Inicio Críticas Los nuevos enemigos de Cervantes Autor: Jaime Despree Crítica literaria NOTA PRELIMINAR Estimado lector/a, desde que escribí este ensayo hasta hoy han fallecido varios lectores de los que reseño en este ensayo. He decidido mantener la crítica de sus novelas, porque yo no hago mención de nada personal, o criticar su estilo, me he limitado. a denunciar las incongruencias de la redacción, como en la que incurre Lucía Echevarria, cuando en una serie de superlativos de alabanza, dice “la luz donde el sol la toma”. I. INTRODUCCIÓN Este no es sólo un ensayo de crítica literaria, sino también es un panegírico en memoria de una bella dama, que hasta mediados del siglo pasado había gozado de una excelente salud, pero que empezó a quebrantarse después de la muerte, en la mediterránea localidad francesa de Collioure, de uno de sus últimos amantes. Sobrevivió nuestra guerra civil con algunos achaques, pero cuando se instauró la cuartelaria dictadura del súper general Franco, sus censores, que fueron elegidos por méritos de guerra y por su total adhesión a la total ausencia de ideas de su caudillo (el régimen era totalitario en todos sentidos), fue acusada de por sus amorosas relaciones con masones, judíos y comunistas. Fue juzgada y declarada culpable sin apelación y encarcelada en el Castillo de Montjuich de la liberal Ciudad Condal de entonces, con la sentencia de cadena perpetua. Allí permaneció recluida hasta que por mediación de algunos latinoamericanos, que no la habían olvidado, consiguieron su excarcelación para pasar sus últimos años en una residencia de la cuarta edad. Allí la visitaron un grupo de jóvenes escritores barceloneses, o residentes en Barcelona, que habían oído hablar de ella y de su marchita belleza, pero debieron encontrarla irreconocible y demasiado anciana para que les sedujera con sus fenecidos encantos y prefirieron adorar a un becerro de oro. kkLo que causó su muerte fue el título de una novela galardonada con el Premio Planeta de 1976, del recientemente fallecido, Juan Marsé, por lo que merece todos mis respetos y no voy a sacar más conclusiones sobre este lamentable episodio. Supongo que ya han adivinado que me refiero a la literatura nacional y a la novela “La muchacha de las bragas de oro”, que la fulminó. ¿Por qué sitúo la muerte de la novela nacional en Barcelona? Porque fue en esta entrañable ciudad, (allí conocí a la mujer que fue mi mejor amiga, compañera y amante, y que justifica toda mi azarosa existencia), donde se gestó la debacle actual, justo cuando Gabriel García Márquez la abandonase, después de ocho creativos y productivos años de estancia. Allí se gestó una literatura despojada de los valores tradicionales heredados de nuestro irrepetible Siglo de Oro. Un desastre literario. Yo no soy la persona adecuada para afrontar la crítica de este desastre, pero en vista de que, por unas razones o por otras, la más realista es que nadie se atreve con el gigante Planeta. Seguramente se verá afectada, y las hipotecas son cada día más caras. Por esta razón me encuentro ante el dilema de afrontarlo yo mismo y asumir las críticas por parte de los afectados. Por si todavía no tiene una opinión formada sobre el lamentable estado de la literatura actual, antes de iniciar este trabajo, les citaré un inadmisibles párrafos que no puede ni debe ser considerado como “Literatura”, a pesar de que pertenece a la novela, “La soledad era eso”, del conocido autor Juan José Millás, galardonada con el premios Nadal de 1999. Este párrafo no es una excepción en la producción literaria actual, sino que ya es una regla general, porque sus defectos e incongruencias se repiten en prácticamente todas las novelas escritas por autores nacionales publicadas en las últimas cinco décadas, y muy especialmente en las obras galardonadas con los premios Planeta y Nadal. Este es el párrafo: «Elena estaba depilándose las piernas en el cuarto de baño cuando sonó el teléfono y le comunicaron que su madre acababa de morir. Miró el reloj instintivamente y procuró retener la hora en la cabeza; las seis y media de la tarde. Aunque los días habían comenzado a alargar, era casi de noche por efecto de unas nubes que desde el mediodía se habían ido colocando en forma de techo sobre la ciudad. La mejor hora de la tarde para irse de este mundo, pensó cogida al teléfono mientras escuchaba a su marido que, desde el otro lado de la línea, intentaba resultar eficaz y cariñoso al mismo tiempo.» En este párrafo no hay ni una línea que no incurra en alguna incongruencia o ausencia de los valores que definen la literatura. El escenario: «Elena estaba depilándose las piernas en el cuarto de baño”. ¿Por qué Millás elige un escenario tan personal y poco literario y con una actividad tan desagradable como el depilado? ¿Tiene alguna clave oculta? No, simplemente el escenario carece de interés para él. Lo mismo le da que esté en el baño, como comiéndose una pizza en una franquicia de moda. Millás tiene la idea de una historia con un determinado desenlace, y escribe unas cuantas páginas de relleno para llegar cuantos antes a ese argumento, que apreciarán sus lectores, el resto carece de importancia para él. Insensibilidad. “...sonó el teléfono y le comunicaron que su madre acababa de morir.” Millás no solo carece de sentido de la estética, sino también de la ética, y es difícil ser escritor sin una determinada ética. ¿Qué puede pensar el lector de esta mujer que sabe que su madre debe estar agonizando en algún hospital y prefiere depilarse las piernas a estar al pie de la cama de su moribunda madre. Estoy seguro de que Millás no tuvo en consideración este inhumano comportamiento de la heroína de la novela. Incongruencia! “Miró el reloj instintivamente y procuró retener la hora en la cabeza; las seis y media de la tarde…. La mejor hora de la tarde para irse de este mundo.” En este increíble sentencia, la insensible protagonista demuestra ser una mujer sin sentimientos, porque el autor, no solo no nos dice si siente o no la muerte de su madre, sino que hace un quiebro para informarnos del tiempo y que las nubes se han colocado como un techo sobre la ciudad. ¡Ni una palabra sobre la muerte de la madre que ha fallecido a la hora más conveniente! ¡Intolerable! “...era casi de noche por efecto de unas nubes que desde el mediodía se habían ido colocando en forma de techo sobre la ciudad. La mejor hora de la tarde para irse de este mundo, pensó cogida al teléfono mientras escuchaba a su marido que, desde el otro lado de la línea, intentaba resultar eficaz y cariñoso al mismo tiempo.» Las pocas líneas del final de este párrafo exceden todo lo establecido por la naturaleza, la sociedad, la cultura y el sentido común. ¡Francamente, no sé por dónde comenzar mi crítica! Resulta que la hija no debía de estar al corriente de la grave enfermedad de la madre, sino que es el yerno el que está junto al lecho de su suegra, quien asiste a su muerte y quien informará a la insensible hija de su fallecimiento! Pero Millás no tiene suficiente con esta situación argumental intolerable, sino que la remata con un apostillado incomprensible! “...pensó cogida al teléfono, mientras escuchaba a su marido que, desde el otro lado de la línea, intentaba resultar eficaz y cariñoso al mismo tiempo.» El autor debería aclarar quién coge a quién, porque tal como está escrito es el teléfono el que coge a la mujer. Y si puede, no está de más que argumente la relación que puede haber entre la eficacia y el cariño, porque yo no puedo verla por mucho que me esfuerce. Este párrafo no es una excepción en la literatura actual, sino que gracias a estos descuidados autores se ha convertido en norma, porque no son conscientes de que esto “no es literatura”, sino una forma degradada y empobrecida. ¿Qué relación natural y lógica se puede establecer entre la “eficacia”, relativo a las profesiones y el cariño, relativo a los sentimientos, ¡ninguna! Con este breve pero significativo ejemplo mis eventuales lectores ya están informados sobre el objeto de este ensayo: aportar mi modesta colaboración para salvar el milenario arte de la Literatura, en el país donde puede decirse que nació el género de la novela. Es necesario y urgente que se abra un amplio debate sobre su estado actual, en el que participen autores, agentes, editores y lectores, y la primera tarea es el sentido del mismo concepto de “Literatura”, desdibujado y confundido por estas negativas influencias. ¿Por qué sitúo la muerte de la novela nacional en Barcelona? Porque fue en esta entrañable ciudad, (allí conocí a la mujer que fue mi mejor amiga, compañera y amante, y que justifica toda mi azarosa existencia), donde se gestó la debacle actual, justo cuando Gabriel García Márquez la abandonase, después de ocho creativos y productivos años de estancia. Allí se gestó una literatura despojada de los valores tradicionales heredados de nuestro irrepetible Siglo de Oro. La guerra civil había forzado al exilio lo más granado de la literatura española, quienes, a pesar de expresarse en un lenguaje y unas técnicas narrativas vanguardistas, no abandonaron la tradición de literatura culta del Siglo de Oro. Eso sucedería tras la muerte de nuestra ilustre dama. Para comprender las motivaciones de estos jóvenes autores barceloneses, que rechazaron nuestra tradición, nada mejor que citar el primer párrafo de la novela “Las inquietudes de Shanti Andía”, del elegante, culto y sensible Don Pio Baroja, que hoy duerme en el olvido, al igual que sus colegas de la anterior brillante generación de narradores y poetas, testigos de la liquidación de nuestro mal ganado imperio, la Generación del 98. “Las condiciones en que se desliza la vida actual hacen a la mayoría de la gente opaca y sin interés. Hoy, a casi nadie le ocurre algo digno de ser contado. La generalidad de los hombres nadamos en el océano de la vulgaridad. Ni nuestros amores, ni nuestras aventuras, ni nuestros pensamientos tienen bastante interés para ser comunicados a los demás, a no ser que se exageren y se transformen. La sociedad va uniformando la vida, las ideas, las aspiraciones de todos.” Esto lo escribió Don Pio hace más de 100 años, ¿qué ha sido de nosotros durante todo este tiempo? Lo que se veía venir: que la sociedad española había dejado de ser “novelable”. Pero estos jóvenes y ambiciosos autores se empeñaron en hacer de unas vivencias vacías de valores artísticos una nueva narrativa, que resultó tener las misma sustancia del ambiente donde había nacido: sin imaginación y sin belleza. Así surgirán personajes como “Pijoaparte”, “Benito Buroy”, “Delley”, “Dorotea”, y otros muchos con el mismo estilo y vulgaridad. No obstante, contaron con la incomprensible aprobación de ciertas editoriales y una amplia comunidad de lectores asiduos e incondicionales, unidos en la misma incultura literaria y artística en general. No solo se había degradado la novela, sino la cultura social en general. Naturalmente que en toda regla siempre hay excepciones. La dictadura agravó todavía más lo que ya predijo Don Pío, y de ese estado de cosas todavía no nos hemos recuperado, antes bien, desde que somos oficialmente demócratas, ha empeorado, a juzgar por el éxito de novelas que muy bien pueden calificarse de “incultas”, como se puede apreciar en este breve extracto de la novela de Lucía Etxebarría, “...la luz de donde el sol la toma!”, lanzada al estrellato, que toman la luz de no se sabe dónde, por la maquinaria mediática del Premio Planeta de 2004. Sin lugar a dudas que esta editorial, junto con Destino, son los grandes responsables de la proliferación de esta literatura insípida, inculta, descuidada, tópica, estereotipada, desmotivada y aún podría añadir una docena más de adjetivos del rico acervo literario del castellano y me quedaría corto. En el epígrafe de este ensayo aportaré las pruebas de esta grave acusación. El escandaloso Premio Planeta En una sociedad democrática como es la nuestra, no se puede decir que existan valores inmutables, porque todo se vuelve relativo, y cada participante puede exponer y defender sus ideas y merecer el debido respeto, por disparatadas que nos puedan parecer. Es lo que Unamuno calificó de ”La igualdad en la ramplonería” y que Ortega y Gasset describe en su breve ensayo “La rebelión de las masas”. Esta situación, necesaria para la convivencia pacífica y ordenada, es, sin embargo, negativa para fijar valores que nos ayuden a proseguir con la tarea en la que estamos involucrados desde que el ser humano fue consciente de su humanidad: mejorar su conducta y su circunstancia, citando de nuevo a Ortega y Gasset. El riesgo de la democracia es que nos escudemos en las libertades para justificar nuestros errores, y si exceden lo tolerable nos lleve a una dictadura. Los españoles siempre hemos tenido la tendencia a evadirnos de la realidad y vivir en mundos ilusorios. Esto nos hace ser fantasiosos y exagerados. Los lectores del Planeta y el Nadal creen que el mundo está bien como está, y también la novela está bien como está. Por tanto, que no les vengan con historias que les hagan pensar; que hablen de pobreza, marginación, corrupción, soledad o muerte. Prefieren historias que no tengan ni la más remota vinculación con la realidad actual, sus injusticias, sus desigualdades sociales, su desprecio por la virtud, la belleza y la generosidad. Novelas con historias que hayan sucedido muchos siglos atrás, mucho antes de la revolución copernicana, el discurso racionalista cartesiano, y por supuesto, del pensamiento ilustrado, antecedente de nuestra cultura social actual. No, ellos solo están interesados en historias que no sobrepasen el siglo XIII, o como máximo el XIV. Pero sus favoritos son los siglos IX, X y XI, los de mayor oscurantismo y violencia confesional. Si hablamos de la antigüedad, les deleitan los sanguinarios reinados de Nerón o Calígula, pero no saben quién fue Parménides. Si les dan a elegir entre historias sobre Jesús o Judas, no tienen la menor duda en elegir las de Judas. Sus mitos literarios son sin duda Umberto Eco, padre de la saga medievalista, y Dan Brown, o la versión moderna de thriller oscurantista. En cuanto a los escenarios, sin duda que Roma, y en especial el Vaticano, son sus predilectos. La democrática Atenas o la sabia Alejandría no están entre sus favoritas. Pero la realidad es que no saben lo que les gusta hasta no verlo anunciado o publicitado y jaleado por los críticos de los medios que forman parte de esta confabulación contra la literatura. Indiscutiblemente el plan de marketing decidido es un éxito comercial y un fracaso de la dignidad del autor premiado, la literatura y de la novela en particular. Estos escritores no son conscientes de su responsabilidad y la influencia de sus obras en el comportamiento social. Todos esos remilgados perjuicios morales, afortunadamente para los balances de estas editoriales, ya no existen. Sus autores pueden escribir lo que les venga en gana y como les dé la real gana. A los autores que somos conscientes de este drama, solo nos queda escribir un emotivo panegírico para que quede algo en la memoria colectiva, por si algún día resurgiera la literatura de creación en nuestro país. En Berlín, un 15 de octubre de 2018, día de la concesión de un nuevo Premio Planeta; es decir, un luctuoso día para la literatura nacional.