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Los nuevos enemigos de Cervantes
Autor: Jaime Despree

Después de finalizada la primera parte de este ensayo, en el que con más o menos claridad y acierto, trataba de establecer lo que es un escritor y su obra, empecé esta nueva parte con buen estado de ánimo. Sabía que me enfrentaría a páginas cuya lectura iban a requerir una gran dosis de paciencia y comprensión, y por nada del mundo estaba dispuesto a perder las formas y la corrección del lenguaje, tratando en todo momento de ser «positivo» y empezar por ver lo bueno para, en último término, ver lo malo. Como no se me hubiera ocurrido dilapidar el poco dinero de mi presupuesto mensual en comprar estos libros, cogí mi «descapotable» (la bicicleta), la mochila, el bloc de notas y una pluma estilográfica comprada en una tienda «todo a un euro», pero que me resultaba grata su escritura, y empecé mi nuevo trabajo desplazándome a la magnífica librería «Hugendubel», que hay en la plaza berlinesa donde está el monumento que los españoles llamamos el «Pintalabios», o las ruinas de la iglesia de «San Matías», que los berlineses decidieron no reconstruir como recuerdo permanente de sus errores políticos del pasado. Allí, en la primera planta, hay una sección de libros en español, donde por lo general sólo llegan los «premios literarios» y algún que otro clásico reconocido, amén de los «Best-Sellers» ya citados. Por tanto, en un sólo estante tenía a mi disposición todo el material necesario para la segunda parte de este ensayo. Al azar elegí los tres primeros «premios», que resultaron ser «La muchacha de las bragas de oro», de Juan Marsé, premio Planeta 1978, «Un encargo difícil», de Pedro Zarraluki, «Premio Nadal 2005», «Un milagro de equilibrio», de Lucía Etxebarría, «Premio Planeta 2004» y un cuarto, que si bien no está premiado, al parecer ha sido un «súper ventas» en España, «La hermandad de la Sábana Santa», de Julia Navarro. Por tanto, me sentía razonablemente feliz y satisfecho porque no hay nada que me agrade más en este mundo que mi trabajo, aunque a veces, como en este caso, resulte algo penoso. Busqué un lugar tranquilo en la cafetería; saqué mi cuaderno, mi pluma y, por fin, me decidí a comenzar el trabajo. Así es que abrí la primera página del libro de Juan Marsé. El efecto fue como si un día nublado, pero con intervalos de sol radiante, saliéramos al parque sin paraguas, y ya a medio camino, estando lejos de casa, se desatara un tormenta, ¡pero de granizo! Por tanto, me estropeó completamente el buen ánimo y mi compañero de mesa empezó a sospechar que estuviera padeciendo un ataque de epilepsia, porque la indignación me hacía revolverme en mi asiento. Cuando se publicó este libro me negué a leerlo, e incluso a ojearlo como hacía con otros, sólo porque el título me «repugnaba». Se dirá que soy un «mojigato», expresión que el mismo Marsé utiliza en «Mis últimas tardes con Teresa», pero es que soy incapaz de relacionar «novela» con «bragas» o «calzoncillos», que me da igual. Imaginemos este otro título «El muchacho de los calzoncillos de oro». Sería como una mofa. ¿Por qué? Porque las bragas tenían más morbo y gancho que los calzoncillos en una sociedad, como la de entonces (¿?), fundamentalmente machista y en plena «transición» hacia el destape, donde era bastante normal verle las bragas a la actriz de comedia de turno. Pero, curiosamente, nunca eran de oro. Esa expresión quedaba más en el entorno fantástico del súper agente de su Graciosa Majestad, «James Bond» (las bragas normalmente eran de algodón y blancas, porque ¡destape sí, pero la virginidad y la higiene todavía se respetaban!). De manera que siempre me pareció una «típica novela de la Transición»: novelas insulsas, con pantalones campana, camisas floreadas con cuellos descomunales, melenas a lo «Beatle» y carreras con «seiscientos» trucados. Mientras tanto, Gironella hacía que los tranquilos y solemnes cipreses creyeran en Dios, en un alarde «enciclopédico» de oportunismo político-literario descomunal. Pues bien, resulta que ahora no me queda otra opción que superar aquel prejuicio histórico e intentar leer el primer párrafo de esta novela. Veamos: «Hay cosas que uno debe apresurarse a contar antes de que nadie le pregunte.» El párrafo afortunadamente es corto y contundente, y es suficiente como para cerrar la novela y devolverla a su estante. No me sorprende que tenga más que fundadas sospechas de que «algo podrido huele en los jurados del Planeta», y también en el resto de los jurados de premios literarios en general, pero ¡que haya sido precisamente Marsé el encargado de denunciarlo es sorprendente! ¿Cómo serían de malos los manuscritos que se vería obligado a leer que él mismo, cuyas obras resultan igualmente difíciles de leer, haya tenido el valor de denunciarlas? Casi estoy seguro de que yo cambiaría con gusto una buena purga de aceite de ricino a tener que leer uno de esos manuscritos. Lo mismo debió pensar Marsé, pero me temo que, como a Sócrates, le dieron en lugar de ricino la cicuta, y el mismo se puso de patitas en la calle, porque no se puede servir a Dios y al diablo al mismo tiempo. Volviendo al párrafo inicial de la novela de Marsé, francamente no sé qué pasaba por la mente del escritor cuando lo escribió. Por qué no decir, por ejemplo: «Hay cosas que uno debe apresurarse a contar antes de que se olviden», o «Hay cosas que uno debe apresurarse a contar antes de morir». Pero, ¿por qué violentar de esa manera la intimidad y soberanía del lector? ¿Es que a alguien se le ocurre dar una respuesta sin que medie previamente una pregunta? ¿Es que puede existir la respuesta sin la pregunta previa? Toda respuesta necesariamente debe de estar precedida de una pregunta y no puede haber pregunta sin respuesta; como no se puede comer sin hambre, o beber sin sed. Es como decir: «Le voy a dar de beber ahora que no tiene sed», o «Le he preparado un buen manjar para que se lo coma antes de que tenga hambre». Podría poner una docena más de ejemplos de incongruencia similar al expresado en el principio de esta novela. Para ilustrar mejor el caso, pongamos esta conversación entre un señor que acaba de ver la previsión del tiempo en la televisión y otro con el que se cruza en la calle: «—Oiga, voy a decirle la previsión del tiempo antes de que me lo pregunte. —Es que ya la sé; que la he visto en la televisión. —Ya, pero yo se lo quiero contar porque soy meteorólogo —¡A mí como si es portero de la Selección! —¿Pero, entonces, qué pinto yo aquí? —¡Usted sabrá! ¡Adiós y hasta nunca, so enterao!» En efecto, da la sensación de que el escritor es un «enterao» que se empeña en contarnos algo cuando no se lo hemos preguntado, lo que es una impertinencia y denota poca educación. ¿Por qué algunos escritores no revisan con atención sus manuscritos antes de darlos a la imprenta o enviarlos a concursos, donde los jueces les prestan todavía menos atención? ¿Por qué Marsé se «cargó» ya la novela en la segunda línea con lo sencillo que hubiera sido cambiar «preguntar» por «olvidar» o «morir», entre otras muchas opciones? Es un misterio insondable que pertenece a la intimidad de cada escritor. Por tanto, hubiera devuelto el libro al estante y dado ya por concluida la lectura, ya que este detalle de falta de «atención» se repetiría constantemente, si no fuera porque todavía tenía tiempo y algún resto de ánimo para seguir leyendo. Por tanto, prosigamos: «Cuando después de mucho torturar el párrafo, Luis Forest lo dio finalmente por bueno, advirtió que no llevaba agenda ni bolígrafo.» No está mal que trate de sugestionar al lector utilizando la expresión de «torturar», cuya ambigüedad refiriéndose a un párrafo literario es notoria, pero como escritor ¡no comprendo cómo se puede corregir todo un párrafo mentalmente y sin ir escribiéndolo o reescribiéndolo varias veces! Tal vez pueda «torturar» un verso o un soneto que ha conseguido memorizar, ¡pero todo un párrafo, imposible! ¿Por qué Marsé fue tan descuidado con estos detalles? Ya en «Mis últimas tardes con Teresa» habla de un «cielo estrellado bajo los farolillos festivos de las calles», y que es «técnicamente imposible» que puedan verse las estrellas por la «polución lumínica». Pero nada menos que un escritor, que se supone que sabe su oficio, que pretenda hacernos creer que se puede memorizar todo un párrafo y rehacerlo varias veces mentalmente es simplemente ¡una falta de respeto por el lector y por su inteligencia! La otra incongruencia de este trozo del párrafo, sobre todo viniendo de un escritor, es que ¡no se anota una corrección en una agenda! Es decir, los escritores, que algunos como yo ya de por sí detestamos las agendas, no podemos anotar tal corrección el «7 de junio de 2006», y otra corrección el «8 de agosto» del mismo año. Lo que normalmente lleva siempre un escritor en su macuto o mochila es un «cuaderno de notas», y tengo que aclarar que es una de las piezas más difíciles de elegir y, al mismo tiempo, uno de los utensilios más queridos de todo escritor, hasta el extremo de que si lo pierde puede sufrir una auténtico ataque de nervios. Pero Marsé es así: habla y habla y dice cosas estereotipadas sin demasiado sentido, pero va llenado páginas y páginas. Paciencia y sigamos con el párrafo: «Prosiguió su paseo por la playa…» ¿Cómo relacionar la continuidad del paseo si no sabíamos que estaba paseando? ¡Otra falta de atención! «…cojeando lentamente, golpeando conchas con el bastón…» Pero, ¿el bastón no era para apoyarse debido a su cojera? Entonces, ¡es mentira, no cojea y se entretiene en golpear las conchas! Porque para golpear hay que apoyarse en las dos piernas, así es que si realmente está cojo de una pierna (no se puede estar cojo de las dos), al golpear las conchas ¡se cae! Sugiero al lector que haga él mismo la prueba y verá como es cierto lo que digo. Adelante… y sin perder la calma: «...tras el perro ansioso que husmeaba corrupciones.» Los perros no husmean realmente, sin que «olfatean», y ¿qué quiere decir con «ansioso» y «corrupciones»? ¡Él debe saberlo, el lector sólo puede hacerse una vaga idea! Adelante, Jaime, y sin desmoralizarte que ya falta poco: «En la concavidad vertiginosa de las olas que avanzaban hasta desplomarse, giraban algas muertas y el último reflejo del poniente.» ¿Hacia dónde avanzaban las olas cóncavas: hacia el horizonte o hacia la playa? El autor no lo dice. ¿Había remolinos en la playa para que giraran las algas? ¿Puede girar el reflejo del poniente?. Sigo, pero acabó porque ya no vale la pena insistir más: «Dejó atrás el Sanatorio Marítimo ruinoso y abandonado…» Está bien que Marsé sepa de sobra que en la carretera de Castelldefels hay (o había) un edificio ruinoso que pretendía ser un sanatorio, pero ¿qué sabe de eso un lector de Burgos? ¿Por qué Marsé lo cita sin molestarse en hacer una mínima descripción para que el lector se haga una idea visual del «escenario»? Y si no quiere describirlo, ¿por qué citarlo? Tal vez porque escribe «como lo ve» y no «como lo siente», que es como un escritor que debe crear los escenarios de la novela y hacerlos «visibles al lector». En fin, que ya hay razones más que de sobra para llegar a la conclusión de que «esto no es una novela» y Marsé es un «dudoso escritor» de novelas. Pero ¿cómo iba a ser de otra forma si, después de todo, también él es un «Premio Planeta»? Lo peor es que, a su pesar, Marsé «creó escuela», y la mayoría de los escritores de la Transición española, jóvenes y jovencitas ambiciosos, algo perezosos y sin talento, creyeron que era así cómo se escribían las «novelas modernas» y que ganaban premios. Y, claro, ¡de aquellos polvos nos llegan ahora estos lodos.