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DEMOCRACIA PARA INDIGNADOS La democracia está gravemente enferma de múltiples dolencias. q causadas por un capitalismo insolidario, y es posible que colapse antes del final de esta década. La pregunta crucial es: ¿tenemos ya las bases de otro sistema que lo sustituya? Cuando por las mañanas veo desde mi ventana a los niños dirigirse al colegio, cargados con sus monumentales mochilas a las espaldas, me digo a mí mismo que es una tremenda crueldad que todos sus esfuerzos por educarse pueden resultar inútiles, porque nosotros, los adultos, estamos enterrando su ya frágil futuro con nuestro irresponsable comportamiento. El capitalismo, que tiene sus orígenes en la humanidad misma, pues consiste en administrar el “valor capital del tiempo”, ha envejecido dramáticamente y padece de múltiples dolencias. Puede incluso que ya padezca un cáncer irreversible y su muerte sea cuestión de lo que dure la terapia que le apliquemos; es decir que ya estemos “ganando tiempo” o “retrasando su colapso”, pues parece que no será capaz de recuperarse totalmente de su última recaída: la actual crisis económica y financiera. Las principales dolencias, todas ellas mortales de necesidad, son: y Desigualdades sociales : Causadas por la necedad de algunas personas que gozan de privilegios, que no alcanzan a comprender que su satisfacción personal es la causa del sufrimiento de millares de personas, tan honestas y trabajadoras como ellas, pero que no han tenido sus mismas oportunidades. Las desigualdades sociales envilecen por igual a quienes las provocan como quienes la padecen, y la historia está cansada de probar que siempre “la avaricia rompe el saco”. Gangrena de la corrupción : Cuando el presupuesto de algunas multinacionales supera a de los Estados donde operan, es fácil que para defender sus intereses (y de sus accionistas, pues todos somos culpables) corrompan gobiernos, instituciones o políticos. La corrupción tiene difícil erradicación una vez que ataca una sociedad debilitada, pues genera más corrupción. Mal de la especulación: Los principales culpables son las entidades financieras que, preocupadas exclusivamente por sus beneficios (una vez más ¡y la de sus accionistas!), prodigan en exceso las facilidades para obtener créditos. Las burbujas financieras empiezan en el uso indebido de las tarjetas de crédito por los consumidores, alentados por las entidades emisoras y la sociedad de consumo, y terminan en Wall Street. Problemas demográficos: Lo causa es el rápido envejecimiento de la población de las sociedades más ricas e industrializadas, que sumado a la baja natalidad no permite el reemplazo generacional equilibrado. Las causas son, paradójicamente, la mayor longevidad, efecto positivo del capitalismo, pero también la incertidumbre que causa el mismo sistema capitalista Debilidad de la democracia representativa: Cuando una sociedad está atacada por los males ya enumerados, la democracia es puramente nominal, cuando no un “lujo” insostenible, de la que se hace una burda caricatura, como está sucediendo en la mayoría de los países, a los que se les ha impuesto desde Occidente, que ya simplemente no aceptan los resultados de la urnas. Calentamiento global, envenenamiento del medio ambiente y destrucción irreversibles de recursos naturales: Estos son los más notorios efectos de un modelo económico donde se produce todo aquello que pueda tener un remoto valor de mercado, sin que sea evidente su necesidad, pues el mercado y su publicidad crean las necesidades. Exceso de armamento, convencional y nuclear: La competencia y desconfianza mutua entre los Estados, en un modelo globalizado y basado en el egoísmo nacional, genera la lacra histórica de la obsesión por el armamento y el militarismo. Las naciones creen hacerse más “respetables” cuando poseen armas nucleares, y lo que se hacen es más vulnerables. Radicalización nacionalista o fundamentalista religiosa: Todos estos males llevan inevitablemente a producir un “efecto secundario”, el eterno retorno en tiempo de crisis a los llamados “valores nacionales o de la patria” o, peor todavía, “de su religión y de su dios”. Ignorancia funcional progresiva: El modelo capitalista avanzado y ya decadente obliga a la “especialización” en todos los sentidos, pero sobre todo a la progresiva pérdida de interés por las humanidades y un exceso de interés y confianza por la técnica y las ciencias en general. La filosofía ya puede considerarse una anécdota de pasado. Pérdida de la imaginación y confianza en el futuro: Por último está la “depresión y la infelicidad” que causan tantas incertidumbres sobre el futuro. El capitalismo moribundo, y co él la demacracia, tiene la capacidad de anular la historia y con ella el futuro; y sin futuro no es posible imaginar un “mundo mejor” y mucho menos “un mundo más feliz”. 2. El Estado y la región El Estado ha sido (y sigue siendo) una institución que puede volverse violenta, atacando y destruyendo todos los logros democráticos obtenidos a costa de sangre y fuego. El Estado, en manos de gobernantes violentos, puede gasear a miles de inocentes o encerrarlos en prisiones que ignoran los principios de los derechos fundamentales que deben respetarse, incluso para los delincuentes, ya que la delincuencia es producto de un sistema social que niega los derechos de acceso a la educación y a un trabajo remunerado de manera justa, y que se caracteriza por la ausencia de principios morales y el desprecio por la condición humana. Por eso, cualquier propuesta de nuevas formas de representación ciudadana verdaderamente democráticas debe redefinir el papel del Estado para que no pueda ser desviado por personalidades que han demostrado su desprecio por la Constitución y los derechos fundamentales de las personas en la sociedad. Lo esencial en una democracia es que los electores tengan un conocimiento real de los candidatos, sin que su personalidad sea manipulada por técnicas de marketing electoral o por un perfil manipulado por la inteligencia artificial. Para que se cumpla esta condición, el marco del proceso electoral democrático no debe sobrepasar los límites de una comunidad con características culturales similares, una lengua común, con sus dialectos, y el sentimiento de pertenencia a una comunidad que ha conservado su identidad durante suficientes años y durante períodos represivos como para sentirse parte integrante de la historia de esa comunidad. Este espacio, con sus límites culturales consuetudinarios y sus leyes no escritas pero conocidas y respetadas, es por definición una región. La UE cuenta con 234 regiones). Los habitantes de estas regiones no constituyen la población de un Estado, sino la de un país, con sus compatriotas y su paisaje, formando una unidad que puede calificarse de «pueblo». Por lo tanto, es la población que habita estas regiones, el pueblo, la que está en el centro del sistema democrático, y no los ciudadanos del Estado. La relación entre el Estado-nación y la región-pueblo debe invertirse: es el Estado el que debe servir a la región y no la región la que debe servir al Estado.