X Entrevista con la zorra del Principito
¡Quién me iva a decir a mí que en mi deambular por las américas me iba a encontrar con la zorra del Pincipito! Fue en un restaurante de caridad, como son algunos MacDonalds de Nueva York, donde me pareció que una de las empledas se parecia a mi personaje favorito de juventud.
—¿Quiere decir que es la zorra del cuento? -le pregunté a un empleado puertorriqueño, que en su afan por bailar la salsa me arrojo los restos de mi hamburguesa sobre los pantalones
—¡La misma! Como andan escasos de personal contratan a cualquiera, porque para estos restaurantes ya casi nadie rellena aplicaciones de empleo.
—¿Quiere decir que es la misma; que es la zorra del cuento?
Asintió y me volvió a tirar los restos de mayonesa sobre la parte del pantalón que todavía estaba limpia.
—¿Podría usted tener la amabilidad de preguntarle si no le importa que la entreviste?
—Le costara 100 pavos, y si viene de «Le Fígaro» 150, está muy cabreada con los franceses.
—Dígale de soy un escritor español, de los de después de Franco, ¡no se vaya a pensar que yo...!
—¡Ah, bueno, haberlo dicho antes! ¿No será usted el que ha escrito esa novela sobre Nueva York donde sale ella?
—¡Sí, sí; el mismo!
—Entonces se lo hará gratis. ¡Oiga, que la dejó usted en buen lugar; que la pobre está más que harta de pasar calamidades sin que se diga de ella más que lo de siempre: que si domesticada, que si esto, que si lo otro! ¡Lo suyo fue un punto de vista original!
—Entonces, ¿se lo preguntará?
—¡Aquí la tiene, pregúnteselo usted mismo!
Nunca hubiera imaginado ver a uno de mis personajes de juventud favoritos en aquel penoso estado. Como se suele decir, tenía el rimel corrido, el contorno del carmín excedía con creces sus ajados labios, el pelaje deslustrado y la porte desgarbada, para colmo chupaba la típica colilla de cigarrillo según aparece en todas las películas de Rita Hayworth y otras por el estilo.
—Permítame que me presente, soy Jaime Despree, el reportero más dicharachero....
—¡Ja, y yo soy Greta Garbo! ¡Venga encanto, no me vengas con esas que una no viene a los Estados Unidos para nada!
—Bueno, tal vez no sea tan dicharachero, pero me han dicho que usted es...
—¡Sí, yo soy, bueno ¿y qué? Oiga, ahora que lo dice, ¿no será usted ese Despree de la novela?
—¡El mismo!
—Mire, que no le tenía buen ojo por lo del apellido, pero cuando leí su novela, pues que me trajo usted buenos recuerdos... ¿Y qué quiere de mí, si se puede saber?
—¡Todo!
—Vamos por partes, cariño, y suéltelo todo rápido que aquí no nos pagan para estar de palique con los clientes.
Como no soy un reportero muy brillante la primera, la segunda y hasta la vigésimo quinta pregunta fueron las tópicas en estos casos:
—¿Qué hace una zorra como usted en un sitio como éste?
—¡Ay, cielo, ya veo que no sabes de la misa la mitad! ¿Crees que se puede vivir del recuerdo? Me dijeron que con mi fama me caería el papel de protagonista en alguna película de Spilberg, pero, chico, tardé algunos años en cruzar el charco y cuando llegué ni se acordaban de mí. ¡Una humillación! Me dijeron: «Un papelillo secundario podemos ofrecerle para que no haga el viaje en balde, pero desde lo de Reagan las zorras como usted ya no están de moda». Así es que hice un papel en que ni hablaba, sólo rebuscaba en el cubo de la basura en una película de Disney, en que el protagonista era el perro más lerdo que me echado a los hocicos!
—¡Ya, vaya faena...! Bueno, hablemos del Principito. ¿Se enamoró usted al primer golpe de vista?
—¡Hombre, qué pregunta! ¡Pues claro! ¿Cómo no sentir en esa criatura la ternura de su mirada, la ingenuidad de su mundo de rosas histéricas y volcanes peligrosos? ¿Es que se le podía confundir con un bruto e insensible cazador?
—¿Y sexualmente...?
—Oiga, pongamos las cosas en claro, sobre mi sexualidad no escriba ni una palabra, ¡para las zorras ese es un tema tabú!
—¡Perdone, no volverá a suceder! Pero usted fue poco realista. Con toda su experiencia de la vida, ya debió comprender que aquello era un amor imposible...
—¡Qué sabe usted de esas cosas! Si usted fuera una zorra, viviendo siempre de sobresalto en sobresalto, mal vista y peor considerada, que te venga del cielo un Principito y te diga que eres hermosa y digna de su confianza... ¡Oiga que eso llega muy hondo!
—Entonces, por eso se dejó usted domesticar y ahora... ¡en un McDonald!
No respondió. Primero creí ver una lágrima fugaz resbalar por su mejilla de zorra, después se restregó con el dorso del jersey raído y el rimel le llegaba hasta las orejas. Luego me miró con cierta ternura, como si le hubiera llegado al fondo del corazón de zorra domesticada y luego, ya totalmente recuperada, impertinente y altiva de nuevo, se levantó, escupió la colilla del cigarro y me dijo.
—Se terminó la entrevista, encanto. Una tiene que seguir viviendo y no es cosa de andarse con sentimentalismo. Me ha traído usted buenos recuerdos, pero vivo en Norteamérica y aquí no se vive de recuerdos sino de Quién me iba a decir que en mi deambular periodístico por las Américas iba yo a dar con la zorra del cuento «El Principito», pero así fue! Uno de esos días en que andaba yo buscando el suplemento dominical del New York Times en las papeleras del bajo Manhattan para escribir mi artículo de «supervivencia» correspondiente al mes en cuestión, me vi en la penosa necesidad de reponer mis mermadas fuerzas en uno de esos comedores de beneficencia encubiertos que son los McDonalds neoyorquinos. Allí, entre indigentes reales y proletarios evidentes, más algún turista español, pues los McDonalds de nuestro país tienen aires aristocráticos no como los de aquí, encontré sospechoso que una de las camareras utilizara un «hiyab» sin ser miembro de la comunicad del Islam.
Hice mis averiguaciones, consulté a un puertorriqueño muy salado que me arrdólares. Dé gracias a que le ha salido gratis la entrevista y no abuse. Y si pasa por Francia, les diga que estoy muy dolida, pero en parte agradecida, porque en el fondo me sigo sintiendo muy francesa. Pero eso de que hagan tantos negocios conmigo y no me pasen ni un euro, ¡simplemente, que no se lo perdono! ¡Au revoir, mon ami!
X No hay mal que por bien no venga
Esta es una historia verídica, pero algo difícil de creer. Si tengo noticias de ella es porque se trata de un caso muy comentado en mi barrio. Tal vez las comadres exageren un poco, por lo que no me hago responsable de los perjuicios que pueda ocasionar a alguna joven casadera, y que no esté muy convencida de la conveniencia de su matrimonio.
Es la historia de Christine Schneider, una joven dependienta de una franquicia de Schelecker, en el barrio de Alt Leitzow, lo que en tiempos fuera una pequeña y coquetona aldea, hoy parte de Willmersdorf.
La joven era bajita, simpática y miope, pero con lentillas puede decirse que era una joven atractiva. Por desgracia las gafas de ojo de pez le deformaban algo su menudo y gracioso rostro, y con esto un lector inteligente e imaginativo ya deben haberse hecho más o menos una idea de su aspecto y carácter.
Christine tenía un novio que gozaba de una excelente situación laboral, pues estaba empleado por la ciudad como experto en el mantenimiento de alcantarillas, pero dada su juventud, por el momento tenía la responsabilidad de lo que podríamos llamar «alcantarillas menores», pero aún no gozaba de la confianza necesaria para ocuparse de las que discurrían bajo las grandes avenidas y otras áreas urbanas de especial responsabilidad, como el barrio de las embajadas.
Como el sueldo de alcantarillero menor no era precisamente para despilfarros, y el de ella no era más espléndido, descontando impuesto y seguridad social, pasaban los días y los años sin que la pareja se decidiera a dar el paso del matrimonio. Pero el mismo día en que Hans (el novio alcantarillero) cumplió los 38, recibió la feliz noticia de su ascenso, y en adelante tendría bajo su responsabilidad ciertas alcantarillas próximas al Reichstag y al Gobierno federal. En unos años más, y si hacia méritos suficientes, podría ver culminado su sueño de moverse con familiaridad bajo la más alta magistratura del país. De manera que se decidió la boda.
La madre de Christine, una mujer sensata y ahorradora, de las que vivieron los años de penuria de la posguerra, sugirió a su hija que dado que la distancia entre su casa y el juzgado de Paz era de apenas 50 metros no valía la pena que alquilaran un coche, y podía hacer en trayecto perfectamente a pie. Con el ahorro la buena mujer calculó que le llegaría para la tarta nupcial y una caja de botellas de champaña de mediana calidad, pero francés.
—Si el tiempo es bueno, hija, hasta será agradable darnos este paseíto.
—¡Pero mami, la cola del vestido llegará hecha un asco!
—Ya lo arreglaremos, mujer, que te ahogas en baso de agua. ¡Cómo se ve que no has pasado una guerra!
Quedó todo acordado y apalabrado para el viernes de la primera semana del mes de mayo, justo tres días antes de que Hans estrenara su nueva ruta de alcantarillas de mayor prestigio.
Llegó el día señalado, pero la naturaleza no estaba por la labor, y amaneció un día frío y húmedo que amenazaba lluvia. Para colmo había diluviado el día anterior y las calles estaban todavía encharcadas. En vano la pobre Christine se quejó a la madre, argumentado que era más importante su vestido de novia que la tarta o el champaña francés barato, pero ella insistió:
—¡Pero si son cincuenta metros, mujer! ¿Para qué están los paraguas?
No hubo nada que hacer y la ahorrativa madre se salió con la suya. Ya en el ascensor tuvieron las primeras dificultades, pero ni comparado con lo que les esperaba. El primer contratiempo serio lo tuvieron al pasar por debajo de un frondoso tilo del jardín, que por una inoportuna ráfaga de viento dejó caer sobre la infeliz novia toda el agua acumulada en sus hojas, ¡ý ella sin paraguas! Con precaución salieron a la calle, y mire usted por donde el niño del cuarto tenía que estar jugando a la pelota en ese precioso instante, y la pobre Christine recibió un sendo balonazo en el trasero, lo que dejó una geométrica mancha de barro en semejante parte del vestido. A la chica casi le da un ataque, pero la madre, decidida a salirse con la suya, le comentó:
—¡Poniendo la cola por encima ni se verá! —y prosiguieron su camino.
Cruzaron la calle justo en el momento en que pasaba la camioneta de un pintor-empapelador muy conocido en el barrio, cargado con sus utensilios de faena habitual, y por no pillar a la pobre muchacha, que como es natural caminaba con cierta torpeza, dio un giro brusco y uno de los botes de pintura salió por los aires y fue a caer justo a los pies de la desdichada, que se abrió y parte de la pintura ¡roja! decoró sus lindos zapatitos de casadera, además de afectar ligeramente a los bajos del vestido, pero la madre insistió:
—¡Si parece que fuera parte de la decoración del vestido! No te preocupes mujer, dentro de media hora estás casada y ya da igual! —y prosiguieron su penoso camino.
No andaron ni diez metros sobre la acera cuando pasó el típico gamberro con su BMW amarillo descapotable a toda marcha y «pisando charcos», y uno de ellos, con probabilidad el más caudaloso, estaba justo enfrente de la pareja de las desdichadas mujeres cuando el gamberro pasó sobre él a toda velocidad. La madre, que no era tonta y había previsto semejante posibilidad, ni se mojó, porque andaba justo en el lado opuesto de la calle y la hija la cubría completamente. Pero la pobre Christine quedó simplemente hecha un asquito de verdad.
—¡Yo no me caso, madre; estoy empapada hasta la diadema, el vestido está hecho un asco y los zapatos se pegan al suelo por la pintura! ¡Que no me caso, y ahora mismo me vuelvo a casa!
—¡No seas irresponsable, hija! ¿Qué va a pensar tu Hans? ¿Te crees que sobran los pretendientes para una chica miope, bajita y tan poca cosa como tú? ¡Anda, sigue adelante que sólo son treinta metros más, te casas con el alcantarillero y en paz!
Empapada, contrariada, medio cojeando, gimoteando, pero también desproticando, las dos mujeres continuaron su penoso camino hacia el juzgado.
Ya se divisaba la docena de invitados en los jardincillos del juzgado, y al novio entre ellos, cuando sucedió lo inevitable, pues con aquellas trazas la pobre chica tenía serías dificultades para mantenerse en pie, y al intentar cruzar la calle, a unos metros de los brazos de su futuro marido, dio un fatal traspiés al bajar la acera ¡y se calló literalmente de culo sobre un inmenso charco de agua embarrado!, pues no hacía ni dos minutos que el barrendero local había dejado allí mismo su montoncillo de basura con la intención de recogerla después, pero ya no hizo falta, pues quedó impregnada en su precioso vestido, que definitivamente dejó de ser blanco para tomar un tono viscoso e indescriptible.
Ridículamente sentada sobre el charco, con una lentilla menos y uno de los zapatos rojos en paradero desconocido, la pobre Christine se deshizo en un llanto histérico, mientras pataleaba y agitaba los brazos fuera de sí.
—¡Madre, madre; así yo no me caso y en paz! —gritó la muchacha.
El novio, que escuchó los gritos, corrió en su ayuda. La puso a salvo de nuevas desgracias y sacudiéndole el vestido con cierta repugnancia por los envoltorios de helado y algún resto de salami pegados, sólo se le ocurrió recriminarla:
—¡No te da vergüenza presentarte con estas trazas el día de tu boda!
Christine se armó de valor, recuperó el ánimo, se sujetó con una mano en una farola para no perder el equilibrio y con la otra le arreó una soberana bofetada al novio desconsiderado. Después, con aire marcial y la cabeza bien alta, propio de quien tiene toda la razón del mundo y acaba de tomar una gran decisión, dio media vuelta con la intención de volverse a su casa.
Pero tal altivez, más la circunstancia de tener un zapato y una lentilla menos, le impidió ver el Mercedes descapotable que en esos precisos momentos bajaba por la misma calle en dirección al juzgado, y antes de darse cuenta se produjo la inevitable colisión. La escena es la siguiente: El Mercedes circulaba a poca velocidad, por lo que pudo frenar a tiempo. Christine tropezó contra una de las puertas, dio una voltereta en el aire y calló literalmente en los brazos del conductor sin el menor daño ni rasguño. Instintivamente la chica se abrazó a él, quien se encontró con una novia en sus brazos, así sin esperarlo ni siquiera sospecharlo. Al principio reinó cierta confusión, después, poco a poco, la escena empezó a hacer sus efectos, y poco tiempo después la gente que la contempló se moría de risa. ¡Christine y su joven, apuesto y rico futuro marido, que todo hay de decirlo, los que más; y siguieron riendo toda su larga y feliz vida juntos!
En cuanto a Hans, el novio desconsiderado, dada su buena posición laboral pronto encontró novia, por cierto fan
ática de las alcantarillas, con la que cada fin de semana recorren las más importantes de la ciudad, mientras él, embelesado, le va explicando lo más destacado de cada desagüe o sumidero, además de otros detalles técnicos de menor importancia. Como dije, la historia es difícil de creer, ¡pero así me la contaron!
X Hermann en el Purgatorio
Cuando les diga dónde me encuentro seguramente que pensarán que estoy loco, o que he fumado marihuana. Todavía peor, que he tomado algún poderoso alucinógeno, como LSD, o, tal vez, que por equivocación he comido algún hongo venenoso que me ha producido visiones raras. No he hecho nada de eso, y ni siquiera puede decirse que tenga un carácter propicio para las alucinaciones, más bien sucede todo lo contrario: soy de carácter realista, sobrio y racionalista. Me considero poco menos que ateo y no dejo que me dominen las emociones. Tampoco puede decirse que tenga una exaltada imaginación, y mi edad no es como para que mi mente me juegue estas pasadas. Pero, incomprensiblemente, aquí estoy, y ni siquiera sé cómo he podido llegar hasta este tenebroso lugar. Solo recuerdo que estaba cómodamente sentado en mi sillón, leyendo un complicado libro de metafísica, pues ya he dicho con anterioridad que soy racionalista y, por tanto, aficionado a la filosofía, saboreando una humeante taza de café, cuando de pronto se apagaron las luces de mi apartamento y me quedé completamente a oscuras. Reaccioné con absoluta calma. Primero esperé unos instantes, convencido de que era un apagón temporal. Después dejé el libro, me relajé, y reflexioné sobre los complicados razonamientos de lo que acababa de leer. Como no podía sacar mucho en claro, me levanté y, a tientas, llegué hasta la cocina, no sin tropezar con la mesita del salón. Sabía que en un cajón guardaba una pequeña linterna, pero revolví los trastos que contenía sin dar con ella. Esto me frustró y hasta consiguió ponerme de mal humor, poco habitual en mí. Me resigné a quedarme a oscuras mientras durase el apagón, y, no sin tropezar nuevamente en la mesita del salón, volví a mi sillón.
Allí estuve esperando que volviera la luz, ¡pero no volvió! Apenas habían transcurrido un par de minutos cuando tuve la alarmante sensación de que el sillón se desvanecía y no sentía su contacto. Instantes después fueron apareciendo, primero con palidez, pero enseguida con un extraordinario brillo e intensidad, millones de estrellas, que formaban galaxias y constelaciones. Y ahí estaba yo, flotando en el espacio, en medio de una tenebrosa oscuridad, iluminada tan solo con el pálido brillo de las estrellas, sin tener la menor idea de lo que me había sucedido, y por qué me encontraba en aquel extraordinario lugar.
Tenía la sensación de haber perdido el cuerpo, porque no sentía ni frío ni calor, solo una extraña sensación de neutralidad y bienestar. Pero, como empezaba a temer, era evidente que no me había convertido en un espíritu, sino que permanecía aparentemente íntegro, tal y como estaba sentado en mi sillón. Podía caminar como si andase sobre el agua, sin tener la sensación del suelo; podía moverme, cambiar de posición, ponerme boca abajo o en posición horizontal, porque en realidad no tenía ninguna referencia para poder establecer cuál era mi posición. Mirase hacia donde mirase, solo había un inmenso espacio tenebroso, lleno de brillantes y espectaculares galaxias, porque desde el extraño lugar en que me encontraba, se podían ver en todo su esplendor sus masas y vapores de tonos azulados, púrpuras y rojos, en formas espirales y otras más deformes y caprichosas. Si me hubiera aplicado más en el colegio en el estudio de la astronomía seguramente que podía haber reconocido alguna de estas galaxias, sobre todo la Vía Láctea, y hubiera podido hacerme una idea siquiera aproximada de dónde me encontraba, pero en mi primer aturdimiento no llegué a reconocer ninguna de ellas, así es que estaba completamente perdido y desorientado.
No sentía vértigo, porque no tenía la sensación de que pudiera precipitarme hacia ningún lugar en concreto. No había a mi alrededor nada sólido, ningún planeta, satélite o incluso meteorito sobre el que pudiera caer. Era como flotar dentro del agua, pero sin sentir su humedad.
Intenté sacar alguna razonable conclusión y enseguida comprendí que simplemente me había quedado dormido, y me encontraba en medio de una pesadilla. Reaccioné con cierta energía, intentando despertar, porque la situación no era precisamente agradable, pero todo fue inútil. Supuse que había entrado en un sueño profundo del que me costaba despertar y que solo era cuestión de tener paciencia y dejar que transcurriera aquel mal sueño y ver hasta que más situaciones absurdas me llevaría. Pasaron lo que tal vez fueran varias horas, porque tampoco tenía una clara sensación del tiempo, y, cosa extraña para ser un sueño, pues flotando en medio de aquella nada ¡finalmente me quedé dormido!
2.
—¡Señor, señor; despierte señor!
Alguien, con una extraña voz aguda pero apagada, me estaba zarandeando. Me desperté convencido de que mi pesadilla había concluido, y volvería a encontrarme en mi confortable apartamento de Berlín, y antes de hacerme cargo de la situación me prometí a mí mismo que jamás volvería a leer un libro de metafísica, al que culpaba de aquel mal sueño. Pero no fue así y Berlín tendría que esperar. La pesadilla continuaba y seguía suspendido en ninguna parte, rodeado del mismo tenebroso espectáculo abismal.
A pesar de la oscuridad pude distinguir a quien me había despertado y, aunque siempre he tolerado a la gente rara, este individuo me provocó un instintivo rechazo. Era un enjuto anciano, encorvado y tembloroso, vestido con lo que parecía un jubón como los que había visto en algunos grabados del siglo XV ó XVI, de un color pardo indescriptible, ceñido con un grueso cordón anudado en la cintura. Los calzones le llegaban hasta la rodilla y cubría sus esqueléticas pantorrillas con unas medias blancas, pero oscurecidas seguramente por la suciedad. Se cubría la cabeza con un pequeño gorro de fieltro, tan descolorido como los demás vestidos, con el que cubría un cráneo blanquecino, mientras que sus escasos cabellos se confundían con una larga barba canosa y apelmazada que le llegaba hasta la cintura. Pero, a pesar de su estrafalario aspecto, su mirada era bondadosa y sus movimientos eran lentos y temblorosos, por lo que, pese a su horrible aspecto, me sugerían que se trataba posiblemente de una buena persona. No he mencionado que cargaba con un enorme saco, donde al parecer debía guardar algo de gran valor, porque ni siquiera se molestó en descargarse de él, que, por otro lado, tampoco había ningún lugar donde dejarlo.
— ¿Tiene algo que no le sirva que pueda darme? —me preguntó sin esperar a que hiciéramos algún tipo de presentaciones.
Pero yo no quise desaprovechar la inesperada presencia de aquella extraña persona para indagar en dónde me encontraba, y me salieron un torrente de preguntas apresuradas y sin demasiado orden:
— ¿Pero, dónde estamos? ¿Quién es usted? ¿Por qué flotamos en el espacio? ¿De dónde diablos ha salido usted? No es más que una pesadilla, ¿no es verdad?
El anciano no pareció inmutarse, y como si no me hubiera escuchado, insistió en su demanda:
— Puede darme cualquier cosa, ya veré después para qué me sirve.
Sin embargo yo insistí:
— Pero, dígame al menos quién es usted y de dónde ha salido.
— Ah, quiere saber eso. Pero ¿es que no lo ve? ¡Soy un pobre anciano que se gana la vida mendigando por ahí! ¿Qué más quiere saber? Ah, sí; dónde estamos, ¡y qué sé yo; pregúntele a alguien que tenga más cultura que yo! Pero, algo tendrá que no le haga falta. ¿Por qué no me da sus zapatos? Aquí no son necesarios los zapatos.
Era evidente que no sacaría nada en claro con aquella conversación, pero no me resignaba a desaprovechar aquella oportunidad para aclarar en alguna medida mi absurda situación.
— Está bien, está bien; le daré mis zapatos si me contesta a una última pregunta, a fin de cuentas en las pesadillas uno puede regalar los zapatos y lo que le de la gana, porque no es más que un mal sueño y ya está. Pero, dígame al menos cómo se llama y de qué lugar procede.
— Le agradeceré que me de sus zapatos, pero me es imposible contestar a su pregunta. Hace tiempo que lo he olvidado. Solo recuerdo al soldado que me clavó la lanza en el pecho, ¿quiere ver la herida? Era un maldito mercenario católico del Anticristo, en mala hora nacido, del emperador Carlos, pero no me pregunte más. ¿Me dará ahora sus zapatos?
— ¿El emperador Carlos? ¿Se refiere usted a Carlos V?
El viejo hizo un gesto de asco e intentó escupir sin que le saliera saliva.
— ¡El mismo bastardo!
Entonces aquel viejo andrajoso debía tener cerca de quinientos años, ¡y estaba muerto! ¿Y yo, no estaría también muerto? Como pesadilla había llegado muy lejos. Normalmente en otros malos sueños anteriores solía despertarme cuando estaba en riesgo mi vida, bien porque fuera a ser atropellado, por caerme por un precipicio o ser violentamente atacado por alguien. Pero ahora había sufrido el mismo sobresalto y agitación emocional, pero ¡no me había despertado!
— Entonces… está usted muerto, y yo debo estarlo también.
El viejo no me sacó de dudas ni parecía haber escuchado, e insistió una vez más en sus ruegos:
— Ya le he dicho todo lo que sé, y usted me ha prometido que…
— Esta bien, le daré mis zapatos, ¡maldita la falta que me hacen ya si estoy muerto!
El viejo parecía complacido y con extrema dificultad se descargó del enorme saco, para poder meter en él mis zapatos. Aunque sabía que resultaría inútil, me atreví ha hacerle una última pregunta.
— Pero, por el amor de Dios, ¿qué lleva usted en ese saco?
— Ya se lo he dicho, cosas con las que me gano honradamente la vida.
— ¿En un sitio como éste?
— En cualquier parte es preciso ganarse la vida.
— ¡Pero usted está muerto!
— ¿Muerto yo? ¡Qué absurdo! Harían falta cien picas como las que me atravesó el pecho para acabar conmigo.
— Entonces yo…
— Si ha prometido darme sus zapatos, no me haga perder más tiempo.
Sin duda que el viejo estaba perturbado y no era consciente de su estado. Lo peor era que yo mismo estaba a punto también de perder el juicio. Era preciso que intentara calmarme, darle mis dichosos zapatos, y que me dejara solo para tratar de reflexionar sobre aquella extraña situación, si eso era posible.
— Gracias, y que Dios se lo pague.
Apenas me dio las gracias, metió mis zapatos en el saco, se lo cargó de nuevo sobre sus encorvadas espaldas y, con paso inseguro pero decidido, vi como se alejaba hasta perderse en las tinieblas.
3.
Aquel viejo misterioso me dejó sumido en una angustiosa confusión mental. Algo verdaderamente grave me había sucedido, pero ¿qué? Yo no podía estar muerto, porque no había ninguna razón que lo justificara. Mi salud es razonablemente buena. Tal vez padezca de una úlcera de estómago por mis frecuentes ardores, que ya debería de haber acudido al médico para salir de dudas de una vez. Pero eso no es causa de muerte. Es cierto que abuso de la mostaza en las salchichas, pero es superior a mis fuerzas el evitarlo. Puede que abuse también del café y fumo más de lo que desearía yo mismo, pero me falta voluntad para dejarlo. A lo mejor sin yo saberlo mi corazón estaba debilitado. O tal vez tenía la tensión muy alta y he padecido un infarto, pero la última vez que me la tomaron parecía normal. Además, estas cosas no suceden así por las buenas; tendría que haber tenido algún síntoma previo; unas palpitaciones; un dolor en el pecho, ¡algo, digo yo! Pero anoche me encontraba perfectamente bien, tan solo sucedió aquel inesperado apagón, y si no me hubiera tropezado con la mesa podría pensar que quien se levantó en busca de la linterna era ya un espíritu. Pero tropecé dos veces, así es que todavía estaba vivo. Y después, todo sucedió rápidamente. ¿Sería entonces cuando me sobrevino la muerte de forma súbita e insensible? ¡No es posible; no, eso no ha podido sucederme a mí!
— Lamentablemente sí te ha sucedido. Tuviste en efecto una muerte súbita cardiaca.
— ¿Quién…?
— No preguntes quién te habla, porque no puedo responderte. Te hablo a través de tu conciencia. Empieza a hacerte la idea porque estás muerto y no eres más que un anticuerpo, el espectro de lo que eras físicamente en el momento de tu muerte. Tal vez lo entiendas mejor si te digo que estas compuesto de anti-materia. Una materia sutil previa a la energía. Eres similar en todo a lo que eras en el instante de tu muerte, excepto que ahora careces de sensaciones, porque eres todo espíritu y mente; es decir, tienes plena conciencia del bien y del mal, pero careces de sensibilidad. Como deseas saber donde te encuentras, no te sorprendas si te digo que estás en el purgatorio, un espacio intermedio entre el cielo y la tierra. Algo, que no es tan grave como para merecer el infierno, debe pesar sobre tu conciencia cuando no has ido directamente al cielo. No te alarmes, de aquí se puede salir, pero alguien tiene que ayudarte para que puedas librarte del sentimiento de culpa de tu conciencia. No obstante, te prevengo que esto puede llevarte años o tal vez siglos. Aquí el tiempo es cósmico y mil años es un periodo relativamente breve de tiempo.
— ¡De modo que estoy muerto!
— Desgraciadamente, así es.
— Y tú eres la voz de mi conciencia.
— Cierto.
— Y estoy en el Purgatorio.
— Al menos por el momento, aquí estás.
— Por alguna falta cometida que todavía pesa en mi conciencia.
— Esa es la razón.
— Pero ¿qué falta es esa, si puedo saberlo?
— Eso es cosa tuya el averiguarlo, para eso tienes la conciencia.
— Pero yo habré cometido miles de faltas en el transcurso de mi vida, ¿cómo saber cuál de ellas es la causa de que me encuentre en el purgatorio?
— Solo tú mismo tienes la respuesta. Ahora tendrás tiempo de sobra para averiguarlo. El cielo puede esperar.
— ¿El cielo? Pero ¿qué es el cielo?
— Lo sabrás tan pronto como te libres de tu culpa.
— Para ser la voz de mi conciencia, no eres muy habladora.
— Adios, Hermann.
— ¿Cómo sabes mi nombre?
— Recuerda que soy tu conciencia. Lo supe desde el mismo día en que lo supiste tú. ¡Suerte en tu largo viaje, Hermann. Recuerda: solo alguien que te ayude puede sacarte de este lugar.
La voz de mi conciencia no dijo nada más, y me dejó sumido en una angustiosa perplejidad. Entonces me asaltaron cientos de imágenes y pensamientos que me deprimieron todavía más. Si realmente estaba muerto, ¿quién descubriría mi cadáver? ¿Se inquietarían mis colegas de la biblioteca y vendrían a mi apartamento para interesarse por mí? Por suerte dejé una copia de mi llave a la encargada del edificio y no tendrán que tirar la puerta abajo. Bueno, al menos mis pobres padres ya fallecidos se ahorrarán este disgusto. Y ¿dónde me enterrarán? Seguro que me incinerarán y arrojarán mis cenizas al contenedor de las basuras del crematorio. Pero ¿y mi cuenta del banco? ¿Quién se quedará con mis ahorros? ¿Y qué pasará con mi cuenta de correo electrónico? Nadie más que yo conoce la clave. Debí apuntarla en algún sitio fácil de encontrar. ¿Se extrañarán mis más de ciento cincuenta amigos de Facebook de que ya no postee? ¿Quién de ellos dará la noticia de mi muerte, y qué dirán en sus comentarios? ¡Menos mal que, al menos, no tengo cuenta en Twitter! Pero, ¿en qué estoy pensando? ¡Me acabo de morir y me preocupo por esas estúpidas nimiedades! Debo calmarme, afrontar los hechos, despreocuparme de cuanto he dejado atrás, y concentrarme en mi salvación. ¡Estas tinieblas son insoportables! ¿Cómo voy a vagar por esta tenebrosa oscuridad durante mil o dos mil años? ¡Ni siquiera podré tener la noción del tiempo! Aquel viejo loco lleva aquí ya casi quinientos años y sigue igual que el día de su muerte, convencido de que sigue vivo. Aquí no hay días ni noches; no hay un tiempo para la vigilia y otro para el sueño. Entonces, ¿cómo voy a hacerme una idea del paso del tiempo? Pero ¿quién puede ayudarme a salir de aquí, y qué tiene que hacer por mí? Mi conciencia está ofuscada y no puedo pensar con claridad, es mejor dejar descansar la mente y no pensar en nada, en nada en absoluto. ¿No es absurdo estar muerto y seguir pensando?
4
Durante unos instantes logré librarme de mis angustiosos pensamientos concentrando mi atención en la contemplación de una de las galaxias más espectaculares que tenía a la vista. Tenía una forma en espiral, pero con irregularidades. El centro era de un blanco intenso y brillante, y a medida que se expandía los tonos iban cambiando del rosáceo al violeta, y los jirones de densas nebulosas de los extremos eran de color azul pálido. Probablemente la leve claridad que me iluminaba provenía principalmente de aquella fantástica galaxia. Me hubiera gustado conocer su nombre, seguramente que era familiar entre los astrónomos de la tierra.
Cuando había logrado calmar mis excitados ánimos con aquella extraordinaria visión, volvió a sobresaltarme porque creí ver, perfilándose en el resplandor de la galaxia, una figura humana, e instantes después no salía de mi asombro al encontrarme frente a una joven ataviada al estilo de las antiguas campesinas alemanas, con una camisola blanca y un corpiño rojo con primorosos bordados; unas largas sayas hasta los tobillos, cubiertas con un delantal. Llevaba sus pequeños pies descalzos. Tal vez no tendría más de veinte años, de larga cabellera rubia hasta la cintura, que recogía en dos largas trenzas, y cubría con una cofia blanca, sujeta con un broche probablemente de plata en forma de rosa con los pétalos abiertos. Sus facciones eran agradables pero tristes. Pero lo más asombroso era que llevaba en cada mano uno de mis zapatos, los que le había regalado al viejo loco hacía apenas unos instantes. Se acercó a mí con cierta timidez y embarazo, y alargándome los zapatos me dijo:
— Tenga, señor, sus zapatos. Mi abuelo no debió pedírselos, y usted fue muy bueno al dárselos.
— ¿Su abuelo? ¿Aquel viejo chiflado es su abuelo?
— Así es, señor. Pero no está chiflado, solo algo confundido. Eso es todo. Bueno… adiós, señor, y le pedimos disculpas, pero ahora tengo que volver con mi abuelo.
Con cierta indecisión, como si esperase que yo la retuviera, se dio media vuelta y pude ver una horrible herida en su espalda, que le desgarraba parte del vestido. Entonces comprendí que tal vez el viejo y ella murieron por las misma causa, traspasados por la picas de los mercenarios católicos de Carlos V.
— ¡Espere, espere! No se vaya sin decirme quién es usted y como ha llegado hasta aquí.
— ¿Qué quiere que le diga? No puedo entretenerme mucho. Mi abuelo ya me estará echando de menos.
— Solo desearía saber cómo…, cómo…, quiero decir, ¡cómo ha muerto usted!
— Ah, eso. A mi abuelo y a mí nos mataron los católicos el mismo día. Yo trataba de huir, corrí cuanto pude, pero me clavaron una lanza por la espalda. No fallecí en el acto, y pude arrastrarme hasta donde estaba mi abuelo, que intentó socorrerme. Entonces el mismo soldado lo mató despiadadamente a él también, clavándole la lanza en el pecho cuando me sostenía en sus brazos…
— ¡Malvado!
— Sí, eran muy crueles estos mercenarios católicos.
— Entonces, ¿son ustedes protestantes?
— Sí señor; luteranos, y solo por eso nos mataban.
— ¿Y dónde sucedió?
— Vivíamos en la hermosa ciudad de Magdeburgo.
— Ah, fue durante el sitio de Magdeburgo.
— Sí señor; lo arrasaban todo. Mataban niños, mujeres y ancianos, sin ninguna clemencia. ¡Y se decían cristianos!
Ambos permanecimos unos instantes en silencio, sobrecogidos por la imagen de aquellas horribles matanzas.
— Fue algo espantoso, sin duda…
— ¿Fue? ¿Es que los católicos ya no matan a los protestantes?
— ¡Por supuesto que no! Hace siglos que viven en paz unos con otros.
— ¿Es cierto eso? ¡Mi abuelo debería saberlo! Es una gran noticia y puede que le devuelva el juicio.
— Según parece él todavía no es consciente de que está muerto.
— Eso es lo malo. Cree que está vivo y sigue con su rutina, como si estuviera en Magdeburgo. Sabe, recogía cosas que la gente le daba por inservibles y las vendía en el mercado. Así sacaba algunas monedas que ayudaban en casa. Yo estaba empleada de criada en casa del Burgomaestre, ¡Una buena persona, que los católicos debieron matar también!
— ¿Y sus padres?
— Murieron durante la última epidemia de peste. Ahora seguro que deben estar en el cielo. Si pudiera convencer usted a mi abuelo, podría dejar este horrible lugar y subir también al cielo. En el fondo es una buena persona, pero está lleno de odio contra el emperador.
— Si lo cree así, puedo intentarlo.
— ¿Hará eso por mí? ¿De verás lo intentará?
— Claro; por supuesto. No me cuesta nada.
La pobre criatura se frotó las manos llena de júbilo, y, por primera vez desde que la conocí, vi una sonrisa en sus labios y su expresión se hizo más graciosa y juvenil.
— ¡Espere aquí, no tardaremos ni un minuto!
— Dime antes como te llamas.
— Eloísa; eso creo, porque así me llama mi abuelo.
Y se perdió en las tinieblas por las que había aparecido. Por un momento pensé que aquella dulce criatura nunca había estado allí y que había sido una aparición causada por mi alterada conciencia, que, desde que me lo advirtiera su voz, buscaba desesperadamente alguien que me ayudara a salir de aquel purgatorio. Pero cuando vi que tenía mis zapatos en la mano me alegré, porque era la prueba de que aquella joven había estado allí, y seguramente volvería con el abuelo, tal y como me había prometido. La paradoja es que iba a ser yo quien ayudara a alguien a salir de aquel tenebroso lugar.
5.
Se hizo de nuevo un pavoroso silencio, aunque por instantes creí percibir un extraño sonido, como si fueran las notas agudas de un órgano, con cierta armonía, pero sin que formara una frase musical concreta. Era un tono monótono, a veces mas grave y otras más agudo. El sonido era agradable y solemne, pero al mismo tiempo aterrador, porque parecía provenir de las galaxias. A veces se desvanecía totalmente y reinaba el más absoluto silencio. ¿Tendría que escuchar aquella música espectral los mil o dos mil años que permaneciera en aquel purgatorio?
Por suerte la llegada del viejo y la joven Eloísa me sacaron de aquella angustiosa suposición.
— Señor, dígale a mi abuelo lo que me ha dicho a mí. A usted debe creerle.
El viejo me observaba incrédulo, pero parecía inquieto y expectante. Yo traté de hablar con aplomo y ser lo más convincente posible. La joven empujó suavemente al anciano para que se acercase más a mí y le descargó de su voluminoso saco.
— Es cierto, señor, y debe creerme. Hace años que los católicos y los protestantes conviven juntos en paz y armonía.
— No puedo creerlo; usted debe ser católico y trata de engañarme, pero yo no renunciaré a mi fe, ¡antes prefiero mil veces la muerte!
— ¡Abuelo, no sea tan obstinado! — le recriminó la joven.
— Ya no hay guerras religiosas en Alemania. ¡Carlos V ha muerto, y sus sucesores también!
— ¿El emperador ha muerto?
— ¡Completamente! ¡Hace ya casi cinco siglos!
— Pero, ¿quién es usted, y por qué sabe todo eso? ¿Es un emisario de la Liga protestante?
— No, no; de eso hace ya muchos años. Pero yo también estoy muerto. Lleva usted mucho tiempo en este purgatorio y yo acabo de llegar del mundo de los vivos. Las cosas han cambiado mucho en el mundo desde que usted está muerto.
— Debe creerle, abuelo, se lo dice con buena intención. Este señor no quiere herirle. Es una buena persona; ¡le regaló sus zapatos! — intercedió nuevamente la joven.
El viejo pareció afectado, como si mantuviera una profunda lucha interior. Cambió una interrogante mirada con su nieta y ella hizo un enérgico gesto de afirmación con la cabeza.
— Entonces, estoy muerto, y de nada me sirve recoger cosas inservibles por ahí…
— No, abuelo, ya no le sirve de nada; ya nunca podrá venderlas en el mercado. Todo ha terminado para nosotros. Ahora solo nos queda ganar el cielo, y este buen hombre puede ayudarnos.
El viejo permanecía confuso. Le temblaban las pantorrillas y seguía intercambiando angustiosas miradas con su nieta. Por fin me pareció que había aceptado los hechos, porque se acercó a su nieta, estrechó su mano, y exclamó desolado:
— Entonces, aquel soldado nos mató a los dos el mismo día…
— Sí, abuelo.
— ¡Y tú lo has sabido todo este tiempo!
— Muchas veces he intentado convencerle, pero usted se obstinaba.
El anciano parecía sereno y resignado. Se volvió hacia mí y me preguntó si sabía como había muerto el emperador.
— Enfermo y cansado de pelear contra todos los príncipes de Europa se retiró a un monasterio en España…
— ¿Se hizo monje ese Anticristo?
— Oh, no; en absoluto. Él siguió siendo el mismo arrogante y fanático personaje de siempre, como todos los Habsburgo de aquellos tiempos. Pero en sus últimos años la gente le perdió el respeto. Incluso los monjes y lugareños del monasterio le hacían la vida imposible. Ni siquiera el hijo le tenía mucho respeto.
— ¿El joven Felipe?
— Sí, el mismo. Finalmente falleció después de una dolorosa agonía, víctima del paludismo, aunque desde muy joven ya padecía de la dolorosa enfermedad de la gota, tan frecuente entre los príncipes de entonces.
— ¡Dios le castigó!
— En sus últimos días debió padecer de grandes remordimientos, porque prácticamente perdió el juicio. Hizo que los monjes del monasterio celebrasen sus exequias mientras estaba todavía vivo y permanecía dentro de su propio ataúd.
— Ha debido ir directamente al infierno — me interrumpió la joven.
— ¡Sin duda alguna!
— ¿Y qué sucedió después?
— Desgraciadamente su hijo Felipe no se comportó mejor que él, y provocó una larga guerra entre católicos y protestantes. Pero finalmente se firmó un acuerdo de paz por el que se decidió que el norte de Alemania profesaría mayoritariamente el protestantismo y el sur el catolicismo, pero con libertad religiosa en ambas partes. Hoy las iglesias católicas y protestantes están unas al lado de las otras y las dos confesiones conviven pacíficamente.
— ¡Alabado sea Dios! — exclamó el viejo, y después pareció sumirse en una profunda reflexión. — ¡Yo le perdono! Si Dios ya le ha castigado, yo debo perdonarle, pues el Señor nos dijo que debíamos perdonar a nuestros enemigos, y yo no tengo más enemigo que el emperador.
Lo que sucedió inmediatamente después fue asombroso. El anciano pareció caer en un beatífico estado de trance. Su tenue figura empezó a desvanecerse al tiempo que adquiría un leve resplandor, que fue en aumento hasta que se convirtió en una pequeña luz blanca de una deslumbrante intensidad, que nos iluminó como si se tratará de una diminuta estrella. Un instante después de esta extraordinaria metamorfosis, la luz fue vertiginosamente absorbida en dirección a la gran galaxia blanca que lucía sobre nuestras cabezas, y supongo que fue a fundirse con ella. ¿Era aquello el cielo de que habló mi conciencia?
6.
Después de aquel extraordinario suceso, la joven Eloísa parecía estar profundamente conmocionada. Como si el extraño desvanecimiento de su abuelo la hubiera alegrado, pero al, mismo tiempo, entristecido. Parecía como si no fuera capaz de poner orden en su conciencia. Cambió una expresiva mirada conmigo, esperando que yo le diera una razonable explicación. Pero yo me encontraba en su misma situación, y tampoco sabía cómo debía reaccionar. Me preguntaba qué sentido tenía la vida para, después de esforzarnos por mantener nuestra conciencia limpia de remordimientos y de pasar por el amargo trance de la muerte, terminar convertido en una diminuta porción de energía y ser atraído por una estrella, contando, claro está, con no pasar previamente por el penoso purgatorio. No tenía mucho sentido espiritual, pero si había sucedido debía ser así.
Por otro lado, la expresión final del anciano parecía serena y feliz, como si estuviera experimentando una beatífica paz espiritual, sin duda un sentimiento lógico para quién se prepara para subir al cielo. Entonces, ¿la energía misma es el cielo y la causa de la felicidad? ¡Qué decepción para los teólogos!
— Creo que su abuelo ha subido al cielo — me atreví a sugerir, no sin tener serias dudas sobre el sentido de aquel fenómeno.
— ¿Lo cree usted?
— Sin duda; cuando se desvaneció parecía muy feliz.
— ¿Y se reunirá con mis padres?
— Así debe ser.
— Es extraño, yo esperaba que subir al cielo era algo distinto.
— ¿Cómo lo esperabas?
— No sé muy bien, pero tendría que haber aparecido algún ángel y habérselo llevado con él, porque los ángeles deben saber el camino del cielo…
— Sí, hubiera sido más poético y espiritual, pero los seres humanos tenemos demasiada imaginación. Las cosas deben ser más simples en la realidad.
— Entonces mi pobre abuelo descansa ya en paz.
— Eso creo.
— Sabe, yo también creo que sea así, y le doy encarecidamente las gracias por su ayuda. De no haber sido por usted sabe Dios el tiempo que hubiéramos permanecido todavía en esta oscuridad. Ahora yo también podré irme y descansar en paz, junto a mi familia; sí, por fin nos reuniremos todos otra vez…
Al escuchar sus deseos sentí una indescriptible amargura, porque, a pesar del poco tiempo que hacía que la conocía, ya sentía un paternal afecto por aquella dulce criatura. Además, me aterraba la idea de volver a estar solo en aquel pavoroso abismo. Tal vez inconscientemente había creído que ella era la persona que me ayudaría a salir del purgatorio, como me había advertido la voz de mi conciencia. Y si fuera así, ¿qué sería de mí si ella se desvanecía también? Creo que me comporté como un auténtico egoísta que no merecía salir de aquel lugar, y le comuniqué mis temores sin pensar en su propia salvación.
— ¡Por favor, Eloísa, no te vayas! Ahora soy yo quién necesita tu ayuda.
— ¿Mi ayuda? Pero, ¿qué puedo hacer yo por usted?
— No lo sé; no estoy seguro.
— Si puedo ayudarle lo haré, pero yo…
— ¡Hechas de menos a tu familia!
— Sí, señor, pero también siento cariño por usted. Dígame lo que debo hacer y lo haré encantada. He pasado tanto tiempo en este lugar que un poco más no tiene importancia.
Sentí que mi conciencia se retorcía dentro de mí espíritu, y por aquel chantaje merecía ir directamente al infierno. No era justo retenerla si no era su deseo, debería dejarla marchar. Era lo más justo y honrado. Por otro lado, no fue un gran sacrificio lo que hice por su abuelo.
Pero antes de que tuviera tiempo de mostrar mi arrepentimiento, noté como su figura se iluminaba levemente. Sí, se estaba transformando en energía y pronto desaparecería como su abuelo en aquella majestuosa galaxia blanca. No deseaba que se fuera con remordimientos, y me apresuré a sincerarme.
— En realidad, Eloísa, ya me has ayudado bastante al permitirme hacer una buena acción con tu abuelo. Ya puedes marchar también tú sin remordimientos. Reúnete con tu familia, que es lo que más deseas.
— Me hace usted muy feliz, pero yo no le olvidaré. Rezaré por usted cuando esté en el cielo.
Su querida figura se fue volviendo más luminosa, y, antes de desaparecer completamente, se quitó el pequeño broche que sujetaba su cofia y me lo ofreció.
— ¡Tome, para que no se olvide tampoco usted de mí! En el cielo ya no lo necesito.
Apenas cogí el broche, se desvaneció completamente y su pequeña luz ascendió rápidamente hacia la gran galaxia blanca, como instantes antes había hecho su abuelo, dejando un leve rastro luminoso en aquella tenebrosa oscuridad. Después se hizo de nuevo el silencio, y yo volví a encontrarme solo, flotando en aquel espacio desconocido, con el alma destrozada, pero con la conciencia serena, pues había hecho lo que debía y no lo que quería.
7.
Pasaron unos angustiosos momentos en los que no pude apartar mi vista de la gran galaxia blanca donde, de alguna manera, Eloísa se habría ya reunido con sus seres queridos. Me preguntaba qué debería hacer yo para poder reunirme también con ellos, pero no fui capaz de encontrar en mi conciencia la falta que me retenía en aquel purgatorio.
— Hermann, ya has hecho méritos suficientes para merecer también subir al cielo, pero tu hora no ha llegado todavía. Como te dije en la otra ocasión, el cielo puede esperar.
— ¿Eres otra vez la voz de mi conciencia?
— Tu misma voz interior.
— ¿Qué quieres decir con que no ha llegado mi hora?
— Por esta vez te salvarás, pero has estado muerto unos instantes. Tu corazón volverá a latir.
— ¿Y todo lo que he visto y hecho ha sucedido en solo unos instantes?
— Así es, el tiempo aquí es relativo.
— Sabes, ahora no estoy seguro de si deseo volver a la vida. Allí abajo hay demasiadas contradicciones y tentaciones para obrar injustamente, y ahora sé lo importante que es vivir con la conciencia tranquila.
— Hermann, has aprendido mucho en muy poco tiempo.
— Ha sido una gran experiencia, que nunca hubiera conocido de no haber pasado por este trance. Los teólogos han escrito tantos disparates… Además, esté donde esté, hecho de menos a la joven Eloísa.
— Tu joven amiga Eloísa está en el cielo.
— Entonces el cielo…
— Es la energía.
— Y el infierno…
— Simplemente la materia.
— Y el purgatorio debe ser un estado intermedio.
— Así es. Aquellos que mueren con mala conciencia su espectro no puede elevarse y permanece adherido a su cadáver, incluso si es incinerado.
— ¡Como si fuera un zombi; un muerto viviente!
— Un alma en pena, aferrada a la misma materia que tanto deseaban en vida. Y así permanecerán por siglos hasta que colapse el mismo universo, pues no tienen ninguna oportunidad de transfigurarse en energía. Pero los que fallecen con la conciencia en paz, se transfiguran inmediatamente en pura energía, lo que les produce una gloriosa sensación de felicidad y alegría.
— Y los que tenemos algo pendiente con nuestra conciencia nos quedamos atrapados en este vacío tenebroso.
— En efecto, pero de aquí se puede salir, del infierno no.
— ¿Y eso es todo? ¿Es ése el sentido de nuestra existencia?
— Así de simple y natural. Es la interacción entre el cuerpo y el alma y su conciencia, pero solo se produce entre los seres con entendimiento, los inconscientes y sin entendimiento van directamente al cielo. Solo a los humanos se nos plantea el dilema moral de juzgar nuestros actos y obrar con justicia y con moralidad.
— ¡Entonces, el mundo debe de estar atestado de zombis!
— Lo está, por desgracia para ellos. Sobre todo en los cementerios y sus alrededores.
— Aclárame algunas cosas más. ¿Existen los ángeles?
— ¡Por supuesto! Son pequeñas entidades de energía que vagan por el espacio y que eventualmente llegan a mundos habitados.
— ¿Mundos habitados? ¿Hay otros planetas habitados?
— ¡Millones! Casi tantos como estrellas. Rara es la estrella que no tiene alguno.
— Sigue con lo de los ángeles.
— Tienen la habilidad de transformarse en la imagen que le sugestiona a quien se aproxima a ellos. Por lo general son personajes bíblicos, sobre todo en la forma de una virgen o del mismo Jesucristo, pero normalmente se aparecen como seres alados, ¡de alguna manera tienen que sostenerse en el aire!
— ¿Y Dios? ¿Quién es Dios? ¿Es también alguna forma de energía?
— Puedo responderte a todo lo sea un fenómeno natural, pero no me preguntes a cerca de lo sobre-natural. ¡Solo Dios sabe quién es Dios, lo demás es pura fantasía! Dios es inconcebible. La conciencia no puede alcanzar una respuesta. Es una cuestión de fe. Se cree o no se cree en Él, pero no pretendas probar su existencia..
— ¡Ni en el purgatorio hay una respuesta! En fin, me resigno a volver a la vida y sus tentaciones, pero ¡ahora ya no temeré a la muerte!
8.
De pronto volvió la luz a mi apartamento y me sobresaltó el agudo pitido del radio-reloj despertador que se había desprogramado. También la impresora, que había quedado encendida, se volvió como loca, tratando de estar nuevamente en línea. Era como si aquellos aparatos también sintieran que la energía que fluía por sus circuitos los vivificaba. Me desperté sin la menor sensación de dolor o molestia, y mi corazón, pasado el primer sobresalto, parecía volver a latir con normalidad.
No quería que se desvaneciera los vivos recuerdos de mi experiencia en el purgatorio, pero lentamente me fui dando cuenta de la situación y empecé a dudar de que hubiera sucedido en realidad. Lo más razonable es que hubiera sido un sueño, pero al menos no debía considerarlo una pesadilla. Tenía su lección moral y algunas explicaciones interesantes. En tiempos de gran espiritualidad lo hubiera considerado como una visión, y hasta me hubiera servido para fundar una nueva religión, pero afortunadamente esos tiempos habían pasado, y este tipo de experiencias siempre tenían un razonable explicación.
También se fue desvaneciendo la imagen de la joven Eloísa, e incluso me pareció simplemente un disparate que un espectro de hace casi quinientos años pudiera vagar por el espacio para desvanecerse y convertirse en una diminuta bola de energía luminosa y ser absorbida por una galaxia, y pretender, además, que aquello era el cielo. Seguramente que lo habría leído en alguna parte, y lo tenía guardado en el subconsciente.
— "Pero ¿por qué un ateo como yo he soñado con criaturas que van al cielo y voces que me explican la naturaleza de los ángeles? — pensé en voz alta —. ¿Qué habrá en mi subconsciente que me causa este tipo de sueños? En adelante tengo que poner más atención en lo que leo. Nada de seres metafísicos e incorpóreos, y mucho menos lecturas teológicas, por disparatadas que me parezcan."
Finalmente me convencí a mí mismo de que simplemente había sido un sueño y me había dejado sugestionar por la súbita oscuridad en que había quedado sumido el apartamento. Pero, al recordar, ya de forma imprecisa y brumosa, a la joven Eloísa, en el fondo deseaba que hubiera sido real.
— "En fin, sea como sea, ha sido un buen sueño — me reconforté a mí mismo —. Ahora tendré que reprogramar este dichoso radio-reloj, y buscar otra vez todas las emisoras que tenía ya memorizadas."
Pero al intentar coger el reloj, cayó de mi mano un pequeño broche de plata con la forma de una rosa con los pétalos abiertos. Todos mis cabellos se erizaron, y el corazón me latió con tanta intensidad y precipitación que por un momento creí que esta vez moriría verdaderamente.
— “Entonces, ¿no ha sido un sueño, sino que ha sucedido en realidad?" — me dije angustiado.
— En efecto, Hermann, ha sido real, y ahora ya sabes por qué fuiste arrojado al purgatorio.
— ¡Tú otra vez!
— ¡Por tu incredulidad!
X El último sueño de Marcus
El último sueño de Marcus
Marcus presintió que se aproximaba su fin, porque cada noche tenía el mismo sueño, pero con algunas ligeras diferencias. Soñaba que desde hacia años cundía el malestar entre los pueblos del mundo. Se habían formado dos grandes bloques ideológicos que eran irreconciliables: De un lado estaba el partido de los Buenos y del otro el de los Malos, pero lo paradójico era que el partido de los Malos se consideraban a sí mismo el partido de los Buenos, y viceversa, por lo que cualquier intento de diálogo era totalmente inútil, y todo era confuso y, en realidad, no se sabía quiénes eran los buenos y quienes los malos.
En el lado de los Buenos de un bando, se distinguían por una bandera con una hogaza de pan en un fondo de color rojo, mientras que los otros Buenos del otro bando les distinguía una bandera con un signo de una de las monedas más valiosa de la época, en un fondo de color azul celest.
Pero el malestar fue creciendo hasta que se hizo insostenible. Los Buenos de un bando y de otro estaban ya al borde de la guerra contra los Malos de ambos bandos. Y se empezaron a producir movilizaciones callejeras pidiendo que se declarase la guerra y se pusiera fin a aquella tensa situación.
Los Buenos del bando de la bandera roja eligieron a un líder para que les llevara a la victoria sobre los Malos, y los Buenos del bando de la bandera azul, hicieron lo mismo con las mismas ambiciones de dominio y exterminio de los que consideraban que eran los Malos, sus enemigos históricos, para lo que no había entendimiento posible.
Por fin, el líder de los rojos decidió que había llegado el momento de pasar a la acción y declarar la guerra a los Malos. Convocó una gran concentración y les alentó a la batalla final en un discurso apasionado y encendido, que justificaba la necesidad de declarar la guerra a los Malos del partido Azul:
—Camaradas, trabajadores del mundo; hombres y mujeres buenos y justos; hijos y nietos de estos hombres y mujeres buenos; intelectuales que estáis también del lado de los Buenos; artistas y profesionales que formáis parte de este partido de los Buenos, ¿vamos a consentir que los Malos y su perversas gentes del partido Azul, dominen el mundo y lo perviertan con sus malas leyes, sus malas costumbres y sus malas ideas?
La muchedumbre respondió como una sola voz:
—¡No, nunca! ¡Muerte a los Malos del partido Azul! ¡Muerte, muerte!
—¡Sí, eso esperaba escuchar de vosotros! ¡Muerte también a sus mujeres, sus hijos y nietos y a toda su descendencia, para que los Malos no se puedan reproducir! ¡Exterminemos el mal de raíz!
—¡Exterminémoslos, exterminémoslos! —gritó la muchedumbre.
—Cuando el mundo se libre de los Malos del partido Azul, florecerá la paz en el mundo y la prosperidad alcanzará a todos sin exclusiones. De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades. ¡Por eso debemos declarar la guerra a los Malos!
—¡Guerra, guerra, guerra! —gritó la muchedumbre enardecida.
Al día siguiente el mensaje había llegado a todos los rincones del planeta, y todos los que simpatizaban con el partido de los Buenos de la bandera roja se alistaron como voluntarios, y se formó el ejército más numeroso que se haya conocido en la historia. Millones de hombres y mujeres de todas las edades, nacionalidades y clases sociales se alistaron voluntarios en este partido y juraron luchar hasta morir para exterminar a los Malos. Como no había armas para todos, muchos irían a la gran batalla armados con sables tomados de los museos de las guerras, los carniceros con sus afilados cuchillos, los sastres y las modistas se armaron con sus tijeras, los campesinos con sus horcas, los burócratas con sus abrecartas, los obreros de la construcción con picos, los niños con tirachinas y los locos, que también se alistaron, vinieron con alfileres y agujas, que ellos creían que eran armas mortales.
Los generales llegaron montados sobre mortíferos misiles con cabezas nucleares. Los de rango inferior llegaron armados con sofisticados tanques, cañones, fusiles ametralladores y millones de pistolas de todos los calibres y modelos. A la tropa baja, se les dio un fusil con esta inscripción en la culata: «Yo llevo la paz a los hombres Buenos de buena voluntad, y el caos y la muerte a los hombres Malos de mala voluntad». Frase que deberían repetir cada cinco minutos, cuando estuvieran inmersos en el fragor de la batalla final.
Pero alertados los Buenos del partido azul de las intenciones agresivas del los Malos, movilizaron también a su simpatizantes con un mensaje televisado y radiado por todas las emisoras afines a su partido. El mensaje lo pronunció su líder, un anciano astuto y buen comunicador:
—«¡Estimados hombres y mujeres del partido Bueno! ¡Ciudadanos del mundo libre! Los Malos se han movilizado y armado con la intención de destruir nuestros valores e imponer un sistema radicalmente malo. Nuestro partido es sin la menor duda el partido de los Buenos, porque nosotros representamos el mundo libre, donde cada individuo es libre de opinar sobre lo que crear que no es bueno, por lo que debe de estar de acuerdo con nosotros en que ellos son los malos. También defendemos la propiedad privada, para que cada uno pueda disfrutar libremente de lo que haya adquirido con su dinero, y el respeto a las leyes, para que todos tengamos oportunidad de defender nuestros privilegios honestamente conseguidos. Hoy es un día histórico, porque los Buenos del partido azul tenemos que movilizarnos también y combatir contra el partido de los Malos, hasta derramar la última gota de sangre en el campo de batalla.
El líder del partido de la bandera azul se creyó el mensajero del Dios, el de los Buenos de su partido, de quien aseguraba recibir el mandato para declarar la guerra a los Malos, y se lo hizo saber a la muchedumbre.
—Lo he visto en una revelación: Dios está de nuestro lado; del lado de los Buenos del partido azul, y me ha ordenado el exterminio de los Malos. ¡Alabado sea el Señor que protege nuestro pueblo y nos llevará a la victoria!
—¡Que sea por siempre alabado y que nos lleve a la victoria! —grito el pueblo entusiasmado por el apoyo divino.
—¡Ciudadanos libres del mundo, el partido Bueno os necesita! ¡Todos contra los Malos hasta que sean exterminados de la Tierra y podamos vivir en un nuevo mundo donde solo haya Buenos! ¡Viva la guerra!
Aquel breve pero encendido discurso del líder del partido de la bandera azul, consiguió movilizar a millones de simpatizantes. En este bando abundaban las armas y nadie tuvo que presentarse con armas ridículas y poco eficaces, por lo que estaban totalmente convencidos de su que su superioridad era apabullante.
Al día siguiente todos estaban mentalizados para enfrentarse al ejército de los Malos, y se sabían los ganadores. En unas horas quedó formado un impresionante ejército, superior en número y armamento al de los Malos de la bandera roja. No obstante éstos decidieron presentar batalla, porque ellos tenían la ventaja de estar más motivados, porque estaban convencidos de que ellos eran los buenos.
La madrugada del día siguiente, apenas despuntaba el alba y ya estaban ambos ejércitos en sus posiciones para comenzar la batalla que decidiría el destino del mundo. A la orden de «¡Al ataque!» ambos ejércitos se pusieron en marcha el uno contra el otro en medio de un griterío ensordecedor. Cuando entraron en contacto los gritos iniciales se volvieron aullidos de dolor, lamentos, llantos y gritos de «Muerte a los Malos!, ¡viva los Buenos!», que se repetía en uno y otro bando, hasta que no quedó ni un solo combatiente con vida.
Ya solo quedaban los líderes, que montados en sendos caballos, enjaezados con las respectivas banderas, se acercaron el uno al otro y se contemplaron como dos perros rabiosos.
—Ahora solo quedamos lo dos para decidir quién dominará el mundo...
—¡Solo los Buenos gobernarán el mundo! ¡Muerte a los Malos!
Y se ensartaron mutuamente con sus afilados sables, porque los dos estaban convencidos de que habían dado muerte a un malo.
Tras aquella sangrienta batalla se hizo un silencio aterrador. Ni las aves se atrevían a entonar sus alegres trinos. Ni siquiera se escuchaba el rumor del viento entre las hojas de los árboles. ¡Nada, no se escuchaba nada! Era como si el mundo hubiera detenido su movimiento. Cayó la noche y seguía aquel sepulcral silencio, mientras millones de cuerpos ensangrentados yacían sobre un campo de margaritas, campanillas azules, jacintos, hortensias, gardenias, anémonas, y otras flores silvestres que se refrescaban con el rocío de la siguiente madrugada. ¡Y seguía el silencio!
Pero de pronto apareció Marcus en aquel sangriento campo de exterminio, y contempló horrorizado el espectáculo después de la batalla. Instantes después, fueron surgiendo unas pequeñas alas de su espalda, que fueron creciendo hasta convertirse en dos grandes alas capaces de sustentarle en el aire. Marcus ensayo con torpeza inicial los movimientos de las alas necesarios para poder volar, y tras varios intentos fallidos, se vio finalmente suspendido en el aire con la agilidad de un pájaro.
De nuevo sobre el suelo se preguntó qué significado podía tener aquellas grandes alas que habían crecido en sus espaldas. Pero no tenía una razonable explicación. El alba despuntaba y el rocío hacía brillar los pétalos de las sencillas flores silvestres del paraje en que se libró la última batalla de este mundo, sin ningún vencedor ni vencido. Millones de hombres y mujeres, incluso algunos adolescentes, casi unos niños, simpatizantes de ambos bandos, yacían sin vida, sin que nadie pudiera darles sepultura. Ni sus madres sabrían reconocer a sus hijos entre tantos cuerpos uniformados por el color rojo de la sangre. Marcus recorrió el campo de batalla esperando encontrar alguna cara conocida; algún viejo amigo del barrio que hubiera participado en aquella sangrienta batalla, pero no encontró a nadie conocido. No tenía fuerzas para desplegar de nuevo las alas y salir de aquel macabro paisaje y se dejó caer abatido sobre uno de los pocos espacios donde no había cadáveres. De pronto le sobresaltó el ruido de un aleteo que no podía ser de un ave y con la tenue luz del alba divisó alguien que, como él, estaba poseído de alas y se acercaba batiéndolas a un ritmo pausado pero constante. Instantes después reconoció al hombre alado que se posaba sobre la fresca hierba. ¡Era Calixto, el mendigo de otro planeta!
—¡Calixto! ¿Eres tú el mendigo de mi antiguo barrio? ¿Por qué también tú tienes alas? ¿Por qué las tengo yo? ¡Tú estabas muerto! ¡Yo vi como te introducían en el crematorio!
—¡Calmate, Marcus, soy el mismo mendigo! ¡Viste un ataúd vacío! Ya te dije que tenía poderes sobrenaturales. ¡Yo he provocado esta guerra! Y ahora no hagas más preguntas y levántate, que nos espera un largo viaje. Tú ya no perteneces a este mundo, y al que vamos a ir los hombres son alados. Tú no podías emigrar a este mundo sin tener tus alas.
—¿A otro mundo? ¿Qué mundo? ¿Así que tú eres el responsable de esta matanza? ¿Por qué, Calixto?
—¡No hay uno solo de estos muertos que no mereciera este castigo! Estaban dispuestos a matar a sus hermanos porque sus banderas eran de distintos colores. Ninguno conocía al enemigo que odiaba y que ardía en deseos de matar. Siguieron ciegamente a un líder desquiciado que se odiaba a sí mismo, y proyectó su odio a un enemigo inventado. Pero los del otro bando no fueron mejores. Solo necesitaron una escusa para convertirse en asesinos. Tampoco conocían a sus enemigos, tan solo el color de su bandera, que para ellos ya era suficiente. Los dos bandos eran los malos. Los buenos no se alistaron. Permanecieron en sus hogares, con sus esposas y sus hijos. Desdeñaron el poder de sugestión de los líderes, porque ellos son los líderes de sí mismos. No necesitan quién los guíe, porque ellos son sus propios guías. No odian a quien no conocen. No matan ni siquiera con una causa justificada; no corean eslóganes revolucionarios junto con la muchedumbre, porque ellos no son parte de la muchedumbre; no vitorean a sus líderes porque nadie es lo suficientemente justo como para merece alabanzas; no creen en un Dios común, sino en el Dios personal y único. No rezan salmos aprendidos en los libros sagrados, sino oraciones creadas por ellos mismos, según sean sus necesidades espirituales. Pero esos, Marcus, no son ni buenos ni malos, simplemente son seres humanos que se esfuerzan por ser ellos mismos, escuchar lo que les dicta su conciencia, creer en lo que le induce la fe; piensan razonablemente; no imaginan más allá de lo tolerable; no gozan de más placeres que los que obtienen con consentimiento. ¡Y de esos hombres o mujeres no hay ni uno solo en este campo de batalla! Y ahora, ¡basta de charlas y emprendamos el vuelo!
Marcus no despertó de este sueño. Murió plácidamente soñando que volaba a un mundo donde solo habitan ángeles, porque él se había ganado sobradamente sus alas de ángel.
Linda yacía en su lecho cuando él murió, pero no lo supo hasta las primeras luces del nuevo amanecer. Cuando descubrió que su marido había muerto durante la noche, le cubrió el rostro con la sábana y le susurró al oído: «¡Que sea la última vez que te duermes sin darme un beso!» Después lloró en silencio para no despertar a Isabel, a su marido y a su nieto, que estaban pasando el fin de semana en su casa, porque ese día era el 93 cumpleaños de Marcus, y habían planeado celebrarlo juntos.
X El doble milagro de Kreuzberg
Alí Hasan era un comerciante árabe, de origen sirio, que tenía una modesta tienda de alfombras en la populosa Oranienstraße, en el corazón del barrio de Kreuzberg. Era un buen devoto musulmán, rezaba sus oraciones diarias, respetaba las prohibiciones y cumplía escrupulosamecon la vigilia del Ramadán.
Por aquellas ironías del destino, su vecino comercial era un ruso moscovita, Vladimir Ivanoff, especializado en arte ruso e iconos, fiel cristiano de la iglesia, adorador del Espíritu Santo, devoto de la Virgen María, respetuoso con su patriarca, conocedor de una veintena de himnos religiosos que cantaba con su voz grave y profunda en su iglesia ortodoxa de Berlín.
Pese a las diferencias religiosas y sus dispares costumbres, tenían algo en común, el gusto por una buena taza de té con hojaldres turcos que les servía de la repostería una manzana más arriba. En ocasiones, si no estaban muy atareados, compartían una humeante taza de buen té amenizada por una reñida partida de ajedrez.
—Querido Alí, el ajedrez es un juego pensado para los rusos. No porque seamos más inteligentes que los árabes, pero somos más calculadores y astutos.
—No hay pueblo más hábil para el cálculo que el árabe, no en vano fuimos nosotros los que inventamos los números.
Rivalizar entre sus respectivas culturas y religiones era algo más que una cuestión personal, pues cada uno de ellos se sentía el representante en este mundo de Alá y el Dios de los cristianos.
Alí Hassan tuvo una mala racha en su negocio de alfombras, que cada vez eran más caras y más escasos los clientes amantes de las alfombras persas anudadas primorosamente a mano, y las deudas y apremios le amargaron algo el carácter. Finalmente el banco y sus acreedores amenazaron con llevarle ante el juzgado y su negocio estaba en el aire.
Vladimir no estaba al corriente de su situación económica, pero Alí perdía las partidas con demasiada facilidad y apenas se concentraba. Finalmente quiso saber la razón de su distracción y hasta arranques de mal humor y consiguió de Alí una sincera confesión:
—¡Los negocios van mal, Vladimir! Vendo alfombras demasiado buenas y caras para los tiempos que corren. Si no sucede un milagro tendré que cerrar. Pero Alá es justo y yo soy un buen musulmán, estoy seguro de que no me abandonará.
Tampoco el negocio de Vladimir era nada especial, pero a diferencia del de Alí, supo adaptarse a los tiempos y hacerse con piezas de escasa calidad, pensadas sobre todo para los turistas, que sumado a una vida casi de anacoreta, le había permitido una respetable posición. Lo consultó con la almohada y tomó la decisión de ayudar a su amigo pero en secreto. De manera que a través de un amigo hizo que le comprara la mejor alfombra que tuviera, sin escatimar en el precio. Hecha la operación, Alí se presentó en su tienda sonriente y feliz.
—¡Ya te lo dije, Vladimir, que Alá no podía abandonar a un buen creyente! Acabo de vender la mejor alfombra que tenía en la tienda por 2.500 euros, y sin regatear. ¡Ha sido un milagro! ¡Alá sea loado por acordarse de este modesto creyente!
Pero Vladimir tenía su propia opinión que obviamente se calló: «Bendito sea el Dios de los cristianos que es misericordioso y bueno, y ha inspirado mi caritativa acción». Y así quedaron las cosas.
Alí pagó algunas deudas y el negocio se recuperó con la llegada del invierno.
Una fría mañana de enero Alí se extrañó de ver la tienda de Vladimir cerrada en un sábado por la mañana, el mejor día para los turistas extranjeros que visitaban su tienda. Alí sabía que su amigo padecía del riñón, pues no podían terminar una sola partida del ajedrez sin vaciar la vejiga varias veces, pero no parecía que fuera tan grave como para impedirle atender sus negocios. Preocupado, llamó a su domicilio y le comunicaron la notica: había sido ingresado en urgencias porque era necesaria un operación de riñón, de la que no quiso escuchar los detalles, pues sin pensárselo dos veces, cerró su propia tienda y acudió al hospital.
—¡Querido Alí, hoy no podremos hacer la partidita! Pero ¿por qué te has molestado? ¡Te lo agradezco igual! Anda vuelve a tu tienda, que no están los tiempos como para perder ventas.
—¿Qué dicen los médicos?
—Lamentablemente no pueden operar; no tienen sangre como la mía. ¡Soy un ruso raro, Alí, no hay dos como yo!
Alí Hassan se despidió de su amigo preocupado por la situación, porque él no entendía de esas cosas. En el pasillo del hospital se cruzó con el facultativo que lo atendía y quiso saber con certeza la situación de su amigo.
—¡No hay sangre de su grupo, no podemos operar!
—¿Cómo se sabe eso de la sangre? ¿No podría servir la mía?
—Podemos hacerle un análisis, quién sabe... no se pierde nada por intentarlo.
Dio la casualidad de que compartían el mismo tipo sanguíneo y Alí proporcionó la sangre necesaria para que la operación se pudiera realizar.
Una semana después, débil y demacrado, Vladimir volvió a su tienda y lo primero que hizo fue visitar a su amigo para darle la buena nueva.
—¡Ya estoy como un toro, amigo Alí! ¡Pero no es gracias a los matarifes, sino a la misericordia de mi Dios, que hizo el milagro de encontrar un donante en el último instante! ¡Es un verdadero milagro que siga vivo!
Pero Alí Hassan tenía otra opinión, que obviamente también se reservó: «Loado sea Alá y su infinita sabiduría que me ha dado el valor para atender a un buen amigo».
Meses después ambos amigos seguían polemizando sobre el valor superior de sus respectivas religiones, pero por la buena amistad que les unía, nunca revelaron sus respectivos
X La historia de Ivette
-Me he divertido mucho en tu fiesta, Ivette. Tienes una mamá genial. Nadie cuenta historias como ella.
-Sí, sabe muchas bonitas historias; ¡es escritora!
Recuerdo este sencillo diálogo con una de mis mejores amigas al final en mi fiesta de cumpleaños, cuando cumplí siete años, esa delicada edad cuando empezamos a distinguir lo real y lo fantástico, mezclando lo uno con lo otro. Ese mismo día, en que parecía que todo eran alegrías y sonrisas, comenzó para mí un verdadero calvario.
Soy una escritora y he imaginado muchas historias, pero es cierto que la realidad supera la fantasía, porque lo que me sucedió en los días siguientes supera cualquier historia fantástica que pudiera imaginar.
También fue ese el día que fui consciente de lo que significaba ser escritora, en especial de cuentos infantiles, al contemplar las expresiones de felicidad de mis amigos, que escuchaban embelesados los relatos de mi madre.
Ella me enseñó la importancia de nuestro laborioso, sacrificado y creativo oficio de escritores, pero nunca npodré llegar a estar a su altura, porque mi madre era una persona genial, de las que nacen solo una entre un millón.
Cuando me despedí de todos los invitados con felicitaciones y elogios a mi madre, la encontré postrada en el sofá, con un alarmante gesto de dolor en el pecho, que había reprimido durante toda la fiesta.
-Mamá, te sucede algo; ¿no estás bien?
- No, cariño; solo es un ligero mareo por el jaleo de tu fiesta, esos diablillos te agotan. ¿les ha gustado tu fiesta?
Pero yo no pude concentrarme en la respuesta, porque ya entonces tuve el presentimiento de que mi madre estaba muy enferma, pero no podía imaginar su gravedad.
Otras veces, durante nuestros habituales paseos dominicales en bicicleta por las orillas del río que atraviesa nuestra ciudad, me rogaba que nos detuvieramos a descansar unos instantes, y de nuevo el mismo gesto de dolor y el esfuerzo que hacía para disimularlo.
Yo no solo admiraba a mi madre por su talento, dulzura y su clara inteligencia, sino que estaba muy unida a ella, porque prácticamente vivíamos solas las dos en nuestro apartamento de Berlín.
Mi padre es un renombrado arquitecto y tenía que supervisar los muchos edificios que había proyectado y que estaban todavía en construcción, diseminados por todo el país. Solo podíamos reunirnos en familia los fines de semana, que mi padre aprovechaba para descansar, darse un relajante baño, sin prestar mucha atención a lo que se estaba gestando en mi madre.
Pero los efectos de su grave enfermedad fueron notorios, por la alarmante palidez de su sudoroso rostro y un permanente rictus de dolor en sus labios.
La alarma que hizo prestar atención a mi padre sobre su estado de salud, fue el día que dejó de escribir su relato semanal que radicaba por una emisora de radio local.
- Mami, ¿qué te pasa?, tú nunca has dejado de escribir los cuentos para la radio…
- Ivette, cielo, no me pasa nada, pero todos los escritores tenemos días malos en los que no nos funciona la imaginación.
- Pero, mami, todos los niños de mi colegio escuchan tus cuentos…
Sí, mi madre estaba sufriendo la mayor tragedia de un escritor: ¡no poder escribir!
Como yo había presentido, una trágica mañana mi madre sufrió un violento ataque al corazón cuando yo me disponía a salir para ir al colegio, y cayó desplomada sobre el suelo, llevándose las manos al pecho donde tenía su inmenso corazón dañado.
Yo no supe cómo reaccionar, solo se me ocurrió abrazarme a ella y exclamar aterrorizada.
-¡Mami, mami, ¿qué te pasa, por qué no me hablas? Mami, yo no quiero que estés así; mami, tengo miedo y tú no dices nada ni te mueves, mami dime algo, por favor, dime algo…
Yo no sabía qué hacer, era demasiado pequeña para asumir aquella dramática situación, rompí a llorar sin dejar de abrazar su cuerpo con un corazón paralizado.
Así permanecí no sé cuánto tiempo hasta que vino a nuestra casa una asistenta que ayudaba a mi madre en las tareas de la casa. La pobre mujer sufrió un ataque de nervios al contemplar aquella escena: ¡una niña llorosa abrazaba a su madre muerta! Si yo hubiera reaccionado y salido en busca de alguien que me ayudara a llevarla al hospital llamado a una ambulancia tal vez se hubiera salvado.
Fueron unos minutos horribles, yo no quería separarme de mi madre, porque no podía concebir la idea de la muerte y pensaba que pronto recobraría la conciencia y todo volvería a la normalidad. Prácticamente me arrancaron de su cuerpo. Yo insistía sin dejar de temblar de pies a cabeza y sin dejar de llorar.
-¡Mami, despierta, no quiero que estés así, despierta por favor…!
Cuando llegó una ambulancia y la trasladaron al hospital, donde solo pudieron certificar su defunción, me tuvieron que sujetar para que no fuera corriendo detrás de los sanitarios que sacaron su cadáver de nuestra casa, y yo me quedé en estado de shock, sin apenas darme cuenta de lo que sucedió después.
Mi padre nombró a uno de sus ayudantes para sustituirlo y acudió consternado por la inesperada muerte de mi madre. Yo me dejaba llevar como una autómata de un lado para otro, sin recuperarme del shock, incapaz de pensar o recordar lo que había sucedido.
Mi padre se creyó el responsable de su muerte por no haberla atendido mejor, y por un tiempo se encerró en nuestra casa y no prestaba atención a sus compromisos y muchos de sus edificios tuvieron que suspender los trabajos con enormes pérdidas. Solo cuando le amenazaron con demandarle reaccionó y volvió a sus ausencias.
Fue inútil que tratara de que yo comprendiera su situación y sus graves responsabilidades ineludibles, pero yo no escuchaba lo que me trataba de decir, porque seguía en estado de shock.
Recurrió a una hermana de su madre, de avanzada edad, pero de espíritu alegre y jovial, que mi padre creyó la más indicada, para que se hiciera cargo de mí las 24 horas del día y que me llevara al mundo real y aceptara los hechos irremediables. Pero yo me encerré en mi habitación y como si estuviera grabado en mi cerebro, repetía en susurros la misma lamentación:
-Mami, vuelve de donde te hayas ido. Seré buena, no comeré dulces a escondidas, me comeré las verduras que tu sabes que odio y no me olvidaré ningún día de lavarme los dientes.
A pesar de mis ruegos, mi madre no apareció sobre mi cama la siguiente ni en las posteriores. Estaba tan deprimida que comencé a maquinar una terrible idea para reunirme con ella: Si estaba muerta pero al mismo tiempo de alguna manera, también estaba viva, yo podría reunirme con ella allí donde se encontrará si moría yo también.
En aquella tierna edad yo creía que morirse era como cambiar de casa en otro bmañanaarrio. Había escuchado comentar a las madres que vienen a recoger sus hijos del colegio, que algunos famosos habían muerto por una sobredosis de sedantes, y recordé que mi madre también los tomaba y que los guardaba en un armario del cuarto de baño, !y allí estaban!, un frasco entero de pastillas blancas y rojas que parecían de caramelo.
Excitada por el descubrimiento escondí el preciado frasco en mi habitación y esperé al anochecer, cuando mi cuidadora estuviera dormida. Entonces imaginé que aquella misma noche me reuniría con mi madre. Fueron unas terribles horas de angustia que me hacían llorar sin que lo pudiera evitar. Mi cuidadora se dio cuenta de que algo grave me estaba
sucediendo, pero no podía imaginar lo que estaba tramando.
- Niña estás temblando de pies a cabeza. Si es por algo que te asusta, esta noche puedes venir a dormir conmigo.
Hoy tengo la certeza de que aquella alegre mujer leyó en mi agitación que estaba urdiendo algo grave. Yo no sabía qué excusa buscar para rechazar su invitación, pero después de un dramático silencio me ocurrió una buena coartada:
-Como dice mi papá que mi mamá no puede estar allí, ya no tengo miedo de dormir sola.
Aquella contestación le hizo creer a la pobre mujer que ya me estaba volviendo el juicio, y empezaba a resignarme y volver a la normalidad.
Me encerré en mi habitación e hice ver que jugaba con mis muñecas, lo que tranquilizó todavía más a mi celosa cuidadora.
Estaba firmemente decidida a seguir adelante con mi plan y fingí que estaba jugando con todas esas cosas que me gustaban y me hacían sentirme bien, como los ositos de peluche que me regalaba alguien cada cumpleaños; o los disfraces de payaso y de hada madrina que vestí en los últimos carnavales; o los póster de mis personajes de dibujos animados que me hacían reir; o la cajita de música con la melodía de “Para Elisa”, y tantos otros juguetes que no podría llevarme allí donde fuera que estuviera mi madre.
Fueron unos momentos de una terrible lucha interna en los que el gran cariño que sentía por mi madre competía con todos aquellos objetos testigos de los momentos felices de mi corta vida.
Pero reaccioné enérgicamente y le di prioridad a mi madre.
Saqué el pequeño frasco de pastillas de donde lo tenía
y me pareció increíble que algo tan pequeño pudiera llevarme tan lejos.
Aquella noche mi cuidadora estaba muy inquieta, porque debía tener el presentimiento de mi intento de suicidio y entró de improviso dos veces en mi habitabiacion con la excusa de preguntarme si deseaba algo. Paradójicamente ella colaboró con mí frustrado suicidio, y le pedí un vaso de leche, porque había olvidado traer algo líquido para tomar las pastillas.
Pasada la medianoche ya no se escuchaba nada y supuse que mi guardiana estaría ya dormida.
Yo apenas podía mantenerme despierta. Durante esas angustiosas horas mi infantil conciencia se esforzaba inútilmente en hacerme despertar de aquella pesadilla, pero yo no la escuchaba.
Desparramé las pastillas sobre la colcha y durante unos angustiosos momentos en los que me impresionó la idea de que esa misma noche pudiera estar junto a mi madre, a quien volví a llamar en una dramática última súplica.
- Mami, si me estás escuchando ven y no tomaré estapastillas.
Pero no apareció y entre más amargos sollozos fui ingiriend..+0una a una todas aquellas coloridas pastillas. Unos instantes +después, en los que yo esperaba el milagro de la reunión,sentí una dolorosa punzada y como si un rayo atravesara mi cerebro y perdí el conocimiento. .0
Al desplomarme sobre la almohada, el frasco vacío de las + .rodó por la colcha hasta estrellarse contra el suelo haciéndose añicos.0
El ruido despertó a mi guardiana y corrió a mi habitación entre lamentos, porque presentía que algo grave me había sucedido. Cuando entró en mi habitación y me vio postrada e exclamó:
—¡Dios santo! ¿Qué has hecho, pequeña?
Se acercó a mí y al ver que estaba inconsciente, me zarandeó tratando de reanimarme. Cuando descubrió los restos del frasco, enseguida comprendió lo que había sucedido.
-!No; por el amor de Dios, no es posible que haya hecho algo así! Pero sí, lo ha hecho; ha debido ingerir todas las pastillas de este frasco. ¡Ay Dios mío, qué desgracia! Tengo que llamar una ambulancia, pero ¿dónde he puesto yo el maldito móvil?
En su azoramiento y nerviosismo fue incapaz de encontrar su móvil, aunque estaba a su alcance y dejó pasar un tiempo que ponía en riesgo mi vida.
Desconcertada y angustiada, salió a la calle en busca de ayuda y quiso el destino que en ese preciso instante circulase una patrulla de la policía municipal de vigilancia nocturna, y unos minutos más tarde llegó una ambulancia con un médico:
-No podemos hacerle aquí un lavado de estómago porque está en coma. Hay que ingresarla urgentemente en el hospital y que Dios nos ayude y no se nos muera en el trayecto. !Pobre criatura! ¿Por qué siendo tan niña ha intentado suicidarse?
Ese fue el pesimista diagnóstico de quien me atendió. A mi pobre cuidadora tuvieron que inyectarle un fuerte calmante, porque no cesaba de gemir y maldecirse a sí misma por su descuido.
En el hospital me trataron con todos los procesos médicos para estos casos, pero yo no reaccionaba y se pusieron en contacto con mi padre para informarle sobre mi ingreso y los resultados negativos del tratamiento. Profundamente afectado emprendió un temerario viaje de regreso.
Durante el dramático viaje estuvo a punto de estrellar su automóvil y suicidarse él también, porque dos muertes en su ausencia era intolerable.
Para su desesperación, los informes de los médicos que me atendieron no podían ser más negativos.
-Desgraciadamente en el frasco no solo había sedantes, sino medicamentos para el tratamiento de la enfermedad cardiovascular de su esposa, y la mezcla no puede ser más nociva. Lamento tener que decirle qued la vida de su hija está ya en manos de Dios y de ella misma si lucha contra la muerte, pero es muy joven y no tiene fuerzas suficientes para luchar contra la fatalidad.
Por si estas luctuosas declaraciones del médico que me atendió no le abrumaron lo suficiente, le previnieron que incluso en el caso de salir del coma, mi cerebro podria haber sido afectado y pasar el resto de mi vida en estado vegetativo
—¿Puedo quedarme en su habitación hasta que salga del coma?
-Sí, haremos una excepción. Incluso háblele usted mostrando su cariño y su deseo de que sobreviva, puede que le escuche, la medicina no es especialista de las almas solo de los cuerpos.
Le acondicionaron en una cama plegable junto a la mía y permaneció pendiente de algún gesto mío que indicara mi recuperación. Pero al día siguiente continuaba sin recuperar la consciencia. Cuando ya clareaba y en el hospital había un inusual silencio, mi padre siguió los consejos del médico y se decidió a hablarme. Había estado llorando en silencio; se secó las lágrimas y se sentó en el borde de mi cama:
- Hija, dicen los médicos que tal vez puedas escucharme, si es así te ruego que luches contra lo que te quiere arrastrar a la muerte y sobrevivas, porque si mueres perderé la niña con la que siempre había soñado que fuera mi hija y que me llenó de felicidad y dio sentido a mi vida. Te quiero mucho, tanto como quería a tu madre, pero de otra forma. Yo no soy un buen orador ni sé decir lo que siento como sabía hacerlo ella, solo sé proyectar casas, pero espero que para ti sea suficiente repetirte que te quiero mucho y te ruego que tengas la voluntad y la energía suficiente para que venzas a la muerte y te recuperes sin que te quede ninguna secuela. Como si nada hubiera sucedido, solo un mal sueño; una pesadilla. Eso es todo lo que deseaba decirte... Espero que me hayas escuchado.
Se acercó a mí, me besó en la frente y susurro angustiado. "¡Hija, no me dejes tú también!" y volvió a su minúscula cama, donde le venció el sueño.
Yo le escuchaba, pero de una forma extraña. Su voz sonaba en mi cerebro como si estuviera hablándome en el interior de una cueva.
No; mi padre no me culpaba de la muerte de mi madre y cometí un grave error que estaba pagando.
Intenté despertar, pero todos mis esfuerzos fueron inútiles. Algo me tenía presa como si me hubieran atado. No podía ni abrir los párpados ni sentía frío ni calor. Era evidente que mi cuerpo estaba ya inerte, posiblemente ya había muerto.
- Ivette, mi pequeña, ¿por qué lo has hecho?
De improviso escuché, con la misma voz extraña, a quien parecía ser mi madre.
- Mamá, ¿eres tú? !Pero tú estabas muerta!
- Sí Ivette, estoy muerta, y tú también estás clínicamente muerta, por eso puedo hablar contigo. Pero estás solo en el umbral, y aún puedes salvarte.
- Mamá, perdóname por haber dejado que murieses, yo...
- Ivette, mi pequeña, no fuiste tú sino mi destino el responsable de mi muerte. Todo está escrito en la estrella de la que venimos. Al igual que el polen viaja largas distancias en busca de una flor para fertilizar un fruto, las almas surgen de las estrellas y recorren largas distancias a través del universo para fertilizar el óvulo de un ser humano. Estaba escrito que debía morir ese día y nadie hubiera podido evitarlo. En tu destino no está escrito que mueras en este hospital. Todavía tienes que recorrer un largo camino, muchas bellas obras que escribir, porque tu también serás escritora. Solo
me queda darte un consejo antes de emprender mi largo viaje de regreso a mi estrella: cuando tengas dudas sobre tu talento, alza la vista al cielo en una noche clara y verás que hay millones de estrellas, unas son grandes y otras pequeñas, pero todas brillan con luz propia. Seas una gran o pequeña escritora brilla siempre con tu propia luz. Mi pequeña Ivette, vive, despierta y recibe a tu padre con una sonrisa,
para que sepa que has vencido la muerte. Y ahora tengo que marchar. No olvides nunca este consejo, no olvides que yo te lo dí…
Y dejé de escuchar su voz, porque se había desvanecido
Unos instantes después, sentí un fuerte dolor en el estómago, y un sabor amargo en la boca. Poco a poco se fueron activando mis sentidos hasta que pude abrir los ojos y ver a mi padre dormido.
Amanecía y un rayo de sol atravesaba mi ventana y sentía su calor en las mejillas, por lo que no había duda de que recuperaba todos los sentidos. Quise llamarle y despertarle, pero no podía articular ninguna palabra. Lo intenté una y otra vez hasta que por fin tartamudeando pude llamarle.
- !Pa... pá!
Se despertó y al ver el rayo de sol que iluminaba mi rostro creyó que era una alucinación
—Ivette, ¿eres tú quién me has llamado o es una alucinación?
Yo no pude responder, pero le sonreí como me había pedido mi madre y mi padre comprendió que había despertado.
Hace veinte años de aquellos sucesos y nunca sabré si mi madre que apareció era realmente ella o imaginaciones mías, pero cada vez que contemplo un cielo estrellado recuerdo su consejo: .«Seas grande o pequeña, brilla siempre con luz propia»
Fin
X Yo, Adán del Paraíso
A algunos lectores les sorprenderá el título de este relato, ¡no me extraña! Que después de tantos años me haya decidido a escribir mis memorias tiene que tener una buena razón, y la tiene. De Eva y de mí se han contado tantas cosas absurdas y sin sentido que se impone un poco de seriedad, y ¿quién mejor que yo mismo para contar mi verdadera historia y mis penalidades? No es fácil para nadie ser el primer hombre de este mundo, pero pese a las dificultades salimos adelante y ¡ahí está la humanidad, con cerca de siete mil millones de descendientes y sigue creciendo!
No es necesario que me presente, pero para algunos despistados de culturas remotas todavía pendientes de civilizar como Dios manda, mi nombre es Adán. Obviamente no tengo apellido porque tampoco tuve un padre natural reconocido, pero para entendernos se me puede llamar Adán del Paraíso o Adán del Barro, que da lo mismo, pues ambas ideas tienen relación con mis orígenes.
Mis biógrafos aseguran que me creó Dios a partir de una figura de barro a la que sopló con su aliento, y no voy a discutir lo fundamental, que fui creado por Dios, pero lo del barro es necesaria una importante aclaración. Yo nací en el interior del océano, y no especifico cuál porque en mis tiempos sólo había uno y todo lo demás era tierra. Al parecer ya teníamos por entonces problemas de contaminación en la atmósfera, pese a que no sabría decir por qué, ya que por entonces no había ni coches ni fábricas, por no haber no había nada más que lodo viscoso y fuertemente contaminado. No sé quién lo arregló ni cuantos millones costó, porque entre otras cosas no habíamos inventado todavía el dinero, pero tan pronto como la atmósfera fue respirable, puede decirse que volví a nacer pero fuera, sobre la tierra, de ahí la idea de mis biógrafos. Todavía recuerdo mi tierna infancia, cuando no era más que una insignificante ranita, que empezaba sus aventuras por tierra firme. Lo que sucedió después es muy largo de contar, por tanto lo resumiré diciendo que un buen día me vi adulto viviendo en un paradisíaco lugar al que Dios llamaba el Jardín del Edén. ¿Qué cómo era? Yo no sé mucho sobre este asunto porque nunca he destacado por mis conocimientos de botánica, pero recuerdo que había muchos árboles, ya que en mi juventud puede decirse que no pisaba el suelo. Nada me divertía más que saltar de rama en rama, de árbol en árbol y recorrer en un santiamén los límites del Paraíso terrenal. Aunque no esté bien el que yo mismo me elogie, ¡era una monada de criatura!
El clima debía ser como el de Canarias, entre 25 y 30 grados centígrados, porque recuerdo que debido a ello ni se me ocurrió inventar los vestidos. Eso vino después de la tragedia. Además, ¿para qué los quería? ¿Quién podía verme si Eva ni siquiera existía? Por entonces era estrictamente vegetariano, auque por error de vez en cuando me comía algún bicho por su manía de camuflarse entre el follaje. ¡Como iba yo a saber las costumbres de los camaleones! Había ríos normales, donde solía darme buenos chapuzones y de paso mantener la higiene, porque eso sí, limpio siempre he sido; pero otros eran de miel, auque tal vez sea algo exagerado llamarlos ríos, más bien eran arroyos, y ni siquiera eso, digamos que chorreaba miel por todas partes, porque había abundancia de paneles de abejas silvestres. ¡Por supuesto que las abejas del Edén no picaban como las de ahora! De comer no digamos; puede decirse que no había nada dentro del Paraíso que no fuera comestible. Las legumbres y las verduras no eran como las de ahora, todas eran orgánicas por supuesto, y tan tiernas y suaves que no había necesidad alguna de cocerlas. ¡Claro que, por otro lado, todavía no se había inventado el fuego! En cuanto a los otros animales, a los que de ninguna manera podía llamar salvajes, porque todos eran dóciles como corderos, puede decirse que había de todos. De hecho por esa razón años más tarde Noe tuvo bastante trabajo para reunirlos a todos en su barcaza, cuando lo del Diluvio.
Mi animal predilecto era un león africano, bueno es un decir, porque África por entonces tampoco existía, como digo a todo se le llamaba con el mismo nombre de Pangea, a pesar de que tengo mis dudas de si para entonces no habría ya algún que otro conteniente. Era un león tranquilo y bien enseñado, cuya finalidad fundamental era servirme de almohada para mis sueños normales y la siesta. ¿Nadie ha probado lo cómoda y calentita que es la melena de un león africano? Bueno, a decir verdad, después del Paraíso a los leones les molesta hacer estos y otros favores al ser humano. Puede decirse que en el Jardín del Edén no me faltaba de nada y todo estaba a la mano, no como ahora. ¡Por entonces las cosas eran como Dios manda!
Y hablando de Dios, desde luego que desde el primer momento nos entendimos de maravilla. No se vayan a creer que Dios se conformaba con cualquier cosa, que era en extremo exigente en todo. No hubo nada de lo que creara antes de mí que no le diera su visto bueno después de ver como funcionaba. Los cielos los hizo tan grandes que hasta hoy no se sabe el final. La Tierra le salió algo más pequeña, pero también tiene sus distancias, que ninguno de mis primeros descendientes se pudo hacer una idea cabal de las distancias, y hubo uno que hizo mal los cálculos, y menos mal que descubrió América porque de otro modo no quiero ni pensar lo que le hubiera sucedido.
Al principio yo creía que la Tierra era plana, ¡como iba yo a imaginar que era redonda! Aún hoy me sigo preguntando qué movió a Dios para semejante idea, con lo sencillo que hubiera sido hacerla plana. En fin, sus razones tendría.
Como digo, después de ver cómo me comportaba, pasada mi adolescencia y mi locura por lo árboles y otras barbaridades propias de la edad, parece que se sintió plenamente satisfecho. Durante bastante tiempo las cosas en el Paraíso funcionaron a las mil maravillas. No hubo ni el más motivo de queja por ambas partes. Desde luego que yo no me hubiera quejado, pues siempre he sabido actuar con discreción y guardar las distancias. Tengo que decir, en honor a la verdad, que nunca llegamos a encontrarnos cara a cara y todavía no sé la razón, pero sospecho que Dios es demasiado grande para caber en el mundo que Él mismo ha creado.
Por eso decía que le había quedado algo pequeño, al contrario de los cielos, que como dije son inmensos y Él debe de moverse en ellos como en su casa. A decir verdad, el cielo es su casa, como está escrito en todos los manuales de religiónpesar de las primeras dificultades para comunicarnos, Él siempre se las apañaba para ponerse en contacto conmigo e interesarse por mis cosas. Mi salud le traía sin cuidado porque las enfermedades no se conocían todavía. Unas veces lo hacía a través de algún animal, desde luego que no utilizaba las serpientes por la razón de todos ya conocida, de la que hablaré más adelante, otras provocando un vendaval con voz en off, como se dice ahora, y las más de las veces se me aparecía en sueños. Durante estas amenas charlas de Creador a criatura Él solía hacerme preguntas a veces difíciles de responder dada mi ignorancia de la vida, por las que trataba de interesarse por mi bienestar, pues puede decirse que no hacía otra cosa que estar al tanto de mis deseos y, por supuesto, controlar los otros aspectos de su creación. Pero tengo que aclarar que mientras la Creación en sí misma no le preocupaba en absoluto, porque la había dotado de medios propios para su supervivencia y estabilidad, yo le preocupaba de forma especial. Era como si no estuviera completamente seguro de haber hecho un buen trabajo conmigo. Creo que sospechaba que estaba tramando algo contra Él, cuando es obvio que ni me pasaba por la cabeza tal idea. ¿Por qué razón habría yo de rebelarme contra Dios si me proporcionaba todo cuando deseaba y era feliz? Pero Él insistía una y otra vez:
—¿Estás seguro, Adán, de que no echas a faltar nada?
—¡Nada en absoluto!
—Bueno, me refiero a si hay algo que te molesta; algo que no te gusta…
—La verdad es que, ahora que lo dices, si pudieras hacer los elefantes algo más pequeños… ¡Es que ocupan demasiado sitio y este jardín no es muy grande! Además está el riesgo de un pisotón, sin mala intención, desde luego.
—No, yo no me refiero a eso; me refiero a si hechas algo de menos; si hay algo en tu naturaleza humana que no funciona como debería.
—La verdad es que si no hablas claro, ¡no te entiendo! Si te refieres a que hago mis necesidades en cualquier sitio cuando me vienen las ganas, la próxima vez buscaré un lugar más apartado…
—¡No es eso, alma de Dios!
—¡Pues no te entiendo!
—¿Pero es que no observas a los otros animales?
—Bueno, a decir verdad hecho de menos mis habilidades de cuando era joven de subirme a los árboles como hacen los monos, pero eso ya pasó porque he sentado la cabeza…
—Bueno, está bien, te lo diré claramente: ¿Es que no hechas de menos alguien más de tu especie para charlar, pasear y… bueno, que narices, ¡gozar de los placeres de la naturaleza!?
¡Y así cada día! Lo cierto es que no había sueño en que no charláramos de esta nueva idea que se le había metido en la cabeza, porque la verdad es que yo no echaba nada de menos. Poco a poco empecé a comprender sus motivos. Tal vez le aburría mi conversación, y como no hablaba de esta misma forma con el resto de la Creación, se le debió de ocurrir la idea de que fuéramos más para tener también más motivos de charla y otros temas de conversación. Pero a mí la idea, para ser sinceros, no me gustaba en absoluto, porque presentía que sería sencillamente un error, además de terminar con la tranquilidad del Paraíso terrenal. Pero por entonces no sabía razonar este presentimiento, así es que Dios seguía empeñado en que le diera mi aprobación, porque como digo, no vivía para otra cosa que para complacerme, como si fuera yo un hijo mimado, ¡claro, era el único!
Tanto insistió Dios sobre la idea de crear una humanidad que poblara la Tierra y dominara sobre el resto de los pobres animales y las infelices plantas, que acabé cediendo a regañadientes. Pero lo que no hizo ninguna gracia fue el medio en que se proponía utilizar para su propósito. ¡Nada menos que utilizar una de mis costillas! No es que yo supiera por entonces cuántas costillas eran necesarias para una existencia normal, y si sobreviviría con una menos, pero lo que yo me preguntaba era que habiendo tanto barro como había, ¿por qué no utilizar el mismo sistema, con lo que fuera que estuviera pensando en crear, tal y como hizo conmigo? ¿Es que se le había acabado el aliento divino? ¿Es que no estaba seguro de que la criatura que fuera le saliera siquiera tan bien como sucedió conmigo?
—¿Por qué de mi costilla? —me atreví a preguntarle en uno de los sueños en el que volvimos sobre el tema.
—¡Porque es mi voluntad!
—¿Hay alguna segunda intención que te callas?
—¡La hay, quiero que tenga claro el lugar subordinado que debe de ocupar en el mundo según fue creada de tu costilla!
—No le veo la gracia.
—¡Ya lo entenderás cuando la veas!
—¿Es una sorpresa?
—¡No te lo puedes ni imaginar!
Y ésa fue toda la conversación que tuvimos sobre la nueva criatura que tenía proyectado extraer de una de mis costillas. Afortunadamente debido a sus poderes especiales la operación no revestiría riesgo alguno para mi salud ni sería dolorosa. Es más, ni me enteraría, porque tenía previsto hacer esta delicada operación mientras durmiera. Así es que un buen día, ¡no sé si es correcto decirlo así!, al levantarme una brumosa mañana de primavera ¡allí estaba eso!
La primera impresión fue decepcionante. Era evidente que aquello, porque no sé cómo calificarlo, no se parecía a mí en nada; le faltaban cosas y le sobraban otras. Por ejemplo en la parte baja de la ingle no tenía con que desahogar las ganas de orinar y a la altura del pecho le salían dos bultohorribles y deformes. Con semejante cuerpo no era posible tomarse en serio la idea de que eso era «humano», y lo digo por la alusión de Dios de crear una humanidad. La cosa al principio no dijo nada, pero ya desde el primer instante noté cierto aire de superioridad, y sin duda que, pese a sus notables y evidentes defectos, para sus adentros ya se debía creer hermosa. ¡Qué equivocación! ¡Ya sabía yo que si no utilizaba otra vez el barro, Dios metería la pata!
Inmediatamente fui con la queja a Dios pero aquel día le tocaba descansar, así es que tuve que afrontar los hechos y hacerme a la idea de que al menos me tocaría pasar el fin de semana con aquella deforme criatura.
Ya desde el primer momento de su existencia esa cosa no cumplió las previsiones de Dios sobre su posición social, y sin que le diera permiso para dirigirme la palabra, se puso a hablar de un montón de cosas incongruentes.
—¡Eeeh, pero mira quién está aquí, el tipazo de Adán! Ah, pero no creas que yo voy a ser fácil, no; ¡vete haciéndote a la idea, guapo, de que yo no soy de ésas!
—¿De cuáles? —no era mi intención seguirle la charla, pero a penas abrió la boca por primera vez y ya me sacó de quicio.
—Como ésas de los árboles. ¡Aquí se acabó lo del macho dominante y todas esas tonterías!
Yo no sabía de qué me estaba hablando y tuve que soportar un sinfín de impertinencias y reivindicaciones de todo tipo hasta que por fin, aquella noche, pasado el descanso dominical, pude presentar mi queja a Dios, a ver si aquello tenía todavía remedio.
—¡Ya te harás a ella, Adán!
—¡Pero es un ser monstruoso! —le contesté con unos modales poco habituales en mí, pero estaba tan furioso que no me controlé—. Además, le faltan cosas y le abultan demasiado otras, ¡no creo que sobreviva!
—Adán, Adán, criatura, ¿pero es que no lo comprendes? ¡En esas diferencias está la gracia!
Pero Dios no quiso darme más detalles, tan sólo me planteó el argumento de que debía ser distinta entre otras buenas razones para evitar la homosexualidad, o por lo menos hasta que hubiera siquiera un par de docenas más de seres humanos en la Tierra, tarea que me había encomendado a mí, ¡pero sin molestarse en darme una pista de cómo se hacía!
Naturalmente que desde el primer momento intentó organizar mi vida, decirme lo que debía comer y lo que no; corregir algunos de mis modales, algo animales desde luego, a la hora de comer; decidir dónde debíamos pasear y qué lugares no debíamos frecuentar porque según ella, no eran propios de seres humanos. Se empeñó en que viviéramos en una gruta en particular, que a ella le parecía segura, cuando en el Paraíso no había nada que temer, pero debía de llevar eso de la seguridad como una tara genética, porque desde el primer día la obsesionaba. Me prohibió terminantemente que me subiera a los árboles, o que durmiera junto al león africano, al que no permitió entrar en la gruta porque decía que esos animales traían bichos y lo ponía todo perdido de orín, además de pelos y otras cosas indeseables. Me dijo a qué hora debía levantarme y acostarme, cuando y cómo debía lavarme, sobre todo las orejas, que yo detestaba. También se metió con mi barba y mis largos y hermosos cabellos, que me llegaban ya a la cintura, porque decía que no me hacían varonil, ¡cómo si yo supiese a qué se refería! En fin, que en apenas dos o tres días puso patas para arriba el Jardín del Edén, ¡que ya no fue lo mismo después de su llegada!
Pero con todo lo peor fue llevar a cabo la tarea que se me había encomendado de poblar el mundo. Al principio, atareada como estaba poniendo orden en la gruta, limpiando obsesivamente cada rincón, colocando cosas raras en los rincones que ella decía que creaban ambiente, y fabricando un lecho de heno, que a decir verdad era más confortable que el duro suelo donde yo solía dormir, no me prestaba la mínima atención. Entre los artilugios que inventó por aquella época el más curioso fue un palo con ramas en un extremo con el que limpiaba el suelo, al que con el tiempo llamamos escoba, sin duda una de sus ideas más geniales, además de la cama, claro está. Por todo esto, en realidad poco a poco empecé a darme cuenta de las ventajas de su peculiar manera de ser, pues era obvio que a ella se le ocurrían más ideas que a mí, que si vamos a ser sincero, por aquel entonces no tuve ninguna.
Resignado a tener que compartir mi vida con tal persona, al menos debería conocer su nombre, porque no le gustaba que la llamara «cosa», como solía hacerlo al principio de nuestras relaciones, y Dios no me dejó dicho como se llamaba.
—¡Eva, me llamo Eva; Eva del Paraíso! Y no se te ocurra volver a llamarme «cosa», y menos con ese despectivo y prepotente nombre de «mi costilla». Eso ya es historia, ahora los dos somos iguales ante la sociedad. Y la verdad ahora que te conozco, no sé en qué estaba pensando Dios para haberte creado de esa manera. ¡Sin duda que debería de estar un poco cansado después de crear tantas cosas buenas y útiles, como es la Creación! Por que yo sirvo para muchas cosas, pero tú, ¡ya me dirás de qué sirve un hombre en este mundo!
Ella siempre tenía palabras de crítica contra mi persona, a la que no veía nada bueno ni positivo. De haber sido por ella habría intrigado para convencer a Dios de mi inutilidad, y aprovechando que era el único en toda la Tierra, me destruyera. Pero sea por la razón que fuera, lo cierto es que Dios no solía dirigirse directamente a ella en sus apariciones, sino que se dirigía directamente a mí. Creo que por entonces Dios debió comprender el error de haber creado semejante criatura, pero las cosas en la Creación son irreversibles, así es que tuve que aprender a convivir con ella.
Al cabo de algunas semanas Dios se me apareció otra vez en sueños, y por el tono de su voz sabía que no estaba de buen humor.
—¿Cómo van las cosas con Eva? —me preguntó.
—Regular, pero supongo que será cosa de dar tiempo al tiempo. ¡No es fácil acostumbrarse a sus manías por la limpieza!
—¿Y sobre mi humanidad?
—¿A qué te refieres?
—¿A qué quieres que me refiera? ¿Crees que he creado a Eva para que sea tu criada? ¡A vuestra descendencia!
—¿Qué descendencia?
—¿Pero es que todavía no…? ¿Es que Eva no te atrae sexualmente?Pues ahora que lo dices, si te refieres a que por las noches me siento extraño cuando me rozo…
—¡Sí, claro; llámalo como te parezca! Pero ¿lo has hecho ya?
—¿Hacer el qué?
—¡El amor, hombre de Dios, el amor!
—¡Si no hablas más claro!
—¡Bueno, dejemos este tema, porque no soy yo quién para enseñarte esas cosas; ya las aprenderás tarde o temprano, que para eso Eva tiene habilidad y mano izquierda. Cuando te lo pida, ¡ya te enterarás!
—No entiendo por qué desde que está Eva en el Paraíso me hablas con acertijos, ¡antes hablabas siempre claro!
—Hablando de Eva, he notado que charla demasiado con las serpientes…
—Hombre, ahora que lo dices, es verdad, ¡y a mí no me deja dormir con mi león!
—Tienes que vigilar este asunto. Las serpientes son uno de mis pocos errores de la Creación. No me fío de ellas, ¡son tan rastreras!
—Bueno, si es por eso, has creado otros bichos más repugnantes, ¡como las cucarachas y las chinches!
—¡Tú siempre tan ocurrente!
—La verdad es que yo soy incapaz de controlarla, porque siempre hace lo que le viene en gana. No quiere ni oír hablar de su inferioridad y sumisión a mí, eso la saca de quicio, ¡y yo no estoy para pasarme el día peleando con ella por esta razón!
—Siento tener que decírtelo, pero tengo que hacer algo para poner a prueba su lealtad. No me queda más remedio que prohibiros comer del manzano que hay en el montecillo central del Jardín del Edén.
—¡Pero ese es precisamente el que da las manzanas más dulces y jugosas!
—Precisamente por eso; porque es una gran tentación os las prohíbo, para poner a prueba vuestra voluntad. Tenéis que aprender que en este mundo no hay que hacer todo lo que se puede sino lo que se debe. ¡El deber es la norma de conducta de todo ser humano civilizado!
Este era el tipo de conversaciones que teníamos Dios y yo desde que Eva llegó al Paraíso. ¡Siempre discutiendo por culpa de ella! Pero lo cierto es que Eva me superaba prácticamente en todo y mientras yo aprendía a duras penas todas las cosas de la naturaleza humana, ella parecía saberlo todo sin haber tenido experiencia de nada. ¡Era desconcertante! ¿Qué tenía ella que no tenía yo? ¿Cómo era posible, si había sido creada de una de mis costillas, que fuera tan distinta? La respuesta me la dio una serpiente, precisamente una que solía merodear por el manzano prohibido, cierta vez que me interesé por sus conversaciones con Eva.
—¡Ella tiene intuición y tú no! —me aclaró.
—¿Y qué es esa cosa tan importante?
—Es el saber que hay en la naturaleza; la sabiduría natural.
—¿No se lo habrás contagiado tú?
—Puede…
—Y ya que estoy aquí, ¿puede saberse de qué habláis todas esas horas que pasáis juntos debajo del manzano sagrado? ¿No estaréis tramando algo contra Dios?
—¿Qué manzano sagrado? ¡Aquí todos los árboles son iguales!
—Eso era antes, ahora es distinto y es preciso que lo sepas. ¡De este manzano no podemos comer, ni Eva ni yo!
—Y ¿quién lo ha dicho?
—¡Dios, por supuesto!
—¿Y quién es Dios para interferir en la naturaleza?
—¡Qué disparate! Él puede ordenar lo que le parezca bien, ¡para eso la ha creado!
—Te equivocas, Adán, ni Él ni nadie puede interferir en las leyes naturales una vez que han sido establecidas. ¡Eso sería antinatural! ¿Comprendes?
Desde aquella conversación con la serpiente tuve claro que tendríamos problemas. Sin duda que Eva y ella estaban tramando algo gordo, que era preciso descubrir y poner a Dios al corriente del complot. Aquella misma noche me propuse sonsacarle lo que pudiera. No elegí desde luego el mejor momento, porque tenía un humor de perros, y es un decir, porque en el Paraíso hasta los perros tenían buen humor. Pero a pesar de mi corta experiencia con el otro sexo, algo había aprendido ya, y supe cómo entrarla para no despertar sospechas sobre mis verdaderas intenciones.
—¡Que buen aspecto tienes hoy, Eva, si parece que fuera ayer cuando Dios te sacó de mi costilla!
Esta primera alusión a su aspecto la debilitó algo, pero persistió en su mal humor.
—¡Déjame de cuentos, Adán, que hoy no tengo el día!
—Pero ¿qué te sucede, mujer?
—¡Cosas de mujeres; tú de eso no entiendes!
—Enséñame…
—No estoy de humor.
—Bueno, yo sólo quería comentarte que hoy he hablado un rato con la serpiente del manzano, ¡y me ha parecido un animal inteligentísimo!
—¿De veras, Adán; tú también estas de acuerdo con sus opiniones sobre Dios?
Fue sencillo hacerla caer en la trampa, porque las mujeres podrán tener mucha intuición, pero a malicia y a estrategia no nos ganan. En el fondo son unas ingenuas, por muy sabias y muy naturales que sean.
De esta manera supe que Eva estaba de acuerdo con la serpiente de que Dios no tenía ningún derecho a prohibirnos nada, y menos que comiéramos del árbol frutal más sabroso del Jardín del Edén. La verdad es que yo tampoco entendí muy bien la idea de Dios y la intención moral de la prohibición. ¿Por qué crear cosas si estaban prohibidas? Si no quería que comiésemos de ese árbol en particular, ¿por qué no me mandó que lo cortara, o lo hizo Él mismo, que se supone tenía poder para ello? ¿Es que Dios no sabía que lo prohibido es lo más deseado por el ser humano, incluso por los dos primeros? ¿Es qué no confiaba en nosotros? ¿Por qué ponernos a prueba si en el Jardín del Edén no hay motivo alguno para quejarnos de nada? Lo cierto es que cada día que pasaba el asunto de la prohibición se me hacía más difícil de entender. Por otro lado, empecé a sospechar que una vez inventadas las prohibiciones, llegaría el día en que todo estaría prohibido. ¡Eso no tenía sentido en el Paraíso terrenal! ¿Llegaríamos a tener con el tiempo senderos con dirección prohibida y lugares donde fuera prohibido pasear, tumbarse o sestear? ¿Habría cuevas donde estuviera reservado el derecho de admisión? ¿Cosas que estén prohibidas beber, comer o fumar? ¡No, definitivamente aquella no fue una buena idea! Aunque me pesara reconocerlo, Dios había metido la pata y dar lugar a que la serpiente del manzano urdiera su plan.
Finalmente sucedió lo inevitable. Un buen día, que debía ser hacia el otoño, momento en que las manzanas del árbol prohibido estaban en sazón, Eva me sugirió dar un paseo por el centro, para ver qué había de nuevo por allí. Yo no estaba muy dispuesto, porque el centro del Jardín del Edén se había convertido en un lugar ruidoso y muy estresante. No sólo por los elefantes, a quienes Dios no quiso reducirles el tamaño, sino porque desde un tiempo a esta parte parecía que todos los animales del Paraíso tuviesen la misma idea, y no había día que no se dieran una vuelta por allí. Llegamos al dichoso manzano y ahí estaba, como ya era habitual, la serpiente rebelde. Yo hice como que no la había visto, pero Eva, que había llegado a tener con ella una gran familiaridad, aprovechó para saludarla.
—Buenos días, serpiente.
—Buenos días, Eva y compañía. ¿Qué os trae por aquí?
—Dando una vueltecita. ¡Hacía tiempo que no veníamos por el centro!
—Hay bastante ambiente, sobre todo por estas fechas del año que abundan los frutos y las manzanas.
—Pero de este árbol no comerán, supongo yo. Como Dios dijo que…
—¡Más que de ningún otro! ¡Son las más sabrosas!
—¿Y Dios no los castiga?
—¿Por qué iba a hacerlo? Lo que crece en la naturaleza es de todos. ¡Anda, toma, prueba ésta! ¿No es una pena que las manzanas más jugosas del Jardín del Edén se pudran en el árbol? ¡Eso no puede ser justo ni aunque lo haya ordenado el mismo Dios!
Eva, que no se paraba a reflexionar mucho las cosas que hacía, porque no tenía ni idea de lo que era justo o injusto, es decir, del bien y del mal, ya estaba a punto de morder la manzana cuando yo tuve que prevenirla sobre las consecuencias.
—¡Espera, Eva, no hagas tonterías; piensa en tu descendencia! ¡Eso que vas ha hacer está mal hecho!
—Pero ¿qué es el mal? —preguntó ella bastante desconcertada.
—Pues el mal… el mal es… Bueno, no lo sé, aquí en el Paraíso no hay de eso, pero si comes ¡a lo mejor lo aprendemos y no nos conviene!
—¡Tú siempre con tus monsergas sobre moral!
—¡Bien dicho, Eva! —dijo la rastrera de la serpiente, decidida a salirse con la suya.
Y sin pensar en las consecuencias futuras de sus actos, propio de ella, y me temo que de su descendencia femenina, mordió con ganas la manzana. Yo esperaba que Dios se nos apareciera y reprendiera su acción, la castigase con algún mal todavía desconocido y asunto concluido, ¡pero no sucedió nada especial! Dios ni se presentó, ni en forma de vendaval, con alguna señal en el cielo, ni por voz de algún animal más presentable que la serpiente, de los que no faltaban por aquellos alrededores, o por cualquier otra forma. Supuse que esperaría a aquella noche para llamarnos la atención en sueños, pero lo que más lógica tenía era que nos había gastado una broma, y comer de aquel manzano no estaba prohibido. Después de todo la serpiente parecía tener razón.
—¿Lo veis? ¡Nada, no pasa nada!
—Es verdad, AdáPues ahora que lo dices, si te refieres a que por las noches me siento extraño cuando me rozo…
—¡Sí, claro; llámalo como te parezca! Pero ¿lo has hecho ya?
—¿Hacer el qué?
—¡El amor, hombre de Dios, el amor!
—¡Si no hablas más claro!
—¡Bueno, dejemos este tema, porque no soy yo quién para enseñarte esas cosas; ya las aprenderás tarde o temprano, que para eso Eva tiene habilidad y mano izquierda. Cuando te lo pida, ¡ya te enterarás!
—No entiendo por qué desde que está Eva en el Paraíso me hablas con acertijos, ¡antes hablabas siempre claro!
—Hablando de Eva, he notado que charla demasiado con las serpientes…
—Hombre, ahora que lo dices, es verdad, ¡y a mí no me deja dormir con mi león!
—Tienes que vigilar este asunto. Las serpientes son uno de mis pocos errores de la Creación. No me fío de ellas, ¡son tan rastreras!
—Bueno, si es por eso, has creado otros bichos más repugnantes, ¡como las cucarachas y las chinches!
—¡Tú siempre tan ocurrente!
—La verdad es que yo soy incapaz de controlarla, porque siempre hace lo que le viene en gana. No quiere ni oír hablar de su inferioridad y sumisión a mí, eso la saca de quicio, ¡y yo no estoy para pasarme el día peleando con ella por esta razón!
—Siento tener que decírtelo, pero tengo que hacer algo para poner a prueba su lealtad. No me queda más remedio que prohibiros comer del manzano que hay en el montecillo central del Jardín del Edén.
—¡Pero ese es precisamente el que da las manzanas más dulces y jugosas!
—Precisamente por eso; porque es una gran tentación os las prohíbo, para poner a prueba vuestra voluntad. Tenéis que aprender que en este mundo no hay que hacer todo lo que se puede sino lo que se debe. ¡El deber es la norma de conducta de todo ser humano civilizado!
Este era el tipo de conversaciones que teníamos Dios y yo desde que Eva llegó al Paraíso. ¡Siempre discutiendo por culpa de ella! Pero lo cierto es que Eva me superaba prácticamente en todo y mientras yo aprendía a duras penas todas las cosas de la naturaleza humana, ella parecía saberlo todo sin haber tenido experiencia de nada. ¡Era desconcertante! ¿Qué tenía ella que no tenía yo? ¿Cómo era posible, si había sido creada de una de mis costillas, que fuera tan distinta? La respuesta me la dio una serpiente, precisamente una que solía merodear por el manzano prohibido, cierta vez que me interesé por sus conversaciones con Eva.
—¡Ella tiene intuición y tú no! —me aclaró.
—¿Y qué es esa cosa tan importante?
—Es el saber que hay en la naturaleza; la sabiduría natural.
—¿No se lo habrás contagiado tú?
—Puede…
—Y ya que estoy aquí, ¿puede saberse de qué habláis todas esas horas que pasáis juntos debajo del manzano sagrado? ¿No estaréis tramando algo contra Dios?
—¿Qué manzano sagrado? ¡Aquí todos los árboles son iguales!
—Eso era antes, ahora es distinto y es preciso que lo sepas. ¡De este manzano no podemos comer, ni Eva ni yo!
—Y ¿quién lo ha dicho?
—¡Dios, por supuesto!
—¿Y quién es Dios para interferir en la naturaleza?
—¡Qué disparate! Él puede ordenar lo que le parezca bien, ¡para eso la ha creado!
—Te equivocas, Adán, ni Él ni nadie puede interferir en las leyes naturales una vez que han sido establecidas. ¡Eso sería antinatural! ¿Comprendes?
Desde aquella conversación con la serpiente tuve claro que tendríamos problemas. Sin duda que Eva y ella estaban tramando algo gordo, que era preciso descubrir y poner a Dios al corriente del complot. Aquella misma noche me propuse sonsacarle lo que pudiera. No elegí desde luego el mejor momento, porque tenía un humor de perros, y es un decir, porque en el Paraíso hasta los perros tenían buen humor. Pero a pesar de mi corta experiencia con el otro sexo, algo había aprendido ya, y supe cómo entrarla para no despertar sospechas sobre mis verdaderas intenciones.
—¡Que buen aspecto tienes hoy, Eva, si parece que fuera ayer cuando Dios te sacó de mi costilla!
Esta primera alusión a su aspecto la debilitó algo, pero persistió en su mal humor.
—¡Déjame de cuentos, Adán, que hoy no tengo el día!
—Pero ¿qué te sucede, mujer?
—¡Cosas de mujeres; tú de eso no entiendes!
—Enséñame…
—No estoy de humor.
—Bueno, yo sólo quería comentarte que hoy he hablado un rato con la serpiente del manzano, ¡y me ha parecido un animal inteligentísimo!
—¿De veras, Adán; tú también estas de acuerdo con sus opiniones sobre Dios?
Fue sencillo hacerla caer en la trampa, porque las mujeres podrán tener mucha intuición, pero a malicia y a estrategia no nos ganan. En el fondo son unas ingenuas, por muy sabias y muy naturales que sean.
De esta manera supe que Eva estaba de acuerdo con la serpiente de que Dios no tenía ningún derecho a prohibirnos nada, y menos que comiéramos del árbol frutal más sabroso del Jardín del Edén. La verdad es que yo tampoco entendí muy bien la idea de Dios y la intención moral de la prohibición. ¿Por qué crear cosas si estaban prohibidas? Si no quería que comiésemos de ese árbol en particular, ¿por qué no me mandó que lo cortara, o lo hizo Él mismo, que se supone tenía poder para ello? ¿Es que Dios no sabía que lo prohibido es lo más deseado por el ser humano, incluso por los dos primeros? ¿Es qué no confiaba en nosotros? ¿Por qué ponernos a prueba si en el Jardín del Edén no hay motivo alguno para quejarnos de nada? Lo cierto es que cada día que pasaba el asunto de la prohibición se me hacía más difícil de entender. Por otro lado, empecé a sospechar que una vez inventadas las prohibiciones, llegaría el día en que todo estaría prohibido. ¡Eso no tenía sentido en el Paraíso terrenal! ¿Llegaríamos a tener con el tiempo senderos con dirección prohibida y lugares donde fuera prohibido pasear, tumbarse o sestear? ¿Habría cuevas donde estuviera reservado el derecho de admisión? ¿Cosas que estén prohibidas beber, comer o fumar? ¡No, definitivamente aquella no fue una buena idea! Aunque me pesara reconocerlo, Dios había metido la pata y dar lugar a que la serpiente del manzano urdiera su plan.
Finalmente sucedió lo inevitable. Un buen día, que debía ser hacia el otoño, momento en que las manzanas del árbol prohibido estaban en sazón, Eva me sugirió dar un paseo por el centro, para ver qué había de nuevo por allí. Yo no estaba muy dispuesto, porque el centro del Jardín del Edén se había convertido en un lugar ruidoso y muy estresante. No sólo por los elefantes, a quienes Dios no quiso reducirles el tamaño, sino porque desde un tiempo a esta parte parecía que todos los animales del Paraíso tuviesen la misma idea, y no había día que no se dieran una vuelta por allí. Llegamos al dichoso manzano y ahí estaba, como ya era habitual, la serpiente rebelde. Yo hice como que no la había visto, pero Eva, que había llegado a tener con ella una gran familiaridad, aprovechó para saludarla.
—Buenos días, serpiente.
—Buenos días, Eva y compañía. ¿Qué os trae por aquí?
—Dando una vueltecita. ¡Hacía tiempo que no veníamos por el centro!
—Hay bastante ambiente, sobre todo por estas fechas del año que abundan los frutos y las manzanas.
—Pero de este árbol no comerán, supongo yo. Como Dios dijo que…
—¡Más que de ningún otro! ¡Son las más sabrosas!
—¿Y Dios no los castiga?
—¿Por qué iba a hacerlo? Lo que crece en la naturaleza es de todos. ¡Anda, toma, prueba ésta! ¿No es una pena que las manzanas más jugosas del Jardín del Edén se pudran en el árbol? ¡Eso no puede ser justo ni aunque lo haya ordenado el mismo Dios!
Eva, que no se paraba a reflexionar mucho las cosas que hacía, porque no tenía ni idea de lo que era justo o injusto, es decir, del bien y del mal, ya estaba a punto de morder la manzana cuando yo tuve que prevenirla sobre las consecuencias.
—¡Espera, Eva, no hagas tonterías; piensa en tu descendencia! ¡Eso que vas ha hacer está mal hecho!
—Pero ¿qué es el mal? —preguntó ella bastante desconcertada.
—Pues el mal… el mal es… Bueno, no lo sé, aquí en el Paraíso no hay de eso, pero si comes ¡a lo mejor lo aprendemos y no nos conviene!
—¡Tú siempre con tus monsergas sobre moral!
—¡Bien dicho, Eva! —dijo la rastrera de la serpiente, decidida a salirse con la suya.
Y sin pensar en las consecuencias futuras de sus actos, propio de ella, y me temo que de su descendencia femenina, mordió con ganas la manzana. Yo esperaba que Dios se nos apareciera y reprendiera su acción, la castigase con algún mal todavía desconocido y asunto concluido, ¡pero no sucedió nada especial! Dios ni se presentó, ni en forma de vendaval, con alguna señal en el cielo, ni por voz de algún animal más presentable que la serpiente, de los que no faltaban por aquellos alrededores, o por cualquier otra forma. Supuse que esperaría a aquella noche para llamarnos la atención en sueños, pero lo que más lógica tenía era que nos había gastado una broma, y comer de aquel manzano no estaba prohibido. Después de todo la serpiente parecía tener razón.
—¿Lo veis? ¡Nada, no pasa nada!
—Es verdad, Adán, eso de la prohibición no era más que para poner a prueba nuestra ingenuidad de primerizos. Pero comiendo le demostramos que hemos madurado y tenemos ideas propias; que ya no somos unos críos a los que se les puede decir: «No comas eso, no comas lo otro», etc. ¡Toma, demuéstrale a Dios que tú también eres un adulto; come también tú de mi manzana!
—¡Ni lo sueñes! —repliqué yo convencido de que, pese a todo, si Dios nos lo había prohibido sus razones tendría.
—¡Hombres! ¡Mucho presumir de machos, sexo fuerte y todo eso, pero a la hora de la verdad son incapaces de tomar decisiones por sí mismos, y sin que nadie se lo mande! —me reprochó despectivamente.
Ya desde el principio Eva sabía como provocarme poniendo en entredicho mi hombría a la menor oportunidad. Pero por otro lado, ella llevaba razón, había cosas que debíamos hacer por nosotros mismos, según nuestro propio entendimiento, que para eso lo teníamos, y lo de la prohibición, como decía, no tenía mucho sentido. Por último estaba la circunstancia de que yo debía de convivir con Eva y no con Dios. Dios estaba en sus alturas, tranquilamente, haciendo sus cosas de dioses, pero yo tenía que soportar los cambios de humor de Eva, convivir con ella cada día, cada hora y hasta cada minuto, porque en el Paraíso terrenal no existían las oficinas, ni los empleos donde uno pudiera pasar unas horas lejos de su mujer, y relajarse con los compañeros de trabajo, y no digamos cosas tan necesarias como el fútbol de los domingos o la partidita de póquer de los jueves por la noche; en fin, excusas para librarse de ella al menos por unas horas al día. Pero en el Jardín del Edén eso era imposible, porque allí no había nada de lo expuesto y todo se reducía a pasear por ahí, sestear bajo los árboles o charlar con los animales que tenía la habilidad del habla, que no eran muchos. Por todo eso comprendí que si no mordía la manzana a partir de aquel mismo día mi vida, incluso en el Paraíso, sería un infierno. Ella me reprocharía una y otra vez, durante nuestra eternidad, porque por entonces no moríamos, el que no hubiera tenido el valor de morder aquella dichosa manzana, ya que, después de todo, ¡ella lo había hecho y no había sucedido nada!
No sé por qué tuve ese momento de debilidad, ¡para desgracia de mi descendencia y del resto de los inocentes animales y plantas!, que sin duda fue influenciado por las circunstancias expuestas y la complicidad de la serpiente. Lo cierto es que acepté la manzana que me ofrecía Eva, y le di un bocado con gusto. En efecto, se trataba de la manzana más jugosa y dulce que he comido jamás. ¡Pero, como era de temer, sucedió la tragedia!
De pronto el cielo se oscureció con oscuros nubarrones y se desató una impresionante tormenta, algo totalmente desconocido en aquellas latitudes, por eso supe que era cosa del enfado de Dios por morder la manzana. No cayó una gota de agua, pero se desataron todas las fuerzas ciegas de la naturaleza. Sopló un viento huracanado seguido de rayos y truenos y estaba esperando que de un momento a otro se apareciera el mismo Dios para reprenderme por mi mala acción. Cuando amainó el temporal enseguida me di cuenta de que algo había cambiado radicalmente, y la reacción inmediata fue buscar la hoja de parra más grande que pude encontrar para cubrirme con ella el sexo. Pero, ¿por qué aquella extraña reacción? Debía ser sin duda uno de los efectos secundarios del pecado cometido. Eva al principio se lo tomó a risa, pero a juzgar por el color sonrojado de sus mejillas, estaba también avergonzada, y se buscó otra hoja para cubrir el suyo. ¡Era cómico vernos con una mano delante y otra detrás, sin saber muy bien por qué lo hacíamos! Pero sin duda que había una razón: hasta ese momento no me había dado cuenta de lo atractiva que era Eva, y ahora la veía con otros ojos, razón por la cual sentíamos vergüenza el uno del otro. ¡Porque por primera vez nos deseábamos! Bueno, al menos yo la deseaba, si ella sentía lo mismo que yo la verdad es que no estoy seguro.
En medio de la confusión por las nuevas emociones, escuchamos los pasos característicos y familiares de Dios, dando su paseo habitual por el Jardín del Edén, y por primera vez sentimos deseos de ocultarnos, más por vergüenza que por otra cosa. No queríamos que Dios nos viera desnudos. Dios, extrañado de no verme, me llamó:
—¿Dónde estás, Adán?
La verdad es que la pregunta me desconcertó, porque yo siempre había creído que Dios lo veía y lo sabía todo. Pero todavía fue más sorprendente el resto de nuestra conversación:
—Disculpa que me ocultara de ti, pero me avergüenza el estar desnudo y no he tenido tiempo de fabricarme algo más decente.
—¿Por qué te avergüenzas?
—¡Vaya pregunta para hacerla Dios! Ya deberías saber que hemos comido del manzano prohibido, porque se supone que Tú lo ves y lo oyes todo.
—No sólo me has desobedecido sino que además pretendes pasarte de listo.
—¡Yo sólo comento lo que he oído decir por ahí!
—¡Bien dicho, Adán! —interrumpió Eva, que se ocultaba detrás de una palmera.
—¡Tú eres la culpable, mujer! Yo te maldigo y maldigo tu descendencia por haberme desobedecido…
—Yo no tengo la culpa, fue la serpiente, que también es una criatura de Dios, bueno, quiero decir, tuya.
—¿No te estás pasando un poco, Dios? Pero ya te advertí que no era una buena idea crear a la mujer. ¡Y ahora la pagas conmigo!
—¡Es verdad, Adán, la mujer es peor que las serpientes, pero esto no quedará así! A partir de hoy no lo va a tener fácil. Parirá con dolor…
—¿Qué significa «parir»?
—¡No me interrumpas, Adán! Sobre tu vientre caminarás y polvo comerás cada día de tu vida…
—¿Y yo qué…?
—Por haber caído en la tentfaltaba!
—Y prepárate porque tendrás que aprender un oficio. ¡Se acabó el chollo del Paraíso de vivir sin trabajar!
—Bueno, eso no es tan malo. En realidad esto del Paraíso era algo aburrido.
—¡Aún no he terminado!
—¿Todavía hay más por darle un simple mordisco a una manzana?
—¡De polvo te hice y en polvo te convertirás!
—¿Qué significa eso?
—Adán, creo que Dios quiere decir que ya somos mortales.
Y así fue como terminó aquel engorroso asunto. Después envió a uno de sus querubines armado con una espada de fuego para que hiciera el trabajo sucio.
—¡Andando; estáis desterrados!
Y con malos modales nos amenazó con su espada indicándonos el camino de salida del Jardín del Edén.
—No os preocupéis —tuvo el cinismo de decirnos la serpiente, quien por cierto, se vino con nosotros—. ¡Ahora que habéis tenido el valor de rebelaros contra el mismo Dios no me cabe la menor duda de que saldréis adelante!
—Sí, muy graciosa, pero, ¿cómo es la vida ahí afuera?
—Ahí tendréis que trabajar duro desde el primer momento que pongáis los pies en el mundo real, y andaros con cuidado conmigo y libraros de mis mordiscos, porque una vez fuera no respondo de mis actos, ¡y pudiera suceder la desgracia de que la humanidad ni siquiera empiece!
Por fortuna vivíamos cerca de la salida, creo que del lado norte, y llegamos pronto a los linderos. Una vez allí el ángel que nos expulsó del Paraíso nos dio los últimos consejos, yo creo que por iniciativa propia, compadecido por nuestra desgracia.
—Tan pronto como salgáis del Paraíso notareis cosas raras, como que se os cansan las piernas en las cuestas arriba, o frío en las manos, bueno en todo el cuerpo, porque estáis desnudos. Tendréis algo tan desconocido como es el dolor de cabeza y de muelas, que son los peores, aunque los dolores más insoportables los padecerá Eva, pues parirá con dolor, y, para colmo, siendo como es primeriza. Tendréis sentimientos nuevos, como la vergüenza de ir desnudos y el miedo a la oscuridad. También os asaltará la duda, el desencanto, la desdicha y la desilusión, y todo eso es debido a que a partir de entonces seréis mortales, ¡y ya no os digo más, el resto tenéis que aprenderlo por vosotros mismos! Y ahora, adiós, salir ya del Edén al que no podréis volver jamás, porque tengo orden de cerrar las puertas a cal y canto ¡por los siglos de los siglos, amén! ¡Y nos puso de patitas en el mundo real!
Nunca me perdonaré mi debilidad y el tremendo dolor que ha causado a mis descendientes. Pero, a decir verdad, junto con infinitas cosas malas, aprendí unas cuantas buenas que ahora, después de todos estos siglos transcurridos, no sé si pensar que pese a todo valió la pena desobedecer a Dios. La primera cosa buena es que descubrí el placer sexual, pues en el Paraíso no existía, razón por la cual al principio no tuvimos descendencia, lo que ahora pienso que fue la verdadera razón por la que Dios nos mandó expulsar, pues ¿cómo íbamos a tener descendencia si no existía el deseo? Lo segundo es que Eva, orgullosa de mí y contrariamente a las previsiones de Dios, me tomó verdadero afecto y descubrimos el amor, la amistad y el compañerismo, y por tanto, gozamos de la felicidad, pero la humana y no esa felicidad celestial que aquí en la Tierra no tiene utilidad, además se acabaron sus ataques de histeria del Paraíso. Por último, decir que Eva tuvo la peor parte, pero al mismo tiempo las mayores satisfacciones, pues vio cumplidos sus deseos naturales de tener un hijo, Caín, una encantadora criatura nacida de su seno y no con trucos de costillas, como fue su caso. ¡Lástima que nos saliera una calamidad, pero eso ya es otra historia!
Y esta es la verdadera historia de mis orígenes y de mi vida en el Paraíso, confío en que les haya entretenido. Ah, por cierto, me han enviado un e-mail de Hollywood interesándose por mi historia, pero creo que han pasado los tiempos para este tipo de películas sobre estos temas, ni quedan ya buenos actores para estos papeles tan comprometidos. En fin, ya veré que hago, les he dicho que me lo estoy pensando.
X El demonio de Eva
Eva está despierta desde algo más de las 5 de la madrugada. Está angustiada y no puede conciliar el sueño porque ese era uno de últimos despertar en su lujoso apartamento en la zona más codiciada de la ciudad.
Dentro de una semana ingresará en una residencia que ella misma ha elegido, para ingresarla para volver salir de allí en una hornacina, convertida en cenizas, y esparcirlas en cualquier lugar donde solo haya naturaleza, como es su deseo.
Tiene 82 años y necesita alguien a su lado para que le ayude a hacer cualquier cosa, como ir al baño, vestirse, llevarse los alimentos a la boca, caminar del salón al dormitorio, llamar a alguien por teléfono, levantarse de mullido sofá del salón, peinarse, ducharse, incluso, en el colmo de las vanidades, pintarse sus ajados labios, y ponerse un poco de rimel en sus caídos parpados.
Eva fue una bellísima modelo, que se disputaban modistos y pasarelas de todo el mundo donde se cotizaba la ropa de alta costura. Tenía el salón de su casa convertido en un museo de sí misma. Tal vez un centenar de fotografías, la mayoría en blanco y negro o ese color velado imperceptible de las primeras fotos en color de Kodachrome. Las que tenían vivos colores le disgustaban, porque eran actuales y mostraban una Eva envejecida, que ella detestaba. Por eso las fotos recientes estaban amontonadas en un cajón, en el fondo de un armario, en el que no guardaba nada de interés.
Las fotos enmarcadas y colocadas sobre la cómoda y cualquier mueble que pudiera servir de base o colgadas en las paredes, con escasos espacios libres, eran de una Eva admirada por su belleza y estilo inconfundible.
Sus movimientos en las pasarelas no eran estudiados ni ensayados, sino espontáneos y naturales. En su perfecto cuerpo la ropa alcanzaba un impresionante valor, como si fuera necesario comprar sus costosos vestidos para sentirse atractiva y deseada, como era ella.
No había político de la época o actor de moda que no se hubiera fotografiado junto a ella, para sentirse importante y merecedor de su compañía, ni gigoló o play-boy que no deseara ser su amante. Su fotografía favorita, que resaltaba de las demás por su tamaño, y su espléndido marco, con incrustaciones de oro, elaborado para ella en exclusiva, era la que le tomaron junto a los Beatles, a quienes ella admiraba apasionadamente. En la que Jhon Lennon estrechaba calurosamente la mano de una sonriente y emocionada Eva.
Pero el dinero le obsesionaba. Detrás de aquella simpática y bella mujer se ocultaba un corazón insensible, egoísta y calculador. Regateaba hasta el último céntimo en el pago de sus servicios; exigía recibos de lo que compraba, incluso aunque se tratase de una sencilla barra de pan, y, antes de abandonar los comercios, comprobaba que lo que había pagado se correspondía con lo que había comprado y con el precio marcado. Jamás daba propinas, porque consideraba como un abusivo impuesto más, pero encubierto.
De las muchas ofertas de matrimonio que tuvo, solo aceptó la de un multimillonario, ex-traficante de todo lo ilegal y prohibido, del que se aseguró que dada su edad y sus dolencias, no sobreviviría más de 5 ó 6 años. Su desamor y frialdad precipitó la muerte del desgraciado esposo, y falleció tres años después.
De ese lucrativo matrimonio heredó su lujoso apartamento y un sin fin de valores que todavía no había podido conocer. Se limitaba a recibir sus cuantiosos beneficios, y a estampar su temblorosa firma en decenas de documentos que su abogado de confianza le daba a firmar para mantener o incrementar la cuantía de sus elevadas rentas, al mismo tiempo que crecían las del fiel e interesado abogado.
Si antes la acosaban sus pretendientes por su belleza, ahora la acosaban por su riqueza. Se convirtió en la joven viuda más deseada del país. Pero Eva ya tenía lo que deseaba, dinero y libertad, y prefirió la compañía de Cuca, una alegre y gruñona perrita terrier a un nuevo marido.
Ella fue una de las primeras mujeres en presentarse en público vistiendo la provocativa minifalda inventada por Mary Quant, y fue también la modelo que más influyó en la aceptación de la novedosa y colorista moda pop de los años 60.
Combatía el hastío y el aburrimiento de una vida sin ambiciones ni objetivos en la ruleta de los casinos, donde solía perder fabulosas cantidades de dinero, o en los tres clubes sociales a los que pertenecía: uno en su ciudad, exclusivo para VIPs, otro ubicado en un campo de golf, a escasos kilómetros de la ciudad, deporte al que se había aficionado, y un club marítimo en una conocida localidad costera frecuentada por millonarios.
Así pasaron los años sin que tuviera conciencia del paso del tiempo, hasta el nefasto día en que al proponerse subir por una de escaleras automáticas de unos grandes almacenes, alguien comentó a sus espaldas: “Deja pasar a esta anciana”. Solo entonces se hizo cargo del derroche que había hecho de su preciado e irrecuperable tiempo perdido.
Desde ese mismo día empezó a pensar en la muerte, al principio solo como una curiosidad, pero poco tiempo después se convertiría en una obsesión. Como viene sucediendo en las últimas semanas, hoy a vuelto a tener la misma pesadilla, por eso ha deducido que alguien del otro mundo trata de enviarle un mensaje, pero que ella no puede entender
-¡Josefina, Josefina, ven rápido o este hombre me llevará al infierno! ¡No, suélteme; yo no quiero ir al infierno! ¡Josefina líbrame de este odioso hombre! ¡No, no, suéltame y déjame en paz! -gritaba presa del pánico.
Josefina, su enfermera y cuidadora, acudía a su habitación sabiendo que su enferma volvía a tener las alucinaciones como en las últimas semanas, en las que un hombre sin rostro, la cogía por el brazo y con una extraordinaria fuerza la obligaba a seguirle por un angosto y oscuro pasillo, iluminado solo por el resplandor de las de una gigantesca en el fondo del túnel.
Josefina entra en la habitación, enciende la luz y encuentra a Eva tendida sobre la cama, como si alguien la hubieran arrastrado realmente hasta allí, porque sabe que ella no podía por si misma adoptar aquella posición.
-¡Ah, por fin llegas! Mira cómo huye; la luz le molesta. Se vuelve a su infierno, ¡Pero mañana volverá! Y no cejará hasta que no le haga compañía en sut maldito infierno! Pero no se saldrá tenía un amigo de confianza, que incomprensiblemente lo conservaba desde la infancia. Ya era un anciano achacoso y de extrañas aficiones, y la más notable era su afición por los misterios de la cábala y su empeño en descubrir la piedra filosofal, que fransfromase el plomo en oro, porque compartía con Eva su pasión por el dinero, y en especial por el codiciado metal amarillo.
-Otra vez el cabrito de mi ex-marido ha intentado arrastrarme a su maldito infierno, pero yo se lo he impedido! ¿Tú me crees, verdad? ¡No pensarás que estoy loca!
Le comentó Eva a su anciano amigo durante una de sus habituales encuentros para echar una partida de brisca.
- Me cuesta creerlo, pero he leído muchos libros de magia negra y creo que en determinadas situaciones es posible que se aparezca el espíritu de los muertos para vengarse de los vivos a quienes odian.
- ¡Y él me odia! Tú eres un experto en magia negra y apariciones de espíritus malignos. ¿Cómo podría¿ librarse de este diablo de mi ex-marido?
_ En los tiempos en que eran frecuentes estas apariciones, se libraban de ellos con conjuros…
- ¡Pues hagamos un conjuro! Tú debes saber cómo hacerlos.
Mi querida amiga, sabes que haría por ti lo que fuera, pero me pides algo muy delicado y peligroso. Los demonios adquieren grandes poderes y no es fácil librarse de ellos. Sí, he leído en alguno de mis incunables varios conjuros con los malignos, pero no sé…
- No me importa lo peligroso que sea, porque tengo que liberarme de él o acabará arrastrándome al infierno!
Acordaron hacer el conjuro el siguiente domingo, en que Josefina tenía el día libre. De regreso a su apartamento, el fiel amigo se encerró en su valiosa biblioteca y buscó en sus esotéricos libros un conjuro adecuado para el caso. Tras una laboriosa búsqueda encontró uno adecuado y acudió el domingo tal como estaba previsto, a la casa de una excitada Eva.
Esta noche no me ha molestado -comentó con su amigo-. Debe saber que estamos preparando un conjuro que me librará de su maligna presencia.
El incunable que contenía el conjuro, había sido escrito a mano por los monjes de Cluny, en latín y con impresionantes ilustraciones de las diversas formas en que puede presentarse el maligno, pero estaba muy deteriorado y apenas era legible. Esperaron a la hora crepuscular, tal como indicaba el procedimiento, entraron en dormitorio, carraspeo para asegurar que su voz sonase fuerte y clara , y recito el temido conjuro.
Eva esperaba ver como su maléfico ex-marido era fulminado y arrojado a las tinieblas, de donde no pudiera salir para perseguirla y atemorizarla en lo que le quedara de vida. Pero no sucedía nada extraño ni sobrenatural, porque según el conjuro, se abriría la puerta del infierno y verían caer al endemoniado ex-marido a las tinieblas.
Amigo mío, creo que ese libro tuyo debe estar desfasado -comentó Eva visiblemente contrariada.-¡
Nunca conseguiré librarme de él!
Pero apenas volvieron al salón, la parez del dormitorio comenzó a vibrar y se abrió de nuevo el túnel que conducía a las llamas del infierno. Como las veces anteriores, surgió el endemoniado ex-marido, y con voz tenebrosa gritó a la asustada Eva:
Tú me has convocado y ya no podrás librarte de mí. Te arrastraré conmigo al infierno!
En vano Eva trató de zafarse de su ganchudas manos y la arrastró al tunel entre gritos y lamentos de la infortunada Eva.
Atónito el amigo que había hecho el conjuro se preguntó qué había salido mal y repasó el éxito manuscrito prácticamente ilegible, se dió cuenta de que al pie del pergamino, había una no que apenas era ilegible:
"Christiani invocatis servare potente diabolo fascinavit dominica die, quia contrarium habebit"
(Guardensé los cristianos de invocar al diablo con este poderoso conjuro en el día del Señor, porque tendrá un efecto
Hermann en el Purgatorio
–Me he divertido mucho en tu fiesta, Ivette. Tienes una mamá genial. Nadie cuenta historias como ella.
–Sí, sabe muchas bonitas historias; ¡es escritora!
Recuerdo este sencillo diálogo con una de mis mejores amigas al final en mi fiesta de cumpleaños, cuando cumplí siete años, esa delicada edad cuando empezamos a distinguir lo real y lo fantástico, mezclando lo uno con lo otro. Ese mismo día, en que parecía que todo eran alegrías y sonrisas, comenzó para mí un verdadero calvario.
Soy una escritora y he imaginado muchas historias, pero es cierto que la realidad supera la fantasía, porque lo que me sucedió en los días siguientes supera cualquier historia fantástica que pudiera imaginar. También fue ese el día que fui consciente de lo que significaba ser escritora, en especial de cuentos infantiles, al contemplar las expresiones de felicidad de mis amigos, que escuchaban embelesados los relatos de mi madre.
Ella me enseñó la importancia de nuestro laborioso, sacrificado y creativo oficio de escritores, pero npodré llegar a estar a su altura, porque mi madre era una persona genial, de las que nacen solo una entre un millón.
Cuando me despedí de todos losc invitados con felicitaciones y elogios a mi madre, la encontré pos–trada en el sofá, con un alarmante gesto de dolor en el pecho, que había reprimido durante toda la fiesta.
–Mamá, te sucede algo; ¿no estás bien?
c No, cariño;v solo es un ligero mareo por el jaleo de tu fiesta, esos diablillos te agotan. ¿les ha gus–tado tu fiesta?
Pero yo no pude concentrarme en la respuesta, porque ya entonces tuve el presentimiento de que mi madre estaba muy enferma, pero no podía imaginar su gravedad.
Otras veces, durante nuestros habituales paseos dominicales en bicicleta por las orillas del río que atraviesa nuestra ciudad, me rogaba que nos detuvieramos a descansar unos instantes, y de nuevo el mismo gesto de dolor y el esfuerzo que hacía para disimularlo.
Yo no solo admiraba a mi madre por su talento, dulzura y su clara inteligencia, sino que estaba muy unida a ella, porque prácticamente vivíamos solas las dos en nuestro enorme apartamento de Berlín.
Mi padre es un renombrado arquitecto y tenía que supervisar los muchos edificios que había proyectado y que estaban todavía en construcción, diseminados por todo el país. Solo tpodíamos reunirnos en familia los fines de semana, que mi padre aprovechaba para descansar, darse un relajante baño, sin prestar mucha atención a lo que se estaba gestando en mi madre.
Pero los efectos de su grave enfermedad fueron notorios, por la alarmante palidez de su sudoroso rostro y un permanente rictus de dolor en sus labios.
La alarma que hizo prestar atención a mi padre sobre su estado de salud, fue el día que dejó de escribir su relato semanal que radicaba por una emisora de radio local.
– Mami, qué te pasa, tú nunca has dejado de escribir los cuentos para la radio…
– Ivette, cielo, no me pasa nada, pero todos los escritores tenemos días malos en los que no nos funciona la imaginación.
– Pero, mami, todos los niños de mi colegio escuchan tus cuentos…
Sí, mi madre estaba sufriendo la mayor tragedia de un escritor: ¡no poder escribir!
Como yo había presentido, una trágica mañana mi madre sufrió un violento ataque al corazón cuando yo me disponía a salir para ir al colegio, y cayó desplomada sobre el suelo, llevándose las manos al pecho donde tenía su inmenso corazón dañado.
Yo no supe cómo reaccionar, solo se me ocurrió abrazarme a ella y exclamar aterrorizada.
–¡Mami, mami, qué te pasa, por qué no me hablas. Mami, yo no quiero que estés así; mami, tengo miedo y tú no dices nada ni te mueves, mami dime algo, por favor, dime algo…
Yo no sabía qué hacer, era demasiado pequeña para asumir aquella dramática situación, rompí a llorar sin dejar de abrazar su cuerpo con un corazón paralizado.
Así permanecí no sé cuánto tiempo hasta que vino a nuestra casa una asistenta que ayudaba a mi madre en las tareas de la casa. La pobre mujer sufrió un ataque de nervios al contemplar aquella escena: ¡una niña llorosa abrazaba a su madre muerta! Si yo hubiera reaccionado y salido en busca de alguien que me ayudara a llevarla al hospital llamado a una ambulancia tal vez se hubiera salvado.
Fueron unos minutos horribles, yo no quería separarme de mi madre, porque no podía concebir la idea de la muerte y pensaba que pronto recobraría la conciencia y todo volvería a la normalidad. Prácticamente me arrancaron de su cuerpo. Yo insistía sin dejar de temblar de
pies a cabeza y sin dejar de llorar.
–¡Mami, despierta, no quiero que estés así, despierta por favor…!
Cuando llegó una ambulancia y la trasladaron al hospital, donde solo pudieron certificar su defunción, me tuvieron que sujetar para que no fuera corriendo detrás de los sanitarios que sacaron su cadáver de nuestra casa, y yo me quedé en estado de shock, sin apenas darme cuenta de lo que sucedió después.
Mi padre nombró a uno de sus ayudantes para sustituirlo y acudió consternado por la inesperada muerte de mi madre. Yo me dejaba llevar como una autómata de un lado para otro, sin recuperarme del shock, incapaz de pensar o recordar lo que había sucedido.
Mi padre se creyó el responsable de su muerte por no haberla atendido mejor, y por un tiempo se encerró en nuestra casa y no prestaba atención a sus compromisos y muchos de sus edificios tuvieron que suspender los trabajos con enormes pérdidas. Solo cuando le amenazaron con demandar .reaccionó y volvió a sus ausencias. Fue inútil que tratara de que yo comprendiera su situación y sus graves responsabilidades ineludibles, pero yo no escuchaba lo que me trataba de decir, porque seguía en estado de shock.
Recurrió a una hermana de su madre, de avanzada edad, pero de espíritu alegre y jovial, que mi padre creyó la más indicada, para que se hiciera cargo de mí las 24 horas del día y que me llevara al mundo real y aceptara los hechos irremediables. Pero yo me encerré en mi habitación y como si estuviera grabado en mi cerebro, repetía en susurros la misma lamentación:
-Mami, vuelve de donde te hayas ido. Seré buena, no comeré dulces a escondidas, me comeré las verduras que tu sabes que odio y no me olvidaré ningún día de lavarne los dientes; sí, mami lo haré todo sin quejarme , pero vuelve , vuelve mami…
Y terminaba rompiendo a llorar desconsolada al no recibir respuesta. En vano mi cuidadora trataba con enorme afecto, paciencia y cuidado de no decir nada que pudiera hacerme revivir aquellos dramáticos sucesos. Pero yo me encerré en mi habitación repitiendo entre sollozos las mismas súplicas, porque estaba convencida que mi madre las escucharía y volvería de donde estuviera. !Y sucedió!
Una mañana al despertar me encontré a mi madre sentada al borde de mi cama. La enorme alegría de su regreso me dejó sin habla solo quería abrazarla. Pero cuando me abalancé estuve a punto de caerme de la cama, porque no tenía nada que pudiera abrazar, se había vuelto transparente y vestía una horrible bata blanca con un número impreso en el lado de su corazón, que la había llevado a su súbita muerte.
- Mami, ¿por qué no puedo abrazarte? ¿Qué te han hecho en el hospital? ¿Por qué…
Quería hacerle mil preguntas, pero hizo un gesto con las manos para que guardara silencio, y pude escuchar su extraña voz que la escuchaba dentro de mi cabeza pero no por los oídos..
- Guarda silencio, cariño, nadie más que tú debe saber que estoy aquí. Sé que has sufrido mucho por mi muerte…
-Entonces es verdad lo que dice papa, que estás muerta.
- Si, estoy muerta, pero eres demasiado pequeña para dejarte sola en estos tristes momentos. Seré tu ángel de la guarda hasta que te resignes y aceptes todo sin poner objeción ni la menor duda y cada mañana al despertar estaré siempre a tu lado y cada mañana, cuando despiertes, me tendrás sentada aquí, al borde de tu cama para que me cuentes todo lo que te apena para ayudarte a superarlo. ¡Seremos muy felices!
A mi tierna edad estaba dispuesta a creer cualquier cosa por extraño que pareciera y, a pesar de no ser más una visión incorpórea, acepté su propuesta.
A aquellas silenciosas horas de la mañana mi conversación con mi difunta madre la escuchó mi anciana cuidadora y alarmada informó a mi padre.
-Parece como si hablara con su madre y que estuviera en persona en su habitación. Creo que debes hacer algo antes de que sea demasiado tarde y pierda el juicio.
El fin de semana mi padre regresó como de costumbre y a la mañana siguiente permaneció pegado a la puerta de mi habitación tratando de escuchar mi conversaciones con mi difunta madre.
Cuando desperté ella estaba sentada al borde de mi cama, como me había prometido.
-Buenos días, cariño ¡cómo se encuentra mi pequeña esta mañana!
-Buenos días mami, estoy triste porque tú…
Y no pude terminar la frase porque mi padre entró sin llamar a mi habitación. Mi madre desapareció apenas se escuchó el ruido del pestillo de la puerta.
- Ivette, hija, ¿con quién estabas hablando? ¿Hablas con tu madre?
Yo estaba furiosa porque había causado su desaparición, pero él creyó que si me desengañabal volvería más pronto al mundo real, y me recriminó con una agresividad impropia de él.
-Hija, acepta los hechos! Tu madre está muerta y los muertos no regresan nunca con los vivos. Estás viendo alucinaciones por causa del dolor de su muerte, pero ella nunca ha estado aquí, en esta habitación ni podrá estar jamás!
- ¡No es verdad, ella estaba aquí, pero tú la has asustado y se ha ido, porque nadie debe saber que ha estado aquí. Era nuestro secreto, y tú lo has estropeado todo. Ahora no vendrá nunca más. ¡Te odio! ¡Te odio! !Vete! ¡Sal de mi habitación!
Y nuevamente la angustia que sentía me hizo llorar desconsolada.
Tuvo que intervenir mi anciana cuidadora para poner paz en aquella violenta situación.
-Ven, déjala sola y no hagas caso de lo que te dice, cuando se recupere te pedirá perdón.
Mi padre estaba profundamente dolido por mi violento comportamiento, pero se resignó y me dejaron sola en la desolada habitación.
SEGUNDA PARTE
A pesar de mis ruegos, mi madre no apareció sobre mi cama la mañana siguiente ni en las posteriores. Estaba tan deprimida que comencé a maquinar una terrible idea para reunirme con ella: Si estaba muerta pero al mismo tiempo de alguna manera, también estaba viva, yo podría reunirme con ella allí donde se encontrará si moría yo también.
En aquella tierna edad yo creía que morirse era como cambiar de casa en otro barrio. Había escuchado comentar a las madres que vienen a recoger sus hijos del colegio, que algunos famosos habían muerto por una sobredosis de sedantes, y recordé que mi madre también los tomaba y que los guardaba en un armario del cuarto de baño, !y allí estaban!, un frasco entero de pastillas blancas y rojas que parecían de caramelo.
Excitada por el descubrimiento escondí el preciado frasco en mi habitación y esperé al anochecer, cuando mi cuidadora estuviera dormida. Entonces imaginé que aquella misma me reuniría con mi madre. Fueron unas terribles horas de angustia que me hacían llorar sin que lo pudiera evitar. Mi cuidadora se dio cuenta de que algo grave me estaba sucediendo, pero no podía imaginar lo que estaba tramando.
- Niña estás temblando de pies a cabeza. Si es por algo que te asusta, esta noche puedes venir a dormir conmigo.
Hoy tengo la certeza de que aquella alegre mujer leyó en mi agitación que estaba urdiendo algo grave. Yo no sabía qué excusa buscar para rechazar su invitación, pero después de un dramático silencio me ocurrió una buena coartada:
-Como dice mi papá que mi mamá no puede estar allí, ya no tengo miedo de dormir sola.
Aquella contestación le hizo creer a la pobre mujer que ya me estaba volviendo el juicio, y empezaba a resignarme y volver a la normalidad.
Me encerré en mi habitación e hice ver que jugaba con mis muñecas, lo que tranquilizó todavía más a mi celosa cuidadora.
Estaba firmemente decidida a seguir adelante con mi plan y fingí que estaba jugando con todas esas cosas que me gustaban y me hacían sentirme bien, como los ositos de peluche que me regalaba alguien cada cumpleaños; o los disfraces de payaso y de hada madrina que vestí en los últimos carnavales; o los póster de mis personajes de dibujos animados que me hacían reir; o la cajita de música con la melodía de “Para Elisa”, y tantos otros juguetes que no podría llevarme allí donde fuera que estuviera mi madre.
Fueron unos momentos de una terrible lucha interna en los que el gran cariño que sentía por mi madre competía con todos aquellos objetos testigos de los momentos felices de mi corta vida.
Pero reaccioné enérgicamente y le di prioridad a mi madre.
Saqué el pequeño frasco de pastillas de donde lo tenía escondido y me pareció increíble que algo tan pequeño pudiera llevarme tan lejos.
Aquella noche mi cuidadora estaba muy inquieta, porque debía tener el presentimiento de mi intento de suicidio y entró de improviso dos veces en mi habitabiacion con la excusa de preguntarme si deseaba algo. Paradójicamente ella colaboró con mí frustrado suicidio, y le pedí un vaso de leche, porque había olvidado traer algo líquido para tomar las pastillas.
Pasada la medianoche ya no se escuchaba nada y supuse que mi guardiana estaría ya dormida. Yo apenas podía mantenerme despierta. Durante esas angustiosas horas mi infantil conciencia se esforzaba inútilmente en hacerme despertar de aquella pesadilla, pero yo no la escuchaba.
Desparramé las pastillas sobre la colcha y durante unos angustiosos momentos en los que me impresionó la idea de que esa misma noche pudiera estar junto a mi madre, a quien volví a llamar en una dramática última súplica.
- Mami, si me estás escuchando ven y no tomaré estas pastillas.
Pero no apareció y entre más amargos sollozos fui ingiriendo una a una todas aquellas coloridas pastillas. Unos instantes después, en los que yo esperaba el milagro de la reunión, sentí una dolorosa punzada y como si un rayo atravesara mi cerebro y perdí el conocimiento.
Al desplomarme sobre la almohada, el frasco vacío de las pastillas rodó por la colcha hasta estrellarse contra el suelo haciéndose añicos.
El ruido despertó a mi guardiana y corrió a mi habitación entre lamentos, porque presentía que algo grave me había sucedido. Cuando entró en mi habitación y me vio postrada e exclamó:
—¡Dios santo! ¿Qué has hecho, pequeña?
Se acercó a mí y al ver que estaba inconsciente, me zarandeó tratando de reanimarme. Cuando descubrió los restos del frasco, enseguida comprendió lo que había sucedido.
-!No; por el amor de Dios, no es posible que haya hecho algo así! Pero sí, lo ha hecho; ha debido ingerir todas las pastillas de este frasco. ¡Ay Dios mío, qué desgracia! Tengo que llamar una ambulancia, pero ¿dónde he puesto yo el maldito móvil?
En su azoramiento y nerviosismo fue incapaz de encontrar su móvil, aunque estaba a su alcance y dejó pasar un tiempo que ponía en riesgo mi vida.
Desconcertada y angustiada, salió a la calle en busca de ayuda y quiso el destino que en ese preciso instante circulase una patrulla de la policía municipal de vigilancia nocturna, y unos minutos más tarde llegó una ambulancia con un médico:
-No podemos hacerle aquí un lavado de estómago porque está en coma. Hay que ingresarla urgentemente en el hospital y que Dios nos ayude y no se nos muera en el trayecto. !Pobre criatura! ¿Por qué siendo tan niña ha intentado suicidarse?
Ese fue el pesimista diagnóstico de quien me atendió. A mi pobre cuidadora tuvieron que inyectarle un fuerte calmante, porque no cesaba de gemir y maldecirse a sí misma por su descuido.
En el hospital me trataron con todos los procesos médicos para estos casos, pero yo no reaccionaba y se pusieron en contacto con mi padre para informarle sobre mi ingreso y los resultados negativos del tratamiento. Profundamente afectado emprendió un temerario viaje de regreso.
Durante el dramático viaje estuvo a punto de estrellar su automóvil y suicidarse él también, porque dos muertes en su ausencia era intolerable.
Para su desesperación, los informes de los médicos que me atendieron no podían ser más negativos.
-Desgraciadamente en el frasco no solo había sedantes, sino medicamentos para el tratamiento de la enfermedad cardiovascular de su esposa, y la mezcla no puede ser más nociva. Lamento tener que decirle que la vida de su hija está ya en manos de Dios y de ella misma si lucha contra la muerte, pero es muy joven y no tiene fuerzas suficientes para luchar contra la fatalida.
Por si estas luctuosas declaraciones del médico que me atendió no le abrumaron lo suficiente, le previnieron que incluso en el caso de salir del coma, mi cerebro podria haber sido afectado y pasar el resto de mi vida en estado vegetativo
—¿Puedo quedarme en su habitación hasta que salga del coma?
-Sí, haremos una excepción. Incluso háblele usted mostrando su cariño y su deseo de que sobreviva, puede que le escuche, la medicina no es especialista de las almas solo de los cuerpos.
Le acondicionaron en una cama plegable junto a la mía y permaneció pendiente de algún gesto mío que indicara mi recuperación. Pero al día siguiente continuaba sin recuperar la consciencia. Cuando
ya clareaba y en el hospital había un inusual silencio, mi padre siguió los consejos del médico y se decidió a hablarme. Había estado llorando en silencio; se secó las lágrimas y se sentó en el borde de mi cama:
- Hija, dicen los médicos que tal vez puedas escucharme, si es así te ruego que luches contra lo que te quiere arrastrar a la muerte y sobrevivas, porque si mueres perderé la niña con la que siempre
había soñado que fuera mi hija y que me llenó de felicidad y dio sentido a
mi vida. Te quiero mucho, tanto como quería a tu madre, pero de otra forma. Yo no soy un buen orador ni sé decir lo que siento como sabía hacerlo ella, solo sé proyectar casas, pero espero que para ti sea suficiente repetirte que te quiero mucho y te ruego que tengas la voluntad y la energía suficiente para que venzas a la muerte y te recuperes sin que te quede ninguna secuela. Como si nada hubiera sucedido, solo un mal sueño; una pesadilla. Eso es todo lo que deseaba decirte... Espero que me hayas escuchado.
Se acercó a mí, me besó en la frente y susurro angustiado. "¡Hija, no me dejes tú también!" y volvió a su minúscula cama, donde le venció el sueño.
Yo le escuchaba, pero de una forma extraña. Su voz sonaba en mi cerebro como si estuviera hablándome en el interior de una cueva.
No; mi padre no me culpaba de la muerte de mi madre y cometí un grave error que estaba pagando.
Intenté despertar, pero todos mis esfuerzos fueron inútiles. Algo me tenía presa como si me hubieran atado. No podía ni abrir los párpados ni sentía frío ni calor. Era evidente que mi cuerpo estaba ya inerte, posiblemente ya había muerto.
- Ivette, mi pequeña, ¿por qué lo has hecho?
De improviso escuché, con la misma voz extraña, a quien parecía ser mi madre.
- Mamá, ¿eres tú? !Pero tú estabas muerta!
- Sí Ivette, estoy muerta, y tú también estás clínicamente muerta, por eso puedo hablar contigo. Pero estás solo en el umbral, y aún puedes salvarte.
- Mamá, perdóname por haber dejado que murieses, yo...
- Ivette, mi pequeña, no fuiste tú sino mi destino el responsable de mi muerte. Todo está escrito en la estrella de la que venimos. Al igual que el polen viaja largas distancias en busca de una flor para fertilizar un fruto, las almas surgen de las estrellas y recorren largas distancias a través del universo para fertilizar el óvulo de un ser humano. Estaba escrito que debía morir ese día y nadie hubiera podido evitarlo. En tu destino no está escrito que mueras en este hospital. Todavía tienes que recorrer un largo camino, muchas bellas obras que escribir, porque tu también serás escritora. Solo
me queda darte un consejo antes de emprender mi largo viaje de regreso a mi estrella: cuando tengas dudas sobre tu talento, alza la vista al cielo en una noche clara y verás que hay millones de estrellas, unas son grandes y otras pequeñas, pero todas brillan con luz propia. Seas una gran o pequeña escritora brilla siempre con tu propia luz. Mi pequeña Ivette, vive y despierta y recibe a tu padre con una sonrisa,
para que sepa que has vencido la muerte. Y ahora tengo que marchar. No olvides nunca este consejo, no olvides que yo te lo dí…
Y dejé de escuchar su voz, porque se había desvanecido
Unos instantes después, sentí un fuerte dolor en el estómago, y un sabor amargo en la boca. Poco a poco se fueron activando mis sentidos hasta que pude abrir los ojos y ver a mi padre dormido.
Amanecía y un rayo de sol atravesaba mi ventana y sentía su calor en las mejillas, por lo que no había duda de que recuperaba todos los sentidos. Quise llamarle y despertarle, pero no podía articular ninguna palabra. Lo intenté una y otra vez hasta que por fin tartamudeando pude llamarle.
- !Pa... pa!
Se despertó y al ver el rayo de sol que iluminaba mi mi rostro creyó que era una alucinación
—Ivette, ¿eres tú quién me has llamado o es una alucinación?
Yo no pude responder, pero le sonreí como me había pedido mi madre y mi padre comprendió que había despertado.
Hace veinte años de aquellos sucesos y nunca sabré si mi madre que apareció era realmente ella o imaginaciones mías, pero cada vez que contemplo un cielo estrellado recuerdo su consejo: .«Seas grande o pequeña, brilla siempre con luz propia»
En el céntrico barrio berlinés de Mitte, y concretamente en la calle Novalis, vivía Cornelia Schumann, una joven aspirante a poetisa. La elección de la calle para su domicilio no fue casual, pues sentía una irresistible pasión por este malogrado poeta del Romanticismo alemán.
«¿Qué ser vivo, dotado de sentidos, no ama,
por encima de todas las maravillas del espacio
que lo envuelve, a la que todo lo alegra, la Luz
–con sus colores, sus rayos y sus ondas;
su dulce omnipresencia–,
cuando ella es el alba que despunta?».
Esta estrofa, de sus «Himnos a la noche», era de entre todas su favorita. Cornelia también sentía que era en la Luz donde estaba la magia de donde surgen los buenos poemas. Después de leer y releer las obras del propio Novalis, de Hoffmann, de Hölderlin y de tantos otros poetas del Romanticismo, decidió que ya podía intentar escribir sus primeros poemas, y se puso manos a la obra:
«En el florido valle, iluminado por la pálida luz de la luna...»
—¡No, demasiado cursi!
«Son tus ojos dos luceros del alba...»
—¡Que horror; que memez! A ver, empecemos de nuevo...
«Con las primeras luces del alba incierta...»
—¡Nada, que no sé escribir un poema! Pero ¿cómo se escribe un poema?
—¡Con el alma, querida niña! —dijo alguien de cuya presencia no se había percatado. Primero se alarmó y estuvo a punto de llamar a la policía, pero al ver su interlocutor, extrañamente vestido con ropas que le recordaban los grabados de los libros de Goethe, se tranquilizó.
—¿Quién eres tú?
—¿Quién iba a ser? ¡Friedrich von Hardenberg, alias «Novalis»! Y no te alarmes, cosas así suceden cada día a los poetas principiantes.
—No me alarmo, y no es la primera vez que imagino casas que parecen reales... Pero, bueno, ya que estás aquí, dime ¿cómo surge una poesía?
Novalis no esperaba ser aceptado con tanta naturalidad viniendo de donde venía y presentándose así de improviso, pero en vista de la cordialidad de chica, se sintió autorizado y expuso solemnemente su alegato:
—La poesía, querida mía, es como una noche de tormenta. Durante el día el calor y la humedad del ambiente cargan las nueves de electricidad y llega un momento en que salta la chispa y llega la lluvia torrencial. Es breve, pero poderosa y arrasa todo a su paso... ¿lo comprendes?
—Es una explicación un poco de tu época... ¡romántica! ¿Siempre tiene que salir la naturaleza?
—¿Romántica? ¿Qué es eso?
—¡Buena pregunta para el creador del romanticismo!
—¡Yo no sabía que a nuestra época se la iba a llamar «romántica»!
—Pues entonces, ¿por qué razón tú, Hoffmann, Hölderlin, Goethe y tantos otros artistas de tu época decidisteis romper con los clásicos y volver a las utopías idealistas y a la naturaleza?
—¡Ah, te refieres a eso! Querida niña, todo tiene una explicación lógica en este mundo. En mi época la realidad que nos rodeaba era fea, deprimente y profundamente injusta. Las constantes guerras producían cientos de heridos, que al infectarse sus heridas era necesario cauterizar o amputar miembros. Las calles eran un horrendo espectáculo de gente desfigurada y maltrecha. Había decenas de enfermedades endémicas, como la tuberculosis o la sífilis y pocos lugares adecuados para tratarlas. Los burgueses ricos no se ocupaban de los miserables, y no se podía pasear por una calle o plaza sin ser asaltado por decenas de desarrapadas criaturas o viejas decrépitas pidiendo limosna. Las niñas, pobres criaturas, eran frecuentemente violadas y los hijos no deseados eran tan normal que no resultaba difícil encontrar sus pequeños cadáveres en los estercoleros. Podía contarte decenas de cosas a cual más horrenda. Y ¿qué hacía la inconsciente y aburrida aristocracia y la alta burguesía por aliviarlas? ¡Nada! Por eso algunos nos revelamos contra el orden establecido y decidimos hacer las cosas a nuestra manera, apartándonos de los cánones clásicos de nuestros severos padres! ¿A eso le habéis llamado «Romanticismo»?
—No lo había visto de esta manera, porque los movimientos sociales llegaron bastante después de tu muerte... Según esta biografía, tú...
—A ver, niña, déjame ver ese libro. ¿Dices que es mi biografía? Humm... exagera un poco... A decir verdad lo nuestro era más bien una pose. Éramos tan burgueses como los demás y nos preocupábamos por nuestro futuro. Goethe, a quien has nombrado, siempre mantuvo su lucrativo empleo de guardabosques, y yo terminé mis estudios de minería antes de mi temprana muerte, tal y como deseaba mi severo padre. No sé si ahora se dice igual, pero en realidad era una moda. ¿Comprendes?
—Sí, pero es un poco deprimente oírtelo decir a ti. ¿Y qué hay de tu historia sentimental con la adolescente Sophie von Kühn?
—Sí, fue un duro golpe. Pero la muerte era algo cotidiano y familiar. Todos mis hermanos murieron de tisis. La tuberculosis era la enfermedad de la clase burguesa, muy frecuente entre las mujeres jóvenes, por sus malos hábitos alimenticios y urbanos.
—Entonces, ¿no fue la muerte de la joven Sophie la que inspiró tus mejores poemas?
—Lo fue, sin duda, pero no sabría decirte cuál de tantas muertes de seres queridos me inspiraba más que otra... Y ¿qué es ese armatoste?
—¿Esto no es un armatoste, es un ordenador portátil?
—¿Para qué sirve?
—¡Para escribir y para navegar por Internet! Claro que tú no sabes qué es eso de Internet...
—¿Y dónde está la pluma y la tinta?
—¡No hay pluma ni tinta! Mira se aprieta este botón, clic, ¿ves? y sale una letra en la pantalla, luego otra y otra hasta hacer una palabra. Si no te gusta lo borras y si te gusta lo guardas en su memoria...
—¿Y con ese chisme pretendes escribir un buen poema?
—¿Qué hay de malo? Pero si no me dices cómo se escribe un buen poema nunca lo conseguiré, ¡ni con pluma ni con ordenador!
—Querida niña, ¡recuerda lo de la tormenta! Y ahora, lamento tener que dejarte, porque hay una docena de nuevos poetas en este mismo barrio que requieren mi presencia.
Novalis desapareció tal y como había aparecido y Cornelia Schumann, recordando lo de la tormenta, creyó estar ya cargada para escribir su primer poema:
«A Berlín
Tiene avenidas amplias y cierta sonrisa angelical.
Ha sufrido y se nota en su piel nueva,
casi recién lavada del humos sucios de las bombas aliadas.
Tiene un Zoo con osito blanco
que ya no hace gracia porque se ha hecho mayor
y los niños añoran su inocencia.
Tiene tranvías largos, amarillos como canarios,
discretos como viejos pensionistas,
sólo un «cling, cling» de vez en cuando y pasan de largo.
Tiene periódicos grandes, donde gente asombrada de ser quienes son
esconden su cotidianidad, y beben café con leche
en tazas grandes, a sorbos pequeños.
Tienes una legión de bicicletas que van y vienen por ahí sin mucho sentido,
bordeando el río para que les de el aire en el rostro,
con arrugas de jóvenes cargados de años, y con eso se conforman.
Tiene barcos con turistas angustiados,
porque desearían que el tiempo se eternizara,
así como sus sonrisas de admiración por los grandes sauces y las viejas hayas.
Tiene serias universidades llenas de jóvenes preocupados por el futuro,
sin saber en qué consiste el futuro,
precisamente porque son jóvenes.
Tiene barrios turcos, casi latinos, viejos y nuevos.
Con sabor a barrio, cafés de barrio, tiendas de barrio, niños de barrio, perros de barrio, mamás discretas y educadas, también de barrio,
y cada barrio está contento de ser un barrio.
Tiene el orgullo de no ser importante,
pero hermosa, acogedora, tolerante,
y discretamente frustrada por su gran pequeñez.
Tiene un Ángel Azul, el recuerdo de la Dietrich,
los años veinte y tantos otros años,
el cabaret simpático y las chicas del coro emplumadas hasta la coronilla.
Berlín tiene, en pocas palabras,
el encanto de lo humano
y el misterio de lo divino.»
Lo releyó dos veces y le pareció una buena lluvia torrencial. ¡Novalis llevaba razón con lo de la tormenta!