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El doble milagro de Kreuzber
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Yo Adán, mis memorias del Paraíso
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El demonio de Eva
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La historia de Ivette
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Cuento de hadas del Grūnewald
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El demonio de Eva
El doble milagro de Kreuzberg
Alí Hasan era un comerciante árabe, de origen sirio, que tenía una modesta tienda de alfombras en la populosa Oranienstraße, en el corazón del barrio de Kreuzberg. Era un buen devoto musulmán, rezaba sus oraciones diarias, respetaba las prohibiciones y cumplía escrupulosamecon la vigilia del Ramadán.
Por aquellas ironías del destino, su vecino comercial era un ruso moscovita, Vladimir Ivanoff, especializado en arte ruso e iconos, fiel cristiano de la iglesia, adorador del Espíritu Santo, devoto de la Virgen María, respetuoso con su patriarca, conocedor de una veintena de himnos religiosos que cantaba con su voz grave y profunda en su iglesia ortodoxa de Berlín.
Pese a las diferencias religiosas y sus dispares costumbres, tenían algo en común, el gusto por una buena taza de té con hojaldres turcos que les servía de la repostería una manzana más arriba. En ocasiones, si no estaban muy atareados, compartían una humeante taza de buen té amenizada por una reñida partida de ajedrez.
—Querido Alí, el ajedrez es un juego pensado para los rusos. No porque seamos más inteligentes que los árabes, pero somos más calculadores y astutos.
—No hay pueblo más hábil para el cálculo que el árabe, no en vano fuimos nosotros los que inventamos los números.
Rivalizar entre sus respectivas culturas y religiones era algo más que una cuestión personal, pues cada uno de ellos se sentía el representante en este mundo de Alá y el Dios de los cristianos.
Alí Hassan tuvo una mala racha en su negocio de alfombras, que cada vez eran más caras y más escasos los clientes amantes de las alfombras persas anudadas primorosamente a mano, y las deudas y apremios le amargaron algo el carácter. Finalmente el banco y sus acreedores amenazaron con llevarle ante el juzgado y su negocio estaba en el aire.
Vladimir no estaba al corriente de su situación económica, pero Alí perdía las partidas con demasiada facilidad y apenas se concentraba. Finalmente quiso saber la razón de su distracción y hasta arranques de mal humor y consiguió de Alí una sincera confesión:
—¡Los negocios van mal, Vladimir! Vendo alfombras demasiado buenas y caras para los tiempos que corren. Si no sucede un milagro tendré que cerrar. Pero Alá es justo y yo soy un buen musulmán, estoy seguro de que no me abandonará.
Tampoco el negocio de Vladimir era nada especial, pero a diferencia del de Alí, supo adaptarse a los tiempos y hacerse con piezas de escasa calidad, pensadas sobre todo para los turistas, que sumado a una vida casi de anacoreta, le había permitido una respetable posición. Lo consultó con la almohada y tomó la decisión de ayudar a su amigo pero en secreto. De manera que a través de un amigo hizo que le comprara la mejor alfombra que tuviera, sin escatimar en el precio. Hecha la operación, Alí se presentó en su tienda sonriente y feliz.
—¡Ya te lo dije, Vladimir, que Alá no podía abandonar a un buen creyente! Acabo de vender la mejor alfombra que tenía en la tienda por 2.500 euros, y sin regatear. ¡Ha sido un milagro! ¡Alá sea loado por acordarse de este modesto creyente!
Pero Vladimir tenía su propia opinión que obviamente se calló: «Bendito sea el Dios de los cristianos que es misericordioso y bueno, y ha inspirado mi caritativa acción». Y así quedaron las cosas.
Alí pagó algunas deudas y el negocio se recuperó con la llegada del invierno.
Una fría mañana de enero Alí se extrañó de ver la tienda de Vladimir cerrada en un sábado por la mañana, el mejor día para los turistas extranjeros que visitaban su tienda. Alí sabía que su amigo padecía del riñón, pues no podían terminar una sola partida del ajedrez sin vaciar la vejiga varias veces, pero no parecía que fuera tan grave como para impedirle atender sus negocios. Preocupado, llamó a su domicilio y le comunicaron la notica: había sido ingresado en urgencias porque era necesaria un operación de riñón, de la que no quiso escuchar los detalles, pues sin pensárselo dos veces, cerró su propia tienda y acudió al hospital.
—¡Querido Alí, hoy no podremos hacer la partidita! Pero ¿por qué te has molestado? ¡Te lo agradezco igual! Anda vuelve a tu tienda, que no están los tiempos como para perder ventas.
—¿Qué dicen los médicos?
—Lamentablemente no pueden operar; no tienen sangre como la mía. ¡Soy un ruso raro, Alí, no hay dos como yo!
Alí Hassan se despidió de su amigo preocupado por la situación, porque él no entendía de esas cosas. En el pasillo del hospital se cruzó con el facultativo que lo atendía y quiso saber con certeza la situación de su amigo.
—¡No hay sangre de su grupo, no podemos operar!
—¿Cómo se sabe eso de la sangre? ¿No podría servir la mía?
—Podemos hacerle un análisis, quién sabe... no se pierde nada por intentarlo.
Dio la casualidad de que compartían el mismo tipo sanguíneo y Alí proporcionó la sangre necesaria para que la operación se pudiera realizar.
Una semana después, débil y demacrado, Vladimir volvió a su tienda y lo primero que hizo fue visitar a su amigo para darle la buena nueva.
—¡Ya estoy como un toro, amigo Alí! ¡Pero no es gracias a los matarifes, sino a la misericordia de mi Dios, que hizo el milagro de encontrar un donante en el último instante! ¡Es un verdadero milagro que siga vivo!
Pero Alí Hassan tenía otra opinión, que obviamente también se reservó: «Loado sea Alá y su infinita sabiduría que me ha dado el valor para atender a un buen amigo».
Meses después ambos amigos seguían polemizando sobre el valor superior de sus respectivas religiones, pero por la buena amistad que les unía, nunca revelaron sus respectivos secretos.
Yo, Adan, mis memorias del Paraiso
A algunos lectores les sorprenderá el título de este relato, ¡no me extraña! Que después de tantos años me haya decidido a escribir mis memorias tiene que tener una buena razón, y la tiene. De Eva y de mí se han contado tantas cosas absurdas y sin sentido que se impone un poco de seriedad, y ¿quién mejor que yo mismo para contar mi verdadera historia y mis penalidades? No es fácil para nadie ser el primer hombre de este mundo, pero pese a las dificultades salimos adelante y ¡ahí está la humanidad, con cerca de siete mil millones de descendientes y sigue creciendo!
No es necesario que me presente, pero para algunos despistados de culturas remotas todavía pendientes de civilizar como Dios manda, mi nombre es Adán. Obviamente no tengo apellido porque tampoco tuve un padre natural reconocido, pero para entendernos se me puede llamar Adán del Paraíso o Adán del Barro, que da lo mismo, pues ambas ideas tienen relación con mis orígenes.
Mis biógrafos aseguran que me creó Dios a partir de una figura de barro a la que sopló con su aliento, y no voy a discutir lo fundamental, que fui creado por Dios, pero lo del barro es necesaria una importante aclaración. Yo nací en el interior del océano, y no especifico cuál porque en mis tiempos sólo había uno y todo lo demás era tierra. Al parecer ya teníamos por entonces problemas de contaminación en la atmósfera, pese a que no sabría decir por qué, ya que por entonces no había ni coches ni fábricas, por no haber no había nada más que lodo viscoso y fuertemente contaminado. No sé quién lo arregló ni cuantos millones costó, porque entre otras cosas no habíamos inventado todavía el dinero, pero tan pronto como la atmósfera fue respirable, puede decirse que volví a nacer pero fuera, sobre la tierra, de ahí la idea de mis biógrafos. Todavía recuerdo mi tierna infancia, cuando no era más que una insignificante ranita, que empezaba sus aventuras por tierra firme. Lo que sucedió después es muy largo de contar, por tanto lo resumiré diciendo que un buen día me vi adulto viviendo en un paradisíaco lugar al que Dios llamaba el Jardín del Edén. ¿Qué cómo era? Yo no sé mucho sobre este asunto porque nunca he destacado por mis conocimientos de botánica, pero recuerdo que había muchos árboles, ya que en mi juventud puede decirse que no pisaba el suelo. Nada me divertía más que saltar de rama en rama, de árbol en árbol y recorrer en un santiamén los límites del Paraíso terrenal. Aunque no esté bien el que yo mismo me elogie, ¡era una monada de criatura!
El clima debía ser como el de Canarias, entre 25 y 30 grados centígrados, porque recuerdo que debido a ello ni se me ocurrió inventar los vestidos. Eso vino después de la tragedia. Además, ¿para qué los quería? ¿Quién podía verme si Eva ni siquiera existía? Por entonces era estrictamente vegetariano, auque por error de vez en cuando me comía algún bicho por su manía de camuflarse entre el follaje. ¡Como iba yo a saber las costumbres de los camaleones! Había ríos normales, donde solía darme buenos chapuzones y de paso mantener la higiene, porque eso sí, limpio siempre he sido; pero otros eran de miel, auque tal vez sea algo exagerado llamarlos ríos, más bien eran arroyos, y ni siquiera eso, digamos que chorreaba miel por todas partes, porque había abundancia de paneles de abejas silvestres. ¡Por supuesto que las abejas del Edén no picaban como las de ahora! De comer no digamos; puede decirse que no había nada dentro del Paraíso que no fuera comestible. Las legumbres y las verduras no eran como las de ahora, todas eran orgánicas por supuesto, y tan tiernas y suaves que no había necesidad alguna de cocerlas. ¡Claro que, por otro lado, todavía no se había inventado el fuego! En cuanto a los otros animales, a los que de ninguna manera podía llamar salvajes, porque todos eran dóciles como corderos, puede decirse que había de todos. De hecho por esa razón años más tarde Noe tuvo bastante trabajo para reunirlos a todos en su barcaza, cuando lo del Diluvio.
Mi animal predilecto era un león africano, bueno es un decir, porque África por entonces tampoco existía, como digo a todo se le llamaba con el mismo nombre de Pangea, a pesar de que tengo mis dudas de si para entonces no habría ya algún que otro conteniente. Era un león tranquilo y bien enseñado, cuya finalidad fundamental era servirme de almohada para mis sueños normales y la siesta. ¿Nadie ha probado lo cómoda y calentita que es la melena de un león africano? Bueno, a decir verdad, después del Paraíso a los leones les molesta hacer estos y otros favores al ser humano. Puede decirse que en el Jardín del Edén no me faltaba de nada y todo estaba a la mano, no como ahora. ¡Por entonces las cosas eran como Dios manda!
Y hablando de Dios, desde luego que desde el primer momento nos entendimos de maravilla. No se vayan a creer que Dios se conformaba con cualquier cosa, que era en extremo exigente en todo. No hubo nada de lo que creara antes de mí que no le diera su visto bueno después de ver como funcionaba. Los cielos los hizo tan grandes que hasta hoy no se sabe el final. La Tierra le salió algo más pequeña, pero también tiene sus distancias, que ninguno de mis primeros descendientes se pudo hacer una idea cabal de las distancias, y hubo uno que hizo mal los cálculos, y menos mal que descubrió América porque de otro modo no quiero ni pensar lo que le hubiera sucedido.
Al principio yo creía que la Tierra era plana, ¡como iba yo a imaginar que era redonda! Aún hoy me sigo preguntando qué movió a Dios para semejante idea, con lo sencillo que hubiera sido hacerla plana. En fin, sus razones tendría.
Como digo, después de ver cómo me comportaba, pasada mi adolescencia y mi locura por lo árboles y otras barbaridades propias de la edad, parece que se sintió plenamente satisfecho. Durante bastante tiempo las cosas en el Paraíso funcionaron a las mil maravillas. No hubo ni el más motivo de queja por ambas partes. Desde luego que yo no me hubiera quejado, pues siempre he sabido actuar con discreción y guardar las distancias. Tengo que decir, en honor a la verdad, que nunca llegamos a encontrarnos cara a cara y todavía no sé la razón, pero sospecho que Dios es demasiado grande para caber en el mundo que Él mismo ha creado.
Por eso decía que le había quedado algo pequeño, al contrario de los cielos, que como dije son inmensos y Él debe de moverse en ellos como en su casa. A decir verdad, el cielo es su casa, como está escrito en todos los manuales de religiónpesar de las primeras dificultades para comunicarnos, Él siempre se las apañaba para ponerse en contacto conmigo e interesarse por mis cosas. Mi salud le traía sin cuidado porque las enfermedades no se conocían todavía. Unas veces lo hacía a través de algún animal, desde luego que no utilizaba las serpientes por la razón de todos ya conocida, de la que hablaré más adelante, otras provocando un vendaval con voz en off, como se dice ahora, y las más de las veces se me aparecía en sueños. Durante estas amenas charlas de Creador a criatura Él solía hacerme preguntas a veces difíciles de responder dada mi ignorancia de la vida, por las que trataba de interesarse por mi bienestar, pues puede decirse que no hacía otra cosa que estar al tanto de mis deseos y, por supuesto, controlar los otros aspectos de su creación. Pero tengo que aclarar que mientras la Creación en sí misma no le preocupaba en absoluto, porque la había dotado de medios propios para su supervivencia y estabilidad, yo le preocupaba de forma especial. Era como si no estuviera completamente seguro de haber hecho un buen trabajo conmigo. Creo que sospechaba que estaba tramando algo contra Él, cuando es obvio que ni me pasaba por la cabeza tal idea. ¿Por qué razón habría yo de rebelarme contra Dios si me proporcionaba todo cuando deseaba y era feliz? Pero Él insistía una y otra vez:
—¿Estás seguro, Adán, de que no echas a faltar nada?
—¡Nada en absoluto!
—Bueno, me refiero a si hay algo que te molesta; algo que no te gusta…
—La verdad es que, ahora que lo dices, si pudieras hacer los elefantes algo más pequeños… ¡Es que ocupan demasiado sitio y este jardín no es muy grande! Además está el riesgo de un pisotón, sin mala intención, desde luego.
—No, yo no me refiero a eso; me refiero a si hechas algo de menos; si hay algo en tu naturaleza humana que no funciona como debería.
—La verdad es que si no hablas claro, ¡no te entiendo! Si te refieres a que hago mis necesidades en cualquier sitio cuando me vienen las ganas, la próxima vez buscaré un lugar más apartado…
—¡No es eso, alma de Dios!
—¡Pues no te entiendo!
—¿Pero es que no observas a los otros animales?
—Bueno, a decir verdad hecho de menos mis habilidades de cuando era joven de subirme a los árboles como hacen los monos, pero eso ya pasó porque he sentado la cabeza…
—Bueno, está bien, te lo diré claramente: ¿Es que no hechas de menos alguien más de tu especie para charlar, pasear y… bueno, que narices, ¡gozar de los placeres de la naturaleza!?
¡Y así cada día! Lo cierto es que no había sueño en que no charláramos de esta nueva idea que se le había metido en la cabeza, porque la verdad es que yo no echaba nada de menos. Poco a poco empecé a comprender sus motivos. Tal vez le aburría mi conversación, y como no hablaba de esta misma forma con el resto de la Creación, se le debió de ocurrir la idea de que fuéramos más para tener también más motivos de charla y otros temas de conversación. Pero a mí la idea, para ser sinceros, no me gustaba en absoluto, porque presentía que sería sencillamente un error, además de terminar con la tranquilidad del Paraíso terrenal. Pero por entonces no sabía razonar este presentimiento, así es que Dios seguía empeñado en que le diera mi aprobación, porque como digo, no vivía para otra cosa que para complacerme, como si fuera yo un hijo mimado, ¡claro, era el único!
Tanto insistió Dios sobre la idea de crear una humanidad que poblara la Tierra y dominara sobre el resto de los pobres animales y las infelices plantas, que acabé cediendo a regañadientes. Pero lo que no hizo ninguna gracia fue el medio en que se proponía utilizar para su propósito. ¡Nada menos que utilizar una de mis costillas! No es que yo supiera por entonces cuántas costillas eran necesarias para una existencia normal, y si sobreviviría con una menos, pero lo que yo me preguntaba era que habiendo tanto barro como había, ¿por qué no utilizar el mismo sistema, con lo que fuera que estuviera pensando en crear, tal y como hizo conmigo? ¿Es que se le había acabado el aliento divino? ¿Es que no estaba seguro de que la criatura que fuera le saliera siquiera tan bien como sucedió conmigo?
—¿Por qué de mi costilla? —me atreví a preguntarle en uno de los sueños en el que volvimos sobre el tema.
—¡Porque es mi voluntad!
—¿Hay alguna segunda intención que te callas?
—¡La hay, quiero que tenga claro el lugar subordinado que debe de ocupar en el mundo según fue creada de tu costilla!
—No le veo la gracia.
—¡Ya lo entenderás cuando la veas!
—¿Es una sorpresa?
—¡No te lo puedes ni imaginar!
Y ésa fue toda la conversación que tuvimos sobre la nueva criatura que tenía proyectado extraer de una de mis costillas. Afortunadamente debido a sus poderes especiales la operación no revestiría riesgo alguno para mi salud ni sería dolorosa. Es más, ni me enteraría, porque tenía previsto hacer esta delicada operación mientras durmiera. Así es que un buen día, ¡no sé si es correcto decirlo así!, al levantarme una brumosa mañana de primavera ¡allí estaba eso!
La primera impresión fue decepcionante. Era evidente que aquello, porque no sé cómo calificarlo, no se parecía a mí en nada; le faltaban cosas y le sobraban otras. Por ejemplo en la parte baja de la ingle no tenía con que desahogar las ganas de orinar y a la altura del pecho le salían dos bultohorribles y deformes. Con semejante cuerpo no era posible tomarse en serio la idea de que eso era «humano», y lo digo por la alusión de Dios de crear una humanidad. La cosa al principio no dijo nada, pero ya desde el primer instante noté cierto aire de superioridad, y sin duda que, pese a sus notables y evidentes defectos, para sus adentros ya se debía creer hermosa. ¡Qué equivocación! ¡Ya sabía yo que si no utilizaba otra vez el barro, Dios metería la pata!
Inmediatamente fui con la queja a Dios pero aquel día le tocaba descansar, así es que tuve que afrontar los hechos y hacerme a la idea de que al menos me tocaría pasar el fin de semana con aquella deforme criatura.
Ya desde el primer momento de su existencia esa cosa no cumplió las previsiones de Dios sobre su posición social, y sin que le diera permiso para dirigirme la palabra, se puso a hablar de un montón de cosas incongruentes.
—¡Eeeh, pero mira quién está aquí, el tipazo de Adán! Ah, pero no creas que yo voy a ser fácil, no; ¡vete haciéndote a la idea, guapo, de que yo no soy de ésas!
—¿De cuáles? —no era mi intención seguirle la charla, pero a penas abrió la boca por primera vez y ya me sacó de quicio.
—Como ésas de los árboles. ¡Aquí se acabó lo del macho dominante y todas esas tonterías!
Yo no sabía de qué me estaba hablando y tuve que soportar un sinfín de impertinencias y reivindicaciones de todo tipo hasta que por fin, aquella noche, pasado el descanso dominical, pude presentar mi queja a Dios, a ver si aquello tenía todavía remedio.
—¡Ya te harás a ella, Adán!
—¡Pero es un ser monstruoso! —le contesté con unos modales poco habituales en mí, pero estaba tan furioso que no me controlé—. Además, le faltan cosas y le abultan demasiado otras, ¡no creo que sobreviva!
—Adán, Adán, criatura, ¿pero es que no lo comprendes? ¡En esas diferencias está la gracia!
Pero Dios no quiso darme más detalles, tan sólo me planteó el argumento de que debía ser distinta entre otras buenas razones para evitar la homosexualidad, o por lo menos hasta que hubiera siquiera un par de docenas más de seres humanos en la Tierra, tarea que me había encomendado a mí, ¡pero sin molestarse en darme una pista de cómo se hacía!
Naturalmente que desde el primer momento intentó organizar mi vida, decirme lo que debía comer y lo que no; corregir algunos de mis modales, algo animales desde luego, a la hora de comer; decidir dónde debíamos pasear y qué lugares no debíamos frecuentar porque según ella, no eran propios de seres humanos. Se empeñó en que viviéramos en una gruta en particular, que a ella le parecía segura, cuando en el Paraíso no había nada que temer, pero debía de llevar eso de la seguridad como una tara genética, porque desde el primer día la obsesionaba. Me prohibió terminantemente que me subiera a los árboles, o que durmiera junto al león africano, al que no permitió entrar en la gruta porque decía que esos animales traían bichos y lo ponía todo perdido de orín, además de pelos y otras cosas indeseables. Me dijo a qué hora debía levantarme y acostarme, cuando y cómo debía lavarme, sobre todo las orejas, que yo detestaba. También se metió con mi barba y mis largos y hermosos cabellos, que me llegaban ya a la cintura, porque decía que no me hacían varonil, ¡cómo si yo supiese a qué se refería! En fin, que en apenas dos o tres días puso patas para arriba el Jardín del Edén, ¡que ya no fue lo mismo después de su llegada!
Pero con todo lo peor fue llevar a cabo la tarea que se me había encomendado de poblar el mundo. Al principio, atareada como estaba poniendo orden en la gruta, limpiando obsesivamente cada rincón, colocando cosas raras en los rincones que ella decía que creaban ambiente, y fabricando un lecho de heno, que a decir verdad era más confortable que el duro suelo donde yo solía dormir, no me prestaba la mínima atención. Entre los artilugios que inventó por aquella época el más curioso fue un palo con ramas en un extremo con el que limpiaba el suelo, al que con el tiempo llamamos escoba, sin duda una de sus ideas más geniales, además de la cama, claro está. Por todo esto, en realidad poco a poco empecé a darme cuenta de las ventajas de su peculiar manera de ser, pues era obvio que a ella se le ocurrían más ideas que a mí, que si vamos a ser sincero, por aquel entonces no tuve ninguna.
Resignado a tener que compartir mi vida con tal persona, al menos debería conocer su nombre, porque no le gustaba que la llamara «cosa», como solía hacerlo al principio de nuestras relaciones, y Dios no me dejó dicho como se llamaba.
—¡Eva, me llamo Eva; Eva del Paraíso! Y no se te ocurra volver a llamarme «cosa», y menos con ese despectivo y prepotente nombre de «mi costilla». Eso ya es historia, ahora los dos somos iguales ante la sociedad. Y la verdad ahora que te conozco, no sé en qué estaba pensando Dios para haberte creado de esa manera. ¡Sin duda que debería de estar un poco cansado después de crear tantas cosas buenas y útiles, como es la Creación! Por que yo sirvo para muchas cosas, pero tú, ¡ya me dirás de qué sirve un hombre en este mundo!
Ella siempre tenía palabras de crítica contra mi persona, a la que no veía nada bueno ni positivo. De haber sido por ella habría intrigado para convencer a Dios de mi inutilidad, y aprovechando que era el único en toda la Tierra, me destruyera. Pero sea por la razón que fuera, lo cierto es que Dios no solía dirigirse directamente a ella en sus apariciones, sino que se dirigía directamente a mí. Creo que por entonces Dios debió comprender el error de haber creado semejante criatura, pero las cosas en la Creación son irreversibles, así es que tuve que aprender a convivir con ella.
Al cabo de algunas semanas Dios se me apareció otra vez en sueños, y por el tono de su voz sabía que no estaba de buen humor.
—¿Cómo van las cosas con Eva? —me preguntó.
—Regular, pero supongo que será cosa de dar tiempo al tiempo. ¡No es fácil acostumbrarse a sus manías por la limpieza!
—¿Y sobre mi humanidad?
—¿A qué te refieres?
—¿A qué quieres que me refiera? ¿Crees que he creado a Eva para que sea tu criada? ¡A vuestra descendencia!
—¿Qué descendencia?
—¿Pero es que todavía no…? ¿Es que Eva no te atrae sexualmente?Pues ahora que lo dices, si te refieres a que por las noches me siento extraño cuando me rozo…
—¡Sí, claro; llámalo como te parezca! Pero ¿lo has hecho ya?
—¿Hacer el qué?
—¡El amor, hombre de Dios, el amor!
—¡Si no hablas más claro!
—¡Bueno, dejemos este tema, porque no soy yo quién para enseñarte esas cosas; ya las aprenderás tarde o temprano, que para eso Eva tiene habilidad y mano izquierda. Cuando te lo pida, ¡ya te enterarás!
—No entiendo por qué desde que está Eva en el Paraíso me hablas con acertijos, ¡antes hablabas siempre claro!
—Hablando de Eva, he notado que charla demasiado con las serpientes…
—Hombre, ahora que lo dices, es verdad, ¡y a mí no me deja dormir con mi león!
—Tienes que vigilar este asunto. Las serpientes son uno de mis pocos errores de la Creación. No me fío de ellas, ¡son tan rastreras!
—Bueno, si es por eso, has creado otros bichos más repugnantes, ¡como las cucarachas y las chinches!
—¡Tú siempre tan ocurrente!
—La verdad es que yo soy incapaz de controlarla, porque siempre hace lo que le viene en gana. No quiere ni oír hablar de su inferioridad y sumisión a mí, eso la saca de quicio, ¡y yo no estoy para pasarme el día peleando con ella por esta razón!
—Siento tener que decírtelo, pero tengo que hacer algo para poner a prueba su lealtad. No me queda más remedio que prohibiros comer del manzano que hay en el montecillo central del Jardín del Edén.
—¡Pero ese es precisamente el que da las manzanas más dulces y jugosas!
—Precisamente por eso; porque es una gran tentación os las prohíbo, para poner a prueba vuestra voluntad. Tenéis que aprender que en este mundo no hay que hacer todo lo que se puede sino lo que se debe. ¡El deber es la norma de conducta de todo ser humano civilizado!
Este era el tipo de conversaciones que teníamos Dios y yo desde que Eva llegó al Paraíso. ¡Siempre discutiendo por culpa de ella! Pero lo cierto es que Eva me superaba prácticamente en todo y mientras yo aprendía a duras penas todas las cosas de la naturaleza humana, ella parecía saberlo todo sin haber tenido experiencia de nada. ¡Era desconcertante! ¿Qué tenía ella que no tenía yo? ¿Cómo era posible, si había sido creada de una de mis costillas, que fuera tan distinta? La respuesta me la dio una serpiente, precisamente una que solía merodear por el manzano prohibido, cierta vez que me interesé por sus conversaciones con Eva.
—¡Ella tiene intuición y tú no! —me aclaró.
—¿Y qué es esa cosa tan importante?
—Es el saber que hay en la naturaleza; la sabiduría natural.
—¿No se lo habrás contagiado tú?
—Puede…
—Y ya que estoy aquí, ¿puede saberse de qué habláis todas esas horas que pasáis juntos debajo del manzano sagrado? ¿No estaréis tramando algo contra Dios?
—¿Qué manzano sagrado? ¡Aquí todos los árboles son iguales!
—Eso era antes, ahora es distinto y es preciso que lo sepas. ¡De este manzano no podemos comer, ni Eva ni yo!
—Y ¿quién lo ha dicho?
—¡Dios, por supuesto!
—¿Y quién es Dios para interferir en la naturaleza?
—¡Qué disparate! Él puede ordenar lo que le parezca bien, ¡para eso la ha creado!
—Te equivocas, Adán, ni Él ni nadie puede interferir en las leyes naturales una vez que han sido establecidas. ¡Eso sería antinatural! ¿Comprendes?
Desde aquella conversación con la serpiente tuve claro que tendríamos problemas. Sin duda que Eva y ella estaban tramando algo gordo, que era preciso descubrir y poner a Dios al corriente del complot. Aquella misma noche me propuse sonsacarle lo que pudiera. No elegí desde luego el mejor momento, porque tenía un humor de perros, y es un decir, porque en el Paraíso hasta los perros tenían buen humor. Pero a pesar de mi corta experiencia con el otro sexo, algo había aprendido ya, y supe cómo entrarla para no despertar sospechas sobre mis verdaderas intenciones.
—¡Que buen aspecto tienes hoy, Eva, si parece que fuera ayer cuando Dios te sacó de mi costilla!
Esta primera alusión a su aspecto la debilitó algo, pero persistió en su mal humor.
—¡Déjame de cuentos, Adán, que hoy no tengo el día!
—Pero ¿qué te sucede, mujer?
—¡Cosas de mujeres; tú de eso no entiendes!
—Enséñame…
—No estoy de humor.
—Bueno, yo sólo quería comentarte que hoy he hablado un rato con la serpiente del manzano, ¡y me ha parecido un animal inteligentísimo!
—¿De veras, Adán; tú también estas de acuerdo con sus opiniones sobre Dios?
Fue sencillo hacerla caer en la trampa, porque las mujeres podrán tener mucha intuición, pero a malicia y a estrategia no nos ganan. En el fondo son unas ingenuas, por muy sabias y muy naturales que sean.
De esta manera supe que Eva estaba de acuerdo con la serpiente de que Dios no tenía ningún derecho a prohibirnos nada, y menos que comiéramos del árbol frutal más sabroso del Jardín del Edén. La verdad es que yo tampoco entendí muy bien la idea de Dios y la intención moral de la prohibición. ¿Por qué crear cosas si estaban prohibidas? Si no quería que comiésemos de ese árbol en particular, ¿por qué no me mandó que lo cortara, o lo hizo Él mismo, que se supone tenía poder para ello? ¿Es que Dios no sabía que lo prohibido es lo más deseado por el ser humano, incluso por los dos primeros? ¿Es qué no confiaba en nosotros? ¿Por qué ponernos a prueba si en el Jardín del Edén no hay motivo alguno para quejarnos de nada? Lo cierto es que cada día que pasaba el asunto de la prohibición se me hacía más difícil de entender. Por otro lado, empecé a sospechar que una vez inventadas las prohibiciones, llegaría el día en que todo estaría prohibido. ¡Eso no tenía sentido en el Paraíso terrenal! ¿Llegaríamos a tener con el tiempo senderos con dirección prohibida y lugares donde fuera prohibido pasear, tumbarse o sestear? ¿Habría cuevas donde estuviera reservado el derecho de admisión? ¿Cosas que estén prohibidas beber, comer o fumar? ¡No, definitivamente aquella no fue una buena idea! Aunque me pesara reconocerlo, Dios había metido la pata y dar lugar a que la serpiente del manzano urdiera su plan.
Finalmente sucedió lo inevitable. Un buen día, que debía ser hacia el otoño, momento en que las manzanas del árbol prohibido estaban en sazón, Eva me sugirió dar un paseo por el centro, para ver qué había de nuevo por allí. Yo no estaba muy dispuesto, porque el centro del Jardín del Edén se había convertido en un lugar ruidoso y muy estresante. No sólo por los elefantes, a quienes Dios no quiso reducirles el tamaño, sino porque desde un tiempo a esta parte parecía que todos los animales del Paraíso tuviesen la misma idea, y no había día que no se dieran una vuelta por allí. Llegamos al dichoso manzano y ahí estaba, como ya era habitual, la serpiente rebelde. Yo hice como que no la había visto, pero Eva, que había llegado a tener con ella una gran familiaridad, aprovechó para saludarla.
—Buenos días, serpiente.
—Buenos días, Eva y compañía. ¿Qué os trae por aquí?
—Dando una vueltecita. ¡Hacía tiempo que no veníamos por el centro!
—Hay bastante ambiente, sobre todo por estas fechas del año que abundan los frutos y las manzanas.
—Pero de este árbol no comerán, supongo yo. Como Dios dijo que…
—¡Más que de ningún otro! ¡Son las más sabrosas!
—¿Y Dios no los castiga?
—¿Por qué iba a hacerlo? Lo que crece en la naturaleza es de todos. ¡Anda, toma, prueba ésta! ¿No es una pena que las manzanas más jugosas del Jardín del Edén se pudran en el árbol? ¡Eso no puede ser justo ni aunque lo haya ordenado el mismo Dios!
Eva, que no se paraba a reflexionar mucho las cosas que hacía, porque no tenía ni idea de lo que era justo o injusto, es decir, del bien y del mal, ya estaba a punto de morder la manzana cuando yo tuve que prevenirla sobre las consecuencias.
—¡Espera, Eva, no hagas tonterías; piensa en tu descendencia! ¡Eso que vas ha hacer está mal hecho!
—Pero ¿qué es el mal? —preguntó ella bastante desconcertada.
—Pues el mal… el mal es… Bueno, no lo sé, aquí en el Paraíso no hay de eso, pero si comes ¡a lo mejor lo aprendemos y no nos conviene!
—¡Tú siempre con tus monsergas sobre moral!
—¡Bien dicho, Eva! —dijo la rastrera de la serpiente, decidida a salirse con la suya.
Y sin pensar en las consecuencias futuras de sus actos, propio de ella, y me temo que de su descendencia femenina, mordió con ganas la manzana. Yo esperaba que Dios se nos apareciera y reprendiera su acción, la castigase con algún mal todavía desconocido y asunto concluido, ¡pero no sucedió nada especial! Dios ni se presentó, ni en forma de vendaval, con alguna señal en el cielo, ni por voz de algún animal más presentable que la serpiente, de los que no faltaban por aquellos alrededores, o por cualquier otra forma. Supuse que esperaría a aquella noche para llamarnos la atención en sueños, pero lo que más lógica tenía era que nos había gastado una broma, y comer de aquel manzano no estaba prohibido. Después de todo la serpiente parecía tener razón.
—¿Lo veis? ¡Nada, no pasa nada!
—Es verdad, AdáPues ahora que lo dices, si te refieres a que por las noches me siento extraño cuando me rozo…
—¡Sí, claro; llámalo como te parezca! Pero ¿lo has hecho ya?
—¿Hacer el qué?
—¡El amor, hombre de Dios, el amor!
—¡Si no hablas más claro!
—¡Bueno, dejemos este tema, porque no soy yo quién para enseñarte esas cosas; ya las aprenderás tarde o temprano, que para eso Eva tiene habilidad y mano izquierda. Cuando te lo pida, ¡ya te enterarás!
—No entiendo por qué desde que está Eva en el Paraíso me hablas con acertijos, ¡antes hablabas siempre claro!
—Hablando de Eva, he notado que charla demasiado con las serpientes…
—Hombre, ahora que lo dices, es verdad, ¡y a mí no me deja dormir con mi león!
—Tienes que vigilar este asunto. Las serpientes son uno de mis pocos errores de la Creación. No me fío de ellas, ¡son tan rastreras!
—Bueno, si es por eso, has creado otros bichos más repugnantes, ¡como las cucarachas y las chinches!
—¡Tú siempre tan ocurrente!
—La verdad es que yo soy incapaz de controlarla, porque siempre hace lo que le viene en gana. No quiere ni oír hablar de su inferioridad y sumisión a mí, eso la saca de quicio, ¡y yo no estoy para pasarme el día peleando con ella por esta razón!
—Siento tener que decírtelo, pero tengo que hacer algo para poner a prueba su lealtad. No me queda más remedio que prohibiros comer del manzano que hay en el montecillo central del Jardín del Edén.
—¡Pero ese es precisamente el que da las manzanas más dulces y jugosas!
—Precisamente por eso; porque es una gran tentación os las prohíbo, para poner a prueba vuestra voluntad. Tenéis que aprender que en este mundo no hay que hacer todo lo que se puede sino lo que se debe. ¡El deber es la norma de conducta de todo ser humano civilizado!
Este era el tipo de conversaciones que teníamos Dios y yo desde que Eva llegó al Paraíso. ¡Siempre discutiendo por culpa de ella! Pero lo cierto es que Eva me superaba prácticamente en todo y mientras yo aprendía a duras penas todas las cosas de la naturaleza humana, ella parecía saberlo todo sin haber tenido experiencia de nada. ¡Era desconcertante! ¿Qué tenía ella que no tenía yo? ¿Cómo era posible, si había sido creada de una de mis costillas, que fuera tan distinta? La respuesta me la dio una serpiente, precisamente una que solía merodear por el manzano prohibido, cierta vez que me interesé por sus conversaciones con Eva.
—¡Ella tiene intuición y tú no! —me aclaró.
—¿Y qué es esa cosa tan importante?
—Es el saber que hay en la naturaleza; la sabiduría natural.
—¿No se lo habrás contagiado tú?
—Puede…
—Y ya que estoy aquí, ¿puede saberse de qué habláis todas esas horas que pasáis juntos debajo del manzano sagrado? ¿No estaréis tramando algo contra Dios?
—¿Qué manzano sagrado? ¡Aquí todos los árboles son iguales!
—Eso era antes, ahora es distinto y es preciso que lo sepas. ¡De este manzano no podemos comer, ni Eva ni yo!
—Y ¿quién lo ha dicho?
—¡Dios, por supuesto!
—¿Y quién es Dios para interferir en la naturaleza?
—¡Qué disparate! Él puede ordenar lo que le parezca bien, ¡para eso la ha creado!
—Te equivocas, Adán, ni Él ni nadie puede interferir en las leyes naturales una vez que han sido establecidas. ¡Eso sería antinatural! ¿Comprendes?
Desde aquella conversación con la serpiente tuve claro que tendríamos problemas. Sin duda que Eva y ella estaban tramando algo gordo, que era preciso descubrir y poner a Dios al corriente del complot. Aquella misma noche me propuse sonsacarle lo que pudiera. No elegí desde luego el mejor momento, porque tenía un humor de perros, y es un decir, porque en el Paraíso hasta los perros tenían buen humor. Pero a pesar de mi corta experiencia con el otro sexo, algo había aprendido ya, y supe cómo entrarla para no despertar sospechas sobre mis verdaderas intenciones.
—¡Que buen aspecto tienes hoy, Eva, si parece que fuera ayer cuando Dios te sacó de mi costilla!
Esta primera alusión a su aspecto la debilitó algo, pero persistió en su mal humor.
—¡Déjame de cuentos, Adán, que hoy no tengo el día!
—Pero ¿qué te sucede, mujer?
—¡Cosas de mujeres; tú de eso no entiendes!
—Enséñame…
—No estoy de humor.
—Bueno, yo sólo quería comentarte que hoy he hablado un rato con la serpiente del manzano, ¡y me ha parecido un animal inteligentísimo!
—¿De veras, Adán; tú también estas de acuerdo con sus opiniones sobre Dios?
Fue sencillo hacerla caer en la trampa, porque las mujeres podrán tener mucha intuición, pero a malicia y a estrategia no nos ganan. En el fondo son unas ingenuas, por muy sabias y muy naturales que sean.
De esta manera supe que Eva estaba de acuerdo con la serpiente de que Dios no tenía ningún derecho a prohibirnos nada, y menos que comiéramos del árbol frutal más sabroso del Jardín del Edén. La verdad es que yo tampoco entendí muy bien la idea de Dios y la intención moral de la prohibición. ¿Por qué crear cosas si estaban prohibidas? Si no quería que comiésemos de ese árbol en particular, ¿por qué no me mandó que lo cortara, o lo hizo Él mismo, que se supone tenía poder para ello? ¿Es que Dios no sabía que lo prohibido es lo más deseado por el ser humano, incluso por los dos primeros? ¿Es qué no confiaba en nosotros? ¿Por qué ponernos a prueba si en el Jardín del Edén no hay motivo alguno para quejarnos de nada? Lo cierto es que cada día que pasaba el asunto de la prohibición se me hacía más difícil de entender. Por otro lado, empecé a sospechar que una vez inventadas las prohibiciones, llegaría el día en que todo estaría prohibido. ¡Eso no tenía sentido en el Paraíso terrenal! ¿Llegaríamos a tener con el tiempo senderos con dirección prohibida y lugares donde fuera prohibido pasear, tumbarse o sestear? ¿Habría cuevas donde estuviera reservado el derecho de admisión? ¿Cosas que estén prohibidas beber, comer o fumar? ¡No, definitivamente aquella no fue una buena idea! Aunque me pesara reconocerlo, Dios había metido la pata y dar lugar a que la serpiente del manzano urdiera su plan.
Finalmente sucedió lo inevitable. Un buen día, que debía ser hacia el otoño, momento en que las manzanas del árbol prohibido estaban en sazón, Eva me sugirió dar un paseo por el centro, para ver qué había de nuevo por allí. Yo no estaba muy dispuesto, porque el centro del Jardín del Edén se había convertido en un lugar ruidoso y muy estresante. No sólo por los elefantes, a quienes Dios no quiso reducirles el tamaño, sino porque desde un tiempo a esta parte parecía que todos los animales del Paraíso tuviesen la misma idea, y no había día que no se dieran una vuelta por allí. Llegamos al dichoso manzano y ahí estaba, como ya era habitual, la serpiente rebelde. Yo hice como que no la había visto, pero Eva, que había llegado a tener con ella una gran familiaridad, aprovechó para saludarla.
—Buenos días, serpiente.
—Buenos días, Eva y compañía. ¿Qué os trae por aquí?
—Dando una vueltecita. ¡Hacía tiempo que no veníamos por el centro!
—Hay bastante ambiente, sobre todo por estas fechas del año que abundan los frutos y las manzanas.
—Pero de este árbol no comerán, supongo yo. Como Dios dijo que…
—¡Más que de ningún otro! ¡Son las más sabrosas!
—¿Y Dios no los castiga?
—¿Por qué iba a hacerlo? Lo que crece en la naturaleza es de todos. ¡Anda, toma, prueba ésta! ¿No es una pena que las manzanas más jugosas del Jardín del Edén se pudran en el árbol? ¡Eso no puede ser justo ni aunque lo haya ordenado el mismo Dios!
Eva, que no se paraba a reflexionar mucho las cosas que hacía, porque no tenía ni idea de lo que era justo o injusto, es decir, del bien y del mal, ya estaba a punto de morder la manzana cuando yo tuve que prevenirla sobre las consecuencias.
—¡Espera, Eva, no hagas tonterías; piensa en tu descendencia! ¡Eso que vas ha hacer está mal hecho!
—Pero ¿qué es el mal? —preguntó ella bastante desconcertada.
—Pues el mal… el mal es… Bueno, no lo sé, aquí en el Paraíso no hay de eso, pero si comes ¡a lo mejor lo aprendemos y no nos conviene!
—¡Tú siempre con tus monsergas sobre moral!
—¡Bien dicho, Eva! —dijo la rastrera de la serpiente, decidida a salirse con la suya.
Y sin pensar en las consecuencias futuras de sus actos, propio de ella, y me temo que de su descendencia femenina, mordió con ganas la manzana. Yo esperaba que Dios se nos apareciera y reprendiera su acción, la castigase con algún mal todavía desconocido y asunto concluido, ¡pero no sucedió nada especial! Dios ni se presentó, ni en forma de vendaval, con alguna señal en el cielo, ni por voz de algún animal más presentable que la serpiente, de los que no faltaban por aquellos alrededores, o por cualquier otra forma. Supuse que esperaría a aquella noche para llamarnos la atención en sueños, pero lo que más lógica tenía era que nos había gastado una broma, y comer de aquel manzano no estaba prohibido. Después de todo la serpiente parecía tener razón.
—¿Lo veis? ¡Nada, no pasa nada!
—Es verdad, Adán, eso de la prohibición no era más que para poner a prueba nuestra ingenuidad de primerizos. Pero comiendo le demostramos que hemos madurado y tenemos ideas propias; que ya no somos unos críos a los que se les puede decir: «No comas eso, no comas lo otro», etc. ¡Toma, demuéstrale a Dios que tú también eres un adulto; come también tú de mi manzana!
—¡Ni lo sueñes! —repliqué yo convencido de que, pese a todo, si Dios nos lo había prohibido sus razones tendría.
—¡Hombres! ¡Mucho presumir de machos, sexo fuerte y todo eso, pero a la hora de la verdad son incapaces de tomar decisiones por sí mismos, y sin que nadie se lo mande! —me reprochó despectivamente.
Ya desde el principio Eva sabía como provocarme poniendo en entredicho mi hombría a la menor oportunidad. Pero por otro lado, ella llevaba razón, había cosas que debíamos hacer por nosotros mismos, según nuestro propio entendimiento, que para eso lo teníamos, y lo de la prohibición, como decía, no tenía mucho sentido. Por último estaba la circunstancia de que yo debía de convivir con Eva y no con Dios. Dios estaba en sus alturas, tranquilamente, haciendo sus cosas de dioses, pero yo tenía que soportar los cambios de humor de Eva, convivir con ella cada día, cada hora y hasta cada minuto, porque en el Paraíso terrenal no existían las oficinas, ni los empleos donde uno pudiera pasar unas horas lejos de su mujer, y relajarse con los compañeros de trabajo, y no digamos cosas tan necesarias como el fútbol de los domingos o la partidita de póquer de los jueves por la noche; en fin, excusas para librarse de ella al menos por unas horas al día. Pero en el Jardín del Edén eso era imposible, porque allí no había nada de lo expuesto y todo se reducía a pasear por ahí, sestear bajo los árboles o charlar con los animales que tenía la habilidad del habla, que no eran muchos. Por todo eso comprendí que si no mordía la manzana a partir de aquel mismo día mi vida, incluso en el Paraíso, sería un infierno. Ella me reprocharía una y otra vez, durante nuestra eternidad, porque por entonces no moríamos, el que no hubiera tenido el valor de morder aquella dichosa manzana, ya que, después de todo, ¡ella lo había hecho y no había sucedido nada!
No sé por qué tuve ese momento de debilidad, ¡para desgracia de mi descendencia y del resto de los inocentes animales y plantas!, que sin duda fue influenciado por las circunstancias expuestas y la complicidad de la serpiente. Lo cierto es que acepté la manzana que me ofrecía Eva, y le di un bocado con gusto. En efecto, se trataba de la manzana más jugosa y dulce que he comido jamás. ¡Pero, como era de temer, sucedió la tragedia!
De pronto el cielo se oscureció con oscuros nubarrones y se desató una impresionante tormenta, algo totalmente desconocido en aquellas latitudes, por eso supe que era cosa del enfado de Dios por morder la manzana. No cayó una gota de agua, pero se desataron todas las fuerzas ciegas de la naturaleza. Sopló un viento huracanado seguido de rayos y truenos y estaba esperando que de un momento a otro se apareciera el mismo Dios para reprenderme por mi mala acción. Cuando amainó el temporal enseguida me di cuenta de que algo había cambiado radicalmente, y la reacción inmediata fue buscar la hoja de parra más grande que pude encontrar para cubrirme con ella el sexo. Pero, ¿por qué aquella extraña reacción? Debía ser sin duda uno de los efectos secundarios del pecado cometido. Eva al principio se lo tomó a risa, pero a juzgar por el color sonrojado de sus mejillas, estaba también avergonzada, y se buscó otra hoja para cubrir el suyo. ¡Era cómico vernos con una mano delante y otra detrás, sin saber muy bien por qué lo hacíamos! Pero sin duda que había una razón: hasta ese momento no me había dado cuenta de lo atractiva que era Eva, y ahora la veía con otros ojos, razón por la cual sentíamos vergüenza el uno del otro. ¡Porque por primera vez nos deseábamos! Bueno, al menos yo la deseaba, si ella sentía lo mismo que yo la verdad es que no estoy seguro.
En medio de la confusión por las nuevas emociones, escuchamos los pasos característicos y familiares de Dios, dando su paseo habitual por el Jardín del Edén, y por primera vez sentimos deseos de ocultarnos, más por vergüenza que por otra cosa. No queríamos que Dios nos viera desnudos. Dios, extrañado de no verme, me llamó:
—¿Dónde estás, Adán?
La verdad es que la pregunta me desconcertó, porque yo siempre había creído que Dios lo veía y lo sabía todo. Pero todavía fue más sorprendente el resto de nuestra conversación:
—Disculpa que me ocultara de ti, pero me avergüenza el estar desnudo y no he tenido tiempo de fabricarme algo más decente.
—¿Por qué te avergüenzas?
—¡Vaya pregunta para hacerla Dios! Ya deberías saber que hemos comido del manzano prohibido, porque se supone que Tú lo ves y lo oyes todo.
—No sólo me has desobedecido sino que además pretendes pasarte de listo.
—¡Yo sólo comento lo que he oído decir por ahí!
—¡Bien dicho, Adán! —interrumpió Eva, que se ocultaba detrás de una palmera.
—¡Tú eres la culpable, mujer! Yo te maldigo y maldigo tu descendencia por haberme desobedecido…
—Yo no tengo la culpa, fue la serpiente, que también es una criatura de Dios, bueno, quiero decir, tuya.
—¿No te estás pasando un poco, Dios? Pero ya te advertí que no era una buena idea crear a la mujer. ¡Y ahora la pagas conmigo!
—¡Es verdad, Adán, la mujer es peor que las serpientes, pero esto no quedará así! A partir de hoy no lo va a tener fácil. Parirá con dolor…
—¿Qué significa «parir»?
—¡No me interrumpas, Adán! Sobre tu vientre caminarás y polvo comerás cada día de tu vida…
—¿Y yo qué…?
—Por haber caído en la tentfaltaba!
—Y prepárate porque tendrás que aprender un oficio. ¡Se acabó el chollo del Paraíso de vivir sin trabajar!
—Bueno, eso no es tan malo. En realidad esto del Paraíso era algo aburrido.
—¡Aún no he terminado!
—¿Todavía hay más por darle un simple mordisco a una manzana?
—¡De polvo te hice y en polvo te convertirás!
—¿Qué significa eso?
—Adán, creo que Dios quiere decir que ya somos mortales.
Y así fue como terminó aquel engorroso asunto. Después envió a uno de sus querubines armado con una espada de fuego para que hiciera el trabajo sucio.
—¡Andando; estáis desterrados!
Y con malos modales nos amenazó con su espada indicándonos el camino de salida del Jardín del Edén.
—No os preocupéis —tuvo el cinismo de decirnos la serpiente, quien por cierto, se vino con nosotros—. ¡Ahora que habéis tenido el valor de rebelaros contra el mismo Dios no me cabe la menor duda de que saldréis adelante!
—Sí, muy graciosa, pero, ¿cómo es la vida ahí afuera?
—Ahí tendréis que trabajar duro desde el primer momento que pongáis los pies en el mundo real, y andaros con cuidado conmigo y libraros de mis mordiscos, porque una vez fuera no respondo de mis actos, ¡y pudiera suceder la desgracia de que la humanidad ni siquiera empiece!
Por fortuna vivíamos cerca de la salida, creo que del lado norte, y llegamos pronto a los linderos. Una vez allí el ángel que nos expulsó del Paraíso nos dio los últimos consejos, yo creo que por iniciativa propia, compadecido por nuestra desgracia.
—Tan pronto como salgáis del Paraíso notareis cosas raras, como que se os cansan las piernas en las cuestas arriba, o frío en las manos, bueno en todo el cuerpo, porque estáis desnudos. Tendréis algo tan desconocido como es el dolor de cabeza y de muelas, que son los peores, aunque los dolores más insoportables los padecerá Eva, pues parirá con dolor, y, para colmo, siendo como es primeriza. Tendréis sentimientos nuevos, como la vergüenza de ir desnudos y el miedo a la oscuridad. También os asaltará la duda, el desencanto, la desdicha y la desilusión, y todo eso es debido a que a partir de entonces seréis mortales, ¡y ya no os digo más, el resto tenéis que aprenderlo por vosotros mismos! Y ahora, adiós, salir ya del Edén al que no podréis volver jamás, porque tengo orden de cerrar las puertas a cal y canto ¡por los siglos de los siglos, amén! ¡Y nos puso de patitas en el mundo real!
Nunca me perdonaré mi debilidad y el tremendo dolor que ha causado a mis descendientes. Pero, a decir verdad, junto con infinitas cosas malas, aprendí unas cuantas buenas que ahora, después de todos estos siglos transcurridos, no sé si pensar que pese a todo valió la pena desobedecer a Dios. La primera cosa buena es que descubrí el placer sexual, pues en el Paraíso no existía, razón por la cual al principio no tuvimos descendencia, lo que ahora pienso que fue la verdadera razón por la que Dios nos mandó expulsar, pues ¿cómo íbamos a tener descendencia si no existía el deseo? Lo segundo es que Eva, orgullosa de mí y contrariamente a las previsiones de Dios, me tomó verdadero afecto y descubrimos el amor, la amistad y el compañerismo, y por tanto, gozamos de la felicidad, pero la humana y no esa felicidad celestial que aquí en la Tierra no tiene utilidad, además se acabaron sus ataques de histeria del Paraíso. Por último, decir que Eva tuvo la peor parte, pero al mismo tiempo las mayores satisfacciones, pues vio cumplidos sus deseos naturales de tener un hijo, Caín, una encantadora criatura nacida de su seno y no con trucos de costillas, como fue su caso. ¡Lástima que nos saliera una calamidad, pero eso ya es otra historia!
Y esta es la verdadera historia de mis orígenes y de mi vida en el Paraíso, confío en que les haya entretenido. Ah, por cierto, me han enviado un e-mail de Hollywood interesándose por mi historia, pero creo que han pasado los tiempos para este tipo de películas sobre estos temas, ni quedan ya buenos actores para estos papeles tan comprometidos. En fin, ya veré que hago, les he dicho que me lo estoy pensando.
El demonio de Eva
Eva está despierta desde algo más de las 5 de la madrugada. Está angustiada y no puede conciliar el sueño porque ese era uno de últimos despertar en su lujoso apartamento en la zona más codiciada de la ciudad.
Dentro de una semana ingresará en una residencia que ella misma ha elegido, para ingresarla para volver salir de allí en una hornacina, convertida en cenizas, y esparcirlas en cualquier lugar donde solo haya naturaleza, como es su deseo.
Tiene 82 años y necesita alguien a su lado para que le ayude a hacer cualquier cosa, como ir al baño, vestirse, llevarse los alimentos a la boca, caminar del salón al dormitorio, llamar a alguien por teléfono, levantarse de mullido sofá del salón, peinarse, ducharse, incluso, en el colmo de las vanidades, pintarse sus ajados labios, y ponerse un poco de rimel en sus caídos parpados.
Eva fue una bellísima modelo, que se disputaban modistos y pasarelas de todo el mundo donde se cotizaba la ropa de alta costura. Tenía el salón de su casa convertido en un museo de sí misma. Tal vez un centenar de fotografías, la mayoría en blanco y negro o ese color velado imperceptible de las primeras fotos en color de Kodachrome. Las que tenían vivos colores le disgustaban, porque eran actuales y mostraban una Eva envejecida, que ella detestaba. Por eso las fotos recientes estaban amontonadas en un cajón, en el fondo de un armario, en el que no guardaba nada de interés.
Las fotos enmarcadas y colocadas sobre la cómoda y cualquier mueble que pudiera servir de base o colgadas en las paredes, con escasos espacios libres, eran de una Eva admirada por su belleza y estilo inconfundible.
Sus movimientos en las pasarelas no eran estudiados ni ensayados, sino espontáneos y naturales. En su perfecto cuerpo la ropa alcanzaba un impresionante valor, como si fuera necesario comprar sus costosos vestidos para sentirse atractiva y deseada, como era ella.
No había político de la época o actor de moda que no se hubiera fotografiado junto a ella, para sentirse importante y merecedor de su compañía, ni gigoló o play-boy que no deseara ser su amante. Su fotografía favorita, que resaltaba de las demás por su tamaño, y su espléndido marco, con incrustaciones de oro, elaborado para ella en exclusiva, era la que le tomaron junto a los Beatles, a quienes ella admiraba apasionadamente. En la que Jhon Lennon estrechaba calurosamente la mano de una sonriente y emocionada Eva.
Pero el dinero le obsesionaba. Detrás de aquella simpática y bella mujer se ocultaba un corazón insensible, egoísta y calculador. Regateaba hasta el último céntimo en el pago de sus servicios; exigía recibos de lo que compraba, incluso aunque se tratase de una sencilla barra de pan, y, antes de abandonar los comercios, comprobaba que lo que había pagado se correspondía con lo que había comprado y con el precio marcado. Jamás daba propinas, porque consideraba como un abusivo impuesto más, pero encubierto.
De las muchas ofertas de matrimonio que tuvo, solo aceptó la de un multimillonario, ex-traficante de todo lo ilegal y prohibido, del que se aseguró que dada su edad y sus dolencias, no sobreviviría más de 5 ó 6 años. Su desamor y frialdad precipitó la muerte del desgraciado esposo, y falleció tres años después.
De ese lucrativo matrimonio heredó su lujoso apartamento y un sin fin de valores que todavía no había podido conocer. Se limitaba a recibir sus cuantiosos beneficios, y a estampar su temblorosa firma en decenas de documentos que su abogado de confianza le daba a firmar para mantener o incrementar la cuantía de sus elevadas rentas, al mismo tiempo que crecían las del fiel e interesado abogado.
Si antes la acosaban sus pretendientes por su belleza, ahora la acosaban por su riqueza. Se convirtió en la joven viuda más deseada del país. Pero Eva ya tenía lo que deseaba, dinero y libertad, y prefirió la compañía de Cuca, una alegre y gruñona perrita terrier a un nuevo marido.
Ella fue una de las primeras mujeres en presentarse en público vistiendo la provocativa minifalda inventada por Mary Quant, y fue también la modelo que más influyó en la aceptación de la novedosa y colorista moda pop de los años 60.
Combatía el hastío y el aburrimiento de una vida sin ambiciones ni objetivos en la ruleta de los casinos, donde solía perder fabulosas cantidades de dinero, o en los tres clubes sociales a los que pertenecía: uno en su ciudad, exclusivo para VIPs, otro ubicado en un campo de golf, a escasos kilómetros de la ciudad, deporte al que se había aficionado, y un club marítimo en una conocida localidad costera frecuentada por millonarios.
Así pasaron los años sin que tuviera conciencia del paso del tiempo, hasta el nefasto día en que al proponerse subir por una de escaleras automáticas de unos grandes almacenes, alguien comentó a sus espaldas: “Deja pasar a esta anciana”. Solo entonces se hizo cargo del derroche que había hecho de su preciado e irrecuperable tiempo perdido.
Desde ese mismo día empezó a pensar en la muerte, al principio solo como una curiosidad, pero poco tiempo después se convertiría en una obsesión. Como viene sucediendo en las últimas semanas, hoy a vuelto a tener la misma pesadilla, por eso ha deducido que alguien del otro mundo trata de enviarle un mensaje, pero que ella no puede entender
-¡Josefina, Josefina, ven rápido o este hombre me llevará al infierno! ¡No, suélteme; yo no quiero ir al infierno! ¡Josefina líbrame de este odioso hombre! ¡No, no, suéltame y déjame en paz! -gritaba presa del pánico.
Josefina, su enfermera y cuidadora, acudía a su habitación sabiendo que su enferma volvía a tener las alucinaciones como en las últimas semanas, en las que un hombre sin rostro, la cogía por el brazo y con una extraordinaria fuerza la obligaba a seguirle por un angosto y oscuro pasillo, iluminado solo por el resplandor de las de una gigantesca en el fondo del túnel.
Josefina entra en la habitación, enciende la luz y encuentra a Eva tendida sobre la cama, como si alguien la hubieran arrastrado realmente hasta allí, porque sabe que ella no podía por si misma adoptar aquella posición.
-¡Ah, por fin llegas! Mira cómo huye; la luz le molesta. Se vuelve a su infierno, ¡Pero mañana volverá! Y no cejará hasta que no le haga compañía en sut maldito infierno! Pero no se saldrá tenía un amigo de confianza, que incomprensiblemente lo conservaba desde la infancia. Ya era un anciano achacoso y de extrañas aficiones, y la más notable era su afición por los misterios de la cábala y su empeño en descubrir la piedra filosofal, que fransfromase el plomo en oro, porque compartía con Eva su pasión por el dinero, y en especial por el codiciado metal amarillo.
-Otra vez el cabrito de mi ex-marido ha intentado arrastrarme a su maldito infierno, pero yo se lo he impedido! ¿Tú me crees, verdad? ¡No pensarás que estoy loca!
Le comentó Eva a su anciano amigo durante una de sus habituales encuentros para echar una partida de brisca.
- Me cuesta creerlo, pero he leído muchos libros de magia negra y creo que en determinadas situaciones es posible que se aparezca el espíritu de los muertos para vengarse de los vivos a quienes odian.
- ¡Y él me odia! Tú eres un experto en magia negra y apariciones de espíritus malignos. ¿Cómo podría¿ librarse de este diablo de mi ex-marido?
_ En los tiempos en que eran frecuentes estas apariciones, se libraban de ellos con conjuros…
- ¡Pues hagamos un conjuro! Tú debes saber cómo hacerlos.
Mi querida amiga, sabes que haría por ti lo que fuera, pero me pides algo muy delicado y peligroso. Los demonios adquieren grandes poderes y no es fácil librarse de ellos. Sí, he leído en alguno de mis incunables varios conjuros con los malignos, pero no sé…
- No me importa lo peligroso que sea, porque tengo que liberarme de él o acabará arrastrándome al infierno!
Acordaron hacer el conjuro el siguiente domingo, en que Josefina tenía el día libre. De regreso a su apartamento, el fiel amigo se encerró en su valiosa biblioteca y buscó en sus esotéricos libros un conjuro adecuado para el caso. Tras una laboriosa búsqueda encontró uno adecuado y acudió el domingo tal como estaba previsto, a la casa de una excitada Eva.
Esta noche no me ha molestado -comentó con su amigo-. Debe saber que estamos preparando un conjuro que me librará de su maligna presencia.
El incunable que contenía el conjuro, había sido escrito a mano por los monjes de Cluny, en latín y con impresionantes ilustraciones de las diversas formas en que puede presentarse el maligno, pero estaba muy deteriorado y apenas era legible. Esperaron a la hora crepuscular, tal como indicaba el procedimiento, entraron en dormitorio, carraspeo para asegurar que su voz sonase fuerte y clara , y recito el temido conjuro.
Eva esperaba ver como su maléfico ex-marido era fulminado y arrojado a las tinieblas, de donde no pudiera salir para perseguirla y atemorizarla en lo que le quedara de vida. Pero no sucedía nada extraño ni sobrenatural, porque según el conjuro, se abriría la puerta del infierno y verían caer al endemoniado ex-marido a las tinieblas.
Amigo mío, creo que ese libro tuyo debe estar desfasado -comentó Eva visiblemente contrariada.-¡
Nunca conseguiré librarme de él!
Pero apenas volvieron al salón, la parez del dormitorio comenzó a vibrar y se abrió de nuevo el túnel que conducía a las llamas del infierno. Como las veces anteriores, surgió el endemoniado ex-marido, y con voz tenebrosa gritó a la asustada Eva:
Tú me has convocado y ya no podrás librarte de mí. Te arrastraré conmigo al infierno!
En vano Eva trató de zafarse de su ganchudas manos y la arrastró al tunel entre gritos y lamentos de la infortunada Eva.
Atónito el amigo que había hecho el conjuro se preguntó qué había salido mal y repasó el éxito manuscrito prácticamente ilegible, se dió cuenta de que al pie del pergamino, había una no que apenas era ilegible:
"Christiani invocatis servare potente diabolo fascinavit dominica die, quia contrarium habebit"
(Guardensé los cristianos de invocar al diablo con este poderoso conjuro en el día del Señor, porque tendrá un efecto
La historia de Ivette
–Me he divertido mucho en tu fiesta, Ivette. Tienes una mamá genial. Nadie cuenta historias como ella.
–Sí, sabe muchas bonitas historias; ¡es escritora!
Recuerdo este sencillo diálogo con una de mis mejores amigas al final en mi fiesta de cumpleaños, cuando cumplí siete años, esa delicada edad cuando empezamos a distinguir lo real y lo fantástico, mezclando lo uno con lo otro. Ese mismo día, en que parecía que todo eran alegrías y sonrisas, comenzó para mí un verdadero calvario.
Soy una escritora y he imaginado muchas historias, pero es cierto que la realidad supera la fantasía, porque lo que me sucedió en los días siguientes supera cualquier historia fantástica que pudiera imaginar. También fue ese el día que fui consciente de lo que significaba ser escritora, en especial de cuentos infantiles, al contemplar las expresiones de felicidad de mis amigos, que escuchaban embelesados los relatos de mi madre.
Ella me enseñó la importancia de nuestro laborioso, sacrificado y creativo oficio de escritores, pero npodré llegar a estar a su altura, porque mi madre era una persona genial, de las que nacen solo una entre un millón.
Cuando me despedí de todos losc invitados con felicitaciones y elogios a mi madre, la encontré pos–trada en el sofá, con un alarmante gesto de dolor en el pecho, que había reprimido durante toda la fiesta.
–Mamá, te sucede algo; ¿no estás bien?
c No, cariño;v solo es un ligero mareo por el jaleo de tu fiesta, esos diablillos te agotan. ¿les ha gus–tado tu fiesta?
Pero yo no pude concentrarme en la respuesta, porque ya entonces tuve el presentimiento de que mi madre estaba muy enferma, pero no podía imaginar su gravedad.
Otras veces, durante nuestros habituales paseos dominicales en bicicleta por las orillas del río que atraviesa nuestra ciudad, me rogaba que nos detuvieramos a descansar unos instantes, y de nuevo el mismo gesto de dolor y el esfuerzo que hacía para disimularlo.
Yo no solo admiraba a mi madre por su talento, dulzura y su clara inteligencia, sino que estaba muy unida a ella, porque prácticamente vivíamos solas las dos en nuestro enorme apartamento de Berlín.
Mi padre es un renombrado arquitecto y tenía que supervisar los muchos edificios que había proyectado y que estaban todavía en construcción, diseminados por todo el país. Solo tpodíamos reunirnos en familia los fines de semana, que mi padre aprovechaba para descansar, darse un relajante baño, sin prestar mucha atención a lo que se estaba gestando en mi madre.
Pero los efectos de su grave enfermedad fueron notorios, por la alarmante palidez de su sudoroso rostro y un permanente rictus de dolor en sus labios.
La alarma que hizo prestar atención a mi padre sobre su estado de salud, fue el día que dejó de escribir su relato semanal que radicaba por una emisora de radio local.
– Mami, qué te pasa, tú nunca has dejado de escribir los cuentos para la radio…
– Ivette, cielo, no me pasa nada, pero todos los escritores tenemos días malos en los que no nos funciona la imaginación.
– Pero, mami, todos los niños de mi colegio escuchan tus cuentos…
Sí, mi madre estaba sufriendo la mayor tragedia de un escritor: ¡no poder escribir!
Como yo había presentido, una trágica mañana mi madre sufrió un violento ataque al corazón cuando yo me disponía a salir para ir al colegio, y cayó desplomada sobre el suelo, llevándose las manos al pecho donde tenía su inmenso corazón dañado.
Yo no supe cómo reaccionar, solo se me ocurrió abrazarme a ella y exclamar aterrorizada.
–¡Mami, mami, qué te pasa, por qué no me hablas. Mami, yo no quiero que estés así; mami, tengo miedo y tú no dices nada ni te mueves, mami dime algo, por favor, dime algo…
Yo no sabía qué hacer, era demasiado pequeña para asumir aquella dramática situación, rompí a llorar sin dejar de abrazar su cuerpo con un corazón paralizado.
Así permanecí no sé cuánto tiempo hasta que vino a nuestra casa una asistenta que ayudaba a mi madre en las tareas de la casa. La pobre mujer sufrió un ataque de nervios al contemplar aquella escena: ¡una niña llorosa abrazaba a su madre muerta! Si yo hubiera reaccionado y salido en busca de alguien que me ayudara a llevarla al hospital llamado a una ambulancia tal vez se hubiera salvado.
Fueron unos minutos horribles, yo no quería separarme de mi madre, porque no podía concebir la idea de la muerte y pensaba que pronto recobraría la conciencia y todo volvería a la normalidad. Prácticamente me arrancaron de su cuerpo. Yo insistía sin dejar de temblar de
pies a cabeza y sin dejar de llorar.
–¡Mami, despierta, no quiero que estés así, despierta por favor…!
Cuando llegó una ambulancia y la trasladaron al hospital, donde solo pudieron certificar su defunción, me tuvieron que sujetar para que no fuera corriendo detrás de los sanitarios que sacaron su cadáver de nuestra casa, y yo me quedé en estado de shock, sin apenas darme cuenta de lo que sucedió después.
Mi padre nombró a uno de sus ayudantes para sustituirlo y acudió consternado por la inesperada muerte de mi madre. Yo me dejaba llevar como una autómata de un lado para otro, sin recuperarme del shock, incapaz de pensar o recordar lo que había sucedido.
Mi padre se creyó el responsable de su muerte por no haberla atendido mejor, y por un tiempo se encerró en nuestra casa y no prestaba atención a sus compromisos y muchos de sus edificios tuvieron que suspender los trabajos con enormes pérdidas. Solo cuando le amenazaron con demandar .reaccionó y volvió a sus ausencias. Fue inútil que tratara de que yo comprendiera su situación y sus graves responsabilidades ineludibles, pero yo no escuchaba lo que me trataba de decir, porque seguía en estado de shock.
Recurrió a una hermana de su madre, de avanzada edad, pero de espíritu alegre y jovial, que mi padre creyó la más indicada, para que se hiciera cargo de mí las 24 horas del día y que me llevara al mundo real y aceptara los hechos irremediables. Pero yo me encerré en mi habitación y como si estuviera grabado en mi cerebro, repetía en susurros la misma lamentación:
-Mami, vuelve de donde te hayas ido. Seré buena, no comeré dulces a escondidas, me comeré las verduras que tu sabes que odio y no me olvidaré ningún día de lavarne los dientes; sí, mami lo haré todo sin quejarme , pero vuelve , vuelve mami…
Y terminaba rompiendo a llorar desconsolada al no recibir respuesta. En vano mi cuidadora trataba con enorme afecto, paciencia y cuidado de no decir nada que pudiera hacerme revivir aquellos dramáticos sucesos. Pero yo me encerré en mi habitación repitiendo entre sollozos las mismas súplicas, porque estaba convencida que mi madre las escucharía y volvería de donde estuviera. !Y sucedió!
Una mañana al despertar me encontré a mi madre sentada al borde de mi cama. La enorme alegría de su regreso me dejó sin habla solo quería abrazarla. Pero cuando me abalancé estuve a punto de caerme de la cama, porque no tenía nada que pudiera abrazar, se había vuelto transparente y vestía una horrible bata blanca con un número impreso en el lado de su corazón, que la había llevado a su súbita muerte.
- Mami, ¿por qué no puedo abrazarte? ¿Qué te han hecho en el hospital? ¿Por qué…
Quería hacerle mil preguntas, pero hizo un gesto con las manos para que guardara silencio, y pude escuchar su extraña voz que la escuchaba dentro de mi cabeza pero no por los oídos..
- Guarda silencio, cariño, nadie más que tú debe saber que estoy aquí. Sé que has sufrido mucho por mi muerte…
-Entonces es verdad lo que dice papa, que estás muerta.
- Si, estoy muerta, pero eres demasiado pequeña para dejarte sola en estos tristes momentos. Seré tu ángel de la guarda hasta que te resignes y aceptes todo sin poner objeción ni la menor duda y cada mañana al despertar estaré siempre a tu lado y cada mañana, cuando despiertes, me tendrás sentada aquí, al borde de tu cama para que me cuentes todo lo que te apena para ayudarte a superarlo. ¡Seremos muy felices!
A mi tierna edad estaba dispuesta a creer cualquier cosa por extraño que pareciera y, a pesar de no ser más una visión incorpórea, acepté su propuesta.
A aquellas silenciosas horas de la mañana mi conversación con mi difunta madre la escuchó mi anciana cuidadora y alarmada informó a mi padre.
-Parece como si hablara con su madre y que estuviera en persona en su habitación. Creo que debes hacer algo antes de que sea demasiado tarde y pierda el juicio.
El fin de semana mi padre regresó como de costumbre y a la mañana siguiente permaneció pegado a la puerta de mi habitación tratando de escuchar mi conversaciones con mi difunta madre.
Cuando desperté ella estaba sentada al borde de mi cama, como me había prometido.
-Buenos días, cariño ¡cómo se encuentra mi pequeña esta mañana!
-Buenos días mami, estoy triste porque tú…
Y no pude terminar la frase porque mi padre entró sin llamar a mi habitación. Mi madre desapareció apenas se escuchó el ruido del pestillo de la puerta.
- Ivette, hija, ¿con quién estabas hablando? ¿Hablas con tu madre?
Yo estaba furiosa porque había causado su desaparición, pero él creyó que si me desengañabal volvería más pronto al mundo real, y me recriminó con una agresividad impropia de él.
-Hija, acepta los hechos! Tu madre está muerta y los muertos no regresan nunca con los vivos. Estás viendo alucinaciones por causa del dolor de su muerte, pero ella nunca ha estado aquí, en esta habitación ni podrá estar jamás!
- ¡No es verdad, ella estaba aquí, pero tú la has asustado y se ha ido, porque nadie debe saber que ha estado aquí. Era nuestro secreto, y tú lo has estropeado todo. Ahora no vendrá nunca más. ¡Te odio! ¡Te odio! !Vete! ¡Sal de mi habitación!
Y nuevamente la angustia que sentía me hizo llorar desconsolada.
Tuvo que intervenir mi anciana cuidadora para poner paz en aquella violenta situación.
-Ven, déjala sola y no hagas caso de lo que te dice, cuando se recupere te pedirá perdón.
Mi padre estaba profundamente dolido por mi violento comportamiento, pero se resignó y me dejaron sola en la desolada habitación.
SEGUNDA PARTE
A pesar de mis ruegos, mi madre no apareció sobre mi cama la mañana siguiente ni en las posteriores. Estaba tan deprimida que comencé a maquinar una terrible idea para reunirme con ella: Si estaba muerta pero al mismo tiempo de alguna manera, también estaba viva, yo podría reunirme con ella allí donde se encontrará si moría yo también.
En aquella tierna edad yo creía que morirse era como cambiar de casa en otro barrio. Había escuchado comentar a las madres que vienen a recoger sus hijos del colegio, que algunos famosos habían muerto por una sobredosis de sedantes, y recordé que mi madre también los tomaba y que los guardaba en un armario del cuarto de baño, !y allí estaban!, un frasco entero de pastillas blancas y rojas que parecían de caramelo.
Excitada por el descubrimiento escondí el preciado frasco en mi habitación y esperé al anochecer, cuando mi cuidadora estuviera dormida. Entonces imaginé que aquella misma me reuniría con mi madre. Fueron unas terribles horas de angustia que me hacían llorar sin que lo pudiera evitar. Mi cuidadora se dio cuenta de que algo grave me estaba sucediendo, pero no podía imaginar lo que estaba tramando.
- Niña estás temblando de pies a cabeza. Si es por algo que te asusta, esta noche puedes venir a dormir conmigo.
Hoy tengo la certeza de que aquella alegre mujer leyó en mi agitación que estaba urdiendo algo grave. Yo no sabía qué excusa buscar para rechazar su invitación, pero después de un dramático silencio me ocurrió una buena coartada:
-Como dice mi papá que mi mamá no puede estar allí, ya no tengo miedo de dormir sola.
Aquella contestación le hizo creer a la pobre mujer que ya me estaba volviendo el juicio, y empezaba a resignarme y volver a la normalidad.
Me encerré en mi habitación e hice ver que jugaba con mis muñecas, lo que tranquilizó todavía más a mi celosa cuidadora.
Estaba firmemente decidida a seguir adelante con mi plan y fingí que estaba jugando con todas esas cosas que me gustaban y me hacían sentirme bien, como los ositos de peluche que me regalaba alguien cada cumpleaños; o los disfraces de payaso y de hada madrina que vestí en los últimos carnavales; o los póster de mis personajes de dibujos animados que me hacían reir; o la cajita de música con la melodía de “Para Elisa”, y tantos otros juguetes que no podría llevarme allí donde fuera que estuviera mi madre.
Fueron unos momentos de una terrible lucha interna en los que el gran cariño que sentía por mi madre competía con todos aquellos objetos testigos de los momentos felices de mi corta vida.
Pero reaccioné enérgicamente y le di prioridad a mi madre.
Saqué el pequeño frasco de pastillas de donde lo tenía escondido y me pareció increíble que algo tan pequeño pudiera llevarme tan lejos.
Aquella noche mi cuidadora estaba muy inquieta, porque debía tener el presentimiento de mi intento de suicidio y entró de improviso dos veces en mi habitabiacion con la excusa de preguntarme si deseaba algo. Paradójicamente ella colaboró con mí frustrado suicidio, y le pedí un vaso de leche, porque había olvidado traer algo líquido para tomar las pastillas.
Pasada la medianoche ya no se escuchaba nada y supuse que mi guardiana estaría ya dormida. Yo apenas podía mantenerme despierta. Durante esas angustiosas horas mi infantil conciencia se esforzaba inútilmente en hacerme despertar de aquella pesadilla, pero yo no la escuchaba.
Desparramé las pastillas sobre la colcha y durante unos angustiosos momentos en los que me impresionó la idea de que esa misma noche pudiera estar junto a mi madre, a quien volví a llamar en una dramática última súplica.
- Mami, si me estás escuchando ven y no tomaré estas pastillas.
Pero no apareció y entre más amargos sollozos fui ingiriendo una a una todas aquellas coloridas pastillas. Unos instantes después, en los que yo esperaba el milagro de la reunión, sentí una dolorosa punzada y como si un rayo atravesara mi cerebro y perdí el conocimiento.
Al desplomarme sobre la almohada, el frasco vacío de las pastillas rodó por la colcha hasta estrellarse contra el suelo haciéndose añicos.
El ruido despertó a mi guardiana y corrió a mi habitación entre lamentos, porque presentía que algo grave me había sucedido. Cuando entró en mi habitación y me vio postrada e exclamó:
—¡Dios santo! ¿Qué has hecho, pequeña?
Se acercó a mí y al ver que estaba inconsciente, me zarandeó tratando de reanimarme. Cuando descubrió los restos del frasco, enseguida comprendió lo que había sucedido.
-!No; por el amor de Dios, no es posible que haya hecho algo así! Pero sí, lo ha hecho; ha debido ingerir todas las pastillas de este frasco. ¡Ay Dios mío, qué desgracia! Tengo que llamar una ambulancia, pero ¿dónde he puesto yo el maldito móvil?
En su azoramiento y nerviosismo fue incapaz de encontrar su móvil, aunque estaba a su alcance y dejó pasar un tiempo que ponía en riesgo mi vida.
Desconcertada y angustiada, salió a la calle en busca de ayuda y quiso el destino que en ese preciso instante circulase una patrulla de la policía municipal de vigilancia nocturna, y unos minutos más tarde llegó una ambulancia con un médico:
-No podemos hacerle aquí un lavado de estómago porque está en coma. Hay que ingresarla urgentemente en el hospital y que Dios nos ayude y no se nos muera en el trayecto. !Pobre criatura! ¿Por qué siendo tan niña ha intentado suicidarse?
Ese fue el pesimista diagnóstico de quien me atendió. A mi pobre cuidadora tuvieron que inyectarle un fuerte calmante, porque no cesaba de gemir y maldecirse a sí misma por su descuido.
En el hospital me trataron con todos los procesos médicos para estos casos, pero yo no reaccionaba y se pusieron en contacto con mi padre para informarle sobre mi ingreso y los resultados negativos del tratamiento. Profundamente afectado emprendió un temerario viaje de regreso.
Durante el dramático viaje estuvo a punto de estrellar su automóvil y suicidarse él también, porque dos muertes en su ausencia era intolerable.
Para su desesperación, los informes de los médicos que me atendieron no podían ser más negativos.
-Desgraciadamente en el frasco no solo había sedantes, sino medicamentos para el tratamiento de la enfermedad cardiovascular de su esposa, y la mezcla no puede ser más nociva. Lamento tener que decirle que la vida de su hija está ya en manos de Dios y de ella misma si lucha contra la muerte, pero es muy joven y no tiene fuerzas suficientes para luchar contra la fatalida.
Por si estas luctuosas declaraciones del médico que me atendió no le abrumaron lo suficiente, le previnieron que incluso en el caso de salir del coma, mi cerebro podria haber sido afectado y pasar el resto de mi vida en estado vegetativo
—¿Puedo quedarme en su habitación hasta que salga del coma?
-Sí, haremos una excepción. Incluso háblele usted mostrando su cariño y su deseo de que sobreviva, puede que le escuche, la medicina no es especialista de las almas solo de los cuerpos.
Le acondicionaron en una cama plegable junto a la mía y permaneció pendiente de algún gesto mío que indicara mi recuperación. Pero al día siguiente continuaba sin recuperar la consciencia. Cuando
ya clareaba y en el hospital había un inusual silencio, mi padre siguió los consejos del médico y se decidió a hablarme. Había estado llorando en silencio; se secó las lágrimas y se sentó en el borde de mi cama:
- Hija, dicen los médicos que tal vez puedas escucharme, si es así te ruego que luches contra lo que te quiere arrastrar a la muerte y sobrevivas, porque si mueres perderé la niña con la que siempre
había soñado que fuera mi hija y que me llenó de felicidad y dio sentido a
mi vida. Te quiero mucho, tanto como quería a tu madre, pero de otra forma. Yo no soy un buen orador ni sé decir lo que siento como sabía hacerlo ella, solo sé proyectar casas, pero espero que para ti sea suficiente repetirte que te quiero mucho y te ruego que tengas la voluntad y la energía suficiente para que venzas a la muerte y te recuperes sin que te quede ninguna secuela. Como si nada hubiera sucedido, solo un mal sueño; una pesadilla. Eso es todo lo que deseaba decirte... Espero que me hayas escuchado.
Se acercó a mí, me besó en la frente y susurro angustiado. "¡Hija, no me dejes tú también!" y volvió a su minúscula cama, donde le venció el sueño.
Yo le escuchaba, pero de una forma extraña. Su voz sonaba en mi cerebro como si estuviera hablándome en el interior de una cueva.
No; mi padre no me culpaba de la muerte de mi madre y cometí un grave error que estaba pagando.
Intenté despertar, pero todos mis esfuerzos fueron inútiles. Algo me tenía presa como si me hubieran atado. No podía ni abrir los párpados ni sentía frío ni calor. Era evidente que mi cuerpo estaba ya inerte, posiblemente ya había muerto.
- Ivette, mi pequeña, ¿por qué lo has hecho?
De improviso escuché, con la misma voz extraña, a quien parecía ser mi madre.
- Mamá, ¿eres tú? !Pero tú estabas muerta!
- Sí Ivette, estoy muerta, y tú también estás clínicamente muerta, por eso puedo hablar contigo. Pero estás solo en el umbral, y aún puedes salvarte.
- Mamá, perdóname por haber dejado que murieses, yo...
- Ivette, mi pequeña, no fuiste tú sino mi destino el responsable de mi muerte. Todo está escrito en la estrella de la que venimos. Al igual que el polen viaja largas distancias en busca de una flor para fertilizar un fruto, las almas surgen de las estrellas y recorren largas distancias a través del universo para fertilizar el óvulo de un ser humano. Estaba escrito que debía morir ese día y nadie hubiera podido evitarlo. En tu destino no está escrito que mueras en este hospital. Todavía tienes que recorrer un largo camino, muchas bellas obras que escribir, porque tu también serás escritora. Solo
me queda darte un consejo antes de emprender mi largo viaje de regreso a mi estrella: cuando tengas dudas sobre tu talento, alza la vista al cielo en una noche clara y verás que hay millones de estrellas, unas son grandes y otras pequeñas, pero todas brillan con luz propia. Seas una gran o pequeña escritora brilla siempre con tu propia luz. Mi pequeña Ivette, vive y despierta y recibe a tu padre con una sonrisa,
para que sepa que has vencido la muerte. Y ahora tengo que marchar. No olvides nunca este consejo, no olvides que yo te lo dí…
Y dejé de escuchar su voz, porque se había desvanecido
Unos instantes después, sentí un fuerte dolor en el estómago, y un sabor amargo en la boca. Poco a poco se fueron activando mis sentidos hasta que pude abrir los ojos y ver a mi padre dormido.
Amanecía y un rayo de sol atravesaba mi ventana y sentía su calor en las mejillas, por lo que no había duda de que recuperaba todos los sentidos. Quise llamarle y despertarle, pero no podía articular ninguna palabra. Lo intenté una y otra vez hasta que por fin tartamudeando pude llamarle.
- !Pa... pa!
Se despertó y al ver el rayo de sol que iluminaba mi mi rostro creyó que era una alucinación
—Ivette, ¿eres tú quién me has llamado o es una alucinación?
Yo no pude responder, pero le sonreí como me había pedido mi madre y mi padre comprendió que había despertado.
Hace veinte años de aquellos sucesos y nunca sabré si mi madre que apareció era realmente ella o imaginaciones mías, pero cada vez que contemplo un cielo estrellado recuerdo su consejo: .«Seas grande o pequeña, brilla siempre con luz propia»
Cuento de hadas del Grunewald
Durante el equinoccio de primavera y en especial las noches de luna nueva, despejadas y estrelladas, los niños y los artistas pueden gozar de la grata presencia de las hadas del Grunewald. No son muchas, tal vez no lleguen a la media docena, y debido a su carácter nervioso e inconstante, suele ser raro el poder cambiar más de unas cuantas frases de cortesía con ellas.
Suelen aparecer en los lugares más insospechados, como por ejemplo, tenerlas prácticamente pegadas a tu espalda sin que te des ni cuenta, y permanecer así un buen rato. Sólo sus risitas las denuncian, pero es necesario que haya un completo silencio, porque por su reducido tamaño no tienen una voz muy potente. La más grande que he podido ver no era mayor que la palma de mi mano. Son relucientes, visten por lo general una ligera túnica blanca hasta las rodillas, sujeta con un lazo, casi siempre de color rosa, pero las más veteranas (no hay hadas viejas) prefieren el azul. Van dejando un cierto destello tras de sí, por lo que se las puede ver ya desde lejos, pero no confundirlas con las luciérnagas, con las que no acaban de entenderse, y normalmente todas llevan una pequeña varita que algunas manejan con bastante destreza, y con la que suele hacer ciertos prodigios si tienen un día bueno.
Digo todo esto porque como ando metido en la redacción de un nuevo libro de cuentos berlineses y por desgracia no soy berlinés más que de corazón, no estoy muy inspirado. Un buen amigo experto en hadas y duendes berlineses, que trabaja para una conocida editorial infantil, me comentó que las hadas del Grunewald saben centenares de cuentos, pero se los cuentan sólo entre ellas o a ciertos niños de imaginación fuera de lo común. La mayoría son divertidos, pero también saben cuentos con moraleja, que suelen contar a las hadas más jóvenes, para que sienten la cabeza y dejen de hacer prodigios sin sentido común.
Hoy es una de esas noches que citaba al principio. He cogido mi bicicleta, un discreto bloc de notas, y me he aventurado en la espesura de este bosquecillo, a ver si tengo suerte y doy con alguna que me eche una mano. Varias veces me he vuelto por si me seguían pegadas a mi espalda, pero todo lo más que he visto a sido alguna de sus odiadas luciérnagas, por lo que he tenido que cambiar de lugar varias veces.
Suerte que me he preparado un bocadillo y he echado en el macuto un par de plátanos, porque ya son más de las dos de la madrugada y aquí no aparece hada ninguna. Si dentro de una hora no hay novedades, me vuelvo a Berlín, pero no dejaré de hacer una visita a mi informador, que sin duda se ha aprovechado de mi necesidad para tomarme bien el pelo.
Lo que yo no sabía era que las hadas suelen reunirse en lugares frescos, junto a riachuelos o pequeños estanques. También les gustan los matorrales floridos y frondosos, porque al ser tan pequeñas pueden meterse por donde les de la gana sin problemas.
—¡Hola!
Por el tono de voz débil y cantarina, deduje que me había jugado la broma de costumbre y tenía a un hada pegada a la espalda un buen rato y yo sin darme cuenta.
—¡Ah, hola! Vaya, por fin apareces, ¡que llevo más de tres horas dando vueltas como un tonto!
—Lo sé, te he visto entrar en el bosque, pero no estaba seguro de si eras un artista, por eso te he seguido.
—¿Y cómo sabes ahora que soy un artista?
—Por que tienes paciencia y fe en ti mismo.
—¡Muchas gracias, muy amable, pero he estado a punto de perderla! Pero, ¿no puedes quedarte quieta ni un momento? ¡No sé ni dónde tengo que mirar para saber que estoy hablando contigo!
—No; no puedo. Las hadas somos algo nerviosas
—Me recuerdas a un colibrí.
—¿Qué es un colibrí?
—Un pájaro pequeño como tú y que también es muy nervioso. Habitualmente se alimentan del néctar de las flores.
—¡Hummm, que rico! Aquí no hay pájaros de esos.
—En mi país sí
—¿Y también hay hadas?
—Supongo que sí, pero la verdad yo no las he visto. En aquella época no escribía cuentos.
—¿Y ahora si?
—Estoy empezando, pero ando algo torpe todavía. Precisamente por eso... había pesando... Pero ¿dónde te has metido? ¡Ah, estas aquí!... Bueno, como te decía, tal vez tú...
—¡Yo sé muchos, pero sólo se los cuento a los niños! Tú eres ya un poco mayor para cuentos...
—Te equivocas, hay muchos mayores a los que nos encantan los cuentos.
—También me sé algún cuento para mayores
—No quiero parecer exigente... pero... ¡tiene que ser un cuento berlinés! Es que si no la editorial no lo quiere...
—¡Que exigentes! ¡Sí, me sé uno muy gracioso!
—No es necesario que sea gracioso, también puede ser serio, les da igual.
Conseguí lo increíble para un hada de su carácter, pues se sentó sobre la rama de un pino joven, se colocó la túnica sobre las rodillas, dejó por un rato tranquila la varita sobre la rama y tosiendo un par de veces para aclarar la voz me contó este cuento:
«—Había una vez en el bonito barrio berlinés de San Nikolas un pintor de gran talento, Wofgang Cornelius se llamaba. Le encantaban los cuadros de hadas, en paisajes bucólicos y llenos de colorido, magia y encanto. Pero a la gente mayor sus cuadros no les gustaban y no lo pasaba muy bien. Su situación económica empeoró de tal manera que llegó al punto de no poder comprar nuevas pinturas y ya ni siquiera podía pintar. Pero como estaba desesperado y hacía dos o tres días que no comía, se le ocurrió la tontería de visitar al dueño de la tienda de cuadros que hay justo frente a la iglesia, llevándole una tela en blanco.
—Buenos días —le dijo Wolfgang—, le traigo una estupenda obra de arte, que espero la venda en un instante.
—Veamos esa maravilla— contestó el merchante con cierta sorna.
Wolfgang desenvolvió la tela y se las mostró desde cierta distancia, para que se hiciera mejor a la idea de la composición.
—¡Pero si está en blanco!
—¿En blanco? ¿Cuánto hace que no se hace revisar la vista?
—Tengo una vista excelente y no veo otra cosa que un tela en blanco—, insistió el merchante, sin perder la flema, pues en el fondo sentía gran respeto por los artistas y sus opiniones.
Wolfgang dejó la tela sobre el escaparate y se armó de imaginación para sugestionar al buen señor, que seguía receloso. Pero en esto que se detuvo un lujoso carruaje frente a la tienda de cuadros, y de él descendieron dos personas ricamente trajeadas. Una de ellas era de aspecto imponente, con capa de fieltro sobre sus nobles hombros, chaleco bordado en oro, sombrero de copa, manejaba con soltura su bastón y llevaba unos impresionantes anteojos oscuros que le daban aire misterioso e interesantes. Tras señalar varias veces el cuadro expuesto por Wolfgang, sonó la campanilla y ambos caballeros entraron en la tienda.
—Buenos días señores —le dijeron al marchante, tras una respetuosas reverencia— desearía comprar un bonito cuadro para mi estudio. Mi ayudante me ha comentado que el del escaparate parece interesante.
El merchante no salía de su asombro. Cambió alguna cómplice mirada con el atónito Wofgang, se encogió de hombros, y como su trabajo consistía en complacer al cliente, le siguió la corriente.
—Sin duda, noble y entendido señor, es de uno de los pintores más afamados de Berlín, ¡Wolfgang Cornelius! Mire por donde casualmente está él mismo aquí en persona, ¡y no tenga en consideración su aspecto algo desmejorado, pero así son los buenos artistas!
—Es un honor, y ya que está aquí ¿podía él mismo describir su obra?
Wolfgang se puso algo nervioso, pues temió que su juego había llegado demasiado lejos, pero ante la insistencia del caballero y su creciente necesidad, se la jugó y le describió el imaginario cuadro.
—Como puede ver es la imagen de una bella hada, con toda probabilidad del Grunewald, subida sobre un cisne que sobrevuela el río Havel. Al fondo aparece un cielo pálidamente iluminado por las últimas luces del crepúsculo, y el disco rojo de un sol de poniente. Otros cisnes acompañan su vuelo en ordenada formación. Abajo brilla el agua del Havel, bordeado de bosquecillos ya en el inicio del otoño, de color amarillo, ocre y rojo aterciopelado. Sobre el agua navegan varios veleros de porte esbelta, dejando una brillante estela de espuma blanca. En las orillas, los pescadores lazan sus sedales en busca de las suculentas carpas y decenas de casas solariegas bordean el río, con sus bien cuidados jardines, donde no falta la réplica de un duedecillo barbudo y rechoncho...
—¡Se lo compro! —exclamó de pronto el caballero.
—¡Pero, noble señor, es que en realidad... —intentó protestar Wolfgang.
—¡No hablemos más, le doy 5.000 marcos!
—¡Muy agradecido, pero yo creo que antes!...
—¡Está bien, 10.000 marcos, pero ni uno más!
Tan firme era su decisión y tan de sorpresa cogió al pobre pintor y al asombrado marchante, que accedieron a la venta. Envolvieron cuidadosamente el cuadro y se lo entregaron al que parecía su criado.
—Sólo una impertinente pregunta —se atrevió a decir Wolfgang—, ¿puedo saber quién es usted?
—Por supuesto, soy Marcus Schlosstein, conde de Schlosstein. Soy ciego de nacimiento, y este es el cuadro más bonito que he visto en mi vida!»
—¿Qué, ¿te ha gustado el cuento? —me preguntó el hada.
—Pchsss, no se si les gustará —en realidad todavía no había salido de mi asombro.
—Dicen que cada vez que pasaba sus dedos por la tela en blanco veía el hada volando sobre el cisne blanco y el resto del paisaje.... ¡Bueno, si no te ha gustado no lo escribas y en paz! Y ahora me voy, que mis compañeras ya me andarán buscando. Nunca suelo perder tanto tiempo con un mortal, ¡y menos tan crecidito!
Y visto y no visto desapareció. Como no tenía otra cosa mejor que hacer ni se me ocurría un cuento mejor, lo pasé a limpio y aquí está. Espero que les haya gustado, aunque sólo sea por no hacer el feo al hada que me lo contó.
El perro de Frau Goldschmidt
En el barrio berlinés de Charlotemburgo, no lejos de río Spree y a un paso de los jardines del palacio, vivía Frau Emma Goldschmidt, una anciana de buen carácter, ya algo torpe porque rondaba los ochenta, pero que pese a sus lógicos achaques, no paraba en casa ni un instante, pues no soportaba la soledad y le aburría la televisión.
Lo normal era verla dando de comer a las hambrientas gaviotas que revoloteaban histéricas entre lastimosos graznidos, o las feroces fochas, siempre peleándose entre ellas, o los atolondrados patos, pero sus favoritos, naturalmente, eran la pareja de orgullosos y ceremoniosos cisnes, que acompañados de sus últimas crías, se hacían los dueños de río.
Como se aproximaba Navidad, Frau Goldschmidt, garrota en mano y los ánimos listos, se dispuso a visitar el mercadillo de Navidad instalado en el patio del Palacio de Charlotemburgo. Desde hacía años tenía la costumbre de comprar un cuarto de kilo de jamón ahumado del Tirol a su amigo el Salzburgués, como se llamaba el tenderete, donde cada año ofrecía toda clase de ricas especialidad del Tirol.
— ¡Un cuarto de lo mismo, Hans! —le dijo al mozo del puesto.
— ¡Ni un gramo más, Frau Goldsmidt, y que se lo coma con salud y paz de Dios, que eso no debe faltarle!
— Uno de estos años ya no me verás por aquí, y donde pienso ir ¡ya no me aprovecharán tus pancetas!
— ¡No tenga usted prisa, que aquí no se está tan mal!
— ¡La soledad, amigo Hans; la soledad es lo peor! ¡Hace quince años que murió mi pobre Albert y todavía no me he acostumbrado!
— ¡Cómprese usted un perrillo, hacen mucha compañía!
— ¡Quita, quita, que engorro! Hay que sacarlos cada día a paseo, se hacen caca por todas partes y no te dejan dormir. Un gato, todavía, pero ¡pobre animal, no tengo edad para ocuparme de ellos!
Compró su jamón de cada año, lo metió en el bolso, se armó de valor, y después de despedirse hasta el año próximo (si Dios así lo quería) emprendió el regreso a su casa.
No hubo salido del concurrido mercadillo, cuando tal vez atraído por el olor del jamón o por simpatía hacía la anciana, Frau Goldschmidt observó que la seguía un perro de pequeño tamaño, peludo como un bola de algodón, morro fino, orejas tiesas y mirada vivaracha.
«¡Qué salado es este chucho!», pesó recordando el consejo del tendero tirolés, «¿Qué andará haciendo por aquí sin su dueño?». Pero no le dio mayor importancia y se concentró en su marcha, sobre todo al llegar al semáforo de la Otto-Suhr-Alle y la Kaiser-Frederich-Straße, que cruzaba en dos veces. Alcanzó el otro lado de la calle no sin cierto azoramiento en el último momento, pues este semáforo no está calculado para el paso lento de una anciana, y ya más tranquila, se detuvo un instante para comprobar que todo estaba en orden, ¡y allí estaba todavía el perro!
—¡Anda, vete con tu amo! ¿O es que te has perdido? ¡Válgame Dios, debe de estar hambriento el pobre chucho! —Frau Goldschmidt comprendió que debía ser el aroma del jamón tirolés lo que atraía al perrillo y, no sin cierto reparo, le echó una fina loncha—. ¡Toma y adiós! ¡Anda, vete, vete; no me vengas siguiendo que se ha cerrado el restaurante!
Pero el perro hizo el menor caso de sus órdenes y persistió en seguirla hasta que, una vez frente a la puerta de su casa, se vio ante el dilema de adoptarlo.
—¡Bueno, sube y ya veré que hago contigo mañana! No vas a quedarte en la calle en una noche como ésta, ¡pero sin armar alboroto!, ¿entendido?
El animal pareció entender la idea porque movió la cola con excitación y se plantó en medio de la puerta dispuesto a cruzarla el primero, como si se tratara de su propia casa.
Al día siguiente, y a la misma hora del anterior, Frau Goldschmidt ató el perro con un improvisado collar hecho con un cordón de cortina y con la habitual parsimonia de siempre regresó al mercadillo de Navidad, por si los dueños del perro aparecían. Paseó arriba y abajo con el animal, recorrió el mercadillo varias veces, lo que le llevó algo más de una hora, y en vista de que nadie reclamaba el animal no tuvo otra opción de adoptarlo ella misma. De regreso a casa, reconoció que se alegraba por lo sucedido.
—¡Venga para casa!, y a partir de ahora te llamarás Dodo, como el perrillo que teníamos en casa cuando yo era una niña. ¡Si no te gusta, te aguantas, que para algo te daré de comer!
La anciana se hizo con una ramita de abeto, compró un juguete de perro, lo envolvió cuidadosamente y lo prendió de la rama, junto con otras chucherías para ella misma.
—¡No vallas a abrir tu regalo antes de Navidad! —advirtió al perro.
Anciana y perro pronto se hicieron el uno al otro. Para no cansarse, el animal llevaba el mismo su juguete hasta los jardines próximos, allí lo dejaba en el suelo y ella le daba un golpe con el bastón, lanzándolo unos cuantos metros. Lo recogía retozón, caracoleaba como si le hubiera costado alcanzarlo y vuelta a empezar. Al final, cuando comprendía que la anciana estaba cansada del juego, él mismo recogía su juguete y en la boca lo llevaba de nuevo a la casa. Allí hablaban de mil cosas, la mayoría eran sobre recuerdos entrañables de su otro Dodo infantil.
Pasaron los meses. Se marchitaron los rosales, cayó la primera nevada y de nuevo eran días de Navidad. Como cada año, Frau Goldschmidt, ya con su perro, y provisto de un flamante collar con luz intermitente, se presentó ante el puesto del tirolés para comprar su cuarto de kilo de jamón ahumado habitual.
—¡Vaya, veo que me hizo caso y se compró un perrito!
—No te lo creas, Hans: ¡me ha comprado él a mí!
Pero de pronto el animal tiró con tanta fuerza del collar que estuvo a punto de derribarla.
—¡Tarzán; mi Tarzán! Papi, ¡es nuestro Tarzán!
En efecto, el animal se abalanzó sobre un niño a quien sin duda reconocía y debía sentir gran afecto por él, porque la cola se le movía a una velocidad de vértigo. Frau Goldschmidt palideció al instante, porque enseguida comprendió la situación: ¡eran los dueños del perro!
La familia residía en la vecina localidad de Oranienburg y cada año visitaban el mercado de Navidad de Charlotemburgo, y en un descuido el año anterior extraviaron el perro. Ahora lo habían recuperado.
Pero Herr Haussmann, como se llamaba el cabeza de familia dueña del perro, era una persona de elevados principios y alto sentido de la justicia, por lo que se preguntó si después de tanto tiempo tenía o no derecho a reclamar el animal.
—Si es suyo es junto que lo recuperen. Ha sido una buena compañía y lo voy a echar de menos, pero el niño también. ¡Qué le vamos a hacer! —comentó la dolida anciana.
Herr Haussmann no creía justo tomar sin más esa decisión y optó por una solución salomónica para resolver el dilema, que el niño tardó en aceptar, pero finalmente lo encontró razonable: ¡que el perro decidiera!
Fueron al parque cercano, se situaron uno frente al otro a cierta distancia y en medio dejarían el perro, sería para aquel que el animal decidiera como dueño. Herr Haussmann dejó el perro en el lugar acordado y el niño, tal vez por el nerviosismo, no pudo reprimirse y llamó al animal por su viejo nombre: ¡Tarzán, ven Tarzán! El animal no lo dudó, dio un salto y echó a correr hacia el niño. La pobre anciana parecía resignada, pues lo consideraba lo más natural. Pero, de pronto, cuando apenas había recorrido unos metros, el animal, como si comprendiera la traición que estaba a punto de cometer, se detuvo en seco, miró a la compungida anciana, y de otro salto, salió corriendo hacia ella, lo que animó a la pobre señora. Pero, otra vez frenó el animal en seco cuando apenas le faltaban unos metros para llegar donde estaba Frau Goldschmidt. Esta vez el perro se quedó indeciso, ¡el pobre animal no sabía hacia dónde ir!
Entonces Herr Haussmann, hombre justo y de elevados principios, decidió poner fin al dilema de perro y tomó la única decisión posible, dadas las circunstancias:
—Frau Goldschmidt, el pobre animal no sabe por quién decidirse, no hay más que una solución, ¡que se venga usted a vivir con nosotros!
De esta manera el niño recuperó al mismo tiempo su perro y a una abuela, pues la suya había muerto dos años antes, ¡y ya se sabe que los niños no se sienten en familia si les faltan los abuelos!
El doble milagro de Kreuzberg
Alí Hassan era un comerciante árabe, de origen sirio, que tenía una modesta tienda de alfombras en la populosa Oranienstraße, en el corazón del barrio de Kreuzberg. Era un buen devoto musulmán, rezaba sus oraciones diarias, respetaba las prohibiciones y cumplía escrupulosamente con la vigilia del Ramadán.
Por aquellas ironías del destino, su vecino comercial era un ruso moscovita, Vladimir Ivanoff, especializado en arte ruso e iconos, fiel cristiano de la iglesia ortodoxa, adorador del Espíritu Santo, devoto de la Virgen María, respetuoso con su patriarca, conocedor de una veintena de himnos religiosos que cantaba con su voz grave y profunda en su iglesia ortodoxa de Berlín.
Pese a las diferencias religiosas y sus dispares costumbres, tenían algo en común, el gusto por una buena taza de té con hojaldres turcos que les servía de la repostería una manzana más arriba. En ocasiones, si no estaban muy atareados, compartían una humeante taza de buen té amenizada por una reñida partida de ajedrez.
—Querido Alí, el ajedrez es un juego pensado para los rusos. No porque seamos más inteligentes que los árabes, pero somos más calculadores y astutos.
—No hay pueblo más hábil para el cálculo que el árabe, no en vano fuimos nosotros los que inventamos los números.
Rivalizar entre sus respectivas culturas y religiones era algo más que una cuestión personal, pues cada uno de ellos se sentía el representante en este mundo de Alá y el Dios de los cristianos.
Alí Hassan tuvo una mala racha en su negocio de alfombras, que cada vez eran más caras y más escasos los clientes amantes de las alfombras persas anudadas primorosamente a mano, y las deudas y apremios le amargaron algo el carácter. Finalmente el banco y sus acreedores amenazaron con llevarle ante el juzgado y su negocio estaba en el aire.
Vladimir no estaba al corriente de su situación económica, pero Alí perdía las partidas con demasiada facilidad y apenas se concentraba. Finalmente quiso saber la razón de su distracción y hasta arranques de mal humor y consiguió de Alí una sincera confesión:
—¡Los negocios van mal, Vladimir! Vendo alfombras demasiado buenas y caras para los tiempos que corren. Si no sucede un milagro tendré que cerrar. Pero Alá es justo y yo soy un buen musulmán, estoy seguro de que no me abandonará.
Tampoco el negocio de Vladimir era nada especial, pero a diferencia del de Alí, supo adaptarse a los tiempos y hacerse con piezas de escasa calidad, pensadas sobre todo para los turistas, que sumado a una vida casi de anacoreta, le había permitido una respetable posición. Lo consultó con la almohada y tomó la decisión de ayudar a su amigo pero en secreto. De manera que a través de un amigo hizo que le comprara la mejor alfombra que tuviera, sin escatimar en el precio. Hecha la operación, Alí se presentó en su tienda sonriente y feliz.
—¡Ya te lo dije, Vladimir, que Alá no podía abandonar a un buen creyente! Acabo de vender la mejor alfombra que tenía en la tienda por 2.500 euros, y sin regatear. ¡Ha sido un milagro! ¡Alá sea loado por acordarse de este modesto creyente!
Pero Vladimir tenía su propia opinión que obviamente se calló: «Bendito sea el Dios de los cristianos que es misericordioso y bueno, y ha inspirado mi caritativa acción». Y así quedaron las cosas.
Alí pagó algunas deudas y el negocio se recuperó con la llegada del invierno.
Una fría mañana de enero Alí se extrañó de ver la tienda de Vladimir cerrada en un sábado por la mañana, el mejor día para los turistas extranjeros que visitaban su tienda. Alí sabía que su amigo padecía del riñón, pues no podían terminar una sola partida del ajedrez sin vaciar la vejiga varias veces, pero no parecía que fuera tan grave como para impedirle atender sus negocios. Preocupado, llamó a su domicilio y le comunicaron la notica: había sido ingresado en urgencias porque era necesaria un operación de riñón, de la que no quiso escuchar los detalles, pues sin pensárselo dos veces, cerró su propia tienda y acudió al hospital.
—¡Querido Alí, hoy no podremos hacer la partidita! Pero ¿por qué te has molestado? ¡Te lo agradezco igual! Anda vuelve a tu tienda, que no están los tiempos como para perder ventas.
—¿Qué dicen los médicos?
—Lamentablemente no pueden operar; no tienen sangre como la mía. ¡Soy un ruso raro, Alí, no hay dos como yo!
Alí Hassan se despidió de su amigo preocupado por la situación, porque él no entendía de esas cosas. En el pasillo del hospital se cruzó con el facultativo que lo atendía y quiso saber con certeza la situación de su amigo.
—¡No hay sangre de su grupo, no podemos operar!
—¿Cómo se sabe eso de la sangre? ¿No podría servir la mía?
—Podemos hacerle un análisis, quién sabe... no se pierde nada por intentarlo.
Dio la casualidad de que compartían el mismo tipo sanguíneo y Alí proporcionó la sangre necesaria para que la operación se pudiera realizar.
Una semana después, débil y demacrado, Vladimir volvió a su tienda y lo primero que hizo fue visitar a su amigo para darle la buena nueva.
—¡Ya estoy como un toro, amigo Alí! ¡Pero no es gracias a los matarifes, sino a la misericordia de mi Dios, que hizo el milagro de encontrar un donante en el último instante! ¡Es un verdadero milagro que siga vivo!
Pero Alí Hassan tenía otra opinión, que obviamente también se reservó: «Loado sea Alá y su infinita sabiduría que me ha dado el valor para atender a un buen amigo».
Meses después ambos amigos seguían polemizando sobre el valor superior de sus respectivas religiones, pero por la buena amistad que les unía, nunca revelaron sus respectivos secretos.
La increíble historia de Katherine von Stein
Katherine von Stein fue una joven aristócrata perteneciente a una ilustre familia del Electorado de Holstein-Battenberg. A los 24 años fue nombrada dama de compañía de la emperatriz Isabel Cristina, esposa del Federico II de Prusia, y la familia trasladó su residencia a Postdam, donde se hicieron construir un bello palacete cercano a Sans-Souci.
Pasaron los años entre elegantes fiestas en Sans-Souci, Charlottenburg o en el palacio del Príncipe en Berlín; largos y divertidos paseos campestres a caballo por el Tiergarten y los alrededores Wannsee, almuerzos campestres amenizados por los mejores músicos de cámara de la época y los poetas más renombrados de Europa, y solemnes espectáculos de ópera, entre las que había alguna obrilla del propio emperador, aficionado a la música y flautista aceptable.
Pero Katherine no tenía el don de la sencillez, por el contrario era altiva, engreída y hasta un poco soberbia. Tenía suficientes motivos para su comportamiento, pues era verdaderamente hermosa, poseía una considerable fortuna familiar y prácticamente se puede decir que era la dama favorita de la misma emperatriz.
Tocaba el chénvalo con sensibilidad, y no le cortaba en absoluto entonar alguna cancioncilla de moda para la pareja imperial, quienes la tenía en tanta estima que no encontraba pretendiente adecuado para tantas cualidades personales.
—La señorita von Stein tiene edad de contraer matrimonio —comentaba el emperador con su serenísima esposa durante las interminables veladas invernales en Sans-Souci.
—¡Déjala que disfrute de la vida! No es pieza para cualquier cazador y no quiero darla a un príncipe extranjero. La casaremos cuando Dios nos de la luz y demos con el pretendiente adecuado.
Por su parte Katherine von Stein tampoco parecía interesada por su futuro y disfrutaba ofendiendo la vanidad y hombría de los más aguerridos soldados próximos a la familia imperial y a no pocos jóvenes aristócratas provincianos que residían en Berlín. En total había provocado 16 duelos, con tres muertos, seis heridos graves y siete leves.
Tantas cualidades y tanta soberbia no podía pasar desapercibido al propio Diablo, y él mismo en persona decidió seducirla.
La ocasión se presentó en primavera, durante el regreso de Katherine a su palacete desde Sans-Souci, que animada por las templadas temperaturas y el embriagador perfume de las madreselvas y los floridos rododendros, solía hacer a pie y sin compañía. El Diablo aprovechó la primera oportunidad, y disfrazado de capitán de Dragones, se hizo el encontradizo, montado sobre un negro y brioso corcel, preciosamente engalanado para la ocasión. Como buen experto en camuflajes el Diablo había cuidado su aspecto personal, y lucía uniforme de gala de Dragones, charretera bordada sobre el hombro, camisa de seda blanca inmaculada, espada reluciente, botas recién lustradas hasta la misma rodilla, cabello rebelde, negro y ensortijado, ojos verdes de mirada burlona y perversa, hombros sobrados y talle esbelto, ¡en fin, irresistible!
Detuvo el corcel a su altura, desmontó briosamente, y de un ágil salto se puso a su vera. Katherine ni se inmutó, no era el primer capitán de Dragones que había estrangulado su caballo para admirar su belleza.
—Disculpe mi impertinencia, señorita, pero al verla de lejos con ese majestuoso porte, ese andar principesco y la suave cadencia de su hermoso vestido, creí que se trataba de la mismísima emperatriz Isabel.
Pero Katherine no hizo el menor gesto, y prosiguió su marcha como si el Diablo fuera el mismísimo jardinero real.
—Y ahora que la veo más de cerca —prosiguió el Diablo de acuerdo a un plan largamente ensayado en infinidad de ocasiones— siento el mareo de su femenina hermosura. Es usted más bella de lo que un pobre mortal puede imaginar. ¿Que artista celestial ha podido dibujar ese rostro, fino y delicado como la porcelana de Hesse, o la seda de Pekín?
El Diablo solía echar siempre mano de tópicos sagrados porque conocía el contradictorio carácter de las mujeres hermosas: les gustan los santos, pero no como maridos. Pero Katherine seguía sin inmutarse, a pesar de que la última andanada de elogios la había dejado ligeramente tocada.
—Si usted se dignara dirigirme la palabra sería el Di... el Dragón más dichoso de este mundo y yo solo sería capaz de rendir París, para ponerla a sus delicados pies.
Tal vez fuera la mención de París lo que debilitó las defensas de la altiva dama, porque se le escapó una traidora sonrisa, que el Diablo interpretó correctamente como la primera andanada directa al corazón de Katherine.
—Pero si me rechaza me iré de cabeza al infierno... —el Diablo estuvo a punto de meter la pata, pero tuvo reflejos y evitó el desastre—, ¡donde sería más dichoso que viviendo en este mundo sin esperanzas de ser correspondido! —lo arregló bastante bien sin caer en falsedades.
Por fin Katherine, derrotada y desarbolada, no pudo evitar rendir la plaza que durante más de 28 años había defendido ella solita contra una legión de fogosos pretendientes.
Un mes después Katherine von Stein, bendecida por los emperadores, se casó con el Diablo, que se hizo príncipe y elector de un rico principado del Imperio. Tuvo media docena de preciosos y saludables diablillos y dicen que se fue de este mundo, ya a los 102 años, convencida de que nunca perdió su atractivo y su belleza, porque el perverso del diablo de su marido nunca dejó de adularla.
Durante su dilatado y feliz matrimonio Prusia gozó de una larga época de paz y prosperidad, porque el Diablo andaba siempre ocupado con sus asuntos domésticos.
El tranviario aventurero
A Christa Klein
Mathias Klein era un tranviario berlinés que desde 1956 hacía el recorrido entre Hackerscher Markt, la popular zona de cafés de Mitte, y Pankow, un laborioso barrio al norte de la ciudad.
Había cumplido ya la edad del retiro obligatorio y la noche del 31 de diciembre de 2006 hacía su último viaje.
—¡No vayas ahora a ponerte sentimental, Mathias, a todos nos llega el día; son cosas de la vida!
—Voy a echar de menos el tranvía, pero casi me alegro por no volver a pegarme estos madrugones. ¡Si se pudieran rehacer los tranviarios como se rehacen los tranvías!... Ya están los niños lanzando petardos y ni siquiera es el medio día.
—Para ser tu última noche va ha ser movida.
—Espero que no tengamos ninguna desgracia.
El primer recorrido fue tranquilo. Como era lunes, la viejecita de la Marienburger Straße visitaba a su hija, en Pankow, y apareció con su retraso habitual porque se le atascó una vez más el andador en el mismo hueco del pavimento de siempre.
—¿Cuando se comprará usted un andador nuevo, Frau Katta? ¿No ve que este tiene las ruedas muy pequeñas y se atasca?
—Mathias, que para lo que me queda de vida sería un gasto inútil. Y tú, a ver si paras este cacharro un poco más arriba, que aquí hay un escalón.
—¡Es la parada, Frau Katta! Mande usted una queja al concejal o al ministro. ¿Qué, a casa de los nietos? Ya estarán hechos unos caballos de tiro.
—¡Hermosos, Mathias, que sólo me duele dejar este mundo por no verlos casados y dichosos, que lo serán, pues de casta les viene su buen juicio. Su abuelo fue diputado en Weimar, y si viviera ¡las paradas de los tranvías estarían donde deben de estar, como siempre han estado!
Todavía recogió a varios parroquianos habituales y se preguntó qué sería de toda esa buena gente con un nuevo tranviario. ¿Llegaría a conocer a sus viajeros por su nombre de pila? «No; estos son otros tiempos», se dijo.
Al anochecer los viajes se hicieron más penosos, grupos de jóvenes ya se calentaban para la gran noche berlinesa de fin de año, invadiendo las vías sin la menor atención al paso de su tranvía, y ya le dolía el pie de tocar el timbre de aviso. Por si fuera poco la noche se volvió fea y brumosa. Desde la Tor Straße caía una densa niebla que le irritaba los ojos. «Ya me toca el retiro, cada año me cansan más lo viajes. ¡Y estos ojos!».
El último viajero descendió en la Borkum Starße, y hasta el hangar donde aparcaría por última vez su tranvía haría el viaje solo. En tan corto trecho le sobrevinieron decenas de imágenes de forma abrupta y desordenada, pero la más penosa fue la del accidental atropello de un borracho, la Navidad de 1978. Recordaba el día y el año como el de su nacimiento. «No fue por mi culpa, los tranvías de entonces no frenaban como los de ahora. ¡Esté donde esté, espero que me haya perdonado el pobre diablo!».
Unos metros antes del garaje le sorprendió que le cambiaran las agujas y en lugar de entrar al hangar, le devolvían a la ciudad. «¿Será que hoy tenemos servicio extra? Pero ¿por qué no me han avisado? Hubiera podido guardar un poco de café. ¡En 47 años de servicio no me había sucedido nada igual!»
La niebla se hizo tan espesa que Mathias apenas sabía por dónde circulaba y ni siquiera era capaz de distinguir las paradas. A decir verdad, no circulaba por su linea habitual y no tenía ni idea de dónde estaba. No había razón alguna para detener el tranvía: ni semáforos ni paradas ni siquiera había circulación. Las calles estaban desiertas, lo que le sorprendió tratándose de Noche vieja. Como era un conductor responsable no podía dudar de sus superiores y si le habían mandado circular por ahí, por alguna razón sería.
Tal vez pasaran varias horas cuando por fin la niebla despejó, casi cuando el día empezó a clarear, y por fin pudo hacerse una idea de dónde se encontraba y para sus sorpresa estaba lejos de la ciudad, y circulaba por lo que parecía una interminable estepa, salpicada de alguna densa arboleda, a la derecha un inmenso lago y al otro lado se recortaban unas lejanas montañas, blancas y brumosas. No le extrañó verse en un lugar semejante, pues siempre había pensado que el tranvía debería llegar a los más remotos lugares de la tierra, y por fin parecía que las autoridades responsables le habían dado la razón.
De pronto, entre una gran arboleda cercana apareció lo que sin duda era un hermoso ejemplar de tigre siberiano. «¿Así es que estoy en Siberia? ¡Siempre había soñado poder venir a Siberia y ver estos gatos impresionantes, cuando vuelva a Berlín mi mujer no se lo va a creer!».
Contento por lo atractivo de su último viaje, casi sin darse cuenta se encontró ante la Gran Muralla china, pero las autoridades habían previsto su paso y abierto un espacio para el tranvía. Apenas cruzó la muralla, y se vio dentro de un espeso bosque de bambú, sumido en una misteriosa neblina, pero eso no impidió ver una gran y solemne osa Panda con sus dos cachorros, que ni se inmutó ante el paso del tranvía de Mathias Klein. «¡Igual que la del Zoo de Berlín, pero al natural!».
Mathias se empezó a animar verdaderamente y decidió que a su regreso escribiría un relato con sus aventuras, ¡nadie se lo iba a creer! Un instante después se levantó la niebla y lució un sol de rigor, desaparecieron los bambúes, y de improviso se encontró ante una caravana de camellos, en pleno desierto, afortunadamente tuvo tiempo de aminorar la marcha y evitar una desgracia, incapaz de hacerse una idea de qué desierto podía ser. Pero la visión de una gran pirámide, ya en el horizonte crepuscular, le hizo suponer que no estaba muy lejos de El Cairo. ¡Ese había sido otros de sus viajes más soñados y por fin, y sin salir de su tranvía, lo estaba realizando!
Paso casi rozando la gran pirámide de Keops y tan distraído estaba en su contemplación que apenas se apercibió del nuevo cambio del paisaje, sólo comprendió lo sorpresivo del cambio cuando se cruzó con un grupo de elefantes ricamente ataviados, montados por ágiles conductores tocados de vistosos turbantes. Por suerte no se espantaron al paso de su tranvía y en un santiamén se encontró ante la impresionante silueta del Tajmahal. «¿Cómo es posibles que mis superiores me hallan mandado por los lugares que siempre había soñado visitar?». Se preguntaba Mathias una y otra vez, pero sin distraer su atención para no perderse el mínimo detalle, sobre todo ahora que había decidido escribir su relato.
Todavía pasó por maravillas y otros lugares interesantes con los que siempre había soñado como el monte Fujiyama en Japón, el Golden Gate de San Francisco, el Gran Cañón de Colorado, la Quinta Avenida de Nueva York, que para su llegada había inaugurado una nueva líneas de tranvías, por lo que fue recibido en olor de multitudes, casi como lo hicieran con Charles Lindbergh.
Finalmente, algo fatigado pero todavía presa de la excitación del viaje, comprendió que estaba llegando a su fin, porque se vio cruzando el puente de hierro de Colonia, lo que le indicaba que de nuevo estaba en Alemania.
Lo cierto es que su corazón se llenó otra vez de júbilo cuando desde lo lejos vio la entrañable y familiar silueta de la Puerta de Brandemburgo. Sin embargo le extrañó que pudiera circular por el Tiergarten, donde hacía años que había retirado los tranvías. Para su sorpresa, en el tiempo en que duró su extraño y apasionante viaje alrededor del mundo sin salir de su querido tranvía, las autoridades berlinesas había decidió tender una nueva vía que incluso pasaba por debajo de la misma emblemática puerta. Así es que Mathias Klein se disponía a ser uno de los primeros tranviarios en cruzarla.
Pero de improviso, apenas se vio en la Pariser Platz, se hizo un gran tumulto que le impidió continuar. «¿Jugará el Bayer en Berlín?», se dijo. Pero en realidad ese tumulto, que agitaba miles de banderitas con los colores de Berlín y el símbolo de la empresa municipal de transportes, ¡le estaban esperando a él, pues había sido el primero en dar la vuelta al mundo en un tranvía!
La banda de música se arrancó con marchas triunfales y una delegación de responsables de los tranvías de Berlín y de toda Alemania le recibió y le invitó a que subiera a una improvisada tribuna, donde le esperaban todas las autoridades locales, incluida la canciller del Gobierno federal, Ángela Merker, quien con su habitual simpatía estrechó calurosamente su mano, posando para las cámaras de la RBB y otras cadenas, incluida la BBC, la CNN y Al-Yasira. Incluso había una delegación del libro de récords Guiness.
Mathias Klein se puso muy nervioso, pues estrechar la mano de la nueva canciller, que era de su misma ciudad del este de Alemania, a quien votó en las últimas elecciones, había sido otro de sus sueños y no se podía creer que, el mismo día de su jubilación, pudiera también realizarlo.
También estaba el presidente del Gobierno federal, Horst Köhler, quien sonriente como siempre y orgulloso de contar con un ciudadano tan ejemplar, se dispuso a ponerle la medalla al mérito de toda una vida de responsable dedicación laboral.
«—Querido Mathias Klein —le dijo el Presidente en tono solemne pero familiar—, te condecoro en nombre de la ciudad de Berlín, a quien has servido con alegría, entusiasmo y dedicación profesional. ¡Que tu vida sea un ejemplo para la joven generación de tranviarios!».
A Mathias Klein casi le saltaron las lágrimas de la emoción al escuchar el himno nacional, que interpretaban en su honor. Se puso la mano sobre el corazón y pese a sus esfuerzos no pudo evitar que se le escaparan dos o tres lagrimones de persona adulta, que corrieron por su mejilla, hasta perderse en el blanco cuello del uniforme de tranviario.
El cuerpo de Mathias Klein lo encontró la señora de la limpieza del hangar de los tranvías, sobre las 6.30 de la mañana.
—¡El pobre tenía la mano en el corazón! Seguro que se ha ido al otro mundo por causa de un ataque cardiaco repentino. ¡Esta vida de los tranviarios tiene tantos peligros!...—comentó al juez de paz y a los periodistas que acudieron para cubrir el caso. El tranvía 4056 circuló al día siguiente, año nuevo, y Mathias Klein fue enterrado dos días después. Su mujer se lamentaba de que su pobre marido, después de viajar toda su vida conduciendo un tranvía berlinés, no había tenido la oportunidad de visitar tantos y tan bonitos lugares de los que no paraba de hablar.
El extraño caso del librero de Schöneberg
Herr Karl Hellermann tenía una pequeña librería de antiguo en el barrio berlinés de Schöneberg, no muy lejos de la plaza del Ayuntamiento. Gozaba de gran reputación. Poseía una buena colección de libros de gran valor y hasta se decía que guardaba para su propio deleite un incunable publicado en los albores de la imprenta, en la noble ciudad de Halle.
No tenía otra distracción que sus libros y su vida sentimental quedó truncada con el fracaso de su primer amor, que nunca superó. La amante desleal se llamaba Margarita y prefirió a un obrero metalúrgico que a un estudiante de filología alemana, cuya salida laboral ella no entendía. La verdad es que ni él mismo supo la razón por la que se enamoró de semejante mujer, pero, aún así, todavía la respetaba.
No tenía mayor placer que abrir cajas de libros procedentes de sus eventuales compras de librerías familiares, por ver si aparecía algo especial. La última compra había sido reciente y estaba por abrir. Se trataba de la librería familiar de Frau Jutta Heiser, una anciana viuda reciente, que se había visto obligada a trasladarse a un pequeño estudio en la zona norte, en Reinickendorf, un lugar más tranquilo que la ruidosa Postdamerstraße, donde vivía con su letrado marido.
—Mi pobre Rudolf le tenía mucho afecto a sus libros, tanto que los tenía guardados con llave y no me dejaba ni limpiarles el polvo. Sentía pasión por Goethe. Si mira por ahí verá que deben de estar todas sus obras.
—¿De qué murió su pobre marido?
—A decir verdad, no lo sé. Me lo trajeron a casa frío como un fiambre. Parece que debió darle un ataque en la Biblioteca, que salía visitar los viernes hasta las tantas.
—Las bibliotecas las cierran a las cinco.
—Pues la suya sería alguna especial, ¡qué se yo! Ya le digo que era un gran devoto de los libros, ¡sobre todo los de Goethe!
—Ya entiendo...
Revisó la primera caja y no vio nada especial, pero de cada libro que hojeaba caía algún grabado o fotografía, eróticas, desde luego, lo que le hizo comprender las causas de su muerte y el celo por sus libros.
En efecto, estaban todas las obras de Goethe, y por fin Herr Hellermann encontró algo de relativo valor: una edición del «Fausto» de 1848, pero con una dedicatoria fechada en 1914. «A mi querido Rudolf, para que no se olvide de su Margarita, y de que ha vendido su alma al diablo».
Hojeó con cuidado el libro, porque sin duda que debía de haber una foto de la tal Margarita y sentía verdadera curiosidad por conocer aquella mujer, que había sido capaz de condenar tan alegremente a uno de sus amantes.
En efecto, en la página 186 apareció el grabado de una tal «Margaretha Geertruida Zelle», alias «Matha-Hari».
No era el grabado habitual de los libros de historia, sino uno más privado y personal, tal vez dedicado al tal Rudolf, aunque las fechas no le coincidían. La Mata-Hari posaba completamente desnuda, mas habitual en ella que vestida, con dos botones que cubría púdicamente sus dos pezones. ¡Algo tenía que cubrirse!
«¡Buena hembra!», se dijo Herr Hellermann para sus adentros, «No me extraña que tantos hombres perdieran la cabeza por ella. ¡Hasta yo vendería mi alma al diablo por pasar una noche con semejante mujer!».
—¡Eso tiene fácil arreglo! —dijo una voz que Herr Hellermann interpretó como surgida de su subconsciente, pero que no era sino el fruto de su imaginación.
—¡Puedo ofrecerte una semana entera!
—¡Bah, imaginaciones mías! ¡No te dejes sugestionar, Karl, estas cosas suceden a cierta edad!
—¡No; en serio! Hasta una semana y sin problemas con los autoridades francesas y alemanas.
—¿Una semana con Matha Hari por el alma de un honrado librero berlinés? ¡Demasiado barato!
—Está bien, veo que como buen tendero sabes negociar. ¡Te ofrezco todo el tiempo que quieras!
—No creas que caeré tan fácilmente, pero ya que te empeñas, que la Matha-Hari se presente ahora mismo aquí en mi tienda y ya hablaremos.
—Las cosas no funcionan así tienes que ser tú el que vayas a su época. ¿Qué te parece Berlín en 1914?
—¡Acepto! Siempre he deseado vivir en Berlín de principios de siglo.
Como por encanto las paredes de la librería empezaron a desvanecerse e instantes después se encontraba en un famoso cabaret de la Friederichstraße, en los primeros días de agosto de 1914, donde la Matha-Hari actuaba ofreciendo uno de sus exóticos bailes orientales de su invención.
Terminada la actuación, la bailarina en persona se presento en su reservado y sin muchas presentaciones se rindió prácticamente a sus pies. Mefistófeles observaba la amorosa pareja desde un discreto lugar, y lo más asombroso es que para no desentonar, Herr Hellermann había recuperado su lozana juventud.
La pareja disfrutó de todo cuanto la naturaleza puede dar a un hombre y una mujer, recomendados por el mismo diablo, naturalmente respetando sus responsabilidades de doble espía, que requerían ciertas ausencias que aprovechaba Herr Hellermann para visitar las librerías berlinesas de entonces, su otra pasión.
Como la situación se ponían fea en Berlín, viajaron a España, donde su pasión amorosa se vio estimulada por los encantos propios de este país, en especial por la sangría. Pero las cosas empezaron a cambiar cuando los celosos franceses sospecharon de la Matha-Hari, no sin razón, pues su cuenta bancaria estaba tanto en francos como en marcos, por lo que era evidente que cobraba de ambos bandos.
En un descuido imperdonable, Matha-Hari fue a recoger su paga habitual a las oficinas del Elíseo y fue detenida, junto son su apasionado amante, Herr Hellermann, que siempre la acompañaba.
El juicio casi no fue necesario y se acordó su fusilamiento casi por unanimidad. El 15 de octubre de 1917 (tres años duraba la el romance de Herr Hellermann con la Matha Hari), ambos fueron conducidos ante el pelotón de ejecución:
—¡Pelotón, armas al hombro! ¡Apunten!...
—¡Herr Hellermann, Herr Hellermann!
—¿Quién?... ¡Ah, sí; voy, voy; le atiendo en seguida! —Herr Hellermann estaba sudoroso y agitado, pero reaccionó y atendió a su nuevo cliente—. ¡Gracias a Dios que sólo ha sido un sueño!
—¡No mencione a Dios en estas circunstancias! —dijo el recién llegado—. ¿Es que no me reconoce? ¡Soy Mefistófeles, y vengo a por su alma para llevármela al infierno! ¡Por cierto, que fue un gran fusilamiento!
Herr Hellermann no se lo explicaba.
—¡No es posible; esto no me puede estar pasando a mí!
—¡Eso me dije yo en 1917, y aquí estoy por tonta! —comentó malhumorada la Matha-Hari.
Hace más de un año que Herr Hellermann está en el Infierno, pero su experiencia de librero le sirvió de atenuante y fue nombrado responsable de la biblioteca personal de libros malditos y prohibidos de Mefistófeles, donde había algunos ejemplares verdaderamente interesantes.
El perro del «punk» de Alexanderplatz
Me llamo Fritz a secas y soy de la raza Bull Terrier. Mi madre sé quién fue, pero de mi padre obviamente no tengo ni idea de quién fue ni me interesa saberlo. Nací de una camada no deseada y me dieron en adopción a un punk berlinés, que pasaba la mayor parte del tiempo tumbado en Alexanderplatz. A veces nos mudamos a la K'Damm, pero sólo por Navidad y fiestas importantes. La gente por aquella zona es más generosa.
He aprendido bastantes trucos. Por ejemplo, sé llevar un envase de yogur en la boca y por alguna razón la gente me hecha monedas. El punk se las queda y me da palmaditas en la cabeza. También sé hacerme el cojo, poner cara de enfermo, de aburrido, de lástima, de pena y hasta sé guiñar un ojo. Mi punk dice que estos trucos son buenos para el negocio.
El chico no me trata mal y no se aparta de mi lado. Me humilla la cuerda con la que me ata, pues creo que merezco algo mejor, pero dados los tiempos que corren no puedo quejarme. He visto otros perros de punk que lo pasan bastante peor que yo, pero la verdad es que no saben ni la mitad de lo que yo sé, ni tienen mis habilidades.
Como perro de punk paso hambre, desde luego, pero con ciertos ejercicios de relajación y respiración el hambre se puede disimular. Suelo comer entre un 10 y un 15 por ciento de las salchichas que come mi punk, que no son muchas, pero no sé cómo hacerle comprender que a mi parte no me gusta que le ponga catchup y mucho menos mostaza. Pongo cara de asco, la cojo con desgana y la sacudo en el aire, pero esa porquería sigue pegada a la salchicha. Sólo una vez en mi vida he probado un bistec, y recuerdo que sabía bien. A veces sueño con él, pero al despertar ahí está otra vez mi trozo de salchicha embadurnada de mostaza y catchup.
Cuento todo esto porque no hace ni una semana que a mi punk le ha detenido la policía por armar jaleo en una manifestación anti globalización, y a mi me han llevado a una residencia de perros. No sé si me juzgarán por destrozos de mobiliario urbano, pero yo soy inocente. Es cierto que mordí a un policía, pero con tanto alboroto ¿cómo iba yo a saber que era un representante de la ley? Íbamos tan tranquilos en la manifestación. Mi punk gritaba eslógans anticapitalistas y antiglobalización y yo ladraba lo que buenamente sabía, que no tenía contenido político reivindicativo en absoluto, por lo que espero que se considere un atenuante.
Entonces mi punk, armado con un bate de béisbol que se encontró en un basurero, se cargó una marquesina de autobús, donde por cierto había un anuncio de comida para perros con una perra de chuparse las patas, por lo que me dolió que se la cargara.
Pero mi punk no es muy listo, y tenía a sus espaldas media docena de policías, a cual más corpulento y bien armado, así es que se abalanzaron sobre él y le calentaron las costillas por su gamberrada. ¿Qué podía hacer yo? ¡Soy un perro, y los perros somos fieles a nuestros amos, aunque sean punks! Así es que le arreé un severo mordisco en la pantorrilla al primero que le puso el bastón en las costillas a mi pobre punk.
Por esta razón yo también fui detenido y aquí estoy, pendiente de juicio. Según mi abogado me pueden caer hasta seis años y un día de perrera mayor.
Voy a echar de menos Alexanderplatz, su animación, sus turistas japoneses que me sacaban fotos, pues mi ropas son algo disparatadas para un perro. Los paseos por el río Spree en primavera, con mis refrescantes chapuzones; las luces de colores de Unter den Linden por Navidad, y el Marcadillo de Navidad de la K'Damm, con sus raciones extras de salchicha picante. Y no quiero ni mencionar las borracheras de cerveza de las noches veraniegas que pasábamos a la intemperie en el Tiergarten.
En fin, que no me lo pasaba tan mal. Pero, no obstante, considerando las circunstancias, estoy empezando a pensar que en buena hora mordí al policía, porque no llevo ni una semana en la perrera y he ganado dos kilos, además he probado el sabor de la carne de verdad, sin salsa de tomate. Por si fuera poco he hecho amistad con una perrilla coquetona, a la que le encantan mis gracias. Un día de estos le tiraré los tejos a ver qué pasa.
En fin, que como dice el refrán, no hay mal que por bien no venga, y la verdad es que no me puedo quejar, pues muchos pobres perros del Tercer Mundo quisieran poder disfrutar de las perreras de Berlín, que si no fuera por las rejas, podía decirse que es como un hotel.
Sobre mi punk, creo que su padre le ha metido en cintura y trabaja en su fábrica de calcetines, en una pequeña localidad cercana a Berlín. Bueno, si no nos volvemos a ver, al menos estoy seguro de que el pobre ya no pasará más frío en los pies. Y esa es mi historia.
Napoleón y Joshepine Ackermann
El 27 de octubre de 1806, apenas concluido el «Siglo de las luces», y cuyo nuevo siglo parecía presagiar el «siglo de las sombras», Napoleón Bonaparte, montado sobre un esbelto y ágil corcel, cruzó exultante los arcos de la Puerta de Brandemburgo de Berlín, entre la desconfianza y tristeza de los berlineses. La primera guerra franco-prusiana había concluido, tras la derrota de la coalición pruso-sajona en Jena y Auerstedt. Le acompañaban varios batallones de su gloriosa «Grande Armée», compuesta por una tropa multinacional, y en parte mercenaria, de 600.000 soldados, y que tras la derrota y desintegración de sus respectivos ejércitos llegaron a alistarse voluntarios sajones y prusianos, hasta un total de 100.000 tropas de origen germano.
Un día antes de su entrada triunfal Napoleón rindió homenaje en su mausoleo de Postdam a uno de sus más admirados líderes europeos, el ilustrado monarca Federico II el Grande, muerto sin descendientes directos.
Para celebrar la culminación de su campaña prusiana, Napoleón ofreció un baile popular en el palacio de Berlín, abandonado días antes por el rey Federico Guillermo III, huido a Köninsberg junto con su bella esposa, la reina Luisa, en el extremo oriental de Prusia, y bajo la protección del zar de Rusia. Napoleón ordenó a sus ayudantes de cámara que buscaran por todo Berlín las jóvenes más bellas y atractivas para que le acompañaran en su baile triunfal y entretuvieran a sus oficiales, obligándolas a su comparecencia.
Los ayudantes cumplieron la orden al pie de la letra y en sus correrías llegaron hasta el activo barrio berlinés de Friedrischshain, al este de la ciudad, y no muy lejos del palacio real.
En un puesto de mercado, haciendo su compra habitual, y como si no se hubiera producido la ocupación de Berlín por las tropas francesas, encontraron a una joven, apenas una adolescente, que por su extraordinaria belleza y porte elegante, les pareció buena candidata incluso para ser pareja de baile del mismo Napoleón.
La joven, de apenas 15 años, se llamaba Joshepine Ackermann, y era hija de Jacobs Ackermann, dueño y director del pequeño periódico local «Friedrischshain Blatt», de tendencia liberal y demócrata, contrario a la guerra con Francia, perseguido por la policía del régimen autoritario del nuevo monarca prusiano.
Los ayudantes del general la pusieron al corriente de su situación y decidieron los detalles, vestimenta, hora y protocolo del baile, y a la hora prevista, un carruaje vino a recogerla a su domicilio de Friedrischshain para conducirla al palacio real, profusamente iluminado para tan festiva ocasión y presidido por una espléndida guardia de honor con los más aguerridos oficiales de la triunfante «Grande Armé».
—Querida hija —le previno el padre—, pórtate con dignidad y demuestra al general francés que los prusianos somos gente laboriosa y prudente, amantes de la paz y de las libertades democráticas, pero no aprobamos la guerra como el medio para solucionar los graves problemas que padece Europa.
Los enviados del general recogieron otras jóvenes, no menos atractivas, y a la hora prevista, comenzó el baile con los acordes de la gloriosa «Marsellesa».
Los oficiales franceses, vestidos con sus uniformes de gala, henchidos de triunfalismo y virilidad, fueron eligiendo a sus respectivas parejas entre las asustadas muchachas berlinesas para abrir el baile inaugural. Pero antes el propio Napoleón, advertido por sus ayudantes de la belleza y discreción de Joshepine, con aires ceremoniosos pero impetuosos, como era propio de su carácter, cruzó el gran salón de baile y llegó al lugar donde la joven berlinesa ya esperaba esta invitación.
—Mademoiselle Joshepine, s'il vous plait... Tengo el honor de invitarla a inaugurar este solemne baile triunfal —le rogó cortésmente Napoleón.
La joven accedió gustosa y la orquesta, en su honor, interpretó una popular mazurca del gusto de los prusianos de la época.
El baile se animó y la habilidad de los oficiales franceses para las artes de seducción, tan eficaces como para las de la guerra, se hicieron evidentes. Las muchachas, dóciles y todavía temblorosas, se dejaron llevar y el baile se animó de tal manera que parecían superados y olvidados todos los sufrimientos y desgracias ocasionadas por los franceses hasta su llegada a Berlín. Finalizada la mazurca, Napoleón, con muestras de cansancio, abandonó el salón, y acompañado de la joven pasearon a las orillas del canal. El aire freso del lugar, tras el agitado baile inicial, resultaba agradable de respirar en aquella noche otoñal.
—Cher Mademoiselle, usted como prusiana me odiará, pero créame que su descendencia me recordará como la persona que modernizó Europa y la libró de la tiranía de un puñado de familias aristócratas poco interesadas por el bienestar de sus pueblos.
—Monsieur Napoleón —dijo la joven segura de su propia opinión y sin dejarse intimidar por la mítica gloria del general—, la historia sin duda que le recordará, pero se olvidará de los miles de muertos que sin gloria ni causa alguna han quedado enterrados en los campos de batalla de toda Europa, por donde ha pasado su «Grande Armée».
—Mon cher pètite! —repuso el general condescendiente—, la guerra, al igual que la revolución, son los principales impulso de la historia. ¡Si usted supiera la cantidad de buenas cosas que se han creado por causa de las guerras! El precio es elevado, pero los avances y progreso en todos los sentidos compensan el sufrimiento. Yo odio la guerra tanto como usted, mi joven prusiana, pero cuando las circunstancias la hacen necesaria, debe de hacerse como si se tratara de una obra de arte, con perfección y maestría.
—¿Cree usted, Monsieur Napoleón, que es el primer francés que nos ha invadido? Antes que usted lo hizo Racine, Voltaire, Cornielle y Descartes. Sus obras también cambiaron nuestra historia, pero sin disparar una sola bala de cañón. Ellos también serán recordados, pero no desolaron las tierras ni las mentes que conquistaron.
Napoleón parecía contrariado, pero la juventud e inexperiencia de la joven la justificaban, y pasó por alto su valiente opinión.
—¡Cada cual a su oficio, querida niña!... Parece que refresca, volvamos al salón. Yo debo retirarme temprano, pero usted es joven y debe aprovechar ahora para divertirse.
Joshepine Ackermann regresó a su casa de Friedrischshain escoltada por dos oficiales de la guardia personal de Napoleón.
—¡Gracias a Dios que has vuelto sana y salva, Joshepine, tu madre y yo hemos rezado por ti y Dios nos ha escuchado! —comentó el padre aliviado—. Pero, cuenta, ¿has visto al general?
—Sí, padre; incluso he bailado con él.
—Y ¿cómo es? ¿Qué impresión te ha dado?
—¡Es un hombre, como todos los demás! Es orgulloso, prepotente, egoísta y algo inseguro... Creo que no llegará muy lejos después de Berlín...
La princesa desencantada
Markus W. era un pobre desgraciado, desgarbado y taciturno. Era delgado como una vara de mimbre, alto como un álamo y barbudo como una cabra vieja. Recorría las calles de Berlín sin una idea preconcebida. Andaba todo el día, de arriba para abajo; del este al oeste. Por la mañana se le podía ver en Wedding y por la tarde en Steglitz, otras veces bordeaba el río Spree desde los jardines de Charlotemburgo hasta el parque de Treptow.
A veces, sin embargo, dejaba de andar por algunas horas, se recostaba sobre un soleado banco en alguno de sus parques favoritos y dejaba pasar las horas tontamente, contemplando el paso de las nubes, el ascenso de los aviones del aeropuerto de Tegel o el vuelo majestuoso y lento de los cisnes jóvenes, preparando su migración.
No tenía amigos, tampoco los quería, pero tenía un amor secreto: nada menos que una princesa misteriosa, pero Markus creía que por cuestiones de magia y encantamiento, estaba presa en la frialdad de una estatua de un frecuentado parque berlinés.
Markus era muy tímido, por eso el primer año de su romance con la princesa encantada no fue fácil. Simplemente se sentaba en un banco frente a la estatua y la miraba de reojo, pero con tanto disimulo y turbación que la princesa no se daba por aludida. El segundo año ya se sentía más seguro de sí mismo, y en vista de que la princesa nunca le llamó la atención, se atrevió a mirarla cara a cara. Pero ella seguía impasible. El tercer año tomó su gran decisión: se declararía y fuera lo que Dios quisiera.
Era una mañana de domingo del mes de abril. Se arregló lo mejor que supo, recogió un ramillete de flores silvestres mal combinadas, y se encaminó al parque donde le aguardaba la princesa de sus sueños.
La pareja de cisnes estaban todavía reconstruyendo el nido para la puesta anual y andaban bastante atareados acarreando toda clase de ramitas. Los parterres empezaban a desperezarse y ya sentía el vigor de la primavera con nuevos brotes de petunias y margaritas. El dios Amor, armado con su infalible carcaj de flechas, y que vigila el parquecillo donde estaba la princesa, no le perdía de vista. La diosa Venus, situada al otro lado del jardín, parecía darle lecciones de romanticismo. La mañana era por tanto perfecta para el amor.
Como era bastante ingenuo todavía creía en cuentos de hadas y en princesas encantadas, por esta razón estaba convencido de que con un simple beso la princesa despertaría de su encantamiento y él mismo se transformaría en un apuesto príncipe azul. Pero ¿cómo atreverse a besarla? Simplemente pidiéndoselo con educación.
Se aproximó a la estatua, tosió algo nervioso, miró a un lado y a otro para estar seguro de que nadie le escuchaba, y le dijo:
—Usted perdone, señorita princesa, pero como ya debe saber la única manera de desencantarla en si le doy un beso de amor, espero que no se lo tome como una grosería, porque es la normal en estos casos.
—Querido Markus —le respondió la estatua, por lo que el pobre muchacho apenas podía tenerse en pie de la impresión. —a decir verdad, y después de observarte durante estos dos últimos años, si no te importa prefiero seguir encantada, pues si me besas seré una princesa ¡verdaderamente desencantada!
Markus no comprendió muy bien la indirecta, pero como era bastante educado y se lo había pedido con tanta amabilidad y cortesía, desistió de su empeño.
Volvió a recorrer los parques de todo Berlín para ver si daba con otra princesa encantada, pero con menos aspiraciones que aquella. Probó con otras dos docenas de estatuas, pero en el último momento todas le decían lo mismo. Y así pasó los 48 años del resto de su vida.
«¡A la próxima no le pregunto!», se dijo un día antes de su muerte.
La brujita de Spandau
Hace ya muchos años, tantos que si todavía me acuerdo es de milagro, en los bosques cercanos a la pequeña localidad de Spandau, buenos para el carbón vegetal y las setas venenosas, vivía una bruja malcarada, porque no hay prácticamente ni una que sea biencarada.
Pero antes de nada quisiera aclarar algo sumamente importante, pensando sobre todo en mis lectores infantiles. Las brujas sin duda que han existido, pero los perjuicios de la gente corriente, que no puede ni ver una ancianita sin tomarla por una bruja, han confundido la naturaleza de estas buenas personas. La verdad es que se trataba de viudas de carboneros o leñadores, que se resistían a abandonar sus cabañas, donde habían vivido toda su vida con sus respectivos carboneros o leñadores (su único error en esta vida, casarse con semejantes profesionales).
El origen de sus pócimas se encuentra en la circunstancia de sus precarias existencias, puesto que no eran muy hábiles para la caza y menos para la horticultura y las aves de corral. De manera que para poder poner un plato de sopa caliente en la mesa no tenían otra opción de hervir cualquier cosa que pudiera soltar algo de sustancia, desde un sapo hasta una cucaracha. Lo habitual era que metieran la pata, y como consecuencia de semejantes pócimas, se les cayera el pelo, les salieran verrugas o les creciera la nariz, pero sólo en casos excepcionales daban con una pócima con efectos positivos para la salud.
También es verdad que solían tener un cuervo como animal de compañía, pero es que en estas latitudes no es muy corriente el loro, el papagayo o el canario, y a falta de canario bueno es un cuervo. En cuanto al gato negro, era para hacer juego con el cuervo, que también era negro.
Hecha esta aclaración, nuestra bruja tuvo un día bueno y dio con una de esas pócimas geniales (como la fórmula de la Coca-Cola) y descubrió el elixir de la juventud. Pero le faltó dar con el ingrediente de la eternidad, por lo que el mágico efecto sólo duraba entre una semana y quince días.
—¡Mecachis en la mar! ¡Ya me dijo mi madre que en este bosque eran muy tacaños para la magia! —se lamentaba la pobre señora.
Pero por fortuna había preparado un buen caldero y por ser invierno se conservaba bastante bien. De manera que apenas se percató del maravilloso efecto de su nueva pócima, hizo planes serios para su nuevo futuro.
—¡Esta vez paso de carboneros y voy a por un príncipe!
Por suerte en esta zona del Imperio abundaban los príncipes, la prueba es que hay miles de cuentos con príncipes y para todos hay uno disponible, y con la venta de medio litro de su pócima a un tendero local, se pudo asear y vestirse con finas ropas femeninas. No es necesario describir la mujer después de su metamorfosis porque ya se la habrán imaginado, que para eso son los cuentos. Pese a sus malas artes para los trabajos manuales, se hizo con una rueca de hilar, que era lo habitual entre las mujeres de buenas costumbres, y esperó pacientemente a que pasara un apuesto príncipe por delante de su cabaña. No tuvo que espera mucho tiempo, por lo que dije anteriormente, y el primero que pasó quedó obviamente prendado de su extraordinaria belleza, pues por alguna razón los príncipes tienen buen gusto para elegir a sus consortes, y se declaró al instante:
—¿Quieres ser mi esposa? —le pidió el príncipe prácticamente sin descender del caballo.
—¿Así, sin preámbulos ni peleas con dragones?
—Es que éste es un cuento breve y no hay tiempo para eso.
—Acepto, pero con una condición —dijo la astuta bruja.
—¡Aceptaré lo que me pidas!
—Que cuando sea una ancianita, decrépita y arrugada me sigas deseando como ahora.
—¡Firmo! —naturalmente que el príncipe no sabía lo que firmaba.
Se celebraron los esponsorios con los tradicionales bailes y banquetes populares de rigor (la única oportunidad en sus súbditos comían carne), gozaron de una breve luna de miel en el Hotel Adlon de Berlín (¡Ups! Perdonen, que todavía no se había construido), y cuando regresaron a su palacio de Spandau, la buena mujer se dio cuenta de que no le quedaba ni medio litro de pócima de la juventud.
Aprovechando las ventajas del castillo, se puso manos a la obra con todos los adelantos técnicos que pudo conseguir. Para probar los efectos daba a beber sus pócimas al gato y el pobre igual le salía cabeza de cochino albino que recitaba de corrido el monólogo de Hamlet. ¡Pero nada, que no daba con la pócima!
Un día, al regresar del bosquecillo después de buscar desesperada nuevos ingredientes, se encontró con un hombre viejo y achacoso sentado en el sillón del trono del palacio. Al entrar en el salón el hombre se revolvió incómodo en su regio asiento, porque no sabía como explicar su presencia. Finalmente confesó su identidad:
—¡Soy yo, tu marido; y no soy príncipe sino un simple conde y arruinado! —la mujer no salía de su asombro—. Tengo que confesarte una cosa horrenda. Me quedé tan prendado de tu juventud y belleza que compré un elixir de la juventud a un tendero local con todo el tesoro condal, pero la pócima debía tener pasada la fecha de caducidad...
—¡Pues buena la has hecho, chaval! —contestó airada la buena mujer, a quien en ese mismo instante, y sin duda por el disgusto, se le pasaron también los efectos.
Fueron días difíciles para la pareja, pero a Dios gracias pronto encontraron una afición en común que salvó el matrimonio: la redoma.
Desde entonces se les ve a todas horas alrededor de un puchero humeante tratando de dar con la dichosa fórmula de la eterna juventud. Él ya no usa zapatos, porque le han salido pezuñas y ella, afortunadamente, con su nuevo pico de aguilucho ya no puede hablar y ha dejado de quejarse.
—¡Bruja desmemoriada! —le reprocha él constantemente.
No hay mal que por bien no venga
A mi pequeña gran amiga Hoa
Esta es una historia verídica, pero algo difícil de creer. Si tengo noticias de ella es porque se trata de un caso muy comentado en mi barrio. Tal vez las comadres exageren un poco, por lo que no me hago responsable de los perjuicios que pueda ocasionar a alguna joven casadera, y que no esté muy convencida de la conveniencia de su matrimonio.
Es la historia de Christine Schneider, una joven dependienta de una franquicia de Schelecker, en el barrio de Alt Leitzow, lo que en tiempos fuera una pequeña y coquetona aldea, hoy parte de Willmersdorf.
La joven era bajita, simpática y miope, pero con lentillas puede decirse que era una joven atractiva. Por desgracia las gafas de ojo de pez le deformaban algo su menudo y gracioso rostro, y con esto un lector inteligente e imaginativo ya deben haberse hecho más o menos una idea de su aspecto y carácter.
Christine tenía un novio que gozaba de una excelente situación laboral, pues estaba empleado por la ciudad como experto en el mantenimiento de alcantarillas, pero dada su juventud, por el momento tenía la responsabilidad de lo que podríamos llamar «alcantarillas menores», pero aún no gozaba de la confianza necesaria para ocuparse de las que discurrían bajo las grandes avenidas y otras áreas urbanas de especial responsabilidad, como el barrio de las embajadas.
Como el sueldo de alcantarillero menor no era precisamente para despilfarros, y el de ella no era más espléndido, descontando impuesto y seguridad social, pasaban los días y los años sin que la pareja se decidiera a dar el paso del matrimonio. Pero el mismo día en que Hans (el novio alcantarillero) cumplió los 38, recibió la feliz noticia de su ascenso, y en adelante tendría bajo su responsabilidad ciertas alcantarillas próximas al Reichstag y al Gobierno federal. En unos años más, y si hacia méritos suficientes, podría ver culminado su sueño de moverse con familiaridad bajo la más alta magistratura del país. De manera que se decidió la boda.
La madre de Christine, una mujer sensata y ahorradora, de las que vivieron los años de penuria de la posguerra, sugirió a su hija que dado que la distancia entre su casa y el juzgado de Paz era de apenas 50 metros no valía la pena que alquilaran un coche, y podía hacer en trayecto perfectamente a pie. Con el ahorro la buena mujer calculó que le llegaría para la tarta nupcial y una caja de botellas de champaña de mediana calidad, pero francés.
—Si el tiempo es bueno, hija, hasta será agradable darnos este paseíto.
—¡Pero mami, la cola del vestido llegará hecha un asco!
—Ya lo arreglaremos, mujer, que te ahogas en baso de agua. ¡Cómo se ve que no has pasado una guerra!
Quedó todo acordado y apalabrado para el viernes de la primera semana del mes de mayo, justo tres días antes de que Hans estrenara su nueva ruta de alcantarillas de mayor prestigio.
Llegó el día señalado, pero la naturaleza no estaba por la labor, y amaneció un día frío y húmedo que amenazaba lluvia. Para colmo había diluviado el día anterior y las calles estaban todavía encharcadas. En vano la pobre Christine se quejó a la madre, argumentado que era más importante su vestido de novia que la tarta o el champaña francés barato, pero ella insistió:
—¡Pero si son cincuenta metros, mujer! ¿Para qué están los paraguas?
No hubo nada que hacer y la ahorrativa madre se salió con la suya. Ya en el ascensor tuvieron las primeras dificultades, pero ni comparado con lo que les esperaba. El primer contratiempo serio lo tuvieron al pasar por debajo de un frondoso tilo del jardín, que por una inoportuna ráfaga de viento dejó caer sobre la infeliz novia toda el agua acumulada en sus hojas, ¡ý ella sin paraguas! Con precaución salieron a la calle, y mire usted por donde el niño del cuarto tenía que estar jugando a la pelota en ese precioso instante, y la pobre Christine recibió un sendo balonazo en el trasero, lo que dejó una geométrica mancha de barro en semejante parte del vestido. A la chica casi le da un ataque, pero la madre, decidida a salirse con la suya, le comentó:
—¡Poniendo la cola por encima ni se verá! —y prosiguieron su camino.
Cruzaron la calle justo en el momento en que pasaba la camioneta de un pintor-empapelador muy conocido en el barrio, cargado con sus utensilios de faena habitual, y por no pillar a la pobre muchacha, que como es natural caminaba con cierta torpeza, dio un giro brusco y uno de los botes de pintura salió por los aires y fue a caer justo a los pies de la desdichada, que se abrió y parte de la pintura ¡roja! decoró sus lindos zapatitos de casadera, además de afectar ligeramente a los bajos del vestido, pero la madre insistió:
—¡Si parece que fuera parte de la decoración del vestido! No te preocupes mujer, dentro de media hora estás casada y ya da igual! —y prosiguieron su penoso camino.
No andaron ni diez metros sobre la acera cuando pasó el típico gamberro con su BMW amarillo descapotable a toda marcha y «pisando charcos», y uno de ellos, con probabilidad el más caudaloso, estaba justo enfrente de la pareja de las desdichadas mujeres cuando el gamberro pasó sobre él a toda velocidad. La madre, que no era tonta y había previsto semejante posibilidad, ni se mojó, porque andaba justo en el lado opuesto de la calle y la hija la cubría completamente. Pero la pobre Christine quedó simplemente hecha un asquito de verdad.
—¡Yo no me caso, madre; estoy empapada hasta la diadema, el vestido está hecho un asco y los zapatos se pegan al suelo por la pintura! ¡Que no me caso, y ahora mismo me vuelvo a casa!
—¡No seas irresponsable, hija! ¿Qué va a pensar tu Hans? ¿Te crees que sobran los pretendientes para una chica miope, bajita y tan poca cosa como tú? ¡Anda, sigue adelante que sólo son treinta metros más, te casas con el alcantarillero y en paz!
Empapada, contrariada, medio cojeando, gimoteando, pero también desproticando, las dos mujeres continuaron su penoso camino hacia el juzgado.
Ya se divisaba la docena de invitados en los jardincillos del juzgado, y al novio entre ellos, cuando sucedió lo inevitable, pues con aquellas trazas la pobre chica tenía serías dificultades para mantenerse en pie, y al intentar cruzar la calle, a unos metros de los brazos de su futuro marido, dio un fatal traspiés al bajar la acera ¡y se calló literalmente de culo sobre un inmenso charco de agua embarrado!, pues no hacía ni dos minutos que el barrendero local había dejado allí mismo su montoncillo de basura con la intención de recogerla después, pero ya no hizo falta, pues quedó impregnada en su precioso vestido, que definitivamente dejó de ser blanco para tomar un tono viscoso e indescriptible.
Ridículamente sentada sobre el charco, con una lentilla menos y uno de los zapatos rojos en paradero desconocido, la pobre Christine se deshizo en un llanto histérico, mientras pataleaba y agitaba los brazos fuera de sí.
—¡Madre, madre; así yo no me caso y en paz! —gritó la muchacha.
El novio, que escuchó los gritos, corrió en su ayuda. La puso a salvo de nuevas desgracias y sacudiéndole el vestido con cierta repugnancia por los envoltorios de helado y algún resto de salami pegados, sólo se le ocurrió recriminarla:
—¡No te da vergüenza presentarte con estas trazas el día de tu boda!
Christine se armó de valor, recuperó el ánimo, se sujetó con una mano en una farola para no perder el equilibrio y con la otra le arreó una soberana bofetada al novio desconsiderado. Después, con aire marcial y la cabeza bien alta, propio de quien tiene toda la razón del mundo y acaba de tomar una gran decisión, dio media vuelta con la intención de volverse a su casa.
Pero tal altivez, más la circunstancia de tener un zapato y una lentilla menos, le impidió ver el Mercedes descapotable que en esos precisos momentos bajaba por la misma calle en dirección al juzgado, y antes de darse cuenta se produjo la inevitable colisión. La escena es la siguiente: El Mercedes circulaba a poca velocidad, por lo que pudo frenar a tiempo. Christine tropezó contra una de las puertas, dio una voltereta en el aire y calló literalmente en los brazos del conductor sin el menor daño ni rasguño. Instintivamente la chica se abrazó a él, quien se encontró con una novia en sus brazos, así sin esperarlo ni siquiera sospecharlo. Al principio reinó cierta confusión, después, poco a poco, la escena empezó a hacer sus efectos, y poco tiempo después la gente que la contempló se moría de risa. ¡Christine y su joven, apuesto y rico futuro marido, que todo hay de decirlo, los que más; y siguieron riendo toda su larga y feliz vida juntos!
En cuanto a Hans, el novio desconsiderado, dada su buena posición laboral pronto encontró novia, por cierto fan
ática de las alcantarillas, con la que cada fin de semana recorren las más importantes de la ciudad, mientras él, embelesado, le va explicando lo más destacado de cada desagüe o sumidero, además de otros detalles técnicos de menor importancia. Como dije, la historia es difícil de creer, ¡pero así me la contaron!
La poetisa de la calle Novalis
En el céntrico barrio berlinés de Mitte, y concretamente en la calle Novalis, vivía Cornelia Schumann, una joven aspirante a poetisa. La elección de la calle para su domicilio no fue casual, pues sentía una irresistible pasión por este malogrado poeta del Romanticismo alemán.
«¿Qué ser vivo, dotado de sentidos, no ama,
por encima de todas las maravillas del espacio
que lo envuelve, a la que todo lo alegra, la Luz
–con sus colores, sus rayos y sus ondas;
su dulce omnipresencia–,
cuando ella es el alba que despunta?».
Esta estrofa, de sus «Himnos a la noche», era de entre todas su favorita. Cornelia también sentía que era en la Luz donde estaba la magia de donde surgen los buenos poemas. Después de leer y releer las obras del propio Novalis, de Hoffmann, de Hölderlin y de tantos otros poetas del Romanticismo, decidió que ya podía intentar escribir sus primeros poemas, y se puso manos a la obra:
«En el florido valle, iluminado por la pálida luz de la luna...»
—¡No, demasiado cursi!
«Son tus ojos dos luceros del alba...»
—¡Que horror; que memez! A ver, empecemos de nuevo...
«Con las primeras luces del alba incierta...»
—¡Nada, que no sé escribir un poema! Pero ¿cómo se escribe un poema?
—¡Con el alma, querida niña! —dijo alguien de cuya presencia no se había percatado. Primero se alarmó y estuvo a punto de llamar a la policía, pero al ver su interlocutor, extrañamente vestido con ropas que le recordaban los grabados de los libros de Goethe, se tranquilizó.
—¿Quién eres tú?
—¿Quién iba a ser? ¡Friedrich von Hardenberg, alias «Novalis»! Y no te alarmes, cosas así suceden cada día a los poetas principiantes.
—No me alarmo, y no es la primera vez que imagino casas que parecen reales... Pero, bueno, ya que estás aquí, dime ¿cómo surge una poesía?
Novalis no esperaba ser aceptado con tanta naturalidad viniendo de donde venía y presentándose así de improviso, pero en vista de la cordialidad de chica, se sintió autorizado y expuso solemnemente su alegato:
—La poesía, querida mía, es como una noche de tormenta. Durante el día el calor y la humedad del ambiente cargan las nueves de electricidad y llega un momento en que salta la chispa y llega la lluvia torrencial. Es breve, pero poderosa y arrasa todo a su paso... ¿lo comprendes?
—Es una explicación un poco de tu época... ¡romántica! ¿Siempre tiene que salir la naturaleza?
—¿Romántica? ¿Qué es eso?
—¡Buena pregunta para el creador del romanticismo!
—¡Yo no sabía que a nuestra época se la iba a llamar «romántica»!
—Pues entonces, ¿por qué razón tú, Hoffmann, Hölderlin, Goethe y tantos otros artistas de tu época decidisteis romper con los clásicos y volver a las utopías idealistas y a la naturaleza?
—¡Ah, te refieres a eso! Querida niña, todo tiene una explicación lógica en este mundo. En mi época la realidad que nos rodeaba era fea, deprimente y profundamente injusta. Las constantes guerras producían cientos de heridos, que al infectarse sus heridas era necesario cauterizar o amputar miembros. Las calles eran un horrendo espectáculo de gente desfigurada y maltrecha. Había decenas de enfermedades endémicas, como la tuberculosis o la sífilis y pocos lugares adecuados para tratarlas. Los burgueses ricos no se ocupaban de los miserables, y no se podía pasear por una calle o plaza sin ser asaltado por decenas de desarrapadas criaturas o viejas decrépitas pidiendo limosna. Las niñas, pobres criaturas, eran frecuentemente violadas y los hijos no deseados eran tan normal que no resultaba difícil encontrar sus pequeños cadáveres en los estercoleros. Podía contarte decenas de cosas a cual más horrenda. Y ¿qué hacía la inconsciente y aburrida aristocracia y la alta burguesía por aliviarlas? ¡Nada! Por eso algunos nos revelamos contra el orden establecido y decidimos hacer las cosas a nuestra manera, apartándonos de los cánones clásicos de nuestros severos padres! ¿A eso le habéis llamado «Romanticismo»?
—No lo había visto de esta manera, porque los movimientos sociales llegaron bastante después de tu muerte... Según esta biografía, tú...
—A ver, niña, déjame ver ese libro. ¿Dices que es mi biografía? Humm... exagera un poco... A decir verdad lo nuestro era más bien una pose. Éramos tan burgueses como los demás y nos preocupábamos por nuestro futuro. Goethe, a quien has nombrado, siempre mantuvo su lucrativo empleo de guardabosques, y yo terminé mis estudios de minería antes de mi temprana muerte, tal y como deseaba mi severo padre. No sé si ahora se dice igual, pero en realidad era una moda. ¿Comprendes?
—Sí, pero es un poco deprimente oírtelo decir a ti. ¿Y qué hay de tu historia sentimental con la adolescente Sophie von Kühn?
—Sí, fue un duro golpe. Pero la muerte era algo cotidiano y familiar. Todos mis hermanos murieron de tisis. La tuberculosis era la enfermedad de la clase burguesa, muy frecuente entre las mujeres jóvenes, por sus malos hábitos alimenticios y urbanos.
—Entonces, ¿no fue la muerte de la joven Sophie la que inspiró tus mejores poemas?
—Lo fue, sin duda, pero no sabría decirte cuál de tantas muertes de seres queridos me inspiraba más que otra... Y ¿qué es ese armatoste?
—¿Esto no es un armatoste, es un ordenador portátil?
—¿Para qué sirve?
—¡Para escribir y para navegar por Internet! Claro que tú no sabes qué es eso de Internet...
—¿Y dónde está la pluma y la tinta?
—¡No hay pluma ni tinta! Mira se aprieta este botón, clic, ¿ves? y sale una letra en la pantalla, luego otra y otra hasta hacer una palabra. Si no te gusta lo borras y si te gusta lo guardas en su memoria...
—¿Y con ese chisme pretendes escribir un buen poema?
—¿Qué hay de malo? Pero si no me dices cómo se escribe un buen poema nunca lo conseguiré, ¡ni con pluma ni con ordenador!
—Querida niña, ¡recuerda lo de la tormenta! Y ahora, lamento tener que dejarte, porque hay una docena de nuevos poetas en este mismo barrio que requieren mi presencia.
Novalis desapareció tal y como había aparecido y Cornelia Schumann, recordando lo de la tormenta, creyó estar ya cargada para escribir su primer poema:
«A Berlín
Tiene avenidas amplias y cierta sonrisa angelical.
Ha sufrido y se nota en su piel nueva,
casi recién lavada del humos sucios de las bombas aliadas.
Tiene un Zoo con osito blanco
que ya no hace gracia porque se ha hecho mayor
y los niños añoran su inocencia.
Tiene tranvías largos, amarillos como canarios,
discretos como viejos pensionistas,
sólo un «cling, cling» de vez en cuando y pasan de largo.
Tiene periódicos grandes, donde gente asombrada de ser quienes son
esconden su cotidianidad, y beben café con leche
en tazas grandes, a sorbos pequeños.
Tienes una legión de bicicletas que van y vienen por ahí sin mucho sentido,
bordeando el río para que les de el aire en el rostro,
con arrugas de jóvenes cargados de años, y con eso se conforman.
Tiene barcos con turistas angustiados,
porque desearían que el tiempo se eternizara,
así como sus sonrisas de admiración por los grandes sauces y las viejas hayas.
Tiene serias universidades llenas de jóvenes preocupados por el futuro,
sin saber en qué consiste el futuro,
precisamente porque son jóvenes.
Tiene barrios turcos, casi latinos, viejos y nuevos.
Con sabor a barrio, cafés de barrio, tiendas de barrio, niños de barrio, perros de barrio, mamás discretas y educadas, también de barrio,
y cada barrio está contento de ser un barrio.
Tiene el orgullo de no ser importante,
pero hermosa, acogedora, tolerante,
y discretamente frustrada por su gran pequeñez.
Tiene un Ángel Azul, el recuerdo de la Dietrich,
los años veinte y tantos otros años,
el cabaret simpático y las chicas del coro emplumadas hasta la coronilla.
Berlín tiene, en pocas palabras,
el encanto de lo humano
y el misterio de lo divino.»
Lo releyó dos veces y le pareció una buena lluvia torrencial. ¡Novalis llevaba razón con lo de la tormenta!