cuando su familia supo que yo había tenido la visión de su muerte, me acusaron de habérsela causado yo con algún conjuro de magia negra y consiguieron anular mis derechos de herencia, además de quitarme la custodia de mi hijo, Darío, cuando solo tenía dos años y a quien no he vuelto a ver desde entonces. Ellos estaban convencidos de que yo en realidad ¡era una bruja! Y aquí estoy, ¡ganándome la vida con lo que me la ha destruido! Su historia me ha sobrecogido. ¡Nunca terminas de conocer a las personas, aunque pases toda una vida junto a ellas! Ahora comprendo su aparente indiferencia. Una persona con este pasado no puede tener muchos deseos de rehacer su vida y volver a ilusionarse. ¿Por qué todas las personas extraordinarias tienen que sufrir el mismo trágico destino? 6. El peruro (Narrador: Rufo, el abogado) Creo que estoy necesitando un corte de pelo. Es hora de visitar el barbero. También necesito unas merecidas vacaciones, pleitear con esta gente es agotador, ¡no hay manera de que acaten las leyes! Ya es medio día y en esta peluquería no parece que haya entrado ningún cliente, no tendría forma de pagar los atrasos, y si quiere conservarla tendrá que aceptar nuestra propuesta. Cuando entro en este desolado negocio coincido con su hija, María, y no me extraña que sean tantos los que pierdan la cabeza por ella, tal vez podríamos incluirla en el trato. ¡No me importaría ser uno de sus pretendientes! Sé que no le soy simpático, porque cuando me ha visto ha hecho un desagradable gesto y ni siquiera me ha saludado. ¡Habrá que rebajarle los humos a esta belleza! —Buenos días, María, ¡parece que no te alegra verme! —¿Qué quiere usted? ¿Por qué viene a nuestra peluquería? ¿Es por los atrasos? —No te alteres, pequeña, puede que venga para haceros un favor... Necesito un corte de pelo. ¡No le vendrá mal un cliente generoso! —Si solo viene a cortarse el pelo, mi padre le atenderá enseguida. —Sí, ¡no creo que en esta peluquería haya que pedir la vez! —Bueno, adiós, tengo cosas que hacer. —Adiós, guapísima. Si fueras menos orgullosa, pronto se solucionarían todos vuestros problemas. Creo que ha entendido la indirecta, porque se va airada sin responderme. El peluquero no parece muy atareado, cuando entro en el local lo encuentro sentado en su sillón de barbero leyendo la prensa, y no parece que me reciba mejor que su hija. —Buenos días, Jonás, no pareces muy atareado. ¿Trae hoy la prensa malas noticias? ¿Ha empezado alguna nueva guerra en el mundo? ¿Suben o bajan las cotizaciones de la bolsa? —Buenos días... ¿A qué se debe tu visita? —No te alarmes, Jonás, que solo vengo a que me arregles estos cuatro cabellos que todavía me quedan. —Si es por el retraso en los alquileres... —Ya hablaremos de ese penoso asunto, pero antes córtame el pelo. No tendrás mucho trabajo, porque ya ves que solo me quedan cuatro pelos en la cabeza.. Es evidente que sospecha que mi visita no es para arreglarme el cabello, pero me hace acomodar en el sillón y se pone manos a la obra. Él sabe que mi visita tiene otra intención. Así es que voy al grano con la propuesta: —Jonás, tengo que comentarte un penoso asunto. Se trata de Raulín, que como sabes está bajo arresto acusado injustamente de posesión y tráfico de drogas... Tú eres padre y sabes lo penoso que puede ser ver a su hijo inocente en una situación como esta. ¡Y todo por culpa de una prostituta! Tengo entendido que también a ti y a algunos de tus clientes, les ofreció drogas... —¡Eso es una calumnia! ¡Nadie me ha ofrecido drogas y dudo que se las ofrecieran a mis clientes! Es evidente que tendré que ser más claro para que lo entienda. —Tienes una peluquería muy aseada. María debe ser una chica muy limpia. Incluso veo que tienes un bonito jarrón con flores frescas, que deben costar dinero. —¡Es un regalo de Margarita! Pero eso no te interesa. —¡Ah, la generosa y valiente Margarita, y su encantadora hija! ¿Crees que terminará casándose con nuestro apreciado policía, Jacinto? ¡Esa criatura necesita un apellido! —¡No me vengas con rodeos y dime a qué has venido! Si es por los atrasos... —Hombre, ya que lo mencionas, si estuvieras dispuesto a colaborar con la justicia, seguro que Romano te lo agradecería con su habitual generosidad. Supongo que a este acogedor rinconcito debes tenerle mucho aprecio. Y por supuesto es una gran comodidad tener la vivienda justo encima del negocio. ¡No puedes ni imaginarte lo difícil que es encontrar una vivienda como la tuya en este barrio! —¡Qué estás insinuando! ¿Qué cometa perjurio y declare en contra de esa mujer! —Yo no he dicho tal cosa, pero debes comprender que seis meses de alquiler es una considerable deuda, y con la moda de los jóvenes de dejarse el pelo largo, cada vez tendrás menos clientes para poderla pagar. —¿Me estás amenazando con desahuciarme? —¡Solo es una mujerzuela! ¡Tu negocio vale más que ella! Esas mujeres no deberían estar en las calles contagiando enfermedades a la gente honrada. ¡Estamos más seguros si están entre rejas! —¿Por qué no hablas claro y me dices lo que quieres que haga, y las consecuencias si no lo hago? —¿Más claro todavía? ¡Soy un abogado; no puedo hablar más claro, pero creo que tú lo has comprendido sin que tenga que darte más explicaciones. Creo, Jonás, que ya me has cortado suficiente los pocos cabellos que me quedan, y tengo mil cosas que hacer. Llámame a mi despacho cuando tengas una respuesta. Supongo que ha entendido qué esperamos de él y no tardará mucho en llamarme. ¡No le queda otra opción! No querrá verse en la calle con su preciosa hija, durmiendo debajo de los puentes del río. ¡Eso si encontrase alguno libre! 7. La confesión (Narrador: Serafín, el párroco católico) A veces lamento que Dios me haya dado el don de la fe, porque hay momentos en los que no desearía haber abrazado el sacerdocio. Pero el Señor me ha elegido y no debo renegar de sus deseos. Hoy he escuchado en confesión a Jonás, y me ha confesado un horrible pecado: ha cometido perjurio acusando en falso a una mujer pública y está profundamente arrepentido. Pero el inductor de este pecado es ese hijo de Satanás de Romano, que le ha amenazado con desahuciarle si no acusaba a esa mujer. ¿Qué puede hacer este pobre hombre si lo ponen en la calle? Ni siquiera hay en el barrio un mal asilo donde pudieran acogerle. ¿Y qué sería de su joven hija, el único consuelo que le queda en este mundo, y que puede cuidar de él hasta que Dios quiera recibirlo a su lado. ¿Es culpable o inocente? ¡Solo la justicia divina puede saberlo, porque en este mundo no hay nadie libre de culpa que tenga la autoridad moral para juzgar a sus semejantes. Jesús lo sentenció claramente: «Quién esté libre de culpa que arroje la primera piedra«. Solo Dios sabe por qué permite la existencia de estos malvados personajes; por qué deja que Satanás se apodere de sus almas y las corrompa. ¿Qué satisfacción puede tener quien obra el mal? Yo ignoro todo sobre los seres humanos, a pesar de que me confiesan sus pecados. Pero hablando de Roma por la puerta asoma. El mismo Satanás personificado acaba de entrar en mi iglesia. ¿Deseará confesar su parte de culpa en este perjurio? Parece que eso es lo que quiere, ¡porque me pide que le escuche en confesión! ¿Es posible que se obre el milagro y que haya entrado en Espíritu Santo en su conciencia? —En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. —Que Dios entre en tu corazón y te arrepientas de todos tus pecados. —Serafín, tú sabes que soy un buen cristiano y que soy generoso en mis donativos a esta iglesia para obras de caridad. —Romano, ¿has venido a confesarte o a recordarme la cantidad de tus donativos? —He venido para recordarte que sin mis donativos, tus feligreses más pobres no tendrían que llevarse a la boca. Y con estos tiempos duros que corren sería una mala acción. Supongo que mis generosos donativos debe agradar a Dios y a tus indigentes. —Le agradan, estoy seguro... —Por eso creo que a Dios no le gustaría que alguien tramara algo contra mí. —Habla claro, Romano; recuerda que te escucho en confesión. —Serafín, tu confiesas a todos los católicos de este barrio y te cuentan sus pecados. Puede que alguno te haya contado cosas horribles sobre mí... —¡Lo que me cuentan es secreto de confesión! ¿Qué estás intentando insinuar? —¡Nada, Serafín; solo quería escucharte decir que tanto esta conversación, como lo que te hayan contado sobre mí, es secreto de confesión. Y no estés preocupado por mis donaciones. ¡Incluso a partir de ahora serán más generosas! —¡Pues ya lo has escuchado! Que la paz reine en tu espíritu. ¡Amen! ¡Ya hemos terminado esta confesión, Romano! —¿Sin ni siquiera un padrenuestro de penitencia? —¿Cómo voy a mandarte una penitencia si no has venido para arrepentirte de tus pecados? —¿Mis pecados? ¿Pero qué pecados, Serafín? En la calle las cosas no son como en tu iglesia. Hay que luchar para sobrevivir, y en esta despiadada lucha siempre hay ganadores y perdedores. ¿Es pecado ser un ganador? Es inútil que le haga ver sus pecados, ¡nunca reconocerá el demonio su maldad! Al contrario, el demonio cree que el malo es Dios. Por desgracia abandona mi iglesia con la información que deseaba: que no le delataré. Pero no puedo dejar este crimen impune. ¡Hablaré con el obispo, tal vez él pueda dispensarme del secreto de confesión! Yo soy el miembro de una iglesia que no puede tolerar encubrir a un criminal, que ni siquiera reconoce sus pecados y no muestra el menor remordimiento. ¡Tiene que haber alguna manera de evitar que se cometa esta injusticia sin ofender a Dios ni quebrantar sus sacramentos! 8. Busca y captura (Narrador: Romano) Rufo ha hecho un buen trabajo. Jonás ha declarado en contra de esa prostituta. ¡Ya tenemos una culpable, y una orden de busca y captura contra ella. Ahora solo falta que la policía la encuentre, y mi hijo estará de vuelta en el barrio, libre de cargos! El pobre imbécil del hijo de Adela nos ha hecho una descripción de esa fulana y la policía ya tiene un retrato robot. No será difícil dar con ella. Pero no vamos a quedarnos ahí, después de que liberemos a Raulín, iremos a por ese tendero impertinente hasta que lo veamos también entre rejas. ¡Nadie se burla de Romano! ¡No sabe a quién se está enfrentando! En este barrio mando yo, y se hace mi voluntad. Empezaremos por destruir su buena reputación haciendo correr por el barrio falsos rumores de un supuesto pasado nazi, y acabaremos acusándole por encubridor y obstrucción a la justicia. Eso será suficiente para ponerlo entre rejas por una temporada. La suficiente para arruinar su miserable negocio. Cuando llegue ese momento, me haré con la propiedad del local donde tiene su tienda, porque cuando esté en la ruina, no tendrá más opción que ponerlo en venta. Individuos como este Marcus, son de otra época; de antes de la guerra. Ahora no es tiempo de soñar con fantasías de sociedades perfectas y zarandajas por el estilo. Ahora hay que ser más realistas y luchar a brazo partido y sin miramientos si queremos volver a poner este país en pie y con prosperidad para todos. Las ideas políticas liberales nos costaron una guerra, y nos costarán otra hasta que no las erradiquemos del planeta. La única verdad de este nuevo mundo son los buenos resultado de los balances, lo demás es palabrería, que solo sirve para confundir a las mentes. Los norteamericanos nos han demostrado que el mundo no lo rigen las ideologías sino los beneficios. ¡Por eso ganaron la guerra! En cuanto a los comunistas, sus ridículas ideas chocan con la realidad, y no tardarán muchos años en seguir nuestros pasos, y buscar también el beneficio, y se olviden de la absurda igualdad y el reparto equitativo de la riqueza. ¡Siempre habrá ricos y pobres, porque no hay dos seres humanos iguales, ni con las mismas ambiciones y recursos! Yo me he criado en el arroyo, sin unos padres que me protegiesen ni una escuela donde educarme, porque pasaban la mitad del día embriagados y la otra mitad peleándose. Me he educado en las calles de este maldito barrio, y tenía que buscarme la vida humillándome en los trabajos más denigrantes y peor pagados. Por eso desde muy joven me propuse ser algún día el dueño del barrio, porque aprendí la lección: lo que hace respetable a un individuo es su riqueza. Nadie respeta a los pobres, los indigentes, los vagos o a los maleantes. Ese cura ignorante me acusa de ser un pecador porque vive en un mundo de ensueño, con su Dios, sus ángeles y sus santos, pero no puede salir de su iglesia, porque en las calles no rige ningún Dios, sino la simple ley del más fuerte y la rigurosa ley del talión: ojo por ojo, diente por diente. Esas son las únicas reglas que hay que seguir si quieres hacerte respetar. Esas eran las divisas de nuestro partido, y hubiéramos triunfado si los ingleses hubieran sido menos hipócritas. Conquistamos a las élites con nuestras ideas, pero no pudimos convencer al populacho. ¡No habrá paz ni seguridad en el mundo hasta que no se destruya hasta la última urna y gobiernen las élites y los triunfadores. No hacen falta redentores que prometan paraísos, sino hombres disciplinados que creen riqueza y gobiernen las masas sin piedad y con mano dura. ¡Algún día estos hombres gobernarán el mundo! No puede haber progreso donde todo el mundo quiere tener la razón y ser poseedores de la verdad. Solo hay una verdad, este mundo es una selva y si no quieres servir de alimento a las alimañas tienes que ser también tú una alimaña, pero la más fuerte y dañina. 9. Marcus busca a Linda (Narrador: Marcus) Me angustia lo que estoy a punto de hacer. Puede ser el gran error de mi vida, que me costará mi reputación y hasta mi negocio, pero algo me dice que es lo que debo hacer. Por otro lado, mis deseos son muy confusos. Sería una ignominia que solo me motivara a ir en su búsqueda la satisfacción de mis deseos, reprimidos tal vez por un exceso de honestidad. Debe de haber algo más, pero no estoy capacitado en estos momentos para pensar con lucidez. Sé que me estoy dejando llevar por la imaginación y por la intuición, pero no por la razón. La imaginación me muestra un paraíso de sensualidad sin límites, la intuición me está gritando que Linda es un diamante en bruto, solo necesita alguien que lo quiera pulir. ¿Quién mejor pulidor que el hijo de un joyero? Todavía dudo de si debo marcar este número de teléfono. En la vida se plantean dilemas para los que no sirve la razón, porque no son razonables. Siempre he sido un conservador, aunque moderado. He condenado la prostitución, la homosexualidad y cualquier comportamiento inmoral. Me educaron con versículos de la Biblia en el seno de una familia protestante, aunque hubiera preferido en la religión Católica, porque es, en todos los sentidos, superior a la protestante. Es más emotiva, más visual, infinitamente más imaginativa que la iconoclasta protestante. ¿Cómo se puede sentir la emoción del bien y del mal sin unas imágenes sugerentes? Los católicos nos dejaron las mejores obras de la pintura; las más inspiradas obras de la literatura; las más armoniosas sinfonías. Los protestantes solo nos han aportado ideas, conceptos, filosofía, pero apenas arte. ¡Y ahora me dispongo a arrojar por la ventana mis sólidos principios morales yendo en busca de una prostituta! Es totalmente inútil que busque en algún rincón de mi mente un argumento que me impida dar este paso, porque sin haber dado mi aprobación ya estoy marcando el número de teléfono... Me responde una voz desconocida. Parece la de una mujer mayor, es ronca y desagradable. Tal vez sea su madre. —Caballero, Linda está ocupada en estos momentos... La tendrá disponible dentro de una hora ¿Quiere que le dé algún recado de su parte? ¿Le reservo alguna hora? He llamado a un prostíbulo, ¡y Linda esta trabajando! Debe estar muy solicitada, ¡y yo pretendo apartarla de un negocio tan lucrativo! He debido perder el juicio... pero sigo adelante. —Sí, dígale que su salvador le ha llamado... —¿Su salvador, dice usted? —Sí, ella lo entenderá. —Si usted lo dice, así se lo diré. Le dejo mi número de teléfono y cuelgo con la sensación de vértigo, como si estuviera al borde de un precipicio, pero rechazo enérgicamente la voz de mi conciencia. No sé en qué puedo ocupar mi mente a la espera de su llamada para acallar estos pensamientos. Ahora recuerdo que Linda olvidó su libro «Un mundo feliz«, puede que su lectura me distraiga. Pero es inútil, no puedo concentrarme en lo que leo, porque la imagen de Linda acostándose con su numerosos clientes me nubla la mente. Pero este párrafo de esta inquietante novela puede ser la respuesta realista a mis dudas morales: «Éste es el secreto de la felicidad y la virtud: amar lo que uno tiene que hacer. Todo condicionamiento tiende a esto: a lograr que la gente ame su inevitable destino social.« ¿Es mi destino social amar a una prostituta? Por fin suena el teléfono. Aún estoy a tiempo de no descolgarlo, pero una vez más es inútil que me niegue a lo que parece ser mi destino. Es la voz de Linda, ha tardado menos de lo previsto con su último cliente, porque no ha transcurrido ni media hora desde mi llamada. —¡Que sorpresa, la verdad es que no esperaba su llamada! ¡Estaba tan enfadado..! —noto en el tono de su voz que se alegra por mi inesperada llamada. Tal vez Aura lleve razón. —¿Entonces te alegras de mi llamada? —Usted siempre tan contradictorio. ¿Si no me alegrara, cree que le hubiera devuelto la llamada? —Disculpa, y usted tan directa y sincera! ¿Qué tal si nos tuteamos? —Como tú quieras, pero no sé ni cómo te llamas. —Marcus. —Y bien, Marcus, ¿cuál es la razón de tu llamada? No estoy seguro de tener una respuesta, porque estoy hablando con una prostituta, con la que solo se espera hablar de sexo y permanezco en un tenso silencio sin saber que contestar. Ella parece haber interpretado la causa. —Tal vez te apetezca acostarte conmigo y no te atreves a confesarlo. ¿Es eso, Marcus? Tengo que reaccionar y ser sincero, ¡se han terminado las represiones, las vergüenzas y el falso pudor. Con Linda tengo que decir lo que pienso, aunque me cueste expresarlo: —Sí, esa es una razón, pero además tengo otras. —¿Como cuáles? —¡Como tú me sugeriste, quiero que seamos amigos! —¿Tú, mi amigo? ¿Estás hablando en serio? —¿Qué hay de extraño? —¡Y qué será de tu reputación, porque soy una prostituta! —¡Eso ya lo sé...! —¿Qué te ha hecho cambiar? En tu casa parecías muy enfadado. Me echaste a empujones. —Creo que no merecías ese trato y quiero disculparme. ¿Podemos vernos y encontrarnos en algún sitio? —Te prometí que si tú lo querías sería tu amiga prostituta, y cumpliré mi promesa. —Entonces ¿nos podemos encontrar mañana domingo para desayunar juntos en el Café Central? —¡Pero has perdido el juicio! ¿Te atreves a presentarte conmigo donde todos te conocen? ¡O eres un santo o estás loco, pero acepto! —Tú misma me censuraste que yo era un hipócrita, y llevabas razón. Ahora quiero demostrarme a mí mismo que no lo soy. —¡Nunca entenderé a los hombres, pero allí estaré! Cuelgo el teléfono consciente de haber hecho lo que debía, pero, al mismo tiempo, sé que provocaré un gran escándalo en el barrio. En el fondo todos somos unos hipócritas, pero es gracias a esa hipocresía que convivimos en paz y armonía. La sinceridad es peligrosa, porque nadie puede asegurar que su conducta es la correcta ni que es poseedor de la verdad. Las personas que consideramos honestas tienen los mismos defectos que las que no lo son, pero gracias a la hipocresía los ocultan. ¡La buena convivencia se basa en la hipocresía! Yo no soy una excepción y he vivido los últimos años como un perfecto hipócrita. Ya va siendo hora de obrar correctamente. 10. El reencuentro (Narradora: Linda) Este hombre ha debido perder el juicio y está decidido a provocar un escándalo en su barrio. ¿Por qué me ha citado en el café donde se reúne medio vecindario? No tendrán piedad con él, y no habrá ni un solo vecino que apruebe su conducta. En el fondo las cosas están bien como están: las mujeres que hacemos la calle somos como los gatos, dormimos durante el día y nos movemos, a la caza de nuestros ratones, cuando oscurece, donde podemos ocultar mejor nuestras miserias. La luz del sol daña nuestros ojos embadurnados de maquillaje. La noche está hecha para el amor, y supongo que el día está hecho para la amistad. Si acudo a este café será como amiga y nada más. No me maquillaré ni vestiré provocativa. Espero que tenga algo apropiado que ponerme. Y no hablaré de sexo sino de otros temas. Por ejemplo del libro que leí sobre cómo podemos ser felices si nos fabrican en incubadoras. Seguro que él tendrá una opinión más profunda e inteligente que la mía. Estoy tan habituada a los malos tratos y a un lenguaje vulgar que tal vez hice mal en sugerir a este buen hombre que podría ser su amiga, aparte del sexo, ya casi no tengo otros temas de conversación. Ninguno de mis clientes está interesado en conocer la historia de Roma o los Cuatro Evangelios. Una acaba por habituarse a este trabajo y puede que lo añorase si dejara esta profesión. No siempre los clientes son unos malnacidos, como el que me dejó en el apartamento de este hombre. Muchas veces tengo la agradable sensación de estar haciendo una buena labor social, iniciando a algún tímido muchacho que se masturba cada noche en el silencio de su habitación, o liberando de la represión de un marido insatisfecho para evitar que pague su frustración con su propia mujer, maltratándola; incluso a veces siento que hacer el amor es también un arte y yo soy una artista y no una pervertida. Ya sé que soy una prostituta fuera de lo común, porque he llegado a esta profesión por dejadez y pereza para enfrentarme a otros trabajos más complicados y menos lucrativos. Pero en el fondo es una profesión hermosa, porque consiste en provocar placer y evitar el dolor, y cuando un hombre goza de una mujer el mundo está tranquilo. Pero la gente corriente no lo ve así. Una prostituta es una fulana sin moralidad que vende su cuerpo al mejor postor y se humilla hasta convertirse en la esclava de sus clientes, cumpliendo todas sus fantasías sexuales. Nos censuran sobre todo porque hacemos pagar caro cada segundo de intenso placer que provocamos. No seríamos mujeres sin moralidad si lo hiciéramos gratis, sino buenas samaritanas, mujeres caritativas y generosas, ángeles del sexo, etc. El dinero todo lo corrompe. Ya estoy frente a la entrada del Café Central. Por suerte para Marcus a estas horas de la mañana no hay muchos clientes. Acaba de entrar en la plaza y me saluda con un efusivo gesto, sin duda que se alegra de verme. Pero se sorprende por mi aspecto. Seguramente que esperaba encontrarme con las mismas ropas provocativas que vestía el día en que me salvó la vida. —¿Eres tú, Linda, la mujer que se moría sobre mi cama? Tengo la impresión de que se había mentalizado para entrar al café del brazo de una mujer escandalosa y ahora se encuentra con otra que posiblemente no llame la atención, lo que le resta interés. Seguro que se había hecho a la idea de que mi presencia fuera un escándalo para enfrentarse al barrio en mi defensa y ahora no tiene argumentos para el heroísmo. Sé que debe sentirse defraudado aunque no lo aparente. —La misma, pero no estoy de servicio, por eso me he vestido de esta manera. ¿No te gusta? ¡Tal vez ya no me encuentras atractiva! —Por supuesto, pero yo esperaba... —Sí, sé muy bien lo que tú esperabas. Si lo prefieres puedo volver al hotel y vestirme de la misma manera que cuando me conociste, pero esta no es la hora del día más apropiada. Se siente confuso y puede que yo tenga razón: se ha enamorado de la prostituta, pero no de la mujer. Quiere ser mi redentor, porque debe sentirse como un padre ante su hija descarriada y, a la vez, el amante de una fulana arrepentida. —No, por supuesto... pero ha sido una sorpresa; no parece que esté ante la misma mujer... Pero será mejor que entremos, tenemos mucho de qué hablar. Me cojo de su brazo y hago mi primera entrada oficial en este barrio. Los pocos clientes que hay en el café no deben conocerle, porque no muestran ningún interés por nosotros. Nos acomodamos en la mesa junto a los ventanales donde suele sentarse Marcus, y pedimos dos cafés con leche y unos cruasanes. Marcus parece esperar que le hable de mí. Quiere conocer las razones que me han llevado a la prostitución. —Ya sé que estás pensando que he perdido el juicio al pedirte que seamos amigos, porque está en juego mi reputación. Pero por lo poco que te conozco hasta ahora, no puedo entender por qué te dedicas a esta profesión tan denigrante, e incluso, supongo yo, tan peligrosa. Seguro que tienes tus razones. Me gustaría conocerlas si no tienes algún inconveniente. 11. La historia de Linda (Narradora: Linda) —¿Quieres saber mi historia? ¡Hay poco que contar! Cualquier mujer que haya sido violada por su propio padre o padrastro es una firme candidata para la prostitución. Lo que nos separa unas de otras es la inocencia y el temor a perder la virginidad sin obtener algo importante a cambio. Unas la pierden a cambio de un buen marido, otras por una considerable suma de dinero o valiosos regalos. Mi caso es el segundo: mi padrastro abusó de mí cuando solo tenía 13 años, pero a cambio me colmó de costosos regalos. Pronto me di cuenta de lo fácil que resultaba obtener todo lo que deseaba con solo unos minutos de trabajo nada penoso. Cuando mi padrastro murió ya estaba habituada a esta forma de vida y solo tuve que buscar otros padrastros dispuestos a costear mis muchos caprichos y excentricidades. Carecía, y aun carezco de cualquier principio moral que me hiciera sentirme culpable solo porque me acostaba con hombres a los que les hacía un pasar un buen rato, y que se portaban con generosidad. ¡Así me hice prostituta! —Pero tal vez ese relato pertenezca a otra época, porque ahora tu vida no parece de color de rosa. ¡Has estado al borde de la muerte! Incluso supongo que estás enganchada a las drogas... —¡Yo no soy drogadicta, ese malnacido me engañó! ¡Yo no sabía que era heroína! Pero, sí, tienes razón, las cosas no son ahora tan simples como al principio. ¡Ya no tengo 20 años! Ahora los hombres las quieren jovencitas, por no decir niñas, porque tienen miedo de que las veteranas estemos enfermas y les contagiemos algo grave. Mis mejores clientes han desaparecido como por arte de magia. Ahora me regatean el precio y exigen cosas disparatadas, como que les pongamos un collar y les tratemos como a perros, además de azotarles hasta hacerlos sangrar. ¡Esto ya no es sexo, es demencia! —Entonces, ¿estarías dispuesta a dejar esta profesión? Es evidente que su pregunta tiene una clara interpretación: seguro que está pensando en ser mi redentor. Quiere ser la amiga de una mujer descarriada, pero que solo se acueste con él. Ya conozco esta historia, porque me lo han propuesto más de una docena de veces. Hay algo que no entienden: hacer la calle no es solo acostarse con un hombre distinto cada noche, sino ser libre de elegir con quien nos acostamos. Si aceptara su sugerencia de redención ya no podría elegir. ¡Perdería mi libertad! —¿Es necesario dejar mi profesión para que seamos amigos? Mi pregunta parece que le ha sorprendido, porque permanece en un embarazoso silencio sin darme una respuesta. —¿No sabes qué responder? Yo responderé por ti. Sé que estás dispuesto a enfrentarte a la censura de tus vecinos, pero a cambio de tenerme en exclusiva, porque un héroe puede ser el amante de una fulana, pero redimida y subyugada. ¡Para eso son los héroes! Creo que lo he desconcertado. Tal vez se esté planteando renunciar a mi amistad y volver a su rutina de tendero querido y respetado por su comunidad. Puede que una compañera como yo no encaje en su sencillo mundo de bisutería y charlas de café con sus amigos. —Creo que llevas razón, y me he dejado llevar por la imaginación. Ahora empiezo a despertar de un sueño en el que todo parecía ser real. Yo me veía ya a tu lado, en algún lugar donde no existía el pasado ni el recuerdo. Tu eras mi amante como caída del cielo, sin nombre ni apellidos, te puse el nombre de Linda, y eras la mujer de mis sueños. Tal vez debería volver a ellos y renunciar a la realidad... Este hombre ha logrado conmoverme. No quiero renunciar a mi libertad, pero tampoco quiero terminar con esta amistad. Tenemos que llegar a un compromiso bueno para los dos. —Marcus, creo que debemos intentar improvisar, dar tiempo a nuestros sentimientos para que se aclaren; dejar reposar nuestra amistad y ver qué sucede. Yo no voy a abandonar mi profesión hasta que por alguna razón la aborrezca, y creo que eso dependerá de ti. Supongo que me entiendes.. —Es evidente que tengo que aceptar tu sugerencia. ¡También los sueños hay que dejarlos reposar! Pero me hubiera gustado que no pusiéramos barreras a nuestra amistad, que quién sabe si no podrá convertirse en amor. Sí, a mí también me gustaría. Creo que le estoy tomando afecto a este hombre, y también pienso como él que este afecto pueda convertirse en amor. 12. Rodolfito (Narrador, Rodolfo) Todo el barrio está revolucionado porque mañana mi Rodolfito participará en concurso de jóvenes talentos, que se trasmitirá por la televisión. Somos pocos los que tenemos receptores, pero el Café Central tiene uno del modelo más reciente y podrán ver y escuchar allí el concierto. También lo transmitirán por la radio. Dios nos ha bendecido con este hijo, que es nuestro orgullo de padres. Todos nuestros clientes nos felicitan y no dejan de hacer halagos de nuestro hijo. —Buenos días, Rodolfo. ¡Tu Rodolfito es el orgullo del barrio¡ ¿Cómo habéis podido engendrar una criatura tan inteligente? —Son cosas de Dios, creo yo. Él nos ha bendecido. Hoy mi mujer no puede ocultar su orgullo de madre y no puede concentrarse en el trabajo. Ha estado muy ocupada eligiendo la ropa que llevará para su actuación. Rodolfito no está de acuerdo con la que le ha elegido, porque dice que es demasiado aparatosa y le impide los movimientos, pero su madre insiste en que debe dar la imagen de un niño de buena familia, y que ella entiende cómo debe ser la ropa. Gracias a nuestro hijo, tenemos nuevos clientes, y todos quieren conocerle y felicitarle, pero Rodolfito no quiere aparecer por la carnicería, para no perder la concentración. Se merece lo que le sucede, porque ha trabajado mucho para conseguirlo. El que sea un niño prodigio no le evita el tener que trabajar, incluso más que un niño normal. A veces a su madre y a mí nos hubiera gustado que Rodolfito hubiera sido un niño normal, porque nos apena verle pasar tantas horas en su ensayo y tan poco al juego, como cualquier otro niño de su edad. Acaba de entrar en la carnicería Margarita con su encantadora hija Luisa. No me importaría algún día ser su suegro. Creo que harían una magnífica pareja. —Buenos días, Luisa, ¿Ya te ha dicho tu mamá que mi Rodolfito saldrá mañana por la televisión? —¡Ya lo sabía, me lo dijo Rodolfito ayer en el recreo! —¿Así es que sois amiguitos? —¡Oh, sí; es muy simpático y me hace reír! Margarita parece aprobar que sean amigos. ¡Lástima que Luisa no tenga un padre reconocido! —Luisa me cuenta maravillas de tu hijo. Dice que en el colegio es una figura. —No lo creas, Margarita, a muchos niños no les cae simpático. ¡Le hacen mil perrerías! Muchos días ha llegado a casa llorando porque los compañeros le rompen los lápices de colores, o le quitan y le esconden el gorro. Suerte que tu hija es su amiga. —¡Es la envidia, Rodolfo. Los niños pueden ser muy crueles! Mi Luisa también sufrió mucho el primer año de colegio por lo que tú ya sabes. —Sí, ya entiendo... —Pero yo creo que este rechazo les fortalece el carácter, pero también se hacen adultos antes de tiempo —Tengo una idea. ¿Por qué no venís con nosotros a los estudios de la televisión? ¡Rodolfito estaría muy contento de ver a Luisa entre el público! Luisa parece entusiasmada con mi propuesta. —¡Sí, mami; dile que sí! —Está bien, Luisa, les acompañaremos y le daremos ánimos. ¡Ya verás cómo gana el primer premio! —Entonces mañana nos encontramos aquí mismo, porque nos vendrá a recoger un coche de los estudios de la Televisión. 13. El concurso (Narrador: Guido) Hoy no cabe un alfiler en el Café Central. Todos los vecinos quieren escuchar y ver al niño prodigio del barrio y esperan que sea el ganador. No será fácil encontrar una mesa libre. No he invitado a Julia porque desde hace varios días no aparece por la librería. Supongo que ha encontrado su gran amor en Leopoldo. ¡Sí, se confirma, porque la acabo de ver sentada junto a Leopoldo, en el lugar donde siempre se sienta él. Me ha visto y parece embarazosa la situación, pero yo no quiero darle muestras de que me afecta, al contrario, quiero que sepa que lo apruebo, y la saludo con una significativa sonrisa. Espero que ella comprenda que no tengo nada que reprocharla. Parece que lo ha comprendido y me devuelve la sonrisa. ¡Todo ha quedado aclarado entre los dos, les deseo una feliz relación! Leopoldo parece que se ha transfigurado. Ahora no lee el periódico del partido, se limita a escuchar lo que le esté diciendo Julia, que como siempre no para de hablar sobre mil cosas al mismo tiempo. Pero Leopoldo parece embelesado con lo que le esté contando Julia. He visto, Jonás, el peluquero que comparte una mesa con una pareja que debe ser matrimonio. También está María, quien parece estar muy divertida, porque ríe por causa de algo gracioso que debe contarle uno de los que le acompañan. Jonás no parece compartir la alegría de su hija. Creo que algo le preocupa. Debe ser por causa de las numerosas deudas que tiene contraídas en el barrio. Me ha visto y parece extrañarse de que acuda al café solo. Me invita a sentarme a su concurrida mesa. Acepto sin lugar a dudas. Consigo una silla y me siento junto a su encantadora hija, María. Ella parece complacida, sin duda me considera un buen amigo. —¿Dónde está tu amiga Julia? ¿No quiere ver la actuación de Rodolfito? —me pregunta María, aunque creo que sabe la respuesta. —Julia ha cambiado de acompañante. Ahora sale con Leopoldo, el maestro. ¡Parece que él sabe escuchar mejor que yo! ¿No los has visto? ¡No se perdería este acontecimiento por nada de este mundo! —¿Y a ti no te importa? —No, en absoluto; nunca tuvimos una sería relación. Somos muy distintos. ¡Parece que congenia mejor con Leopoldo! Jonás me ha hecho una pregunta para la que encuentro respuesta: —Guido, ¿cuándo sentarás la cabeza? No es bueno que un hombre viva solo, sin una mujer que le cuide y le dé algún descendiente. La familia es lo que centra a los hombres. ¡No todo se acaba con los libros! Tal vez si fuera sincero le pediría la mano de María, pero sería muy egoísta por aprovecharme de sus dificultades para sacrificar su hija y dársela a un viejo. Le respondo con una excusa absurda: —¡La librería y los libros son mi familia! María parece querer responder a mi absurda afirmación, pero su padre se anticipa. —Los libros no cuidan de los enfermos ni saben llevar una casa ni te dan hijos. ¿No será que no has encontrado todavía tu media naranja? Tengo la impresión de que está intentando insinuar algo, tal vez haya visto en mí un buen candidato para marido de María. Debe conocer los rumores que corren por el barrio sobre mí y su hija. Ardo en deseos de sincerarme y que sepa que esa media naranja puede ser María, pero me contengo. María parece que tampoco está de acuerdo con mi respuesta. —Yo creo que lo dices en broma, por mucho que quieras a tus libros no pueden darte el calor de un hogar. Cuando la conversación se hacía más interesante, la interrumpimos porque hemos visto entrar a Laura, pero no viene acompañada de Marcus. ¡Esto parece una epidemia! Supongo que había quedado en reunirse aquí con su buena amiga Julia, porque se dirige directamente a donde se encuentra ella, y se abrazan efusivamente. Julia debe de estar al corriente de su separación de Marcus, porque más que saludarla parece consolarla. Leopoldo se muestra también afectuoso con Laura. Me ha visto y me hace un tímido saludo, parece que no está de humor para encontrarse con los amigos de Marcus. ¿Pero dónde está él? Es muy extraño que no acuda a un acontecimiento como éste, además de que él y Rodolfo son buenos amigos. ¿Estará enfermo? Tal vez venga más tarde, falta todavía más de media hora para que dé comienzo la retrasmisión del concurso. La que no podía faltar es Adela, acompañado de su filósofo marido y del pobre de Lucio. Parece que no encuentran mesa, pero unas vecinas y clientas les invitan a sentarse en la suya. Adela es muy codiciada entre las mujeres, por sus amenas charlas sobre la vida íntima de la gente del barrio. Por supuesto que ya debe de estar al corriente de mi separación. Me ha visto y la expresión de su rostro es de gran asombro, al verme sentado junto a María. Me temo que se acercará a nuestra mesa para conseguir más material de primera mano para sus chismes. ¡En efecto, viene hacia aquí! —Hola, Guido. ¿Dónde está Julia? —Allí la tienes, con su amiga Laura —y le señalo dónde se encuentran. Como es una experta en relaciones personales, ha deducido pronto la situación, pero parece que no se conforma con estas evidencias, quiere saber más. —Ya sé que no es de mi incumbencia, pero ¿no debería estar contigo? —Adela, tú ya sabes por qué no me acompaña, ¡eres la mujer mejor informada del barrio! —Lo reconozco, sabía lo de tu separación, pero no podía creerlo... ¡Pero parece que ahora estás en buena compañía! —No insistas, Adela, ¡porque no tendrás la primicia! Pero Adela ya sabe todo lo que deseaba saber y ha visto todo lo que deseaba ver. Mañana todo el barrio sabrá que hago la corte a María. Saluda a María con un beso que no sé por qué me recuerda al beso de Judas, y regresa a su mesa. Ya ha visto bastante como para una semana de chismes frescos. Por supuesto que no podía faltar el miserable de Romano, que acude como siempre acompañado de la sabandija de su abogado. No sé cuál es la razón de su presencia en el café, porque es uno de los pocos vecinos del barrio que dispone de un televisor. Tal vez quiera darnos la imagen de que él es uno más de la comunidad y quiere compartir nuestras sencillas vivencias. No tiene dificultad para conseguir una mesa, porque la tiene reservada. Jonás ha hecho un gesto de profundo desagrado cuando le ha visto entrar. ¡Debe ser por el rumor que corre por el barrio de que le adeuda medio año del alquiler de su peluquería! Romano se acerca a nuestra mesa y saluda a Jonás, pero ni Jonás ni su hija responden a su saludo. Al contrario, le devuelven un gesto de gran animosidad, que desagrada a Romano. —No es un gesto muy educado no devolver el saludo a un amigo —comenta Romano vivamente contrariado—. ¡Sobre todo ahora que nos hemos puesto al día con tus atrasos! ¿Ha pagado Jonás sus alquileres atrasados? Pero, ¿de dónde habrá sacado Jonás tanto dinero? No me atrevo a preguntarle. A Romano parece no importarle su desaire y se acomoda en su mesa. Me pregunto qué ha debido suceder para que Jonás y María se muestren tan contrariados por su inesperada visita de Romano al Café. El humor de María ha cambiado súbitamente. Parece no escuchar, y cambia una expresiva mirada de complicidad con su decaído padre. Algo ha debido suceder entre Jonás y Romano, que motiva sus reacciones. 14. La presentación de Linda (Narrador: Marcus) He dudado hasta el último momento de acudir en compañía de Linda al Café Central la noche de la actuación de Rodolfito. Debe estar la mitad del barrio allí, porque todos queremos escuchar su actuación. Por otro lado, esta puede ser la mejor oportunidad para que el barrio conozca a mi nueva acompañante. Pero Linda es una mujer imprevisible. No sé si tendré valor de entrar si viniera vestida provocativa. Hemos quedado en el mismo lugar de la otra vez, pero ahora soy yo el que me he anticipado. Tal como suponía, ya están en el café todos mis amigos y conocidos, incluida Laura. Como me temía ¡Linda viste con su ropa de trabajo! Viste una falda roja tan ajustada que apenas puede caminar, y muy por encima de las rodillas. Pero si la angosta falda ya se lo pone difícil, lleva unos botines blancos con un exagerado tacón. ¡No sé cómo puede mantener el equilibrio! Aunque lleva puesta una chaqueta de cuero negra, sospecho que lo que lleva debajo no debe cubrirle mucho de su cuerpo. ¡Es el fin de mi buena reputación, pero no puedo dar marcha atrás, porque yo me lo he buscado! —Hola, Marcus, no te sorprendas. ¡He decidido darte la oportunidad de probar hasta dónde llega tu interés por mí! ¡Esta noche puedes ser mi héroe, tal como tú lo has soñado! Apenas hemos cruzado el umbral de la puerta y siento la fuerza magnética de decenas de miradas que deben preguntarse quién es mi nueva compañera con claro aspecto de prostituta. La mayoría deben saber que me he separado de Laura, y cada uno hará sus propias conjeturas, pero no hay duda de que todo el vecindario me condenará. Este imprevisto espectáculo los mantiene entretenidos, y Adela será más solicitada que nunca. Debe de haber triplicado las ventas de pan. Por desgracia después del desagradable asunto del arresto de Raulín, me he convertido en un personaje, y todos mis vecinos admiran mi integridad moral. De otro modo se sentirían engañados por haberse movilizado en mi defensa. Pero sobre todo esperan de mí que sea el defensor de los oprimidos por Romano, y consiga librarles de este despreciable personaje y del malcriado de su hijo, que sigue bajo arresto pendiente de juicio. Pero yo no me siento con la fuerza y la energía suficiente para esta enorme responsabilidad. Creo que es inevitable que les defraude. Y este desencuentro empezará a producirse esta misma noche, si descubren que Linda es una prostituta. Veo que Laura también está aquí. Hemos cruzado una furtiva mirada. Supongo que debe sentirse despreciada por causa de su edad, porque Linda puede que sea veinte años más joven que ella, y desde luego mucho más atractiva, o por lo menos más provocativa. La mayoría de mis vecinos ya se habrán dado cuenta de este detalle y empezarán a compadecerla y a dudar de mi integridad moral. No hay duda de que no he nacido para ser un líder. Ellos me han creado y ellos me destruirán. Linda parece estar ajena a la expectación que está despertando, porque este no es su barrio. El suyo es el más sórdido de la ciudad. Allí no hay panaderas chismosas ni carniceros padres de niños prodigios ni floristerías ni colegios de primaria; no hay iglesias ni modestos parques públicos ni geranios en los balcones. El suyo no es un barrio, es un enorme prostíbulo. Un laberinto de calles oscuras, iluminadas solo por los reclamos luminosos anunciando paraísos carnales, médicos especializados en enfermedades venéreas, pensiones baratas, licorerías y decenas de antros con reclamos al natural de lo que se puede gozar por un módico precio, si no reparan en la edad de las prostitutas. ¡Ese es el barrio de Linda! No hay ninguna posibilidad de encontrar una mesa libre, y nadie nos invita a su mesa. He saludado a Guido, que se ha levantado y supongo que espera que le presente a Linda. Posiblemente sea el único que se atreva a saludarla. —Ya te extrañaba, Marcus. ¿No vas a presentarme a tu amiga? —Claro, Guido; es Linda, nos conocimos en accidentadas circunstancias, es una larga historia. Linda, este es Guido, mi mejor amigo. Sin duda que me ha demostrado que es mi mejor amigo, porque nos invita a compartir su mesa. —Tal vez si nos apretamos un poco, y encontráis dos sillas, podréis sentaros con nosotros, si Jonás no tiene inconveniente. El concurso está a punto de comenzar, aunque Rodolfito no será de los primeros en actuar. Un camarero nos consigue dos sillas plegables y nos acomodamos en su mesa. Linda se ha quitado la chaqueta, y, como me temía, deja al descubierto una generosa parte de su pecho y espalda. ¡No puede haber elegido unas prendas más provocativas! Noto que Jonás parece inquieto, y no puede apartar su mirada de Linda. ¿Habrá sido cliente suyo? No; es imposible. ¿Entonces, qué llama su atención? No puedo evitar hacerle esta pregunta: —¿Jonás, os conocéis? Linda parece intentar recordarle como un posible cliente, pero niega conocerle. Pero Jonás sigue inquieto y parece no haber escuchado mi pregunta. ¿La habrá reconocido? 15. La indiscreción (Narradora: Adela) Nunca hubiera imaginado que algún día pudiera ver algo así en este barrio. No tengo palabras para expresarlo: ¡Marcus acompañado de una fulana, porque tiene la pinta de una cualquiera! ¿Cómo ha podido dejar a Laura por esta mujerzuela? Los hombres son un misterio, pero todos acaban en los brazos de mujeres fáciles como esta. El sexo domina su voluntad. Claro que no todos son iguales. No creo que mi Ramiro me haya traicionado ni una sola vez. Marcus nos ha engañado a todos. ¿Pero cómo tiene el valor de presentarse aquí acompañado de una puta? No me extraña que la pobre Laura se esté sintiendo traicionada y herida en su dignidad al contemplar este espectáculo. Pero a él no parece afectarle. ¡Ahí está, como si nada! ¡Sentándose a la misma mesa de la inocente María! ¿Cómo se puede tener tan poca vergüenza? Mi Lucio parece que ha visto en esa mujer algo que le llama la atención, me está dando codazos porque quiere decirme algo, pero no quiere que lo escuchen los demás. —¿Qué estás viendo, Lucio; qué quieres decirme? —Mamá, esa mujer es la que vi abrazada a Marcus; es la misma, estoy seguro... —¿La traficante de drogas? ¿Estás seguro, hijo? —¡Completamente! —Entonces, se confirma que Marcus nos engañó a todo el barrio, y debe de estar compinchado con ella? ¡Ya me extrañaba a mí que pudiera vivir con lo poco que debe ganar con el ruinoso negocio de bisutería! Pero ¿cómo se han atrevido a presentarse aquí sabiendo que la policía debe estar buscándola? Deberíamos denunciarla, pero mejor no nos metemos en líos. Ramiro debe de saberlo, quiero conocer su opinión sobre lo que debemos hacer. —Ramiro, ¿sabes quién es esa mujer que acompaña a Marcus? ¡La traficante de drogas que busca la policía, tu hijo la ha reconocido! ¿No deberíamos denunciarla? —No, Adela; nosotros no somos quiénes para entrometernos en asuntos de la justicia. Deja que sea la policía quien haga ese trabajo. ¡Tú no has visto nada, y vamos a disfrutar de la actuación de Rodolfito, porque acaba de comenzar el concurso! —¡Tú siempre tan filosófico! Pero tal vez tengas razón. 16. El recital (Narrador: Guido) Ha comenzado el concurso, y todos parecen olvidarse de Marcus y su llamativa nueva amiga, Linda. Los presentadores describen las normas del concurso. Ahora vemos imágenes del público que asiste en directo, y ahí están sus orgullosos padres, que no caben en sus asientos, no solo por su obesidad, sino también por su satisfacción. Los vecinos hemos reaccionado con un espontáneo aplauso, porque ellos también son protagonistas de este gran evento. Pero también vemos entre el público a Margarita y su hija, Luisa, que hacen el gesto de saludar cuando creen que aparecen en la pantalla porque las cámaras les enfocan. Nosotros respondemos con el mismo gesto de saludo. Empiezan las actuaciones de otros niños prodigio, que sin duda serán firmes candidatos al primer premio, pero todos confiamos que Rodolfito supere a todos ellos. Por fin ha llegado el gran momento. Acaba de subir al escenario Rodolfito. Todos le aplaudimos entusiasmados. Sus padres aparecen en las imágenes visiblemente emocionados, y tienen motivos para estarlo. Rodolfito parece muy relajado y demuestra una extraordinaria madurez impropia de su corta edad. El presentador le introduce y dice de él maravillas. Rodolfito dedica su actuación a sus padres, a quienes agradece por los sacrificios que han tenido que hacer por su causa, después menciona a la pequeña Luisa, su mejor amiga, que aparece rebosante de júbilo en las imágenes y, por último, no se ha olvidado de nosotros, y nos lo dedica también a su barrio. Hemos respondido nuevamente con un caluroso aplauso. Pero ahora todos hemos guardado un sepulcral silencio, porque Rodolfito se dirige a un enorme piano de cola, y después de estirarse los dedos y permanecer unos instantes inmóvil, comienza su actuación con la difícil composición de la Gran Polonesa de Federico Chopin. Estamos tan entusiasmados con la actuación de Rodolfito que no nos hemos dado cuenta de la entrada en el café de Jacinto, el policía, y otros dos hombres con aspecto sombrío, que deben ser también policías. Parece que él tampoco quiere perderse la actuación de Rodolfito, pero lo extraño es la presencia de los dos hombres que le acompañan, porque creo que son los mismos policías que detuvieron a Marcus. ¿Vendrán a volverlo a detener? ¡Pronto lo sabremos! 17. La detención (Narrador: Jacinto, policía del barrio) No puedo creer que ese usurero de Romano se haya vuelto un honrado ciudadano, porque ha sido él quien ha alertado a la policía de la presencia en este café de esa mujer, que por lo que veo es la nueva amiga de Marcus. Según testimonios, es una traficante de drogas. Desde luego que su aspecto es el de una prostituta, pero no puedo creer que Marcus tenga algo que ver con drogas, como lo probó en la otra detención. Pero hay contra ella una orden de busca y captura y no tengo otra opción que cumplir con la ley. Yo siempre quise ser policía para hacer respetar la ley, pero los años de experiencia en este oficio me han enseñado que las leyes no reforman a las personas, sino que son las personas quienes reforman las leyes. Las leyes deben servir para proteger la integridad de las personas honradas y no de los maleantes, y no me cabe la menor duda de que Marcus es una persona honrada, pero la ley protege al delincuente de Romano. Tal vez me esté faltando lo que es imprescindible en un policía: la confianza absoluta en la acción de la justicia. Puede que ya no sirva para este trabajo y haya llegado la hora de mi retiro. Tengo la penosa misión de llevarme a los dos detenidos, a la mujer por ser una supuesta traficante de drogas y a Marcus por ser su encubridor y obstrucción a la acción de la justicia. Hoy no me siento, ni mucho menos, orgulloso de mi profesión. Al menos esperaré a que finalice la trasmisión de este concurso, ¡no quiero amargarles la velada! Pero todos se han dado cuenta de mi presencia y deben sospechar que esté relacionada con esa mujer. Adela ha debido hacer correr el rumor de que a la compañera de Marcus la busca la policía, que ya asocian con mi presencia. El mismo Marcus me ha dirigido una interrogante mirada, porque debe presentir el motivo de mi presencia. Me gustaría tranquilizarle y darle a entender que soy uno más que esta aquí para ver a Rodolfito, pero desgraciadamente tengo que mostrarme impasible. Sé que Marcus ha interpretado mi actitud y debe temer por su amiga. Es posible que le haya llegado el rumor también a él. Rodolfito ha finalizado su intervención y el café es un clamor de vivas y aplausos. Algunos incluso se han puesto pie entusiasmados por su brillante actuación. Al menos se han olvidado de nuestra presencia. Ahora aparece un plano de sus emocionados padres. Ignacia no puede contener el llanto. También el público del estudio aplaude entusiasmado. A juzgar por lo prolongado de los aplausos, Rodolfito parece que es el ganador. Rodolfito es ya un profesional, y ha repetido una y otra vez gestos de agradecimiento al público, que sigue aplaudiendo. ¡Sorpresa! La pequeña Luisa sube al escenario para hacerle entrega de un enorme ramo de flores, regalo de Margarita, y le premia, además, con un infantil beso en la mejilla. Si las imágenes fueran en color seguramente que veríamos el sonrojo del sorprendido Rodolfito. Luisa parece entusiasmada y al volver se abraza a su madre, como si sentiera avergonzada. ¡Espero que algún día sea un buen padre para ella! Mis colegas de narcóticos me están presionando para que haga las detenciones, y lo más humillante es que debo esposarlos, porque ambos delitos se consideran graves. ¿Cómo voy a tener el valor de esposar a un amigo? ¿Cómo podría probar su inocencia? ¿Quién ha podido testificar contra una mujer que merece ser la compañera de un hombre honrado como Marcus? ¿Tal vez sea una prostituta, pero también ellas son seres humanos y merecen nuestro respeto y la presunción de inocencia! La ley no se fija en la forma de vestir ni en la profesión. Parece que el delator también se impacienta. Romano y su abogado se han acercado a nosotros y puedo leer en su crispada expresión, su insano deseo de que procedamos a las detenciones. —Jacinto, ¿a qué estás esperando para detenerlos, a que huyan? Me gustaría tener un motivo para arrestarle a él, que es quien lo merece. —¡Romano, no te inmiscuyas en mi trabajo o el detenido puedes ser tú! Mi respuesta le ha enfurecido. —¿Es así como se debe tratar a un ciudadano honrado? ¿Es así como me agradeces que te esté dando de comer con mis impuestos? En la academia de policía nos enseñaron a ser pacientes y tolerantes, pero este hombre me saca de quicio, ¡no sé si podré contenerme! —Los detendré cuando lo crea conveniente. ¡Una palabra más y te acusaré de desacato a la autoridad! Gracias a Dios que su abogado ha intervenido, porque he estado a punto de perder los nervios y arrestarle también a él. —Cálmate, Romano, Jacinto sabe cuál es su deber, y no tienen ninguna posibilidad de escapar. No sé cómo reaccionarán los vecinos cuando les detenga. Espero que no se produzca el mismo tumulto del último arresto. Por primera vez estoy convencido de la inocencia de quien tengo que arrestar, pero tengo que cumplir con mi obligación. Todavía permanecen sentados porque no se deben sentir culpables de ningún delito. Arresto a la mujer. —Póngase en pie, está arrestada...Tiene derecho a permanecer en silencio. Todo lo que diga será usado en su contra ante una corte de justicia. Tiene derecho a un abogado. Supongo que me ha entendido... La pobre mujer me mira horrorizada y es incapaz de reaccionar. Le pongo las esposas y no ofrece resistencia, porque parece aturdida, incapaz de entender cuál puede ser su delito. —Jacinto, ¿qué estás haciendo? ¿Qué delito ha cometido? ¿Por qué la arrestas? —¡Lo siento Marcus, pero también tengo que arrestarte a ti, ya has escuchado cuáles son tus derechos! ¡Tengo que esposarte! Le pongo las esposas sin que tampoco ofrezca resistencia. En el café se ha armado un gran revuelo. Escucho algunos silbidos, pero no parece que nadie salga en su defensa. Solo Guido se atreve a intervenir. —¡Jacinto, esto es un atropello! ¿Y ahora de qué les acusas? —Guido no hagamos las cosas más penosas de lo que ya son. ¡Tengo una orden de búsqueda y captura contra esta mujer por tráfico de drogas! —¿Y a Marcus, de qué se le acusa? —¡De cómplice y obstrucción de la acción de la justicia! —¡Pero tú sabes que eso no es verdad; que son inocentes! —¡Sí, lo sé; pero la ley es la ley y tengo que cumplirla! La mujer no puede soportar la tensión y rompe a llorar. Marcus trata de consolarla. —No llores, Linda, somos inocentes y todo se aclarará. —¡Eso espero, Marcus! —le contesto yo. Ya estábamos en la puerta del café cuando Jonás se ha levantado y visiblemente emocionado, me grita: —No, Jacinto, ellos no son culpables, ¡El culpable soy yo! María trata de defender a su padre, y no puede evitar también el llanto. —¡Papá, tu no eres culpable; los culpables son ellos! —No, María, yo soy el único culpable; yo acusé a esa mujer en falso y merezco un castigo. La situación se ha vuelto muy confusa, pero quiero saber quiénes son los culpables que sugiere María. —¿María, quiénes son «ellos«? Inesperadamente aparece en la puerta del café Serafín, el párroco de la iglesia católica, y me da él la respuesta: —¡Romano y su abogado! ¡Ellos chantajearon con desahuciar al pobre Jonás para obligarle a testificar en falso contra esa mujer, que es inocente! Romano se ha vuelto lívido de ira, y responde a la acusación del párroco. —¡Miente! ¡No tiene pruebas contra mí, porque lo que dice es secreto de confesión! —No. Román, ya no soy un párroco; ahora soy un seglar, como tú y los demás. He renunciado al sacerdocio y estoy excomulgado. Pero Dios no puede consentir esta monstruosa injusticia. ¡Sé que me perdonará! Declararé ante un juez y espero que seas tú el que vaya a prisión, ¡en compañía de tu malvado hijo! Romano se revuelve furioso y hace ademán de agredir a Serafín, pero yo le detengo. Le quito las esposas a Marcus y se las pongo a él, que se revuelve como una fiera herida. ¡Ahora soy el policía más feliz de la Tierra! Todos los vecinos aplauden el arresto. Le quito también las esposas a la mujer y se las pongo al abogado de Romano, que no ofrece resistencia, porque lo sujetan los dos policías que me acompañan. Marcus abraza a su amiga, que se deshace en llanto, ¡pero ahora de alegría! Lo mismo hace Jonás con su hija. ¡No son las leyes, sino las personas honradas, las que imparten la verdadera justicia! II. El PERJURO 18. Una noche memorable (Narrador: Jacinto) ¡Sí, aquella noche, en la que el pequeño Rodolfito llenaba de orgullo a nuestro barrio, fui el policía más feliz de la Tierra! Fue una noche memorable, en la que todos aprendimos una gran lección: Todas las leyes son inútiles donde no hay honradez. Nadie esperaba que aquel anciano párroco, apegado a las más profundas raíces teológicas; firme en sus convicciones morales y fiel seguidor de la más pura ortodoxia católica, renunciara a 50 años de servicios religiosos y se arriesgara con su excomunión a la condenación de su alma ¡para salvar de la cárcel a una prostituta! Ese buen párroco ya debe de estar sentado a la diestra de Dios padre, como lo están todos los hombres y mujeres justos, porque falleció un año después. Pero debo recordar que antes de morir le fue revocada su excomunión, como no podía ser de otra manera, por lo que murió en la más absoluta gracia de Dios. Paradójicamente quién mayores elogios hizo de este buen cura fue Erasmo, el pastor protestante del barrio. Dijo de él que la religión más verdadera es la que nos hace obrar con justicia, por encima de cualquier otra consideración, lo que es igualmente válido para católicos o protestantes. ¡No se pueden consentir injusticias amparándose en la religión! El entierro fue un duelo sin precedentes en la historia de nuestro barrio, muchos no pudieron contener el llanto. Pero lo más memorable fue que acudieron prácticamente todas las prostitutas de la ciudad, porque había corrido la voz de su gesta en favor de Linda. La otra lección que nos dio la experiencia de aquella noche fue que no debemos prejuzgar a las personas por su apariencia o imagen. Todo el vecindario estaba ya dispuesto a darle la espalda a Marcus, solo porque su acompañante no vestía como se espera de una mujer decente, pues es más culpable quien disimula su indecencia debajo de sus vestidos decentes. Romano fue acusado de prevaricación, pero después supimos que la mayoría de sus propiedades las había adquirido por medios criminales, falsificando las escrituras de los propietarios de viviendas muertos durante la guerra y cuyos registros de la propiedad habían sido destruidos. Por lo que permaneció en prisión hasta su fallecimiento, seis años después. Sus propiedades fueron confiscadas y entregadas a quienes pudiesen justificar ser sus herederos, las demás pasaron a ser propiedad del Ayuntamiento de la ciudad, y se utilizaron como viviendas sociales para los más necesitados. Romano tuvo el final que merecía, y con su detención y encarcelamiento, libramos al barrio de un personaje indeseable. En cuanto a Raulín, solo estuvo preso seis meses, pero cuando fue puesto en libertad no tenía ya quien financiera sus maldades y abandonó el barrio, sin que sepamos todavía dónde se encuentra. Después de aquel suceso fui propuesto para un ascenso, pero a pesar de que aquella noche fui consciente de lo importante que fue mi contribución como policía en la solución de aquella injusticia, mi confianza en la justicia quedó profundamente dañada, por lo que no podía seguir haciendo mi trabajo con la necesaria convicción, y decidí, no sin gran pesar tras veinticinco años de servicio en este barrio, pedir mi jubilación del cuerpo. Pero había otro motivo más importante que mi frustración como servidor de unas leyes en las que ya no creía: ¡Margarita! Su floristería había progresado tanto que ella sola ya no podía atenderla. Necesitaba ayuda. ¿Y quién mejor que su propio marido? Así es que decidimos que había llegado el momento de unir nuestras vidas en matrimonio. Si el entierro del padre Serafín fue multitudinario nuestra boda no estuvo menos concurrida. Aunque en su mayoría eran modestos, tuvimos que ocupar una sala de la vivienda para depositar los numerosos regalos que recibimos. Fue otro día memorable. Margarita insistió en que no vestiría de blanco, porque se presentaba ante el altar con una hija de 10 años, pero yo la convencí de que esa no era una razón para no vestir de blanco. ¡Ya había hecho suficiente penitencia para ganarse este derecho! Así es que no escatimamos medios y pudo lucir un sencillo pero inmaculado vestido de novia blanco. Yo estaba profundamente preocupado por la reacción de Luisa. A pesar de que durante nuestro largo noviazgo yo traté siempre de comportarme como lo hubiera hecho su verdadero padre. Pero ahora era distinto, porque mi relación con su madre sería más íntima y Luisa podría sentirse desplazada. Por esa razón acordamos contener nuestras muestra de afecto hasta que Luisa estuviera segura de que su madre no había dejado de quererla como antes de nuestra unión. Solo sentimos que no hubiera sido el padre Serafín quien nos casara y nos diera su bendición, en su lugar el obispado dio la parroquia a un joven sacerdote de esta misma generación, por lo que no sabía nada de nuestro pasado, ni había oído hablar ni de Romano ni de Marcus. 19. La boda (Narradora: Margarita) ¡Aquel primer domingo de mayo de 1965 fue el día más feliz de mi vida! Por fin veía todos mis sueños realizados: tenía un marido de quien estaba enamorada (y desde luego que todavía lo estoy), una hija que era mi orgullo y una floristería que cada día tenía más clientes ¿Qué más podía pedir? Atrás quedaron enterrados y olvidados los malos años de sacrificios y de incomprensión de mis vecinos, claro que tengo que comprenderlos porque aquellos eran otros tiempos y otras mentalidades. Aquel luminoso día de mi boda entré en la iglesia católica tan ligera de cualquier remordimiento que hubiera podido hacerlo flotando en lugar de andando. Jacinto me convenció para que vistiera de blanco, el mismo color del precioso vestido de Luisa, que parecía ella la novia y no yo. Tengo que aclarar que mi marido pertenecía a la iglesia protestante, pero después de conocerme se convirtió a la católica. No solo porque yo pertenecía a esta iglesia, sino por su admiración por el padre Serafín. La ceremonia fue muy emotiva, y yo no pude evitar llorar de felicidad cuando le acepté por mi marido con esa hermosa frase con la que sueñan la mayoría de las mujeres «¡Sí, quiero!» Luisa ya era lo suficientemente mayor para entender lo que estaba pasando, pero mi pobre hija estaba sumida en una gran confusión, y era fácil leerlo en la expresión de su rostro, entre sonriente y asustada. Ella sabía que a partir de aquel día Jacinto ya no sería el amigo de su madre. No solo sería mi marido, sino también su padre y no sabía cómo debería comportarse. Pero Jacinto tuvo la paciencia y la habilidad de ganar su confianza y hacerla sentir lo que se esperaba de un padre. Jacinto era para mí el socio perfecto, el marido fiel y el padre responsable. Cambió el uniforme por el delantal de trabajo de jardinero, las esposas por las rosas y los geranios, los criminales y ladrones por los clientes, la comisaría por la floristería, la cárcel por el invernadero, el inspector—jefe por una esposa, y de regalo se encontró con una hija ya crecida, que le necesitaba. ¿Podía ser más feliz? No tardó mucho en aprender el oficio de jardinero, incluso parecía que las plantas que él regaba y cuidaba, crecían más robustas, florecían antes y se marchitaban más tarde. Las plantas debían sentir su energía positiva, porque no cabía otra explicación. Luisa ha llamado por teléfono a los que fueron nuestros testigos de bodas, Guido y Marcus, para invitarlos a la celebración de nuestras bodas de plata. ¡Veinticinco años de felicidad! No los he visto desde la boda de mi hija con Rodolfo, porque ahora no podemos llamarle «Rodolfito». Recuerdo cuando Marcus me dijo el día que me regaló los pendientes que compré en su bisutería para su primera comunión: «¡Antes de que te des cuenta, tu Luisa estará en edad de casarse!» ¡Y ya está casada sin que verdaderamente «me haya dado cuenta»!, porque el tiempo pasa como en un sueño cuando eres feliz y se eterniza cuando eres desdichada. Sí, el tiempo vuela, Jacinto acaba de cumplir setenta años y yo ya he sobrepasado los sesenta. Cuando me contemplo en el espejo siento que mi espíritu, que nunca ha sobrepasado los veinte años, está unido a un cuerpo que no es el mío. Solo Jacinto conoce mi secreto. ¡Para él sigo teniendo veinte años! Es triste envejecer, pero mucho más triste es envejecer con la sensación de haber malgastado los años sin haber hecho algo de lo que poder estar orgulloso, y yo no tengo motivos para estar triste. Por si la vida no me hubiera obsequiado bastante con un buen marido y una hija afectuosa, Luisa, me colmó de felicidad haciéndome la abuela de una encantadora criatura, Jesúa, que cuando tenía solo dos añitos ya sabía llamarme ¡«abuelita»! ¿Qué podría pedir más a la vida? Solo me gustaría pedirle que cuando me llegue mi hora de dejar este mundo, acepte la muerte con la misma entereza como he aceptado la vida. 20. El collar de perlas (Narrador: Marcus) Hoy he tenido la agradable sorpresa de una llamada de Luisa. Quiere que asistamos a la celebración de las bodas de plata de sus padres en el Café Central. Sigue teniendo el tono de voz de una niña, y pienso que en el fondo debe sentirse como cuando era entonces. Para los del barrio que la conocimos, Luisa será siempre la niña que premió a nuestro prodigio, Rodolfito, con un enorme ramos de flores y un beso tan tierno que no puede borrarse de nuestra memoria. La historia de este barrio esta unida por siempre a esa bella imagen. ¡Y de ese mágico momento hace ya veinticinco años! ¿Por qué el tiempo nos castiga deformando nuestro cuerpo cuando sigue intacta nuestra alma y las gratas imágenes de nuestros recuerdos? ¡Tiene que haber otra vida que resuelva esta enorme contradicción, donde el cuerpo y el alma sean eternamente jóvenes! Aquella memorable noche un ángel debió sobrevolar sobre nuestro barrio, ¡no hay otra explicación! Ese debió ser el ángel que nos trajo a las puertas del Café Central a un hombre justo, como solo nace uno entre un millón. Seguro que Calixto escribió en su mágico cuaderno el nombre de este cura para ser el embajador extraordinario de su fantástica Galaxia Central, que según la fantasía de esta persona libre, y que vive en otro mundo paralelo, gobierna sobre el universo. ¿Y si fuera verdad? Sí, yo también creo que alguien tiene que gobernar sobre todo el universo. Alguien que sabe cómo somos y cómo nos comportamos, y que está dispuesto a castigarnos o premiarnos según sea nuestros actos. Nos castigó con una guerra larga y cruel y nos volverá a castigar con otra guerra mucho más cruel y destructiva y que puede ser la última. Por eso Calixto busca diez hombres y mujeres justas, para que sean embajadores de la verdad y la justicia, y anuncien este posible apocalipsis final. Aquella noche mi vida dio un repentino vuelco. Linda quería saber si yo era su héroe. Alguien en quien poder confiar para cambiar de profesión y estar dispuesta a perder su libertad. Y fue ese gran párroco quién nos libró de un seguro fracaso. Linda encontró su héroe y, tal como se había prometido a ella misma, tenía una poderosa razón para aborrecer su profesión: su amor y admiración por mí. Esa noche yo fui su último cliente, y volvió a yacer en la misma cama donde la parca había forcejeado con ella para arrancarle la vida, pero ahora, la vida forcejeaba con la muerte para alejarla de nuestra cama. Lo que sucedió después fue sin duda el resultado de aquella mágica noche. El barrio se libró de Romano y parecía como si entrara en una nueva era, porque resurgió el entusiasmo y la ilusión por el futuro de antes de la guerra. Yo me había convertido sin buscarlo en un admirado y respetado líder, y con mi ejemplo de tolerancia les mostré el camino para una buena comunidad. Linda fue aceptada como un miembro de la comunidad tan respetable como los demás. En cuanto a mi modesto negocio de bisutería, no solo no perdí mi clientela, sino que aumentó de tal manera que cambié el negocio de la bisutería en una joyería, siguiendo la profesión familiar, con la aceptación de mis vecinos. Pero la joya más valiosas era, desde luego, Linda, el diamante en bruto que me había propuesto pulir. La invitación de Luisa me ha traído a la memoria el recuerdo de la pasión de María por uno de mis collares de perlas de imitación y mi propuesta de regalárselo a cambio de sus favores. ¡Su extraordinaria belleza perturbaba la mente de todos los hombres del barrio! ¡Qué afortunado consideramos a Guido cuando anunciaron su compromiso! Yo también celebraré pronto mis bodas de plata, porque Linda y yo tardamos un año en unirnos en matrimonio, el tiempo que tardé en cambiar de negocio, aunque aun tardaría un año en consolidarse. Un año después de aquellos sucesos, de nuestro amor nació Isabel, una niña que tendría por padre un imprevisto líder de barrio y por madre una honrada prostituta. Pero los tiempos y las mentalidades habían cambiado, y no tuvo que sufrir el rechazo moral que padeció la pequeña Luisa. Isabel fue una niña feliz porque se crio en el seno de una familia feliz, que había conocido la desdicha, y sabíamos lo que no debíamos hacer para evitar que volviera a ensombrecer nuestra felicidad. Pero la vida siguió su inexorable devenir, nos vino a demostrar que el tiempo es una viajero impenitente que no se detiene mucho tiempo en ninguna estación hasta que no llega a la estación terminal. 21. Mi héroe (Narradora: Linda) Yo solo tenía 8 años cuando estalló la guerra, pero no sabía qué sucedía. Solo recuerdo a mi padre tomarme en brazos y correr hacia el refugio. Después escuchaba los estruendos de las bombas caer en nuestro barrio, y todo el refugio temblaba como si lo sacudiera un terremoto. Tras cada explosión los niños llorábamos asustados, mientras los adultos trataban de calmarnos con caricias y palabras de consuelo. Mi padre me decía que aquello no eran bombas sino petardos, y que cuando terminase iríamos a la feria a divertirnos. Pero yo sabía que me engañaba, porque los petardos no hacían aquel aterrador estruendo. Seis meses después de comenzar la guerra, le movilizaron y nos quedamos solas mi madre y yo. Mi padre regresó al barrio dentro de un sencillo ataúd de pino pagado por el Gobierno que nos llevó a esa catástrofe. Mi madre todavía era joven y además atractiva, y conoció a un hombre con una buena posición, pero no le atraía ella sino yo. Mi madre era consciente de sus deseos, pero cuando la pidió en matrimonio nuestra situación era tan desesperada que tuvo que aceptar. La misma noche de bodas me forzó a que me acostara con él y yo no pude negarme, mientras mi madre permanecía en otra habitación llorando en silencio, pero resignada e impotente. Pero mi padrastro era generoso con las dos, y a ambas nos colmaba de regalos y se mostraba agradecido por la resignada tolerancia de mi madre. Pasado algún tiempo llegamos a aceptar aquella situación y su única preocupación era que yo no quedara embarazada. Apenas duró un año este irregular matrimonio, porque mi padrastro murió de un fulminante ataque al corazón, prácticamente encima de mí, cuando hacíamos el amor. En su testamento me dejaba a mí una pequeña fortuna, que debería tomar posesión cuando me casara, y a mi madre una modesta renta de un paquete de acciones que apenas le permitía sobrevivir. Yo pensé que podría ayudar si me buscaba otros padrastros generosos, y ella estaba tan acostumbrada a tolerar que me acostara con hombres maduros, que accedió, y así me inicie en la profesión de prostituta. Cuando cumplí diez y ocho años me enamoré del hijo de uno de mis clientes, a quién el padre hizo que le acompañara, porque quería que yo le iniciara en el sexo. Pero el hijo no era como el padre, sino un auténtico gigoló, del que me enamoré perdidamente. Yo era una ingenua y creía en el amor para toda la eternidad, y que mi amado gigoló no me traicionaría nunca. Por eso le informé sobre mi pequeña fortuna y la condición para disponer de ella. Mi amado gigoló no tardó ni 24 horas en declararme su amor eterno y pedirme en matrimonio. En menos de una semana ya estábamos casados. Pasamos la luna de miel en uno de los hoteles más caros de la Costa Azul y no escatimábamos a la hora de elegir los platos de las cartas de los restaurantes más reputados. Esa extravagante luna de miel me costó la mitad de mi herencia, la otra mitad no nos duró mucho más. Mi primer matrimonio duró lo que tardó en dilapidar mi herencia. Cuando conocí a Marcus ya no era una jovencita y estaba empezando a ser rechazada. Mi madre, consumida por su callado sufrimiento, no tardó mucho en seguir a mi padrastro. Así es que por entonces mis escasas ganancias solo me permitían vivir en un hotel de mala reputación en el peor barrio de la ciudad. Aquella noche en la que acepté al hijo de Romano como cliente, solo quería divertirse conmigo. Fuimos a un apartamento donde habían varias parejas, las mujeres eran todas prostitutas, y estaban celebrando una orgía. Raúl les proporcionó las drogas que necesitaban para animar la velada. Media hora después la orgía se volvió violenta, y las mujeres eran vejadas y maltratadas. El hijo de Romano se asustó, y decidió abandonar a sus violentos amigos, pero no sabía qué hacer conmigo. Pensó que si bebía una buena taza de café bien cargado me despejaría y podría deshacerse de mí esa misma noche, por eso nos dirigíamos al Café Central. El destino quiso que nos cruzáramos con Marcus. Yo podía escuchar su conversación, pero no era capaz de articular ni una palabra, por eso hice un gran esfuerzo y me abracé a Marcus. Desde ese momento supe que aquel era el hombre que podía librame de aquella pesadilla que estaba siendo mi vida. Pero estaba tan resentida que cuando desperté dolorida y confundida, no pude evitar pagar mi desesperación con el hombre que al parecer me había salvado la vida. Cuando me vi de nuevo en la calle, comprendí que había cometido un grave error, y regresé para dejarle al menos la manera en que podía encontrame, pero lo había tratado con tanta agresividad que no me hice ninguna ilusión de que me llamase. Creo que estuve llorando toda la noche. Al día siguiente comprendí que no me resultaría fácil salir de aquel círculo vicioso en el que se había convertido mi vida, del que no veía la forma de salir. No tenía profesión ni otros conocimientos que los de mi profesión y nadie me aceptaría conociendo mi pasado. Estaba atrapada, y había maltratado a quién podía ser mi salvación. ¡Afortunadamente, él me llamó. 22. Mi dulce María (Narrador: Guido) En mi familia somos libreros desde hace tres generaciones. Mi abuelo Guillermo fundó la primera librería en este barrio hace setenta y cinco años. El siempre decía que un libro era como la flor de donde surge un fruto, porque de los libros también surge el fruto. Siempre se aprende algo. También solía decir que el progreso de una comunidad se mide por los libros que lee. Una comunidad que no lee es como un niño que no juega: algo indeseable. Él quería poner su grano de arena para que nuestra comunidad progresara, y por esa razón abrió una librería. Pero también decía que el carácter y la personalidad de una comunidad se sabía por el género de libros que leía. En nuestro barrio eran las favoritas la poesía de los autores del Romanticismo. Como Heine, Goethe, Schiller, Hölderlin, pero también dramaturgos como Voltaire o Racine, y los libros de las grandes ideas que cambiaron el mundo, como Rousseau o Descartes. Yo seguí la tradición familiar y continué con la misma filosofía que mis antepasados, porque también pienso que un libro es el mejor amigo del hombre, si exceptuamos a los perros. Todos los que me conocían desde antes de la guerra me auguraban que la librería sería un rotundo fracaso porque creían que después de esta cruenta guerra los libros estaban condenados a desaparecer, porque ellos habían sido los principales causantes de las ideas que nos llevaron a la contienda. Me auguraban un nuevo «Mundo feliz», para después de la locura bélica, con una sola idea y cientos, miles o millones de variantes de la misma idea: ¡Beneficio! Los libros de librepensadores estarían rigurosamente prohibidos. Personajes históricos creadores de ideas revolucionarias serías removidos de sus pedestales y de los libros de historia. ¡Incluso la Biblia sería abolida! Apenas concluyese la guerra se haría una gran pira con millones de libros de soñadores e idealistas, y arderían en todas las plazas públicas del planeta. De esta manera, librándonos de las ideas y de los libros que las propagan, conseguiríamos, por fin, la hermandad universal en torno a un único dirigente, para un mundo sin complicaciones, sin controversias ni polémicas, sin nada que debatir o analizar. Los primeros en arder serían los libros de filosofia. Platón y Aristóteles serían considerados al mismo nivel que Marx y Engels; Sócrates como Lenin y Kant como Stalin. Ese era el mundo que vaticinaban los intelectuales cuando estaban en ruinas los museos, las escuelas, las bibliotecas y las iglesias. En ese ambiente pesimista contra los libros, yo aposté por ellos y abrí esta librería en el mismo lugar en que había estado la de mi abuelo, pero tuve que esperar a que se reconstruyera el edificio, porque, como muchos otros, había sido dañado por los bombardeos. El 2 de septiembre de 1945, cuando se firmó el armisticio yo acababa de cumplir 26 años. Estuve movilizado, pero no llegué a participar en ninguna batalla. Mi padre tenía una gran influencia en los dirigentes locales y consiguió un destino en Intendencia el tiempo que duró la guerra. María no había nacido. Yo llegué a conocer a su madre, de quién María heredó su belleza. La niña que llegaría a ser mi esposa, nació el último día del año 1946, cuando todavía estábamos conmocionados por la destrucción del ochenta por ciento de los edificios del barrio. Todo debía reconstruirse: Las dos iglesias, la biblioteca, la escuela de primaria, la enfermería. Algunas calles eran intransitables y en todas se amontonaban los escombros. No quedaba mucho tiempo para la lectura. En 1965, 20 años después, la vida en el barrio había vuelto a la normalidad e intentamos olvidar lo que habíamos dejado atrás. La barbería de Jonás estaba a dos manzanas de mi librería y vi crecer a María asombrado por su inusual belleza. Sentía celos de los niños que compartían sus juegos y lamentaba haber nacido veintisiete años antes que ella. Cuando María se hizo mujer y estaba en edad de contraer matrimonio, yo ya era demasiado viejo, y no me atreví a declararle mis sentimientos, y tuve que soportar verla acosada por media docena de pretendientes. ¡Nunca pude imaginar que esa niña llegaría algún día a ser mi esposa; mi dulce María. ¡Pero así se comporta el destino! 23. Un hogar entre libros (Narradora: María) No pasa un solo día sin que recuerde los sucesos de aquella noche en el Café Central. Sobre todo no puedo borrar de mi memoria la angustia que sentí cuando mi difunto padre tuvo el valor de impedir el arresto de Marcus y Linda declarándose culpable. ¿Qué iba a ser de mí si mi padre ingresaba en prisión? Esa fue la terrible imagen que me sobrecogió, pero al mismo tiempo rabiaba de indignación, porque sabía que él no era culpable. Si testificó contra esa mujer, que él desde luego no conocía, fue porque temía por lo qué sería de mí si nos desahuciaban. ¿Dónde podríamos ir? ¿Quién nos acogería? ¡Aquella angustiosa imagen le arrastró al perjurio! Él me había confesado lo que había hecho y las razones por las que lo había hecho, porque no podía soportar los remordimientos de su conciencia y necesitaba conocer mi opinión. Mi padre se debatía entre su sentido de la justicia y mi bienestar. Yo no dudé ni un instante de que su testimonio le hiciera a él culpable, sino que los culpables eran los que le habían obligado a cometer aquel delito. Si no hubiera sido por aquel santo de Serafín, él hubiera muerto en alguna prisión y yo no tendría otra alternativa que vivir de la caridad. No hay duda de que Dios lo tiene en el cielo, y entre sus favoritos. Pero aquella noche, que empezó con amenazadoras nubes de tormenta, finalizó con un sol radiante, porque tenía a mi lado el hombre que mi estado de ánimo y mi desolación estaba necesitando. Aquella noche el destino lo había preparado todo cuidadosamente. Trajo a mi lado a Guido, en cuyos brazos hallé el consuelo y la protección que solo un hombre bueno y honesto te puede dar. Eran muchos los hombres que me cortejaban, y yo no sabía por quién de ellos decidirme. Pero aquella noche se despejaron todas mis dudas: aquel hombre que me doblaba la edad era el elegido, no solo porque supo consolarme en aquellos críticos momentos, sino porque mientras me estrechaba entre sus brazos pude imaginar como sería mi vida junto a él, y desde ese momento sabía que sería mi futuro esposo. Yo tenía entonces tan solo 18 años, la edad adecuada para el primer amor y la providencia quiso que también fuera el último. Tal vez fuera por causa de las presiones que había tenido que soportar, a mi padre le diagnosticaron una enfermedad incurable, y murió un año después. No vivió para verme casada, ni por supuesto, llegar a conocer sus dos nietos, Marta y Sergio, a quienes no dejo de hablarles de su desconocido abuelo. Cada tres o cuatro meses visitamos su tumba para depositarle un nuevo ramo de flores. Costumbre que espero que sigan mis dos hijos cuando yo vaya a hacerle compañía. A pesar de nuestra diferencia de edad, todos aprobaban nuestro noviazgo, pero secretamente los hombres le envidiaban, porque yo era la mujer más deseada del barrio. Pero yo nunca presumí de ser una mujer bella, porque era mi belleza lo que pervertía a mis apasionados admiradores. Incluso Marcus llegó a insinuarme que me deseaba. Yo nunca les di motivos para provocar sus deseos, y muchas veces hubiera deseado perder mi atractivo y pasar desapercibida, pero otras me sentía halagada y orgullosa de mi belleza. Ese era el regalo que reservaba para quién robara mi corazón. ¡Y Guido fue ese afortunado! Solo había algo que nos distanciaba: Yo no tenía el hábito de la lectura, porque apenas disponía de tiempo libre ni dinero para comprarlos. No iba a serle de gran ayuda en su librería, pero sabía cómo crear todo lo que es necesario para convertir un desordenado piso de soltero en un hogar limpio y acogedor, que era lo que Guido estaba necesitando. Acordamos celebrar nuestro enlace en la primavera de 1967, un año después de la muerte de mi padre. El tiempo que parecía justo para respetar su duelo. La iglesia católica del barrio estuvo muy ocupada ese año, porque se celebraron tres bodas casi por las mismas fechas, la de Margarita y Jacinto, la de Marcus y Linda y la mía con Guido. No hay duda de que la más sonada y controvertida fue la de Marcus y Linda. Ella no se casó de blanco, vestía un sencillo traje chaqueta de hechura clásica, porque para entonces había regalado a sus colegas todas sus prendas de su pasada profesión. No obstante las chismosas del barrio criticaron que se presentara vistiendo pantalones, como su marido, cuando es tradición que la novia lleve un vestido claramente femenino. Pero Linda era contraria a cualquier norma, y lo demostró en un momento tan señalado como el día de su boda. A pesar de todo, fue una boda sonada y todos nos divertimos en la fiesta que dio en los jardines de su casa. En cuanto a la boda de Jacinto y Margarita, en el barrio hubo total unanimidad: ¡hacían una gran pareja! 24. Mi Rodolfito es el alma del barrio (Narrador: Rodolfo, el carnicero) La historia de nuestro barrio estará siempre unida a la noche en que mi hijo Rodolfito ganó el concurso de jóvenes talentos de la televisión. Mientras nosotros disfrutábamos de su magnífica actuación, en el Café Central pasaban cosas que marcaron nuestra historia. Esa noche nos libramos de una sabandija y de su degenerado hijo. Pero lo que más nos emocionó no fue su éxito, sino el tierno beso de Luisa a nuestro hijo, que selló su unión. Yo siempre deseé que Luisa fuera de nuestra familia, porque sentía una gran admiración por Margarita. Esta extraordinaria mujer sacó adelante su hija con el rechazo de todo el barrio, y al final ha tenido la recompensa que merecía. El día que anunciaron su compromiso yo no fui capaz de trocear un solo filete en condiciones, de lo emocionado que estaba. Siempre temí que mi Rodolfito fuera seducido por una mujer que no fuera capaz de comprender su gran personalidad, y sabía que Luisa era la mujer ideal para él, porque también era una niña excepcional. Cuando mi mujer y yo nos dimos cuenta de que era un niño prodigio, no sabíamos cómo educarlo. En realidad él nos educó a nosotros, porque decidimos cuando apenas tenía diez años que debíamos permitir que eligiera por sí mismo lo que deseaba hacer y nunca le forzamos a hacer algo en contra de su voluntad: él sabía mejor que nosotros lo que quería; y nosotros no podíamos hacer otra cosa que apoyarle en todas su decisiones. Creo que hicimos lo correcto, y él nos lo agració con las muchas alegrías que nos dio desde aquel memorable concurso. El día de su boda no había un solo vecino que no pasara por la carnicería para felicitarnos y traernos algún regalo para los novios. Mi pobre mujer, que en paz descanse, no llegaría a verlos casados, porque, como sucede con frecuencia, las buenas personas tienen el corazón debilitado por ser tan generoso y compartido. Ella lo tuvo tan grande como su generoso cuerpo, y por ambas razones dejó de latir cuando Rodolfito, con solo veinte años, entró a formar parte de la orquesta de Cámara de la ciudad. Esa fue la última alegría que su débil corazón pudo soportar. Si hubiera esperado cinco años más hubiera podido tener en sus brazos a Linda, nuestra nieta, pero que si existe el cielo, ella debe estar allí, y es posible que pueda ver a su nieta e incluso que esté a su lado, como su ángel de la guarda. Le pusieron el nombre de una exprostituta, porque esa mujer puso a prueba nuestra tolerancia y respeto por los seres humanos cuando nos ciegan los prejuicios. Todos tenemos alguna razón para hacer lo que hacemos. Hay que saber escuchar para poder juzgar. Todos hemos cometido alguna falta de la que nos arrepentimos. ¿Qué sería de este mundo si no se nos diera una segunda oportunidad para poder arrepentirnos y rectificar? Mi nieta Linda llevará ese bonito nombre con el orgullo de haber pertenecido a una mujer valiente, que supo aprovechar la primera oportunidad que le brindó el destino para rectificar, pero sin perder su dignidad. ¡Nos dio a todos una gran lección de moralidad! Yo pienso que es más grato a los ojos de Dios un pecador arrepentido que quien no cree necesario arrepentirse, porque cree no haber pecado, pero pecar es de humanos. Mi nuera quiere que deje mi casa del barrio y me vaya a vivir con ellos, para lo que tienen una habitación preparada para mí. Pero yo he nacido en este barrio y aquí quiero morir. Ya casi me he olvidado cuáles son las partes de una ternera, y ya no podría trocear ni un conejo. Camino ayudado con un grueso bastón capaz de soportar ciento diez kilos de carne vieja y sebosa, pero todavía soy capaz de llegar hasta nuestro parquecillo, donde me encuentro con otros amigos también jubilados y charlamos de mil temas distintos, pero que tienen siempre algo en común: ¡nuestros recuerdos! A nuestra edad y con nuestros achaques, vivir es simplemente recordar. 25. Chismosa hasta la muerte (Narradora: Adela, la panadera) En el barrio dicen de mí que soy una chismosa; que no pasa nada sin que yo me entere y se lo cuente a todo el mundo. Yo no lo niego, porque no creo que sea una cosa mala que la gente del barrio sepan lo que hace cada cuál, si lo que hace está mal hecho, para que sepan a qué atenerse y no se engañen. Alguien tiene que hacer esta labor, que yo creo que es importante. Ayer mismo me enteré de algo que todo el barrio debería saber. Sergio, el hijo de Guido y María, es un invertido sexual. ¡Ya me parecía a mí que era demasiado guapo para ser un hombre! ¡Es el vivo retrato de su madre! Imagino el disgusto de sus padres al saber que no es un hijo normal. ¡María no merecía esto! Pero no creo que ella sea la culpable, seguro que eso es culpa de Guido. Si estaba soltero hasta los cuarenta es porque no debía sentirse muy atraído por las mujeres, y si se casó con María debió ser por lástima de la pobre mujer. Si ha tenido hijos será porque María es muy atractiva, porque de otra manera no se explica. ¿Qué será de esta pobre criatura? ¿Cómo puede tener amigos sabiendo que es un invertido? ¿Y qué decir de las chicas? Es una lástima que un joven tan guapo no esté interesado por las mujeres, porque las tendría a todas locas por él, pero así son las cosas de la naturaleza. Aunque yo creo que los invertidos son el fruto de una mala educación, por no enseñarle a tiempo las cosas de la vida, y cómo funciona la naturaleza entre los hombres y las mujeres. En fin, ¡esta sí que es una buena noticia! También he sabido que Erasmo, el pastor protestante, está enamorado de Julia, la bibliotecaria, y eso que debe ser por lo menos diez años mayor que él, pero las cosas del amor no tienen edad. Me alegro por Julia, porque Erasmo es un hombre de una moralidad intachable, y no como otros... Pero son demasiado viejos para pensar en formar una familia. Yo creo que si finalmente se casan debe ser para no llegar a la vejez y no tener quien se cuide de ellos. Aunque los dos tendrán sus pensiones y no les faltarán cuidados. Con lo que no estoy de acuerdo es con que los servidores de Dios contraigan matrimonio. Porque pienso yo que las relaciones entre un hombre y una mujer no son puras, y no son apropiadas para quien debe estar libre de pasiones mundanas. En fin, Dios sabrá por qué lo permite, ¡pero yo no entiendo esta religión! ¿Y qué decir de la viuda de Romano? Esa criatura, que no habrá cumplido ni treinta años y estuvo enterrada en vida por su celoso marido se ha quedado en la calle, ¡que ni siquiera la casa en la que vive ya es suya! ¿Y quién puede interesarse por la exmujer del que fue el mayor sinvergüenza del barrio? Nadie, por supuesto. Pero corre el rumor de que Rufo, que hace ya un año está en libertad, la está cortejando en secreto. ¡No harían mala pareja, porque yo creo que ya se entendían cuando Romano aún vivía! Lo peor es que al barrio están llegando gente nueva que desconozco, en muchos casos extranjeros, que ni siquiera los entiendo, y los que conozco están abandonando el barrio y se van a vivir a las afueras, en bonitas casas con jardín, que es lo que está de moda. Tal vez nosotros deberíamos hacer lo mismo. La panadería hemos tenido que cerrarla, porque la gente nueva compra el pan en los supermercados que han abierto en el barrio. De todas formas ya no tenemos edad para llevar el negocio y Lucio ha preferido trabajar en una fábrica de las muchas que se han vuelto instalar en las afueras de la ciudad, que seguir con el negocio de la panadería. ¡Sí, este ya no es mi barrio ni es mi gente!El tiempo lo trastorna todo! ¡Cómo añoro los viejos tiempos en que todos nos conocíamos, cuando era fácil estar al día todo lo que sucedía en el barrio, ya fuera bueno o malo, que de todo hay en la viña del Señor! 26. El político pasa a la acción (Narrador: Lorenzo, maestro de primaria) Tengo que confesar que Julia fue el estímulo que estaba necesitando para pasar en política de la teoría a la práctica. Dejé a un lado las estériles charlas políticas de café para participar activamente en los debates en la Asamblea local, donde proponer proyectos y obras públicas que mejorasen la calidad de vida de nuestro barrio. Ella hizo que me sintiese capaz de afrontar nuevos retos y pasar a la acción, porque creía en mí. Me convenció para que presentará mi candidatura en las elecciones municipales de 1966, y saqué un acta de diputado de la Asamblea de la ciudad por el partido socialdemócrata. En aquel año el barrio carecía de los más elementales servicios públicos. Los ancianos estaban desprotegidos, carecían de lugares adecuados de reunión. No había ninguna residencia, centro social o programas de ayuda a domicilio. Los jóvenes no tenían dónde practicar sus deportes favoritos. Los propietarios de viviendas, como fue el caso de Romano, podían desahuciar a sus inquilinos cuando les parecía bien, sin ninguna compensación o muestra de compasión por los desahuciados. ¡Todo estaba por hacer y yo me sentía satisfecho con mi proselitismo de café! Julia tenía fama de ser una charlatana impenitente, pero lo cierto es que tenía suficiente energía como para regalar la mitad y todavía le sobraba para ella. Guido no era el hombre adecuado para su carácter. Tenía mentalidad de librero, que es lo mismo que decir, enterrado entre sus libros, sin tener el mínimo sentido de la realidad. Sin duda que la joven María era la mujer más adecuada para él. Creo que han sido una sólida pareja y han creado una pequeña familia bien avenida. He oído decir que piensan celebrar sus bodas de plata en el Café Central. Sería una entrañable velada si nos pudiéramos reunir todos los que estuvimos hace 25 años en el café la noche en que el niño prodigio de los carniceros ganó el concurso de jóvenes talentos de la televisión. Sería interesante ver como hemos envejecido. Hay quien envejece sin que se note en su expresión el paso de tiempo, porque siguen teniendo un espíritu joven, y quienes con la vejez son irreconocibles, porque no solo les envejece el cuerpo, sino también el alma. En todos estos años solo me he encontrado con Rodolfo, el carnicero, y la gran chismosa del barrio, Adela, porque asistieron a la inauguración del Centro Social para ancianos. Por ella supe lo de las bodas de plata de Jacinto y Luisa. A Rodolfo no me costó reconocerlo, porque es de los que tienen siempre un alma joven, pero el cuerpo había sufrido los severos rigores de la vejez. En cuanto a Adela, sigue tan chismosa como siempre, lo que la mantiene joven y activa. Los demás han dejado el barrio y deben vivir en zonas residenciales de la periferia. En alguna ocasión he pasado por la librería de Guido, pero no le he visto a él, porque debe de estar jubilado. La atendía un joven con un asombroso parecido a María. Es muy probable que sea su hijo. Lo único que lamento es que Julia no me haya dado un hijo, pero entre unas cosas y otras, se nos pasó la edad para crear una familia. Nos tenemos que conformar con Nico y Nica, una pareja de simpáticos Yorkshire Terrier. Las vida en el barrio ha cambiado radicalmente. Ya no es una comunidad capaz de movilizarse si se producía una injusticia con uno de sus vecinos, como sucedió entonces. Pero algo se está fraguando entre los jóvenes de esta generación y que puede terminar en una imprevisible revolución. Este nuevo impulso histórico viene de los Estados Unidos, como todo después de la guerra. Los movimientos pacifistas y por los derechos humanos, puede terminar en una insurrección popular de imprevisibles consecuencias. Yo siempre he pensado que esta generación de posguerra es la que debe traer los cambios necesarios para poner fin a esta peligrosa política de bloques, y terminar con el imperialismo yanki. Pero también sería necesario que la Unión Soviética dejara de entrometerse en la soberanía política de los países satélites, porque de otro modo nunca terminará es peligroso enfrentamiento. Todo es demasiado confuso y cada vez se entiende menos lo que está pasando realmente. Por eso he llegado a la conclusión de que lo más realista es trabajar en las bases de la sociedad civil, y si todos hiciéramos lo mismo, tal vez podríamos cambiar realmente el mundo. Es en las bases donde se puede ver con más realismo y crudeza los problema de la gente y sus posibles soluciones. Ningún político que esté pensando en arreglar el mundo desde su despacho de un Ministerio puede saber lo que en realidad es necesario hacer y lo que no. 27. Un compañero con ambiciones (Narradora: Julia) No fue un capricho el que abandonase a Guido y me uniese a Lorenzo. Guido era un buen hombre, pero con mentalidad de padre de familia acomodado, que finalmente es en lo que se ha convertido. Pero creo que el mundo no lo arreglan los conformistas, sino los comprometidos con alguna causa en beneficio de su comunidad, y a esos hombres son a los que debemos apoyar y estimular. Yo no soy de izquierdas ni de derechas, porque creo que solo hay una tendencia política: la que sirve con honestidad y sentido común al bienestar de su comunidad. Si eso es de izquierdas yo no lo sé ni me importa. Lorenzo era desde luego una persona con inquietudes políticas, pero le faltaba más decisión para poner en práctica sus ideas, y esa fue mi labor. También yo sabía que Guido deseaba a la joven María, en quien probablemente vería la perfecta madre de sus futuros hijos y sucesores de la tradición librera de su familia, ambición de todos los hombres comunes de este mundo, por eso yo le abandoné, para dejarle el campo libre que él aprovechó apenas nos separamos. Yo nunca le hubiera dado esas satisfacciones mundanas, y no tenía ningún deseo de formar una familia. Con Lorenzo mi vida ha estado llena de estímulos y motivos para sentirme útil y necesaria. Entre los dos hemos colaborado para que en nuestro barrio se viviera dignamente, y para mí esto ha sido suficiente para justificar toda una vida. Pero no puedo negar que a veces me siento engañada y defraudada, porque la comunidad no agradece nuestros sacrificios y no valora el esfuerzo que hemos realizado. Los nuevos vecinos se han encontrado todo hecho y no saben que fuimos los de mi generación quienes lo hicimos. Cuando veo a una familia disfrutar de los parques que hemos podido recuperar de espacios que eran un montón de escombros, me siento reconfortada y creo que mi vida ha tenido sentido y ha compensado mi renuncia a formar una familia. Lorenzo piensa igual que yo. 28. Adivinar el pasado (Narradora: Aura, la adivina) Me he pasado la vida adivinando el futuro de mucha gente, pero no he sido capaz de adivinar el mío. Nunca pude ahorrar lo suficiente como para asegurarme una cómoda vejez y no he tenido más remedio que aceptar la caridad pública. Tengo que acudir cada día a un comedor de beneficencia y dentro de un mes no tendré otra opción que ingresar en alguna residencia, si es que me admiten, porque tampoco puedo pagar el alquiler tan elevado de mi apartamento. La gente se ha vuelto menos crédula y ya prácticamente no tengo clientes. He intentado ofrecer mis servicios en la calle, pero apenas he conseguido dos o tres clientes, y creo que más por compasión que por su interés sobre el futuro. No era éste el futuro que yo auguraba cuando me casé con mi segundo marido. Lo acepté porque con él me sentía más protegida y no dudaba de que tendría una vejez asegurada. Pero el destino quiso darme la espalda y ahora me encuentro sola y desvalida. En cierta manera, yo soy la única culpable, porque he tenido muchas oportunidades de rehacer de nuevo mi vida con alguno de los muchos hombres que han pasado por mi casa, pero ninguno me parecía bien, y del que me gustaba no tenía ningún interés por una echadora de cartas en la edad en que perdemos todos los encantos. Tampoco tengo amigos lo suficientemente generosos como para salir en mi socorro. Marcus se casó con su prostituta y ahora tiene un hogar y una familia. ¡Y pensar que fui yo quien le convenció para que fuera en busca de esa afortunada mujer! Guido también ha sabido asegurar su vejez y Jacinto tuvo la inmensa suerte de casarse con Margarita. ¡Como les envidio! Me gustaría volverle a ver y rememorar aquellos felices tiempos en que éramos lo suficientemente jóvenes como para despreocuparnos por el futuro, y antes de que me diera cuenta el futuro se ha convertido en presente. Más triste que la muerte es perder la esperanza, y a mí ya no me quedan motivos para la esperanza, ¡mejor estaría muerta, pero por desgracia antes de que suceda tendré una visión anticipada! ¡De nada me ha servido este extraordinario poder, que solo me ha traído desgracias! ¡Ya sólo deseo tener pronto esa visión! 29. El encuentro (Narrador: Darío, hijo de Aura) Durante veinticinco años he asumido que mi madre estaba muerta. Mis abuelos paternos me aseguraron que murió en el mismo fatal accidente en el que murió mi padre. Me aseguraron que estaba enterrada junto a su marido, aunque en su lápida no figuraba su nombre. También me dijeron que se llamaba Aura, pero solo sabía su apellido de casada, el de mi padre, pero no sabía cuál era el de soltera. Tampoco sabía nada de mis abuelos maternos. Yo no tenía motivos para creer que me ocultaban la verdad sobre mi madre, pero me extrañaba que nunca se hablara de ella, y que no existiera ni una sola fotografía suya, o algún objeto personal, algo que me permitiera hacerme una idea de cómo era. Cuando visitábamos la tumba de mi padre, llevábamos solo un ramo de flores y en sus rezos nunca les escuché pronunciar el nombre de mi madre. No había duda de que me ocultaban algo, pero cualquier intento de saber más de lo poco que sabía sobre ella terminaba siempre con la misma respuesta: «¿Para qué quieres saber algo más sobre tu madre si ya esta muerta?», y me daban a entender que no deseaban facilitarme más información. Si después de todos estos años la encontré en una residencia de ancianos, sumida en una profunda depresión, que la puso al borde de la muerte, fue por un hecho fortuito. Yo cursaba el último año de periodismo y tenía una evaluación para la que necesitaba hacer una entrevista a algún personaje de la década de los años sesenta. Como era tan solo un estudiante los grandes personajes de aquella década estaban descartados, por lo que tenía que encontrar alguien más accesible, pero con una interesante historia. Consulté en la hemeroteca de la Biblioteca municipal y me interesé por un artículo sobre un caso de perjurio con un inesperado final, y me pareció un buen tema para la evaluación. El cronista citaba como los principales implicados un tal Marcus y su amiga, Linda, que según él debía ser una prostituta. Llamé a la redacción del periódico local que había publicado la noticia y me hice pasar por un colega para saber si tenían algún dato personal de este personaje que me permitiera contactarle, pero no accedieron a darme ningún información sobre él. Pensé que tal vez alguien del barrio podía darme alguna información, y ese mismo día visité el lugar donde al parecer él fue un líder de una gran honestidad, pero a los pocos jubilados que encontré y pregunté por este personaje tan solo supieron contarme los sucesos de aquella noche en un popular café del barrio, pero ni un solo dato que me permitiera contactarlo. Ya estaba dispuesto a abandonar mi proyecto inicial y elegir otro tema, cuando pasé por delante de una librería, y supuse que tal vez tuvieran allí alguna información sobre esta persona. Me atendió un joven que me impresionó por su extraordinaria belleza. —¿Marcus? Sí, conozco un Marcus que fue el líder de este barrio en los años sesenta? —¿Y sigue vivo? —¡Naturalmente! —¿Puedes decirme dónde puedo contactarle? —Tal vez, pero ¿por qué tienes tanto interés en conocerle? —Deseo hacerle una entrevista sobre los sucesos en los que estuvo envuelto en los años 60. —¿Por qué no entrevista a mi padre? Él también participó de aquellos sucesos, eran muy amigos. —Ya he conseguido muchos datos sobre este tal Marcus, preferiría entrevistarle a él. —Comprendo, pero tengo que consultarlo con él, no sé si estará interesado en que le entrevisten. Le dejé mi teléfono y dos días después me llamó el mismo Marcus y quedamos en el Café Central esa misma tarde, donde podría entrevistarle, pero me advirtió que no respondería a preguntas que fueran muy personales y privadas. A la hora prevista nos encontramos en el café. Era un hombre con un aspecto saludable y jovial, a pesar de avanzada edad, y parecía estar encantado de que estuviera interesado en entrevistarle. —Me parece bien que los jóvenes estéis interesados por los de mi generación. Nosotros también fuimos jóvenes, pero la nuestra fue una juventud traumatizada por la guerra... Pero, no nos anticipemos, tú eres quien haces las preguntas. —No soy partidario de las entrevistas convencionales. Hábleme sobre usted como le parezca, yo iré tomando notas. —De acuerdo. Todo empezó cuando conocí a Linda, una prostituta. Aura, mi vecina, me aconsejo que... Cuando pronunció el nombre de Aura, yo tuve la impresión de que estaba hablando de mi madre. —¿Ha dicho usted Aura? —Sí, Aura se llamaba, era una desgraciada mujer con una triste historia. —¡Cuéntemela! ¡Y así fue como descubrí que mi madre no estaba muerta! Pero ni Marcus ni nadie del vecindario que la habían conocido sabían dónde se encontraba. Temí que ya estuviera realmente muerta, pero afortunadamente no figuraba en el registro de defunciones. Alguien del barrio me sugirió que solo una persona podía saber su paradero: una mujer que en aquella época regentaba la panadería del barrio, y que con toda seguridad la encontraría en el Centro Social de ancianos. Se llamaba Adela. Fue sin duda una paradoja del destino que aquella mujer, que había sido la mayor chismosa del barrio, fuera ella precisamente por su afición a los chismes, quién me ayudó a dar con su paradero, pero a cambio tuve que ponerla al corriente de la causa de mi interés por mi madre. —¿Así es que usted es el hijo desconocido de Aura, la adivina? ¡Qué gran noticia! Sí, muchacho, sé dónde está y ya puedo imaginar la alegría que le darás cuando la visites. Está recluida en un asilo de la Iglesia católica del barrio. Enseguida te doy la dirección, pero tienes que prometerme que volverás para contarme cómo fue el encuentro. —¡Se lo prometo, y espero que podamos venir los dos juntos! Fui a la residencia que me había indicado Adela, y cuando las hermanas supieron quién era, creyeron que se trataba de un verdadero milagro, porque mi pobre madre estaba ya al borde de la muerte. ¡Tal era su depresión! Fue una terrible impresión encontrar a mi madre postrada en una cama, lívida, con una terrible expresión en su rostro demacrado, como si estuviera contemplando un cadáver. —No ha comido nada desde hace una semana, no sé si te reconocerá, Ya está prácticamente en el otro mundo. —me comentó una hermana con un gran sentimiento de tristeza y frustración. Me acerqué a su cama y le estreché una de sus trémulas manos. —Madre, soy yo, tu hijo Darío! ¿Te acuerdas de mí? Pero ella no reaccionó. Tenía la mirada perdida en algún lugar de la habitación y parecía estar ausente. Las hermanas que contemplaban la emotiva escena intentaron hacerla volver a la realidad. —¡Aura, cariño, es tu hijo, que te ha encontrado! ¿No vas a decirle algo? Mi madre pareció reaccionar al escuchar la voz más familiar de la monja. Abrió los ojos desmesuradamente y exclamó, apretando cuanto pudo mi mano. —¿Eres tú, Darío..., mi pequeño Darío...? —Sí, madre, soy yo, y vengo a sacarte de aquí. Mi pobre madre por fin reaccionó, volvió su mirada hacía mí y rompió a llorar, pero esta vez de alegría. ¡Aquella habitación era un valle de lágrimas, porque todos llorábamos de alegría! Y así fue como recuperé a mi madre que mis abuelos paternos me habían hecho creer que estaba muerta. ¡Y lo hubiera estado de haber tardado una semana más en encontrarla! Tras aquel dramático encuentro, mi madre pareció volver a la vida. Recobró el color de su demacradas mejillas y tuvo suficientes fuerzas para levantarse y pasear por el jardín de la residencia, cogida de mi brazo. Las hermanas estaban maravilladas del cambio en tan escaso tiempo. Ella parecía sumida de un torbellino de pensamientos, porque deseaba hacerme un sinfín de preguntas sobre cómo la había encontrado y qué había sido de sus abuelos paternos. —Mis abuelos paternos no se han comportado con honestidad y eso habrá que arreglarlo, ¡Me dijeron que tú habías muerto en el mismo accidente de mi padre, pero yo siempre sospeché que no era cierto y que por alguna razón me ocultaban la verdad. —¡Me acusaron de ser una bruja y de haber provocado el accidente de tu padre, para quedarme con sus muchos bienes y juntarme con Marcus, quién creían que era mi amante... Solo porque vivíamos en el mismo edificio y yo solía mantener con el simples charlas de vecinos, algunas veces en su apartamento y otras en el mío, pero nunca hubo nada que ocultar entre nosotros, ¡aunque yo lo lamentaba! Acordamos que permaneciera en la residencia mientras yo arreglaba cuentas con mis abuelos. Tendrían que restituirle a mi madre sus derechos de herencia, y aun compensarla por el gran sufrimiento que le habían causado por su absurda acusación. De la noche a la mañana mi madre sería una mujer con una considerable fortuna, porque incluso mis desconsiderados abuelos debían de restituir todo el usufructo que consiguieron con los bienes de mi padre. ¡La batalla legal acababa de comenzar! 30. La sorpresa (Narradora: Roxy, esposa de Romano) Nadie sabe, ni siquiera la chismosa de Adela, que en vida de Romano yo mantenía relaciones íntimas con mi hijastro, Raulín, porque somos prácticamente de la misma edad. Romano nunca sospechó de nuestras relaciones, porque no podía imaginar que su propio hijo se acostara con su mujer. Yo no creo que Raulín sea una mala persona, pero el ejemplo de su padre no era precisamente inspirador, y se comportaba de aquella forma casi por complacerle. Cuando salió de la prisión ya no tenía su influencia y se propuso emprender una nueva vida, pero fuera de este barrio, donde se había ganado una merecida mala reputación. En todos estos años ha cambiado tanto en todos los sentidos que no creo que alguien del barrio lo pudiera reconocer. Ha pasado por todos los oficios: minero, peón en la construcción, repartidor de pizzas, taxista, hasta conductor de camiones, con los que ha recorrido toda Europa, porque su padre no se preocupó de que aprendiera un oficio digno, quería que fuese simplemente el sucesor de sus sucios negocios. Pero él ha salido adelante y con bastante éxito sin recurrir a las malas artes de su padre. Ahora es el propietario de una agencia de transportes y dueño de varios camiones que recorren Europa con sus mercancías. Pero está cansado y quiere vender la agencia y retirarse en algún soleado país del sur de Europa, y me ha pedido que le acompañe. Yo estoy decidida a irme con él, porque tal vez sea de las pocas personas que no han sido felices en este barrio. Los barrios no son paraísos, como los describen algunos nostálgicos, sino infiernos donde no es posible dar un mal paso sin que se entere todo el vecindario, porque la gente del barrio no tienen nada mejor que hacer ni mejor entretenimiento con qué divertirse que enterarse de las debilidades de sus vecinos, hablar mal de ellos a sus espaldas y sonreír cínicamente cuando dan la cara. No, a mí no me gustan los barrios. Si Raúl pudiera permitírselo, me gustaría terminar mis días alejada de la gente, de sus envidias y sus vanidades, en una pequeña casa de campo con la única compañía de los animales y las plantas, los únicos que no saben mentir, ni se entrometen en tu vida privada. 31. Las bodas de plata (Narradora: Margarita, la florista) A veces me pregunto qué es necesario hacer para llegar a celebrar las bodas de plata con el hombre con el que nos casamos, porque en 25 años suceden muchas cosas, y no todas son alegres y placenteras, también hay momentos de gran tristeza y dolor, incluso de aburrimiento y cansancio de tener siempre a tu lado la misma persona, de la que conoces cada gesto, cada palabra, cada caricia y cada milímetro de su cuerpo, incapaz de despertar pasiones. Para muchas parejas esto es motivo para su separación. Si tuviera una respuesta sería poco menos que Dios, porque no se puede responder a lo que no se entiende, ¡pero que se siente! No tengo las respuestas, solo tengo sentimientos que no encuentran las palabras que los justifiquen. Tal vez las tres palabras mágicas que lo explican sean: generosidad, sacrificio y lealtad. Generosidad para dar todo a tu pareja sin esperar nada a cambio; sacrificio para soportar con paciencia y dignidad los reveses de la vida, cuando las cosas no van bien en las relaciones y, sobre todo, ser fiel al compromiso de lealtad que distes en el altar. Pero hay algo más, tan profundo y escondido que tampoco tiene una razonable explicación: el amor. Pero ¿qué es el amor? ¡No lo sé, yo no soy filósofa! Es mejor que no le dé vueltas a este asunto o acabaré por quitarle su encanto. Luisa me ha confirmado que vendrán a nuestra celebración Guido y María, con sus dos hijos, Marta y Sergio, y Marcus y Linda, con su hija Isabel. Hubiera querido invitar también a Leopoldo y a Julia, e incluso a la chismosa Adela, pero no tengo sus números de teléfono y no he podido dar con ellos. ¡No me extrañaría que Adela estuviera informada de nuestra reunión! Siento grandes deseo de saludarles a todos, pero al mismo tiempo, sé que esta reunión será la confirmación de que nos hemos hecho viejos. Para nosotros ya no hay ilusión por el futuro, porque apenas nos queda futuro. Solo hay la esperanza de tener una muerte dulce y sin remordimientos. ¡Lo que no es fácil! Milagrosamente el Café Central se ha librado de la demolición y está igual que hace 25 años, solo han cambiado el mobiliario, pero sigue la misma decoración: Será como viajar en el tiempo. Llevaremos y encenderemos tres velas, una para cada uno de los que no nos acompañan, pero que los echaremos de menos: El padre Serafín, Ignacia, la madre de Rodolfo, y Jonás, el padre de María. Hemos llegado con algo de antelación y no vemos a ninguno de nuestros viejos amigos. Ahora hay una terraza al aire libre, y han abierto otros cafés en la plaza. Ya no circulan coches y es muy agradable sentarse en la terraza y dejar pasar el tiempo observando la gente, porque no hay mejor espectáculo que lo cotidiano. Hay varias mesas ocupadas con gente del barrio que no conocemos. Hemos reservado una mesa en el interior, pero nos quedaremos en la terraza hasta que lleguen nuestros invitados. Los primeros en llegar son Marcus, Linda y su hija Isabel, y al verlos no he podido evitar una mezcla de alegría y tristeza, porque me alegra volver a ver a mis viejos amigos, pero me entristece darme cuenta de que el tiempo no pasa en balde, y pasa su terrible factura. Marcus es un anciano, que camina apoyado en un bastón y Linda no le queda ni el menor vestigio de su juventud. Supongo que ellos se habrán llevado la misma impresión al vernos a nosotros, aunque seamos unos años más jóvenes. —Marcus, querido amigo, ¡no sabes la alegría que me da verte! ¿Pero qué haces con ese bastón? ¡Tú no lo necesitas, tienes un magnífico aspecto! —Querida Margarita, ¡tú sí que estás tan joven y guapa como hace 25 años!, pero yo soy ya un anciano achacoso, pero te agradezco tus elogios. ¡Para los buenos amigos no pasa el tiempo! —Linda no dejes que se haga la víctima, escóndele el bastón... Pero tú si que estás como cuando nos vinos la última vez, por la boda de Luisa. ¿Qué haces para estar siempre tan guapa? —Margarita, siempre serás una buena florista, porque sabes echar flores a todo el mundo. Ya no somos más que la sombra de lo que fuimos. Todos los espejos nos odian y no se portan bien con nosotras. —¡Pues esconde todos los espejos! —¡Es inútil, porque nos persiguen a todas partes! Pero Luisa no debe temerlos, porque ella sí puede verse reflejada sin sentir pánico. ¡Qué suerte has tenido Rodolfo! ¿O prefieres que te sigamos llamando Rodolfito? —Tú puedes llamarme Rodolfito, porque supongo que para ti yo sigo siendo aquel niño prodigio, el mejor amigo de Luisa en el colegio. Marcus y Jacinto se abrazan efusivamente. —¿Todo en orden, Marcus? —¡Por aquí todo en paz, Jacinto! —¡Cuántos recuerdos, y parece que hubiera pasado ayer! —Pero ahí viene Guido y María, con Marta y Sergio. Ese chico ha heredado la belleza de su madre. ¡Traerá locas a las chicas! —Querida María, si no fuera porque están los calendarios nadie diría que por ti han pasado 25 años. Siempre fuiste la mujer más guapa del barrio y sigues siéndolo, aunque tu hijo Sergio te sobrepasa. —Querida Margarita, yo puede que fuera la mas bella de cuerpo del barrio, pero tú eras la más bella de alma. —Bueno ya estamos todos, podemos entrar en el café, tenemos una mesa reservada. —No, no estamos todos, porque por allí viene Lorenzo y Julia. ¿Cómo se habrán enterado de nuestro aniversario? —¡Qué gran sorpresa, Lorenzo y Julia! ¿Cómo os habéis enterado de nuestras bodas de plata? —Querida Margarita, ¿Quién sabe todo lo que pasa en el barrio? —¡Adela! —¡Exacto! Ella nos informó durante una visita que hice al Centro Social de los ancianos del barrio. —¿Pero, cómo lo supo ella? —Se lo dijo un camarero de este café, que su padre frecuenta también el Centro Social. —¡Asombroso! Pero no sabes cuánto me alegro! Bueno entremos... —¿No esperamos a Aura? ¡Estará al llegar! —¿También Aura se ha enterado? —Sí, su hijo Darío la sacó de la residencia de ancianos y fueron a visitar a Adela para agradecele que le informara dónde estaba ingresada su madre, debió decírselo entonces. —¡Aquí están, madre e hijo! —Aura, esta vez la adivina ha sido Adela. ¿Cómo te encuentras? Yo te veo radiante. ¡Enhorabuena por haber recuperado a tu hijo! —¡Gracias a ti, Marcus! —¡Y a la providencia! —¿Falta alguien más? —¡No podía faltar la más importante, Adela! ¡Y ahí llega! ¡Debe tener más de 70 años y se mueve como una jovencita! ¿Qué nuevo chisme nos contará esta vez? —¡Mis queridos y viejos amigos, no sabéis cómo me alegra veros, y para demostrarlo os tengo reservada una gran sorpresa! Todavía falta alguien que debe de estar a punto de llegar. —¿Quién, Adela? —¡Raulín y su compañera Roxy¡ —¿El malvado Raulín y la exmujer de Romano juntos? —¡Sí, ellos mismos, pero es de buen cristiano perdonar a los arrepentidos. ¡Arrepentidos quiere Dios! Y ya está aquí, pero es irreconocible. Yo tampoco fui capaz de reconocerle cuando vino a visitarme para que le informara de dónde habían enterrado a su padre. —¡Y me lo dijo! Hola a todos, solo he venido para pediros disculpas por el daño que os pude causar en el pasado. Roxy y yo estamos a punto de coger un avión que nos llevará a Mallorca, donde hemos decidido retirarnos. —No, Raulín, somos nosotros los que debemos pedirte disculpas, porque gracias a ti yo conocí a Linda... —¡Entonces esto hay que bendecirlo! —¡Tú, Erasmo y Julia? ¿Estabáis aquí sentados y habéis escuchado todo? ¡No os había reconocido! —¡Os hemos estado escuchando con suma alegría! —¡Ahora sí que podemos entrar dentro! —¿No esperamos a mi hijo Lucio? No tardará en llegar con Carmen, su mujer española, y mi nietecita Lucía, ¡que espero que salga tan chismosa como yo! Nunca pude imaginar que en mis bodas de plata nos reunieramos todos los viejos amigos del barrio, pero gracias a la chismosa Adela, tuvimos esa alegría. Solo faltaban los muertos, pero estuvieron en nuestra memoria con las tres velas que encendimos cuando por fin entramos en el café y bebimos cervezas hasta marearnos. Fue una celebración muy entrañable! III. RECUERDOS 32. Recuerdos de infancia (Narradora, Luisa) Hay dos recuerdos que han marcado mi vida: El primero fue el premio que ganó Rodolfo en el concurso para jóvenes talentos, entonces solo era «Rodolfito», y el segundo la boda de mi madre con Jacinto. No podría decir cuál de los dos es el más importante. En el primero besaba al que llegaría a ser mi marido, en el segundo al que sería mi buen padrastro. Recuerdo que el ramo de flores que mi madre tenía preparado para que se lo entregara a Rodolfo después de su brillante actuación, me pesaba tanto que a punto estuve de caerme al subir al escenario. Me dijeron que le diera un beso después de darle ramo de flores, pero yo se lo hubiera dado igual sin que me lo hubieran dicho. Creo que aquel beso que le di marcaría nuestros destinos, porque Rodolfo me confesó más tarde, cuando estábamos prometidos, que él se enamoró de mí tras de ese inocente beso de una cría de diez años. Pero Rodolfo tenía ya la edad justa para sentir las primeras emociones del amor; el primero, y el más puro y sincero, que tuve la fortuna que fuera por mí. A pesar de ser una cría, Rodolfo era para mí un ser casi sobrenatural. Yo no le valoraba por su talento, sino por su delicadeza y simpatía. No solo era un niño prodigio para interpretar a Chopin con la maestría de un adulto, sino que también era un prodigio para manifestar sus sentimientos como un adulto. Por eso en el colegio le envidiaban y le maltrataban. Creo que solo yo comprendía esta faceta de su personalidad, porque yo también me vi obligada a madurar y comportarme como una adulta. Éramos dos adultos en un colegio de niños, por eso nos entendíamos tan bien. Yo sentía una gran simpatía por sus padres, tan bondadosos y sencillos. Siempre estaban sonrientes, arremangados, con aquel inmenso delantal de rayas verdes que cubría su generosa barriga, y parecían jugar cuando cortaban los filetes de ternera o despiezaban las costillas de un cerdo. Yo contemplaba estos magistrales cortes fascinada por su habilidad. Diría que los cerdos se dejaban sacrificar gustosos para que Rodolfo los pudiera despiezar de aquella manera. Fue una gran tragedia la muerte de mi suegra, Ignacia, cuando solo tenía sesenta y cinco años. Después de su muerte Rodolfo no pudo acercarse a un piano durante más de seis meses. Su madre había sido la que le había trasmitido el gen de la genialidad, pero siempre fue tímida para manifestarlo, y se fue al otro mundo sin que nos lo diera a conocer. Desde que murió su esposa mi suegro no ha vuelto a sonreír. Le hemos rogado que se venga a vivir con nosotros, porque es un anciano achacoso que necesita ayuda, pero él persiste en quedarse en el barrio donde tiene sus amigos, pero sobre todo sus gratos recuerdos. Este ya no es el barrio de mis padres. No quedan vestigios de la guerra. Todos los edificios han sido remodelados, muchos demolidos para construir modernos apartamentos. Ahora no es posible cruzar una calle si no es por un semáforo, porque el tráfico es muy denso. Ya no quedan prácticamente ninguno de los pequeños negocios que había entonces. Han abierto varias franquicias de alimentación, de ropa y baratijas chinas. La gente ya no se conoce, ni siquiera los que viven en el mismo bloque de viviendas. Antes era un barrio casi marginal, ahora es un barrio céntrico y muy caro, ocupado sobre todo por oficinas y profesionales jóvenes a quienes no les molesta esta agitación. Nosotros ya no vivimos en el barrio, porque no es el lugar adecuado para una familia. Ya somos tres los miembros de esta pequeña familia, y en la próxima primavera seremos cuatro, porque, si Dios lo quiere, nacerá Linda. Sí, ya tiene nombre, el de una extraordinaria mujer. Y sólo le pido a Dios que se parezca a ella, ¡aunque solo sea un poco! Nos hemos trasladado a una zona más tranquila de la periferia. Nuestra casa está solo cien metros de la de mis padres. Los dos tenemos un pequeño jardín. Mi padre, a pesar de sus 70 años recién cumplidos, sigue apasionado por la jardinería y el suyo es más que un jardín, es un espacio personal para la añoranza. Pasión que comparte con mi madre, por lo que en su casa no hay espacios donde no haya una planta. Sus flores favoritas son, por supuesto, los jacintos y las margaritas. Es de un efecto asombroso el contemplar los jacintos, posiblemente las flores más delicadas y bellas de la naturaleza, junto con las resistentes y sencillas margaritas. Pero creo que es así como son ellos dos! Cuando Dios los quiera llamar, solo tendré que hacer crecer en mi propia casa jacintos junto con margaritas, para que estén siempre cerca de mí, ¡Espero que tarde muchos años en plantarlas en mi hogar! Solo hay una sombra en mi vida: mi verdadero padre, porque nunca supe quién era ni por supuesto llegué a conocerlo. Mi madre tampoco sabe qué será de él, porque era un soldado ruso que conoció durante la guerra. Solo sé de él por lo que me cuenta mi madre, que era muy apuesto y culto, porque siempre llevaba un libro en su macuto. Yo entiendo a mi madre y no la censuro, porque la vida no es lo mismo en tiempo de paz que durante una guerra. En esas circunstancias no se puede hacer planes para el futuro, porque puedes morir al día siguiente, solo se trata de vivir el momento como si fuera el último día de tu vida. Aquel soldado prometió que después de la guerra, volvería para reunirse con ella, pero nunca regresó. Es probable que cayera muerto durante la guerra. Si es así, espero que ¡descanse en paz! 33. Isabel recuerda (Narradora: Isabel, hija de Marcus y Linda) Hasta que cumplí siete años no supe que mi madre había sido una prostituta. Pero a esa edad no podía hacerme una idea de lo que era una prostituta. No lo supe por mis padres, sino en el colegio. Teníamos que hacer una redacción sobre nuestro padres: cómo se llamaban, dónde trabajaban, cuál era su profesión, dónde habían nacido, qué habían estudiado, etc. Yo apenas sabía que mi padre era joyero y que mi madre atendía los clientes, y poco más. Así es que no sabía qué escribir. Mi compañero de mesa era el hijo de un panadero, y parece que su abuela era la chismosa del barrio, por lo que estaba al corriente de la vida privada de todo el vecindario. Como estaba angustiada por mi falta de ideas, le pregunté qué había escrito él sobre los suyos, porque ya había rellenado media cuartilla. Cuando le dije que yo no sabía qué escribir sobre mis padres, el creyó ayudarme revelándome la profesión de mi madre, que lo había escuchado de su abuela: «Mi abuela dice que tu madre fue una prostituta». Yo le pregunté si él sabía lo que era una prostituta, pero se encogió de hombros, porque también él ignoraba lo que significaba. Así es que yo escribí en la redacción: «Mi madre fue una buena prostituta», y entregué la redacción a mi maestra. Al finalizar la clase, la maestra me llamó y me pidió que esperase a que salieran los alumnos, porque deseaba hablar a solas conmigo. Fue entonces cuando comprendí el significado, y regresé a nuestra casa sumida en una gran confusión emocional. Mi madre no parecía haber sido capaz de haber llevado esa forma de vida. Pero yo no me atreví a contarle lo que me habían dicho sobre ella en el colegio. Pasé unos días horribles, y cada vez que veía a mi madre no podía evitar verla como me la habían descrito en el colegio. No pude seguir soportando esa angustia y, por fin, un día me atreví a hacerle a mi padre la pregunta que me angustiaba: «Papá, ¿es verdad que mamá fue una prostituta?». Mi padre comprendió que no valían evasivas, tenía que responder a mi pregunta con la claridad necesaria para que yo lo entendiera. «Sí, me dijo, tu madre fue una prostituta, pero no debes avergonzarte por eso, porque todos los adultos de una u otra manera nos prostituimos. Ella al menos no lo ocultaba, porque era una prostituta honrada». Y quedé convencida de que la prostitución también era una profesión honrada. Aunque la verdad es que por entonces yo tampoco sabía lo que significaba la honradez. Mi madre no supo que yo conocía su pasado hasta que no cumplí catorce años. Fue un secreto acordado entre mi padre y yo. Lo supo un día en que mirábamos juntas el álbum de fotos de la familia. Mi padre guardaba fotografías suyas de antes de la guerra, pero no había ni una de mi madre hasta que conoció a mi padre. «Mamá, —le pregunté extrañada— ¿por qué no hay fotos tuyas de niña como tiene papá?». Ella quiso responder con una evasiva, porque debía temer que yo conociera su pasado. Pero creyó que había llegado el momento de sincerarse conmigo: «Hija, todas mis fotos de niña ardieron durante la guerra, y las que tenía de joven no eran muy decentes, porque tienes que saberlo, tu madre...», «¡Fue una prostituta!» le interrumpí yo. «¿Entonces, tú lo sabías?» «Sí, desde hace cuatro años. Papá me lo dijo, pero no estés avergonzada. Papá también me dijo que eras una prostituta honrada, ¡por eso se casó contigo!» Desde aquel día mi madre y yo estuvimos mucho más compenetradas, porque ahora ya no tenía nada que ocultar sobre su pasado. Mi padre, que no sin razón era el líder moral del barrio, supo cómo revelarme su pasado sin causarme ningún trauma, porque él hizo suya la doctrina cristiana que responsablemente profesaba: «Quien esté libre de culpa que arroje la primera piedra». Mi madre no era más culpable que los demás, porque todos somos culpables en un mundo es que no es posible la inocencia ni la honestidad. Yo educaré a Eloísa con los mismos principios que he aprendido de mi admirable padre. No se trata de ser cada día más bueno, sino ¡menos malo! Pero sobre todo, que en todas las profesiones, incluida la prostitución, se puede ser honesto, y en otras, como la abogacía, se puede ser deshonesto 34. Mis padres (Narradora: Marta, primera hija de Guido y María) Yo no heredé la belleza de mi madre, porque me parezco más a mi padre, pero mi hermano, Sergio, es su vivo retrato. Tan guapo es que apenas cumplió los 14 años y aceptamos que era homosexual. Mis padres sabían desde mucho antes que Sergio tenía el comportamiento de un homosexual, por eso no fue una sorpresa cuando lo hizo oficial. Yo también sabía que era homosexual, porque cuando le preguntaba sobre cómo iban sus conquistas con las chicas del colegio, me contestaba con evasivas. Me parecía increíble que con su atractivo físico no trajera locas por él a la mitad de las chicas del colegio. En cuanto a nuestro juegos, solo eran parodias para divertirnos. Gracias a la tolerancia de mi madre y la callada resignación de mi padre, Sergio no tuvo que sufrir el doloroso trauma de los homosexuales dentro de las familias que presumían de una gran integridad moral. Sergio pudo vivir su inclinación sexual con la misma naturalidad que un heterosexual, aunque también tuvo sus momentos de incomprensión y rechazo. De estos primeros años de mi infancia guardo una impresionante imagen de la tolerancia y la comprensión de nuestra querida madre. Ella comprendió que su guapo hijo no rompería el corazón de ninguna mujer. Un día entró en nuestra habitación cuando estábamos jugando a nuestro juego favorito. Sergio vestía mis ropas y yo las suyas. Mi madre, que al igual que mi padre y yo, nunca entendió cómo era él en realidad, no se inmutó, al contrarío, como a mí, a ella también le divertían sus parodias. De pronto cogió a Sergio de la mano y le dijo: «¡Pero bueno, Sergio, juegas a ser una señorita y no estás maquillada!». Así es que fue a buscar su pintalabios y le pintó los labios a mi sorprendido hermano. No era ese el gesto que le identificara, porque Sergio no era un travestí, pero estaba tan emocionado que se abrazó a mi madre y rompió a llorar, porque aquel día comprendió que mi madre le había aceptado y le quería igual que si hubiera sido heterosexual. Todavía hoy me emociono cuando recuerdo aquella entrañable imagen de nuestra buena madre. En cuanto a mi padre, yo sé que fue un duro golpe conocer la inclinación sexual de Sergio. Como es natural, le hubiera gustado tener un hijo con quien poder relacionarse con su misma inclinación sexual. No era sencillo ponerse en el lugar de su hijo y aceptar que hablaba con un hombre que no sentía ninguna atracción por el sexo femenino, y creo que dejó este mundo sin poderlo entender. En cuanto a mí, por ser la primera en nacer, yo sabía que mi padre hubiera deseado que fuera un niño, por eso a veces me comportaba como si lo fuera, solo para complacerle. Pero una vez superada aquella extraña adolescencia, me definí claramente como mujer, lo que fue una gran alegría para mi padre, que vio en mí la esperanza de ser algún día un afectuoso y tolerante abuelo. Y no tardaría mucho en ver consumados sus sueños. Mis padres eran íntimos amigos de Marcus y Linda, y el que fue el policía del barrio y jardinero después de casarse con Margarita, Jacinto. Todos estuvieron envueltos en los sucesos que les unieron por culpa (aunque debería decir, gracias) de un malvado personaje que murió en prisión, después de intentar inculpar a inocentes por el delito que había cometido su hijo. Solían reunirse con bastante frecuencia en el Café Central, que todavía existe, para conmemorar el feliz desenlace de aquellos acontecimiento. Yo solía acompañarles y en una de estas reuniones conocí a Jesúa, el hijo de Margarita y a su hermanastra, Luisa. Por entonces él era un adolescente que había heredado el buen carácter de su madre y el buen juicio de su padre, pero sobre todo, era un atractivo joven de figura atlética, con una abundante melena rubia, una medio sonrisa encantadora y unos modales educados pero impetuosos y de temperamento activo, y fue en esa reunión cuando yo me definí sexualmente sin la menor sombra de duda, porque me sentí atraída irresistiblemente por aquel apuesto y, sobre todo, atractivo adolescente. Durante el regreso a nuestra casa le hice a mi padre mil preguntas sobre la familia de Jesúa y el comprendió enseguida que yo estaba enamorada de su hijo. No pudo evitar mostrame su satisfacción por la noticia y me dijo: «Marta, ¿te has enamorado de su hijo, Jesúa?» Me sorprendió su pregunta tan directa e inesperada, pero no pude negarlo, y asentí con un tímido y avergonzado gesto afirmativo de cabeza. «¡Pues eso tenemos que celebrarlo!». Y entramos en una heladería, ¡donde yo me deleité con un gigantesco helado de fresa, el más delicioso que he degustado jamás! Mi padre no ocultaba sus preferencias por mí, y, aunque no lo demostrara abiertamente, no sentía el mismo afecto por mi hermano. Desde que supo mis sentimientos por Jesúa, puso todo su empeño en conseguir que nos uniéramos en matrimonio lo antes posible. Pero aún tardamos algunos años en hacer realidad sus sueños. Cinco años después yo me unía en matrimonio con Jesúa, y dos años más tarde mi padre vio colmados sus deseos de tener un nieto y posible sucesor de la tradición de libreros de la familia. Por su amistad con otro de sus grandes amigos, me rogó que pusiéramos a mi hijo el mismo nombre del líder histórico del barrio: Marcus, que yo aprobé sin la mínima objeción, pues tenía la impresión de que aquel nombre sería el adecuado para un futuro gran hombre, como fue el original. 35. Yo soy homosexual (Narrador: Sergio, segundo hijo de Guido y María) Yo he tenido la suerte de tener una madre maravillosa, porque puedo imaginarme el sufrimiento de quienes no pueden manifestar abiertamente, al menos dentro de su familia, su homosexualidad. Nadie que sea heterosexual puede imaginarse la terrible lucha interna que debemos soportar los que tenemos esta orientación sexual. En tiempos de mis padres éramos considerados pervertidos, perseguidos por las leyes y despreciados por todos. Afortunadamente, no sin enconados enfrentamientos, que en demasiadas ocasiones se volvían violentos, las cosas fueron cambiando, aunque todavía hay mucho que luchar para que se nos acepte plenamente como personas y no como delincuentes. Yo supe que era homosexual cuando solo tenía doce años, el día en que asistí a una fiesta de cumpleaños de un compañero de mi colegio. Fue una fiesta muy concurrida y abundaron toda clase de golosinas. Cuando dimos buena cuenta de ellas, los padres nos propusieron un juego que consistía en acertar adivinanzas y quien fallaba pagaba una prenda y quien acertara tenía un premio. Los niños son muy imaginativos para elegir las prendas, que suelen ser ingenuas formas de iniciarse en el complicado mundo de los sentidos. Cuando me tocó a mí responder acerté la adivinanza, porque era fácil de responder: «Adivina, adivinanza, ¿Qué esconde el rey en la panza», y el premio fue besar a quién más me gustase. Todas las chicas esperaban ser ellas las elegidas, porque ya por entonces era evidente mi atractivo físico. Pero todos se quedaron boquiabiertos cuando, sin dudarlo un instante, me dirigí hacia uno de los asombrados chicos, el que más me gustaba de los de la fiesta. Yo no pensé en las consecuencias, porque fue una decisión espontánea y natural en mí, pero a partir de ese momento no cesaron los rumores sobre mi posible homosexualidad. Tan solo fue el primer síntoma que me advertía de mi inclinación sexual; aún tardaría dos años más en ser plenamente consciente de mi homosexualidad, cuando creía estar enamorado de cualquier compañero de clase que se mostraba amable conmigo. Los juegos a travestirnos con mi hermana, que tanto inquietaban a mis padres, no era más que un juego, porque yo nunca me he sentido indentificado con una mujer, para mí era una forma creativa y teatral de jugar. Yo sabía que mi padre esperaba que yo me comportara como un chico heterosexual; que tuviéramos alguna conversación de padre a hijo para iniciarme en el conocimiento de la sexualidad desde el punto de vista de un heterosexual. Pero pronto se dieron cuenta de que sus esfuerzos eran inútiles, porque comprendieron que yo rechazaba los encantos de la atracción femenina y me sentía inclinado por los de los hombres. Para probarme que lo aceptaba, mi madre me pintó ella misma los labios un día que entró en nuestra habitación cuando mi hermana y yo jugábamos a travestirnos. Tampoco mi madre, a pesar de su buena voluntad y empeño, comprendía que yo no me sentía mujer, y que aquello no era más que un juego, simplemente no sentía atracción por ellas. Me causo tal sorpresa y emoción que me puse a llorar como un tonto. Pero nadie puede imaginarse la felicidad de contar con la aprobación de tu propia madre de tu homosexualidad. En cuanto a mi padre, nunca hablamos abiertamente de este tema, pero sabía que me aceptaba resignado tal como era, y respetaría las decisiones sobre mi futuro que llegaría a tomar más adelante. Pero tuvo muchas reticencias en invitar a nuestra casa a mi primer novio oficial, o cuando decidimos contraer matrimonio. Su tolerancia había alcanzado el límite de lo admisible, y en un principio se negó en redondo a bendecir nuestra unión, en un momento en que por fin se había legalizado en nuestro país. 36. La conquista (Narradora: Marta, hermana de Sergio) Desde el día en que mi padre supo que yo me había enamorado del hijo de Jacinto y Margarita, todo fueron facilidades para que conquistara su corazón. Jesúa era impetuoso, pero extremadamente tímido con las mujeres. Era casi imposible entablar con él una conversación por trivial que fuera. No tenía ninguna oportunidad si no conseguía librarle de su timidez y mi padre ideó un plan que no fallaría. Jesúa se había aficionado a la pesca, igual que su padre. Mi padre alquiló un pequeño bungaló en las orillas de un lago próximo a nuestra ciudad, donde se permitía la pesca, pero también los baños. Era a mediados del mes de agosto, en plena canícula de verano. Mi padre invitó a Jesúa a pasar el día pescando en aquel lago en un día laborable en que no se esperaba que acudiera mucha gente. !Jesúa accedió sin saber lo que le esperaba! Ellos viajaron en el coche de mi padre y yo viajé en autobús sin que Jesúa lo supiera. Tuvieron una buena pesca y prepararon una barbacoa para asar los peces, pero antes de poner los peces en el asador, mi padre propuso a Jesúa que les vendría bien darse un baño y refrescarse un poco antes de la comida, ¡pero no habían traído trajes de baño! El lugar estaba solitario y mi padre sin ninguna vergüenza se desnudó completamente y se metió en el agua. —Vamos, Jesúa, anímate. Aquí no te verá nadie, puedes bañarte desnudo. El pobre Jesúa no quiso desairar a mi padre y que creyese que sentía vergüenza, así es que se desnudó y visto y no visto, entró a toda prisa dentro del agua. Entonces aparecí yo con un delantal, como si estuviera al cuidado de la barbacoa, poniendo los peces en el asador, y les grite: —¡Papá, Jesúa, los peces estarán listos en 10 minutos. No vayáis a coger frío dentro del agua! Mi padre intentó justificar mi inesperada presencia. —Ah, Jesúa, no te lo había dicho, pero Marta no pudo venir con nosotros en el coche y ha venido en autobús. Espero que no te haya molestado. ¡Tenía tantas ganas de salir de la ciudad que no pude negarme! El pobre Jesúa se le subieron los colores, que parecía un semáforo en rojo, porque sus ropas estaban junto a la barbacoa y tendría que salir desnudo del agua si no quería quedarse allí a pasar la noche, porque yo no me movería de allí hasta que no saliera. Primero salió mi padre, se secó tranquilamente haciendo algunos ejercicios y se vistió como si allí no pasara nada, mientras Jesúa empezaba a tiritar de frío, pero no se atrevía a salir. Yo le grité: —¡Vamos, Jesúa, sal ya del agua, que vas a coger frío y los peces ya están en su punto! No le quedó más remedio que salir de agua, pero cubriéndose tanto como le permitían sus dos grandes manos. Cuando se acercó a recoger su ropa yo se la alcancé, sujetando una prenda en cada mano, por lo que tuvo que mostrarse tal y como lo habían traído al mundo. Mi padre contemplaba nuestra cómica escena y exclamó: —Pero Jesúa, ¿por qué te avergüenzas de estar desnudo delante de una mujer. Todos nacemos desnudos del vientre de una mujer. ¿Si ellas no se avergüenzan, por qué tenemos que hacerlo nosotros? Aquel breve discurso hizo su efecto, y Jesúa nunca más se avergonzó al estar junto a mí! ¡Vestido o desnudo! Jesúa tiene un corazón noble, sin duda heredado de sus padres, y no se enfadó por la encerrona que le tendió mi padre, al contrario, desde aquel día nuestro trato se hizo más familiar y pronto nos sentimos tan cómodos juntos que más de una vez volvimos a aquel bungaló, pero solos los dos, y nos bañábamos desnudos. Así es que ya conocíamos todo sobre nuestros cuerpos, ya solo nos faltaba conocer todo sobre nuestras almas, lo que nos llevó algo más de tiempo. No puede decirse que Josúa estuviera enamorado de mí, pero que se acostumbró a mí de tal manera, que apenas nos separábamos y ya me añoraba. Si esto era o no amor, carece de importancia. Mi padre no podía estar más feliz al ver como progresaban nuestras relaciones, y empezó a hacer planes para la boda. Como yo soy de la iglesia protestante, la ceremonia la oficiaría Erasmo, y se celebraría en los jardines de nuestra casa. Entre los invitados estarían todos nuestro viejos amigos, incluida Adela, quien se encargaría de la publicidad y difundir nuestro compromiso por el barrio, sin que nos costara un céntimo. Cuando estuvo todo a punto, Jesúa y yo nos vimos envueltos en otra de sus ideas, porque ya lo había organizado todo, así es que no tuvimos otra opción que casarnos para que no se malograsen tantos esfuerzos. ¡Así nos unimos en matrimonio! Lo único que hicimos fue adelantar algunos meses lo que era evidente y que contaba con la bendición de nuestros progenitores, porque hacíamos una hermosa pareja. Tanto que después de la ceremonia alguien dijo. «¡Es la primera vez que asisto a la boda de dos ángeles 37. El pescador pescado (Narrador: Jesúa, hijo de Jacinto y Margarita) Mis padres siempre me hablaron con entusiasmo de sus amigos Guido y María. Ambos había estado envueltos en los sucesos del barrio en los años 60, por eso era frecuente verlos en mi casa, que no estaba lejos de la suya, o en otras ocasiones, en el histórico Café Central. Es por esto que conocí a su hija Marta. Era una joven de un carácter decidido y alegre. Desde el primer día en que la vi me cayó bien, porque nuestros caracteres eran muy similares, y me sentía como si la hubiera conocido de toda la vida. Pero por entonces mi timidez me impedía demostrarle mi afecto. Ella lo sabía y con la complicidad de su padre, me tendieron una trampa gracias a la que pude superar mi timidez. Siempre nos reímos cuando recordamos aquel suceso. Pero hay algo que nuestros padres desconocen y que yo nunca les he contado. Solo lo sabe Marta, y se lo dije después de que nos casáramos. En una de sus visitas le acompañaba su hijo Sergio, un joven extraordinariamente guapo, belleza que había heredado de su madre. Yo no soy homosexual, pero no pude evitar sentir admiración por su belleza y hacérselo saber. Pero él lo interpretó como si yo fuera también homosexual, y creyó que yo me había enamorado de él. Él sabía que yo acudía un día a la semana a un gimnasio del barrio para mantenerme en forma, y unos días más tarde nos encontramos en plena calle a la salida del gimnasio. Sin duda no fue casual, sino que él me estaba esperando. —¡Sergio, que sorpresa!, ¿qué se te ha perdido por este barrio? —Yo vivo aquí desde hace más de un año. No me gusta la paz de la casa de mis padres. ¡Todavía no estoy jubilado! ¿Te apetece una cerveza? —Sí, es una buena idea. —Vamos entonces al Café Central. Hoy es un día agradable para sentarse en la terraza. Nos acomodamos en la terraza y pedimos dos cervezas. Sergio me dirigía extrañas miradas, como si se estuviera preguntando si yo era también homosexual. Algo debió de inducirle a pensar que yo lo era, porque de improviso me cogió una mano y me dijo casi como un susurro: —¿Te gusto? ¡Tú sí me gustas, eres muy atractivo! Yo me sentí terriblemente violento, pero no quería herir sus sentimiento y mi respuesta no pudo ser más ambigua: —Reconozco que eres un joven muy guapo, todo el mundo lo apreciaría sin que tenga que ser un hombre o una mujer. Me soltó la mano y debió comprender el sentido de mi respuesta, porque me dijo sin poder ocultar su frustración: —¡Estás enamorado de mi hermana Marta! Yo asentí con un leve movimiento de cabeza. —Sí, es una gran chica... Tienes mucha suerte... Yo no quería que hubiera ambigüedades en las relaciones con quien pronto formaría parte de nuestra familia, y me atreví a preguntarle: —Entonces, ¿tú eres homosexual? —Sí, lo soy, y creo que me he enamorado de ti, pero ya lo superaré. —¡Lo siento, Sergio, yo no puedo corresponderte, pero podemos ser buenos amigos. ¡Pronto seremos de la misma familia! —¿Te casarás con ella? —Esta misma primavera. Ya está todo acordado. Tu padre lo ha organizado todo. ¡Es una gran persona! —Sí, lo es. Tiene todas sus ilusiones puestas en Marta, ella le dará lo que tanto desea y que yo no puedo darle: un nieto. —¿Sabe tu padre que eres homosexual? —Sí, lo sabe y lo tolera, pero no tiene ningún interés por mí. Solo mi madre comprende mis sentimientos. Para mi padre es como si yo no existiera. No hemos tomado nunca juntos una cerveza como ahora tú y yo. Creo que se avergüenza de mí... —¡Lo siento, Sergio; comprendo tus sentimientos, pero creo que no debes juzgarle tan severamente. Sus ilusiones son comprensibles. Todos los seres humanos deseamos perdurar en nuestros descendientes... —¡Yo no; yo nunca tendré descendientes! —Sí, comprendo que tú veas las cosas de otra forma. Terminamos nuestras cervezas y me despedí de él con la sensación de que había conocido la otra cara oculta de la vida, la de los homosexuales. Sergio y yo somos buenos amigos, además de cuñado, y haría cualquier cosa por apoyarle y defender su derecho a manifestar su inclinación sexual sin que tenga que avergonzarse. Pero mi buena voluntad no era suficiente para Sergio, él esperaba que yo le hubiera correspondido. ¡Fue una terrible desilusión 38. Nuestra unión (Narradora: Marta, hija de Guido y María) No fue fácil convencer a nuestro antiguo pastor viajar más de 500 kilómetros para que celebrase nuestra unión, porque por entonces Julia y él vivían en otra ciudad, pero mi padre estaba empeñado en que fuera él quien bendijera nuestra unión aunque tuviera que ir él mismo en su busca. Todos los invitados fueron los previstos, los viejos amigos de mis padres y sus hijos, y alguno más que se había incorporado a última hora y que eran los vecinos de nuestra nueva residencia. Pero hubo una importante ausencia: mi hermano Sergio. Jesúa no me había contado lo que sucedió en la terraza del Café Central. Sergio no soportaba ver como su primer amor se entregaba a los brazos de una mujer, ¡aunque fuera su propia hermana! Se buscó la excusa de que debía asistir a un coloquio sobre literatura al que había sido invitado con antelación al anuncio de nuestra boda. Yo lo eché de menos, porque siempre habíamos congeniado y apoyado el uno al otro, pero aquello fue más fuerte que nuestro mutuo afecto. Mi padre era, sin lugar a dudas, el más feliz de aquella reunión, porque veía por fin su sueño consumado: ver a su hija casarse con el hombre que él deseaba, y creo que se alegró por la ausencia de mi hermano, porque seguía sin aceptar completamente y con todas sus consecuencias la homosexualidad de Sergio. Mi madre debía saber la verdadera razón de su ausencia, porque no parecía la madre feliz que asiste a la boda de su hija, y debía sufrir calladamente la ausencia de Sergio, tratando de imaginar cuál sería su estado de ánimo en aquellos momentos. Ella conocía los sentimientos de Sergio, y debía pensar que ella hubiera hecho lo mismo en sus mismas circunstancias. Después supe que había estado en la terraza del Café Central, en la misma mesa donde se reunió con Jesúa, bebiendo una cerveza tras otra hasta que los efectos del alcohol aliviaron su tristeza. Después se encerró en su apartamento, donde según me contó él mismo años después, estuvo al borde del suicidio. Pero no solo era por el fracaso de su primer amor, sino por todas las dificultades, incomprensión y rechazo que estaba sufriendo por su homosexualidad. Mi padre, a pesar de su buena voluntad, tardó mucho en llegar a entender cómo era su hijo en realidad. Solo unos meses más tarde, cuando Sergio pretendía casarse con su último novio, se dio cuenta de su error, y sobre todo poco antes de fallecer, porque Sergio estuvo a su lado hasta que exhaló su último suspiro. Mi hermano no culpó a nuestro padre por su incomprensión, porque dados los prejuicios de su época, reconocía que había sido un padre tolerante. A pesar de todo, Sergio siempre sintió gran admiración y afecto por nuestro padre. 39. Un amor prohibido (Narrador: Sergio, hijo de Guido y María) Si cuando tenía 12 años descubrí mi inclinación sexual, a los 36 encontré, por fin, la persona con la que deseo compartir lo que me reste de vida. Por eso, y por otras razones más prácticas, estamos pensando en contraer matrimonio. Ya había superado la profunda depresión que me causó el fracaso de mi amor por Jesúa, y aun tuve otros amantes, que algunos acabaron en tragedia. Como el de un pintor con talento, pero totalmente desquiciado. Lo conocí visitando una exposición de sus últimas obras, porque la reseña que leí en la prensa estaba ilustrada con imágenes de torsos de hombres desnudos, lo que atrajo mi atención. Cuando el pintor me vio en la inauguración de la exposición, quedó prendado de mi belleza, que solo un artista sabe valorar. Casi sin darme tiempo a recorrer toda la exposición, se acercó a mí y, sin más preámbulos, me propuso ser su modelo. Yo me sentí profundamente halagado porque era un pintor de renombre y accedí sin la menor objeción. Apenas si esperó a que se cerrase la exposición y me invitó a ir a su estudio, para, según él, hacer algunos bocetos previos. Cuando entramos en su destartalado y sucio estudio, me sugirió que me desnudara, lo que hice sin sospechar que no estaba interesado en el arte, sino en mi cuerpo, e intentó abusar de mí. Yo reaccioné con violencia y tuve que hacer algunos destrozos en su estudio para librarme de él. Unos días después leí en los periódicos que se había suicidado, pero no fue por mi causa, sino porque padecía de una enfermedad crónica que le causó la depresión que lo llevó al suicidio. Mi violento rechazo debió de agravar su estado. Los otros amantes fueron menos agresivos, pero todos, hasta que conocí a mi compañero actual, que me salvó la vida cuando atravesaba una profunda depresión, terminaron en fracaso. Mis padres nunca supieron de mis aventuras amorosas porque por entonces yo vivía en el barrio. 40. El intento de suicidio (Narrador: Sergio, homosexual) Mikel, mi novio actual, me salvó la vida. Desde hacía más de un año éramos vecinos. El vivía en el apartamento que estaba encima del mío, por eso escuchaba prácticamente todos sus movimientos. También me enteraba de cuando recibía visitas, con las que solía divertirse hasta altas horas de la madrugada. Él era también homosexual, pero no me resulta atractivo, pero él si se había sentido atraído por mí desde el primer día en que nos conocimos. Era un buen vecino, antes de los sucesos de aquella noche nos habíamos encontrado en numerosas ocasiones en la escalera o en el ascensor, y su comportamiento siempre era cordial y exageradamente educado. El pretendía llamar mi atención pero yo no estaba interesado por él, al menos en aquellos difíciles momentos. Nunca entraba el primero en el ascensor; me abría la puerta de la calle para que pasara yo el primero. No se olvidaba de desearme un buen día o un buen fin de semana cuando nos encontrábamos. El mismo día que ocupé mi estudio, bajó a saludarme con una botella de vino de regalo, como señal de bienvenida, y en numerosas ocasiones me ha recordado que como buenos vecinos le pidiese ayuda si alguna vez y por la causa que fuera, la necesitaba. Y esa fatídica noche la necesité, el día en que Jesúa se unía en matrimonio con mi hermana Marta. Mi estado de ánimo era deplorable, y agravado por las cervezas que había bebido, me sumí en una profunda depresión, y ya nada parecía tener sentido para mí. ¿Valía la pena seguir viviendo? ¡No; no valía la pena! El fracaso de este primer amor me parecía imposible de superar. O él o la muerte, y era obvio que la respuesta era la muerte. No me encontraba en condiciones de valorar la trascendencia de lo que estaba planeando y busqué la manera de quitarme la vida, lo que no era fácil. Solo podía intentar ahorcarme, porque no me sentía capaz de otros medios, como cortarme las venas y dejarme desangrar hasta morir. Pero ahorcarme también era una muerte violenta, y esta incapacidad para quitarme la vida me exasperó todavía más. No tenía temor por la muerte pero, me aterraba el sufrimiento que pudiera causarme el dolor. Entonces recordé que mi vecino tenía problemas de insomnio y tal vez me podía proporcionar los suficientes somníferos como para poner fin a mi sufrimiento. Estaba tan mareado y deprimido que no se me ocurrió pensar que Mikel comprendería inmediatamente para qué quería los somníferos. —¿No puedes dormir? Yo también padezco de insomnio. Puedo darte algunas tabletas. Con dos tendrás suficiente. —¿No puedes darme alguna más? En el fondo esperaba que él me disuadiera, porque yo no sería capaz de hacerlo. —Oye, ¿tú quieres dormir o suicidarte? ¡Pero si estás borracho como una cuba! ¿Pero qué te sucede? ¡Mejor será que esta noche no vuelvas a tu apartamento, puedes quedarte conmigo, y me cuentas lo que te pasa! Y fue así como me enamoré de Mikel, porque había demostrado una gran sensatez, ¡lo que a mí me faltaba! Un mes después yo dejé mi apartamento y me fui a vivir con él. Desde entonces hemos hecho vida en común sin apenas discusiones. Creo que somos una pareja feliz, y ahora que se ha legalizado el matrimonio entre homosexuales, estamos pensando en casarnos. 41. El novio de Sergio (Narradora: María, madre de Sergio) Más tarde o más temprano tenía que pasar: mi hijo pretende contraer matrimonio con su amante, con el que vive desde hace ya más de 10 años, y quiere que le demos nuestra bendición. Me ha pedido que invitemos a su novio a cenar uno de estos días en nuestra propia casa para hablar de este delicado asunto. Él ya sabe que yo le comprendo y lo acepto, pero para Guido es una situación más difícil de aceptar. Sergio se ha ganado su confianza en lo que se refiere a la librería y ahora es él prácticamente quien la lleva, y con bastante éxito. Sobre todo entre las jóvenes, siempre hay alguna en la librería. A pesar de sus 46 años sigue siendo muy atractivo. Nunca habíamos vendido tantas novelas románticas como desde que él está al frente de la librería. Sergio no vive con nosotros, sino con su compañero en nuestro antiguo barrio, a un paso de la librería. Nuestro antiguo barrio se ha convertido en el lugar predilecto para homosexuales. Han abierto muchos nuevos cafés con mucho estilo y salas de exposiciones de pintores jóvenes con talento, lugares de entretenimiento, como una sala de conciertos, varios pequeños teatros y clubes privados para gays y lesbianas. ¡Es el barrio ideal para él! —No sé si tu padre lo aprobará. Debes comprender que le resulta violento veros juntos y, sobre todo, besándoos como dos enamorados. Tu padre es de otra época y puedes dar gracias a que te ha aceptado como socio en la librería. —Tú también eres de esa misma época ¡y me has aceptado! ¿Por qué no puede él también aceptarme? —Cariño, creo que es superior a sus fuerzas, y está al límite de su tolerancia. ¡No fuerces las cosas! Dale tiempo para que se haga a la idea. —Temo que Mikel me deje si no regularizamos nuestra relación... —¿Por qué iba a hacerlo? —¡Porque él quiere que nos casemos ahora que ya es legal, y no desea sentirse rechazado por mi familia! La suya ya lo ha aceptado, y yo les parezco un buen pretendiente. —¿No es ir muy deprisa? —¡Mamá, que he cumplido 46 años, y Mikel 48! —¡Quién tuviera tu edad. Mírame a mí, ya con 61 años! —Estás más guapa que nunca. —Tú siempre has sido un gran adulador! Hablaré con tu padre y veré si puedo convencerle, pero tienes que tener paciencia. Si habéis vivido como pareja más de diez años, no creo que pase nada si esperáis todavía un poco más. Sí, yo soy más tolerante que Guido, pero en el fondo yo también hubiera deseado que Sergio hubiera sido heterosexual, y no haber tenido que pasar por estas complicadas situaciones. Un matrimonio entre dos hombres, o dos mujeres, es difícil de aceptar, aunque se trate de tu propio hijo y esté en juego su felicidad. Pero las cosas de la naturaleza son así y no podemos culparles a ellos y negarles lo que para ellos constituye su felicidad. Si se quieren y han decido casarse, es lo más natural del mundo que lo hagan. ¿Por qué no podemos darles nuestra bendición como si se tratara de nuestra hija? La vida nos obliga a estar preparados para lo que nos quiera traer el destino, y me consuela pensar que hubiera sido mucho peor si hubiera nacido con alguna deficiencia mental o física, pero en ese sentido es una persona normal, y, afortunadamente, goza de buena salud, y no necesita cuidados especiales. Yo creo que Guido acabará aceptándolo, pero hay que darle tiempo. 42. Una boda poco usual (Narradora: María) Sergio ha tomado la decisión de contraer matrimonio con su compañero sin contar con la bendición de su padre. Guido no se opone, pero no asistirá a la ceremonia, ni aprueba esta unión, que él considera es contra la naturaleza. Yo he intentado convencerle de que nuestro hijo es un hombre, pero solo Dios y el mismo, saben por qué prefiere la compañía de un hombre a la de una mujer, y debemos aceptarlo, porque, por encima de su inclinación sexual, es nuestro hijo; nosotros lo hemos gestado y somos los únicos responsables. —Nuestro hijo no eligió ser homosexual —le comento en un último intento de que comprenda a su hijo—, se encontró con que lo era, y no puede cambiar su inclinación sexual. Nosotros no tenemos más opción que aceptarle con todas sus consecuencias. —¿Es que no le he aceptado? Nunca le he recriminado que fuera homosexual. Pero ¿por qué quiere llevar una vida como una persona normal, y pretender contraer matrimonio con otro hombre? Si quiere tener un amante, ¡que lo tenga, y haga la vida que mejor le parezca!, pero que no pretenda, además, meterlo en nuestra casa y contraer matrimonio. ¡Eso ya es demasiado! He perdido toda esperanza de convencerle para que acepte esta boda, en la que él será en gran ausente. Pero yo sí asistiré, aunque me sienta incómoda. No puedo abandonar a mi propio hijo en estos críticos momentos. Ha llegado el día y todos nos sentimos nerviosos y confundidos. Yo me arreglo igual que lo hice para la boda de su hermana, a fin de cuentas es otra boda. Marta tampoco asistirá, porque en el fondo piensa como su padre. Los dos creen que no es necesario que contraigan matrimonio, después de todo, nunca podrán crear una familia. Podrían vivir como pareja como hasta ahora, sin necesidad de forzar las cosas. Nos encontramos a las puertas del Juzgado de Paz. Es un día espléndido, ideal para celebrar una boda, pero no la nuestra. Solo mi hijo y su novio parecen felices, en los demás noto en sus expresiones confusión y puede que también duda, como si no estuvieran seguros de estar haciendo lo correcto. Los padres del novio parecen resignados y aceptan este matrimonio con naturalidad. Además de algunos de sus amigos. El juez de paz tampoco parece que esté pasando un buen rato. Cuando se aproxima el momento de firmar el registro, noto cierta tristeza en su expresión. Creo que está manteniendo una profunda lucha interna. De improviso se vuelve y viene hacia mí con una angustiosa expresión en su rostro, y me hace una sorprendente confesión: —Mamá, ¡no puedo casarme! ¡No sin su bendición! ¡No podría ser feliz en mi matrimonio! —y se acerca a su confundido novio—. ¡Perdóname, querido, pero no puedo casarme contigo. Siempre he tenido la aprobación de mi padre para todas mis decisiones importantes y esta es la más importante de mi vida. Él no me comprende; no puede entender que soy un hombre normal, pero no puedo ni quiero, evitar sentirme más protegido y amado en compañía de otro hombre. Tal vez sea por mi culpa, porque no he sabido justificar con razones y argumentos mi manera de ser, ¡porque ni yo mismo lo sé! Todos estamos confundidos. El juez parece aliviado por evitar tener que celebrar esta boda. Pero, ¡sorpresa!, Guido ha entrado en el juzgado, vestido con el mismo traje oscuro que llevaba en la boda de Marta. También Marta y Jesúa han venido, y creo que fuera están algunos de nuestros viejos amigos. —Señoría, desearía dirigir unas palabras de felicitación a los novios. Sergio se abraza a mí completamente asombrado y yo no sé si estoy despierta o soñando, pero es realmente Guido. —Señoría, uno de los que se dispone a unir en matrimonio es mi hijo. Desde que cumplió los 14 años sabía que era homosexual. Aunque estaba resignado, me sentía profundamente afectado, ¡yo esperaba que fuera un verdadero varón! Esta mañana mi amada y comprensiva esposa me ha dicho algo que he tardado algún tiempo en aceptar: «Nuestro hijo no eligió ser homosexual, se encontró con que lo era. Nosotros no tenemos más opción que aceptarle, con todas sus consecuencias.» No se puede ser el padre solo de los hijos que nos llenan de satisfacción, sino sobre todo de los que necesitan nuestro apoyo y comprensión. Puede que sea contrario a la naturaleza que dos hombres se unan en matrimonio, pero es más contrario que dos personas que se aman no puedan unirse en matrimonio. Mi hijo es un hombre, que por alguna razón que soy incapaz de entender, prefiere el afecto y la compañía de otro hombre, pero ya no quiero saberlo, porque la mente humana no está capacitada para entender ni los anhelos del corazón ni los deseos de la carne. Yo confío en mi hijo y sé que él si tiene una buena razón: la que le dicta su corazón. Su señoría no va a casar a dos hombres, sino a dos personas que se aman, como amaba yo a mi querida esposa el día de mi boda. La naturaleza salvaje no entiende de sentimientos humanos, ella solo entiende de deseos y satisfacciones. No ama, no piensa, no razona, pero tampoco lo necesita, porque los animales no contraen matrimonio, nosotros sí. Su Señoría, puede continuar con la ceremonia, eso es todo lo que deseaba decir. Ya lo decían en el barrio: «¡Guido es un caballero!» He tenido muchos motivos en todos estos años vividos junto a él para admirarlo, pero hoy tengo sobrados motivos para sentirme la mujer más afortunada del mundo, porque tengo el esposo más tolerante y justo del mundo! Sergio sigue abrazado a mí, incapaz de reaccionar. —Vamos, Sergio, ve con tu padre y que te dé su bendición. ¿No es eso lo que deseabas? Pero es Guido quién se acerca a nosotros, y apoya su mano en el hombro de Sergio. —Bueno, Sergio, tu novio te está esperando, y yo te doy mi bendición. Solo te pido que seas tan buena pareja para él como tu madre lo ha sido conmigo. Y si por la razón que sea las cosas no te fueran bien, recuerda que tienes una familia y un hogar donde puedes volver siempre que lo necesites, tu madre y yo siempre te recibiremos con los brazos abiertos. Sergio está tan emocionado que no es capaz de articular una sola palabra. Se abraza a su padre y permanece así unos segundos. Guido cambia una mirada de aprobación conmigo. Yo le devuelvo una sonrisa que quiere ser mi respuesta a su noble gesto. El novio de nuestro hijo está tan perplejo como los otros asistentes. Cuando Sergio se separa de su padre, se acerca a él, le toma su mano y le dice casi al oído. —Ahora comprendo por qué querías la bendición de tu padre: ¡Es un santo! Todo ha concluido felizmente. Sergio ya es un hombre casado con la persona a quien ama, y nosotros creemos haber obrado que debíamos. De regreso a nuestra casa Guido me hace un comentario que me sorprende: —Yo quería haber tenido un hijo heterosexual, pero hoy he comprendido que nunca debemos utilizar a los hijos para que hagan nuestros deseos, sino nuestro deber de padres es apoyarles para que puedan realizar los suyos. —Creo que irán a la Costa Azul a pasar su luna de miel. Mikel es el director de una agencia de viajes, les saldrá barato. Tengo una idea, ahora que tenemos un yerno en una agencia de viajes, ¿por qué no aprovechamos nosotros y volvemos a celebrar nuestra segunda luna de miel también en la Costa Azul? Guido no responde, pero comprende que intento hacerle ver que la vida sigue su curso y que nosotros hemos obrado con sensatez. 43. El intruso (1) (Narradora: Linda, madre de Isabel) Isabel nos tiene preocupados. Apenas habla con nosotros y ya no nos visita con la misma frecuencia de antes. Parece como si nos quisiera evitar. Vive sola en un pequeño apartamento de nuestro antiguo barrio. Ella y Sergio son prácticamente vecinos, y en muchas ocasiones se encuentran en la terraza de Café Central. Ha terminado su doctorado en Ciencias Sociales y espera obtener una plaza de docente en el nuevo colegio de enseñanzas medias del barrio. Sé que algo le preocupa, pero no quiere que lo sepamos. Si no confía en su madre, debe tratarse de algo grave. ¿Qué podemos hacer? La he llamado por teléfono para rogarle que venga este fin de semana a nuestra casa, porque son las fiestas locales de nuestra comunidad y nos gustaría que nos acompañara a la verbena y a la representación de una popular comedia de enredos francesa. Un poco de distracción le ayudará a superar lo que le esté sucediendo. —No sé, mamá, no me encuentro bien.. —¿Estás enferma? —No, no es eso, solo un poco estresada por las oposiciones. Ya me pasará. —Pues con más motivo para acompañarnos a las fiestas. Lo que necesitas es un poco de distracción. —No estoy de humor para fiestas, prefiero quedarme en casa y dormir sin poner el despertador. Tal vez os vaya a visitar la próxima semana. —Está bien, hija, tú sabrás lo que más te conviene, pero tu padre y yo te echamos de menos. Nos hubiera gustado pasar estas fiestas contigo. —Sí, mamá, ya lo sé. Yo también os echo de menos y también me hubiera gustado ir, pero no puede ser... —Hija, ¿necesitas ayuda? ¿Quieres que vaya a tu casa y te prepare algo de comer? Seguramente que tú no tendrás ganas de cocinar si no te encuentras bien. —No, mamá; no es necesario que vengas. —Isabel, últimamente parece que nos rehúyes. Me preocupas. Algo no debe irte bien, pero no quieres confiar en tu madre, y no sé por qué razón. —No estés preocupada por mí. Solo es pasajero. Ya se me pasará. —¡Nunca te habías comportado así! —No insistas, mamá, no me pasa nada, solo un poco de estrés. —Está bien, no quiero insistir, pero si te encuentras peor llámame. ¡Lo harás, cariño? —¡Te lo prometo! Definitivamente a Isabel le pasa algo que no nos quiere confiar. Creo que debo hacerle una visita y hablar de mujer a mujer, porque sospecho que sé de qué se trata: ¡es probable que esté embarazada! 43. El intruso (2) (Narradora: Isabel, hija de Marcus y Linda) ¿Debería confiar en mi madre? ¡No es necesario darle este disgusto. Dentro de una semana habré abortado y todo volverá a ser normal. Sé que ella no me censuraría el haber sido tan estúpida por haberme quedado embarazada, pero podría empeñarse en que naciera, sin que le importe quién es el padre. ¿Qué dirían si supieran que el padre es un negro? ¡Y bien negro! ¿Hasta dónde llegaría su tolerancia? ¿Son o no son racistas? ¿Y cómo saberlo? Nunca hemos tenido nadie de otra raza en la familia. ¡Ni siquiera un extranjero! Todos somos de piel blanca y cabellos rubios. Ni siquiera con el pelo castaño. ¿Me invitarían a las fiestas de su comunidad si me presentara del brazo de David? ¿Se sentirían felices de tener un nieto mestizo, o puede que negro? ¡No lo sé, pero por el momento no me encuentro con fuerzas para enfrentarme a un posible rechazo. Tampoco es este el momento que habíamos acordado David y yo para tener nuestro primer hijo. Acordamos que primero debía conseguir la plaza y después pedir un receso de maternidad. Pero este embarazo echa a perder todos mis planes. Por eso estamos los dos de acuerdo en que aborte. Ya tendré un mejor momento para ser madre. ¡El mundo no se va a acabar pasado mañana! David me espera en la terraza del Café Central, quiere saber qué opina el ginecólogo sobre mi aborto, si es seguro o entraña algún riesgo. Yo nunca pude imaginar que llegaría a enamorarme de un hombre de color. Reconozco que no fue un amor a primera vista, sino todo lo contrario, a primera vista no me atraía en absoluto. Pero yo más que el cuerpo valoramos el alma. Y el alma de David no cabe en una catedral. Cuando le conocí yo estaba en la parada del autobús y estaba diluviando. Para colmo no había elegido la ropa adecuada y, además de empapada, estaba congelada. David estaba en la misma parada y se dio cuenta de mi deplorable estado. No dijo nada, simplemente se quitó su abrigo y me lo puso sobre los hombros. Después anotó un teléfono y me lo introdujo en uno de los bolsillos. —Llámeme a este teléfono cuando ya no necesite mi abrigo. En ese momento llegó su autobús. Se despidió de mí con un amistoso gesto con la mano. Cuando el autobús arrancó yo todavía no sabía lo que había sucedido, porque no fui capaz de reaccionar hasta que, gracias a su abrigo, pude entrar en calor. Al día siguiente nos encontramos en el Café Central. Yo creo que él sabía que en aquel encuentro no iba a recuperar solo una valiosa prenda de vestir, sino además el corazón de la mujer que se lo devolvió. David es un hombre culto, generoso, amable e inteligente. ¿Qué más podía pedir? En aquella reunión estuve literalmente ciega y era incapaz de apreciar el color de su piel. Tanto podía ser negra, blanca o color de rosa. ¡Me hubiera dado igual! 43. El intruso (3) (Narradora: Linda) Sé que no debería hacer esto, pero mi hija está pasando por un mal momento, y si ella se parece solo un poco a mí, no pedirá mi ayuda. Recuerdo que yo traté de sinvergüenza a quién me había salvado la vida. No quiero que mi hija cometa también un error del que tenga que arrepentirse toda su vida. Tengo que presentarme en su casa sin previo aviso, y averiguar lo que le está pasando. Un taxi me deja en la puerta de su vivienda, pero ella no debe estar, porque nadie contesta al timbre. Es posible que haya hecho el viaje en balde, pero puedo esperar. El Café Central no está muy lejos de aquí. Un paseo me sentará bien. Allí servían un excelente té, no sé si ahora será igual. Es agradable esta nueva terraza de la plaza. En mis tiempos no existía. Pero tengo la impresión de que allí está mi hija Isabel, ¡y le acompaña un joven de color! ¡Creo que empiezo a comprender lo que le sucede! ¡Mi hija enamorada de un negro! Bueno, ¿y qué? ¡Hace cincuenta años yo entré en este mismo café siendo una prostituta que se había enamorado de un blanco! ¡No era menos polémico! Creo que mi hija va a llevarse la gran sorpresa de su vida: —¡Isabel, hija, que coincidencia! He venido al barrio para visitar una vieja amiga, pero no estaba, así es que me dije, «¿Por qué no te tomas un té en el Café Central?». ¡Pero no te quedes ahí como alelada, ¿no vas a presentarme a tu amigo? A mi pobre hija se le atragantó el trozo de tarta que tenía en la boca, y tardó el librarse de él y poder decir algo. Y su amigo creo que estaba a punto de levantarse y echar a correr. Pero por fin reaccionó. —¡Claro, mamá, es David, hace oposiciones también para conseguir una plaza en la nueva escuela como profesor de inglés. —Encantada de conocerte, David. ¿Eres el padre de la criatura? Mi arriesgada pregunta surtió su efecto. Mi hija me miró asombrada y no meditó su respuesta. —Pero, mamá, ¿cómo lo has sabido? —Me lo acabas de decir tú ahora mismo. ¿Cuándo nacerá? La reacción de mi hija a esta pregunta me acaba de revelar cuál es la causa de su problemas. ¡Creo que no quieren que nazca! —¡Mamá... La verdad es que... Bueno no se cómo decírtelo, pero..! —¡No digas más, estoy de acuerdo! Si el embrión tiene una malformación, haces bien en abortarlo! —¡Pero mamá, es que no tiene...! —Entonces ¿eres tú la que no soportarías el embarazo? —¡No, no; mamá, tampoco es eso! —Sí, ya me hago cargo, ¡no quieres tener un hijo mestizo! —¡Por favor, mamá, no digas disparates! —Pues a mí no se me ocurre otra razón. —¡Es que llega en un momento muy inoportuno! —¿Y de eso tiene él la culpa? —Mamá, tú no lo entiendes. Hemos trabajado muy duro para conseguir presentarnos a estas oposiciones, y si naciera ahora tendría que renunciar. —Sí, hija, te comprendo, eso mismo pensé yo cuando quedé embarazada de ti. Tu padre acababa de inaugurar la joyería y me necesitaba para atender a los clientes. Yo pensé que lo mejor era abortarte porque solo tenías una semana, y no corría ningún riesgo. ¿Y sabes lo que me hizo cambiar de opinión? Me dije: «Linda de ese feto solo es tuya la carne, el alma debe ser de Dios, cómo puedo disponer de algo que no es totalmente mío?» Y por eso tu naciste, de otro modo serías un trozo de carne arrojada al cubo de la basura de un hospital. Mi hija está al borde de romper a llorar, pero estamos rodeados de gente que pueden pensar que estamos discutiendo. La abrazo y dejo que llore sin que nadie se dé cuenta. Su amigo David, parece desconcertado y no sabe qué hacer. Sí, a mí también me parece un buen hombre. Isabel se seca rápidamente las lágrimas e intenta recuperar la normalidad. Permanece en silencio. Creo que no sabe qué responder. Por fin suspira como si tratase de arrojar viejas ideas de su mente, y me dice con un tono de voz de resignación: —Sí, mamá, tal vez tengas razón y me comporto como una perfecta egoísta... —Hija, tu madre todavía tiene fuerzas para sostener en su brazos un bebé y darle el biberón. ¡Lo criaremos entre las dos, y tu podrás ganar tu plaza en ese colegio! —¡Mamá, te quiero; no sabría qué hacer sin ti! —Pues ya puedes hacerte a la idea, porque ¡no viviré eternamente! Y gracias a esa breve charla de mujer a mujer, nació el hijo de Isabel. Un precioso bebé mestizo de piel canela, y con todos los rasgos de su madre. En cuanto al nombre, pusieron el nombre de su abuelo, Marcus. 44. Un negro en la familia (Narrador: Marcus) Aquel día, Linda estuvo en nuestro antiguo barrio visitando a Isabel y me trajo una perturbadora noticia: —¿Isabel enamorada de un negro? —Así es, Marcus, y debe parecerle muy atractivo, ¡porque está embarazada! —¡Embarazada de un negro! —Sí, y si no hubiera sido porque se me ocurrió visitarla, lo hubiera abortado. —¡Tal vez hubiera sido lo más adecuado! —No hablarás en serio, Marcus, ¡estás hablando de tu futuro nieto! —¡Que será mestizo! —¿Y qué hay de malo? Esa era la segunda vez que reaccioné negativamente por culpa de los prejuicios. La primera fue cuando conocí a Linda. ¡Nunca antes se me había planteado este dilema! Inconscientemente creía que la raza blanca era superior en todo a cualquiera de las otras razas, y mi futuro nieto padecería de esta deficiencia. Era como prostituir nuestra pureza genética con influencia de una raza inferior. En esos momentos no me sentía orgulloso de mi hija, porque no comprendía qué había podido encontrar atractivo a un negro. ¡Sin duda que no era racista! —Marcus, he invitado hoy a cenar a Isabel y a su novio para que conozcas a tu futuro yerno, David. Yo también pienso como Isabel que es un buen hombre, y por lo que me ha contado, comprendo que esté enamorada de él. Aquella invitación me alteró completamente, porque yo no creía que un negro tuviera algún tema de conversación normal y seguramente que no nos entenderíamos. Pero Linda insistió en que nos conociéramos. A la hora prevista llegaron Isabel con su amigo, y mi impresión no pudo ser más negativa. Simplemente me pareció que estaba ante un descendiente directo del mono. No fui muy cordial en mí saludo de bienvenida, con un forzado saludo protocolario. Pero creo que él lo esperaba, porque no seria esta la primera vez que le rechazaran. Isabel estaba muy violenta, porque comprendió que yo no le había recibido con la cordialidad que era habitual en mí. Linda intentó romper el hielo y hacerle sentir a David que era bien recibido en nuestra familia. —Siéntete como en tu casa, David. ¿Nos vas a contar cómo conociste a Isabel? Pero antes beberemos algo para animarnos. ¿Te apetece una cerveza? Sirvió las cervezas y después todos esperábamos que alguien sugiriese algún tema de conversación. Y fue el propio David quién la inició la conversación sorprendiéndonos a todos: —Es usted muy amable y sé que respeta mi relación con su hija, pero me hago cargo de la sorpresa de su marido. Si yo fuera él e Isabel fuera mi hija, yo hubiera reaccionado del mismo modo. Yo tampoco aceptaría un negro en mi familia. Incluso si él fuera negro tampoco aceptaría un blanco en su familia. Es una reacción natural, cada raza solo encuentra atractiva los de su propia raza. Usted se preguntará cómo es posible que Isabel se haya enamorado de mí, y yo me pregunto, a su vez, cómo es posible que yo me haya enamorado de una mujer que no es de mi propia raza. Supongo que hay una explicación, porque hay algo en los dos que tiene el mismo color, o mejor dicho, que no tiene color. Porque ¿sabe usted de qué color es el alma de un negro?; ¿y la de un blanco? Su hija no se ha enamorado del negro sino de su alma, que es exactamente igual que la suya, y yo me he enamorado del alma de Isabel, que es exactamente igual que la mía, no de la mujer blanca. Y esto espero que le sirva de explicación. Confieso que esta fue la segunda vez que reconocí mi error, y sin duda, que me había comportado como un perfecto racista. Yo tampoco me enamoré de la prostituta, sino del alma de aquella extraordinaria mujer. Isabel volvió a hacernos sentir en familia, ahora con un miembro más, y pronto tendríamos otro, mestizo, fruto de esta unión. —Bueno, basta de charlas, porque lo que tengo en el horno debe estar ya en su punto. Acomodaros en la mesa que enseguida lo sirvo. Fue una magnifica velada. Guido y David estuvieron hablando de mil cosas durante la sobremesa. David sí tenía temas interesantes de conversación. En cuanto a mi hija, mientras fregábamos los platos de la cena me dijo sin disimular su alegría: —Hubiera deseado que fuera una niña para ponerle tu nombre, porque es el nombre de una gran mujer y una extraordinaria madre. 45. Malas noticias (Narrador: Marcus) Me temo que a partir de ahora no pasará un año sin que sepamos de una muerte de alguno de nuestros viejos amigos. Hoy me han comunicado la muerte de Adela y de Lorenzo. ¡Pobre Julia, lo sola que debe sentirse! En cuanto a Adela, estoy seguro de que también en el cielo, donde debe de estar, encontrará la manera de enterarse de los chismes de sus almas gemelas. ¡Pobre mujer! Sus chismes no eran mal intencionados. Nunca hizo daño a nadie, al contrario, en sus últimos días fueron de gran utilidad, incluso salvaron de una muerte horrible a la desdichada Aura, ¡que si todavía está viva, ya debe rondar los cien años! Ella también hizo que corriera la voz por el vecindario de que Guido y María hacían buena pareja, a pesar de sus diferencias de edades, por lo que fueron aceptados y respetados. Lo que en aquella época era absolutamente necesario. Siempre la recordaré en su pulcra y ordenada panadería, ¡donde no despachaba una sola barra de pan sin ir acompañada con alguna de sus exclusivas! ¡Descanse en paz! En cuanto a Lorenzo, le juzgamos mal. Creíamos que era un hombre reservado y huraño, pero su único problema era que no soportaba la soledad. Cuando se unió a Julia, nos demostró quién era verdaderamente: un político honesto y comprometido con su comunidad. Entre él y Julia consiguieron hacer realidad muchas de las aspiraciones de los vecinos del barrio. Políticos como Lorenzo quedan ya pocos, porque yo creo que los políticos están para trabajar por el bienestar del pueblo, y no como ahora, ¡que el pueblo está para trabajar por el bienestar de los políticos! Lorenzo era un socialista. ¿Pero quién puede decir que no es socialista? ¿Es que no vivimos todos en sociedad? ¡Pues entonces todos somos socialistas! Además, lo que sucedió con Lorenzo nos demostró cómo las mujeres pueden cambiar el mundo solo con su positiva influencia sobre nosotros. Los hombres tenemos la capacidad de la acción, pero nos falta el sentido práctico para que nuestras acciones se transformen en algo que tenga alguna utilidad real. Sin esta influencia, o nos volvemos pasivos, ociosos y malvados, o creamos cosas inútiles e inservibles, contaminando y destruyendo las fuentes de la vida misma. Las mujeres son más pasivas, pero tienen sentido práctico de la realidad. Creo que su principal misión es orientar la acción idealista y soñadora de los hombres hacia el sentido práctico de las mujeres. En Lorenzo y Julia estaba el ejemplo de esta verdad. El Ayuntamiento de nuestra ciudad hizo un homenaje a Lorenzo y le encargó a Julia que escribiera un panegírico sobre su compañero muerto, que he leído en la prensa del barrio: «Querido compañero. Estés donde quiera que estés, estarás siempre vivo en mi recuerdo y en el corazón de la gente de este barrio que tuvieron el privilegio de conocerte. Tú fuiste mi compañero y mi amante; el hombre huraño y solitario, que encerraba un corazón generoso y una mente despejada, que solo esperaba mi positiva influencia para que ese corazón y esa inteligencia se transformara en iniciativas que contribuyeron al bienestar de nuestra comunidad. Si tu ejemplo sirviera a las futuras generaciones, los jóvenes no soñarían con grandes ideales y ambiciosos proyectos, sino que se preocuparían más por el reducido espacio donde conviven los seres humanos. Y todos juntos, entregados al bienestar de su comunidad, podríamos cambiar el mundo y hacerlo más humano y habitable. Todas las grandes cosas empiezan siendo pequeñas, una gran nación no es la que tiene más y mejores autopistas, sino la que tiene más pasos de cebra y más parques públicos. Hoy te queremos rendir un homenaje para recordarte y esperar que tu ejemplo inspire a los políticos de esta nueva generación. Descansa en paz». Es un breve panegírico, pero no es necesario que sea más extenso, esto ya es suficiente para quién quiera escuchar, y demasiado largo para quién se haga el sordo. También ha pasado a mejor vida Rodolfo, que para nosotros siempre será Rodolfito. Lo que comenzó con un beso de vida ha debido terminar con un beso de muerte. Fue el alma del barrio. Quien nos hizo sentirnos orgullosos y dignos. Sus recitales eran la prueba de que un genio puede nacer en el seno de una modesta familia de carniceros. Yo creo que el alma no se hereda, sino que nos viene de algún misterioso lugar que nunca descubriremos, porque pertenece a mundos inaccesibles para los seres humanos. Es una herencia que solo Dios sabe de dónde proviene. Los artistas son el alma de los pueblos, un pueblo sin artistas es un pueblo desalmado. Y sin alma no se puede ser feliz. Rodolfo tenía dos grandes amores: su piano y Luisa. No sé si Luisa tuvo celos del piano, porque pasaba más tiempo con él que con ella. Pero la esposa de un músico es como la de un médico, se deben a su público y a sus pacientes, porque los recitales de Rodolfo curaron a mucha gente de su abatimiento o tristeza. Es posible que dentro de unos años nadie de nuestro barrio se acuerde de él, porque otros niños prodigio ocuparán su lugar. Será una de esas historias que no está escrita, pero que son sus verdaderos protagonistas. Todas esas personas anónimas que se levantan cada mañana con la misma idea: ¡sobrevivir! Otra dolorosa muerte es la de Jacinto. No solo ha muerto un amigo, sino el sentido del deber y la verdadera justicia. Ha debido dejar en una total desolación a Margarita y a Luisa. ¿Qué es la amistad? ¿Qué hace a los hombres hermanos? ¿Por qué sabemos que alguien es inocente, aunque no aporte las pruebas? Jacinto sabía cuándo una persona era culpable o inocente con solo mirarle a los ojos. Esa es una cualidad que solo la tienen personas excepcionales; personas que entienden el lenguaje del corazón, sin hacer caso del lenguaje engañoso de las palabras. Porque el corazón no entiende lo que le dicen, sino cómo lo dicen. Ese es el lenguaje que entendía Jacinto, y por eso tuvo que renunciar a ser policía, para cambiarlo por las flores, cuyo lenguaje entendía mejor que el de los humanos. En cuanto a Margarita, no he conocido una mujer más luchadora que ella. Alguien capaz de afrontar las adversidades con una sonrisa. De perdonar las afrentas y los desaires de sus vecinos, sin rencor y venganzas. Pero la vida le premió con una familia unida y feliz. Descanse en paz! También nos ha dejado Aura. La madre de Darío. Ella supo cuándo iba a morir, porque tuvo una visión de su propia muerte, y desgraciadamente no se equivocó. Al menos pudo vivir sus últimos días feliz, junto a su recuperado hijo Darío. El barrio la echa de menos Otra muerte inesperada fue la de Calixto, el mendigo. Todos ya sabíamos que un buen día encontraríamos a Calixto muerto en algún banco de la plaza donde solía dormitar, pero uno nunca espera que pueda suceder. Esta mañana el barrendero del barrio ha encontrado el cuerpo sin vida de este pobre extraterrestre, sin que haya causado el fin del mundo, como tantas veces nos había amenazado. El Ayuntamiento se hecho cargo de su cremación, porque no creemos que pueda aparecer algún familiar que se interese por él. Yo asistí a la sencilla ceremonia de su cremación, y del último adiós. ¡Nos habíamos equivocado! Calixto tiene un hijo que ha estado buscándolo desde que un buen día desapareció de la residencia en la que le había ingresado, y no supo más de él hasta que no leyó una breve nota necrológica en el periódico local. Al parecer el hijo es un conocido autor de novelas de ciencia-ficción, de donde él tomó la idea de Galikea y todas sus otras fantasías sobre la Galaxia Central, y todas las demás ideas sobre el origen y previsto de ese mundo. Sea como sea su vida no ha sido del todo inútil, porque con sus extravagantes ideas nos hicieron pensar en el imprevisible destino de la humanidad, y en el fin del mundo y el juicio final, pero no como un castigo celestial, sino a manos de políticos insensatos y las muchedumbres que los jalean y los apoyan. El mundo está en las manos de la estupidez de unos y la necedad de sus contrarios. 46. ¡Adiós, papá! (Narrador: Sergio) Mi madre no parece estar ya en este mundo. Hace más de seis horas que permanece sentada frente al ataúd donde velan el cadáver de mi padre. No se ha movido ni para ir al baño. Apenas si ha cambiado de postura y ni siquiera parpadea, parece incluso que no respira. Los amigos intentan darle el pésame pero ella ni los ve ni los escucha. Me pregunto en qué estará pensando. Supongo que estará recordando los momentos felices vividos con ese librero de barrio, que sentía celos de los niños que jugaban con mi madre cuando todavía era una niña, ¡la más guapa del barrio! Ha sido un buen padre, a pesar de que tardara tanto en aceptarme con todas sus consecuencias. Su generación ha visto como los amigos reales se convierten en amigos virtuales; la honradez confundida con el engaño; la honestidad con el disimulo; la generosidad con la avaricia; la comunidad con el individualismo. Han sido demasiados cambios para asimilarlos. Hubiera necesitado otra vida para adaptarse plenamente a todos ellos. Pero se esforzó hasta su último suspiro. Muchas veces añoro su mundo, el de sus entrañables amigos: Marcus, Linda, Jacinto, Margarita, Lorenzo, Julia, Laura, Aura, el buen párroco Serafín, ¡incluso la chismosa Adela! Pero su mejor amiga fue sin duda mi madre. ¡Un gran hombre merece una gran mujer! Con Marcus y mi padre termina una era que empezó con furia destructora y acaba sin que desaparezcan las causas de aquella locura. Mañana mismo se podía volver a repetir, pero infinitamente más destructiva, porque hemos olvidado lo principal: no hemos venido al mundo para aprender a pelear, sino para aprender a tolerar. No hemos aprendido nada de la Historia. Parece como si las nuevas generaciones surgieran por generación espontánea, sin pasado y sin historia. Los seres humanos tenemos que sufrir las consecuencias de nuestros errores por culpa de nuestra mala memoria, y nunca aprendemos de nuestros predecesores. Parece como si nos avergonzásemos de ellos. Cualquier tiempo pasado no es mejor que el actual. Pero cualquier tiempo pasado está también en el presente, ¡no lo debemos olvidar! Mi padre y toda mi familia, incluido yo, hacemos lo que está en nuestra mano para no olvidar, por eso tenemos una librería, porque es en los libros donde duerme la historia. Solo tenemos que leerla para despertarla y que forme parte activa de nuestras vidas. Mi buen padre ya no podrá disfrutar paseando entre las estanterías repletas de libros. Tampoco podrá exponer en su escaparate el último libro de algún autor local, o primerizo, que era otra de sus pasiones, ayudar a los jóvenes autores a darse a conocer. Sin personas como él, que amaba su trabajo y disfrutaba ayudando a los demás, el mundo será pronto un mercado de fantasías a tanto el minuto. Desaparecerá la generosidad y la amistad y en su lugar prevalecerá simplemente una banal y desmotivada relación virtual entre auténticos desconocidos, que se contarán unos a otros sus frustraciones y sus deseos insatisfechos, porque ya no sabremos el significado de la palabra «realidad». 47. El último sueño de Marcus (Narrador: el autor) Marcus presintió que se aproximaba su fin, porque cada noche tenía el mismo sueño, pero con algunas ligeras diferencias. Soñaba que desde hacia años cundía el malestar entre los pueblos del mundo. Se habían formado dos grandes bloques ideológicos que eran irreconciliables: De un lado estaba el partido de los Buenos y del otro el de los Malos, pero lo paradójico era que el partido de los Malos se consideraban a sí mismo el partido de los Buenos, y viceversa, por lo que cualquier intento de diálogo era totalmente inútil, y todo era confuso y, en realidad, no se sabía quiénes eran los buenos y quienes los malos. En el lado de los Buenos de un bando, se distinguían por una bandera con una hogaza de pan en un fondo de color rojo, mientras que los otros Buenos del otro bando les distinguía una bandera con un signo de una de las monedas más valiosa de la época, en un fondo de color azul celeste. De manera que lo único que los distinguía eran sus banderas, el resto era similar en ambos bandos. Pero el malestar fue creciendo hasta que se hizo insostenible. Los Buenos de un bando y de otro estaban ya al borde de la guerra contra los Malos de ambos bandos. Y se empezaron a producir movilizaciones callejeras pidiendo que se declarase la guerra y se pusiera fin a aquella tensa situación. Los Buenos del bando de la bandera roja eligieron a un líder para que les llevara a la victoria sobre los Malos, y los Buenos del bando de la bandera azul, hicieron lo mismo con las mismas ambiciones de dominio y exterminio de los que consideraban que eran los Malos, sus enemigos históricos, para lo que no había entendimiento posible. Por fin, el líder de los azules decidió que había llegado el momento de pasar a la acción y declarar la guerra a los Malos del partido rojo. Su carismático líder convocó una gran concentración y les alentó a la batalla final en un discurso apasionado y encendido, que justificaba la necesidad de declarar la guerra a los Malos del partido rojo: El partido Azul, que se consideraban los Buenos, se informó de las intenciones agresivas de los que consideraban los malos, movilizaron a sus simpatizantes con un mensaje televisado y radiado por todas las emisoras afines a su partido. El mensaje lo pronunció su líder, un anciano astuto y buen comunicador: —«¡Estimados hombres y mujeres del partido Bueno! ¡Ciudadanos del mundo libre! Los Malos se han movilizado y armado con la intención de destruir nuestros valores e imponer un sistema radicalmente malo. Nuestro partido es sin la menor duda el partido de los Buenos, porque nosotros representamos el mundo libre, donde cada individuo es libre de opinar sobre lo que crear que no es bueno, por lo que debe de estar de acuerdo con nosotros en que ellos son los malos. También defendemos la propiedad privada, para que cada uno pueda disfrutar libremente de lo que haya adquirido con su dinero, y crear nuevas leyes para defender nuevas leyes, para que todos tengamos oportunidad de defender nuestros privilegios honestamente conseguidos. Hoy es un día histórico, porque los Buenos del partido azul tenemos que movilizarnos y combatir contra el partido de los Malos, hasta derramar la última gota de sangre en el campo de batalla. El líder del partido de la bandera azul se creyó el mensajero del Dios, el de los Buenos de su partido, de quien aseguraba recibir el mandato para declarar la guerra a los Malos, y se lo hizo saber a la muchedumbre. —Lo he visto en una revelación: Dios está de nuestro lado; del lado de los Buenos del partido azul, y me ha ordenado el exterminio de los Malos. ¡Alabado sea el Señor que protege nuestro pueblo y nos llevará a la victoria! —¡Que sea por siempre alabado y que nos lleve a la victoria! —grito el pueblo entusiasmado por el apoyo divino. —¡Ciudadanos libres del mundo, el partido Bueno os necesita! ¡Todos contra los Malos hasta que sean exterminados de la Tierra y podamos vivir en un nuevo mundo donde solo haya Buenos! ¡Viva la guerra! Aquel breve pero encendido discurso del líder del partido de la bandera azul, consiguió movilizar a millones de simpatizantes. En este bando abundaban las armas y nadie tuvo que presentarse con armas ridículas y poco eficaces, por lo que estaban totalmente convencidos de su que su superioridad era apabullante. Al día siguiente todos estaban en breve pero encendido discurso del líder del partido de la bandera azul, consiguió movilizar a millones de partidaros. En este bando abundaban las armas y nadie tuvo que presentarse con armas ridículas y poco eficaces, por lo que estaban totalmente convencidos de su que su superioridad era apabullante. Al día siguiente todos estaban mentalizados para enfrentarse al ejército de los Malos, y se sabían los ganadores. En unas horas quedó formado un impresionante ejército, superior en número y armamento al de los Malos de la bandera roja. No obstante éstos decidieron presentar batalla, porque ellos tenían la ventaja de estar más motivados, porque estaban convencidos de que ellos eran los buenos. —Camaradas, trabajadores del mundo; hombres y mujeres buenos y justos; hijos y nietos de estos hombres y mujeres buenos; intelectuales que estáis también del lado de los Buenos; artistas y profesionales que formáis parte de este partido de los Buenos, ¿vamos a consentir que los Malos y su perversas gentes del partido Azul, dominen el mundo y lo perviertan con sus malas leyes, sus malas costumbres y sus malas ideas? La muchedumbre respondió como una sola voz: —¡No, nunca! ¡Muerte a los Malos del partido Tojo! ¡Muerte, muerte! —Camaradas, trabajadores del mundo; hombres y mujeres buenos y justos; hijos y nietos de estos hombres y mujeres buenos; intelectuales que estáis también del lado de los Buenos; artistas y profesionales que formáis parte de este partido de los Buenos, ¿vamos a consentir que los Malos y su perversas gentes del partido Azul, dominen el mundo y lo perviertan con sus malas leyes, sus malas costumbres y sus malas ideas? La muchedumbre respondió como una sola voz: —¡No, nunca! ¡Muerte a los Malos del partido Azul! ¡Muerte, muerte! —¡Sí, eso esperaba escuchar de vosotros! ¡Muerte también a sus mujeres, sus hijos y nietos y a toda su descendencia, para que los Malos no se puedan reproducir! ¡Exterminemos el mal de raíz! —¡Exterminémoslos, exterminémoslos! —gritó la muchedumbre. —Cuando el mundo se libre de los Malos del partido Azul, florecerá la paz en el mundo y öla prosperidad alcanzará a todos sin exclusiones. De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades. ¡Por eso debemos declarar la guerra a los Malos! —¡Guerra, guerra, guerra! —gritó la muchedumbre enardecida. Al día siguiente el mensaje había llegado a todos los rincones del planeta, y todos los que simpatizaban con el partido de los Buenos de la bandera roja se alistaron como voluntarios, y se formó el ejército más numeroso que se haya conocido en la historia. Millones de hombres y mujeres de todas las edades, nacionalidades y clases sociales se alistaron voluntarios en este partido y juraron luchar hasta morir para exterminar a los Malos. Como no había armas para todos, muchos irían a la gran batalla armados con sables tomados de los museos de las guerras, los carniceros con sus afilados cuchillos, los sastres y las modistas se armaron con sus tijeras, los campesinos con sus horcas, los burócratas con sus abrecartas, los obreros de la construcción con picos, los niños con tirachinas y los locos, que también se alistaron, vinieron con alfileres y agujas, que ellos creían que eran armas mortales. Los generales llegaron montados sobre mortíferos misiles con cabezas nucleares. Los de rango inferior llegaron armados con sofisticados tanques, cañones, fusiles ametralladores y millones de pistolas de todos los calibres y modelos. A la tropa baja, se les dio un fusil con esta inscripción en la culata: «Yo llevo la paz a los hombres Buenos de buena voluntad, y el caos y la muerte a los hombres Malos de mala voluntad». Frase que deberían repetir cada cinco minutos, cuando estuvieran inmersos en el fragor de la batalla final. Cuando el partido rojo, que se consideraban los Buenos, se informó de las intenciones agresivas de los que consideraban los malos, movilizaron a sus fieles seguidores con un mensaje televisado y radiado por todas las emisoras afines a su partido. El mensaje lo pronunció su líder, un anciano astuto y buen comunicador: —«¡Estimados hombres y mujeres del partido Bueno! ¡Ciudadanos del mundo libre! Los Malos se han movilizado y armado con la intención de destruir nuestros valores e imponer un sistema radicalmente malo. Nuestro partido es sin la menor duda el partido de los Buenos, porque nosotros representamos el mundo de los trabajadores, donde cada individuo es libre de opinar sobre lo que crear que no es bueno, por lo que debe de estar de acuerdo con nosotros en que ellos son los malos. También defendemos la propiedad privada, para que cada uno pueda disfrutar libremente de lo que haya adquirido con su dinero, y el respeto a las leyes, para que todos tengamos oportunidad de defender nuestros privilegios honestamente conseguidos. Hoy es un día histórico, porque los Buenos del partido azul tenemos que movilizarnos también y combatir contra el partido de los Malos, hasta derramar la última gota de sangre en el campo de batalla. El líder del partido de la bandera azul se creyó el mensajero del Dios, el de los Buenos de su partido, de quien aseguraba recibir el mandato para declarar la guerra a los Malos, y se lo hizo saber a la muchedumbre. —Lo he visto en una revelación: Dios está de nuestro lado; del lado de los Buenos del partido azul, y me ha ordenado el exterminio de los Malos. ¡Alabado sea el Señor que protege nuestro pueblo y nos llevará a la victoria! —¡Que sea por siempre alabado y que nos lleve a la victoria! —grito el pueblo entusiasmado por el apoyo divino. —¡Ciudadanos libres del mundo, el partido Bueno os necesita! ¡Todos contra los Malos hasta que sean exterminados de la Tierra y podamos vivir en un nuevo mundo donde solo haya Buenos! ¡Viva la guerra! Aquel breve pero encendido discurso del líder del partido de la bandera azul, consiguió movilizar a millones de simpatizantes. En este bando abundaban las armas y nadie tuvo que presentarse con armas ridículas y poco eficaces, por lo que estaban totalmente convencidos de su que su superioridad era apabullante. Al día siguiente todos estaban mentalizados para enfrentarse al ejército de los Malos, y se sabían los ganadores. En unas horas quedó formado un impresionante ejército, superior en número y armamento al de los Malos de la bandera roja. No obstante éstos decidieron presentar batalla, porque ellos tenían la ventaja de estar más motivados, porque estaban convencidos de que ellos eran los buenos. La madrugada del día siguiente, apenas despuntaba el alba y ya estaban ambos ejércitos en sus posiciones para comenzar la batalla que decidiría el destino del mundo. A la orden de «¡Al ataque!» ambos ejércitos se pusieron en marcha el uno contra el otro en medio de un griterío ensordecedor. Cuando entraron en contacto los gritos iniciales se volvieron aullidos de dolor, lamentos, llantos y gritos de «Muerte a los Malos!, ¡viva los Buenos!», que se repetía en uno y otro bando, hasta que no quedó ni un solo combatiente con vida. Ya solo quedaban los líderes, que montados en sendos caballos, enjaezados con las respectivas banderas, se acercaron el uno al otro y se contemplaron como dos perros rabiosos. —Ahora solo quedamos lo dos para decidir quién dominará el mundo... —¡Solo los Buenos gobernarán el mundo! ¡Muerte a los Malos! Y se ensartaron mutuamente con sus afilados sables, porque los dos estaban convencidos de que habían dado muerte a un malo. Tras aquella sangrienta batalla se hizo un silencio aterrador. Ni las aves se atrevían a entonar sus alegres trinos. Ni siquiera se escuchaba el rumor del viento entre las hojas de los árboles. ¡Nada, no se escuchaba nada! Era como si el mundo hubiera detenido su movimiento. Cayó la noche y seguía aquel sepulcral silencio, mientras millones de cuerpos ensangrentados yacían sobre un campo de margaritas, campanillas azules, jacintos, hortensias, gardenias, anémonas, y otras flores silvestres que se refrescaban con el rocío de la siguiente madrugada. ¡Y seguía el silencio! Pero de pronto apareció Marcus en aquel sangriento campo de exterminio, y contempló horrorizado el espectáculo después de la batalla. Instantes después, fueron surgiendo unas pequeñas alas de su espalda, que fueron creciendo hasta convertirse en dos grandes alas capaces de sustentarle en el aire. Marcus ensayo con torpeza inicial los movimientos de las alas necesarios para poder volar, y tras varios intentos fallidos, se vio finalmente suspendido en el aire con la agilidad de un pájaro. De nuevo sobre el suelo se preguntó qué significado podía tener aquellas grandes alas que habían crecido en sus espaldas. Pero no tenía una razonable explicación. El alba despuntaba y el rocío hacía brillar los pétalos de las sencillas flores silvestres del paraje en que se libró la última batalla de este mundo, sin ningún vencedor ni vencido. Millones de hombres y mujeres, incluso algunos adolescentes, casi unos niños, simpatizantes de ambos bandos, yacían sin vida, sin que nadie pudiera darles sepultura. Ni sus madres sabrían reconocer a sus hijos entre tantos cuerpos uniformados por el color rojo de la sangre. Marcus recorrió el campo de batalla esperando encontrar alguna cara conocida; algún viejo amigo del barrio que hubiera participado en aquella sangrienta batalla, pero no encontró a nadie conocido. No tenía fuerzas para desplegar de nuevo las alas y salir de aquel macabro paisaje y se dejó caer abatido sobre uno de los pocos espacios donde no había cadáveres. De pronto le sobresaltó el ruido de un aleteo que no podía ser de un ave y con la tenue luz del alba divisó alguien que, como él, estaba poseído de alas y se acercaba batiéndolas a un ritmo pausado pero constante. Instantes después reconoció al hombre alado que se posaba sobre la fresca hierba. ¡Era Calixto, el mendigo de otro planeta! —¡Calixto! ¿Eres tú el mendigo de mi antiguo barrio? ¿Por qué también tú tienes alas? ¿Por qué las tengo yo? ¡Tú estabas muerto! ¡Yo vi como te introducían en el crematorio! —¡Calmate, Marcus, soy el mismo mendigo! ¡Viste un ataúd vacío! Ya te dije que tenía poderes sobrenaturales. ¡Yo he provocado esta guerra! Y ahora no hagas más preguntas y levántate, que nos espera un largo viaje. Tú ya no perteneces a este mundo, y al que vamos a ir los hombres son alados. Tú no podías emigrar a este mundo sin tener tus alas. —¿A otro mundo? ¿Qué mundo? ¿Así que tú eres el responsable de esta matanza? ¿Por qué, Calixto? —¡No hay uno solo de estos muertos que no mereciera este castigo! Estaban dispuestos a matar a sus hermanos porque sus banderas eran de distintos colores. Ninguno conocía al enemigo que odiaba y que ardía en deseos de matar. Siguieron ciegamente a un líder desquiciado que se odiaba a sí mismo, y proyectó su odio a un enemigo inventado. Pero los del otro bando no fueron mejores. Solo necesitaron una escusa para convertirse en asesinos. Tampoco conocían a sus enemigos, tan solo el color de su bandera, que para ellos ya era suficiente. Los dos bandos eran los malos. Los buenos no se alistaron. Permanecieron en sus hogares, con sus esposas y sus hijos. Desdeñaron el poder de sugestión de los líderes, porque ellos son los líderes de sí mismos. No necesitan quién los guíe, porque ellos son sus propios guías. No odian a quien no conocen. No matan ni siquiera con una causa justificada; no corean eslóganes revolucionarios junto con la muchedumbre, porque ellos no son parte de la muchedumbre; no vitorean a sus líderes porque nadie es lo suficientemente justo como para merece alabanzas; no creen en un Dios común, sino en el Dios personal y único. No rezan salmos aprendidos en los libros sagrados, sino oraciones creadas por ellos mismos, según sean sus necesidades espirituales. Pero esos, Marcus, no son ni buenos ni malos, simplemente son seres humanos que se esfuerzan por ser ellos mismos, escuchar lo que les dicta su conciencia, creer en lo que le induce la fe; piensan razonablemente; no imaginan más allá de lo tolerable; no gozan de más placeres que los que obtienen con consentimiento. ¡Y de esos hombres o mujeres no hay ni uno solo en este campo de batalla! Y ahora, ¡basta de charlas y emprendamos el vuelo! Marcus no despertó de este sueño. Murió plácidamente soñando que volaba a un mundo donde solo habitan ángeles, porque él se había ganado sobradamente sus alas de ángel. Linda yacía en su lecho cuando él murió, pero no lo supo hasta las primeras luces del nuevo amanecer. Cuando descubrió que su marido había muerto durante la noche, le cubrió el rostro con la sábana y le susurró al oído: «¡Que sea la última vez que te duermes sin darme un beso!» Después lloró en silencio para no despertar a Isabel, a su marido y a su nieto, que estaban pasando el fin de semana en su casa, porque ese día era el 93 cumpleaños de Marcus, y habían planeado celebrarlo juntos. EPÍLOGO 48. La carta (Narradora: Luisa, hija de Margarita) Como le había prometido a mi madre, he escrito un libro sobre la historia de nuestro antiguo barrio, donde ella nació y pasó su juventud. No ha sido un trabajo fácil. Hay tantos personajes involucrados en esta historia que a veces se volvía confusa y no sabía cómo continuar. Pero creo que finalmente he conseguido mi propósito, y ahí están esas 200 páginas de la historia de una generación olvidada, que tuvo que rehacer sus vidas entre los escombros y las ruinas de un barrio que ellos mismos habían provocado su destrucción. Esos hombres y mujeres terminaron sus días marg inados de la historia, porque la historia los había condenado. Pero yo no creo que mis abuelos fueran responsables de aquella catástrofe. Ellos no fueron conscientes de sus errores, porque unos locos fanáticos habían secuestrado sus conciencias y sus voluntades, y no estaban en condiciones de reaccionar para librarse del tirano y de su pandilla de fanáticos seguidores, ¡hasta que fue demasiado tarde! Sergio ha hecho una pequeña edición del libro, que vende en exclusiva en su librería. Me gustaría que los nietos de esta generación leyeran esta historia, para que conozcan mejor cómo era el barrio de sus abuelos. Hoy me ha llamado para comunicarme que ya tiene ejemplares, y hemos quedado en encontrarnos con mi hija Linda, Marcus y Guido, esta tarde en el Café Central y traerá copias para todos. Guido ya está aquí, Marcus y mi hija vendrán directamente de sus clases de interpretación, porque los dos han decidido ser actores. Creo que Marcus tiene el talento, la personalidad y el físico para ser un gran actor. Sus padres están encantados y le apoyan en todo. Yo creo que mi hija tiene más voluntad que cualidades. Pero sé que Linda está muy influenciada por la fuerte personalidad de Marcus. ¡No me extrañaría que un día nos dieran una sorpresa! Marcus y Linda han sido puntuales, pero Sergio no ha llegado todavía. ¿Por qué se habrá retrasado? Puede que haya surgido algún contratiempo de última hora y siga en su librería. Por fin, ahí llega Sergio, y le acompaña una joven que no conozco. Desde luego no es del barrio. —.Hola, Sergio, llegas con algo de retraso, pero ¿quién es esta joven que te acompaña? —Es Anna, una amiga. Está haciendo su doctorado en nuestra universidad. Sus padres son emigrantes rusos, pero ella nació en este país. Se saludan con una interminable profusión de besos. —Luisa, antes de nada me gustaría que vieras una foto de familia de Anna. —¡Estaré encantada! La amiga de Sergio nos muestra la fotografía de un hombre de aspecto saludable y sonriente, que sujeta con una mano las bridas de un precioso corcel. Lleva el atuendo de montar. —Era un gran jinete —comenta su amiga—, ganaba prácticamente todas las competiciones hípicas en las que participaba. —¿Quién es? —le pregunto. —Es el hermano de mi abuelo, Sergei.. —¿Vive todavía? —No, murió en 1945, pocos meses antes de la firma del armisticio. Fue gravemente herido durante el asalto y toma de esta ciudad. —¡Por eso estaba buscando información sobre su muerte! —interrumpe Sergio. —¡Qué coincidencia, mi madre me dijo que la última vez que lo vio estaba preparándose para tomar completamente esta ciudad, porque ya había ocupado este barrio! —¡No es ninguna coincidencia, porque este hombre de la fotografía es su padre! Me he quedado prácticamente sin habla. No puedo creer que después de tantos años ignorando todo sobre mi padre, por fin lo conozco, ¡aunque solo sea en una vieja y descolorida fotografía! —Pero ¿cómo has sabido que es mi padre? —¡Por su libro! Buscando información sobre su muerte en esta ciudad vi su libro y supuse que hablaría también de él. Después de leerlo comprendí que usted era su hija, porque antes de morir escribió una carta para que la entregaran a su madre, Margarita, en la que le hablaba de su romance con ella. Había sido herido de gravedad durante el asalto y lo trasladaron a un hospital de campaña situado en la retaguardia, al día siguiente falleció. Su madre nunca lo supo, y, pasado algún tiempo sin noticias suyas, lo dio por muerto. La persona que debía entregar la carta a su madre murió del disparo de un francotirador antes de poder entregarla, y la carta, junto con otros documentos, la guardaron en los Archivos de Guerra de esta ciudad, por ser un testimonio de la guerra. Y allí es donde la he encontrado yo. Casi nadie conocía el contenido ni a quién iba dirigida, porque estaba escrita en ruso. Le hice una copia y la he traducido. Me gustaría leérosla... —¡Sí, por favor! Su carta dice así: «Mi amada Margarita, las guerras las conciben mentes que desean separar a los amantes. Cuando recibas esta carta es posible que yo ya no pertenezca a este mundo, el mundo que fue testigo de nuestro breve pero sincero amor, porque el tiempo no quiso ser generoso con dos amantes en medio de una odiosa guerra. En ese mundo que pronto dejaré se escucha el armonioso trino de los ruiseñores, pero lo apaga el estruendo de las bombas. Está habitado por ángeles que son desterrados por demonios. Está lleno de luz que apagan las tinieblas. En sus campos crecen flores silvestres que ahogan espinosos zarzales. En sus hogares se escucha la risa de los niños, que hacen callar el llanto de los ancianos. Sobre el cielo flotan nimbos inmaculadamente blancos, que son desplazados por amenazadoras nubes de tormenta. Mañana serás una amante solitaria de ese mundo desquiciado, porque de mí ya solo te quedará el recuerdo, el resto yacerá en algún prado habilitado como cementerio, sin lápidas ni tumbas, solo una cruz de madera con un nombre que el tiempo borrará irremediablemente. Nuestro hijo o hija no sabrá nunca dónde yace su padre, igual que sucederá con otros miles de hijos e hijas en las mismas circunstancias, y tú, mi amada Margarita, ni siquiera tendrás una fotografía mía para ponerla cada noche debajo de tu almohada, y que te lleve junto a mí durante tus sueños. Siento despedirme de ti de esta manera tan amarga, pero la amargura es hija de las guerras. Cuida de nuestro hijo o hija y hablale de mí como si estuviera vivo. Descríbele cómo te amaba, para que ella se sienta también amada. No sé si existe en el cielo un lugar destinado para los amantes separados por las guerras, pero si no lo hay, te esperaré a las puertas del Paraíso, y juntos entraremos cogidos de la mano. Adiós, mi amada Margarita, yo no te he traicionado, ha sido la guerra, que odia a los amantes, como la muerte odia la vida. Sé que voy a pedirte algo casi imposible, pero te ruego que no me olvides, porque no moriré mientras viva en tu recuerdo! Un cálido abrazo de tu amado, Sergei». Todos estamos conmocionados por esta carta. Yo me siento particularmente afectada y feliz, porque ahora veo que fui gestada por amor, aunque fuera breve, solo tengo ánimo para decir: —Mi añorado padre, mis lágrimas no pueden resucitarte, pero al menos sé que ya te habrás reunido con mi madre, tu amada Margarita, y cogidos de la mano, habréis entrado ya en el Paraíso. AGRADECIMIENTOS No se me ocurre mejor nota de agradecimiento que la reproducción del correo electrónico que envié a mi estimado amigo, Jaime Nubiola, cuando tuve en mis manos la primera copia impresa del manuscrito de esta novela: «Estimado Jaime, nunca te agradeceré lo bastante tu ayuda. Ya tengo el manuscrito impreso y lo he vuelto a leer de una sentada, y lo volvería a leerlo diez veces seguidas, porque gracias a tus correcciones es una delicia leerlo sin erratas. ¡Gracias, Jaime!» Para escribir una novela tan importante es la inspiración como gozar de un adecuado lugar de trabajo. Tengo que agradecer a mis vecinos por su respeto y cordialidad, que me han permitido mantener el estado de ánimo necesario para mi trabajo. ¡Gracias, vecinos! Pero a quien estoy más profundamente agradecido es a mi estimada amiga Maritza, por sus críticas a los capítulos que tratan del complejo mundo de la homosexualidad en la primera redacción de la novela. Sin sus profundas e inteligentes observaciones el mensaje que yo pretendía enviar al lector con esta novela hubiera tenido un efecto totalmente opuesto. ¡Gracias, Maritza! 2026

1. Mi médico me acaba de dar una devastadora noticia. “Padeces una enfermedad incurable”.Hay un tenso silencio. Parece como si temiera continuar describiendo mi situación, pero ha considerado debía ser claro para que no me hiciera falsas ilusiones, y me ha advertido que no tengo más de seis meses de vida, o, en caso excepcional, y si respondo bien al tratamiento, tal vez un año. Salgo del hospital renegando por haber permitido que me diagnosticaran la causa de mis molestias. Por supuesto que no acepto el diagnóstico. Después de todo los dolores son todavía soportables. Es una mañana fresca y húmeda, como son las del otoño, pero agradable para pasear. Para demostrar que no es aceptable el diagnóstico, regresaré caminando a mi apartamento. ¿Por qué yo? Sí, conozco mucha gente que padecen enfermedades incurables, pero por alguna inexplicable razón yo me creía inmune. Ahora necesito algún tiempo para hacerme a la idea de mi error. Aún a mi pesar, tengo que aceptar que soy tan humano como los demás, y puedo sufrir sus mismas enfermedades. Estoy cansado y todavía me falta más de la mitad del trayecto. Entro en un pequeño parque junto a la iglesia del barrio. En uno de sus bancos dormita un mendigo, que al acercarme me mira con una clara expresión de odio, porque debe sentirse humillado por mi apariencia de persona bien situada. Él no puede saber que acababan de condenarme a morir prematuramente, si lo supiera no tendría ningún motivo para envidiarme. Me siento en un banco contiguo, porque mis piernas no pueden dar un paso más. El mendigo parece contrariado y se revuelve en sus harapos, como si esta fuera su casa y yo hubiera entrado sin llamar. El facultativo me ha creado un estigma. Ya no soy el yo-mismo que apenas una hora antes podía hacer aquello que me apeteciera, sino yo-mismo-y-la-muerte. En adelante cada uno de mis pensamientos o actos deberán contar con ella. Pero no estoy resignado. Los médicos pueden estar equivocados. Tal vez mis informes médicos se hayan traspapelado y sean los de otro paciente. Alguna inexperta secretaria ha podido cometer ese terrible error. La naturaleza no puede abandonarme y la vida no puede ser tan irresponsable conmigo. El destino no puede ir en contra de mi voluntad, porque es mi voluntad la que debe crear mi destino. Esto no me puede estar pasando a mí. Todavía tengo muchas cosas nuevas que admirar, muchas historias fantásticas que contar, y, por qué no, tal vez alguna persona a quien amar. ¿Es un castigo divino? ¿Me condenan a una muerte prematura por supuestos pecados cometidos, aunque no pueda saber la naturaleza de mi culpa? Un pecador no necesita conocer los detalles de su culpa, le basta con padecer el castigo para saber que ha pecado. Es perfectamente posible que esta enfermedad estuviera escrita en las estrellas, o puede leerse en la palma de mi mano, sin que por ello deba considerarlo un castigo. Pero lo más razonable es que sea el resultado de mis largas noches de insomnio voluntario, dando vida a personajes que en agradecimiento me llevan a mí a la muerte. Pero no les guardo rencor. Desde el principio acepté que cada obra que merece el elogio es porque en ella hay un poco arrancado de nuestra propia humanidad, y la humanidad debe tener también sus límites. Tal vez haya sido esa mi culpa: haber creado fantasmas y presumido de ser su dios. Pero sin mí nunca hubieran existido, luego debo de estar en lo cierto: yo soy su dios, y por ello no merezco ser castigado con tanta crueldad. Si esa es la justicia divina, todos los artistas iremos al infierno y la imaginación sería perseguida y severamente castigada. 2. La gran impresión y desasosiego que me ha causado el diagnóstico anula totalmente mi sentido del tiempo. No sé cuánto tiempo he permanecido sentado en este banco. Mientras yo pienso en mi desolación en algún remoto lugar del universo, estoy seguro de que alguien, que ya conoce mi destino, debe estar compadeciéndose de mí. Probablemente sea un ángel, el mismo que aparecía en las estampas que nos regalaban cuando éramos unos críos en la clases de religión. Por entonces yo también quería ser un ángel. Quería volar, ver el mundo desde lo alto, emigrar a tierras cálidas, ser libre como los pájaros, y, de acuerdo a aquellas brillantes estampas, solo los ángeles sabían volar. Por eso quería ser un ángel. Se me erizan los cabellos, porque presiento que ese ángel puede estar ahora sentado en este mismo banco, escuchando mis nostálgicos pensamientos, intentando inútilmente consolarme, porque los ángeles y los humanos, por alguna razón que solo Dios debe saber, somos incompatibles. Pero he vuelto al tiempo real por la turbia y resignada mirada que me dirije de vez en cuando el mendigo, incapaz de comprender qué hace alguien como yo sentado en este banco a estas horas de la mañana, reservado para indigentes. Me gustaría decirle que yo tampoco lo sé, pero para él no tendría ninguna utilidad. Luce un sol frío, otoñal, pero limpio y brillante. Una fresca y húmeda brisa procedente de un mar cercano humedece mi acalorado rostro. Todavía quedan rastros del relente matutino sobre los coches y en las aceras. Pronto llegará el invierno. Es inevitable que a todos nos llegue algún día el invierno, pero algunos ya no vivirán para contemplar la próxima primavera. El mendigo se ha erguido y me contempla extrañado. Creo que a pesar de su aspecto, debe tener la capacidad de leer los pensamientos. Sí, sabe lo que estoy pensando, porque los que sufrimos tenemos el mismo rictus, la misma languidez en la mirada, la misma curvatura de la espalda, los mismos ojos enrojecidos, y todo eso es fácil de traducir al lenguaje común: 3. Durante unos instantes parece indeciso. Finalmente se decide, y con la forma de caminar de quien tiene los músculos entumecidos, viene a mi banco, pero no se sienta. Permanece de pie, vacilante, indeciso. Por fin se decide, y me pide un cigarrillo, pero lamentablemente yo no fumo. Le ofrezco unas monedas, pero incomprensiblemente las rechaza. Extravía su mirada en un punto indeterminado, parece meditar si entablar conversación o volverse a su mundo. Como si aquel encuentro no hubiera tenido lugar y sin hacer el más mínimo gesto, recorre de nuevo con la misma torpeza esa corta distancia que separa nuestros dos mundos, y de nuevo se envuelve en sus harapos para seguir dormitando. No tiene valor para salir de su pobreza y yo no tengo valor para aceptar la mía. Él ha perdido la confianza en los seres humanos, a los que solo les pide un cigarrillo; yo he perdido la confianza en mí mismo, al que solo pido valor para enfrentarme a mi desgracia. El mendigo ha vuelto a levantarse y de nuevo viene hacia mí. Me pide con gesto de fingida humildad las monedas que le ofrecí. No tengo ganas de interesarme por su situación, solo tengo algún interés por la mía. No ha transcurrido ni una hora desde que he conocido mi condena y presiento que antes de regresar a mi apartamento habré pasado a la fase de rebeldía, que no es otra cosa que el recurso del pataleo, paso previo a la aceptación y el sometimiento ya sin defensas ni reservas. «He aquí el esclavo del Señor, hágase en mí según tu palabra». El mendigo se impacienta, seguramente piensa que deseo humillarle y noto en su extraviada mirada más odio que en la anterior. Le entrego las monedas y se vuelve a su banco sin darme las gracias. Las cuenta y me dirige una despreciativa y tosca mirada. Sin duda esperaba que hubiera sido más generoso. No soporto más su andrajosa presencia y reemprendo el camino, pero una .parte de mi cuerpo arde como si ya estuviera en el infierno, y me cuesta caminar. ¿Existirá el infierno? ¿Existirá el cielo? ¿Existirá Dios, y sus ángeles y querubines? Me horrorizo al darme cuenta de mi rápida transformación. Por primera vez he dudado de mis arraigadas convicciones seculares. Hasta hace solo un minuto el infierno, el cielo y Dios, eran algo anecdótico; un tema de conversación lleno de incongruencias y fanatismo para crédulos e ignorantes; de ceguera intelectual e irracionalidad. Y de improviso surgen de nuevo estas preguntas teológicas pero con una renovada importancia. También presiento que mi mente se quedará pronto en blanco, negándose a pensar, puesto que no podría dejar de pensar en la muerte y sus intrincados misterios. Tengo que redescubrir la nada, y sumergirme en ella hasta el día de mi anunciada muerte. 3. Son las tres de la madrugada y no consigo conciliar el sueño. Solo oscuridad y nada más. Esas figuras que las luces de los automóviles proyectan sobre el techo es lo único que llama mi atención, lo demás parece haberse desvanecido. Todo a mi alrededor es silencio, oscuridad, nada. Quien haya creado esta absurda palabra pensaba en mí, yo le he dado su verdadero sentido; su auténtico significado; su opresivo vacío. A las cuatro de la madrugada seguiré pensando en lo mismo que pienso ahora, y las próximas horas, los próximos días hasta el día de mi muerte seguiré teniendo los mismos pensamientos: nada. Ya no me queda nada en qué pensar excepto en la nada, y, pensar en la nada es como no pensar. Dejo la mente en blanco para intentar disuadir a mi cerebro para que no me reviva malos recuerdos, los buenos no los he olvidado. Pero de todo aquello ya no queda nada. Es la hora de mi propio juicio final. He sido ambicioso, egoísta y desleal. Si existe el infierno sin duda que me condenaré. Tengo que reconocerlo, estos insistentes dolores, sumados a mis remordimientos, han mermado la creatividad de mi imaginación. Mi última novela es mediocre, incluso patética. Los personajes han nacido muertos y actúan como verdaderos zombis. Creo que he perdido la conexión con la realidad y vivo en un mundo paralelo. Veo el nuevo mundo pero no lo siento; lo escucho pero no lo entiendo, y ya no tengo a nadie a mi alrededor para comentar esta faena del tiempo; un confidente al que se le puedan contar un cúmulo de desdichas sin que te rechace, te ignore, o te olvide. He traspasado de una a otra dimensión sin apenas darme cuenta, entretenido con mis sueños de grandeza, con el convencimiento de que pondría el mundo a mis pies y ahora yo soy su felpudo. He traicionado a la única mujer que he amado. He despreciado a mis amigos, y admirado a mis enemigos, porque prefería el estímulo de la victoria después de una enconada guerra contra mis enemigos a la estéril paz de los amigos. Y ahora no tengo amigos ni enemigos. A unos los he humillado, y los otros me han ignorado y rechazado mi enemistad, así que no queda nada, ni de unos ni de otros. Estoy postrado sobre la cama intentando olvidar que tengo un cuerpo corrompido, que amenaza con destruir también mi alma y mi mente. Esta noche las esporádicas luces de los automóviles que cruzan por el techo me parecen almas en pena que me advierten que muy pronto seré una de ellas y cruzaré los techos de otros condenados; que ni el cielo ni el infierno existen, solo la insoportable nada. 4. Por fin amanece. He dormido dos o tres reparadoras horas. Es un alivio dormir; poder tener la oportunidad de encontrarte con las personas más queridas, pero no las reales, sino las que tu estado de ánimo necesita, y que durante la vigilia duermen en tu imaginación. Solo en sueños las cosas suceden como deseamos que sucedan; sin los sueños el alma no tendría donde refugiarse; donde anidar y entonar su canto, estaría presa de la cruda y severa realidad. No sé quién nos dio la facultad de soñar, pero debió ser alguien muy comprensivo y buen conocedor de las debilidades del ser humano. Tal vez fuera el Dios del que hablan las religiones, pero yo no puedo aceptarlo, porque simplemente no creo en nada. Incluso he dejado de creer en mí mismo. Quien vive sumido en la nada no puede creer en nada. Pero está amaneciendo y es mi hora para el optimismo; el momento más esperado, porque la luz debe ser la causa de todo lo creado, mientras que las tinieblas son las encargadas de destruirlo, de sumir lo creado en un abismo sin retorno, el mismo que nos debe esperar tras la muerte. He pensado mucho en la muerte, especialmente en mi muerte; en mi irreversible y temprana muerte. Me gustaría creer en la transmigración, porque la vida no se destruye, solo se transforma. Sería un consuelo poder creer que instantes después de mi último suspiro ser parte de una nueva vida, en algún lugar de la Tierra o del Universo. Al fin y al cabo de él venimos y a él volveremos. Pero mi habitación se ha inundado de luz y ahora veo las cosas como son y no como las sueño. Veo en la estantería minuciosamente ordenados por grosor, color y altura mis novelas, en las que he gastado, o tal vez desgastado, toda mi vida, y algunas fotos de tiempos remotos e irrecuperable. Las mejores novelas las escribí cuando mi mente y mi imaginación tenían alas, porque eran jóvenes y libres, y se entendían mutuamente: lo que la imaginación creaba mi disciplinada mente lo escribía. La mayoría de mis novelas han sido un rotundo éxito, pero la última estaba contaminada de mi enfermedad. En mi mesa de escritorio, junto al ventanal por donde contemplo la parte de mundo que me corresponde, veo que permanece inactivo y silencioso el ordenador que en días mejores me provocaba constantemente, sin apenas dejarme respiro, ni tiempo para el descanso. Solo se escuchaba el excitante y rápido sonido de las teclas describiendo sobre la pantalla iluminada las imágenes que brotaban como un manantial de agua fresca de mi exuberante imaginación. Entonces esta máquina era una extensión de mi mente y de mi espíritu, ahora es un vulgar ordenador, como hay miles, sin alma y sin actividad, porque ya no tengo nada que contar. El teclado me parecían un universo, con el que se podían expresar hasta los más recónditos pensamientos filosóficos, escribir los más apasionados diálogos, o describir los más bellos escenarios. Todo estaba allí, a la vista, solo había que elegir las letras adecuadas, en la forma más acertada y con el ritmo también adecuado. Esa era otra vida. Cada personaje que salía de ese ahora inerte teclado trastocaba completamente la realidad: ellos eran los reales, lo demás era un sueño. Los sentía tan vivos que muchas veces los invocaba convencido de que aparecerían en mi habitación, y discutiríamos sobre su futuro como personaje de la novela. Siempre tuve la sensación de que no estaban conformes con su papel, porque yo nunca llegué a conocerlos como realmente eran, a pesar de que yo mismo los había creado. Pero eso fue antes del diagnóstico; antes de que mi caminar se hiciera torpe y descompasado; mucho antes de que los primeros síntomas de mi enfermedad me hicieran perder el sentido por causa de un intenso dolor surgido de alguna parte imprecisa del interior de mi cuerpo. Pero yo presentí mi enfermedad mucho años antes. Posiblemente tuve el presentimiento ya desde mi nacimiento, por eso viví con urgencia, escribí con urgencia y también envejecí con la misma urgencia. Ahora ya puedo descansar y tranquilizarme, ya no hay razón para la urgencia. 5. He desechado toda esperanza. Sé que voy a morir, pero en contra de mi voluntad. No puedo aceptar que la naturaleza decida por mí. Tengo que anticiparme a sus ciegos impulsos; a su destrucción irracional. Solo yo puedo decidir cuándo y cómo debo morir. Es un pensamiento que me horroriza, pero tal vez deba poner yo mismo fin a mi vida. ¿Suicidarme? ¿Sería capaz de hacerlo? Pero ¿cómo? No quiero tener una muerte violenta. ¿Recurriendo a los sedantes? Pero, sabiendo mi situación ningún médico me los recetaría. Nunca pensé que fuera tan difícil atentar contra la propia vida. Envidio a los que tienen la fortuna de morir durante el sueño, porque la mayor dificultad de un suicida es tomar la última decisión de su vida, porque no es posible rectificar. Tal vez podría recurrir a la eutanasia, pero no quiero morir donde la ley lo permite, ni que mi muerte sea un intercambio comercial. Desearía morir junto al mar, al atardecer de un crepúsculo otoñal, para llevarme su belleza a la eternidad. ¿No se cumplen los deseos de un moribundo? ¿Por qué no pueden cumplirse los míos? Pero estoy hablando de mí; planeando mi muerte por mis propias manos y por mi voluntad. Pretendo ser yo mismo el homicida que destruya todo cuanto he creado; acabar con el fruto de mis ilusiones juveniles, mis ambiciones consumadas tras muchos años de soledad y tristeza, con mis gratos recuerdos. Al menos si me mata la naturaleza yo no seré responsable de este homicidio. No, no puedo atentar contra mí mismo. Ningún árbol destruiría sus propios frutos. Pero si no tengo el valor suficiente para atentar contra mi cuerpo, tengo que acallar mi conciencia, limitar los lúgubres pensamientos y cerrar los ojos de la imaginación, la única responsable de mis sufrimientos, porque no sufrimos si no imaginamos. ¿Entonces, tengo que dejar que esta terrible enfermedad siga su curso? ¿Cómo soportaré esta larga agonía? ¿Con qué estímulo contaré? No me puedo imaginar esperar impasible la muerte postrado en la cama de un hospital, con la mente aturdida por los analgésicos y la vista nublada, tontamente fija en algún punto de la habitación. No, esa no es una forma digna de morir. Debe de haber otra forma más humana y menos dolorosa. Puede que la única forma digna de morir sea en aquel lugar que llames tu hogar, y estar junto a quién sienta verdadero afecto por ti; que puedas estrechar su mano hasta que en el último suspiro se pierda su contacto, porque es a través de las manos como las almas se comunican y expresan sus deseos y sentimientos, de esta manera te puedes llevar su afecto y su sonrisa a la eternidad, aunque mis ojos ya no vean, mis oídos ya no escuchen y mi cuerpo ya no sienta nada. ¡Esa es la única forma digna de morir! Una sabia reflexión pero inútil, porque yo no tengo un hogar ni nadie que sienta tanto afecto por mí. Este apartamento no es un hogar, porque falta lo esencial: una mujer. Solo es un lugar de residencia; un confortable refugio; el espacio adecuado para un escritor; una jaula dorada donde dejar libre la imaginación. Solo una mujer puede convertir la sala de espera de una estación en un hogar, porque ella es el hogar. Está entre su brazos, en su seno, en su energía femenina. El hogar está en el lecho donde yace una mujer. En cuanto a alguien que sienta por mí tanto afecto como para velar mi agonía y estrechar la débil mano de un moribundo, lamentablemente hace muchos años que no sé nada de ella. Fue mi primer y único amor, la persona que estimuló mi imaginación y mi creatividad. A ella le debo lo que soy y los recuerdos que han inspirado la mayoría de mis novelas. Pero por entonces mi ciega ambición era más fuerte que mis sentimientos. Nos unió y nos separó nuestra pasión por la literatura. Los dos teníamos confianza en nuestro talento y no teníamos la menor duda sobre nuestros futuros éxitos. Nuestra relación le inspiró sus mejores poemas, por lo que yo me sentía halagado y transportado a otro mundo, pero la providencia le tenía reservado un doloroso destino. También fue fruto de nuestra relación el argumento de mi primera novela: la historia de una poetisa fracasada que describe en su último poema su suicidio. ¡Una amarga paradoja del destino! Ella me ayudó a corregir mis notables defectos literarios de principiante, incluso mecanografió el manuscrito y me sugirió que lo enviase a un conocido concurso literario para principiantes. Compartía mis ilusiones y mis ambiciones con generosidad y sin la menor sombra de envidia. Se entregó por entero a esta labor, que finalmente dio sus inesperados frutos: ¡Gané el primer premio! Lo que siguió después es la causa de mis remordimientos y que nunca podré perdonarme. Una reconocida agente literaria se interesó por mí, y me aseguró que tenía un gran talento literario y que en uno o dos años haría de mi el escritor más leído y admirado de aquella época. Yo me sentí profundamente halagado y acepté su apuesta. Ella me sugirió el tema de mi segunda novela: una historia romántica con final feliz, y yo no tuve dificultad en imaginar el argumento, tan solo tenía que añadir algunas escenas nuevas a mis propias vivencias personales. En esta segunda novela fue ella quien revisó y corrigió los numerosos defectos de estilo y errores gramaticales del primer manuscrito. Solíamos trabajar en su propia casa, en un ambiente de intimidad y familiaridad, creado para seducirme y hacerme caer literalmente en sus brazos. No solo había visto en mí un escritor con talento, sino también un amante. Desgraciadamente para mi fiel compañera, mi agente era una mujer con el atractivo de las mujeres maduras todavía bellas, con un espíritu joven y una gran experiencia en las artes de la seducción, por lo que fue imposible resistirme. En poco tiempo consiguió dominar completamente mi voluntad. Pasaba los días en un frenético programa de promoción de mi novela que apenas me permitía dedicar unos minutos al recuerdo de otra mujer que debía sufrir en silencio cada vez que mi imagen, con una sonrisa estudiada de triunfador prepotente, aparecía en algún medio de comunicación. Los pocos momentos que no dedicaba a mi promoción tenía que ocuparlos en satisfacer sus deseos, siempre insatisfechos, no como mi agente sino como mi amante. Aunque había momentos en que era consciente de mi desleal comportamiento, no pude renunciar a la vanidosa sensación de estar por encima de la gente común; de dominar sus voluntades, convirtiéndolos en aduladores y en mis admiradores. Desde entonces no ha habido paz para mi espíritu y no he conocido ni la verdadera amistad ni mucho menos, el apasionado sentimiento del amor. Ahora ya es demasiado tarde, porque tanto la amistad como el amor son como una bella planta, necesita tiempo para florecer. 6. A veces me pregunto qué hubiera sido de mí si no hubiera ganado aquel inesperado premio. Posiblemente estaría casado, tendría dos o tres hijos, un abdomen más prominente y podría haber encontrado un buen empleo en una compañía de seguros, donde ya habría ascendido a subdirector. Viviríamos en una bonita casa con suficientes habitaciones para todos, situada en un tranquilo suburbio residencial. Tendríamos dos perros, un histérico Yorkshire de mi mujer y otro de una raza más grande, además de un gato siamés. Dos de mis hijos irían ya a la Universidad. El mayor estudiaría Derecho, y tendría ya asegurado un empleo en mi empresa, y mi hija mediana estudiaría periodismo, porque creería tener vocación de escritora, y ya habría publicado en la red un libro de tema romántico. La pequeña, porque muy probablemente tendríamos dos hembras, estaría todavía en el Instituto y llevaría una prótesis dental para corregir la desviación de su dentadura. Mi mujer sería presidenta de alguna asociación cultural, y cada primer sábado de mes nuestro amplio salón se convertiría en una sala de reuniones, donde una docena de activas madres de familia, y algún viudo jubilado, discutirían los detalles de un ambicioso programa cultural. Tendríamos una buena relación con nuestros vecinos. Él podría ser un alto ejecutivo de una multinacional de alimentos para mascotas, y ella regentaría una pequeña boutique de ropa exclusiva, dentro de nuestra zona residencial, que con toda probabilidad sería un negocio ruinoso. Cada verano mi mujer, yo y nuestra hija pequeña pasaríamos dos semanas en una popular localidad de la costa, donde tendríamos reservado cada año un apartamento en el piso 15 de un edificio en la tercera línea de mar, mientras nuestros hijos mayores aprovecharían el verano para seguir cursos intensivos de inglés en Londres o en Nueva York. ¿Es eso lo que me he perdido? No; es una suposición demasiado convencional que yo nunca hubiera aceptado. Pero no quiero pensar en lo que hubiera podido n ‘ mn mi vida con aquella mujer como si se tratara del argumento de una de mis novelas. Ella es una persona y no debo confundirla con un personaje; nuestra relación no fue una novela. A veces no sé distinguir el sueño de la realidad, porque los recuerdos con el tiempo se vuelven sueños, y los sueños con el tiempo se hacen realidad. Todo hubiera podido ser distinto si yo no hubiera sido tan ciego y ambicioso y no hubiera caído en los brazos de mi agente literaria. Pero pronto su avidez por sentirse joven y atractiva no encontraba ya en mí el estímulo suficiente, y se buscó un nuevo amante, otro joven escritor ambicioso. No sentí en absoluto su traición, más bien supuso una liberación, porque yo también necesitaba nuevos estímulos para proseguir la meteórica ascensión de mi popularidad. Entonces intenté recuperar mi primer amor, pero perdí su rastro, daba la impresión de que había emigrado a otro planeta o se la había tragado la tierra, porque se había ausentado de todos los medios que pudieran identificar su paradero. Desalentado por la inútil búsqueda, intenté buscar consuelo en alguna de mis jóvenes admiradoras. No me fue difícil seducirlas, incluso podía elegir entre las muchas jovencitas que me idolatraban. No la elegí por su inteligencia sino por su cuerpo, porque mi capacidad para amar había quedado anulada por mi traición. Por desgracia, a pesar de su atractivo, mi constante remordimiento me hacía impotente e insensible, por lo que mi relación con mis jóvenes amantes era breve y frustrante. Mis remordimientos me llevaron a aceptar la soledad y me entregué en cuerpo y alma a mi trabajo. Pero cambió radicalmente la temática de mis novelas, los anteriores argumentos tenían siempre un final feliz, los nuevos se tornaron desdichados, negativos y con finales trágicos, en los que invariablemente moría el protagonista de la historia. Pero lejos de decaer mi popularidad siguió creciendo, porque en nuestra época apenas se conocen relaciones con un final feliz, y mis lectores se identificaban mejor con el nuevo giro dramático de mis trágicos argumentos. 7. Sí, a pesar de todos estos años, todavía guardo viva su imagen, porque ella ha sido la que ha inspirado mis más entrañables personajes femeninos. La he descrito tantas veces que no podría olvidarla aunque me lo propusiera. Y si mi memoria me jugara una mala pasada y borrase su imagen, solo tengo que leer una y otra vez las novelas donde ella está presente para volver a recuperarla intacta, tal como la he tenido guardada estos últimos veinte años. Pero los años pasan y dejan su horrible huella. Puede que si me cruzase con ella en la calle no la reconocería. ¿Qué estragos habrá hecho el tiempo en su rostro aniñado y en sus mejillas sonrosadas? ¿Cómo serán aquellos labios carnosos e irresistibles? ¿Y de qué color serán sus rubios cabellos rizados, siempre alborotados, que se enredaban entre mis dedos? ¿Y sus senos, menudos pero sensuales? Lo que no ha debido cambiar es su mirada sincera y tierna, ni el color azul de sus ojos. ¡Cuánto la he añorado en mis largas noches de insomnio dando vida a personajes con sus cualidades! ¡Cuánto hubiera dado por sentir sus manos en mis hombros doloridos por aquellas interminables horas intentando recrear el mundo con las fantasías de mi agotada imaginación! ¡Y cuántas mañanas he amanecido abrazado a la almohada, despertando de un sueño en que yo la tomaba entre mis brazos, y tumbados sobre un oloroso césped recién cortado, contemplábamos un cielo azul impoluto, que nuestros ojos apenas podían contemplar una ínfima parte de su inmensidad. La conocí en la cantina de la facultad un día de principios de la primavera de 1997, el año que Darío Fo ganó el premio Nobel de literatura, y que secretamente yo aspiraba a ganar algún día. Ella estaba delante de mí en la fila de la cafetería y pretendía coger su taza de café y un enorme pastel de nata y fresas con una sola mano, porque la otra sujetaba varios libros de poesía. Yo me ofrecí a sujetarle los libros, pero lo rechazó. Finalmente, y como era de temer, la taza de café, el pastel y sus preciados libros rodaron por el suelo. Entonces sí aceptó mi ayuda. Mientras ella limpiaba los trozos de tarta que habían embadurnado los libros, yo conseguí una nueva taza de café y la última porción de tarta que quedaba. Pero quiso el destino que aquella mañana de principios de la primavera ella se quedase sin su café y su deliciosa tarta de nata y fresas, porque tropecé con una silla descolocada y, una vez más, café y pastel fueron a parar al suelo. Aquella coincidencia en nuestra torpeza lo interpretamos como una señal del destino, de que estábamos hechos el uno para el otro. Los días y meses que siguieron a nuestro accidentado encuentro fueron simplemente gloriosos. Nos descubrimos nuestras respectivas vocaciones y ambiciones, y acordamos, sellado con un beso, recorrer juntos el camino hacia la gloria, que nuestro optimismo juvenil daba por conquistada. Solíamos sentarnos sobre el mullido césped de nuestro campus y nos intercambiábamos cuartillas con nuestros respectivas creaciones. Yo leía y valoraba sus poesías y ella leía mis narraciones y las comentábamos en acaloradas discusiones literarias. Todavía hoy recuerdo uno de sus poemas, dedicado a mí, naturalmente: Si tu corazón fuera espuma, yo sería océano; Si tu alma fuera cielo, yo sería nube; Si tu mirada fuera lluvia, yo sería campo; Si tus manos fueran agua, yo sería sed. Acudíamos a todos los actos culturales relacionados con la literatura, y éramos considerados «Les enfants terribles» de las presentaciones de libros, por nuestras exhaustivas preguntas. Creo que los autores nos temían. No nos perdíamos ninguna película biográficas de escritores. Hacíamos planes para el futuro, para cuando fuéramos ricos y famosos. Acordamos que pasaríamos medio año en París y el otro medio en Mallorca, en una pequeña casa sobre algún acantilado y que desde la ventana del dormitorio se pudiera contemplar el amanecer en el mar Mediterráneo. Incluso habíamos decidido tener nuestro primer hijo cuando yo cumpliese 30 años, y tener tiempo suficiente para consolidar nuestras respectivas carreras literarias. Todas esas maravillosas fantasías sucedían antes de que yo ganara aquel maldito premio. Ahora me doy cuenta de que estaba seguro de cómo sería mi brillante porvenir con toda clase de detalles, pero no estaba seguro de cómo era yo, y apenas soporté la primera prueba que el destino puso en mi camino. 8. Apenas he tenido tiempo de reflexionar y ser plenamente consciente de mi lamentable destino y mañana tengo que presentarme en público y hacer la presentación de mi última novela. Soy el esclavo de mi propio éxito, preso de las cláusulas de un draconiano contrato. Hace mucho que he dejado de ser libre para convertirme en un esclavo admirado. Daría todo lo que poseo para volver atrás y reemprender mi vida junto ella, y que nunca hubiera tenido la torpeza de presentar mi primera novela y un concurso literario, para tener la desgracia de ganarlo. Pero ya es demasiado tarde. Ahora volveré a ser portada de las revistas especializadas, pero para anunciar mi inevitable muerte. Se escribirán panegíricos llenos de elogios y virtudes que seguramente no tengo, pero a los muertos se les ensalza o se les mancilla, pero rara vez se les respeta. Seguramente que se triplicarán las ventas de mis libros, por lo que mi prematura muerte es un magnífico negocio para mi editorial, para las imprentas y para las librerías. Estos llorarán mi muerte con lágrimas de cocodrilo. Mi agente me visitará repetidas veces para asegurarse su comisión tras de mi muerte. El editor también me visitará, y con afectada tristeza, me hará firmar un nuevo contrato para asegurarse la exclusiva de mis libros cuando deje este mundo. Recibiré miles de condolencias de mis admiradores, y serán tan hipócritas que desearán mi pronta mejoría, pero en el fondo mi muerte es mucho más morbosa y excitante para ellos. ¿Y qué será de mi obra? ¿Cuánto tiempo permanecerá en la memoria de mis actuales admiradores? Un escritor muerto solo es rentable mientras dure sus funerales y homenajes, después otros escritores vivos ocuparán mi vacío, y seguramente serán víctimas de mi misma enfermedad. No es probable que me sobreviva mucho tiempo. Siempre he tenido la sensación de que estaba escribiendo lo que los lectores querían leer no lo que yo deseaba escribir. Nunca sabré que clase de escritor soy porque realmente nunca me he puesto a prueba. Todo ha resultado demasiado fácil para ser importante. No hay mayor desgracia para un escritor de vocación que ganar un concurso a una temprana edad ni peor tortura que triunfar en algo que no te gusta. Para escribir lo que te dicta tu propia intuición es necesario no pensar en los lectores por lo menos hasta haber cumplido los cuarenta. Yo soy una de esas víctimas. Intento apartar de mi mente estos patéticos pensamientos leyendo alguno de los numerosos mensajes que recibo cada día. Hoy no quiero leer ese coro de elogios de los que parecen haber nacido para admirar a cualquiera que tenga su nombre impreso en algún lugar que no sea su documento de identidad o en el buzón del correo postal. La mayoría me admiran solo porque tengo otros cientos de admiradores y seguidores, pero en realidad no saben por qué me admiran. Todos esperan lo mismo de mí: una pocas palabras de respuesta del mito al que están subyugados para sentirse bendecidos por la gracia divina. Las de estos admiradores incondicionales son una breves frases que deben tener guardadas en la memoria del ordenador para enviarlas a sus escritores favoritos: «Muy buena su última novela», «Me ha enganchado su última novela», «He disfrutado con su última novela», «Me ha encantado su última novela»; etc. ¿Y qué puedo responder? Les podría dar unas enormes gracias y que se las repartan entre ellos. Pero hay un mensaje que llama mi atención. Es el de una joven. No puedo explicarlo, pero su imagen me produce desasosiego e inquietud. Tal vez sea porque hay algo común en nuestros rasgos; o por su altiva y provocadora mirada, y sin embargo, hay algo de dulzura en su rostro. Tengo la impresión de que su arrogancia oculta una personalidad vulnerable. ¿Casi no me atrevo a leer ~, |presiento que no será favorable y no tengo el día para soportar críticas. Después de todo los elogios son un bálsamo, no curan pero calman; las críticas son una amarga medicina, saben mal pero curan. Me atrevo a leerlo: «Hola, soy una aspirante a escritora que ha leído todas sus novelas y en mi modesta opinión solo hay una que tiene una buena motivación: la primera, el resto son aceptables, pero carecen de esta importante cualidad. Parece como si después de la primera novela usted hubiera perdido la motivación de la primera. En cuanto a su última novela, lamento decirle que parece como si hubiera perdido tanto la motivación como la inspiración. Disculpe que sea tan sincera, pero esa es mi opinión. Noemí.» Quién quiera que seas, Noemí, ¡has descubierto mi secreto mejor guardado! Confieso que esta severa crítica de una jovencita arrogante y engreída me ha afectado. No debería preocuparme, todas las invitaciones para la presentación de mi nueva novela están reservadas desde hace una semana, y las críticas no han sido muy efusivas pero tampoco malas, pero lo que me sorprende es la seguridad de sus juicios, que coinciden plenamente con la realidad de mi carrera literaria. Es cierto que las novelas posteriores a la primera las escribí influenciado por mi agente literario, no por un ser humano, y que no las escribió el artista sino el profesional con un buen estilo. Y ese rostro... esa expresión... esos rasgos tan similares a los míos; la frente despejada, los hoyuelos de las mejillas y la ligera caída de los párpados... son idénticos. Pero me pregunto ¿quién es esta misteriosa Noemí? No hay nada en su perfil que la identifique, ni dónde estudió, ni dónde vive, ni fotografías, ni un blog; ¡nada! Le respondo: «Estimada Noemí, tu dura crítica ha herido mi amor propio, pero agradezco tu sinceridad. No me cabe la menor duda que serás una gran escritora. Soy consciente de que ninguna de mis novelas merecerá ni un modesto rincón de la posteridad. Si escribiera pensando en la posteridad perdería prácticamente todos mis lectores. En los tiempos que nos ha tocado vivir ningún escritor puede estar por encima del nivel intelectual de sus lectores, porque de ser así les haría sentirse culpables e ignorantes. Si apareces media docena de veces en un canal de televisión de gran audiencia y tienes algún atractivo físico, te conviertes automáticamente en el ídolo de millares de personas que han nacido para ser seguidores. Los medios tienen tanto poder que si se lo propusieran harían que ganara el premio Nobel el redactor de las crónicas de sucesos de un periódico de provincias. Si los medios te han idealizado, puedes escribir cualquier cosa, porque no dejarán de admirarte. Mi última novela no es brillante, es tan normal y corriente como los lectores normales y corrientes que disfrutaran con su lectura, porque habla en su mismo idioma, tiene sus mismos vicios y virtudes. En fin, esa es la novela que ellos mismos escribirían, pero yo les he ahorrado ese penoso trabajo. La mayoría de los escritores actuales no perseguimos a los lectores sino a los periodistas y a los creadores de imagen, que son los que realmente gobiernan el mundo. Si sueñas con ser una escritora fuera de lo común, tu vida transcurrirá dentro de ese mismo sueño fuera de lo común, y nunca podrás vivir en la realidad. Espero tu comprensión. Un afectuoso saludo» Lo envío. Me parece una buena réplica, pero tengo que admitir que su crítica tiene fundamento. No debo mi fama a mi supuesto talento sino a la popularidad que me dio mi primera novela, y que ella me inspiró, y el inteligente marketing de mi protectora. Yo no tengo más mérito que haber sabido interpretar sus consejos, su profundo conocimiento de la psicología de los lectores y sus acertadas ideas, con mi capacidad para escribirlos con un estilo aceptable. Pero estoy seguro de que habrá cientos de escritores con mucho más talento que yo que no han tenido mi misma suerte. Acabo de recibir un nuevo mensaje de Noemí. Me pregunto cómo habrá interpretado mi réplica. Podría borrarlo. Después de todo es solo la opinión de una joven inmadura, no tengo por qué tenerla en consideración. Me sobran los admiradores y ya no me preocupa ni el éxito ni el fracaso, porque ya no habrá más novelas que criticar. Ella lleva razón: carezco de musa y de inspiración. Pero siento curiosidad por conocer su opinión y lo abro: «Sí, las buenas novelas necesitan buenos lectores, por eso son tan escasas. Pero los buenos escritores hacen los buenos lectores, y si escribe usted novelas mediocres siempre tendrá lectores mediocres. Espero con gran interés escuchar sus opiniones en la presentación de su nueva novela. Un cordial saludo y nos vemos mañana. Noemí.» Me hiere, pero lo acepto. Lleva toda la razón: cada lector tiene el autor que se merece. Sin duda yo soy uno de los culpables de la mediocridad de los lectores, porque me he conformado con sus halagos sin preocuparme si eran o no fundados. Ya es demasiado tarde para rectificar. ¿Qué puedo decir yo sobre la novela si no he escrito jamás una verdadera novela? 9. Otra interminable noche en vela. Veo misteriosas sombras que se deslizan sigilosas en torno a mi cama. Sin duda que padezco alucinaciones. He tenido que ocultar todas las imágenes que decoraban esta habitación, porque al contemplarlas parecía como si se movieran y salieran de sus marcos. A veces contemplo mis manos y me parece que son de otra persona y no las mías. Cualquier pequeño objeto se convierte en un insecto que se arrastra por los estantes de mi librería, o por la mesa de mi estudio, incluso los veo moverse sobre la colcha de mi cama. Sé que son simples alucinaciones causadas por mi vista cansada y mi ánimo deprimido, pero me angustian. No puedo soportar este sufrimiento hasta el día de mi muerte. Tengo que hacer algo. Necesito su perdón. Tengo que encontrarla aunque tenga que bajar a los mismísimos infiernos, de los que estoy ya a solo un paso. ¿Por qué no se ha puesto en contacto conmigo en todos estos años? Soy un personaje público. Ella ha debido de saber cómo ponerse en contacto conmigo. Una herida no puede estar abierta durante veinte años. Dicen que el tiempo todo lo cura, pero no dicen qué clase de heridas son las que cura. Hay algunas por las que, al parecer, no pasa el tiempo, y probablemente algunas de ella sean la deslealtad y la traición. Pero también puede estar ya casada y con familia, y ya no sienta ningún interés por mí. O, quién sabe, y me angustia el solo pensamiento, pero puede estar ya muerta. Los fantasmas siguen rondando mi cama. Parece como si todos los espíritus se confabulasen contra mí para acabar con mi poco juicio que me queda, pero resistiré; no es un buen momento para la locura. He tomado de la estantería mi última novela y leo el pasaje en que la heroína descubre que su amante le engaña. Es una historia de amor corriente, y también en la vida real el engaño es corriente, y yo tengo vivencias personales como para escribir con realismo estas escenas. Otro amanecer sin ninguna razón para el optimismo. He debido dormir dos o tres horas, pero me siento cansado y dolorido, porque las pocas horas que he conciliado el sueño han estado ocupadas por una horrible pesadilla. Afortunadamente solo puedo recordar los instantes finales. Yo estaba postrado en la cama de un hospital, pero la habitación estaba pintada de rojo y una enfermera sin rostro me inyectaba una dosis de morfina. Enfrente de mi lecho se podían ver escenas de un carnicero degollando cerdos. Los cerdos hablaban y preguntaban al carnicero: «¿Por qué yo?» Pero el carnicero no escuchaba sus lamentos y descargaba uno tras otro sus golpes mortales. Incomprensiblemente me llegaba el turno a mí, y volví a hacerle la misma angustiosa pregunta: «¿Por qué yo?» Con el mismo resultado. Y el carnicero se preparaba para asentar su golpe mortal, cuando súbitamente se transformó en ella, sonriente, tal como la vi por última vez en el campus. Me acarició mi aturdida cabeza. Me contempló unos instantes, y apenas como un susurro, exclamó: «Despliega sus alas el ángel de la muerte, porque tiene un importante encargo de Lucifer. Cuando estés suspendido por sus mortíferas garras, no lloraré por ti sino por mí, pues no podré acompañarte a los infiernos, como era mi deseo.» Y se desvaneció, transformándose en el carnicero, quién de nuevo se disponía a asentar su golpe mortal cuando afortunadamente una llamada de mi móvil me despertó de este horrible sueño. Es mi actual agente literario. —Perdona que te llame a estas horas, pero quiero que sepas que lo siento; ¡lo siento de veras! —su ambiguo mensaje me causa una gran inquietud— ¡Siento lo de tu diagnóstico! —¿Cómo sabes lo de mi diagnóstico? —¡Alguien del hospital ha filtrado la noticia de tu enfermedad incurable y está circulando por todas las redes sociales! ¡No sabía que fuera tan grave! ¡Créeme que lo siento; no sé qué decir..! —mi agente se cree en la obligación de hacerse cargo de situación y comenta visiblemente afectado—: Si no te encuentras bien podemos cancelar la presentación. Pero esto significaría incumplir el contrato con la editorial y nos traería muchos males de cabeza. Solo la muerte puede ser una justificación legal. No, tengo que hacer la presentación. Tarde o temprano sabrán mi estado de salud. Un escritor sin un contrato es libre de hacer lo que le venga en gana, porque no tiene nada publicado. En cambio un escritor con un contrato y que ha publicado tiene algo que justifica su esclavitud. Escribimos para tener un motivo para perder nuestra libertad. Así de paradójico es el mundo del escritor. Quedamos en desayunar juntos en un café cercano a mi apartamento. Mi agente ha venido acompañado de una joven que me ha causado una gran impresión. Pero no por su belleza, sino por su aspecto y curioso atuendo. Viste una amplia cazadora de piel de un llamativo color escarlata, que contrasta con su cabello negro y lacio, recortado a la altura de su nuca, pálida como la nieve. Lleva unos ajustados leotardos, negros, y una falda también negra que le cubre una escasa parte de sus muslos. Pero lo más llamativo son sus enormes botas de estilo militar, que ata con cordones también de color rojo. En cuanto a su rostro, me parece vulgar, sin nada que destacar. Tengo la impresión de que con esa llamativa vestimenta pretende que no prestemos atención a su rostro, que ella misma debe ser consciente de su falta de atractivo o encanto. Sin embargo su mirada y sus gestos son sencillos y francos. Solo por su forma de saludar deduzco que es culta e inteligente. La joven es la última representada de mi agente. Según él tiene talento. Ha querido que nos acompañase en nuestra entrevista porque necesita introducirse en el mundo de la literatura, y ha considerado que yo soy un buen comienzo. La joven parece algo intimidada por mi presencia. Ha derramado su café dos veces al agitarlo con demasiada energía. No se atreve a mirarme de frente, y no aparta su mirada de su agitada taza de café. Me pregunto qué estará pensando. Espera que yo le dirija la palabra y la verdad es que no sé de qué podemos hablar, que no sea sobre el tiempo. Rompo el silencio comentando que está siendo un otoño muy húmedo. La joven asiente con un leve movimiento de cabeza, pero solo por cortesía. Mi trivial observación confunde a mi agente, que no quiere perder el tiempo con estas nimiedades. De un bolsillo de su chaqueta saca un recorte de periódico y me lo entrega. Es la última crítica publicada sobre mi novela. Le pido que me la resuma, para eso tengo un agente: —Es buena —asegura, sin ocultar la satisfacción del hombre de negocios—, incluso sugiere que puede ser la novela del año. No lo comento con mi agente, pero sospecho que este crítico debe cobrar un cheque cada mes de mi editorial, y no quiere enemistarse con ellos. Ya quedan pocos críticos honestos, o si lo son, ignoran los fundamentos de la literatura. Por el bien de este arte milenario hubiera preferido una mala crítica, como se merece esta novela. En otra ocasión me hubiera alegrado, pero ahora que debo rendir cuentas a mi conciencia de todos mis actos, me entristece, porque también ahora tiene sentido la sabia frase: «Ha llegado la hora de la verdad». Y la verdad es que es una mala novela. La joven escritora me felicita y asegura que lo merezco, y parece esperar mi agradecimiento. Creo que está tratando de sugerir algún tema de conversación en el que ella pueda participar. —Perdone que me entrometa —se decide por fin a intervenir—, pero a mí también me parece una buena novela. Le pregunto qué le motiva esa opinión. —Está bien escrita y los personajes están muy bien caracterizados —responde algo azorada, porque no esperaba mi pregunta—. Tiene descripciones muy bien dibujadas y los diálogos son muy naturales. Sí, creo que su última novela es muy buena. Es evidente que esta jovencita pertenece a esta generación en que son raros los ideales, porque ha omitido lo fundamental: El argumento. Una poesía no necesita argumentos, le basta con las palabras, pero una novela no puede existir sin argumento. El argumento es lo que vincula la ficción con la realidad, y una buena novela debe ser testigo de la realidad de su tiempo a través del argumento; del compromiso del autor con su tiempo. Si no existe esta vinculación, no puede trascender de su inmediatez, y en lugar de una novela escribimos un panfleto de trescientas páginas, decorado con una sugestiva portada, y con un precio injustificado. No le expongo esta idea porque muy probablemente ella no se sienta comprometida con su época. Le pregunto qué opina del argumento y parece meditar la respuesta: —Es un tema clásico —responde sin demasiada convicción—. La traición del ser a quién amamos. Es un buen argumento. Pero es una descortesía que no muestre interés por su trabajo. También estoy interesado por su idea de la literatura. Le pregunto cuál es el género de la literatura que más le atrae, y sin apenas dejarme terminar la frase, responde: —¡La novela, por supuesto! Debe ser así, porque su rostro se ha transfigurado con el encanto que da el entusiasmo. Parece complacida por mi interés; es evidente que deseaba comunicarse conmigo, pero de escritor a escritora. Ya lo ha conseguido. Le pregunto cuál es la razón de su entusiasmo por la narrativa, y su respuesta no deja lugar a dudas: —Solo con la novela se puede contar una historia compleja y que sea un mundo completo. El cuento es muy breve y el relato solo puede contar una parte de ese mundo. Sin duda esta joven sabe lo que quiere. Ahora veremos si también sabe por qué lo quiere. Le pregunto por su motivación. —¿Mi motivación? Nunca me he hecho esta pregunta. ¡Creo que nací ya motivada por el amor por la literatura! Tengo muchas razones para estar motivada —responde mostrando una súbita y asombrosa seguridad en sí misma—. Pero tal vez la principal es que a través de la literatura se pueden trasmitir muchos valores que pueden ayudar a que cada generación sea moralmente superior a la anterior. Es una buena respuesta. Me he equivocado con esta joven y la he subestimado. Le hago la última pregunta: —¿Y qué es para ti la literatura? —La literatura es un modo de contar historias que provoquen en el lector el sentimiento de la belleza del lenguaje, la creatividad de la imaginación y el entendimiento de la realidad en la que vienen o desean vivir. Cuando las palabras no impiden a la imaginación ver, escuchar o sentir lo que estás leyendo, porque todas están en perfecta harmonía, sin que sobre o falte alguna. Esa es mi opinión. Su respuesta me ha impresionado, y felicito a mi agente por su acertada elección. La joven está fuera de lo común, pero eso no quiere decir que tenga el éxito que sin duda merece. 10. Me despido de mi agente y de su joven acompañante, a quien le doy ánimos para continuar porque creo que tiene el talento necesario para el éxito, pero también le advierto del precio que deberá pagar por su pasión. Advertencia inútil, porque la pasión desborda todo intento de contención. Seguirá su camino sin tener en cuenta mis advertencias. Mi agente me pregunta qué pienso hacer hasta la hora de la presentación, y si me apetecería que almorzásemos también juntos. Tal vez esté pensando que no es un día para dejarme solo y necesite compañía. Le digo que había pensado dar un largo paseo por el parque, pero rechazo su invitación; nunca me han gustado los restaurantes. La joven también parece preocupada por mí estado de ánimo y me hace una tentadora oferta: Le gustaría acompañarme en mi paseo y después ir a su apartamento, donde cocinará para mí una de las especialidades de su región. Me parece un buen programa y acepto. Noto en su invitación el deseo de comunicarme sus inquietudes y enseñarme sus obras para conocer mi opinión, pero también un súbito afecto por mí, que debe tener una gran dosis de compasión. Está nublado y a intervalos se abren claros por los que penetra la luz del sol, y todo el follaje se ilumina como si fuera un fresco pintado por algún genio de los que probablemente habiten en este parque. Mi joven acompañante parece sentirse feliz por haber aceptado su invitación, y camina a mi lado pero en silencio. Tengo la impresión de que ya ha conseguido su propósito y no cree necesario más argumentos o razones para convencerme. No hay duda de que me admira, lo que me hace sentir incómodo. Ninguna persona es más admirable que otra, lo que se admira son los resultados de su educación, intuición o creatividad, pero no el ser humano en sí. Puesto que todos merecemos el mismo respeto y consideración, no puede haber unos más admirables que otros. Intento hacérselo ver con una comprometida pregunta personal: —Me encantaría saber qué idea tienes formada sobre mí; y ¿por qué tenías interés en conocerme personalmente? La pregunta la ha cogido desprevenida. Medita unos instantes su respuesta, perdiendo la mirada en un punto indefinido del frondoso paseo, esbozando una sonrisa que debe surgir de sus pensamientos. Se vuelve hacia mí, me clava literalmente con su mirada, y no duda en su sorprendente respuesta: —¡Porque estoy enamorada de usted! Ahora el sorprendido soy yo, pero los años me han hecho escéptico y limitar mi capacidad de sentir afecto por los demás. Pero hay otra razón para que rechace su sorprendente declaración: no tengo otra misión en lo que me resta de vida que encontrar a la mujer a quien debo lo que esta joven admira. Mientras no pague mi deuda mis sentimientos están bloqueados. Se lo hago saber de la manera menos dolorosa posible: —A veces los escritores vivimos nuestras fantasías como si fueran realidad. Seguro que a quien amas es a algún personaje de tus novelas que se parece a mí. Pero su respuesta me sorprende todavía más que la primera: —Yo le he dicho que estoy enamorada de usted, pero no que usted esté enamorado de mí. No puede usted impedir que le ame, pero yo tampoco puedo impedir que usted no sienta ningún afecto por mí. Sé que no me encuentra atractiva, incluso puede que me considere fea, y no le guste mi manera de vestir. Yo elijo a quién amar, pero no pretendo que además sea mi amante. Me conformo con poder pasear a su lado, y si le apetece, probar mis guisos, ¡pero debe saber que le amo! Es sublime su generosidad: entrega sus sentimientos a cambio de acompañar el vacilante paso de un moribundo, y tener un comensal en su mesa. Sin duda que esta joven poco agraciada tiene un corazón inmenso y puede permitirse derrochar sus afectos. No debo permitir este derroche, puede que más adelante los necesite para ella misma. —Pero tú misma has sido testigo de que te has enamorado de un enfermo que pronto dejará este mundo! —Lo sé, y siento una gran tristeza, pero usted también es escritor y hace que se amen personas que solo existen en su imaginación. ¿Por qué no puedo hacer yo lo mismo? Cuando llegue el lamentable día en que usted se haya ido, yo seguiré teniéndolo en mi imaginación, y seguiré amándole como le amo ahora. Es inevitable que le haga esta crucial pregunta: —Pero ¿qué puede tener de atractivo un curentón desahuciado que despierte en ti esa pasión? —Son muy pocos los hombres que han sido capaces de penetrar en el alma de una mujer. Admiramos al hombre que tiene ideas brillantes, pero amamos al hombre no por su inteligencia sino por ser esencialmente un hombre, en cambio podemos caer perdidamente enamoradas de un gigoló, un mecánico de manos grasientas o un alcantarillero maloliente, ¡siempre que sean esencialmente hombres! Si además es inteligente y creativo, ¡entonces es irresistible!. —¿Pertenezco yo a esa categoría? No me responde, pero su sonrisa contesta a mi pregunta. 11. El apartamento de mi joven enamorada es un museo de nostalgias, porque está lleno de objetos que le recuerdan su lugar de origen, y que debe añorar profundamente. Es una sola habitación donde reina un cierto caos. Su mesa de escritorio está junto a la única ventana de la estancia, y está repleta de cuartillas con textos impresos, que deben ser sus escritos, por donde aparece su portátil. Sobre la impresora hay un pequeño oso panda de peluche, y en la repisa de la ventana, ordenados en fila, hay una verdadera colección de objetos variados, posiblemente regalos o recuerdos de viajes. Su cama es un amplio sofá convertible, porque no hay espacio suficiente para una cama normal. En el lado opuesto a la ventana hay un espacio separado por una amplia cortina que debe ser su cocina. Y junto a ella una mesa en la que no caben más de dos cubiertos, siempre que se retire el enorme ramo de flores que empiezan a marchitarse. También la mesa está ocupada por restos de una comida anterior, como platos sin fregar, vasos medio llenos o restos de pan. Es evidente que no esperaba visitas, por eso se apresura a justificar aquel desorden: —Perdone este desorden, pero no esperaba visitas, lo ordeno en un momento. A pesar del desorden el conjunto es íntimo y acogedor. Preferiría que no lo ordenara. —¿Quiere leer alguno de mis escritos mientras preparo el almuerzo? Le ruego que no me trate de usted, porque ya nos hemos hecho suficientes confidencias como para tutearnos. —Los leeré con sumo interés. Intenta poner orden en las cuartillas desparramadas sobre su escritorio hasta reunir una veintena de páginas. —Son las primeras páginas de mi nueva novela —me dice con cierto embarazo—, es la historia de amor entre una joven bailarina y su coreógrafo... que está inspirado en usted. Insiste en no tutearme. Supongo que su amor por mí incluye este distante tratamiento. Si me tutease, se perdería parte de su encanto. Tengo que aceptarlo. Me gusta su estilo. Me llama especialmente la atención este pasaje: «Una bailarina con talento entiende el lenguaje de la música y lo traduce en los armoniosos movimientos de su ágil cuerpo. Tú ya no necesitas un coreógrafo, sino ¡un amante que interprete la música que mueva tu cuerpo!» La comida ha sido deliciosa y para ella, además, motivo de añoranzas. Todavía me quedan unas horas para la presentación. Ella me sugiere que duerma un poco para estar más despejado. Acepto la idea. Desplegamos la cama y me recuesto. Ella me cubre con una ligera manta, cierra la persiana de la ventana y se encierra en su minúscula cocina para lavar los platos y el resto del servicio. Escucho el trajín de la cocina ya casi en sueños, y me trae el recuerdo de imágenes de otros tiempos, en que ella también cocinaba para mí. Me despierta el sonido de un llanto. Es la joven que está llorando. Está recostada junto a mí, y se apresura a secar sus lágrimas cuando nota que despierto. —¿Te sucede algo, Alicia? Le pregunto alarmado. Pero su respuesta me desconcierta: —Discúlpeme, soy una tonta; lloraba de felicidad, por tenerle junto a mí, en mi propia cama! Nunca pude imaginar que esa joven poco agraciada y con una vestimenta llamativa fuera un ser humano tan excepcional. Sin duda que las apariencias engañan. Siento necesidad de saber más sobre ella. Dejo que se aproxime a mí, porque siento por ella un afecto más paternal que apasionado. Le ruego que me cuente algo sobre ella. Se aproxima más a mí. Creo que desea que la estreche entre mis brazos. No puedo desairarla y hago sus deseos. Me sonríe agradecida. —¡Solo soy una chica de provincias, fea y torpe —intento protestar, pero me interrumpe—. No; es verdad, soy fea, por eso me visto con ropa llamativa, aunque no sirve de mucho. A los chicos no les gustaba, aunque más de uno intentara violarme. He crecido sin el menor afecto y pronto no me quedó otra alternativa para mitigar mi soledad que inventarme amantes y amigos. Sentía verdadera repugnancia por los chicos de mi edad, violentos y groseros. Me enamoré por primera vez de un hombre maduro y casado. Me trataba con delicadeza y, aunque yo se lo hubiera permitido, nunca me pidió hacer el amor. Es mi destino, él tampoco estaba enamorado de mí, creo que sentía lástima. No tuve otra opción que salir de mi ciudad, y me vine aquí. La literatura fue mi única amiga. Mis novelas eran mi único consuelo. Conseguí interesar a un modesto editor para que publicase una de mis novelas, aunque tuve que pagar la edición de mi bolsillo. De eso hace casi dos años. Envié el manuscrito a varias editoriales, pero en todas me lo rechazaron. Alguien me aconsejó que buscara un agente literario, y encontré su agente en Internet. Le envié un ejemplar de mi novela, y el resto ya lo conoce. Permanezco en silencio porque me ha impresionado su relato, ¡tan distinto del mío! Yo he traicionado a los que me amaban; ella ha sido fiel a los que no la amaban. Su historia me hace sentirme todavía más culpable. Pero ha omitido algo y ya no puedo aceptar que no estoy interesado: —¡Pero en tu relato falto yo! —¡Sí, claro; falta usted! Le conocí durante la presentación de su anterior novela. Yo estaba sentada en la última fila. Entonces tenía el aspecto de una joven normal, y usted se acercó a mí en varias ocasiones, pero debía ser invisible, porque no me dirigió ni una simple mirada y yo no me atreví a llamar su atención. Siempre he sido algo tímida e introvertida, pero aquel día estaba fuera de este mundo. Al verle en la tribuna, con la camisa desabrochada, con su gesto burlón y provocador, tan seguro de sí mismo, algo se agitó en todo mi cuerpo, y enseguida comprendí que me había enamorado de usted, pero del hombre, todavía no conocía al escritor —permanece unos instantes en silencio, como reviviendo aquel momento en su imaginación, porque siento como si su cuerpo se agitara; sonríe como si ahora le pareciera gracioso su súbita pasión por mí—. Cuando salí de su presentación no sé cuánto tiempo estuve andando sin rumbo fijo, tratando de contener el llanto. Me había enamorado del hombre más admirado del mundo de la literatura. Aún me duelen los aplausos a su brillante intervención. Cuando finalizó y bajó de lo que para mí ya era un trono, pues usted ya era mi rey, todas las mujeres jóvenes de la sala le rodearon porque querían tocar a su ídolo. Todas eran hermosas y vestían ropa de marca. Yo era una chica de provincias, fea, tímida y torpe, y vestía ropa pasada de moda. Aquella noche la pasé en vela, sin parar de llorar. Cuando una mujer se enamora, el amante forma parte de su carne y de su alma, y su ausencia duele como si te arrancaran ambas cosas. Creemos que no podremos sobrevivir a estas terribles heridas —hace una nueva pausa, pero ahora parece estar reviviendo aquellos amargos momentos. Inesperadamente toma una de mis manos y la acaricia. Eso la reconforta y prosigue su relato—. Pasé unos días angustiosos, pero finalmente me resigné e intenté echar tierra al fuego que me abrasaba, pero no dejé de amarle, solo adormecer su memoria. Pero me propuse estar algún día a su mismo nivel, para que se fijara en mí. Cambié mi vestuario y escribía frenéticamente una novela tras otra en las que de alguna manera usted era siempre el protagonista —cambia una significativa mirada conmigo y prosigue—. ¡No se puede imaginar la alegría que me invadió cuando vi su fotografía en el despacho del agente que había aceptado representarme! —¡Sí, puedo imaginarlo! —la interrumpo. —Y ahora está usted aquí, en mi propia cama, y me estrecha entre sus brazos. ¿no tengo motivos para llorar de felicidad? 12. El relato de su generoso amor por mí, que desde luego no merezco, cambia mi afecto por esta sensible joven, que tiene el evocador nombre de Alicia. Ya no la encuentro fea, ni torpe; no veo su rostro sino su alma, y me parece hermosa. Me gustaría hacérselo saber, pero temo que pueda cambiar de opinión cuando vuelvan mis remordimientos por mi imperdonable traición. Solo si me libro de ellos podría incluso corresponder a su amor por mí. Pero no puedo olvidarme de que no debo hacerme la ilusión de gozar de los placeres de la vida, porque antes de que mis sentimientos pueda ser libres de amar a quien lo desee, habré muerto. Alicia no merece este castigo. Es hora de acudir al lugar de la presentación. Mi agente me ha llamado al móvil, está preocupado por mi estado de ánimo, pero le tranquilizo, me siento con fuerzas para afrontar la presentación. Incluso la historia de esta joven me ha sugerido nuevos argumentos para defender la literatura que surge de lo más profundo de los sentimientos y condenar la banal y entretenida. Tal como lo esperaba la sala está a rebosar de público. La mayoría permanecen de pie porque no hay suficientes sillas para todos. No hay duda de que conocen la noticia de mi diagnóstico. Mi agente me espera en una sala contigua para ponerme al corriente de los asistentes más prominentes. Han venido los directores de varias revistas literarias, y la mayoría de los periodistas de las secciones de cultura de los periódicos. Deben estar interesados en el relato del escritor que muere no por el que escribe. Alicia me ha acompañado hasta aquí, pero se ha confundido con el público y la he perdido de vista. El moderador y otros invitados ya están en la tribuna. Cuando aparezco en la sala se escucha un murmullo delatador. Varios fotógrafos toman instantáneas del panel, pero sobre todo dirigen sus cámaras hacia mí. Deben pensar que estas serán las últimas fotografías que me tomarán. El moderador me introduce y hace una breve síntesis de la novela que voy a presentar. Ha llegado el momento de mi intervención. Busco a Alicia entre la multitud, y la descubro en un extremo de la sala, apoyada sobre una columna. Ella ha sentido mi mirada y me sonríe. Quiere darme ánimos; su sonrisa me facilita el comienzo de mi intervención. —Buenas tardes. Antes de nada quiero darles las gracias a todos ustedes por asistir a la presentación de mi última novela. Me siento culpable de disponer de este confortable sillón cuando la mayoría de ustedes tienen que estar de pie. De haber sabido que vendrían tantos hubiéramos celebrado esta presentación en el Estadio Olímpico —ríen mi broma, pero estoy seguro que la mayoría no esperaban que dadas las circunstancias, todavía tenga sentido del humor—.Supongo que todos ustedes han leído las críticas de mi nueva novela. La mayoría son favorables, pero no todas. ¡Me olvidé de enviar el cheque a dos o tres críticos! También supongo que ya deben saber la noticia de mi diagnóstico. Sí, me quedan pocos meses de vida, y no es como para tomárselo a broma, pero mi salud no mejorará si me lo tomo en serio —me interrumpe un gran murmullo, pero ruego silencio—. Supe el diagnóstico ayer, y por culpa de la filtración no he podido ampliar la prima de mi seguro de vida. Lo siento por mi gata, que es la beneficiaria del seguro, porque como ustedes deben saber, no tengo descendencia. Aprecio mucho a mi gata, porque es a la única que entiendo. ¡A los humanos hace años que he renunciado a entenderlos! Pero supongo que no han venido para que les hable de mi buen entendimiento con mi gata, sino de mi última novela. Aunque pueda sorprenderles, esta novela y las anteriores no hubiera podido escribirlas sin mi gata. Ella me ha enseñado a aceptar quien me alimenta sin perder mi dignidad. También me ha enseñado que siempre hay un momento para jugar. ¡A pesar de mi avanzada edad no he dejado nunca de jugar! Para mí escribir es un juego, pero un juego serio. Para jugar es necesario conocer solo estas tres reglas básicas: tener una buena técnica, tener un estilo propio y una sólida motivación. Quien conoce bien estas tres reglas tiene todas las de ganar. Hoy los escritores tenemos un sólida formación, no cometemos faltas de ortografía y sabemos dónde poner una coma o punto y coma. Al fin y al cabo, solo son reglas que hay que memorizar, por tanto la gran mayoría tenemos una buena técnica. Pero cuando hablamos de estilo no todos entienden cuál es su significado y cómo se valora, aunque los críticos se empeñen en encasillarnos con tal o cual corriente, porque el estilo no tiene reglas, sino que depende de nuestra sensibilidad y el valor que damos a las palabras. Cada palabra, además de un significado, tiene un tono y debe unirse a otras palabras perfectamente afinadas, lo que no es corriente en la literatura actual, prevalece el significado y no la entonación. Y si hablamos de motivación, por lo general lo asociamos con remuneración, y no con un compromiso con los valores de nuestro tiempo, que deben reflejarse de alguna manera en los argumentos de lo que escribimos. Los artistas también pagamos alquiler; para hacienda somos uno más y en los supermercados no nos dan crédito, si no pagamos no comemos. Por eso el escritor debe estar remunerado. Pero esta no debe de ser la motivación. Y esa es la enfermedad incurable del arte, porque lo que es patrimonio de espíritu se transforma en un producto del mercado; lo que no debe tener precio se convierte en un valor contable; lo que debe ilustrar se convierte en algo para entretener. Finalmente el espíritu no tiene con qué ejercitarse y se atrofia por inactividad y el resultado es que perdemos la sensibilidad para distinguir lo bello de lo feo; lo bueno de lo malo; lo trascendente de lo intrascendente. Y ese es el deplorable estado en que se encuentra hoy en día la literatura, prácticamente a nivel global, porque la insensibilidad por el arte también se ha globalizado. Toda la responsabilidad de esta situación recae en un cincuenta por ciento de los lectores y otro cincuenta de los autores, porque cada lector tiene el autor que se merece, y cada escritor tiene los lectores que se merece. Sobre esta última novela, no voy a desvelar el argumento, solo avanzarles que se trata del drama de dos escritores, ella es poeta y el es narrador, a quienes les une la literatura, pero les separan las palabras. Entendemos a las personas que imaginamos, pero no a las reales que amamos. Para finalizar quiero contarles una emotiva historia que ilustra mejor que ningún complicado argumento lo que es y para qué sirve la Literatura. La historia que deseo contarles es la de una joven escritora de provincias, que se considera a sí misma fea y torpe, a quien todos rechazaban, y que aprendió a amar con generosidad a través de los personajes de sus novelas. Esta joven no escribe para conseguir fama y dinero, sino para sentirse amada, aunque sus amantes sean de ficción. Pero su extraordinaria humanidad y generosidad ha tenido su recompensa, y el amado protagonista de su ficción se ha hecho realidad. No obstante, pese a su felicidad pasajera, la historia no tiene un final feliz, porque el personaje real morirá pocos meses después, y esta joven escritora de provincias, que como he dicho, se considera a sí misma fea y torpe, volverá a recurrir al poder de sugestión de la literatura para conservarlo en su memoria y mantener siempre viva la llama de su amor. —intento ver cuál es la reacción de Alicia a mi mención, pero ya no está junto a la columna. ¡Ha desaparecido! Tal vez la he ofendido, pero tengo que continuar—. Y es de este extraordinario poder de la literatura del que deseaba hablarles en esta presentación. Poder que solo tiene la literatura que surge de la inspiración y que moldea una creativa imaginación. No puede haber nada más obsceno que una literatura embrutecida, sin inspiración y sin alma. Miles de palabras juntas sin armonía ni humanidad, que nos cuentan historias banales, deshumanizadas, sin otra finalidad que la de entretener nuestro hastío y distraernos de nuestras preocupaciones. Me asusta la muerte, como a cualquier ser humano, pero a cambio me ha dado algo que no hubiera tenido sin su terrible amenaza: ¡libertad! Ahora puedo decir lo que pienso sin temor a las consecuencias, y pienso que la novela que les presento hoy aquí no la he escrito yo, sino que la ha escrito la demanda del mercado, como prácticamente todas las demás novelas que se publican en la actualidad. Solo esa joven escritora provinciana, fea y torpe, y tal vez miles más tan provincianas, feas y torpes como ella, a las que nadie les prestará atención, escriben sus novelas para ellas mismas, según le dictaba su corazón y su mente, porque simplemente lo necesitan. La Literatura, escrita con mayúsculas, es una necesidad, no un pasatiempo; no solo entretiene, sino que enseña; no solo calma, sino que cura; no solo se lee, sino que se vive. Si volviera a nacer me gustaría que fuera en un mundo donde se pudiese sobrevivir sin las leyes del mercado; y donde todos fuéramos provincianos, feos y torpes. No tengo más que añadir, pero responderé gustoso a sus preguntas, siempre que no sean demasiado personales. Varias manos se han alzado pidiendo turno para sus preguntas. Respondo la de un periodista: —Lamento lo de su enfermedad, pero me gustaría saber cómo piensa usted pasar sus últimos días. Respondo sin titubear: —Meditando sobre la muerte. La siguiente pregunta es de una mujer que debe tener mi misma edad: —¿Qué es lo que ha deseado, pero no ha conseguido realizar? —¡Entender el mundo en que vivimos! La tercera pregunta me ha causado una inexplicable emoción. Es de la joven Noemí, con la que intercambié varios mensajes. La pregunta me desconcierta, para la que no tengo una respuesta preparada. —¿Lamenta usted no haber formado una familia, y tal vez haber tenido uno o varios hijos, y que ahora cuidarían de usted? Presiento que su pregunta encierra algún oculto sentido. ¿Qué puedo responder? Es demasiado tarde para lamentos. —Tu pregunta es demasiado personal y ya he advertido que no respondería a esas preguntas. La joven parece muy contrariada, y no quiere renunciar. Insiste. —¿Qué o quién le ha inspirado esta novela y cuál ha sido su motivación? No he meditado mi respuesta, ha surgido directamente de mi subconsciente, donde debía estar desde hace muchos años: —Todos los escritores tenemos un conflicto emocional entre lo que creamos y dónde nos inspiramos. Por lo general hacemos que nuestra imaginación haga realidad lo que no es posible en la vida real. Yo me he inspirado en una persona real a la que no entiendo. En cuanto a mi motivación, es precisamente tratar de entenderla La joven parece satisfecha con mi respuesta y no insiste. Aplauden mi intervención, pero solo los más jóvenes parecen haber entendido mi mensaje. La utopía no tiene más de veinte años. El dolor vuelve con severa intensidad. Ruego al moderador que dé por concluida la presentación. Los asistentes parecen comprender las razones y la sala se está quedando vacía. Alicia se ha reunido conmigo. Había salido precipitadamente de la sala para que no la vieran llorar. Tal vez yo me excediera y debí ser menos dramático. Mi agente me comunica que fuera de la sala nos espera una multitud para que firme ejemplares. No puedo negarme. La mayoría me muestra su tristeza por mi enfermedad con alguna palabra de consuelo. No sé cuántos libros he firmado pero estoy agotado. Ruego a Alicia que deje que me apoye en su hombro y volvemos a la sala para recoger nuestros abrigos. Siento que el dolor nubla mi vista y estoy tan débil que si no me apoyara en ella ya me habría desplomado. En este deplorable estado no soy capaz de reconocer a la joven Noemí, que permanece es su asiento, porque me está esperando. Mi agente ha hablado con ella y me transmite su deseo de hablar conmigo, pero no le ha revelado el motivo. No me encuentro con el estado de ánimo como para mantener charlas sobre literatura con mis admiradoras. Le pido que se excuse, y que se comunique conmigo por correo. Mi agente le comunica mi mensaje, pero la joven insiste en hablar conmigo. No es sobre literatura, al parecer es algo personal. Alicia me ayuda a acomodarme en un sillón de la sala contigua, y parece que el dolor remite. Le pido a mi agente que llame a la joven. ¡Confío en que no se trate de otro amor platónico! 13. Por primera vez mi enfermedad me ha impedido cumplir con los compromisos de mi editorial. Es evidente que mi estado de salud empeora cada día que pasa. Ha sido una bendición que conociera a Alicia en este crucial momento. Por primera vez no puedo valerme por mí mismo y necesito ayuda. Empiezo a sentir los dolorosos preámbulo de la muerte. Estoy inquieto por la entrevista con la joven Noemí. Hay algo en ella que me resulta familiar, como si la hubiera conocido en una vida anterior. Pero, por otro lado, presiento que trae consigo graves sucesos que pueden alterar lo poco que me quede de vida. Alicia parece compartir mi inquietud. Puede que se trate de una rival con ventaja, porque Noemí es una joven muy agraciada. Es de una complexión mediana, sus larga melena, de un elegante color castaño y sus armoniosas formas, la hacen una joven muy atractiva. Entra en la sala acompañada por mi agente. Parece inquieta o tal vez nerviosa. Me contempla postrado en el sofá. Debe comprender lo inoportuno de esta entrevista. Al acercarse siento en su mirada una profunda lástima. Parece que siente mi enfermedad como si ya nos conociéramos. Le ruego que se siente en el sillón contiguo. —Y bien, Noemí, ¿qué es eso tan importante que tienes que decirme? Hace un ademán para sentarse, pero vuelve a mantenerse erguida, algo le inquieta. Cambia una mirada con mi agente y con Alicia, que permanece junto a mí, recostada sobre uno los brazos del amplio sofá: —¿Podríamos estar solos unos minutos, —me ruega visiblemente nerviosa—, lo que tengo que decirle es muy personal. Mi agente cambia una mirada de interrogación conmigo, y Alicia se inquieta, porque debe creer que la joven es definitivamente una temida rival. Si les ruego que nos dejen solos, pensarán que no les tengo confianza, pero ahora estoy vivamente interesado en lo que esa joven quiere decirme. Les ruego que nos dejen solos. Alicia no puede evitar cambiar conmigo una mirada triste y a la vez de duda, pero respeta mi deseo. Los dos salen de la sala sin ningún reproche. Noemí los sigue con la mirada y parece aliviada cuando cierra la puerta tras de sí. Durante unos instantes, en que parece ordenar sus pensamientos y tranquilizarse, no aparta su mirada de un punto indeterminado del suelo. Después alza su mirada y visiblemente emocionada me pregunta: —¿Recuerda usted quién escribió este verso?: Si tu corazón fuera espuma, yo sería océano; Si tu alma fuera cielo, yo sería nube; Si tu mirada fuera lluvia, yo sería campo; Si tus manos fueran agua, sed. Es como si un rayo cruzase mi mente. Tengo una poderosa intuición, pero me niego a reconocerla. ¿Cómo ha llegado ese poema a esta joven? No respondo, pero soy yo quien hace la siguiente pregunta, y siento que mi respiración se hace difícil y mi viejo corazón se agita: —¿Quién lo escribió? Ella me mira y siento en su mirada una profunda ansiedad. Está al borde del llanto. —¡Lo escribió mi madre hace veinte años...! Rompe a llorar en silencio y se cubre el rostro con sus manos. No se atreve a mirarme. Yo me siento aturdido, y no sé cómo reaccionar. Me hago la pregunta de la que espero con ansiedad una respuesta: ¿Es esta joven mi hija? Si es así, ¿cómo han podido pasar todos estos años sin que su madre me lo dijera? Sí, es posible; hicimos el amor pocas semanas antes de mi traición, y no tomamos precauciones. 14. Pero no pienso en ti, —le digo—, cuando aceptaste representarme yo ya había adoptado el mal hábito y todas mis novelas adolecían de lo misma falta de motivación, pero tenían él éxito asegurado. Sólo empecé a inquietarme a partir de esta última novela, era el resultado de todos estos años negarme a mí mismo? ¡No volveré a escribir porque no merezco ser amado ni puedo amar a nadie! Alicia no admite mi renuncia. Protesta y quiere dar su opinión: —¡No estoy de acuerdo; tu padre no es totalmente culpable! Quién tiene el coraje de reconocer su culpa merece el perdón; los más santos fueron los más pecadores. No es el santo quien necesita compasión, sino ¡el pecador! Noemí, tienes que perdonarle, no porque sea tu padre y aunque en el pasado se haya comportado como un canalla, sino un ser humano arrepentido que reconoce sus culpas, merece tu compasión y tu perdón. Perdonar es lo que nos hace seres humanos; el rencor nos vuelve bestias sin alma, solo con memoria. Mi hija vuelve a estar al borde del llanto. Está sufriendo una gran presión emocional y ¡parece tan vulnerable! Me mira y noto en su mirada su deseo de perdonarme. Alicia toma una de sus manos y la pone sobre la mía. Su mano está ardiendo y tiembla. Ha sido el prodigio de una verdadera escritora quién ha hecho el milagro del perdón. Noemí se abraza a mí y llora en silencio. Creo escuchar como un susurro: —¡Papá, te quiero! Yo también tengo deseos de llorar. ¡Pero ahora tengo una hija que necesita un padre que sea fuerte! 15. Han pasado dos días desde la accidentada presentación de mi última novela. No es mucho tiempo para asumir que ahora soy el padre de una joven encantadora. He recibido una dura lección, pero no es más que el principio de mi redención. He vivido veinte años de soledad y aislamiento y ahora me resulta difícil asumir que tengo que dedicar algo de mi tiempo en pensar en los demás. Desconozco cuáles son las responsabilidades de un padre. Noemí es tan independiente como su madre y no necesita que nadie le diga lo que tiene que hacer o cómo lo tiene que hacer, y no me crea grandes responsabilidades. Seguirá viviendo en el apartamento que comparte con dos compañeras de la universidad, pero haremos lo posible por cenar juntos dos o tres veces a la semana en mi apartamento. Alicia se ha ofrecido a ser nuestra cocinera, y nos deleitará con sus deliciosos guisos locales. Noemí confiesa que no es muy hábil en la cocina, es una joven entregada a su carrera. Creo que ha heredado la pasión mía por la literatura y la sensibilidad de su madre para la poesía. No puedo decir si tiene o no talento, todavía no ha tenido tiempo ni oportunidad de ponerse a prueba. No ha escrito nada importante. Pero siempre he creído que el talento no se hereda, sino que se nace ya con él. No está en los genes; está en la mente y en el alma y debemos adquirirlo en el mismo instante de nuestra gestación. Puede que nos venga del cosmos o de algún fallecido en ese mismo instante. Creo en la transmigración, porque el espíritu, como la energía, no se destruye, se transforma. Desde el principio de los tiempos hay un espíritu universal, al que los creyentes llaman Dios, de donde provienen todos los de los seres animados. La prueba evidente de la transmigración es que en mi familia no hay artistas ni escritores, solo personas normales, preocupadas por cosas normales. Tal vez haya habido alguno entre mis remotos ancestros, pero yo lo desconozco. Mi enfermedad sigue su diabólico curso y no me deja mucho tiempo libre y sin dolores. Tengo que acudir con frecuencia al hospital para seguir un doloroso tratamiento. A cambio de soportar todas estas molestias me aseguran poder prolongar el tiempo que me quede de vida y que necesito para poner en orden mi conciencia. 16. Como era de esperar, mi última novela ha triplicado las ventas de las anteriores. La muerte es un extraordinario reclamo. Mi editor no puede ocultar su satisfacción, aunque se muestre compasivo. Los medios de comunicación me acosan y he tenido que cambiar de número de teléfono. Los mensajes de condolencia son abrumadores, me resulta imposible leerlos todos. Pero por fortuna aún desconocen mi inesperada paternidad, deben creer que la joven que me acompaña es mi última conquista. En cuanto a Alicia, no puedo negar que siento por ella un profundo afecto, pero no se puede llamar amor, porque en estos críticos momentos desconozco el significado de esta hermosa palabra. Ella parece resignada y creo que, a pesar de todo, es feliz solo con poder estar a mi lado y servirme de ayuda. Sí, debe ser su destino el que no sea correspondida. No ha tenido suerte en la elección de sus amantes. Ella y Noemí parecen entenderse bien, y comparten las mismas inquietudes. Creo que se han hecho buenas amigas. Pero esta pasajera felicidad tiene una oscura sombra: ¡su madre! He hablado con Noemí sobre ella, no es un tema fácil. Noemí cree que mi presencia podría ayudarla a recobrar la memoria. Pero yo me pregunto si no será mejor que mantenga su amnesia. No debe ser para ella nada grato el recordar mi traición. Si recobra la memoria tal vez pueda perdonarme, pero también puede aumentar su resentimiento hacia mí. Por mi culpa ha malogrado veinte preciosos años de su existencia, no hay penitencia lo suficientemente grande para compensar su sufrimiento. Sé que a Noemí le haría enormemente feliz vernos juntos otra vez. Como si el tiempo no hubiera transcurrido, y reconstruir el pasado en el momento en que éramos más felices. Cuando escribió aquel corto y apasionado poema para decirme, con cuatro rimas, cuánto me amaba, y que ha marcado nuestras vidas. Hoy cenaremos en mi apartamento. Mis dos mujeres llegarán de un momento a otro y tengo que poner un poco de orden. No me encuentro muy bien, a pesar de los calmantes que hacen estragos en mi estómago, persiste un dolor constante que consigue hacerme perder la calma y agriar mi buen carácter. Es asombroso y tristemente paradójico que durante los últimos veinte años en los que he gozado de una excelente salud no creo haber tenido ni cinco minutos de felicidad, y cuando mi salud se ha quebrantado no soy capaz de gestionar tantos momentos de felicidad, he conocido a una extraordinaria mujer y he recuperado una hija ignorada! Vivir es un juego que consiste en hacer lo contrario de lo que consideramos razonable. La primera en llegar ha sido Alicia. Ha venido con algo de antelación para que cuando llegue Noemí esté a punto la cena. Se interesa por mi salud. Me sugiere que dado el estado en que me encuentro debería tener alguien que cuidase de mí las 24 horas del día y probablemente tiene razón, pero insisto que no ha llegado todavía el momento. —¿Y cuándo llegará ese momento, cuando esté muerto? Ha sido una reacción espontánea, pero lamenta habérmelo dicho. Está profundamente arrepentida. —¡Perdóneme; yo no quería...! —No hay nada que perdonar —la interrumpo—, llevas razón y sé que tú misma lo harías con agrado, pero no puedo aceptar tu ayuda. Antes tengo que terminar de pagar mis deudas. La madre de Noemí necesita más ayuda que la que necesito yo, y ella cree que mi presencia puede hacer que recupere la memoria. Pero no sé cómo reaccionaría si recuerda nuestra relación. Alicia ha entendido lo que no me atrevo a decir. Ahora su rival es la madre de Noemí, porque si aceptase perdonarme ella sería quien cuidaría de mí hasta el día de mi muerte. —Lo comprendo, una vez más se cumple mi triste destino: nunca seré correspondida por las personas a quienes amo. De nada me ha servido todos mis esfuerzos para vivir este momento. Siempre soy la última de la fila, y cuando llego yo se ha terminado lo que estaban regalando. Alicia ha vuelto a deleitarme con sus guisos, pero Noemí no parece haber disfrutado de la cena. Ha permanecido ausente y con su pensamiento lejos de aquí. Antes de venir habló con su madre por teléfono y cree que está profundamente deprimida y desorientada. —Teme olvidarse también de mí —comenta angustiada—. Me ha enviado un verso que reflejan su confusión y lamentable estado anímico. Tenemos que tomar una decisión esta misma noche. Hoy he soñado que soñaba, que tú no eras quien eras, que el tiempo no tenía tiempo, y que la muerte había muerto. No puedo evitar comparar este verso con el de hace veinte años. A pesar de todos esos años olvidados, sigue siendo una gran poetisa. 17. Le ruego a Noemí que me cuente todo lo que recuerda de su madre después de su ataque de amnesia. —Lo que sé de los primeros años, de los que apenas guardo una borrosa imagen, me lo han contado mis abuelos. Noemí no parece estar muy entusiasmada con mi sugerencia. Deben ser recuerdos tristes. Recuerdos de una niña criada por dos ancianos y una madre sin pasado, sin que pueda contar a su hija cómo se gestó, por quién y dónde. Sin que fuera capaz ni siquiera de mencionar el nombre de su posible padre. No solo no ha tenido un padre desconocido, sino olvidado. Pero le ruego que intente superar su tristeza y prosiga. Antes de que nos encontremos necesito saber cómo han transcurrido todos estos años de olvido. —No sabemos nada de cómo se produjo la separación —continuó superando la tristeza de revivir su infancia—, pero debió ser muy dolorosa porque no recordaba nada de lo sucedido y ni siquiera recordaba quiénes eran sus padres o dónde vivía. Una policía la encontró dormitando en un parque y afortunadamente pudieron identificarla gracias a una receta de un medicamento contra las náuseas del embarazo, porque no llevaba ningún documento oficial de identidad. Pero no podían dejarla sola en aquel estado, y localizaron a mis abuelos, que la acogieron. Y eso es todo lo que sabemos de los primeros días de su amnesia. Noemí ha cambiado varias miradas inquietantes conmigo. Posiblemente todavía se esté preguntando si después de todo merezco su perdón. Yo permanezco en un patético silencio, sin atreverme a decir nada en mi defensa. Yo solo conozco la historia a partir de un domingo en que habíamos acordado asistir a la proyección de una película de Oscar Wilde, pero yo nunca acudí a la cita... mientras ella esperaba inútilmente en las puertas del cine, ¡yo estaba en la cama de mi seductora agente! ¿Tendré el valor de confesarlo? ¡Si no lo confieso mi conciencia nunca estará tranquila! Esperaré a conocer toda la historia. Le ruego que me cuente qué pasó durante los años siguientes. Mi pobre hija está rememorando una parte de su vida que posiblemente desee también ella olvidar, pero se sobrepone y continua: —Mi madre se trasladó a vivir a la pequeña localidad del norte de sus padres, mis abuelos maternos, y todos los esfuerzos por que recuperase la memoria fueron inútiles. Aparentemente podía llevar una vida normal, pero tuvo que aprender a reconocer su propio nombre, el de sus padres, y todas las demás circunstancias posteriores a su amnesia. Cuando nací yo ya era plenamente consciente de todo, excepto de su estancia en esta ciudad y de sus relaciones contigo —se dirige a mí con la misma expresión de velado reproche—. Mi abuelo era un funcionario del Ayuntamiento y consiguió una pequeña pensión para mi madre, porque tenía frecuentes lapsus de memoria y no estaba capacitada para realizar ningún trabajo. Mi abuelo murió cuando yo tenía diez años, su salud empezó a deteriorarse desde el día en que se enteró de la amnesia de mi madre, y mi abuela murió unos meses antes de que me matriculase en la universidad. La pobre fue muy desdichada por todos estos sucesos, pero jamás le hizo ningún reproche a mi madre. Teníamos una criada desde hacía varios años, antes de que yo naciera, de la misma edad de mi madre, que es quien la acompaña en estos momentos. Yo no podía renunciar a la Universidad, porque conseguí una beca de estudios, con la que sobrevivo en estos momentos. Ella no dejó de escribir poemas, debe de tener escritos los suficientes para llenar una docena de volúmenes, pero se ha negado a publicarlos. Siempre sospeché que te los dedicaba a ti, pero solo debía ser una débil intuición, que no accedía a su consciencia. Tal vez por eso vivía atormentada por la incapacidad de concebir la imagen de quien tenía solo una intuición. Eso es todo lo que puedo contar sobre mi madre. Alicia nos ha preparado café, que nos sirve mientras guardamos un pensativo silencio. Yo trato de imaginarme a su madre veinte años después, la mujer con la que tendré que reencontrarme muy pronto y rendir cuentas de mi imperdonable comportamiento. Tengo la impresión de que me horrorizará, porque creo ver en su envejecido rostro la indeleble marca del sufrimiento, del que yo soy culpable. Alicia rompe este tenso silencio: —Tal vez si recibe un fuerte estímulo para recordar a la persona a quién según parece que sigue amando, recobre la memoria. Alicia ha puesto el dedo en la llaga. No es suficiente con que se reencuentre conmigo, sino con su amante, como si nunca hubiera sucedido mi traición. Alicia parece profundamente afectada, creo que se arrepiente de su sugerencia. Pero mi redención requiere algún sacrificio, y Alicia lo comprenderá y terminará por aceptarlo. Veinte años después tengo que intentar volver a seducir a la misma mujer que traicioné. El destino quiere ponerme a prueba y no puedo defraudarle. 18. ¿Es posible sanar un corazón herido? ¿Puede borrar el tiempo las heridas olvidadas? ¿Puede amar un viejo con un corazón agotado? ¿Puede un enfermo sanar a otro enfermo? Me hago estas angustiosas preguntas para sentirme todavía un ser humano, pero sé que yo no tengo la respuesta. Noemí y Alicia se han marchado hace algo más de una hora, y han dejado un vacío inmenso. Nunca me había sentido tan esencialmente solo. Es una soledad abismal, sin fondo, sin el menor atisbo de luz. Mi alma ha quedado en la más absoluta oscuridad. El cuerpo la ha abandonado; la alegría ha emigrado a otras tierras más cálidas y acogedoras. El placer se ha transformado en intenso dolor y la felicidad, que hasta hace solo una hora rebosaba por todos sus bordes, se ha ido con ellas, yo soy incapaz de retenerla mucho tiempo junto a mí. Una interminable noche más me esfuerzo inútilmente por estar ausente de mí mismo. Busco con verdadera desesperación un estado mental cercano a la nada, sin pensamientos incontrolados, sin movimientos de ningún tipo. Intento ejercitarme para preparar mi muerte sin sobresaltos de última hora, pero es totalmente inútil. La mente no duerme, solo se desconecta provisionalmente de la conciencia. Deja de pensar en lo que ve para pensar en lo que imagina. No se cansa, no se agota, no se rinde, porque no tiene una carne que pueda enfermar, ni un esqueleto que la sustente; no tiene ojos, ni boca, ni oídos, no come, ni bebe ni ve ni oye, solo piensa sin reposo porque es eterna y ya existía antes de que fuera mi mente. Noemí cree que, a pesar de las huellas visibles de mi enfermedad, yo sigo siendo un hombre atractivo y que puedo volver a seducir a su madre. Alicia no me ha dado su opinión, que ya conozco. Es una mujer desgraciada, pero en algún momento y en algún lugar tendrá su recompensa. Pero el tiempo apremia, la enfermedad se agrava y mi ánimo decae. No estoy seguro de poder llevar este plan hasta el final. Hemos acordado que Noemí invitará a su madre a pasar unos días con ella en la ciudad. Nuestro encuentro será durante una cena de bienvenida, en el apartamento de Noemí Me acaba de llamar Noemí, su madre ha aceptado la invitación y vendrá este mismo fin de semana y el sábado será el gran día de la prueba. Tengo que retroceder veinte años y tratar de entender las razones que motivaron mi traición. No basta con culpar a la ambición, la vanidad o al egoísmo. Tiene que haber una explicación razonable para justificar ese comportamiento, porque los humanos siempre tenemos una buena razón para justificar nuestra conducta. Lo he pensado en infinidad de ocasiones que descubrir significa destruir lo que estaba oculto. El sol brilla a costa de destruir sus reservas de hidrógeno. La imaginación crea a costa de destruir lo que todavía no ha sido imaginado. Al final no quedará nada que imaginar porque habremos destruido las reservas de imágenes, la muerte. Era inevitable destruir las causas que habían provocado mi creatividad, y esa causa era la mujer que las había inspirado. Si quería seguir creando tenía que buscar nuevas fuentes para mi inspiración, para volver a destruirlas, y así hasta la muerte. No soy del todo culpable. Nunca debimos inventar la literatura porque se alimenta del alma de los humanos. Cada novela, cada relato, cada cuento o cada poesía han devorado su insaciable ración de humanidad. Yo no soy una excepción, también tengo mis víctimas, pero de otro modo no habría literatura ni arte ni ninguna otra expresión del alma humana que necesite alimentarse del alma humana. Nadie entenderá estas razones, solo nuestro creador conoce nuestras debilidades, nuestro canibalismo espiritual, nuestra venganza por ser humanos. No puedo argumentar estas razones para mi exculpación, solo las entiende quienes somos víctimas de la inspiración, por donde se contagia este mal. Las personas corrientes están inmunizadas contra esta enfermedad del espíritu. Ahora ya no me cabe la menor duda de que ha sido esta la causa de mi enfermedad corporal. Mi espíritu dañino se ha introducido en mi cuerpo y no cejará hasta provocar su muerte. No hay cielos reservados para los escritores, pero tampoco hay infiernos, solo hay purgatorios: cerca del cielo, cerca del infierno. Si me quedasen fuerzas y el tiempo de vida necesario, escribiría una novela con este título, que sería la gran novela de mi vida, pero puede que la escriba después de muerto, y sea la gran novela de mi muerte. Pero ¿por qué escribir; por qué remover las tranquilas aguas de la inconsciencia; por qué sacar a relucir los defectos y las virtudes, las pasiones y los desencantos o las lealtades o traiciones de los seres humanos? ¿Por qué contar tantas mentiras; tantas historias que nunca han sucedido ni nunca sucederán? ¿Por qué ese enfermizo afán de perpetuar nuestra memoria después de que hayamos perdido la memoria? No, aunque me quedaran cien años más de vida no volvería escribir ni una novela más. Alguien tiene que dar el primer paso para librar de esta lacra a la humanidad. Tengo la impresión de que estoy delirando y pienso cosas que carecen de sentido. No hay justificación para quién causa daño a un ser humano sin una razón también humana. Un médico puede causarte algún daño para curarte una herida, pero un escritor no puede alegar sus fuentes de inspiración para causar daño. Si pusiera en una balanza el placer que hayan podido causar mis novelas y el daño causado el escribirlas, ¿de qué lado se inclinaría la balanza? ¿Y quién puede tener la respuesta? No tengo escapatoria posible. No tengo más juez que mi propia conciencia, y no cesa de gritarme que soy culpable. 19. Hoy ha amanecido un día desapacible que influirá en mi estado de ánimo. Hoy también es el día en que llegará a la ciudad la madre de Noemí; la persona de la que depende mi salvación. No me siento con el ánimo adecuado para las circunstancias. Debería de sobreponerme y mentalizarme de que he vuelto a mis años de la universidad; años en que la vida era una pliego en blanco, esperando a ser escrito por ambas caras; años en que lo más importante era ser joven, no solo para gozar de la vida, sino para vivir alejado de la muerte; años en los que estaba todo permitido menos la nostalgia; que el amor era una herramienta de trabajo, en los que la sabiduría de la experiencia era considerada una manía de viejos y no valía nada comparada con la vitalidad de los hechos. Esos años en que las personas que te rodeaban eran muestras para tu laboratorio o el plomo de tu redoma, de la que esperaba obtener oro, siguiendo la mágica fórmula inventada por tu excluyente imaginación. Años, en fin, que siempre he deseado olvidar y que ahora tengo que rememorar. Mi memoria tiene que borrar sin dejar el menor rastro lo que sucedió después de que ganara el inoportuno premio literario, como si no hubiera sucedido. Como si hubiéramos seguido juntos nuestro anhelado sendero de la gloria, y una vez alcanzada, puesto que parecía inevitable dada nuestra genialidad, viviríamos seis meses al año en Pigalle, en Montmartre o en Saint-German-des-Prés, donde yo escribiría mis novelas al calor de su inspiración, y ella sus apasionados versos inspirados por su amor por mí. Como si cada primavera amaneciéramos en nuestra casita de Mallorca, junto al acantilado más elevado del litoral, desde donde nuestra vista se perdiese en un horizonte tan infinito como nuestros deseos de vivir; tan hermoso como nuestras almas gemelas, tan misterioso como nuestra inspiración, o tan acogedor como nuestro lecho donde hacemos el amor. Cuando tenía veinte años no podía imaginarme con sesenta años, ahora que estoy a punto de cumplirlos no puedo imaginarme con veinte años. No obstante, tenía que suceder, porque el tiempo es la mayor estafa del entendimiento humano, ya que se trata de un instante eterno, este instante en el que vivo, o mejor diré, malvivo hoy, es el mismo en el que vivía hace veinte años, lo que ha cambiado es la perspectiva y el escenario, ¡pero el instante es el mismo! Noemí me ha llamado para decirme que ha recogido a su madre en la estación de ferrocarril, y que la ha encontrado muy desmejorada y aturdida. Ya están en su piso, y ha podido descansar y recuperarse algo. Me comenta que, si se encuentra mejor, asistirán a la Ópera, que es la pasión de su madre. Representarán «Madame Butterfly», que le parece muy oportuno para las circunstancias. Su madre no recuerda haber visto antes esta ópera, pero la había visto dos veces porque aún guardaba las entradas como recuerdo. Cree que puede ayudar a nuestro plan. Le ha comentado su deseo de que el lunes le acompañe a la Facultad, la misma a la que asistió ella, pero insiste que ella no no recuerda haber asistido nunca a una universidad en aquella ciudad. Es evidente que sigue obstinada en no permitir que las imágenes y sentimientos que guarda en su subconsciente accedan a la conciencia. También me ha llamado Alicia. Está preocupada por el empeoramiento de mi salud. Quiqere saber si necesito ayuda. Se lo agradezco, pero insisto en valerme solo hasta ver como acaba la prueba. Alicia está confundida y apenada, porque no puede desear que sea un fracaso, pero tampoco que sea un éxito. Se hubiera sentido dichosa solo por tener la exclusiva de mis cuidados hasta el día de mi muerte. Pero la madre de Noemí tiene preferencia. Si tan solo fuéramos buenos amigos, ambas mujeres podría velar mi agonía, pero ha cometido la debilidad de enamorarse de mí, y el amor es egoísta y rigurosamente incompartible. Parece resignada pero no vencida. Yo soy el gran amor de su vida y no está dispuesta a retirarse y darse por vencida. Merodeará esperando una oportunidad. He creado muchos personajes femeninos, y presumía de cocerlas incluso mejor que se conocen ellas mismas, pero Alicia me ha demostrado lo irrisorio de mi petulancia: aún me quedan muchos recovecos del alma femenina por descubrir. Tal vez mi prematura muerte me ayude a descubrirlos. Lo que no he sabido comprender es cómo ve la muerte quien da la vida. Posiblemente sientan el mismo afecto por ambas. Muchas mujeres sufren más depresiones inmediatamente después de traer al mundo una nueva vida, que ante la visión de un moribundo. La vida les duele tanto como la muerte. 20. Sigue el tiempo desapacible. Sobre el cristal de mi gran ventanal resbalan las gotas de agua de una lluvia débil pero persistente. La lluvia no me deprime, al contrario, me vivifica, el agua trae vida, pone brillo en todo lo que cubre. Las plantas se vigorizan y muestran todo su esplendor y belleza. Pero lo que agrada a la naturaleza desagrada a los humanos. Veo desde mi ventana gente contrariada. Les molesta todo lo que no pueden dominar y controlar, y la naturaleza no se somete fácilmente. Por esa razón estamos poniendo todo nuestro empeño en destruirla. Puede que logremos destruir también la lluvia. Permanezco recostado en la cama hasta casi el mediodía porque no sé qué puedo hacer que justifique el estar levantado. No tengo nada que escribir, a ningún acontecimiento que asistir ni alguna visita que recibir, nada; pero he encontrado una ocupación: releer mi primera novela, y tal vez también debería decir que es la única que he escrito, porque pienso que reúne las tres condiciones básicas para que pueda considerarse una novela: tiene una motivación: un apasionado alegato en defensa de la poesía y los poetas. Argumento también fruto de su imaginación y no de la mía. Las novelas que siguieron después carecían de motivación, solo tenían técnica y estilo, por eso no eran de este mundo mundo, sino de un mundo paralelo y deshumanizado. Noemí lleva razón. «Es media noche. Las luces de la ciudad ensucian el cielo y no puedo ver las estrellas. Tengo que imaginarlas. También tengo que imaginar la gente en esta calle desierta. Y los rosales, las orquídeas y las geranios inexistentes en los balcones de sus casas deshabitadas. Tengo que imaginar los niños que juegan en una escuela fantasma, y los gorriones que anidan en unos árboles ausentes. Esta es mi calle, donde no vivo, donde no habito, donde solo me imagino que vivo y habito.» Así debe ser. Nuestra vida debe transcurrir en una de estas calles desiertas, donde no vivimos sino que imaginamos que vivimos, porque cuando menos te lo esperas se agota tu tiempo, y te parece que en realidad no has vivido sino que te has soñado. Al releer esta primera novela siento con toda su crudeza la falsedad en la que he vivido todos estos años, y me pregunto qué clase de escritor sería hoy si hubiera seguido fiel a mí mismo. ¡No hubiera sido extraño que ganara el Premio Nobel! Ahora me tengo que conformar con el premio del mercado, y con los millares de adeptos al consumo de literatura entretenida y con fecha de caducidad. No tienen nada que trasmitir sobre nuestra forma de entender la vida y sus valores a generaciones venideras. No tengo vocación de redentor, y me agobian los elogios, pero cuando un artista se expresa en cualquiera disciplina, está enviando un mensaje en una botella que indefectiblemente caerá en manos de gentes de otras épocas, en otras latitudes del inmenso océano del tiempo; que tendrán otros valores, y que, gracias a esos mensajes, podrán asentarlos en el tronco general de la historia. Dada la brevedad de nuestra existencia, lo único sólido que tenemos los humanos para salvarnos de la riada de los inevitables cambios que todo lo arrollan, es la Historia. Hoy tengo uno de esos días en que me siento demasiado insignificante como para tener grandes ambiciones, porque esta gran humanidad que puebla nuestro planeta, de la que yo soy una ínfima parte, no es ni siquiera un grano de arena del desierto comparado con la inmensidad del universo que habitamos. Los hombres poderosos se creen grandes porque reinan sobre sus diminutos dominios, mientras que aquellos que reconocen ser infinitamente pequeños, habitan en el gran dominio de la inmensidad del universo. Los humanos tenemos un sin fin de alternativas para elegir la forma en que deseamos consumir nuestro valioso tiempo, pero solo hay una que se corresponde con nuestra personalidad. La razón de nuestra existencia no es otra que encontrarla y serle fieles hasta la muerte. Solo así cada individuo será una persona, y cada persona será un mundo, y todos los mundos juntos formarán un universo, y muchos universos reunidos en uno solo será la única idea que podemos hacernos de algo a lo que llamar «Dios», por lo que solo las personas y sus mundos están en contacto directo con Dios. Yo he vivido en permanente contacto con el infierno, porque renuncié a mi mundo personal, por lo que no tengo acceso al cielo. Puede que todavía me quede tiempo para reparar mi gran error, pero tendría que escribir una última novela: la continuación de la primera, lo que me allanaría el camino de mi salvación, pero para ello no solo necesito tiempo, sino inspiración; no solo tendría que reencontrarme con el escritor, sino también con su amante. ¿Podría suceder mañana? Debería pensar en la cena de mañana y en mi salvación, y creo que tengo una idea que serviría para ambas cosas: escribir mi última novela con la historia de nuestra relación. Revivir su memoria día a día, beso a beso, caricia a caricia, con todo detalle, matiz, sentimientos, ilusiones, esperanzas y proyectos para el futuro. Sí, ella tendría el relato que su conciencia se niega a recordar. Sería sin duda la gran novela de mi vida, la que me facilitaría una buena muerte. Pero ¿me quedará tiempo suficiente? ¿Podré afrontar el reto con la clarividencia y estado de ánimo adecuado para que esté al nivel de mi primera novela? Noemí me ha enviado un mensaje para comunicarme que su madre se ha recuperado y está muy animada. Por la tarde irán a la Ópera, como estaba previsto, y a la salida cenarán en un pequeño restaurante italiano que hay en las proximidades. Dice que me echa de menos y hubiera sido una dicha completa si pudiéramos estar los tres ya juntos y unidos como una familia. ¡Pobre Noemí! Aunque se cumplieran tus deseo tu dicha durará poco. Es mejor que te acostumbres a mi ausencia, aunque sigas echándome de menos en tus momentos felices, puede que yo te acompañe, aunque tú no puedas verme. Mañana le comentaré mi idea. 21. También ha invitado a Alicia a la cena de bienvenida de su madre, porque quiere que parezca una reunión de viejos amigos, en la que su madre no sea el foco de mayor atención. Quiere probar si me reconocerá. Todavía no le he comunicado mi nueva idea, porque no estoy seguro de que esté en las condiciones y el estado de ánimo para realizarla. Llamo a Alicia para comunicarle la invitación de Noemí. Acepta. —Si le parece bien, puedo pasarme ahora por su casa y preparar algo de comer —me sugiere—, después podemos ir juntos al apartamento de su hija. Noto por el tono de su voz que ha recibido la noticia con gran alegría. Ahora la balanza del destino se inclina a su favor y en mi contra, pero acepto su oferta. Esta mujer se está convirtiendo en una necesidad, siempre está donde yo la necesito. No es un viejo sueño del pasado sino una realidad del presente, sin historia, sin remordimientos, sin necesidad de recuperar la memoria de lo que no ha sucedido. Ella trae paz a mi espíritu y consigue hacerme olvidar mi pasado, para recuperar el presente, que tanto lo necesito en estos difíciles momentos. Alicia ya está en mi apartamento y de nuevo escucho el sonido doméstico y de gratas recuerdos del trajín en la cocina. Esta mujer va dejando por donde va el halo de lo cotidiano, lo simple, pero que es lo verdaderamente entrañable. No solo está preparando una deliciosa comida, sino el ambiente hogareño que no es solo un caluroso sentimiento, sino una necesidad de cualquier ser humano. —¿Qué hará usted si no le reconoce? Me pregunta con aire despreocupado, como si no le afectase mi respuesta, mientras me sirve lo que ha cocinado. Yo le pido una vez más que no me trate de usted, porque ya no soy el héroe de sus sueños, sino el hombre desvalido y torturado que necesita de su ayuda. Pero Alicia sabe que tutearme significa dar un paso de gigantes en nuestra breve relación, y no desea cambiar el trato hasta que no esté segura de que ha conquistado mi alma y mi voluntad. Mientras tanto, seguirá con el mismo trato distante y respetuoso. Necesito descansar y dormir un poco para estar presentable durante la cena con mi hija y Alicia me prepara la cama, tal como hizo la primera vez en su minúsculo estudio. Mientras ahueca las almohadas me dirige varias miradas que yo puedo interpretar fácilmente. Parece quererme decir que esta vez no me despertará su llanto. Me ayuda a recostarme y, al igual que la primera vez, se vuelve a la cocina, y yo vuelvo a escuchar ese sonido tan doméstico y relajante del trajín de la cocina, con el que me quedo dormido. Alicia ha velado mi sueño leyendo el manuscrito de mi primera novela, que había quedado sobre la mesita del salón. Cuando despierto me lee en voz alta uno de sus pasajes más trágicos de la novela, momentos antes del suicidio de la protagonista. «No he nacido para vivir. No vine a este mundo para gozar de los placeres de la carne. No estoy viva para celebrar las maravillas de la naturaleza. No me siento parte de la vida. No, yo he venido al mundo para cantarlo, para recitarlo, para convertirlo en un largo poema, para disolverlo entre bellas palabras. Para que se diga de mí cuando muera que fui solo poesía, sin nada que me lo impidiera, ni mi cuerpo, ni mi mente; solo poesía, nada más que poesía.» —¿Quién ha podido inspirarle estas dramáticas líneas? —me pregunta con un gesto de desolación o tal vez de horror—, ¿ella? Todavía no tengo la mente suficientemente despejada para responder y me limito a sonreír. Ella lo entiende, y sigue leyendo, pero en silencio. Veo por su expresión de asombro que le impacta lo que está leyendo, no me extraña, son los pasajes previos al suicidio de la poetisa protagonista. Cierra el libro y se recuesta sobre el sofá. No espera mi respuesta porque ya la conoce. Cambia una triste mira conmigo. Creo que quiere darme su opinión: —¿Sabe?, creo que el suicidio de su poetisa protagonista está justificado —hace una pausa y parece como si lo que dice a continuación sea para ella misma—. Todos nacemos con un estigma grabado en nuestra frente, que nos dice quiénes somos y para qué hemos venido a este mundo; y a lo que podemos aspirar y lo que tenemos rigurosamente prohibido. Su protagonista nació con el estigma de la poesía en un mundo sin poesía, no tenía otra opción que inmolarse con ella —nuevo silencio que rompe con un sentido suspiro, y prosigue—. Yo también he nacido con un estigma: el de la fealdad. Sin duda un accidente de la naturaleza, porque no se parece en nada a mi alma. Debieron que nacer cada uno por su lado, sin ponerse de acuerdo. Mi alma me colma de buenos y nobles sentimientos, mientras mi cara me impide que los aproveche y muestre a los demás. Solo cuando escribo soy libre de regalar generosamente esos sentimientos a mis personajes, porque ellos no me encuentra fea y no ven mi estigma. No me cabe duda de que sabe de qué habla. Yo mismo la rechacé en los primeros momentos por su poco agraciado rostro. Me pregunto por qué los humanos hemos creado cánones de belleza que marginan al ostracismo y la soledad a personas como Alicia, o a mujeres y hombres en lo mejor de sus vidas, solo porque sus espaldas se encorvan, sus manos se descarnan, y en sus frentes aparecen las arrugas, que son el precio pagado por su sabia madurez, serenidad, dulzura, equilibrio e inteligencia! Sin duda merecemos cada uno de los tormentos a que conduce este comportamiento. Es inútil que trate de consolarla elogiando la belleza de su alma, porque el alma no se ve, el rostro sí. Lamentablemente para las personas con estos estigmas, el rechazo termina por contagiar también su alma del mismo estigma. Alicia es una gloriosa excepción, pero sin duda que se lo debe a la literatura. Parece que ambos estamos sumidos en nuestros respectivos pensamiento, y permanecemos en un elocuente silencio. Es Alicia quien lo rompe con una pregunta que me recuerda la idea de escribir un nuevo libro: —¿Aún nos quedan tres horas para reunirnos con su hija, ¿por qué no me cuenta algo de su romance con su madre? Creo que la idea es interesante, puede servirme de ejercicio para esa última novela que me ronda por la cabeza. Accedo y Alicia prepara café. ¡Sin duda espera una larga e interesante confesión! 22. Alicia parece una niña a quien la abuela se dispone a contarle un cuento de príncipes y princesas encantadas. Se ha quitado los zapatos (desde que me conoce ha moderado su vestimenta, y sobre todo ya no lleva aquellas horribles botas de militar), se arrellana en el sillón, recogiendo las piernas también en el sillón, y espera con ansiedad infantil mi relato. No sé cómo explicarlo, pero parece totalmente transfigurada. Soy incapaz de reconocer la joven torpe y fea, como ella misma se define, y veo una joven con una expresión radiante, una mirada inteligente, a la vez que curiosa como la de un gato, y un cuerpo rebosante de vitalidad. La naturaleza se ha portado mal con su rostro, pero ha sido generosa con su cuerpo. Empiezo contándole la anécdota de la cafetería donde nos conocimos. —Después de aquel gracioso suceso cada uno nos fuimos a nuestras clases correspondientes. Estábamos en la misma universidad y cursábamos los mismos estudios, pero yo le aventajaba en un curso, por lo que nuestras clases no coincidían. No nos intercambiamos nada con que poder ponernos nuevamente en contacto. Ella parecía desconfiar de todo el mundo, aunque yo por entonces desconocía la razón. Ha sufrido varias agresiones sexuales de alguno de sus compañeros de clase. Aquel día ninguno de los dos pudimos concentrarnos en las clases, algo mágico había sucedido. Creo que me enamoré de ella cuando me ofrecí a sujetarle los libros. No me miró con desconfianza, sino que apenas me vio noté como si yo fuese un viejo amante, a quien no había visto desde hacía mucho tiempo y se alegrase de volverme a ver, pero pasado ese instante de grata sorpresa, volvió su desconfianza, y rechazó mi ayuda. De no haber sufrido aquel aparatoso accidente posiblemente todo hubiera concluido así, pero el destino lo tenía todo previsto. —Aquel fin de semana nuestra facultad había organizado un encuentro de jóvenes poetas. Yo no hubiera dudado en asistir de haber sido de narrativa, pero de poesía no me entusiasmaba la idea. Pero aquel sábado estaba profundamente aburrido. Era fin de mes y mi asignación estaba prácticamente agotada. El encuentro era gratuito, así es que parecía una buena manera de matar el tiempo. Llegué con algo de retraso, justo en el momento de la intervención de la joven que conocí en la cafetería. Nos cruzamos en el pasillo central de la sala, cuando yo entraba y ella se dirigía al escenario, y creo que tanto a ella como a mí nos dio un vuelco el corazón, y nos saludamos con una delatadora sonrisa. Cuando la vi sobre el escenario, completamente a oscuras, excepto ella, iluminada con un haz de luz, me pareció un ángel que había descendido del cielo para anunciar la buena nueva de su poesía. Este fue el verso que escribió después de nuestro primer encuentro: Apenas nos miramos y ya nos besábamos Apenas nos conocíamos y ya nos amábamos, Apenas nos hablamos y ya nos entendíamos. Apenas nos separamos y ya nos añorábamos. Alicia parece sobrecogida por la pasión que hay en estas cuatro líneas. Ella no es apasionada, es sensible, porque la pasión ciega el entendimiento y Alicia es una persona reflexiva y razonable. Permanece en silencio para no distraerme de mi confesión. —Cuando finalizó aquel acto yo me apresuré a felicitarla por la lectura de sus poemas, que fue muy aplaudida por los asistentes, en su mayoría compañeros de la facultad. Al salir de la sala la encontré rodeada de sus amigos y admiradores, que la asediaban con preguntas y felicitaciones. Apenas había intercambiado unas miradas y unas sonrisas y ya me creía con derecho de tenerla para mí en exclusiva. Estaba tan contrariado que no sentí deseos de despedirme de ella, y malhumorado salí del auditorio. De nuevo parecía que el destino fuera en contra nuestra. Pero apenas estuve fuera del auditorio comprendí que había actuado con ira y sin una justificación, y regresé precipitadamente, justo en el momento en que ella salía acompañada de una de sus amigas. Al verme pude observar de nuevo su expresión de alegría reflejada en su rostro, y esta vez no dudó en llamar mi atención. —¿Por qué te has ido sin despedirte? ¿No te han gustado mis poemas? ¡Me gustaría conocer tu opinión! La amiga comprendió la situación y se excusó dejándonos solos. —¡Me han encantado! No me atreví a confesarle que había sentido celos. Le dije que yo también escribía, pero narrativa, no había nacido con la gracia de la poesía, pero sí con la necesaria imaginación para escribir novelas. Estuvimos paseando un buen rato, hablando de nuestras obras, de la importancia de la poesía, la mediocridad de las novelas que se publicaban, la excesiva comercialización del arte. Parecíamos haber encontrado el interlocutor ideal para desahogarnos de nuestras inquietudes artísticas. Por lo general coincidíamos en todo. Quedamos en vernos al día siguiente en el parque. Yo le enseñaría mis historias y ella sus últimos poemas. Aquella noche prácticamente la pasé en vela, porque no estaba satisfecho con ninguna de las historias que había escrito y no quería defraudar a mi nueva amiga. Yo por entonces era un perfecto desconocido, mientras que ella era muy conocida entre los estudiantes de la facultad y otros círculos locales sobre poesía. Todas las críticas eran favorables y le auguraban una brillante carrera literaria. Sin duda que influyó en mi inspiración su benéfica amistad, y aquella noche escribí mi primera obra verdaderamente literaria, las anteriores no pasaban de ser simples relatos, casi todos autobiográficos, que carecían de lo principal: una motivación. Cuando la conocí tenía 18 años. Como tú, había llegado de provincias, con una idea fija, que llevaba más en corazón que en la mente: ¡Triunfar como poetisa! No necesitaba los elogios, ella se consideraba genial, y no estaba equivocada. Todos los que la conocíamos nos habíamos formado la misma opinión. Para mí su genialidad era su mejor atractivo. Me atraía más como poetisa que como mujer, porque ninguno de los dos habitábamos en este mundo, sino en esos dos mundos hermanos: ella en el de la poesía y yo en el de la novela. ¡Y esa fue la causa de nuestra separación! Vivíamos con demasiada intensidad lo irreal y nos olvidamos de lo real. Nos encontramos en el parque en un día que hubiera podido haber pintado Botticelli o Velázquez. Era a principios de la primavera, en que el tono de las hojas nuevas es verde intenso. El cielo de un azul inimitable, decorado con nubes blancas de formas caprichosas e imaginativas. Huele a la savia de los rejuvenecidos tallos y a las resinas perfumadas que desprenden los tilos. Las aves nuevas aletean en sus nidos, impacientes por volar y conocer lo que será su mundo. En este mágico ambiente y en un apartado y solitario rincón del parque, le leí mi primer cuento escrito gracias a ella y para ella. En ese mismo instante empezó a fraguarse nuestra separación. Nuestra relación se hacía más íntima cada día, pero siempre sostenida por la pasión común de la literatura. Nuestra euforia crecía al mismo ritmo e intensidad que la calidad de sus poesías o de mis cuentos y relatos, porque por entonces todavía me sentía incapaz de abordar la novela. Nunca pensamos seriamente en nuestra relación como una simple pareja de enamorados, sino enamorados de la poetisa y del escritor. En ningún momento se nos pasó por la mente vivir juntos, porque eso supondría privarnos de la soledad necesaria para crear, teníamos suficiente con nuestros encuentros diarios, durante los que nos cargábamos de frases geniales, poemas apasionados, historias fantásticas y una dosis moderada de sensualidad. No hicimos el amor hasta después de los seis meses que duró nuestra relación. ¡En esa única relación se gestó Noemí! Alicia parece meditar sobre todo lo que le contado hasta ahora, porque tiene su mirada perdida en algún punto de la calle que se ve através de mis ventanas. Ha reaccionado y me mira con un cierto aire de reproche. —Entonces, no amaba a esa mujer, solo la utilizaba. —Sí, puedes decirlo así. —Y ella, ¿crees que también le utilizaba? —No, ella no me utilizaba; ella no necesitaba estímulos, ya te he dicho que estaba plenamente segura de su talento; era yo quien los necesitaba para descubrir el mío. Un mes después de nuestro encuentro, cuando ya había escrito una docena de relatos y cuentos que a ella le parecían geniales, me sugirió que escribiera una novela. Acepté su consejo y traté de encontrar un argumento que me motivara. Todos giraban, de una manera u otra, entorno a ella y nuestras extrañas relaciones. Le expuse mis ideas, pero no las encontró suficientemente originales. Fue entonces cuando me leyó su poesía sobre el suicidio de una poetisa, y me sugirió que ese podía ser un buen argumento, en el que ella podría colaborar con sus poesías. Acepté encantado su propuesta y comencé a trabajar en el argumento. Durante el tiempo que tardé en escribirla, tan solo dos meses, nuestros encuentros se centraban en el progreso de mi novela. Ella revisaba diariamente cada capítulo, cada párrafo y cada palabra que escribía, y corregía mis muchos defectos y erratas, hasta que le parecía que la síntaxis, ortografía, ritmo y estilo eran perfectos. Parecía como si la estuviera escribiendo ella misma. Cuando mi novela estaba prácticamente concluida, me sugirió que la enviara a un popular concurso literario para nuevos autores. Yo no podía negarme, porque no era solo mi novela, sino nuestra novela. Alicia me interrumpe. —¡Ahora entiendo por qué sufrió ese terrible ataque de amnesia. Su traición fue doble, porque traicionó a la amante y a la escritora! —¡Sin duda, fue una doble traición, pero entonces yo no lo tuve en consideración! No solo colaboró en su redacción, sino que se tomó la molestia de mecanografiar el original y enviarlo ella misma al concurso. —¿Por qué razón cree usted que lo haría? ¿Estaba realmente tan enamorada de usted que se sacrificó para ayudarle en su carrera? —Aunque me apena reconocerlo, debió ser así. Los días previos al fallo del concurso fueron realmente angustiosos para mí, pero no para ella. Sabía perfectamente que habíamos presentado una de las posibles novelas ganadoras, hasta ese extremo tenía confianza en sí misma y en sus juicios sobre literatura. Pero, además, era consciente de que entre los principiantes hay escasas posibilidades de que se presenten buenas novelas. La mayoría adolecen de un exceso de pasión, estilos disparatados, defectos de estructura y sintaxis, y argumentos poco originales. En realidad la gran mayoría son simples imitaciones de sus ídolos, o de los escritores de moda. Ella sabía que ganaríamos, ¡y así fue! Ella fue también la primera en conocer la noticia del premio, porque recibió el mensaje con el resultado y la invitación para la entrega de premios para ese mismo fin de semana en un conocido hotel de la ciudad. Cuando nos vimos en la facultad, ella me recitó la famosa sentencia de Julio César: «Vini, vidi, vici», que yo comprendí su sentido inmediatamente. Confieso que instantes después de conocer la noticia, me consideraba un ser superior, había matado al indeciso y modesto escritor para sentirme un nuevo miembro de las élites culturales del país. Y esa imagen me cegó desde el primer momento. Ella no sospechó nunca mi arrogancia, y se sentía tan feliz como si ella hubiera sido la premiada. Durante la ceremonia de entrega del premio, debió sentirse como la madre que asiste a la entrega del diploma de honor a su hijo en la universidad: sin envidia o celos profesionales. Pero yo ya estaba muy distante de ella. Veía mis libros apilados en las librerías, con la mención de aquel galardón. Me veía firmando ejemplares de mis boquiabiertas admiradores, pero sobre todo, me sentía superior y dominante. Alicia ha reaccionado, se yergue y me dirige una interrogante mirada. —¡Creo que se está inventando la historia! ¡Le conozco ya lo suficiente como para no creer que usted se comportara de esa manera! —¡Conoces un demonio arrepentido veinte años después. Pero no hubiera cometido ese pecado si no hubiera conocido a la verdadera culpable. Durante el cóctel que nos ofrecieron los patrocinadores, fueron muchos las invitados que se acercaron a mí para felicitarme. Ella parecía orgullosa de mi súbita popularidad. Desde el primer día en que supo mi vocación de escritor, deseaba que adquiriesemás seguridad en mí mismo, para proseguir nuestras ambiciosas carreras al mismo nivel. Ya daba por hecho que lograríamos nuestro ambicioso proyecto de fama y gloria sin que uno le hiciera sombra al otro. Cuando, fatigados por tantas emociones y ajetreo, estábamos a punto de abandonar la reunión, se nos acercó una mujer de mediana edad y de aspecto elegante, vestida con un sobrio traje chaqueta, el cabello de media melena, rubio y ligeramente rizado, y dirigiéndose a mí, como si no se hubiera percibido la presencia de mi compañera, y sin dejar de clavar su profunda e insinuante mirada en la mía, me entregó una tarjeta de visita, que debía estar perfumada con las fragancias del infierno, porque cuando la leí el perfume me evocó un abismo en el que no tardaría en caer —Necesitará un buen agente. Llámeme mañana y hablaremos sobre su futuro. Fue todo lo que dijo, y volvió a reunirse con un grupo de invitados. Aquella mirada me perturbó de tal manera que por un momento yo también me olvidé de su presencia. ¡Ella debió presentir en aquel momento mi traición! Ruego a Alicia que me perdone, pero no deseo continuar. Lo que sigue es la parte más dolorosa para mí, y su recuerdo me ha perseguido durante todos estos años. Alicia parece despertar de un sueño, o tal vez sea una pesadilla. Se ha terminado el café. Recoge la cafetera y las tazas y las lleva a la cocina. Permanece en silencio pero su mente debe estar rememorando la historia que acabo de contarle. Regresa de la cocina, cambia una triste mirada conmigo, vuelve a sentarse y, por fin, sé en qué está pensando. —¡Pobre mujer, no me hubiera gustado estar en su lugar. Yo también hubiera perdido la memoria. ¡No, yo hubiera perdido la cabeza! Su comentario me hace sentirme más culpable. Los que no tienen remordimientos no pueden saber lo duele recordarnos nuestros pecados. —¡Perdóneme. Sé que está profundamente arrepentido, y si yo fuera esa mujer, probablemente le perdonaría, pero eso no repara el daño causado. Tal vez fuese mejor que no recobrase la memoria! Si ella no recobra la memoria y no tengo su perdón, ¡me condenaré sin remedio! 23. Han sido unos momentos de gran tensión emocional. Alicia se debate entre su elevado sentido de la justicia, su solidaridad con otras mujeres, su misericordia y su amor por mí. Finalmente han vencido la misericordia y el amor, pero eso no quiere decir que me considere redimido. Cree que de alguna manera debo recompensar a esa mujer. Pero ella no sabe cómo. Tampoco yo lo sé. —Aunque le reviva malos recuerdos, creo que se sentirá mejor si me cuenta el final de la historia. ¡Le prometo que no le haré ninguna recriminación! Tal vez Alicia tenga razón. Ocultando mi culpa solo consigo que se enquiste en mi conciencia, es más saludable airearlos. —Está bien, te contaré el resto de esta lamentable historia. Ni yo ni ella nos sentíamos como se supone que debíamos sentirnos después de la entrega de premios. Yo todavía no me había repuesto de la impresión que me causó la insinuante mirada de aquella mujer, y ella parecía quererme preguntar en qué estaba pensado, porque creo que leía mis pensamientos. Con un tono de voz casi suplicante, me rogó que no aceptara aquella mujer como mi agente, porque habría otros que estarían encantados en representarme. Supuse que sentía celos de ella, pero no tuve el valor de confesarle que, pese a sus temores, la llamaría y nos entrevistaríamos para conocer sus planes sobre mi promoción como escritor. Lo que sucedía era que aquella mujer vivía en el nuevo mundo en el que yo creía haber entrado después del premio, mientras que ella pertenecía a uno ya superado y sin alicientes para un escritor ambicioso. Yo no era ya un estudiante de letras, ¡era un escritor!, y los escritores pueden transgredir todas las normas morales porque están justificados. Aquella noche no pude conciliar el sueño hasta el amanecer, porque yo también me debatía entre lo que me dictaba mi conciencia y lo que me reclamaba mi ambición, porque no tenía sentido haber llegado hasta allí y renunciar a lo que cualquier otro autor haría en mi lugar. Después de todo, ella misma me ayudó a llegar hasta allí, ¿por qué no aceptar la ayuda de alguien que haga realidad tu sueño de escritor? Cuando aquella mañana nos encontramos en el campus, ya había tomado una decisión y ella me parecía una intromisión en mi libertad inaceptable, pero no tuve el valor de hacérselo saber, y traté de aparentar que nada había cambiado después del premio y seguiríamos nuestros planes de futuro tal como lo habíamos soñado. Ella debió sentirse aliviada por mi actitud, pero era evidente que mi entusiasmo y jovialidad había cambiado. Ya no ponía atención a sus lecturas ni estaba motivado para escribir nuevas historias. Ella lo interpretó como mi cansancio por los esfuerzos realizados para escribir mi primera novela, y no me lo reprochó. Esa misma tarde acudí al despacho de la agente, con la que ya había concertado una entrevista esa misma mañana. Su despacho estaba situado en su propio domicilio. Un amplio apartamento en un edificio noble, situado en una de las avenidas más caras de la ciudad. Ella misma me recibió a la salida del ascensor. Apenas si pude reconocerla. Ahora vestía unos tejanos ceñidos, que resaltaba las formas suaves de sus caderas, y una holgada blusa, con lo que parecía el logotipo de su agencia. Su recibimiento fue extremadamente cordial. Era evidente que tenía un gran interés por mí, no solo como escritor, sino como persona. —¡Mi más calurosa felicitación por el premio, pero ahora tienes que evitar que se olviden de tí en un par de meses.., yo puedo ayudarte —me dijo apenas salí del ascensor. Me introdujo en su despacho, una amplia y luminosa habitación sobriamente amueblada con dos confortables sillones de cuero negro, una gran mesa de trabajo y un amplio sofá del mismo material que los sillones. El único detalle que indicaba que estábamos en un despacho de trabajo eran las decenas de fotografías de sus autores representados que pendían de las paredes. Algunos de sus escritores encabezaban frecuentemente los primeros puestos de las más prestigiosas secciones de libros de periódicos y de revistas de literatura. Pronto estaría la mía también allí. Todo ello me demostraba que había elegido un buen agente. Nos acomodamos en los dos sillones. Me ofreció un dulce de una pequeña cesta que había sobre una mesita de cristal, y sin perder tiempo en presentaciones, me preguntó: —¿Quieres convertirte en el autor de moda? ¿Cuál podía ser mi respuesta: «No»? No había más que una posible respuesta: —¡Sí! —Bien, entonces a partir de hoy tenemos que trabajar en un programa que puede resultar duro y requerir toda tu dedicación. ¿Estás decidido? Me limité a asentir con un firme gesto de cabeza. —Mi comisión es del cinco por ciento; el contrato es por dos años, y tengo tu representación en exclusiva para todos los medios donde sea publicada, incluidos cine, televisión, radio y en la red. ¿Estás conforme? Volví a dar mi conformidad con un enérgico gesto afirmativo de cabeza. —Bien, entonces vuelve mañana a esta misma hora y firmaremos el contrato. ¡Antes de dos años serás uno de los escritores más leídos y cotizados del país! ¡Y así fue como firmé el contrato que arruinaría mi vida personal y de donde nacería el escritor profesional! Al día siguiente, y como estaba previsto, firmé mi condenación. Mi nueva agente fue más explícita y me argumentó las razones por las que estaba segura de mi éxito. —Tú representas el ideal de joven con talento, triunfador desde su primera obra, que no recurre a la pornografía, ni a la violencia, ni a tramas esotéricas, ni a romanticismos empalagoso, ni a detectives filósofos. Que escribes novelas sencillas, pero reales y ejemplares, que gustan a todos. Que además, tienes suficientes atractivos físicos como para atraer a las jóvenes lectoras. Tú escribes novelas que pueden leer toda la familia, en todas las edades, y en todas las épocas... —¡Pero yo solo he escrito una novela! La respuesta debí de haberla imaginado. Prácticamente estaban en las cláusulas del contrato que no me molesté en leer: —¡Pero las escribirás, yo te diré cómo! 24. Cuando salí del despacho de mi nueva agente comprendí el grave error que había cometido por mi precipitación y ceguera. Lo culpé a mi falta de experiencia, pero me consoló el que afortunadamente eran solo dos años, que pasaron vertiginosamente. Ahora me sentía avergonzado porque había echado tierra sobre nuestras nobles inquietudes, nuestra ilusión de mantenernos puros, desinteresados, alejados de los mercaderes de sueños, que nos atraen con cantos de sirena, y acaban por arrastrarnos a su sucio mundo de transacciones económicas, balances, accionistas, inversores, directores ejecutivos, banqueros, comerciantes sin principios ni escrúpulos y toda una marabunta de individuos incapaces de valorar lo que no tiene un precio y puede venderse en el mercado, como la honestidad, la generosidad o la ilusión... No tienen escrúpulos en vender y comprar almas, y subastarlas en sus corrompidos mercados financieros. Yo seré una de ellas. Pero, a decir verdad, antes de entrar en este despacho ya estaba corrompida. Aquella tarde habíamos quedado para asistir al estreno de una película sobre la vida de Oscar Wilde. Yo no estaba con el humor para asistir a la representación de otra crucifixión de un autor, pero debía mantener en secreto mi relación con mi nuevo agente. Acudí a la cita, aunque con cierto retraso, cuando la película ya había comenzado. Ella esperaba pacientemente en la solitaria entrada de cine. Pese a mi tardanza ella siempre justificaba mis deslealtades, porque no tenía ni una sombra de duda sobre mi fidelidad. Necesito hacer una pausa. Alicia está tan conmocionada como yo, pero ha prometido no hacerme recriminaciones y lo cumple. Yo me siento mal, porque no puedo borrar de mis recuerdos su frágil figura, iluminada por los letreros parpadeantes de la cartelera, cruzada de brazos, mirando angustiada a un lado y otro de la calle, tratando de justificar mi tardanza. Es probable que me hubiera esperado mucho tiempo más sin perder la fe en mí fidelidad. —Cuando me vio aparecer por el lado de la calle opuesto al que esperaba que llegase, tuvo un momento de duda, pero mi visión desbordaba cualquier deseo de reproche, y me recibió con una sonrisa que intentaría arrancársela a la tristeza que minutos antes la atenazaba. Creo que por primera vez sentí lástima de ella, y tal vez tuve un sincero deseo de arrepentimiento. Estuve tentado de ponerla al corriente de su situación, pero su sonrisa desbarató mi deseo. La abracé, nos besamos e improvisé una excusa. Ella me creyó porque necesitaba creerme y me urgió a que sacara cuanto las entradas que ya tendríamos tiempo después de la película para aclarar los detalles. ¡No era posible despertar a quien vive como sonámbula sin peligro de causarle algún daño irreparable! No hubo aclaración. La película nos había impactado tanto que al salir del cine durante un buen rato, paseamos por las calles ya desiertas sin decir una palabra. Ella rompió el silencio con un comentario que echó más fuego sobre mi conciencia: —¿Por qué tienen que pagar tan alto precio los genios solo por ser famosos? ¿Tendremos que pagar también nosotros tan alto precio? ¡No, claro que no; nosotros no cometeremos su error ni llevaremos dobles vidas que puedan causar escándalo! Seremos una pareja de escritores perfecta sin dar motivos para que no suceda lo que al desgraciado Oscar Wilde, ¿verdad? ¿Qué podía responder? En aquel momento no tuve el valor necesario para decirle la verdad y deshacer el engaño de una vez. Por mucho que sufriera no sería comparado a lo que tuvo que sufrir después. ¡Tanto que justificase su amnesia! Alicia me indica con gesto de su brazo que quiere decirme algo. —¿Y esa es la mujer que se sentará esta noche a su lado, en la misma mesa? Desde luego que si recobrase la memoria tendría motivos para odiarle. Pero siga, perdone mi interrupción! —Los días que siguieron a la firma del contrato fueron tan intensos que no tuve oportunidad de pensar en ella. Mi agente me invitaba a su apartamento, y, después de una ligera cena, nos sentábamos en los sillones de su despacho y discutíamos sobre el argumento de mi próxima novela. Desde luego que sería una historia de amor con final feliz. Una vez en mi apartamento yo escribía un capítulo o dos que le mostraba la noche siguiente. Ella hacía las correcciones y me sugería los cambios que creía eran necesarios. Tengo que confesar que llegamos a estar bien coordinados, porque a mí sus argumentos e ideas no me desagradaban y me resultaba fácil interpretarlas y escribirlas. Como dijo Noemí en su primer mensaje: Solo cambie de musa, y anulé cualquier noble motivación. Durante los primeros días su comportamiento fue estrictamente profesional, pero a medida que pasaban los día se fue haciendo más familiar e íntima, y se cambiaba de ropa para vestir una cómoda bata de noche, que dejaba sus atractivas piernas práticamente al descubierto. Tenía un plan para seducirme, pero no lo llevaría a cabo hasta que yo no finalizara la novela. ¡Ese sería el premio! Mis relaciones con la otra mujer que se había enredado en este drama, seguían siendo superficiales, como son las relaciones de quienes ocultan sus verdaderos sentimientos. Algunas veces se atrevía a preguntarme la causa de mi apatía, que tanto la hacía sufrir, y ella misma llegó a la conclusión de que la causa podría estar en una falta de relaciones más sensuales. Aunque no estaba en sus planes, se propuso seducirme y consentiría en que hiciéramos el amor. Nuestra relación había sido desde un principio una afinidad artística y no estábamos seguros de nuestra atracción física. En esos momentos me atraía infinitamente mas la belleza madura y la esperimentada sensualidad de mi agente que la de aquella poetisa, que no había despertado de su sueño de gloria y fantasías. Con la escusa de invitarme a cenar, preparó el ambiente necesario para mi seducción. Aquella noche gestamos a Noemí, pero ninguno de los dos quedó satisfecho de aquella relación. No; no nos habíamos unido para el amor carnal, ¡solo para el espiritual! No puedo continuar este relato, porque hoy, veinte años después, siento todavía la vergüenza de aquel precipitado placer, de aquellas relaciones frustradas que estaban más cercanas de la prostitución que del amor. —Discúlpame Alicia, pero creo que ya es hora de ir a nuestra cita con mi hija.. —¡Y con su madre! —Sí, y con su madre. Esta será la última vuelta de tuerca del destino. ¡No quiero pensar en nada más! Alicia está visiblemente abatida, lo noto en su mirada triste y ausente, tan distinta de la del principio de este relato. Se levanta apesadumbrada, como si le pesaran las piernas, y me ayuda a vestirme. Salgo de mi refugio privado como si me moviera una fuerza sobrenatural, contra la que de nada sirve mi propia voluntad. Ya es de noche, los días son cortos en octubre. Me sienta bien la brisa fresca del crepúsculo vespertino. Todavía queda una pálida franja de rojo en el horizonte. Hemos llamado un taxi que nos recogerá en la puerta, pero le pido al conductor que nos deje dos manzanas antes de la casa de mi hija. Alicia aprueba la idea. Quiero terminar mi relato ante de enfrentarme a esta difícil prueba. —Dos semanas después yo ponía punto y final a mi segunda novela, aunque tendría que reescribir varios capítulos que no eran del agrado de mi exigente agente. Pero ese era el día elegido por ella para seducirme, y preparó todo para que no tuviera escapatoria. Pero ese mismo día había quedado con la otra desgraciada mujer para volver a ver la película sobre Oscar Wilde, porque la vez anterior nos habíamos perdido buena parte del comienzo. La idea surgió de ella y no me pude negar. Pero no era solo el interés por la película por lo que deseaban verme, sino porque al parecer tenía una importante noticia que darme, pero no quiso avanzarme de qué se trataba. Deseaba que estuviera presente cuando me la diera. Supuse que debía tratarse de algo relacionado con sus poesías, tal vez había ganado un premio, o había encontrado un importante editor que se las publicase. Yo acudí a mi cita diaria con mi agente, con la intención de dejarle el manuscrito para que lo leyera y me anotara las correcciones, pero para mi sorpresa, me encontré con una mesa preparada con sumo esmero y detalles para dos personas, iluminada pálidamente por dos artísticas velas, Sobre una mesita auxiliar había una botella de champan puesta a enfriar, y en el centro de la mesa una bandeja de plata con canapés de caviar, salmón y otras delicatessen por el estilo. Pero lo que más me impresionó, y por supuesto me excitó, fue la forma que se había vestido para esa ocasión. Llevaba puesta una blusa de seda del mismo color de la piel abierta prácticamente hasta la cintura, donde se entreveían parte de sus senos, todavía firmes y una falda negra, ceñida y que le cubría por encima de sus rodillas. El conjunto era de una extrema elegancia, pero sobre todo ¡de un irresistible atractivo! No sé si conoces bien a los hombres, Alicia, pero no hay voluntad capaz de vencer una tentación como aquella. Por esta misma causa se condenó la humanidad; es el eterno pecado que ha cometido el hombre desde sus inicios: ¡la irresistible atracción de Eva y su manzana! En aquella sala se reproducía este drama bíblico: Caviar, champán y sexo. Después ya puede llevarnos la parca a sus tinieblas. Tenía que elegir entre las dos mujeres: una me ofrecía fama. La otra afecto espiritual, amistad sincera y, por supuesto, lealtad. —¿A quién hubieras elegido tú, Alicia? La pregunta la ha cogido desprevenida, pero la respuesta es fulminante: —¡A la segunda, por supuesto! —¡Yo no quería elegir; deseaba que las cosas siguieran como estaban, podía seguir teniendo ambas relaciones y no hacer daño a ninguna, pero mi agente me obligó a elegir. Finalmente quien decidió fue el champán y su irresistible atractivo sexual. Para festejar mi traición, comenzamos la velada en un cabaret donde escenificaban escenas sexuales de un indecente mal gusto, pero era parte de su plan. En la entrada del cine, iluminada solo por las luces parpadeantes de los letreros de neón, con los brazos cruzados, y sin dejar de mirar angustiada a un lado y otro de la calle, esperó inútilmente a quien ahora sé que deseaba comunicarme ¡que iba a ser padre! ¡Afortunadamente perdió la memoria! 25. Nos aproximamos a la apartamento de Noemí. Yo he concluido mi doloroso relato, y nos entregamos en silencio a nuestros propios pensamientos. Alicia debe preguntarse si no se habrá cegado por mi popularidad, porque no merezco su afecto; y yo me pregunto si podré mirar de frente a la mujer que espera la visita de un perfecto extraño. Los últimos acontecimientos sobrepasan mi capacidad de asimilación, y ahora me tengo que enfrentar a una nueva prueba descomunal. A unos pasos de distancia voy a encontrarme con la mujer a quien he robado los mejores años de su vida. Puede que me reconozca, en cuyo caso no sé cómo podré justificarme, y si no me reconoce, tampoco podré justificarme. Todos estos años solo me han servido para comprender que la ambición sin una causa noble no da frutos nobles, sino envenenados, con el veneno de tu propio espíritu igualmente envenenado. Pero hay algo que me inquieta y me asombra: ¿Realmente ha transcurrido todo ese tiempo? ¿No estamos siempre en el mismo instante? ¿Cuánto camino recorre el barquero en su barca? ¡Ninguno! Y, sin embargo, la barca sí recorre un espacio y consume un tiempo, arrastrada por la corriente. Yo también he sido arrastrado por la corriente, pero sigo en la misma barca; el mismo instante de siempre, y que probablemente sea eterno. La mujer que debe estar en el apartamento de Noemí es la misma que abandoné en la puerta de un cine de barrio, pero sigue, como yo, viviendo el mi mismo instante, ¡por nosotros no ha pasado el tiempo, nosotros hemos pasado sobre el tiempo, como el barquero sobre la corriente del río! Pero no es el cuerpo el que viaja dentro de la barca, sino el alma, a la que no afecta el tiempo. Ella tendrá la misma alma que tenía el día en que perdió la memoria, y es esa alma la que no ha envejecido y a buen seguro me reconocerá. Ahora se vuelven a encontrar y se preguntarán: ¿qué hemos hecho de nuestras vidas que tuvieran que separarse? Solo yo tengo la respuesta: No haberla escuchado ni seguido sus deseos. Estamos ante la puerta de su apartamento. Alicia me dirige una suplicante mirada. —¡Ha llegado su gran momento! Ahora tendrá la única oportunidad de salvar o condenar su alma! Llama y se escuchan unos pasos ágiles que deben ser los de mi hija Noemí. Pero no nos abre Noemí, ¡sino ella! Alicia no ha podido evitar un expresivo gesto de sorpresa y yo siento como si me precipitara por un abismo del tiempo y recorriese los veinte años pasado para caer en el mismo sitio donde me encontraba la noche de mi traición: ¡por ella no ha pasado el tiempo! ¡No hay en su rostro, todavía terso y joven, ningún rastro de sufrimiento. Su figura es la misma. Sus cabellos siguen rizados, pero algo más descoloridos, y lo que más me impresiona es su mirada serena y tierna, pero como perdida en la nada. No sé qué decir, pero estoy angustiado por su posible reacción. ¿Me habrá reconocido? Escucho unos pasos rápidos, es Noemí que viene a recibirnos. Pero se ha quedado como paralizada y contempla con ansiedad la escena. Por fin estamos su madre y yo frente a frente y ninguno de los dos es capaz de romper la tensión del momento. Noemí observa a su madre, pero no se produce ninguna reacción que pueda dale a entender que me ha reconocido. Ella permanece sujetando el pomo de la puerta, y parece relajada, está esperando que venga su hija. —¿Son tus invitados, Noemí? Noemí intenta disimular su desolación, ¡no me ha reconocido! —Si, mamá, son nuestros invitados. Cambia una desconsolada mirada conmigo. Alicia también siente la tensión del momento, y me mira interrogadora. La madre de Noemí nos ruega que entremos, nos deja libre la entrada y cierra la puerta detrás de Alicia. Nos sigue hasta un pequeño salón, donde ya está preparada una mesa para cuatro comensales. Nos quitamos los abrigos y Noemí los cuelga de un perchero. Su madre permanece callada frotándose las manos, no sabe qué hacer con ellas. Nos dirige fugaces miradas y sonríe levemente. Hay en su expresión extrañeza, es evidente que nos considera extraños, y no sabe cuál debe ser su comportamiento. Creo que está esperando a que su hija se los presente. Noemí esperaba algún gesto en la expresión de su madre que mostrase algún indicio de que me recordaba, pero es evidente que no ha sido así. Parece resignada y nos presenta a su indecisa madre. —Mamá, estos son mis amigos de los que te he hablado. Los dos son escritores, como nosotras. La madre parece acoger nuestra profesión con agrado, porque nos ha dedicado una amplia sonrisa con un gesto de admiración. Noemí intenta sin demasiadas esperanzas, provocar la memoria de su madre. —¡Él es un escritor muy famoso, seguro habrás visto su fotografía en algún periódico o en las revistas de literatura! Pero la madre lo niega rotundamente con un gesto de cabeza. Nos coge a todos de improviso una pregunta de su madre dirigida a mí: —Y qué escribe usted, ¿novelas o poesía...? Yo escribo poesías..., sí, he escrito muchas poesías... Pierde su mirada en un indeterminado punto de la habitación. Yo trato de no mostrar mi deplorable estado de ánimo y le respondo forzando una amistosa sonrisa: —Escribo Novelas, historias de gente corriente. Nada especial... pero conocí a una poetisa admirable, que por desgracia para sus muchos admiradores, ¡nunca las publicó! Ella me devuelve la sonrisa, pero no hace ningún comentario. Tengo la sensación de que algo está perturbando su mente, porque la sonrisa se ha quedado congelada en sus labios. Parece ausentarse y trasladarse algún otro lugar. Tal vez al campus de nuestra universidad. Es una mujer desvalida y vulnerable, la misma de hace veinte años, pero el tiempo y la amnesia la han tornado extremadamente sensible y emotiva. Me encantaría leer sus poesías. Me atrevo a sugerir: —¿Por qué no nos lee alguna? Ella se ha sobresaltado por mi inesperada sugerencia y parece avergonzarse. —¡Oh, no, no; las escribo para mí... Son muy personales... No les gustarían! Noemí escucha a su madre y parece desolada —Mamá, estos son mis amigos. Puedes confiar en ellos. ¡Vamos, anímate y léenos algunos de tus poemas! Todavía falta algo de tiempo para que esté la cena lista. Noemí quiere intentarlo todo. Posiblemente no habrá otra oportunidad. Su madre parece aturdida. Nos mira como si con ello quisiera comprobar nuestra disposición a escuchar sus poemas. Una vez más parece sumirse en lugares lejanos. Noemí vuelve a intentarlo y sugiere a su madre que lea los primeros que escribió, pero que ella no recuerda cuándo y dónde los escribió. No hay duda de que está padeciendo una gran presión. Siento lástima por ella, pero sobre todo me siento todavía más miserable. Esta pobre mujer asustada, que escribe poemas románticos dedicados a un amante que no consigue recordar y que lo tiene delante de ella, no merece este sufrimiento. Parece estar dudando. Todos estamos pendientes de su decisión. Ella vuelve a mirarnos como si tratara de leer nuestros pensamientos. Alicia ha estado en silencio, debe darse cuenta de que ahora tiene una verdadera rival. Tiene motivos justificados, ahora que la he vuelto a ver, retornan a mi mente con infinita nostalgia aquellos días felices, puros y generosos, y empiezo a creer que si el destino lo tiene previsto, podrían volver, aunque sea por poco tiempo. Neomí ha conseguido vencer los temores de su madre y accede a leernos algunos de sus poemas. Nos acomodamos los tres en un pequeño sofá mientras ella revuelve nerviosa varios cuadernos que guarda en una bolsa de viaje, y parece que no sabe por cuál decidirse. Por fin se decide por uno con las tapas de color rosa, donde hay una leyenda que no puedo leer. Se sienta en una de las sillas del comedor, hojea varias páginas y, por fin, parece decidirse por uno. Tiene el mismo tono de voz, la misma pausada cadencia y entonación. Era una grata experiencia escucharla recitar, ¡y veo que sigue igual! SI TU FUERAS... Si tu corazón fuera espuma, yo sería océano; Si tu alma fuera cielo, yo sería nube; Si tu mirada fuera lluvia, yo sería campo; Si tus manos fueran agua, yo sería sed. ¡Por el amor de Dios, otra vez ese verso! ¿Por qué juega el destino al gato y el ratón? ¿Por qué ha elegido precisamente este poema? Creo que ella ha notado mi turbación. Me dirige una extraña mirada que podría ser de interrogación, tal vez esté empezando a recordar! Noemí ha cambiado una mirada de asombro conmigo, parece que se está haciendo la misma pregunta. Alicia no ha reaccionado, pero sospecho lo que debe estar pensando: ¡Su estigma le persigue! La madre de Noemí ha salido de su momentáneo impase y prosigue la lectura. Cuando lo concluye tenemos la sensación de que ha hecho un gran esfuerzo. Cierra el cuaderno, lo deja sobre la mesa y se deja caer relajada sobre la silla. No quiere leer más poemas. Algo está perturbando nuevamente su mente. Ahora puedo leer la leyenda del cuaderno: «Poemas de amor y olvido. Primavera de 1997». Pero no hay ninguna indicación del lugar ni nombre de su autora. La felicito efusivamente, ella me lo agradece con una bondadosa sonrisa, pero la noto ausente, turbada. Noemí está preocupada por el abatimiento de su madre. Debe pensar que no debemos presionarla. Despertar su memoria bruscamente puede causarle un nuevo trauma. No insiste. La cena ya está lista. Alicia acompaña a Noemí a la cocina para ayudarla a servir la mesa. Ha cocinado mi hija y me ha sorprendido, no sabía que era tan buena cocinera. Su madre se ha relajado; está más tranquila y intercambiamos comentarios sobre lo húmedo que está resultando este otoño y lo que ha visto durante su estancia en la ciudad. —¿Le gustó la ópera «Madame Butterfly»? —¡Oh, sí; mucho! —¿No la encuentra un poco triste? —Sí, usted lleva razón, es un poco triste... Tengo la impresión de que está hablando conmigo, pero sus pensamientos están en otra parte. ¡Daría cualquier cosa por saber dónde! Noemí interviene en la conversación. —¡Tengo una idea —se dirige a mí—, ¿por qué no acompaña a mi madre a visitar algún museo? Yo no puedo faltar a clase, pero usted tal vez tenga tiempo. Sé que tenía deseos de ver la última exposición del Museo Nacional. Su madre intenta protestar. A mí me parece una buena idea. —¡Estaré encantado de acompañarla. Yo también tenía deseos de verla! Alicia permanece en un dramático silencio. Todo se está confabulando contra ella. Ha notado que yo empiezo estar vivamente interesado por la madre de Noemí, y hasta creo que sospecha que pueda sentir algo más que compasión. Lo cierto es que siento una gran añoranza de los tiempos en que éramos dos enamorados de la literatura, pero también dos buenos amigos, y la amistad es menos apasionada que el amor, pero más leal y generosa. Por otro lado, me gustaría pagarle con mi afecto su sufrimiento. Pero no puedo hacer nada por ella si no recobra la memoria y recuerda quien soy. Creo que Noemí es de la misma opinión. La cena ha sido deliciosa. Felicito a mi hija, que se siente muy halagada. Pero mis dolores amenazan con volver y me gustaría estar de vuelta a mi apartamento antes de que esto ocurra. Noemí nos trae los abrigos y noto en la mirada de su madre que siente nuestra marcha, creo que le he caído bien y ha superado sus recelos iniciales, posiblemente me recuerde vagamente. Quedamos en que la recogería aquí el día siguiente y pasaríamos la mañana visitando la exposición. Después iríamos a almorzar a un restaurante italiano, pues Noemi me ha puesto al día de los gustos gastronómicos de su madre, y adora la pasta italiana. ¡Sí, ya lo recuerdo! 26. He pasado una noche con intensos dolores. Puede que todas estas emociones perjudiquen mi salud. A los dolores se ha unido la incertidumbre sobre la madre de Noemí. Es muy probable que de no haber mediado nuestro pasado me hubiese sentido atraído por ella; por su bondad y sensibilidad, tan poco frecuente en el ambiente en que he vivido estos últimos veinte años. La he encontrado todavía atractiva, pero no es una atracción exclusivamente física, tal vez no pueda explicarlo a pesar de ser escritor, pero es una atracción física que emana del espíritu; una atracción física propia de seres humanos y no de animales. Es el gozo del placer cuando está atemperado por la sensibilidad y no solo por la sexualidad. Es como si el alma te diera su bendición para gozar de los placeres de la carne sin inconsciencia y bestialidad. No es sexo, es senso, si puedo decirlo así. Tal vez por eso tuvimos aquella frustrada relación, porque ella intentó imitar un comportamiento que no estaba en su personalidad, y yo por entonces tampoco lo hubiera sabido interpretar. No me siento bien, estoy decaído y me duele todo el cuerpo, pero tengo que sobreponerme y cumplir con la promesa que hice a la madre de Noemí. ¡Una nueva ausencia sería intolerable! El tiempo nos acompaña. Ha amanecido un día soleado, casi veraniego. La ducha me ha despejado y me siento algo mejor. La perspectiva de pasar una mañana con alguien que te ha amado pero es incapaz de reconocerte me llena de incertidumbre. Puede que no esté a la altura de las circunstancias y no sepa cómo comportarme. Después de todo somos dos enfermos, y los enfermos se entienden entre sí. Un taxi me lleva a la casa de Noemí, le pido que espere, porque nos llevará al Museo Nacional. La madre de Noemí me estaba esperando vestida para salir desde hacía mucho tiempo. Cuando me abre la puerta noto entusiasmo en su expresión. La saludo con un amistoso beso en la mejilla y no puedo evitar hacer un elogio de su buen aspecto, que ella parece agradecer. Sospecho que le he caído bien y se siente segura conmigo. ¿Qué ocurriría si supiera quién soy en realidad? No lo sé, pero tarde o temprano tiene que saberlo. Me cuesta aceptar lo que está sucediendo. Paso la mañana al lado de una mujer que he añorado durante muchos años, y ahora que está junto a mí me siento incapaz de manifestarle abiertamente mi afecto, y sigo padeciendo de los mismos remordimientos que con las anteriores, pero agravado por el constante temor de que recobre la memoria y se dé cuenta que está junto al hombre que más daño le ha causado. Me gustaría que terminara esta pesadilla; que me reconociera y me condenase o perdonase. Si en muchas ocasiones me he preguntado qué hubiera sido de mí si no la hubiera abandonado, ahora no necesito imaginarlo. Visitaríamos la última exposición del Museo Nacional, pero iríamos cogidos de la mano, y hablaríamos de la marcha de las ventas de mi última novela, que a buen seguro no alcanzarías ni el décimo puesto de los más vendidos, pero a cambio contaría con un buen número de lectores cultos y fieles, con los que intercambiaría pensamientos, inquietudes, ideas y comentarios sobre mis novelas, el mensaje de los personajes, sobre literatura y arte en general. A muchos los conocería personalmente y podría considerarlos mis amigos, además de fieles lectores. Pero no me adularían, aunque sintieran admiración por mis novelas. No sería un ídolo de jovencitas cegadas por mi popularidad y el atractivo de un cuarentón con experiencia y que me consideran sexy, ya que tendría una compañera que todos conocerían y sabrían que siempre le había sido fiel, como dijo ella misma a la salida del cine de tan amargo recuerdo y que me resuenan en los oídos como si las hubiera pronunciado ayer: «Nosotros no cometeremos errores ni llevaremos dobles vidas que puedan causar escándalo! Seremos una pareja de escritores perfecta, sin dar motivos para que no suceda lo que al desgraciado Oscar Wilde, ¿verdad?». ¡Cómo desearía que hubiera sido así! Pero también hablaríamos del éxito de su último libro de poesías, porque sería mucho más popular y admirada que yo. Sus libros sí estarían en la cabeza de los más vendidos y valorados. Y no serían poemas dirigidos a un amante fantasma, sino a todo ese espectro multicolor que se puede expresar con la poesía. Este es el sueño que yo he malogrado y que ni siquiera puedo convertirlo en una novela ejemplar, escrita con el corazón y no con la cabeza, sin estudiar los gustos y tendencias del mercado, el número de lectores potenciales y las posibles regalías, ni malgastar el tiempo en eternas sesiones fotográficas para publicar la imagen más comercial, o mendigar una entrevista en el programa de mayor difusión a cambio de promocionar a un patrocinador al que no interesa lo que opinas sobre literatura, para que las futuras generaciones recibieran ese mensaje de amistad, fidelidad y generosidad de las gentes de generaciones ya desaparecidas. Esa hubiera sido posiblemente mi vida con ella. Durante el recorrido del taxi hasta el Museo, ella observa extrañada lo que ve como si nunca hubiera estado aquí. Cuando algo le llama especialmente la atención, cambia una mirada de asombro conmigo, yo le respondo con una sonrisa en señal de aprobación. En el museo ella parece entusiasmada con las pinturas que exponen. No hay duda que es una artista. Me comenta las que llaman más su atención. He adquirido para ella como recuerdo de esta visita un libro ilustrado sobre el pintor de la exposición, que me agradece con un discreto beso en la mejilla. Sin lugar a dudas es la misma encantadora mujer de hace veinte años. Sería una mañana memorable si yo no padeciera esté constante dolor. Intento que ella no note mi padecimiento, porque aunque sea breve, hoy es probablemente uno de los días más felices de los últimos años. Lo que nos hace más humanos es nuestra capacidad para conseguir el afecto y los amigos que solo nos conocen. Una amistad sin afecto es como una fotografía en blanco y negro: le falta color. La visita al Museo me está resultando agotadora, pero ella parece inmune al cansancio. Le sugiero que hagamos un descanso y tomemos algo en la cafetería del museo. Le parece buena idea. La cafetería me trae el lejano recuerdo de la de nuestra universidad. Veinte años después ella está otra vez en la fila delante de mí ¡y también lleva un libro en una mano! Por si no fuese suficiente esta coincidencia, ¡también tienen porciones de tarta de nata y fresas! Ella las ha visto y parece dudar si pone una porción en su bandeja. Hace el gesto con la intención de tomar una porción pero se retrae. Creo que la visión de esa tarta ha despertado posiblemente alguna zona de su inconsciencia. No puedo ver la expresión de su rostro, pero es incapaz de seguir adelante solo con una taza de café. Tengo la impresión de que algo vuelve a perturbar su mente. Hay varias personas detrás de nosotros que se están impacientando, porque ella se ha quedado como paralizada delante de la bandeja de las tartas. Con un extraño gesto, que me parece más impulsivo que voluntario, toma por fin una de las porciones. Estoy empezando a inquietarme, presiento que veinte años de amnesia pueden tener aquí un trágico final. Pero no me importa, y doy un paso más hacia ese abismo, ¡me ofrezco a sujetarle el libro para que pueda coger la bandeja con las dos manos! Se vuelve bruscamente hacia mí y tengo la alarmante sensación de que su mirada me resulta remotamente familiar, ¡la misma que recuerdo cuando se volvió hacia mí en la cafetería de la facultad. Puede que ella también esté empezando a recordar aquella escena porque ¡vuelve a rechazar mi ayuda! No sé si afortunadamente o desgraciadamente, pero no se ha repetido el accidentado suceso que nos unió, y conseguimos llegar a una mesa sin accidentes! Ella ha debido notar mi turbación mezclada con mis dolores, porque su mirada muestra cierta inquietud, parece como si estuviese mirando a un extraño, que no es el mismo al que diez minutos antes había besado para agradecerle el inesperado regalo. El café y su porción de tarta están sobre la mesa, y por alguna razón permanecen intactos. Es como si fueran testigos de algún importante suceso y eran necesarios presentarlos como pruebas condenatorias a un jurado imaginario pero exigente. No puedo mirarla a los ojos sin sentirme descubierto, perdido en una profunda sensación de culpa para la que no hay redención. Si pudiera leer su mente seguro que mi imagen aparece desdibujada en una densa niebla, pero se encamina con rapidez a zonas más despejadas, donde terminará por ser perfectamente visible. Yo también estoy teniendo la sensación de que esta mujer se está transfigurando, y en poco tiempo puede emerger de la bruma y podrá, ¡por fin, conocer la identidad de su traidor! En medio de este estado de angustiosa transformación, escucho el ruido familiar de tazas y platos rodar por el suelo ¡Una mujer de avanzada edad ha perdido el equilibrio, y se le ha caído la bandeja! ¡Otra vez el destino entrometiéndose en nuestras atormentadas vidas! La mujer que está sentada frente a mí tiene ahora el rostro crispado, los ojos desorbitados, la mirada acusadora fija en la mía, que me siento incapaz de sostener. Se ha levantado tan bruscamente que ha provocado la caída de nuestras tazas de café y las porciones de tarta acusadores. Casi me grita: —¡Tú; eres tú! TERCERA PARTE: EL REENCUENTRO «El que perdona el pecado, busca afecto; el que lo divulga, aleja al amigo.» (Proverbios 17:9) 27. La madre de Noemí se ha desvanecido en la cafetería. No sé hasta dónde ha recobrado la memoria, pero es evidente que me ha reconocido. Un guarda de seguridad del museo ha localizado a un médico entre los visitantes, que está intentando reanimarla. Me ha preguntado por la causa del desvanecimiento. Le he dicho que ha sufrido un shock. El médico quiere saber qué le causó el shock. Le respondo que la causa ha sido la fuerte impresión de reconocer a una persona que había olvidado durante los últimos veinte años. —Esa no es causa para un desvanecimiento. —Ella no deseaba reconocerle. Parece recuperarse. Entreabre los ojos, me contempla unos instantes y vuelve a cerrarlos. —¡Quiero volver a la casa de mi hija; llamen a mi hija y que venga a buscarme...! Le pide al médico que la atiende. —Le puede llevar el caballero que la acompaña. —¡No, no; llamen a mi hija! El médico me mira extrañado. —Es a mí a quien no quería reconocer. Es una larga historia; no sabría cómo explicársela. El guarda del museo sugiere que busquemos un taxi y que indiquemos al taxista dónde debe llevarla. Ella asiente con un débil gesto de cabeza. Alguien de los que contemplan la escena me ha reconocido, y corre la voz entre los demás que contemplan la escena. Noto en sus miradas un velado reproche. Creo que saben por lo que publican las revistas del corazón que mis relaciones con las mujeres son tortuosas, y que ella puede ser otra de mis víctimas. Nada causa más placer a los admiradores que descubrir las debilidades de sus ídolos, porque en el fondo los odian. Su admiración les esclaviza y este descubrimiento es una liberación. Pasan unos minutos angustiosos, pero por fin aparece un joven que debe ser el taxista, porque le acompaña el guarda. Le indico dónde deben llevarla. El joven taxista y el médico la acompañan, y salen de la cafetería. Yo me encuentro terriblemente solo, rodeado de gente que probablemente me odien por mi supuesta mala conducta con la víctima. Es posible que alguien haya podido tomar alguna foto con su móvil y mañana en toda la prensa amarilla y en las redes se publicará la foto, y algún periodista sin principios ni ética, aprovechará el incidente para escalar puestos recurriendo al libelo. Se inventará una historia asegurando que yo maltrato a mis compañeras, que deleitará a los lectores. Sabe perfectamente que yo no le demandaré, porque con toda seguridad será un pobre diablo al que no le llegará su mísero sueldo a fin del mes, y solo podría pagar los daños y perjuicios a costa de los contribuyentes, dándole cobijo y alimento en alguna de nuestras abarrotadas prisiones. Pero mi imagen se deteriorará, y en estos críticos momentos es lo que más deseo conservar. No doy oportunidad a los que han contemplado la escena de darles explicaciones y salgo precipitadamente del museo. Es urgente que llame a Noemí para que esté informada de la recuperación de la memoria de su madre y el dramático desenlace, que desgraciadamente ya me temía. Su móvil está desconectado, debe estar en una clase. Llamo a la secretaría de la Universidad y les ruego que le envíen mi mensaje, y que vaya a su casa urgentemente. No sé qué más puedo hacer. Después de hacer estas llamadas, me detengo a pensar sobre lo que ha sucedido. Y no necesito hacer grandes alardes de inteligencia para comprender que mi vida carece ya de sentido. Ni siquiera me sirve de agarradero de esta vida el tener una hija, porque no he sido, no soy ni podría ser, el padre que cualquier hija necesita. Conocerla ha sido un error. Hubiera sido mejor que no nos hubiéramos conocido. Cuando yo no existía, todo su afecto era para su madre y yo no tenía a nadie que juzgase mi conducta. Ahora yo me he entrometido y se siente obligada a repartirlo conmigo, y yo me siento obligado a rendir cuentas de mi conducta. Es mejor que yo me aparte cuanto antes de su camino, como si hubiera sido un espejismo, y que emplee sus nobles sentimientos en quién los merezca. Estoy paseando sin rumbo fijo por una avenida muy concurrida, pero dudo de que se percaten de mi presencia, porque ya me siento flotando en un lugar impreciso, antesala de mi viaje final, que ya no tardaré mucho en emprender. ¡Tal vez antes de lo previsto! ¡Alicia; sí, Alicia me ayudará! ¡Puedo confiar en ella; hará lo que le pida! Desconozco el sentimiento del amor y hasta donde podemos sacrificarnos por el ser amado, pero ella debe saberlo porque no hay sacrificio más sublime que amar sin ser correspondido. Y ella lo ha soportado con infinita generosidad. Alguien tiene que darme el empujón para que me encamine a un lugar donde pueda encontrar la paz. Me sobresalta la alarma de mi móvil. ¡Es Alicia! ¡Es como si mis anteriores pensamientos hubieran sido un conjuro para invocarla y hubiera escuchado mis deseos de morir antes de lo previsto. Ha sabido por Noemí que su madre ha recuperado la memoria y quiere saber cómo ha reaccionado al recordarme. Hace solo un minuto Alicia era poco menos que mi ángel exterminador, y ahora que la escucho la vida me vuelve a reclamar su atención, y consigue alejar de mi mente estos lúgubres pensamientos. Ella es una mujer y sabe cómo piensan y sienten las mujeres, por eso sabía que me rechazaría. Me pregunta cómo me encuentro de ánimo y le respondo que como un niño perdido en unos grandes almacenes a quienes los adultos les piden que no llore porque pronto encontrarán a sus padres. Yo también lloraba antes de su llamada porque me sentía perdido y asustado. Me pregunta si quiere que venga a mi apartamento para que le cuente que ha sucedido para que la madre de Noemí recuperase la memoria. —¡Gracias a una porción de tarta de nata con fresas! —le contesto. Alicia tiene libre el camino, pero sabe que yo seguiré siendo inaccesible en tanto no tenga el perdón de la mujer que ahora ya sabe quién soy y dónde vive su enemigo. Por supuesto, le ruego que venga. 3 28. A pesar de la inestimable ayuda moral y espiritual de Alicia, estoy profundamente deprimido. Debe ser una de esas depresiones que conducen inevitablemente al suicidio. Si no lo he cometido todavía es por cobardía y horror al dolor físico, pero hay muchas maneras de acabar con este sufrimiento. Si la vida no se apoya en el algún aliciente, no es posible vivirla. En los seres humanos la defensa de la vida no es instintiva, sino mental; es una decisión razonada y justificada, pero presionada por la falta irreversible de alicientes. Ningún animal se suicida. Yo he consumido y malgastado todos mis alicientes, sin que el resultado haya sido el que yo hubiera deseado. Pero también debo admitir que nunca he sabido qué es lo que realmente deseaba. Noemí me ha llamado. Ya está en su apartamento. Su madre está muy afectada y quiere marcharse mañana mismo a su localidad. Ha recuperado totalmente la memoria y recuerda como si hubiera pasado ayer las causas de su amnesia con todo detalle. Noemí ha intentado hacerla ver que estoy profundamente arrepentido, pero no quiere que hablen de mí. Cree que necesitará algún tiempo para superar sus resentimiento, pero lo único que yo no tengo es tiempo. No le ha hablado de mi enfermedad para que no piense que la quiere hacer chantaje. Ella siente profundamente esta situación, por tener que dividir sus afectos entre dos padres enfrentados. Su madre no comprende por qué ella me ha perdonado, cuando yo soy la principal víctima de este drama. Noemí teme que su madre se distancie de ella porque cree que no se ha comportado como ella esperaba. Piensa que debía haber sido más consecuente y no haberme perdonado, y pienso que tal vez su madre lleve razón. Alicia acaba de llegar. Desde el día que nos conocimos no ha pasado un solo día en que no se haya preocupado por mí y yo sigo obstinado en ignorarla. ¿Por qué insiste en mantener su lealtad a un hombre condenado y desahuciado que solo puede inspirar compasión y lástima? La respuesta debe estar en esos recovecos del alma de las mujeres que no he conseguido entender. 29. (Narradora: Alicia) Hoy lo he encontrado en un estado deplorable. Sé que esperaba que la madre de Noemí le hubiera dado la oportunidad de expresarle su arrepentimiento y sus propios sufrimientos y remordimientos en veinte años de soledad. Si ella ha vivido esos veinte años en la oscuridad, él hubiera preferido haber perdido también la memoria. Las mujeres estamos condenadas a perdonar las infidelidades de los hombres, porque han creado un mundo donde no es posible evitar este pecado. Si fuera el mundo de las mujeres, no sería posible la infidelidad porque tampoco existiría la propiedad. Los hombres serían tan compartidos como los alimentos o el trabajo. Nadie sería propiedad de nadie. Este hombre es una víctima de ese mundo, donde no hay otro aliciente que la competencia y el irrisorio placer de los vencedores. Él es también un vencedor desgraciado en un mundo hecho a su imagen y semejanza. Nosotras no podemos cambiar un mundo que tiene un Dios masculino. Pero las mujeres tampoco tendríamos dioses, solo energías, positivas o negativas. La energía ha creado el mundo, todos somos energías. Sé que en su desesperación estará pensando en el suicidio, pero es un hombre débil, y para suicidarse es necesario tener coraje. Los hombres se sienten fuertes si disponen de armas terribles, nosotras no necesitamos esas diabólicas armas ¡pero si nos lo propusiéramos, podríamos provocar la destrucción del mundo en el mismo tiempo que tardó Dios en crearlo! El mismo Dios tuvo que ser engendrado por una mujer. Me gustaría hacerle entender que él no es culpable y que sus remordimientos no tienen fundamento. Si hay que buscar una culpable es la madre de Noemí, porque su fantasía y su ignorancia de la naturaleza humana y de la realidad en la que vive provocaron la infidelidad de este hombre. Los pecados más graves no los cometen los inteligentes, sino los ignorantes, pero no se sienten culpables porque su ignorancia les sirve de atenuante. Su agente literario vivía en el mundo real, era una cuestión de competencia y ella tenía la mejor oferta, por eso fue la ganadora y consiguió el producto. Sería necesario revisar completamente nuestra moralidad y adaptarla también a las leyes de la oferta y la demanda. Si amo a este hombre es porque, además de la atracción física, durante veinte años ha sido consecuente y ha escrito lo que el mercado requería, pero su soledad justifica su rechazo. Solo cuando le amenazó la muerte decidió poner fin a esta inmoralidad, y decir en público lo que realmente sentía y pensaba. ¡Para mí es un héroe! Se pregunta por qué la madre de Noemí no quiere escucharle y le sugiero una idea que podría ayudarle: —¿Por qué no escribes una nueva novela con la historia de tus relaciones con ella y cómo has vivido en estos últimos veinte años. Ella no deseará verte, pero puede que leyese la novela. Creo que esta idea ya le rondaba por la cabeza desde hace algún tiempo, pero no se siente con suficientes fuerzas como para hacer algo así —¡Ya es demasiado tarde, Alicia, temo que mi enfermedad se agrava y ni siquiera podré contar con esos seis meses de tregua. Presiento que yo no viviré para ver florecer la próxima primavera y que no me libraré ya del frío invierno de la muerte! Es inútil que le dé ánimos, el sabe mejor que nadie cuándo le sobrevendrá la muerte, porque debe ser el acontecimiento más presentido. Sí, es posible que no vea florecer la próxima primavera y que para él sea demasiado tarde, pero no para mí: ¡Yo escribiré en su nombre esa novela! 30. He tenido que ayudarle para que se cambie de ropa y se ponga cómodo. Tal vez haya llegado el momento de tutearle. Creo que ya solo me tiene a mí. Su hija Noemí solo sentirá piedad y compasión por él, pero permanecerá unida a su madre. Ahora es joven e idealista, y cree amar a todo el mundo, pero pronto será más selectiva, y será más exigente al prodigar sus afectos. Este ya es un padre muerto, del que solo quedará el recuerdo, pero la madre seguirá viva y reclamará exigente su afecto maternal, más como una obligación familiar que como un sincero sentimiento moral. Ahora mi pobre amigo es un perdedor, ya que con la muerte lo pierde todo. Necesito que me cuente lo que ha sido su vida en estos veinte años de remordimientos infundados. —Te prepararé algo de comer y después puedes descansar. Mientras duermes yo terminaré de leer tu primera novela. Pero cuando te despiertes, si te encuentras bien, quiero que me cuentes lo que ha sido tu vida durante estos veinte años. —¡Alicia, me has tuteado! Esperaba esta observación —Sí, te he tuteado; ya no hay razón para seguir guardando las distancias. Ahora estamos más cerca el uno del otro y compartimos la misma soledad. Puede que no me ames, pero me necesitas tú a mí como yo te necesito a ti. Ahora somos compañeros de viaje. Tú te apearás antes que yo, pero mi viaje tampoco será muy largo. Yo solo puedo confiar en ti y tú solo puedes confiar en mí. Posiblemente yo sea la única que llore tu muerte. Ahora descansa y yo vuelvo a la lectura de su primer libro, que ahora leo con suma atención. El que yo escriba debe tener su mismo estilo, porque debe ser su libro. No sé si debo informarle de mi idea, es posible que se sintiera frustrado al no poder escribirlo él mismo. He leído un párrafo que me impacta: «El día es oscuro para los poetas malditos, y la noche es clara y acogedora para nosotros; la luz daña nuestros ojos acostumbrados a las tinieblas. En las tinieblas no hay caminos visibles, es necesario recorrerlos con la imaginación. Durante el día son visibles todos los senderos donde te obligan a transitar. Por eso solo en las tinieblas somos libres, mientras que en la claridad del día somos esclavos. Yo he elegido la oscuridad de la muerte, porque al otro lado de la oscuridad siempre hay claridad. Renaceré en nuevo mundo saturado de luz, donde viviré eternamente.» ¿Será verdaderamente así? ¿Cómo saberlo en vida? Mi buen amigo lo comprobará muy pronto, y yo debería acordar con el un conjuro para que traspasara nuestra dimensión y me informase. ¿Sería posible? El breve descanso le ha sentado bien. Se ha levantado con buen estado de ánimo y accede a contarme su historia. Preparo café para los dos; me siento cómodamente en el sillón y le escucho con enorme atención. —Mi agente sabía que yo había traicionado a la otra mujer, pero no se sentía culpable. Creía que ella era infinitamente más beneficiosa para mi carrera que mi compañera. Como agente daba prioridad al triunfo de sus representados por encima de sus sentimientos. En solo tres meses conseguimos situar mi novela entre las 10 más vendidos, y dos meses más tarde, alcanzamos el primer puesto. ¡Ella había cumplido su promesa! Conocía todos los resortes para promocionar la novela de un perfecto desconocido. Y en ocasiones esos resortes no se movían con mucha ética o moralidad. Nuestra relación extraprofesional no era muy satisfactoria para ambos. Yo no era un amante a la altura de sus exigencias. La verdad es que por unas razones o por otras nunca he sido un gran amante. Cuando consiguió situarme en la cúspide de la popularidad dejó de interesarse por mí. Su pasión era sacar del anonimato a jóvenes escritores y compartir sus triunfos de una forma muy personal y física. Durante los primeros seis meses no tuve el valor necesario para interesarme por la suerte que había podido correr la víctima de mi ambición, pero no pasaba un solo día sin que su recuerdo y mi traición no pesase en mi conciencia. Me había prometido a mí mismo que tan pronto como mi carrera estuviera consolidada y libre de las ataduras de mi contrato con mi agente, la buscaría y le propondría retomar nuestros viejos sueños de gloria, y volveríamos a ser la pareja de escritores que ella había imaginado. Yo tenía ya los medios para hacerlo realidad. Pero todavía me quedaba un año de compromiso con mi agente. No, esa mujer no merece el afecto de este hombre; y por supuesto que él no es culpable. Si él es culpable ¡vivir es pecado! Nada de lo fundamental que hacemos los seres humanos es justo, porque nos mueve la necesidad y no la voluntad, pero en esto consiste el vivir. Todos hemos heredado el «pecado original.» —Mi agente no esperó a que terminara nuestro contrato para buscarse un nuevo amante. Otro joven escritor, tan ignorante e inexperto como era yo. Seguramente que le propondría la misma fama y éxito que a mí, pero él no había ganado ningún concurso. Es posible que no fuera mejor escritor que yo, pero probablemente era mejor amante. Por entonces no solo había ascendido a los primeros puestos de popularidad, sino que había creado una saga que prácticamente aseguraba el éxito de mis futuras novelas. Por eso decidí que había llegado el momento de reparar el daño causado, reencontrarme con ella, tratar de que me perdonara, y recuperar el tiempo perdido, que no obstante para mí había sido muy provechoso. ¡Pero no había ni rastro de ella —permanece unos instantes en silencio, creo que se da cuenta de la desolación que le esperaba si no lograba dar con el paradero de aquella mujer—. Ella estaba escondida en una remota localidad que apenas tenía contacto con el resto del país, y nadie sabía con quién se relacionaba durante su estancia en la universidad. Ella nunca reveló el nombre de aquella localidad, que tampoco coincidía con su lugar de nacimiento. Su padre era el secretario del Ayuntamiento y había hecho ya varios traslados, hasta ocupar ese cargo en aquella pequeña localidad. Fueron inútiles todas mis pesquisas. Para colmo ella había adoptado un nombre artístico para firmar sus poesías por el que era conocida, y no por su verdadero nombre, ¡que ni yo mismo sé! —¿Entonces, es cierto que agotaste todos los intentos para dar con ella? —le pregunto, aunque ya me ha dado la respuesta. —Todos los que estaban en mis manos. Supuse que había eliminado todo rastro del lugar en que se encontraba para que no pudiera localizarla. Yo no sabía que había perdido la memoria. Todavía dejé pasar el año que quedaba en nuestro contrato, sin dejar ni un solo día de intentar algún otro medio de dar con ella, pero todos mis esfuerzos resultaron inútiles. Finalmente llegué a la conclusión de que ella no quería ser localizada, porque de lo contrario después de dos años no había ninguna razón para que no fuese ella la que intentara ponerse en contacto conmigo. Sobre todo para que conociera a Noemí ¡No la creía tan rencorosa!, y desistí de seguir buscándola. Dos años de duro trabajo, de haber alcanzado la cúspide de popularidad y contar con los medios necesarios para realizar nuestro sueño, carecían de sentido y utilidad; en otras palabras: ¡se habían malogrado! —Pero ella dice todo lo contrario: que tú no tenías intención de dar con su paradero. —¡Para ella yo debía de estar ya muerto; no era necesario esperar a que padeciera esta enfermedad! —¿Y cómo viviste los años siguientes? —Los años siguientes no viví; sobreviví! No tenía otro aliciente que esas novelas de encargo, una cada año, ¡veinte espinas clavadas en mi mente! Contaba con miles de admiradoras, pero ni una sola a quién poder confiarme. Cuando escribes novelas para gente corriente, no esperes encontrar ni una sola fuera de lo corriente. Han sido unos años tan perdidos como para ella, a pesar de tener una excelente memoria. 31. Confidencias de una madre (Narradora Noemí) Mi padre no me ha contado toda la historia de su relación con mi madre. Ahora que ha recuperado la memoria y conozco la verdadera historia por mi madre, creo que tal vez ella lleva razón y no merece mi perdón. Mi madre pudo haber evitado mi nacimiento haciéndome abortar, que posiblemente lo habría hecho si mi padre hubiera conocido mi gestación. Si me gestaron es porque ella creía amarle y no quería perderlo, pero él no supo valorar su sacrificio y la abandonó. Ella sabía que había aceptado la representación de aquella mujer viciosa y desalmada, y fue tan ingenua que creyó que podría competir con ella. ¿Qué otra cosa podía hacer para retenerlo a su lado? De nada servía que escribiera los mejores poemas y se los dedicara, porque él había dejado de interesarse por la poetisa, y por supuesto por la mujer, pero no tuvo el valor de sincerarse con ella. Mi pobre madre ha estado llorando prácticamente desde que ha llegado a mi casa. Ha sido muy doloroso encontrarse cara a cara con un hombre que había mostrado tan poco coraje al ocultarle su infidelidad. —Es fácil arrepentirse cuando se presiente la muerte... —me comenta entre sollozos—. Has tenido que ser tú quien le encontraras... Si hubiera puesto más empeño hace años que hubiera dado conmigo, pero el éxito, y seguramente que sus muchas admiradoras, le tenían muy ocupado. No puedo reprocharle su rencor, no se olvidan veinte años perdidos en unas horas solo porque padezca una enfermedad incurable. Él es la causa de que mi madre padezca también un enfermedad incurable, pero del alma. Pero me entristece profundamente esta situación. Me hubiera gustado poder encontrar una justificación para los dos, porque en el fondo creo que son dos buenas personas. Los dos tienen un alma noble, y, si se han hecho daño debe de haber una poderosa razón. Mi padre culpa a su pasión por la literatura y tal vez tenga razón. Para crear es necesario salir de este mundo y contemplarlo sin que exista una relación afectiva, de otro modo no es posible entenderlo. Supongo que para crear personajes con distintas personalidades, el autor no tiene que estar vinculado emocionalmente a ninguna de ellas. Cuando mi padre se vio inmerso en la creación de sus novelas, su relación con el mundo que le rodeaba, incluida mi madre, debió cambiar y ya no eran personas sino personajes. Su vida era una ficción y su relación con mi madre, el argumento de alguna de sus futuras novelas. Como así fue. Si pretendo seguir sus pasos y ser tan buena escritora como es él, debo evitar crearme lazos afectivos con nadie de este mundo, porque, como él mismo me dijo, y que no he podido olvidar: «Si sueñas con ser una escritora fuera de lo común, tu vida transcurrirá dentro de ese mismo sueño fuera de lo común, y nunca podrás vivir en la realidad.» Mi madre también vivía su sueño fuera de lo común, pero cometió la torpeza de enamorarse de uno de sus personajes. No puedo exponer esta reflexión a mi madre porque tal vez no podría entenderla. A pesar de haber recobrado la memoria, sigue viviendo en su mundo de ficción, y mi padre es un personaje de su imaginación que accidentalmente se ha encarnado en el cuerpo de un amante. Deberían despertar de sus respectivos sueños y contemplarse el uno al otro tal y como son. Solo así podrían saber qué sienten realmente el uno por el otro. ¿Pero cómo despertar de un sueño a quién no sabe que está soñando? Sé que es inútil, pero intento hacer ver a mi madre este otro punto de vista: —Comprendo que estés dolida, pero tal vez vuestra pasión por la literatura os jugase una mala pasada, ninguno de los dos sabíais cómo era el otro verdaderamente. El amor es ciego, y solo ve lo que imagina que ve. Puede que tú estuvieras enamorado de alguien que existía solo en tu imaginación. Mi madre ha reaccionado, y me mira confusa y con cierto recelo. Parece que no ha entendido lo que he querido decir. Intento ser más explícita: —Lo que quiero decir es que tanto tú como él os necesitabais como admiradores de vuestras respectivas obras, que era lo que realmente amábais. Cuando mi padre encontró otra admiradora, ya no te necesitaba, pero tú seguías necesitándolo. Creo que sigue sin entender mis pensamientos sobre sus relaciones. Temo que crea que lo estoy tratando de justificar. —¡Noemí, hija, no sé qué intentas decirme! Su culpa es evidente, se aprovechó de mi inocencia. Yo siempre trataba de justificar su falta de interés porque creía ciegamente en que, a pesar de todo, me seguía siendo fiel. No era la primera vez que esa mujer le hacía llegar con retraso a nuestras citas, pero aquella noche necesitaba verle y comunicarle que estaba embarazada de ti, y no sabía cómo podría reaccionar. No era probable que deseara ser padre en aquellos delicados momentos de su carrera. Era necesario que lo supiera cuanto antes, pero no creía adecuado comunicárselo por escrito o por teléfono. Deseaba ver su primera reacción para saber si te aceptaba o te rechazaba. Por eso, ya puedes imaginar mi enorme frustración y angustia, por su ausencia. A pesar de dolor, intenté creer que tendría alguna poderosa razón para no acudir a la cita, ¡seguía confiando ciegamente en su fidelidad! Su expresión ha cambiado. Parece estar sintiendo la desolación y el dolor de aquella noche. Lo noto en las arrugas de su frente y en la humedad de sus párpados, está a punto de volver a llorar. —Me sentía tan angustiada e impotente que después de esperarle inútilmente más de una hora, no regresé directamente a mi apartamento. La noche era cálida y clara por lo que apetecía pasear. Pensé que un largo y relajante paseo calmaría mi angustia y estuve vagando por las calles más concurridas, para mezclarme con la gente y distraerme de mis pensamientos. Confiaba en que al día siguiente tendríamos oportunidad de encontrarnos. Y es entonces cuando tuve la terrible impresión que causó mi amnesia. En una de estas calles, había un club nocturno de mala fama, y me entretuve en contemplar las obscenas fotografías del reclamo, cuando de un taxi descendió él, acompañado de aquella mujer, que le tomó por el brazo y entraron en el club. Los dos parecían embriagados. Aquella imagen me produjo un fuerte impacto y sentí como si mi cabeza fuera a estallar. Cuando me recuperé de aquella terrible impresión no sabía dónde me encontraba ni tenía la menor idea de cómo había llegado hasta allí... —solloza en silencio; ahora la comprendo mejor—. Tampoco sabía dónde vivía, !ni siquiera recordaba mi nombre! Cerca de aquel lugar había un pequeño parque, perteneciente a una parroquia del barrio. En la mayoría de los bancos dormitaban indigentes. Estaba aterrorizada, pero necesitaba descansar, y me dejé caer exhausta sobre el único que estaba libre. Momentos después una mujer de la policía urbana que patrullaba el barrio se extrañó de mi aspecto, que no era de un mendigo y quiso que me identificara, pero yo no pude responder a ninguna de sus preguntas, por lo que comprendieron que me encontraba en estado de shock, y me trasladaron a la comisaría del barrio... El resto ya lo conoces... ¡Por el amor de Dios! ¿Por qué tengo que encontrarme ante este horrible dilema? ¡Si salvo a uno condeno al otro! ¿Dónde está la justicia? ¿Quién de los dos es verdaderamente inocente y quién es verdaderamente culpable? ¿Y por qué tiene que ser uno de ellos culpable? ¿Por qué no pueden ser los dos inocentes? Cada uno tiene sus razones para hacer lo que han hecho y yo soy incapaz de juzgarlos. ¡Supongo que solo Dios puede juzgarlos! Mi madre está haciendo su pequeña maleta de viaje, porque se dispone a tomar el primer tren de la mañana. No habrá oportunidad para la reconciliación. Es probable que no esté en la cabecera de su lecho cuando él fallezca. No quiere volver esta ciudad que tan malos recuerdos le trae. Está decidida a olvidarse de él, pero ahora voluntariamente. Quién sabe, ahora que ha recobrado la memoria y puede hacer una vida normal, tal vez conozca a otro hombre con quien rehacer su traumática vida. Y yo, ¿qué debo hacer yo? Quiero que ella misma me dé la respuesta: —Mama, comprendo que tú estés resentida y quieras olvidarte de él, pero yo, ¿qué debo hacer yo? ¡Es mi padre, y es un moribundo! ¿Debo estar en la cabecera de su cama cuando fallezca? Su respuesta me hunde más en mi incertidumbre: —Hija mía; haz lo que te dicte tu conciencia, ya eres adulta, debes decidir por ti misma... Ahora soy yo quien siente deseos de llorar. —¡Yo no quiero ser adulta! 32. La madre de Noemí (Narradora: la madre de Noemí) Todavía no ha amanecido y ya estamos dispuestas para encaminarnos a la estación. Mi tren tiene su salida dentro de una hora y la estación no está lejos, pero aprovecharemos el tiempo para desayunar en la cafetería. Mi hija no está acostumbrada a estos madrugones y todavía está soñolienta. Se ha empeñado en acompañarme a la estación, pero ahora yo puedo manejarme sola perfectamente. El taxi nos espera en la calle y en menos de veinte minutos nos deja en la estación. Contemplo con nostalgia el paisaje urbano de mi juventud y que ya no volveré a ver. Tenemos mucho tiempo para charlar, pero antes de nada necesitamos un café bien cargado para despejarnos. Nos sentamos en una mesa apartada de la cafetería y Noemí me trae los cafés y dos croissants que todavía están calientes. Desayunamos en silencio. Ella espera que le cuente algo sobre cómo será mi vida desde ahora en mi pequeña localidad. Le digo que no cambiará nada, pero que ahora intentaré publicar algunos de mis poemas. —¿Incluso si están dedicados a mi padre? —¿Por qué no? Un poema es un poema, y no importa a quién esté dedicado, lo que importa es que mueva el sentimiento y emocione —Pero él puede leerlos. —Él no ha perdido la memoria; no tiene nada que recordar. —¿Volverás algún día a esta ciudad? —No, Noemí, mi pobre niña, no volveré a pisar esta ciudad. Para mí él ya está muerto ¡desde hace veinte años! Se quitó la vida la noche en que asistió a ese club de mala fama del brazo de aquella mujer. Ella cavó su propia sepultura, y después borró el epitafio de su tumba, porque también ella se olvidó de su víctima. Para mí ha permanecido muerto estos veinte años, hasta que resucitó momentáneamente para revivir de nuevo su agonía. He escrito el último verso dedicado a él, que puede servirle de panegírico: Fallezco cuando todavía soy joven; Muero cuando todavía soy adulto; Resucito cuando estoy a punto de morir; Vuelvo a morir cuando estaba a punto de vivir. —Este es mi regalo de despedida hasta que la muerte me quiera llevar también a su lado. Entonces sabremos quién de nosotros dos ha obrado justamente. La literatura perderá un escritor con todo su talento sin apenas usar y una poetisa con todo su talento sin apenas recordar. No, Noemí, no quiero forzarte a que tengas que elegir a quién condenas o a quién salvas. Tu alma y tu mente no nos pertenecen, solo tu cuerpo. El alma la has recibido de Dios, y solo tú tienes la posibilidad de descubrir cuál es tu verdadera personalidad. No trates de imitarnos y elige tu propio camino, que puede que te lleve a ser una escritora genial, pero también podrías ser una excelente doctora o una genial futbolista. No nos debes nada. Te engendramos por nuestra imprudencia, sin que ese fuera nuestro deseo, como se engendran la mayoría de los seres humanos. Somos nosotros los que estamos en deuda contigo, pero no tenemos los medios para compensarte por nuestros errores. Naciste libre y libre eres de elegir quién merece tu afecto y tu recuerdo. Tu madre te recibirá siempre con los brazos abiertos, pero vive tu vida y no sientas compasión ni esperes consuelo de nosotros. Si necesitas consuelo, aprende a consolarte tú misma; si necesitas apoyo, aprende a apoyarte en ti misma; si necesitas compasión; aprende a compadecerte de ti misma y si necesitas amor, aprende a amarte a ti misma. Tal vez no haya sido el consejo que una madre debe dar a su hija, pero al menos en esto coincido con su padre, a las personas solo les unen los afectos que suscitan sus obras; sin obras no puede haber afectos. —Tu padre y yo fuimos felices cuando ambos admirábamos nuestras respectivas obras, pero cuando él dejó de interesarse por mis poesías y yo dejé de admirar las suyas, porque dejó de escribir relatos para dedicarse a escribir novelas inspiradas por su perversa agente, no teníamos ninguna razón para seguir amándonos. Pero yo no quise aceptar que aquel joven escritor con talento se dejaría manejar por su agente, y seguía admirando al autor de «Poetas sin cielo». ¡Ahora sé lo equivocada que estaba! Solo si volviera a ser el escritor que yo idolatraba podría perdonarle. Pero tal vez para él sea ya demasiado tarde. Ese debe ser su destino y este debe ser el mío. La megafonía de la estación anuncia la inminente salida de mi tren. Mi pobre hija lo ha sentido como si anunciasen la salida de un tren hacia la eternidad y sin retorno, porque me mira angustiada y sé que está haciendo grandes esfuerzos para contener el llanto. —Mamá, si tengo que ser adulta, quiero ser como tú. Te quiero mucho... pero también a mi desgraciado padre... —Lo sé, tienes un corazón generoso porque eres joven. Con la edad se encoje y se vuelve más egoísta, aunque más fiel y exigente. —quiere acompañarme al andén—. No, nos despedimos aquí... Cuídate mucho, y no hagas pucheros como cuando eras una niña o me harás llorar también a mí. Regálame una sonrisa de despedida! Noemí intenta complacerme, pero su sonrisa es una alegre forma de llorar. Se me rompe el corazón en mil pedazos cuando me alejo de ella arrastrando mi pequeña maleta de viaje como si fuera mi ataúd. Cuando al fin traspaso la puerta de entrada al andén y ella ya no puede verme, dejo que mi alma oprimida se desahogue libremente y lloro en silencio... ¡No puedo evitar sentirme culpable de haber vivido! 33. La segunda novela (Narradora: Alicia) He leído dos veces el manuscrito de su primera novela y creo estar preparada para asumir este importante reto. Por supuesto que alteraré algunas cosas, ella tiene que comprender las razones de su abandono y ser capaz de justificarlo. Este hombre no puede dejar este mundo sin que tenga la conciencia tranquila y yo no podré convencerle de que es inocente. Pero tengo poco tiempo. ¡Me esperan largas noches en vela! He sabido por Noemí que su madre ha vuelto a su localidad y parece que no tiene intención de volver nunca más. Afortunadamente Noemí me sigue considerando una buena amiga en la que puede confiar. No me lo ha dicho de forma expresa, pero está atravesando por unos momentos muy complicados. Hemos quedado en encontrarnos en la cafetería donde conocí a su padre, pero él no asistirá, porque no le informaré de nuestro encuentro. Quiero que Noemí no tenga nada que le impida abrirme su corazón y me diga qué conclusiones ha sacado después de que lo que haya podido contar su madre sobre el comportamiento de su padre. Necesito esa información para terminar de hacerme una idea del argumento de esta nueva novela. Ahora ella conoce toda la historia, pero según la versión de su madre, quiero que conozca también la de su padre. Aprovecho hoy que pasará la mañana en el hospital para encontrarme con ella. Yo he llegado la primera y ocupo la misma mesa de aquel día. Frente a la mesa hay unos grandes espejos donde me veo reflejada y apenas puedo creerme que esa mujer sea yo. Mi mirada se vuelto severa, o mejor diría, fría y desencantada. Ya no me encuentro ni fea ni guapa, solo sobria y adulta. Tampoco necesito llamar la atención de nadie, porque ya tengo a quien prestar toda mi atención, por eso me visto otra vez con las mismas prendas pasadas de moda de cuando llegué de provincias. Incluso noto que mis movimientos son pausados y mi aspecto en general sugiere el de una sencilla asistenta social. Me encuentro más yo misma que con aquellas provocadoras prendas. ¡Qué poco se estiman a sí mismas quiénes necesitan esconderse en su forma de vestir! Noemí acaba de llegar. Tiene todo el aspecto de una criatura indefensa y confundida. Se queda indecisa en la puerta, como si temiera ser descubierta. No me ha visto o tal vez no me haya reconocido con mi nuevo aspecto, y hace ademán de salir. Le hago una señal con el brazo, y al reconocerme parece volver a la vida. Sonríe como si la hubiera salvado de algún peligro imaginario. Se sienta enfrente de mí. Me pregunta por el estado de salud de su padre. —No quiero engañarte Noemí, todos estos acontecimientos le han afectado... creo que no pasará de este inverno —su sonrisa se ha convertido en una amarga expresión de profunda tristeza—. Yo creo que lo que está empeorando su salud es su profunda depresión tras el rechazo de tu madre. Noemí baja la vista, como si no quisiera que note en su mirada el conflicto de sus sentimientos repartidos. Guardamos unos instantes de silencio en memoria del padre moribundo. Ella no tiene nada que decir, soy yo quien inicio la conversación. —¿Puedo preguntarte por qué razón tu madre no quiere escuchar la confesión de tu padre? Me cuenta la verdadera causa y no la que todos creíamos. Me temo que la madre tiene una poderosa razón para su actitud rencorosa. Incluso a mí me costaría perdonarle si estuviera en su lugar. La traición tiene ahora una imagen pornográfica, algo simplemente intolerante para una sensible poetisa. En sus delirios debió imaginárselo como un sátiro con cara de ángel. ¿Cómo podré justificar esa escena? ¿Por qué fueron a ese club después de que, con toda probabilidad, hubieran bebido con exceso durante la romántica cena privada? Debe haber una buena razón que le exculpe. —Querida amiga, a veces me pregunto, sobre todo como escritora, de qué nos sirve el lenguaje sin con él no logramos entendernos. Tal vez hubiera sido mejor comunicarnos con unos cuantos sonidos para expresar los sentimientos fundamentales, como hacen los animales, porque las palabras, por cultos, creativos o realistas que seamos, no son capaces de expresarse con la misma claridad que esos sencillos sonidos. Tus padres son dos excelentes personas, y se hubieran entendido con simples sonidos, sin utilizar palabras. El uso de las palabras los han confundido y separado. ¡Es una maldición bíblica! Las mismas palabras tienen distinto significado según quién y cómo las pronuncia. El corazón no entiende el significado de las palabras, sino el tono con que se pronuncian. El significado es tarea de la mente, pero la mente carece de sentimientos, lo mismo le da una palabra que otra. Tu madre solo escucha lo que se dice si es poético; pero tu padre solo presta atención de lo que le dicen si se parece a los diálogos de una novela. ¡Ninguno escucha lo que verdaderamente dice el otro! —¡Sí; ellos mismos admiten que su pasión por la literatura es lo que les ha separado! —No, Noemí; no es la literatura, sino las palabras. La literatura es un noble intento de dar algún sentido emotivo o intelectual a las palabras para que sus mensajes sean claros para los sentidos. Pero la vida no es una novela, no sabemos quiénes son los personajes ni de qué va el argumento ni siquiera conocemos su autor. Confiamos en que las palabras y sus significados sean suficientes para ir por el mundo con moralidad y sentido de la justicia, pero lo único que hacemos es inventarnos moralidades y justicias con palabras que no tienen el mismo significado para todos, por lo que no puede haber moralidad ni justicia mientras haya palabras. Noemí parece reflexionar sobre mis pensamientos. Ha llegado a una sabia conclusión: —Entonces, ¿tú crees que los dos son culpables? —Sin duda, pero es un pecado inevitable, porque necesitamos las palabras, no para entendernos, sino para comunicarnos. Por eso es tan necesaria la literatura que nace de esta maldición y trata de redimirse, pero no la que nace ya maldita y se regocija en su maldad, como el cerdo se revuelca en sus excrementos. Los escritores solo tenemos una misión: liberar las palabras de las llamas del infierno y conseguir que alcancen el cielo. Somos los ángeles caídos en este infierno, mientras habitamos la Tierra, y del cielo, cuando la abandonamos. —¿Y qué puedo hacer para que se reconcilien? —Las palabras no los reconciliarán, a menos que estén dichas de tal manera que el corazón las entienda. —¿Qué quieres decir? —¡Tu madre solo reaccionará si recibe el mensaje en una poesía! —¿Y quién escribirá esa poesía? —La persona que más los quiere... Tú la escribirás. Será tu debut en este mágico mundo de la Literatura y lo pasarás con un sobresaliente, porque tienes lo principal: una gran motivación. Sé que se siente abrumada, pero al mismo tiempo noto en su mirada la chispa del genio que exige su oportunidad. —Pero mi madre solo se reconciliaría si le prueba con una nueva novela que es el mismo que escribió «Poetas sin cielo», y que ella ha amado inconscientemente estos veinte años... —¡Tu padre la escribirá! No quiero revelar a Noemí que seré yo quien la escriba, porque inconscientemente podría revelárselo a su madre y todo el trabajo sería inútil. —Alicia, nunca me has dicho por qué te sientes obligada a cuidar a mi padre, porque siempre le tratas de usted, que no es propio de una amante... ¿Tienes algo que ver con su editorial o con su representante? Siempre había temido que Noemí me hiciera esta pregunta. Pero no tengo una clara respuesta aunque me la haga a mí misma. Hace solo un mes era una mujer enamorada de un escritor de fama, que me atraía físicamente y admiraba por su talento, por lo que no tenía la menor duda de las causas. Ahora mis sentimientos han sobrepasado el amor y están en una dimensión desconocida, que probablemente no sea de este mundo. Gracias a su enfermedad nos hemos encontrado en una dimensión que vas más allá de lo humano y debe tener algo que ver con lo divino, y que debe de ocultarse en nuestra personalidad astral. Solo en situaciones extremas penetramos en esa dimensión, que crea lazos eternos. Es como si yo estuviera ayudando a este hombre a entrar en esa dimensión, que debe ser el mito del Paraíso, donde nos volveremos a encontrar y ser amantes por toda la eternidad, por lo que no podemos escatimar esfuerzos para conseguirlo. Estoy tratando de asegurarme el amor de este hombre después de su muerte, por lo que no puedo sentir celos de su madre, que solo podrá amarlo con ese amor terrenal, temporal y de seres humanos, cuando yo me reservo su amor eterno y divino. Pero Noemí no lo entendería. —Tu padre y yo somos, además de colegas de profesión, viejos amigos. Me siento obligada a ayudarle a tener una buena muerte. Haría lo mismo por cualquiera de mis amigos y colegas escritores. 34. La redacción Hoy he comenzado la redacción de la novela. Tengo la extraña sensación de estar cumpliendo un mandato divino; la voluntad me llega de una fuente desconocida. De su resultado depende la salvación o condenación de un alma humana. Es como si estuviera donando sangre a un malherido. Empiezo con esa aterradora frase para todos los escritores: «Capítulo primero». Es como abrir las ataduras de la imaginación, en una perfecta unión con la mente. Es absolutamente necesario que las primeras lineas susciten en la madre de Noemí la necesidad de leer las siguientes líneas restantes o el fracaso estará asegurado. Estas son mis primeras líneas: «Los personajes protagonistas de esta historia no se conocieron por el azar, sino por el destino. Pero durante veinte años pusieron todo su empeño en ir contra lo que estaba escrito en las estrellas. Esta es la historia de dos amantes unidos por la literatura, pero separados por las palabras.» Creo que es un buen comienzo, y solo con un buen comienzo es posible un buen final. Ahora tengo que crear el autor de la novela, porque esta novela no la escribiré yo sino mis personajes. También en la vida real las cosas funcionan de la misma manera. Dios ha creado el hombre, y le ha dotado del entendimiento necesario para que decida por sí mismo el argumento de su historia. Prosigo: «Estos personajes son dos jóvenes con los defectos y las virtudes de todos los jóvenes: utópicos, independientes, rebeldes, temerarios, inconformistas, generosos, inocentes y descreídos. Como todos los jóvenes no viven en el presente, sino en el futuro; no tienen historia, solo grandes deseos de hacer historia. Tampoco tienen experiencia, solo vivencias. No son sabios, solo tienen deseos de saber. Hacen complicado lo sencillo, porque creen que lo sencillo es de viejos o de niños, pero no de ellos. Son, en fin, dos jóvenes de nuestro tiempo, pero como han sido los jóvenes en todos los tiempos. Ella siente pasión por la sensibilidad de Garcilaso y él por la imaginación de Cervantes; ella adora a Dante Alighieri, él a Lope de Vega; ella es poeta, el narrador. Ella se sabe con talento y está segura de sí misma; él duda de su talento, y no tiene confianza en sí mismo. Pero ella cree en él y decide posponer temporalmente su inevitable conquista de fama y gloria para ayudar al narrador joven inseguro, para así recorrer juntos el camino de la gloria, sin que uno haga sombra al otro.» Han pasado ya cuatro agotadoras semanas. La novela progresa con el mismo ritmo que decaen mis fuerzas. He llegado al punto crítico de la separación y no tengo ninguna dificultad para exonerar de toda culpa a mi reo de muerte. ¿Dónde puede el escritor encontrar la fuente de su inspiración si no es en la vida real? ¿Cómo describir un prostíbulo, observar la profunda tristeza que encierra la falsa alegría de las prostitutas; el afán de hacer pagar hasta la más mínima gota de placer recibido, si nunca ha estado en un prostíbulo? ¿Cómo puede una escritora con sus alas intactas y libre de volar donde le plazca, cortarle las suyas a otro escritor para que no se aleje demasiado de su nido? La poesía surge del alma; la narrativa de la vida. El poeta ve el mundo desde una nube; el narrador desde las alcantarillas. La poesía es música; la narrativa es ruido. La madre de Noemí todavía sigue viendo el mundo desde una nube, y si no desciende a tierra firme nunca sabrá que las nubes se hacen lluvia, ¡y el agua de la lluvia corre por las alcantarillas! He utilizado estas notas en este decisivo capítulo : «No fue una sorpresa encontrarme con una mesa montada con su inconfundible estilo para dos comensales. El champán puesto a enfriar, los canapés de caviar y otras delicatessen. Incluso sabía que elegiría las prendas más provocativas, en otras palabras, no era más que un escenario de novela que yo debía describir en la novela que escribía en aquellos momentos. Era la peculiar forma de colaboración de mi inteligente agente. Pero todavía quedaban algunas complicadas escenas por describir para las que carecía de las imágenes necesarias y podía caer fácilmente en el ridículo. Lo comenté con mi agente y me sugirió que hiciéramos una visita a uno de los clubes de peor reputación de la ciudad, donde seguramente tendría las imágenes que necesitaba. Pero recordé mi cita. Fue una dolorosa decisión. Sabía que se indignaría, pero quien tiene por compañero a un escritor debe estar habituada a estos desplantes. ¿Se enfadaría si yo fuera un médico que falta a su cita porque tiene que atender a un enfermo? Con mis novelas yo también curo a miles de enfermos de aburrimiento y falta de alicientes. ¡Mañana me excusaré y ella lo entenderá! Antes de aquella excursión a las entrañas más nauseabundas de la ciudad, terminamos el champán, porque sobrios no hubiéramos tenido valor para entrar en aquel lupanar.» »Lamentablemente dio la fatal coincidencia de que ella, frustrada y herida por mi ausencia, paseara por la calle donde se encontraba el club y nos sorprendió en el momento en que descendíamos del taxi y entrábamos en el club algo mareados, por lo que mi agente tuvo que apoyase en mi brazo. Si era cierto que confiaba ciegamente en mi fidelidad, debió esperar al día siguiente para comprobar que, a pesar de que las apariencias me condenaban, yo seguía siendo fiel. Pero aquella equívoca imagen superó toda su capacidad de tolerancia, y le hirió profundamente, ¡causándola el fatal trauma que nos ha mantenido separados durante estos últimos veinte años!» Si después de leer esto no le perdona, ¡esta mujer ha perdido el alma! 35. Invierno Cuanto más lento deseas que pase el tiempo más rápido se empeña en pasar. He estado tan ocupada este último mes que no he tenido consciencia del paso del tiempo ¡y ya estamos en invierno! Después de su entrevista con la madre, Noemí se muestra menos afectuosa con su padre. Lo que haya podido contarle su madre sobre sus relaciones con su padre le ha afectado notablemente. Hay algo que los separa, pero Noemí no quiere comentar con él su encuentro con la madre, y su versión de lo sucedido. Si lo oculta será porque debe ser algo muy escabroso y que no se atreve a comentar. También se ha habituado a la enfermedad de su padre, incluso parece mentalizada para asumir su prematura muerte, y tan solo le visita una vez por semana. Su disculpa es que está tan atareada con sus exámenes que apenas puede permanecer una hora en su apartamento, y ni siquiera se queda para la cena. Desde su precipitado regreso, de la madre no sabemos nada. Parece enterrada en un absoluto silencio. Al menos Noemí no la menciona. Lamentablemente es como si todo nuestro comportamiento hubiera entrado en una irresponsable rutina, sin que seamos verdaderamente conscientes de la gravedad del momento. Su padre ha tenido que ser ingresado varias veces en urgencias, porque su enfermedad se está agravando alarmantemente. Cada vez que llamo a una ambulancia para transportarlo al hospital, me ruega que le deje morir en su cama. ¡Siente horror de los hospitales, porque cree que allí están todos tan familiarizados con la muerte que ellos mismos la provocan! Los dolores le enturbian la mente y en esos críticos momentos pierde totalmente la voluntad de vivir, pero no puedo acceder a sus deseos, porque todavía necesito que sobreviva al menos el suficiente tiempo para ver culminado mi propósito. La novela está prácticamente concluida, porque no es muy extensa. Solo faltan algunas correcciones. Tuve alguna dificultad para encontrar un buen desenlace, pero creo haberlo resuelto satisfactoriamente. Su editor no tendrá conocimiento de esta novela, de la que editaré tan solo unas cuantas copias, las suficientes para cumplir con su cometido y ninguna más. Sobre el poema que debe escribir Noemí, tal vez sobrevaloré su talento, pero sigo confiando en ella, cualquier día me sorprenderá. Mi plan es que por Navidad se consume la reconciliación, y, por fin, yo también podré reconciliarme conmigo misma. Tal vez también aproveche esta penosa experiencia para escribir mi propia novela y con mi propia versión de los hechos, pero lo más probable es que dedique mi próxima obra a la memoria de este gran hombre. Tal como esperaba, Noemí no me ha defraudado, y ha escrito una conmovedora poesía que con toda seguridad influirá en el ánimo de su madre. De todas formas no creo que siga los pasos de sus padres. Es demasiado realista y tiene los pies demasiado firmes en la tierra. Sería una buena investigadora, o profesora. Si sus padres tienen problemas es por su temperamento artístico, creativo, inconstante, impredecible. Es difícil convivir con un artista. 36. El último invierno (Narrador: el enfermo) Este será, si la medicina no lo impide, mi último invierno. Me gustaría vivirlo intensamente, pero la vida se me escapa por entre los dedos como finos granos de arena de una playa. Pronto habré abandonado este conflictivo mundo. Cada día que pasa me siento más familiarizado con la muerte. Cada nuevo amanecer sale para mí el sol más oscuro, y su luz es más tenue. Lentamente lo que era una pesadilla se convierte en un sueño. A medida que la vida me castiga, la muerte me premia. La muerte me parecía un drama antes de conocer el verdadero rostro de la vida. Ahora que lo conozco la muerte me parece una comedia, y me causa un irresistible deseo de reír. Al final terminaré por convertir mi muerte en gran evento y me sentaré en el patio de butacas con verdaderas ansias de que se levante el telón. Puede que esté empezando a perder el juicio, pero esa debe ser la estrategia de la mente para eludir el sufrimiento. ¡Bendita sea la locura cuando la cordura se alía con el dolor para que lo sufras conscientemente! Pero yo deseo ser un testigo de excepción de mi propia muerte, porque es una experiencia única en la vida, y yo soy un escritor. Si pretendo describir la muerte en mis novelas ¡tengo que haberla experimentado! Sé que parece un pensamiento absurdo, pero más absurdo es creer que nuestra mente y nuestro espíritu no trascienden más allá del umbral de la muerte. Creo que todo cuanto hemos llegado a concebir e imaginar permanecerá de alguna manera, y sobrepasará a nuestra muerte, para ser los fundamentos de la personalidad de una nueva vida en el instante de su gestación, en quien nos transmigremos. También sé que este es un consuelo ingenuo, porque nadie ha podido comprobar semejante teoría. Otros creen que sus almas subirán al cielo, permanecerán en el purgatorio o descenderán al infierno, donde se reunirán con otras almas gemelas, virtuosas o pecadoras. Esta es la versión más popular. En mi teoría no hay cielos ni infiernos, pero si superación o degradación. Un alma ruin y depravada puede transmigrar en el feto de una bestia. No es la más popular, pero yo creo que debe ser así. Ahora paso la mayor parte del día postrado en la cama y mi mente solo está despejada cuando me hacen efecto los sedantes y desaparecen los dolores, cada vez con más intensidad. Alicia pasa el día junto a mí, pero por la noche, después de dejarme sedado y que consigo conciliar el sueño, regresa a su apartamento, para volver a primera hora de la mañana. Debe estar agotada, porque a veces se queda dormida en el sofá y soy yo quién vela su sueño. Se ha traído su portátil con el que pasa el tiempo cuando yo dormito. Dice que está trabajando en su nueva novela sobre la bailarina, pero no quiere leerme nada hasta que no esté finalizada. Se ha vuelto muy supersticiosa y cree que trae mala suerte. La encuentro cada día más desmejorada, incluso más delgada. Temo que ella pueda caer también enferma. Hoy hace uno de los días más crudos del invierno. Cae una copiosa nevada y los copos parecen como enloquecidos al ser empujados por un fuerte viento racheado, que cambia de dirección constantemente. Como cada mañana, escucho el agradable ruido de la cerradura cuando Alicia llega a mi apartamento. Está temblando de frío y completamente empapada. Le sugiero que se ponga una de mis batas y seque su ropa en el radiador de la calefacción. Muchas veces he tenido su cuerpo entre mis brazos, pero nunca la había visto desnuda. Esta mañana he tenido por fin esa oportunidad. Veo el cuerpo de una mujer atractiva pero no provocadora; sensual pero no sexual. Es armonioso pero no erótico. Es solo un cuerpo de ser humano. Ya se siente mejor. Mientras prepara mi desayuno, me intereso por la situación de su carrera, que parece haber abandonado por mi culpa. —Alicia, ¿cómo te van las cosas con mi agente? ¿Te ha conseguido algún contrato? Alicia lo niega con leve gesto de cabeza. —¿Y te ha dado alguna razón? —A los editores no les gusta las novelas donde no hay sexo, o por lo menos algo que excite su imaginación, y mis novelas las encuentran demasiado intelectuales o espirituales. —Sí, creo que mi primer agente me sedujo para que tuviera una experiencia sexual de primera mano y que pudiera describirlo con todos sus mínimos detalles. Esa fue también una de las clave del éxito de mis novelas. La sexualidad no es un invento de la cultura, es una realidad natural y no hay razón para que no sea parte de una trama, pero no debe ser descrita como una simple relación sexual, similar a la que mantienen los animales, porque lo que caracteriza a un ser humano es que de todas sus vivencias naturales extrae una valoración moral, lo que no existe en los animales. Entre los humanos el sexo no puede estar exento de esa misma moralidad. En la mayoría de las novelas se prescinde de esta necesaria premisa moral para describirlo como una relación puramente animal y, por tanto, inmoral. No es verdad que tanto en la guerra como en el amor todo vale. En la guerra también hay normas de conducta, ¿por qué no ha de haberlas en la sexualidad? Alicia escucha atentamente mi breve disertación sobre la sexualidad y parece estar de acuerdo, pero matiza algunos detalles. —La moral es relativa, y sus valores no son compartidos por todos, por eso creo que la sexualidad tiene que basarse en otras normas más realistas, que satisfaga el deseo sin incurrir en la prostitución... —¿Y cuáles son esas normas? —Por supuesto, el consentimiento mutuo, y el respeto de la sensibilidad de cada amante, siempre que ambos sean conscientes de las consecuencias de esta relación. Esa actitud ya es suficientemente moral. Ningún amante debe ser considerado un objeto de placer, sino que el placer debe tener un objeto, el de la mutua satisfacción de los sentidos, sin que nos cree una mala conciencia: ¡lo contrario sería prostitución! 37. La última Navidad (Narradora: la madre de Noemí) De nuevo estoy en esta pequeña y remota localidad. Me ha acogido con la primera nevada de este año y siento que esa nieve está cayendo también sobre mi alma. Ahora que he recuperado la memoria, los últimos veinte años de bendita amnesia me parecen un breve instante. Si no fuera por las arrugas, las del rostro y las del alma, no sabría que el tiempo ha pasado. Recordar para qué; ¿para reconocer el causante de tu amnesia?; ¿para volver a ver aquella dolorosa escena a la entrada de aquel burdel?; ¿para revivir aquellos sueños truncados por la ambición de un amigo desleal? ¡Para esto es mejor no recordar! Ahora tengo que olvidar lo que he recordado para que no me siga perturbando y reencontrarme con la poesía, que es mi única amiga y confidente. La única que es leal y por ninguna causa, justificada o no, te traiciona. No somos más que aquello en lo que creemos y creamos, lo demás es una quimera, porque solo existe en nuestra imaginación. Yo le imaginé como deseaba que fuera, pero él no era como yo le imaginaba, porque nadie puede penetrar en la mente y en el alma de otra persona. ¡Siempre nos defraudarán! Ahora tengo que seguir los mismos consejos que di a Noemí: Si necesitas consuelo, aprende a consolarte tú misma; si necesitas apoyo, aprende a apoyarte en ti misma; si necesitas compasión; aprende a compadecerte de ti misma y si necesitas amor, aprende a amarte a ti misma. ¿Qué hubiera sido de mí si él no hubiese ganado aquel inoportuno premio? ¿Seguiríamos unidos, se habría cansado de mí? Posiblemente estaríamos separados. Recuerdo la noche del recital. No se despidió de mí porque tenía celos de mis amigos. Pero, por otro lado, solo los que aman sienten celos. ¿Y qué hubiera sido de su carrera literaria si no hubiese conocido aquella mujer? Noemí quiere que lea sus novelas, pero ella misma asegura que están bien escritas y son interesantes, pero carecen de motivación. No trasmiten nada trascendental o humano, son novelas para regalar los oídos de gente corriente, sin ambiciones, conformistas y resignados a su vulgaridad. Si yo le hubiese ayudado, posiblemente no sería tan famoso, pero estaría mejor considerado y tendría más alicientes. Tenía el talento necesario para escribir algo más ambicioso; algo que mereciera pasar a la posteridad. Acabo de recibir un correo de Noemí. ¡La hecho tanto de menos! Debería escribirme más a menudo. Lo abro sin poder contener la emoción: «Querida mamá, dentro de dos semanas vuelve a ser Navidad y este año no sé con quién de vosotros dos debo pasar estas entrañables fechas. Sabes lo mucho que te quiero, pero me duele que mi padre las pase solo, estando tan enfermo. Mi corazón sigue dividido entre los dos, y no puedo decidirme por ninguno, ¡porque me gustaría que pudiera pasarlas con los dos!» Mi pobre hija se debate en una insoportable lucha emocional. Debería escribirla y decirle que no me importará si no viene y que la pase con su padre. ¡Alguien tiene que sacrificarse, porque ninguno de nosotros dos ha hecho más méritos para que merecer su cariño! «Tengo otra importante noticia para ti: Alicia me ha dado varias copias de la última novela autobiográfica de papá. A pesar de estar muy débil ha cumplido su promesa. La he leído y no he podido evitar llorar de alegría, pero no te digo por qué, es mejor que la leas y lo sepas por ti misma. ¿Me prometes que la leerás? Te envío una copia por correo. También te adjunto mi primera poesía dedicada a vosotros dos. Ya te dije en la estación que deseaba ser como tú. Espero que te guste. Un abrazo muy fuerte de tu hija que te quiere y te echa de menos, Noemí» Bien sabe Dios que haría cualquier sacrificio porque Noemí fuera feliz y no tuviera que sufrir por nuestras faltas, ¡pero me pide lo imposible! La traición no tiene redención. Jesús tampoco hubiera perdonado a Judas ni Dios perdona al demonio. Con una traición es suficiente, ahora no puedo traicionarme también a mí misma. No, Noemí, mi pobre niña, tú no puedes entender todavía como duelen las heridas del corazón. El mío ha sangrado durante veinte años, y ahora necesita cicatrizar su herida, puede suceder mañana o nunca. Todo está escrito en el destino. Deja que él decida por nosotros. Me dice que su padre ha publicado una nueva novela, y que es autobiográfica. Presiento que no debe dejarme en un buen lugar entre sus recuerdos. ¿Por qué Noemí tiene tanto interés en que la lea? No soy rencorosa. Yo también hubiera deseado que todo hubiera sucedido de otra manera. También añoro aquellos felices días del campus; aquel joven escritor inseguro que necesitaba mi ayuda; aquellos sueños prácticamente al alcance de nuestra mano. Pero el renegó de todo a cambio de treinta monedas de plata. ¡Dios es justo y le ha enviado el castigo que merece! Sin embargo los senderos del Señor son inescrutables, gracias a mí debilidad nació esta hija mía, que promete superarnos a los dos y ser el consuelo de ambos. Solo Dios sabe lo que está bien y lo que está mal. Si me mantengo firme será su voluntad y si él debe morir con remordimientos, también. Hoy ha amanecido con un denso manto de nieve que iguala todo con la misma blancura. A duras penas se puede caminar por estas empinadas callejuelas. Me he encontrado con el cartero cuando salía de la panadería y me ha entregado el sobre con el libro que me envía Noemí. Aquí todos nos conocemos y no son necesarios los buzones. Si no supiera que contiene también una poesía de mi hija ni siquiera lo abriría, pero quiero ver si Noemí llegará a ser una gran poetisa o está siguiendo un camino equivocado. Lo abro y me causa un doloroso impacto el título del libro: «Si tú fueras..., Memorias de dos amantes unidos por la literatura y separados por las palabras». ¿Qué pretende con este título? Pero veo el poema de Noemí. No es muy extenso. Lo leo: «NACÍ DE PADRES OLVIDADOS Por el amor o desamor, por el encanto o desencanto, de dos amantes desconocidos nací yo del olvido. De bebé no tuve quien me meciera, de niña no tuve quien me mimara, de adulta no tuve quién me aconsejara porque nací de padres olvidados Conocí a mi padre cuando se moría, conocí a mi madre cuando no recordaba, me conocí a mí misma cuando lloraba, porque seguimos estando olvidados. Te escribo este sencillo poema para que olvides lo que has recordado y recuerdes lo que has olvidado del escritor que habías amado. Tu hija que te quiere, Noemí.» Es un poema digno de mi hija. No ha podido expresar mejor sus deseos. Me ha llegado a lo más profundo de mi alma dolorida. Me siento culpable de haber ignorado los anhelos de mi hija. Tal vez ella tenga la correcta perspectiva de este drama y yo esté obcecada en mi venganza. Tal vez, después de todo, esté escrito en el destino que deba perdonarle. Pero ¿cómo saberlo? ¿Quién puede aconsejarme? ¿Debería recurrir a un sacerdote? ¿Saben ellos más sobre el alma humana que nosotros? ¿Les ha donado el mismo Dios la gracia de la fe, por lo que están más cerca de la virtud que los demás seres humanos? Yo he perdido la fe y confiado solo en mi propio juicio, sin esperar el milagro de la revelación, pero después de leer el emotivo poema de mi hija estoy empezando a dudar de mis certidumbres morales y puede que haya llegado el momento de pedir consejo a quien está entregado a la salvación de las almas, y la mía debe de estar en riesgo de condenarse. Si mi hija lo desea, creo que debo leer esta nueva novela. 38. La alarma (Narradora: Alicia) Tengo que avisar a Noemí, ¡su padre se está muriendo! Sé que es en contra de su voluntad, y es la voluntad de un moribundo, pero voy a llamar al hospital para que lo ingresen. Tiene que seguir aferrado a la vida unos días más. No puedo aceptar que esa mujer no tenga corazón. Tiene que venir y salvarle del infierno de sus remordimientos o no descansará en paz ni podremos encontrarnos en ese lugar del cosmos reservado para nuestras almas. Está postrado en la cama. Ya apenas puede moverse y no tiene ningún deseo de hablarme. Pero sigue todos mis movimientos con una mirada apagada, sin vitalidad, como si ya solo pudiera mover las niñas de sus ojos. Pero en esa turbia mirada de moribundo debe de haber una mente lúcida, que no está afectada por la enfermedad, y debe estar pensando en su situación. Casi puedo leer sus pensamientos. Acepta que su viaje por este mundo ha llegado a su fin, y espera la muerte con serenidad y resignación. También me dedicará alguno de sus últimos pensamientos. Sé que me escucha, lo noto en el parpadeo de sus ojos, y tengo que intentar reconfortarle: —Sé que puedes escucharme —parpadea ligeramente—. Tú no has sido un hombre fuerte, porque los genios son más débiles cuanta más sabiduría adquieren, pero la enfermedad te ha dado la fuerza necesaria para aceptarla sin quejas ni lamentos. Cada día que pasa y se acerca tu fin mi amor por ti se acrecienta con la misma proporción. En el momento de tu muerte seré la mujer más enamorada del universo. Ya sé que esto no te consuela... no estés triste, porque ella vendrá! Pero tienes que mantener un titánico pulso con la muerte. ¡No dejes que te lleve hasta que ella no te de su bendición! —sujeto su trémula mano que ya apenas tiene fuerza, para saber cómo reacciona—. Tienes que perdonarme, pero tengo que llamar al hospital para que prolonguen tu vida tanto como les sea posible. Cuando ella y Noemí lleguen te traeremos de nuevo aquí y podrás morir como sé que deseas: estrechando su mano hasta tu último suspiro. Después empezará nuestra verdadera vida. Entonces yo no seré la chica de provincias, fea y torpe, sino un alma luminosa que se encontrará con la tuya y permanecerán unidas por toda la eternidad. Pero si mueres sin su bendición, tu alma vagará errática de un universo a otro eternamente, sin que encuentre la paz, y yo estaré sola por la eternidad. Sé que harás esto por mí. Intento retirar mi mano para marcar el teléfono del hospital, pero he notado una ligera presión y sus mirada parece avivarse. Creo que trata de decirme algo. Tal vez quiera que no deje de estrecharle la mano. Sí, eso debe ser. —No quieres que llame al hospital, ni que deje de estrecharte la mano, ¿verdad? —lo confirma con un débil parpadeo—. Está bien, no llamaré al hospital, pero tienes que ser fuerte y resistir hasta que llegue ella y tu hija Noemí. Cierra los ojos y tengo la sensación de que está tratando de decirme que ya es muy tarde. ¿Quiere esto decir que puede morir en cualquier momento? 39. Un fatal destino (Narradora: la madre de Noemí) No he podido terminar de leer su última novela. Creo que es suficiente para sentirme cerca del infierno, ¡cuando me creía cerca de cielo! ¿Por qué el destino me tendió esa monstruosa trampa? ¿Por qué no confié en su lealtad? ¿Cómo es posible que una engañosa imagen haya podido robarnos los veinte mejores años de nuestras vidas? ¿Quién me impulsó a estar en aquel lugar en aquel preciso momento? ¿El demonio? ¿Qué monstruoso pecado había cometido para merecer ese castigo? ¡Pobre hombre, durante todos estos años no ha podido contarme lo que realmente había sucedido! ¡De haberlo sabido, por supuesto que yo le hubiera perdonado! ¿Cómo podía escribir las novelas que yo le inspiraba si se ha sentido culpable todos estos años? Tengo que escribir urgentemente a Noemí, comunicándole mi deseo de volver cuanto antes y mostrar a su padre mi arrepentimiento y mi deseo de reconciliación. ¡Posiblemente no habrá otra persona más feliz en este mundo que ella cuando reciba mi mensaje! Pero yo también siento como si mi corazón dejara de estar oprimido por primera vez desde hace veinte años, y está rebosante de júbilo y siento que vuelve a latir con la misma fuerza que cuando tenía diez y ocho años, el día que conocí a este desgraciado escritor por culpa de una porción de tarta de nata con fresas! ¡Esa debe ser la felicidad que causa el perdón! ¡Bendito sea Dios que me ha iluminado! ¡Estoy desesperada y al borde de una nueva crisis: la última tormenta de nieve nos ha dejado incomunicados! No hay ningún medio de comunicarme con Noemí. Sé por experiencia de otros años que estaremos varios días incomunicados, ¡y él puede morir en cualquier momento! ¿Por qué? ¿Qué fuerza maligna se interfiere en nuestro destino una y otra vez? ¡Por el amor de Dios, espero que no sea demasiado tarde! No; no puedo esperar a que reparen las líneas del teléfono y limpien de nieve de la carretera. Tengo que intentar llegar a la estación del ferrocarril, porque los trenes siguen circulando. Solo son cinco kilómetros. Dentro de una semana es Navidad y podía estar junto a su lecho, y pasar todos juntos las primeras navidades después de veinte años de ausencias. Tal vez el taxista del pueblo quiera llevarme. Iré a su casa ahora mismo. El taxista es un hombre ya mayor, a punto de jubilarse, y no se atreve a circular con esta ventisca. La carretera es angosta, con tramos con pendientes muy pronunciadas. Me sugiere que esperemos a que pase los vehículos quita-nieves, pero no cree que despejen la carretera hasta mañana o tal vez pasado mañana. Pero ni mañana ni pasado mañana hay trenes que enlacen con el que lleva a la capital. Tengo que tomar el próximo, que sale a las cinco de la mañana. Ha dejado de nevar y puedo hacer andando este recorrido. Para este viaje no necesito equipaje, será suficiente con lo quepa en el bolso. ¡Tengo que intentarlo! 40. La agonía (Narrador: el moribundo) ¡Pobre Alicia! ¿Cómo podría decirle que mi mente está despejada y soy plenamente consciente de que estoy a punto de morir? ¿Cómo decirle también que ya no tengo ningún remordimiento, porque solo he hecho lo que el destino tenía previsto para mí. Nuestras vidas están escritas en las estrellas, y nuestro espíritu es una parte del destino del universo. Destino que desconocemos. También la madre de Noemí tenía un destino; que se ha cumplido ya. No sé como decirle que he presentido su muerte en algún gélido lugar, y que nunca estará en la cabecera de mi lecho de muerte. Una vez dije que una muerte digna es morir estrechando la mano que quién sienta más afecto por ti, y esa persona eres tú, Alicia, además que tu presencia en este lugar lo convierte en un hogar, con lo que se cumplen sobradamente mis condiciones para una buena muerte. Ahora ya puedo morir en paz. Ella lo ha comprendido y sigue estrechando mi mano. Siento como late su vida en ella, ya inerte, y ese contacto hace que empiece a sentir una paz interior indescriptible. Es su alma que me traspasa y la siento dentro de mí, cuando apenas me quedan unos segundos de vida. Ahora aparecen las más emotivas imágenes familiares de mi infancia que guardaba en el subconsciente. Se suceden una detrás de otra con sus sonidos y sus sensaciones. Escucho mi propio llanto y la voz de mi madre que me mece en la cuna que le regalaron mis abuelos; veo a mi padre empujando el columpio del parque cercano a nuestra modesta casa en las afueras de la ciudad, cuando apenas debía tener dos o tres años. Él es joven y vigoroso, y empuja el columpio con tanta fuerza que me hace llorar por la excitación del juego. Pasan muchas otras imágenes, y de todas guardo alguna impresión. Me veo vestido con mi traje de almirante de mi primera comunión, y a mis padres, que me llevan de la mano casi en volandas a la iglesia del barrio. Allí veo a la niña, con su virginal vestido de primera comunión, que me hizo sentir la primera emoción apasionado del amor. Se suceden multitud de imágenes familiares, como la fotografía del colegio de primaria, el primer automóvil de mi padre, mi primer viaje en tren, la primera chica con que salí y el primer beso en los labios de una mujer, y después de muchas otras, también las imágenes de la cafetería de la universidad y las que sucedieron después. Pero todas pasan vertiginosamente y va quedando un vacío indescriptible tras de su efímera visión. Es como si se estuvieran borrando de mi conciencia para que cuando sobrevenga la muerte no queda ni rastro en mi alma de lo que ha sido mi vida en este mundo. Presiento que cuando llegue a la última imagen moriré, y ese momento está llegando ya, porque veo la imagen de mi agente literario, aquella noche que destruyó nuestras vidas. Veo a ella en la puerta entreabierta del apartamento de Noemí. Mi imaginación se ha quedado en blanco, y me invade una inmensa paz. Ya no siento la mano de Alicia, Ahora veo una luz intensa, cegadora, sé que voy a penetrar en esa luz donde permaneceré eterna... mente.... 41. La muerte (Narradora: Alicia) Ha hecho apenas un leve movimiento de cabeza recostándose contra la almohada, y no siento ninguna señal de vida en su mano, ¡creo que ha muerto! Pero parece que se ha quedado plácidamente dormido. No hay en su rostro el más mínimo signo de dolor. Retiro mi mano y la suya se desploma. ¡Sí, ha muerto! ¡El gran amor de mi vida yace muerto ante mis ojos! A partir de este instante la muerte hará su trabajo y sus bellas manos, su prodigiosa cabeza, y su maltrecho cuerpo los convertirá en cenizas. Pero la odiosa parca no tiene suficiente poder para destruir el fruto de quién ahora le pertenece. Su obra sobrevivirá, y su memoria no se borrará de mi imaginación hasta la muerte me lleve a mí también. Ahora debería llorarle evocando su memoria, pero quien se lo ha llevado de mi lado no se saldrá con la suya. Aunque mi alma está rota en pedazos, no derramaré una sola lágrima, porque ya le he llorado cuando estaba vivo. Ahora ya no me quedan apenas lágrimas, y debo guardar las que todavía me queden para cuando empiece a echarlo de menos y sienta su ausencia. ¡Ha sido un hombre con suerte, porque ha vivido haciendo la voluntad de otros, pero ha muerto de acuerdo a su propia voluntad. Solo unos pocos privilegiados tienen una muerte así. ¡Si es difícil vivir, mucho más es morir! 42. Las dos muertes (Narrador: el autor) Los dos amantes de la literatura mueren en el mismo día y a la misma hora, porque así estaba escrito en las estrellas. El cuerpo congelado de la madre de Noemí lo encontró el conductor del vehículo quita-nieves, que circularía esa misma mañana, limpiando de nieve la tortuosa carretera. Su cuerpo no estaba sobre la carretera, sino en un pequeño barranco, donde debió caer dada la oscuridad y la capa de nieve que lo ocultaba. Su antiguo amante murió por complicaciones mortales de su enfermedad incurable. Noemí había presentido la muerte de su madre cuando se despidieron en la estación del ferrocarril. Lamentablemente no tuvo que elegir con quién de los dos pasaría las Navidades, sino a quién de los dos lloraba. No fueron enterrados juntos. Ella yace en el pequeño cementerio de su localidad, y él se hizo incinerar su cadáver, y aventadas sus cenizas en una playa cercana, como era su deseo. Alicia se sintió profundamente afectada, pues según sus creencias, no se reuniría con su amado en esa dimensión que creyó descubrir en su personalidad astral. TERCERA PARTE: ENCUENTRO ASTRAL «Trabajad no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece.» (Juan 6:27) 43. La despedida La muerte me lo ha quitado y la muerte me lo devolverá. ¡Te buscaré allí donde te encuentres y volveremos a estar juntos, pero para la eternidad! Si estás en el Infierno te rescataré; si estás en el purgatorio, te acompañaré hasta que ganemos el Cielo, y si ya estás en el Paraíso, allí nos encontraremos, porque el amor no conoce barreras, ni humanas ni divinas. Este cadáver que yace en la cama ha perdido su alma, que debe vagar por el cosmos sin un destino en concreto. Nadie excepto yo podré dar con su paradero, porque mi cuerpo astral podrá viajar por todos los rincones más allá del universo, y en alguno de estos lugares te encontraré. Ella te condenó al infierno en una de tus pesadillas, y no ha venido para librarte de esta maldición. Ahora ya no es necesaria su presencia. Tengo que comunicar esta penosa noticia a Noemí, porque ella, a pesar de la oposición de su madre, le tenían un gran afecto. Ha muerto cuando faltan unas horas para un nuevo amanecer. No vale la pena despertar a Noemí tan temprano. Ya no es necesario que se apresure, su padre ya no la necesita. Esperaré a que amanezca. Me siento como si yo fuera la mensajera de la muerte, pero de una muerte esperada. Nadie se sorprenderá. Quienes conocieron su diagnóstico ya solo esperan leer su nota necrológica en la prensa o en la red, y exclamarán aquellas frases de condolencia que habrán escuchado en otras defunciones de otros personajes famosos. «Pobre, ha muerto en la flor de su vida y en la cúspide de su popularidad»; «Ha muerto cuando lo había tenido todo menos la salud»; «Así acaban sus vidas la mayoría de los grandes personajes: siempre antes de lo previsto»; «Los artistas viven a un ritmo e intensidad insano, por eso mueren temprano», etc. Creo que en el fondo llevan razón. El alma es lo que da vida al cuerpo y si abusamos de nuestra alma, abusamos también de nuestro cuerpo. Al final, el alma exhausta, pierde sus defensas y las pierde también el cuerpo, y sobreviene la inevitable enfermedad mortal. Mi desdichado amigo estaba condenado, porque vivió abusando de su alma desde que tuvo conciencia de su existencia. Amanece, pero este no es el mismo sol de ayer, ni las mismas estrellas que se desvanecen. No es la misma brisa matutina, ni el mismo color azul del cielo. No es la misma ciudad, ni la misma calle. Porque esta noche ha muerto un escritor, y cuando un escritor muere algo muere en el alma colectiva del mundo, porque los escritores y los artistas somos el alma del mundo. Con gran dolor de mi corazón me decido a llamar a la desdichada Noemí para comunicarle la triste noticia. Ella no responde, pero recibo un mensaje del contestador de su móvil: «Lo siento, no estoy disponible. Me dirijo a la localidad de mi madre. Me acaban de comunicar que la han encontrado muerta por congelación en la carretera cuando se dirigía a pie a la estación del ferrocarril. Estoy desolada y no puedo hablar. Déjame tu mensaje». Me siento profundamente afectada y, al mismo tiempo culpable, porque juzgué prematuramente a esa mujer. ¡Espero que me perdone! No obstante, ha tardado demasiado en perdonarle. Es ella quien hubiera tenido que estar estrechando su mano cuando expiró. Sin duda que ha encontrado la muerte cuando intentaba acudir a la llamada de su falsa novela, pero cuando ya era demasiado tarde. Nuevamente el destino se vuelve incomprensiblemente contra mí, y ella volverá a ser mi rival después de su muerte, porque los tres nos volveremos a encontrar más allá de esta atormentada vida. 44. El último viaje La infeliz Noemí ha tenido que hacerse cargo de dos sepelios en pocos días. Ha asistido al de su madre y, apenas ha tenido tiempo de llorarla, cuando tiene que hacerse cargo del de su padre. El hospital se ha encargado de su incineración y le ha entregado las cenizas. Ahora tiene que cumplir con la última voluntad de su padre y esparcirlas en el mar. Me ha pedido que la acompañe y saldremos para la costa mañana a primera hora. —¿Cómo murió mi padre —me pregunta Noemí cuando regresamos en un taxi a su apartamento, sin poder ocultar en su mirada una gran tristeza y su delicado rostro desfigurado por el dolor. —Creo que en paz, pero no puedo decirte más porque apenas podía hablar, solo puedo decirte que su semblante era sereno y parecía haber aceptado la muerte con resignación. —¿No mencionó a mi madre? —No podía hablar, pero estoy seguro que la tendría en sus últimos pensamientos. —El taxista de la localidad me dijo que intentaba coger el primer tren de la mañana para reunirse con mi padre, y que él no se atrevió a llevarla a la estación, por lo que ella intentó llegar a pie. —¿Por qué no esperó a que despejaran la carretera de la estación? —le pregunto, aunque yo puedo suponer la razón. —No lo sé, pero he encontrado un breve verso que escribió la noche de su muerte: «Esta noche no hay estrellas y no dejará de ser noche Esta noche no habrá luna, y nunca será de día.» Debió presentir también ella su muerte, porque no creía poder ver a mi padre con vida. Pero lo intentó y le costó también a ella la vida. Estén donde estén, mis padres se habrán reconciliado y por fin tendrán la paz que merecen. Escucho a Noemí y no puedo evitar un injusto deseo de que no se cumplan sus esperanzas. ¡No puede interponerse entre nosotros también después de muerta! Ya estamos en el apartamento de su padre. Yo no puedo evitar tener la sensación de su presencia, como si todavía su alma no hubiera salido de esta habitación y no pudiera salir por alguna razón que solo él debe saber. Noemí recorre con la mirada todo lo que perteneció a su padre, y que ahora le pertenece a ella, pero no parece que le preste interés. Ha ido a la estantería y selecciona una de sus novelas. Contempla la fotografía de su padre en la contraportada, y no puede contener el llanto. —Alicia, ¿cómo era mi padre realmente? Tú debiste conocerle mejor que yo. —Creo que sobre todo tenía miedo de condenarse, porque nunca pudo vivir de acuerdo a sus deseos por culpa de sus constantes remordimientos. Era un alma atormentada que escribía novelas para olvidarse de la causa de sus tormentos. —¿Tú le amabas? —Sí, le amaba, pero él nunca me correspondió. —Entonces ¿por qué no le abandonaste? —¿Abandonarle? ¿Cómo puedes abandonar lo que ya es una parte de ti? —Y ahora, ¿que harás? —Escribiré una novela sobre el viaje que hará tu padre por el cosmos. ¡Su vida después de muerto! —¡Pero eso es imposible! Supongo que te lo imaginarás. ¡Nadie ha podido reunirse con los muertos! No quiero alarmar a Noemí y explicarle que yo puedo desdoblar mi personalidad y separar mi cuerpo astral del físico. Lo he experimentado una vez y lo lograré una segunda vez. La primera apenas me moví a cortas distancias de mi cuerpo físico, pero esta nueva experiencia tengo que tomar todas las precauciones necesarias para que nadie perturbe mi concentración, porque tardaré mucho tiempo en regresar. —Sí, por supuesto que me lo imaginaré. —¿Dónde crees tú que estará en estos momentos? —noto en su mirada que se siente inquieta y temerosa, pero debe acostumbrarse a los fenómenos paranormales, porque sus padres intentarán ponerse en contacto con ella por medio de sus sueños, y debo prevenirla. —Creo que está aquí, porque su alma todavía no se habrá desarraigado totalmente de las emociones que le trasmitirán los objetos con los que ha tenido contacto en vida. —¿Y crees que nos estará viendo y escuchando? —me pregunta sin poder disimular su inquietud. —No, ni nos ve ni nos oye. Solo puede ponerse en contacto con nosotros a través de nuestro cuerpo astral, lo que sucede durante los sueños. Tienes que estar prevenida, porque es probable que aparezcan en tus sueños, y querrán saber en qué estado de ánimo te encuentras. Pero es probable que no hagan ninguna referencia a sus muertes, sino que aparecerán en escenas que no tendrán ningún sentido para ti. En los sueños no tenemos control de nuestra imaginación ni del tiempo ni del espacio. Creo que no debí hablarle de esta posibilidad. Ahora parece realmente asustada y lo estará más cuando llegue la noche y se enfrente a los sueños. Amanece un día brumoso y desapacible. No es el más adecuado para diseminar sus cenizas. Hemos quedado en la estación del ferrocarril, donde tomaremos un tren que nos dejará en una localidad costera. Noemí ya me está esperando en la entrada de la estación. Todavía tenemos tiempo de tomar un té caliente, que nos levante el ánimo. Nos hemos sentado en la misma mesa en que estuvo por última vez con su madre. Ella parece que ha recuperado su entereza. —Ahora sé por qué mi pobre madre me dio aquellos tristes consejos. «No esperes consuelo de nosotros. Si necesitas consuelo, aprende a consolarte tú misma». Yo presentí su muerte. Cuando se alejó de mí, ¡tuve el presentimiento de que esa era la última vez que la vería con vida! Durante el viaje a la costa apenas hemos intercambiado algunas palabras sobre el tiempo desapacible. Al otro lado de la ventanilla el paisaje parece participar de nuestra profunda tristeza. Una densa niebla se cierne sobre las pequeñas poblaciones que vamos dejando atrás. Es difícil creer que pueda haber gente feliz en un paisaje tan deprimente. A veces el tren circula junto a la carretera, y podemos ver los automóviles que circulan a la misma velocidad, ocupados por gente con obligaciones y responsabilidades que no piensan en la muerte, pero tampoco tienen oportunidad de pensar en la vida. ¡Viven, eso es todo! 45. Las cenizas A medida que nos aproximamos a la localidad costera se puede sentir el olor a salitre. Salimos de la pequeña estación del ferrocarril y es fácil orientarse y saber dónde está el mar, porque el frescor de la brisa marina nos indica claramente la dirección. El cielo parece un inmenso manto grisáceo, y una fría y húmeda niebla confunde las formas de las cosas. Los automóviles circulan con las luces encendidas a pesar de no ser todavía mediodía. Hay poca gente en las calles, parece una ciudad fantasma. Nos encaminamos al paseo marítimo. No está lejos. Ya se escucha el escandaloso graznido de las gaviotas. La calle de la estación desemboca directamente en un sencillo paseo marítimo, tan desolado como el resto. Ya podemos escuchar las olas chocando con la pared del paseo. Desde este paseo divisamos el mar, pero no puede verse la linea del horizonte, que se confunde con el cielo por su tono grisáceo y la densa neblina. A un lado del paseo hay un pequeño espigón, donde están amarradas unas pocas embarcaciones pesqueras, que seguramente no se han hecho a la mar por el temporal. Elegimos ese lugar para esparcir las cenizas. —Es muy triste acabar una larga vida de ilusiones, proyectos y ambiciones —comenta Noemí preparándose para volcar en el mar los restos de su padre—, en un puñado de polvo que se lo llevará las corrientes hasta el fondo del mar, y así termina su desgraciada historia. —Es solo su cuerpo, su alma seguirá existiendo, como seguirán existiendo sus obras. Un grupo de hambrientas gaviotas revolotean alrededor, sin duda deben creer que los restos que Naomí esparce sobre el agua puede ser alimento. —Ya se ha cumplido su deseo —me comenta sollozante—. ¡Ya no habrá mas muertes; ya no necesitamos esta urna! Con un gesto airado, arroja también la pequeña urna al mar. Se seca las lágrimas con el dorso de la mano, me coge enérgicamente del brazo y nos alejamos de aquel lugar. —«Si necesitas consuelo, aprende a consolarte tú misma». ¡Sí, mamá, ya he aprendido! Noemí ha recobrado el ánimo. La vida sigue y carece de utilidad llorar a los muertos. Bastante les hemos llorado cuando estaban vivos. De los muertos solo queda el recuerdo y él ha dejado un buen recuerdo. No es motivo de llanto. Me asombra su entereza, pero en realidad hasta hace solo unos meses ha sido huérfana desde que nació. No es de extrañar su comportamiento. El viaje de regreso es tan silencioso como el anterior. Noemí parece ausente, o tal vez esté pensando en su futuro como huérfana. Tiene su mirada perdida en el paisaje brumoso que vamos dejando atrás. Parece reaccionar a algún pensamiento que le obsesiona, porque de improviso se vuelve hacia mí y me comenta: —Tenías razón, esta noche he soñado con mis padres... —guarda un elocuente silencio, como si se preguntara si debe desvelarme su sueño—. Yo estaba sentada en un banco del parque y mi padre apareció de pronto y se sentó junto a mí, pero estaba muerto. Yo le pregunté por qué había abandonado a mi madre, y, de súbito, ella apareció sentada junto a él, pero también parecía estar muerta. No podían responder a mi pregunta. De pronto apareció un policía, y dirigiéndose a mí, me dijo. «Perdone, pero los muertos no pueden estar en el parque. Llévelos al cementerio y entiérrelos». Yo no sabía qué contestar, estaba aterrada. Pero incomprensiblemente, los dos se incorporaron, y dirigiéndose al policía, mi padre le dijo: «No es necesario que nos entierre ella, nosotros mismos nos enterraremos. Adiós Noemí, no tardes en reunirte con nosotros...», y desaparecieron hundiéndose en el suelo del parque. En ese momento desperté —guarda un silencio sepulcral, parece muy afectada por el sueño—. ¿Qué puede significar este sueño, Alicia? —¡Que tus padres te echan de menos! —respondo sin vacilar. —¿Quieres decir que desean mi muerte? —Para ellos ahora tu vives en la muerte, y ellos en la vida. Se han cambiado los papeles, por eso quieren que te reúnas con ellos. Es posible que este mismo sueño vuelva a repetirse, aunque con diferente argumento, y volverán a insistir en que te reúnas con ellos. Tienes que ser fuerte y no dejarte obsesionar por lo que escuches de tus padres durante el sueño. Aunque suceden en la dimensión astral, están perturbados por tu propio subconsciente. —¿Quieres decir que subconscientemente deseo morir y reunirme con ellos? —me pregunta alarmada. —Sí, pero es por causa de tu estado de ánimo actual. Lo superarás y tus padres ya solo aparecerán en tus sueños cuando los añores. Noemí parece reconfortada por mi explicación. Pero sigue sumida en sus pensamientos, y vuelve a perder su mirada en el paisaje brumoso que contemplamos al paso del tren. Noemí parece salir nuevamente de sus lúgubres pensamientos, se vuelve hacia mí y me confiesa: —¡Me gustaría ser como tú, Alicia: segura de quién eres y lo que deseas hacer de tu vida. Pero ¿quién soy yo? La hija no deseada de dos soñadores que fueron amantes de la literatura, pero que no entendieron el significado de la palabra amor, a pesar de que la escribieron cientos de veces. ¿Qué debo hacer? Ya no estoy segura de que quiera escribir, ¡con el ejemplo de mis padres he tenido suficiente! Tal vez, como dijo mi madre, sería una excelente doctora. No estoy segura de si debo animarla a que siga la vocación de sus padres, pero precisamente porque ellos no supieron combinar sus ambiciones mundanas con sus relaciones personales, Noemí aprenderá de los errores de sus padres y podría ser una excelente escritora sin necesidad de arruinar su vida. Sí, creo que debo animarla. ¡Sería el mejor tributo que rendiría a sus malogrados padres! —Noemí, en estos tiempos en que ya nadie cree en lo que escuchan o ven, solo pueden creer en lo que pueden imaginar, ¡y los escritores podemos proporcionarles esas imágenes del mundo que desearían escuchar o ver! Lamentablemente son mayoría los escritores que se regocijan en recrear las nauseabundas imágenes de lo que ya no podemos creer ni deberíamos ver. ¡Tú puedes ser una escritora que ilumine a los lectores! —Pero ¿cómo sé si tengo el talento necesario para no quedarme en la mediocridad? —Mi querida amiga, ¡eso nos preguntamos todos! No sabrás la respuesta hasta que no hayas superado unos cuantos fracasos, porque cada fracaso significará que has elegido un mal camino, y debes rectificar hasta que encuentres el tuyo propio. El talento consiste en ser tú misma. El tren está entrando en la estación central. Noemí no se trasladará al apartamento de su padre, porque no quiere vivir sola. Prefiere seguir viviendo con sus compañeras de la facultad, pero me ha sugerido que, si lo deseo, puedo acuparlo yo. La idea es muy atractiva, porque me facilita mi experiencia. Acepto su ofrecimiento, al menos por lo que reste del curso, y me trasladaré lo antes posible. 46. (Narradora: Alicia Ya estoy instalada provisionalmente en el apartamento del padre de Noemí. Es una sensación difícil de describir, porque todos los objetos del apartamento tienen algo de él, y aún tengo viva la memoria de su cuerpo muerto sobre la cama en que me dispongo a dormir. Pero no siento ningún temor, sino todo lo contrario, dormir en la cama donde todavía están los eflujos de un difunto es la mejor forma de comunicarse con él. Soy consciente de los riesgos y desconozco qué puede haber más allá de esta dimensión. Puede que se encuentre atrapado por alguna fuerza superior y mi energía no sea suficiente para liberarle. Pero también puede haber alcanzado alguna dimensión que se asemeje al Cielo, y mi viaje será en vano. De cualquier modo, su destino estaba escrito en las estrellas desde el día de su nacimiento, y se habrá cumplido sin apelación posible. Sobre todo tengo que asegurarme que nadie perturbará mi sueño mientras mi espectro se encuentre separado de mi cuerpo. Tengo que desconectar todo lo que pueda sonar, incluido el teléfono y todo lo que cree campos magnéticos, lo que me temo que será imposible de eliminar, y no se cómo me afectará. Después de todo, cuando me separe del cuerpo seré solo energía y no sé cómo pueden afectarle otras fuentes de energía que pueda haber en el apartamento. Es un riesgo que tengo que correr. La otra duda es, en el caso de que se encuentren nuestros espectros, saber cómo nos comunicaremos, porque en el encuentro solo nos podremos comunicar a través de nuestros pensamientos, para lo que deberemos ascender al plano mental. Si lográsemos alcanzar esa dimensión no podremos ocultar nuestros pensamientos, por lo que es imposible la mentira o el engaño, y todo debe suceder con total transparencia. Esa debe ser la maldición de la vida material: ¡la posibilidad de engañar y mentir, la causa de todos los desastres de este mundo! ¿Qué sucederá si no pudiera volver a mi cuerpo? ¿Moriré yo también? ¡Sería un suicidio, lo que supone ir contra mi destino escrito en las estrellas y mi alma vagaría, sin encontrar reposo, ¿hasta cuándo? ¿Pero cómo tener una noción del tiempo donde no hay más que energía? Todo es muy confuso, y sé que corro un gran riesgo. Pero ¿qué sentido tiene ya mi existencia en este mundo? He entregado mi corazón a un difunto y ahora no tengo otra opción que reunirme con él, ¡tanto si está en el Cielo como en el Infierno! Este fin de semana podría ser el día señalado para el encuentro, porque Noemí viajará a la localidad de su madre para gestionar los trámites de su herencia y no existe el riesgo de que pueda presentarse de improviso. Tampoco espero visitas inesperadas, porque en los últimos meses de su vida no tenía más amigo que su agente literario. Su negativa opinión sobre los escritores actuales le causó la enemistad con los que tenía alguna relación. De todas formas dejaré una nota en la puerta para asegurarme de cualquier otra eventualidad. Esta noche será el gran viaje. Quiero aprovechar estas horas previas para dejar por escrito lo que me propongo hacer, y espero poder escribir también lo que haya podido suceder a mi regreso. Para relajarme, doy un largo paseo por el mismo parque en el que le declaré mi amor. Es un paseo lleno de nostalgia y de profunda tristeza. Todo lo que veo me recuerda su amable persona, y a veces tengo la sensación de que está paseando junto a mí y me hace nuevas preguntas, pero esta vez son sobre los misterios de la vida y la muerte, para los que no tengo respuestas. Me siento en un banco y recuerdo el sueño de Noemí, me gustaría que me sucediera a mí, pero eso solo pasa en los sueños, la realidad es más terca, se niega a cambiar sus rígidas normas y todo sucede como está previsto que suceda. Estoy de nuevo en el apartamento y escribo las notas sobre la experiencia de esta noche. Ya oscurece. Es un gélido día de finales del invierno. Es posible que nieve. Por alguna razón la nieve me deprime. No me gusta, porque siento como si me estuviera callendo en mi alma. Me gustan los países cálidos, porque son más acogedores y la vida es más sencilla. Escucho los oratorios de Bach, porque creo que es la música que debe escucharse en el Paraíso. Me tiendo sobre la cama y me preparo para la concentración. 47. (Narrador: el difunto) Sé que he fallecido. He sentido una extraña vibración y lo que debe ser mi alma se desprende de mi cuerpo. Alicia ya se ha dado cuenta de mi fallecimiento y ha soltado mi mano, que cae ya inerte. Siento que una fuerza me impulsa a salir de mi apartamento, y traspaso la pared sin ninguna dificultad. Ahora estoy viajando a una velocidad vertiginosa, y me dirijo hacía la luz que vi en el momento de mi fallecimiento. He entrado en una extraña dimensión y continúo mi viaje atravesando un espacio en semi tinieblas. En esta dimensión veo multitud de espectros atrapados, que me imploran ayuda y tratan inútilmente de retenerme, porque sus manos crispadas penetran en mi espectro sin poder asirlo. Por su aspecto y vestiduras deduzco que algunos están en estas tinieblas desde hace miles de años. También creo que se trata de personas que han debido morir de forma violenta, porque sus espectros están horriblemente mutilados. Algunos carecen de extremidades, otros de cabeza y la mayoría muestran heridas posiblemente causadas por las guerras o accidentes, por las que habrán muerto. Pero ¿por qué permanecen en estas tinieblas y no ascienden a la zona luminosa donde parece que me dirijo yo? Noto una importante diferencia entre ellos y yo, donde debe estar la explicación. Mi aura es absolutamente resplandeciente, las de ellos están oscurecidas. Tal vez al morir con la conciencia tranquila y en paz, mi aura se cargó con energía positiva, que le confiere ese resplandor. He descrito este fenómeno en una de mis novelas, fruto de mi intuición, pero que ahora compruebo que era acertada. Por esta razón mi alma debe ser atraída directamente hacia la fuente de luz. Debe tratarse de un efecto simple de atracción electromagnética. Por esta razón, supongo que quien muere con la conciencia intranquila, de improviso o por accidente, el alma debe contener energía negativa que oscurece el espectro, y en esas condiciones deben de ser atraídos solo hasta esta dimensión, que debe ser la astral, la primera dimensión de donde están los que han muerto. Estas almas están suspendidas entre lo que los teólogos llaman el Cielo y el Infierno, que debe ser el Purgatorio. Su desesperado intento por adherirse a mí debe ser para que les transfiera la energía positiva que necesitan para entrar en una nueva dimensión que les lleve hasta la luz a la que me dirijo yo. Pero no parece que esta transferencia sea posible entre espectros. Posiblemente esa energía positiva que necesitan se les debe poder transferir desde el mundo físico, con invocaciones, oraciones o cualquier otra forma que desconozco, dirigidas especialmente a ellos y que les muestren su afecto. Sigo viajando a una velocidad que posiblemente sea la de la luz, pero todavía no he salido de esta dimensión donde posiblemente haya millones de almas en similares condiciones. Si este es el Purgatorio, donde las almas no están lo suficientemente iluminadas para alcanzar el Cielo, aquellas personas que mueran y que hayan cometido faltas que no tengan redención, sus auras estarán cargadas de energía negativa, y deben aparecer absolutamente oscuros, por lo que no podrán elevarse y permanecen en el mundo físico, y esto debe ser el Infierno de las almas en pena de la teología, y que por alguna causa que desconozco, pueden aparecer como muertos vivientes, o zombies. No tengo otra explicación. He atravesado otro plano cósmico y, por fin, estoy en la dimensión de la luz cegadora que me atrae irresistiblemente desde el instante de mi muerte. Tiene las mismas luminosidad que mi alma. Sin sombra que la oscurezca. Mi viaje por las dimensiones del cosmos parece que termina aquí, porque he dejado de moverme a velocidades vertiginosas. También aquí tal vez haya millones de almas luminosas como la mía. Todas parecen tener la mismo aspecto juvenil, no deben tener más de 18 ó 20 años, y permanecen suspendidos en esta inmensa dimensión luminosa. Mi espectro se mueve lentamente entre ellos. Me sonríen y parece que me dieran la bienvenida. Me detengo frente a un espectro que asombrosamente tiene mi apariencia de cuando tenía 18 ó 20 años, y estaba todavía en la universidad. Parece que sea mi doble. Ha ocurrido algo extraordinario: siento una extraña vibración y mi doble se ha fusionado penetrando en mi espectro. Ahora también yo tengo su misma apariencia. Me siento confundido, pero al mismo tiempo siento una gran sensación de bondad indescifrable. Una de las almas que ha contemplado mi transformación se acerca a mí y parece que desea comunicarme algo. Yo intento leer sus pensamientos, pero no escucho nada. Instantes después se acerca a mí otra alma todavía más resplandeciente, y, como la anterior, creo que está intentando que escuche sus pensamientos. ¡Le escucho! —¡Bienvenido a la dimensión luminosa, porque tu alma solo tiene energía positiva, y brilla como la luz que genera la fuente que alumbra y ha creado el cosmos! Una extraordinaria fuente de energía positiva, situada en una dimensión todavía más elevada, y que su luz es la creadora de todas las ilusiones visible e invisibles del cosmos. Cuanto más luminosa es nuestra alma, más nos acercamos a esa extraordinaria fuente de luz. Allí están las almas de los más virtuosos personajes de la historia, como Sócrates, Jesucristo o San Juan de la Cruz. Yo también soy una entidad luminosa superior y puedo comunicarme con cualquier alma, pero tú solo puedes comunicarte con los que hayas tenido contacto en vida y sientan afecto por ti. De ellos podrás escuchar sus pensamientos, pero ellos no podrán leer los tuyos. —Pero ¿qué me ha sucedido? ¿Quién era ese doble mío? ¿De dónde ha surgido? —Escucho tus pensamientos y contestaré a tus preguntas. Cuando nos gestan se generan dos entidades espirituales. Una tiene la forma del espacio que llegaremos a ocupar en el límite de nuestro crecimiento. Esa entidad está compuesta por energía positiva y permanece en esta dimensión. En ella está escrito nuestro destino. La otra entidad espiritual permanece en el embrión, que lo anima. Su energía es variable y depende de los procesos de su conciencia, que pueden generar energía positiva o negativa. Nuestro destino se cumple cuando actuamos de tal manera que se mantiene con energía positiva hasta el instante de nuestra muerte. De lo contrario actuamos en contra de nuestro destino y al morir no podemos fusionarnos con nuestro doble energético y permanecemos en una dimensión intermedia o en el mundo físico, si nuestra conciencia no tiene redención. Ese doble tuyo ha seguido tu desarrollo personal, y ha estado a tu lado siempre que lo invocabas. ¡Era tu ángel custodio! —¡Sí, ahora recuerdo mi experiencia en el pequeño parque de la iglesia horas después de conocer mi diagnóstico, en la que creí que un ángel estaba sentado en mi mismo banco. Debía ser este doble mío, al que yo había invocado previamente. —Ahora estás constituido tal y como estaba previsto en tu destino. ¡Ya no hay dualidad en ti, sino una absoluta unidad energética! Mi extraño viaje hasta esta dimensión luminosa ha concluido al reunirme con mi doble personalidad. Es como si a partir de este momento empezara una nueva vida eterna, pero no puedo decir que sea feliz, porque sería aceptar la infelicidad, desconocida en esta dimensión. Es un estado neutro, indescriptible, carente de toda angustia, temor o inquietud. Posiblemente la expresión adecuada sea «beatífico». Pero afortunadamente no estoy completamente separado de mi realidad física anterior, porque, en efecto, puedo escuchar los pensamientos de quienes se acuerdan de mí y me invocan, aunque débiles, como un susurro. En estos instantes Alicia me está invocando y escucho débilmente sus pensamientos. Me temo que está a punto de cometer una grave imprudencia, porque pretende unirse a mí en el plano astral, donde yo no estoy, y ella nunca podrá acceder a esta dimensión luminosa mientras esté viva. Si el cuerpo astral de Alicia penetra en la dimensión de los muertos corre el riesgo de que no pueda reincorporarse a su cuerpo físico, y es muy posible que se quede también atrapada en las tinieblas del Purgatorio, ¡y ya no podrá reunirse conmigo, como era su deseo! Tengo que encontrar la manera de comunicarme con ella y hacerla ver el riego que corre si persiste en su intento. Ahora no soy más que un contingente de energía sutil invisible, pero que puede desplazarse al mundo físico. Corro el riesgo de contagiarme con energía negativa y no poder regresar a esta dimensión, pero no puedo permitir que Alicia se condene por mi culpa. ¡Tengo que intentarlo! 48 He regresado a la dimensión del mundo físico y estoy a los pies de la cama donde yace Alicia. Está acercándose al estado de concentración donde puede producirse el desdoblamiento de su cuerpo astral. Si provoco una descarga de energía tal vez consiga encender la lámpara de la mesita de noche e interrumpir su concentración. Consigo que la lámpara parpadee y afortunadamente Alicia ha salido bruscamente de su concentración. Contempla extrañada la lámpara, pero no lo asocia con mi presencia. La desenchufa y vuelve a concentrarse. Tengo que intentarlo de nuevo y espero que se de cuenta de que trato de comunicarme con ella, porque la energía de mi áurea decae. Consigo que vuelva a parpadear débilmente, y Alicia se ha sobresaltado. Creo que ha comprendido que soy yo quien lo provoca. —¿Eres tú? ¿Estás aquí? Vuelvo a hacer parpadear la lámpara. Alicia ha comprendido que es mi respuesta. —¡Entonces, no has salido de tu apartamento, tal como yo suponía! Pero no puedes comunicarte conmigo. Ten paciencia pronto me reuniré contigo. Tal vez esta misma noche. Estoy intentando concentrarme y lograr desdoblar mi cuerpo astral, y entonces podremos comunicarnos y me podrás contar dónde te encuentras! Intento hacer parpadear de nuevo la lámpara pero es inútil. No podré evitar que se desdoble y entre en la dimensión de los muertos, y si llega a esa dimensión y queda atrapada no podré rescatarla. Solo espero que su alma no se condene y no pueda ya salir del mundo físico, lo que podría suceder si muere, porque el suicidio es una falta grave, ¡y llenaría su alma de energía negativa! —Por si me escuchas te comunico que la madre de Noemí también ha muerto —Alicia no sabe que no puedo escuchar cuando me habla, pero sí sus pensamientos, y se confirma mi presentimiento de la muerte de la madre de Noemí. Pero está pensando que confía en que no nos hayamos encontrado, porque sigue considerándola su rival, incluso después de muerta. Si la madre de Noemí está muerta debería poder comunicarme con ella. Tal vez sea que por no haberme dado su perdón antes de morir esté en el Purgatorio. ¿Pero, cómo saber dónde se encuentra? Debería escuchar sus pensamientos para saber dónde dirigirme, de otro modo me resulta imposible encontrar su alma entre millones de almas. Tal vez sus pensamientos no me mencionen y solo piense en la desdichada Noemí. Eso lo explicaría. Alicia vuelve a estar al borde de su proyección astral. Si lo consigue nos volveremos a encontrar, pero será por breve tiempo, porque ella debe regresar a su mundo físico de los vivos y yo al mío energético de los muertos. Son inútiles todos sus esfuerzos, nuestros destinos no se encuentran ni en la vida ni en la muerte. Siento verdadera lástima por esta mujer, pero ahora sé que es inútil luchar contra lo que está escrito en las estrellas. Debe ser el estigma de que ella me hablaba. El cuerpo de Alicia parece agitarse. Está vibrando. Mueve la cabeza de lado para otro, como si algo estuviera intentando desprenderse del cuerpo. Sí, lo está consiguiendo, y el espectro de su cabeza se desprende de su cuerpo, y el resto de su cuerpo astral también. Su cuerpo físico ha quedado en absoluto reposo, sin duda que duerme profundamente, mientras ella sueña su desdoblamiento. Sus primeros movimientos son imprecisos, se eleva lentamente pero mantiene sus ojos cerrados. Un delgado hilo de energía la mantiene unida a la vida. ¡Confío que no se rompa! Su ascensión se ha detenido. Abre los ojos y me contempla asombrada, pero no puede hablar. Ahora deberá leer mis pensamientos y yo los suyos. —Alicia, ¿por qué lo has hecho? —¡Está aquí! ¡Lo he conseguido! Pero ha cambiado iu aspecto, ¡ahora es un hombre joven! —¡Alicia, lo que has conseguido es poner en riesgo tu vida! —Me reprocha lo que hago, solo por estar a su lado. —Alicia, puedo escuchar tus pensamientos. Sí, tengo que reprochártelo. Ahora no podrás reunirte conmigo. Yo estoy muerto y tú estás viva... —¡Entonces si mi muerte puede solucionar nuestras diferencias, no volveré a mi cuerpo! —No conseguirías nada, porque sería un suicidio, y sabes que tu alma se condenaría y no podría separarse del mundo físico. ¡Renuncia a este amor inútil y peligroso para los dos! —¿Tú me lo pides? ¿No he sido tu fiel compañera hasta tu último suspiro? —Alicia, estás poniendo en peligro también mi salvación. Estos reproches, que sé que no son justos, harán que mi alma se contamine con energía negativa, y puede impedirme volver a la dimensión de la luz en la que había logrado ascender. Por el bien de los dos, ¡renuncia! —Lo entiendo... mi estigma me persigue también aquí, entre los muertos. Deseas estar con ella por toda la eternidad. ¿No es así? Si renuncio me condenaré de todos modos... —¡Pero salvarás mi alma, y también la de ella! —¡Os habéis encontrado! ¡Ella, con su inesperada muerte, ha ganado! —No, Alicia, no nos hemos encontrado. No sé dónde pueda estar. Tal vez nunca nos encontremos. Pero donde estoy el tiempo no existe. ¡Te esperaré, pero tienes que morir en paz con tu conciencia! No te asuste la vejez, cuando te reúnas conmigo volverás a tener 18 años. —¿Y ella? —Alicia, donde nos reuniremos no existe la felicidad ni la desdicha, solo la bondad; allí no podrás amarme ni odiarme; los tres podremos gozar de esa infinita bondad eternamente, y cuando le llegue su hora, confío en que también Noemí se reunirá con nosotros. —¿Me pides que deje consumir mi vida con la esperanza de compartir eternamente contigo la bondad de tu Paraíso? —!Sí, te lo ruego! —¿No tengo elección? —El Infierno ahora o el Cielo cuando la muerte quiera llevarte. —¡Me das a elegir entre dos infiernos! —Sí, Alicia, pero uno puede durar 30 ó 40 años y el otro la eternidad... —Supongo que debo renunciar y despedirnos hasta dentro de 30 ó 40 años, ¡y ni siquira puedo estrechar la mano que sostuve en el instante de tu muerte! —Así debe ser, Alicia... Pero tengo que pedirte algo más... Es sobre la madre de Noemí. Temo que esté retenida en un espacio tenebroso, intermedio entre el Cielo y el Infierno. Para que se libre de esta oscura dimensión necesita la ayuda de alguien vivo, que le trasmita la energía positiva que le ayude a ascender a un plano superior, y tú puedes ayudarla, y al mismo tiempo, ayudarte a ti misma para ganar tu salvación... —¿Me pides que salve a mi rival? —Ya no es tu rival, es un alma, que igual que tú, merece ascender a la dimensión de la luz y salir de las tinieblas donde puede que se encuentre. —¿Y qué puedo hacer por ella? —¡Reza por ella! —¡Nunca he rezado; no sabría cómo hacerlo! —Solo tienes que invocar su nombre y mostrarle tu afecto. Eso será suficiente para trasmitirle energía positiva. Trasmite este deseo también a mi hija, Noemí, que rece también por su madre, y entre las dos la salvareis. —¡Qué triste es mi destino! —No, querida Alicia, en el mundo de los vivos no hay mayor dicha que sentirse útil y necesario. Entrégate el resto de tu vida a escribir novelas con argumentos que inciten a la generosidad y la bondad, y vivirás feliz hasta que llegue tu hora y te reúnas con nosotros. —¡Ni siquiera tengo el consuelo del llanto! —Vuelve con los vivos y podrás aliviar tu corazón con el llanto. —Adiós entonces. ¡Hasta que la muerte nos una! —Adiós, mi querida Alicia, te esperaré en el cielo... Su espectro vuelve a unirse con su cuerpo, que permanece inmóvil. No puedo escucharlo, pero noto por su triste expresión que debe estar a punto de llorar. Ahora se lleva las manos al rostro y debe sollozar amargamente. ¡Pobre Alicia, nadie más que ella merece entrar en el Paraíso! 49. (Narradora: la madre de Noemí) ¿Por qué estoy encerrada en estas tinieblas? ¿Es este el destino de los muertos? ¿Dónde me encuentro? He visto mi cuerpo congelado al borde de la carretera mientras mi alma ascendía hasta llegar este tenebroso lugar. Sí, debo de estar muerta. ¡He sido una imprudente, y lo he pagado con la vida! ¿Qué será de mi pobre Noemí? Pretendía salvar a alguien de sus remordimientos y muero yo sin tener a nadie que me salvara de los míos! ¡Es este lugar el Infierno que merezco! ¡Sufriré esta angustia eternamente! Creo ver un pequeño resplandor que se aproxima a mí. Ahora distingo el espectro de un joven... ¡Oh, Dios mío; es él! ¡También él ha muerto! Pero es tal como era cuando le conocí hace veinte años! Sí, es él; es el mismo joven inquieto y ambicioso que leía mis poemas en el campus de nuestra universidad; con la misma sonrisa burlona; el mismo encanto en su mirada. Me avergüenzo de que me encuentre envejecida, aunque no sea más que un fantasma. Tal vez haya escuchado mis lamentos. ¡La muerte nos une de nuevo! Se acerca a mí y puedo escuchar sus pensamientos: —Mi querida amiga y admirada poeta, nos volvemos a encontrar en extrañas circunstancias. He sabido de tu triste muerte en la nieve cuando te disponías a velar mi lecho de muerte. Tan pronto como he escuchado tus lamentos me he apresurado a reunirme contigo. ¡No sé por qué estás en este tenebroso lugar, pero yo te ayudaré y te devolveré en la muerte con creces lo que has sufrido por mi culpa en vida. Yo necesitaba tu perdón para morir con la conciencia en paz, pero mi sincero arrepentimiento y las ayudas de nuestra hija y de esa extraordinaria persona, Alicia, me salvaron del infierno. —Yo te hubiera perdonado, pero la muerte se interpuso. Pero, ¡por el amor de Dios!, ¿puedes decirme dónde me encuentro? —Estás a medio camino entre el Cielo y el Infierno; en el Purgatorio. Tu conciencia no debía estar en paz en el momento de morir, y se contaminó con energía negativa, lo que te impide ascender a una nueva dimensión, donde yo me encuentro. Pero no temás, tu hija Noemí y Alicia de sacarán de aquí y podrás reunirte conmigo. —Nunca he hecho mal a nadie, ¿por qué merezco este castigo? —No tengo la respuesta. La energía y su relación con la conciencia tiene su propia norma, pero supongo que la energía positiva o negativa que acumula nuestra alma depende de estado del estado de nuestra conciencia en el momento de la muerte. —Entonces merezco estar en este siniestro lugar, porque fui una imprudente... ¡pero tenía una buena causa! —No hubiera servido de nada, porque yo fallecí el mismo día. ¡Ya era demasiado tarde! —Pero yo no sabía las razones que te llevaron a ese burdel aquella noche, y que cuentas en tu última novela. Si lo hubiese sabido, yo te habría perdonado desde el primer encuentro. —¡Yo no he escrito ninguna novela describiendo ese desgraciado suceso! —Noemí me envió una copia que le había entregado Alicia... —¡Alicia! Ella escribió ese libro y alteró los hechos para que tú acudieras a cofortarme en mi lecho de muerte. No sé que habrá relatado sobre aquel desgraciado suceso, pero tu impresión fue la verdadera: ¡yo te traicioné! —¿Es también este engaño parte de mi trágico destino? —Alicia solo pretendía salvar mi alma... —¡A costa de condenar la mía! —Se había propuesto prolongar mi vida hasta que tú llegases, pero yo se lo impedí. ¡Yo soy una vez más el culpable! Pero ya es tarde para lamentaciones. Nuestros destinos están a punto de cumplirse. El mío ya se ha cumplido, y Alicia y Noemí te ayudarán para que se cumpla también el tuyo. Ninguno de nosotros merece el Purgatorio, y mucho menos el Infierno. Nos equivocamos porque éramos humanos, pero por la misma razón nos arrepentimos, y pagamos con sufrimiento nuestra absolución. Ahora ya solo nos queda ganar el Cielo y toda una eternidad para sumirnos en una beatífica calma en la dimensión de la luz. —Si ese es también mi destino, ya solo me queda confiar en mi hija Noemí y reunirme contigo es ese Paraíso. ¡Así concluye una dramática historia que comenzó un día a principio de la primavera, ¡por causa de una tarta de nata y fresas! EPÍLOGO: REUNIÓN ASTRAL 50. Oraciones (Narradora: Noemí) Alicia me ha llamado porque desea verme para algo relacionado con mis padres fallecidos. Quedamos esta misma tarde y cenaremos juntas en el apartamento de mi padre, como en otros tiempos. Yo he recuperado el ánimo y hago una vida normal. Por suerte mi carrera me absorbe todo mi tiempo y ocupa mis pensamientos. Solo por las noches siento la ausencia de mis padres, pero en realidad siempre he sentido esta ausencia. Vuelvo a estar en el apartamento de mi difunto padre. Alicia no ha cambiado nada y sus libros, ordenador y todos sus objetos personales permanecen en el mismo lugar. Parece muy desmejorada. Es como si padeciera alguna enfermedad. Su mirada es lánguida y distante. Algo la distrae y la perturba constantemente. Me da la bienvenida con una leve sonrisa. Ya no es la mujer fuerte y segura de sí misma. Sin duda que la muerte de mi padre la ha afectado profundamente. —Alicia, ¿no te sientes bien? Pareces cansada, te encuentro muy desmejorada. —Sí, Noemí, no me encuentro bien. Estoy deprimida y triste. —¡Es por causa del fallecimiento de mi padre! —Sí, es por eso... Permanece en silencio, como si no quisiera darme otras razones para su depresión. Nos sentamos a la mesa y Alicia me sirve lo que ha cocinado para la cena y comemos en silencio. —He pensado en tu madre —me dice en una pausa, porque parece no tener apetito—. No soy creyente, pero creo que deberíamos rezar por la salvación de su alma... —¿Quieres decir que su alma no merecía ir al Cielo, si es que existe? —Las circunstancias de su muerte no han sido naturales sino accidentales, y en estas condiciones murió sin una compañía que la reconfortase y ayudase a limpiar su alma de cualquier remordimiento. Puede que esté en una dimensión en la que necesite nuestra ayuda. —¡Alicia, me inquietas! ¿Está sugiriendo que mi madre puede estar en el Infierno? —Si estuviera en el Infierno ya no tendría salvación, pero si está en el Purgatorio, nuestros rezos pueden ayudarla a salir de allí y subir al Cielo, ¡que es donde merece estar! —Alicia, estás hablando como una creyente. ¿De verdad crees en infiernos, purgatorios y cielos? Mi comentario parece haberla confundido, y creo que está meditando su respuesta. —¡Noemí, yo ya no sé en lo que creo! Te ruego que no me hagas más preguntas, porque no sabría qué contestar. Pero presiento que debemos invocarla y mostrarle nuestro afecto. Solo necesitas pensar en ella y trasmitirle tu cariño. Esté donde quiera que esté ella recibirá tu mensaje, y estará más cerca del Cielo. —Alicia, siempre he creído que tú y mi madre erais rivales. —Querida Noemí, con los muertos no se compite. Fuera de este mundo ya no late el corazón y no hay lugar para emociones como el amor. Solo hay bondad en el Cielo y maldad en el Infierno. Cerca de Cielo y del Infierno solo hay ansiedad y dudas. Nota del autor Alicia murió de tristeza dos meses más tarde. Su corazón se detuvo porque ya no tenía utilidad. No había en su alma ni un átomo de energía negativa y ascendió a la dimensión de la luz sin la mínima sombra FIN