blog de filosofía de Jaime Despree      Share on Google+  
¿Qué es la mente humana?
25969 lecturas desde 2013-02-26
La historia del alma en la tradición cultural universal varía sustancialmente desde el orfismo hasta el postmodernismo actual. Las diversas concepciones fluctúan entre el alma como entidad independiente o dependiente del cuerpo; como principio de vida o como personalidad: como moralidad o consciencia. Incluso el materialismo filosófico niega su existencia.

Otra dificultad que se presenta para averiguar qué es el alma es su frecuente confusión con la mente, otorgándoles a ambas las mismas funciones, cuando siendo dos conceptos distintos deben tener causas y funciones distintas.

La idea que nos hemos podido formar sobre el alma es inevitablemente subjetiva, ya que la conocemos tan solo por el sujeto; es decir, por un nombre de algo que no puede ser observado sino tan solo imaginado o deducido de ciertos comportamientos de los seres vivos.

Para hacernos una idea objetiva del alma necesitaríamos concebirla como objeto, para lo que debería ser una cosa observable por alguno de los sentidos. Puesto que no es perceptible por los sentidos, no puede ser una cosa; es decir, no puede ser algo material y perceptible sino inmaterial e imperceptible. Pero si la realidad está fundamentalmente compuesta por materia y energía, el alma solo puede ser alguna forma de energía. La existencia de algo más allá de la realidad es simplemente improbable.

De esta conclusión se deduce que el alma no debe ser algo estable, como son las cosas materiales, sino un fluido presente en el interior de las cosas vivas en particular, como es la energía.

Si el alma es un fluido solo puede ser el resultado de un determinado comportamiento de la materia. Dicho de otro modo, el alma debe ser una creación de la materia. Sin embargo, visto desde la perspectiva de la energía, también podemos decir que la materia es una creación del alma. Ambas opciones sustentan las tesis filosóficas de Aristóteles y Platón respectivamente. Pero si desde nuestra perspectiva cognoscitiva lo real es lo material, el alma debe ser una creación de la materia.

El cerebro y el alma

El cerebro es parte de la condición material del ser humano. Todo lo que le acontece es procesado de alguna forma por el cerebro. Estos acontecimientos son los transmitidos por las sensaciones, las emociones y las impresiones. Las sensaciones son el producto del contacto directo con alguno de los sentidos del cuerpo. Las emociones son la consecuencia de lo que transmite las imágenes, tanto de aquellas que vemos como las que imaginamos. Por último, las impresiones son la causa del reconocimiento de la forma de ser de los objetos que concebimos a partir de las imágenes, reales o imaginadas.

Esta división ya está en la metafísica de Aristóteles, que las llama "Alma vegetativa, sensitiva e intelectiva". División que no es totalmente correcta, puesto que las plantas también son sensibles. Podríamos decir que la correcta sería: "Alma sensitiva, emotiva e intelectiva". Pero el alma solo es la "emotiva" , ya que la intelectiva debe ser la mente y la sensible la materia viva, sin capacidad para tener emociones e impresiones.

La actividad sensible debe registrarse en la parte más primitiva del cerebro, la emotiva en la intermedia, y la intelectiva en la parte más reciente, que se corresponde con el cerebro humano.
La función del alma es establecer de forma natural, espontánea y sin juicios previos, el valor ético o estético de lo que vemos o imaginamos; o lo que es lo mismo, hacer una valoración provisional del bien y el mal, y de lo bello y lo feo.

Esta valoración es procesada por una parte del cerebro, provocando dos efectos físicos distintos: una alteración del ritmo cardíaco y una sensación de bienestar o malestar, dependiendo de cómo valoremos la imagen que vemos o imaginamos. A esta actividad física del cerebro, asociada al corazón, le hemos otorgado una entidad propia, que llamamos "alma", capaz de valorar el bien y el mal por sí misma y desvinculada de la realidad cognoscitiva, lo que no es razonable ni probable.

El alma y la imaginación

Nada puede causar emoción si carece de imagen, pero todas las cosas, además de sustancia y forma, tienen también imagen. Una persona a la que no causa emoción nada de lo que ve o imagina es literalmente un "desalmado". Por el contrario, una persona "animada" es sinónimo de emotividad y vitalidad.

Solo podemos decir que tienen alma aquellos seres vivos que tienen imaginación, y son capaces de percibir imágenes, o de imaginarlas, y de tener emociones. Esto debe incluir a todos los animales y, obviamente, al ser humano, pero excluye a los vegetales. Todo aquello que nos emociona y que valoramos como bueno o bello es una creación del alma.

Pero el alma tiene sobre todo una utilidad para la supervivencia, por su espontánea valoración de las imágenes, especialmente entre los seres vivos que carecen de conciencia. Así, algo con una mala imagen sugiere que puede ser perjudicial o agresivo, y, por el contrario, ser beneficioso y pacífico si tiene una buena imagen.
Por tanto, la imaginación es lo que permite transformar una sensación física en una imagen, con el fin de que pueda ser procesada por la parte del cerebro que nos permite valorarla. Función que atribuímos a nuestra supuesta alma.

Los recién nacidos, tanto animales como humanos, deben adquirir el alma tan pronto como la visión de su entorno les produzcan las primeras emociones, y la respuesta ética y estética natural correspondiente del cerebro. Más adelante, la experiencia y la educación, cambiarán estos primeros juicios de valor, o más propiamente, "prejuicios".

Del alma a la mente

Si el alma es un fluido eléctrico entre las neuronas de una parte del cerebro relacionada con las emociones, la mente debe ser también un determinado fluido eléctrico entre neuronas, pero que acontece en otra parte del cerebro, y debe estar relacionado con las "impresiones".

Por tanto, al igual que el alma, la mente no es probable que sea una entidad independiente que exista fuera de lo real, sino el resultado de otra actividad del cerebro.

La función de la mente es descubrir la "forma de ser" de lo que vemos o imaginamos con el fin de poder concebirlo como objetos y formarnos una idea de qué son y cómo son.

Para descubrir esta forma es necesario determinar el espacio que ocupan las imágenes contempladas o imaginadas; es decir, tener su "impresión en el espacio", lo que implica el descubrimiento de la propia dimensión espacial de la realidad.

Si el efecto físico que produce la actividad del alma se siente en el corazón, el estímulo físico de la mente se siente en cabeza, con la sensación de excitación o euforia, dependiendo de la trascendencia de cada nueva impresión, pues cada nueva impresión es un descubrimiento.

Una vez descubierta la forma de la imagen que vemos o imaginamos, la transformamos en un objeto mental, con atributos pero sin cualidades ni emociones, cuya utilidad ya no es valorarlo sino "ordenarlo y entenderlo". Para ello es necesario poder distinguir unos objetos de otros, otorgándoles un nombre o "sujeto" para guardarlos de forma ordenada en la memoria. Por tanto, la mente es lógica por su propia naturaleza.

Esta transformación de una imagen en un objeto es el acto de "concebir", por lo que es a través de las impresiones de las imágenes como se adquiere la propia conciencia. La imaginación precede a la consciencia, lo que es evidente en el desarrollo anímico y mental de los niños.

A pesar de nuestra capacidad para concebir ideas y entender la realidad, hay muchas preguntas para las que no hay respuestas que puedan ser probadas con la experiencia. Para llenar este vacío recurrimos al método deductivo y nos formamos una idea teórica basada en un razonamiento lógico.

La objetividad de estas ideas depende de las premisas sobre las que se basa el razonamiento, y la idea resultante puede ser "verdadera o falsa". Por tanto, la función fundamental de la mente es distinguir entre lo verdadero y falso, y debe servir de complemento a la función del alma. Así, lo que es bueno debe ser verdadero, y lo que es malo debe ser falso.

La fe y el alma; la intuición y la mente

Podemos decir que el alma es una fuente de conocimiento ético y estético, que no nos dice cómo son, sino lo emotivas que son las imágenes de las cosas que contemplamos. Pero con la imaginación podemos crear seres "buenos" o "malos"; "bellos" o "feos", que den satisfacción a nuestro deseo de emotividad, que es el fundamento del arte.

Esta necesidad de emociones puede llevarnos al extremo de "creer" que esas imágenes no solo existen en nuestra imaginación sino en alguna dimensión fuera de nuestra realidad, que es el fundamento de la religión. Con estas creaciones concebimos ideas, cuyas formas de ser tienen todos los extraordinarios atributos de nuestra fantasía, lo que nos causa felicidad.

Con la concepción de estos extraordinarios seres se dan las condiciones necesarias para "idealizarlos", o lo que es lo mismo, convertir las fantasías en una ideología, cuya racionalidad radica en la misma fantasía. Una vez convertida en ideología, ésta carece de emotividad; o lo que es lo mismo, pierde el alma de donde ha surgido para pasar a formar parte de la mente. Por esta razón las religiones menos idealizadas y más emotivas son las que veneran las imágenes, y las más idealizadas y menos emotivas son las iconoclastas, que veneran más los textos sagrados que las imágenes.

El impulso que mueve la voluntad a considerar como existentes nuestras fantasías es lo que ya he citado con anterioridad: lo que es bueno tiene que ser verdadero. Esta necesaria relación se reafirma con la fe, que es la confianza absoluta en la existencia y bondad de lo imaginado.

Si la fe es una cualidad del alma, la intuición es una cualidad de la mente. Para acceder a la conciencia a partir de la imaginación es necesario tender un puente entre ambos. La mente necesita recibir un estímulo que mueva la voluntad de concebir un objeto, y ese estímulo es el que proporciona la intuición. Por tanto, la intuición es la "preconcepción" de un objeto.

La intuición es también la causa de la misma conciencia, pues sin ella la voluntad no tendría el estímulo necesario para concebir un primer objeto. Por tanto, podemos decir que la misma mente es fruto de la intuición, que también se adquiere con la primera toma de conciencia.

La inteligencia

Otra confusión habitual en torno a la idea del alma y de la mente es su relación con la inteligencia. Pero ni el cerebro ni el alma ni la mente son en sí mismos la inteligencia, sino tan solo parte de ella.
Un cuerpo eficiente y sano no es, por sí mismo, sinónimo de inteligencia. Tampoco lo es un alma bondadosa, ni una mente privilegiada.

La inteligencia debe ser la relación eficiente entre los sentidos, las emociones y las impresiones; es decir, entre el cuerpo, el alma y la mente. El estado idóneo de la inteligencia debe poseer un cuerpo sano, un alma buena y una mente lógica y razonable. La ausencia de alguna de estas tres condiciones disminuye la inteligencia y su eficiencia.

Todos los seres vivos son inteligentes, pero su inteligencia depende de la sensibilidad de su cuerpo, la emotividad de su alma y la racionalidad de su mente. Por esta razón, se supone que el ser humano reúne las condiciones idóneas para ser el más inteligente de los seres vivos.

Pero es tan sólo una presunción, porque debido a la influencia de sus creencias, ideologías o estilo de vida, puede padecer enfermedades antinaturales, poseer una emotividad inferior a la de los animales y una conciencia fanatizada por la fe en ideas fruto de la imaginación. En otras palabras, su inteligencia puede estar limitada por un cuerpo enfermo, un alma perversa y una mente irracional.

El espíritu y el cosmos

Si el alma y la mente son fluidos personales, el espíritu y el cosmos deben ser fluidos universales; es decir, el alma y la mente del universo. Pero esta lógica conclusión nos induce a tener que aceptar que el universo debe poseer un "cerebro" y, por tanto, estar "vivo".

Esta hipótesis, por extraña que parezca, concuerda con la idea teológica de un "Padre celestial a nuestra imagen y semejanza", que es omnipresente y omnipotente, y con la ideas chamánicas de la "Madre naturaleza", cuyo "espíritu" es también omnipresente y omnipotente.

Ambas ideas son sin duda fruto de la imaginación, pero estimuladas por la fe en su bondad y por la intuición de su veracidad. ¿No es una extraña coincidencia que el cerebro tenga el mismo número de neuronas que las galaxias que contiene el universo?

Berlín, 9 de marzo de 2015

Subir